91. POR QUÉ SE BLOQUEÓ

Debería señalar que, aunque se les atribuyen muchas personalidades y motivaciones, estoy convencida de que los Deshechos seguían siendo spren. Y como tales, eran manifestaciones de conceptos o fuerzas divinas en la misma medida que individuos.

De Mítica de Hessi, página 7

Raven pensaba en el día en que tuvo que limpiar crem del suelo del refugio, cuando estaba en el ejército de Amaram. El sonido del escoplo contra la piedra trajo a su madre a la mente de Rav. Llevaba rodilleras y raspaba el crem, que se había colado por debajo de puertas o como polizón en las botas de soldados para crear una pátina irregular en el suelo, por lo demás liso. Nunca habría pensado que a los soldados les importaba que el suelo no fuese llano del todo. ¿No debería estar afilando su lanza, o… o aceitando algo?

Bueno, por lo que había visto hasta el momento, los soldados dedicaban poco tiempo a hacer cosas de soldados. En vez de eso, pasaban eternidades caminando hacia sitios, esperando por ahí o, en su caso, recibiendo gritos por caminar o esperar donde no debía. Suspiró mientras trabajaba, dando pasadas amplias y fluidas, como le había enseñado su madre. Meterse debajo del crem y empujar. Así podían levantarse secciones planas de más de centímetro y medio. Era mucho más fácil que apuñalarlo desde arriba. Una sombra oscureció la puerta, y Raven miró hacia atrás antes de agacharse incluso más. «Estupendo.»

El sargento Tukks fue hasta un catre y se sentó, haciendo crujir la madera con su peso. Era más joven que otros sargentos, y de algún modo parecía… inadecuado. Quizá fuese su corta estatura, o sus mejillas hundidas.

—Lo haces bien —dijo Tukks.

Rav siguió trabajando sin decir nada.

—No te amargues tanto, Rav. No es raro que una recluta nuevo se retraiga. Tormentas, no es extraño quedarse paralizada en batalla, así que no digamos en el campo de entrenamiento.

—Si es tan normal —murmuró Rav—, ¿por qué se me castiga a mí?

—¿Con esto, dices? ¿Por limpiar un poco? Chica, esto no es un castigo. Esto es para ayudarte a encajar.

Rav frunció el ceño, enderezó la espalda y alzó la mirada.

—¿Sargento?

—Créeme, todo el mundo estaba esperando a que te dieran un rapapolvo. Cuanto más tiempo pasaras sin recibirlo, más tiempo ibas a sentirte una extraña.

—¿Estoy raspando suelos porque no merecía un castigo?

—Por eso y por replicar a un oficial.

—¡No era un oficial! Era solo un ojos claros con…

—Mejor cortar ya ese tipo de comportamiento, antes de que lo repitas con alguien importante. Venga, no eches tantas chispas, Rav. En algún momento lo entenderás.

Rav atacó una acumulación de crem particularmente tozuda cerca de la pata de un camastro.

—He encontrado a tu hermano —dijo Tukks.

Raven se quedó sin aliento.

—Está en la séptima —añadió Tukks.

—Tengo que ir con él. ¿Puedo pedir el traslado? No debieron separarnos.

—A lo mejor puedo hacer que lo traigan aquí, para entrenar contigo.

—¡Es mensajero! En teoría, no tiene que entrenar con la lanza.

—Todos entrenan, hasta los mensajeros —dijo Tukks.

Rav aferró su escoplo con fuerza, reprimiendo el impulso de levantarse y salir a buscar a Tien. ¿Es que no lo entendían? Tien no era capaz de hacer daño ni a un cremlino. Los cogía y los sacaba fuera, hablándoles como si fuesen mascotas. Imaginarlo empuñando una lanza era ridículo. Tukks sacó un poco de corteza de profundo y se puso a masticarla. Se reclinó en el catre y subió las piernas al piecero.

—No te dejes esa parte a tu izquierda.

Raven suspiró y fue al lugar indicado.

—¿Quieres hablar de ello? —preguntó Tukks—. ¿Del momento en que te has bloqueado entrenando?

Estúpido crem. ¿Por qué lo creaba el Todopoderoso?

—Que no te dé vergüenza —siguió diciendo Tukks—. Practicamos para que te bloquees ahora y no cuando puedas morir por hacerlo. Te enfrentas a un pelotón, sabiendo que quieren matarte aunque no te conozcan de nada. Y titubeas, pensando que no puede ser verdad. Es imposible que estés allí, dispuesto a luchar, a sangrar. Ese miedo lo siente todo el mundo.

—No tenía miedo de que me hicieran daño —dijo Rav en voz baja.

—No llegarás muy lejos si no puedes reconocer que te asustas un poco. La emoción es buena. Es lo que nos define, lo que nos hace…

—No tenía miedo de que me hicieran daño. —Raven respiró hondo—. Tenía miedo de hacer daño yo a alguien.

Tukks hizo rodar la corteza en la boca y asintió.

—Entiendo. Bueno, eso es otro problema. Tampoco es infrecuente, pero sí una cuestión muy distinta.

Durante un rato, lo único que se oyó en el gran acuartelamiento fue el sonido del escoplo contra la piedra.

—¿Cómo lo haces? —terminó preguntando Rav, sin levantar la mirada—. ¿Cómo haces daño a la gente, Tukks? Son solo unos pobres ojos oscuros como nosotros.

—Pienso en mis compañeros —dijo Tukks—. No puedo fallar a los chicos. Ahora mi pelotón es mi familia.

—¿Así que matas a la familia de otros?

—En algún momento, acabaremos matando a cabezas de concha. Pero sé a qué te refieres, Rav. Es duro. Te sorprendería cuántos hombres miran a un enemigo a la cara y descubren que no son capaces de hacer daño a otra persona, sin más.

Rav cerró los ojos, dejando que el escoplo escapara de entre sus dedos.

—Está bien que no lo desees —dijo Tukks—. Demuestra que estás cuerda. Antes llevaría conmigo a diez hombres inexpertos pero con el corazón en su sitio que a un imbécil insensible que cree que todo esto es un juego.

«El mundo no tiene sentido», pensó Rav. Su padre, el consumado cirujano, le decía que evitara implicarse mucho en las emociones de sus pacientes. ¿Y tenía delante a alguien cuyo oficio era matar, diciéndole que debía importarle?

Las botas rasparon contra la piedra cuando Tukks se levantó. Fue hacia Rav y le apoyó una mano en el hombro.

—No te preocupes por la guerra, ni siquiera por la batalla en la que participas. Concéntrate en tus compañeros, Rav. Mantenlos vivos a ellos. Sé la mujer que necesitan. —Sonrió—. Y termina de limpiar este suelo. Creo que, cuando vengas a la cena, encontrarás más amistoso al resto del pelotón. Es una corazonada que tengo.

Esa noche, Raven descubrió que Tukks tenía razón. Los hombres de verdad parecieron abrirse más a ella, después de que la disciplinaran. Así que Rav se mordió la lengua, sonrió y disfrutó del compañerismo. Nunca dijo a Tukks la verdad. Cuando Rav se había bloqueado en el campo de entrenamiento, no había sido por miedo. Sabía sin dudarlo que podía hacer daño a otra persona. De hecho, había comprendido que podía matar, si era necesario.

Y eso era lo que la había aterrorizado.

Raven estaba sentada en un trozo de piedra que parecía obsidiana fundida. Salía del mismo suelo en Shadesmar, aquel lugar que no daba la sensación de ser real. El lejano sol no se había movido en el cielo desde su llegada. Cerca de ella, uno de los extraños miedospren recorría la orilla del mar de cuentas de cristal. Era grande como un sabueso-hacha, pero más largo y fino, y recordaba un poco a una anguila con patas regordetas. Las antenas de color púrpura que tenía en la cabeza serpenteaban y cambiaban, fluyendo hacia ella. Al no sentir en su interior nada que le interesara, el miedospren siguió orilla abajo. Syl no hizo ningún ruido al acercarse, pero Raven percibió su sombra llegando desde atrás. Al igual que todas las sombras de ese lugar, apuntaba hacia el sol. La spren se sentó junto a ella en el trozo de cristal y echó el cuello a un lado para apoyarle la cabeza en el brazo mientras juntaba las manos en su propio regazo.

—¿Los demás siguen durmiendo? —preguntó Raven.

—Sí. Patrón monta guardia. —Arrugó la nariz—. Es raro.

—Es buena gente, Syl.

—Eso es lo raro.

Syl balanceó las piernas, descalza como de costumbre. A Raven se le hizo más raro verla en aquel lado, donde tenía tamaño humano. Una pequeña bandada de spren pasó volando sobre ellos, con cuerpos bulbosos, largas alas y colas que se agitaban. En vez de cabezas, tenían bolas doradas que flotaban justo por delante del cuerpo. A Raven le sonaban de algo…

«Son glorispren», pensó. Eran como los miedospren, cuyas antenas se manifestaban en el mundo real. Los spren solo mostraban una parte de sí mismos allí.

—Entonces, ¿no vas a dormir? —preguntó Syl.

Raven negó con la cabeza.

—A ver, yo no seré muy experta en humanos —dijo ella—. Por ejemplo, aún no he descubierto por qué solo un puñado de vuestras culturas parece adorarme. Pero creo que he oído en alguna parte que necesitáis dormir. Más o menos cada noche.

Ella no respondió.

—Raven…

—¿Y vosotros? —dijo ella, apartando la mirada hacia el istmo de tierra que coincidía con la posición del río en el mundo real—. ¿No dormís?

—¿Alguna vez me ha hecho falta dormir?

—¿Esta no es vuestra tierra, vuestro lugar de procedencia? Esperaba que… no sé, que aquí fueseis mortales.

—Sigo siendo una spren —dijo ella—. Soy un pedacito de Dios. ¿No has oído lo que comentaba de adorarme?

Raven se quedó callada, así que Syl le dio un golpecito en las costillas.

—Ahí tendrías que haber dicho algo sarcástico.

—Perdona.

—No dormimos y no comemos. Creo que a lo mejor nos alimentamos de los humanos, en realidad. De vuestras emociones. O de que penséis en nosotros, tal vez. Parece todo muy complicado. En Shadesmar podemos pensar por nosotros mismos, pero si vamos a vuestro reino, necesitamos un vínculo humano. De lo contrario, somos casi tan tontos como esos glorispren.

—Pero ¿cómo hiciste la transición?

—Pues… —Syl adoptó una expresión distante—. Tú me llamaste. O mejor dicho, sabía que algún día me llamarías. Así que me trasladé al Reino Físico, confiando en que el honor de la mujer sobreviviera, en contra de lo que decía siempre mi padre.

Su padre. El Padre Tormenta.

Era muy extraño poder sentir la cabeza de Syl sobre su brazo.

Estaba acostumbrada a que tuviera muy poca sustancia.

—¿Podrías trasladarte otra vez? —preguntó Raven—. ¿Para avisar a Bellamy de que es posible que algo ande mal con las Puertas Juradas?

—Me parece que no. Tú estás aquí y mi vínculo es contigo. —Le dio otro golpecito—. Pero todo esto es una distracción del verdadero problema.

—Es verdad. Necesito un arma. Y vamos a tener que buscar comida.

—Raven…

—¿A este lado hay árboles? Con esta obsidiana se podría hacer una buena punta de lanza.

Syl levantó la cabeza de su brazo y la miró con los ojos muy abiertos, preocupados.

—Estoy bien, Syl —dijo ella—. Es solo que me he desconcentrado.

—Estabas casi catatónica.

—No dejaré que vuelva a ocurrir.

—No es que me queje. —Se aferró al brazo derecho de Raven, como una niña a su juguete favorito. Preocupada. Asustada—. Algo está mal en tu interior. Pero no sé qué es.

«Nunca me he bloqueado en un combate real —pensó ella—. No desde aquel día entrenando, cuando Tukks tuvo que venir a hablar conmigo.»

—Es solo… que me sorprendió ver allí a Sah —dijo—. Por no mencionar a Miller.

«¿Cómo lo haces? ¿Cómo haces daño a la gente, Tukks?» Syl cerró los ojos y se apoyó en ella sin soltarle el brazo.

Al cabo de un tiempo, oyó que los demás empezaban a moverse, de modo que se separó de Syl y fue con ellos.