92. AGUA CÁLIDA COMO LA SANGRE

La idea más importante que pretendo transmitir es que los Deshechos siguen entre nosotros. Comprendo que es una idea polémica, ya que gran parte del conocimiento sobre ellos está entremezclado con la teología. Sin embargo, me resulta evidente que algunos de sus efectos son muy comunes en el mundo, y que nos limitamos a tratarlos como lo haríamos con las manifestaciones de otros spren.

De Mítica de Hessi, página 12

La prueba de los Rompedores del Cielo iba a tener lugar en un pueblo de tamaño modesto que se alzaba en la orilla septentrional del Lagopuro. Había gente viviendo en el mismo lago, por supuesto, pero la sociedad cuerda lo evitaba. Octavia se posó —o mejor dicho, la posaron— cerca del centro de la plaza mayor, junto con los otros candidatos. El grueso de los Rompedores del Cielo o bien se quedó en el aire, o bien aterrizó sobre los acantilados que rodeaban el pueblo. Tres maestros descendieron cerca de Octavia, junto a un grupo de hombres y mujeres más jóvenes que podían lanzarse a sí mismos. El grupo al que iban a poner a prueba ese día incluía a aspirantes como Octavia, que tenían que encontrar maestro y jurar el Segundo Ideal, y a escuderos que ya habían dado ese paso y debían atraer a un spren y pronunciar el Tercero. Era un grupo variopinto; a los Rompedores del Cielo no parecía importarles la etnia ni el color de ojos. Octavia era la única shin, pero también había makabaki, reshi, vorin, iriali y hasta un thayleño. Un hombre alto y fuerte, vestido con falda marabeziana y chaqueta azishiana se levantó de su asiento en un porche.

—¡Sí que habéis tardado! —dijo en azishiano, yendo hacia ellos con grandes zancadas—. ¡Os he enviado a buscar hace horas! Los presos han escapado al lago. ¡Quién sabe lo lejos que estarán ya! Volverán a matar si no se los detiene. Encontradlos y ocupaos de ellos. Los reconoceréis por los tatuajes que llevan en la frente.

Los maestros se volvieron hacia los escuderos y los candidatos. Los más entusiastas de ellos salieron corriendo de inmediato hacia el agua. Algunos de los que eran capaces de hacer lanzamientos se elevaron hacia el cielo. Octavia se quedó allí, junto a otros cuatro. Se acercó a Ki, vestida con la capa de un alto juez de Marabezia.

—¿Cómo ha sabido este hombre que podía hacernos llamar? —preguntó Octavia.

—Estamos expandiendo nuestra influencia, desde el advenimiento de la nueva tormenta —respondió ella—. Los monarcas de la zona nos han aceptado como una fuerza marcial unificadora y nos han concedido autoridad legal. El alto ministro de la ciudad nos ha escrito por vinculacaña, suplicando nuestra ayuda.

—¿Y esos presos? —preguntó un escudero—. ¿Qué sabemos de ellos y de nuestro deber aquí?

—Este grupo de presos ha escapado de la cárcel del acantilado. Según el informe, son asesinos peligrosos. Vuestra tarea consiste en encontrar a los culpables y ejecutarlos. Tenemos escritos que ordenan sus muertes.

—¿Todos los fugados son culpables?

—Lo son.

Al oír aquello, dos escuderos se marcharon corriendo, dispuestos a demostrar su valía. Pero Octavia no se movió. Había algo en la situación que la inquietaba.

—Si esos hombres son asesinos, ¿por qué no se los ejecutó antes?

—Esta zona está poblada por idealistas reshi, Octavia-hija-Netura —dijo Ki—. Tienen una sorprendente actitud de no violencia, incluso hacia los delincuentes. A este pueblo le encargan retener a prisioneros de toda la región, y el ministro Kwati recibe un tributo por mantener esta penitenciaría. Ahora que los asesinos han escapado, se retira la clemencia. Deben ser ejecutados.

Con eso bastó para los dos últimos escuderos, que se lanzaron al cielo para iniciar su búsqueda. Y Octavia supuso que también debería bastar para ella.

«Son Rompedores del Cielo —pensó—. No nos enviarían a por inocentes a sabiendas.» Podría haber aceptado su aprobación implícita desde un principio. Pero… algo la inquietaba. Aquello era una prueba, pero ¿de qué? ¿Iban a evaluar solo la velocidad con que eran capaces de despachar a los culpables?

Echó a andar hacia el agua.

—Octavia-hija-Netura —la llamó Ki.

—¿Sí?

—Caminas sobre piedra. ¿Por qué lo haces? Todos los shin que he conocido la consideran sagrada y se niegan a poner el pie en ella.

—No puede ser sagrada. Si de verdad lo fuera, maestra Ki, me habría consumido en llamas hace mucho tiempo. —La saludó con un gesto de cabeza y se metió en el Lagopuro.

El agua estaba más caliente de lo que recordaba. Apenas tenía profundidad: por lo que se decía, ni siquiera en el centro del lado el agua cubría a un adulto por encima de los muslos, salvo por algún socavón ocasional.

Vas muy por detrás de los otros, dijo la espada. A este ritmo, no vas a atrapar a nadie.

—Una vez conocí a una voz como la tuya, espada-nimi.

¿Los susurros?

—No. Una sola voz, en mi mente, de joven. —Octavia se hizo visera con la mano y miró por el reluciente lago—. Espero que esta vez las cosas vayan mejor.

Los escuderos voladores capturarían a cualquiera que saliera a territorio abierto, por lo que Octavia debería buscar los delincuentes que estuvieran menos a la vista. Solo necesitaba a uno.

¿Uno?, preguntó la espada. No eres lo bastante ambiciosa.

—Quizá. Espada-nimi, ¿sabes por qué se te entregó a mí?

Porque necesitabas ayuda. Se me da muy bien ayudar.

—Pero ¿por qué a mí? —Octavia siguió vadeando—. Nin dijo que nunca debía permitir que te alejaras de mi presencia.

Parecía más una carga que una ayuda. Sí, el arma era una hoja esquirlada, pero le habían advertido sobre las consecuencias de desenvainarla. El Lagopuro parecía extenderse sin límite, amplio como un océano. Los pasos de Octavia sobresaltaron bancos de peces, que la seguían un rato y aventuraban algún mordisquito de vez en cuando a sus botas. En los bajíos había árboles retorcidos que bebían con fruición mientras sus raíces se aferraban a los muchos agujeros y recovecos en el lecho del lago. Cerca de la costa asomaban rocas de la superficie, pero más hacia el centro el Lagopuro se tornaba plácido, más vacío. Octavia giró en paralelo a la costa.

No vas en la misma dirección que los demás.

Era cierto.

De verdad, Octavia, tengo que sincerarme contigo. No eres nada buena destruyendo el mal. No hemos matado a nadie desde que me llevas.

—Tengo dudas, espada-nimi. ¿Nin-hijo-Dios te entregó a mí para que practicara resistiéndome a que me convenzas o porque me vio la misma ansia de sangre que a ti? Dijo que eras perfecta para mí.

Yo no tengo ansia de sangre, replicó la espada al instante. Solo quiero ayudar.

—¿Y no aburrirte?

Bueno, eso también. La espada hizo unos suaves sonidos de runrún, imitando a un ser humano absorto en sus pensamientos.

Dices que mataste a muchos antes de conocerme. Pero los susurros… ¿No disfrutabas destruyendo a quienes merecían la destrucción?

—No estoy segura de que merecieran la destrucción.

Los mataste.

—Había jurado obediencia.

A una piedra mágica.

Octavia había explicado su pasado a la espada en varias ocasiones. Por algún motivo, al arma le costaba entender, o recordar, ciertas cosas.

—La piedra jurada no estaba dotada de magia. Obedecía por honor, y a veces obedecía a hombres mezquinos o malvados. Ahora sigo un ideal más elevado.

Pero ¿y si eliges seguir algo equivocado? ¿No podrías volver a acabar igual que antes? ¿No puedes limitarte a buscar el mal y destruirlo?

—¿Y qué es el mal, espada-nimi?

Seguro que lo distingues a simple vista. Pareces lista. Aunque también algo aburrida, cada vez más.

Ojalá Octavia pudiera conservar esa monotonía.

Cerca de ella, un gran árbol retorcido crecía en la orilla. Tenía varias hojas de una rama retraídas, refugiadas en el interior de la corteza: alguien las había perturbado. Octavia no reveló que se había fijado, pero ajustó su rumbo para pasar bajo el árbol. Una parte de ella deseó que el hombre que se ocultaba en él tuviera el sentido común de quedarse escondido. No lo hizo. El hombre se abalanzó sobre Octavia, quizá tentado por la posibilidad de hacerse con una buena arma. Octavia saltó a un lado, pero sin los lanzamientos se sentía lento, torpe. Evitó los tajos de la daga improvisada que llevaba el preso, pero tuvo que retroceder hacia el agua.

¡Por fin!, exclamó la espada. Muy bien, lo que tienes que hacer es lo siguiente: lucha contra él y no pierdas, Octavia.

El delincuente embistió hacia ella. Octavia atrapó la mano de la daga y retorció la muñeca para que el impulso que llevaba el hombre lo enviara trastabillando al lago. El hombre se recuperó y se volvió hacia Octavia, que trataba de interpretar información a partir de su apariencia raída y lamentable. Pelo enmarañado y greñudo. Piel reshi que había sufrido muchas lesiones. El pobre hombre estaba tan sucio que los mendigos y los pilluelos de la calle habrían rechazado su compañía. El condenado se pasó el puñal de una mano a la otra, cauto.

Entonces se lanzó de nuevo sobre su adversaria.

Octavia volvió a asir al hombre por la muñeca y lo obligó a girar, haciendo que salpicara agua. Como había previsto, el prisionero soltó el cuchillo, que Octavia recogió del agua. Esquivó la presa que intentó su rival y al instante tenía el cuello del hombre rodeado con un brazo. Octavia alzó la daga y, sin que mediara pensamiento consciente, la apretó contra el pecho del hombre y le hizo sangre. Logró reprimirse y no matar al presidiario. ¡Necio! Quería interrogarlo. ¿Acaso su época como Sinverdad la había vuelto tan sanguinaria? Octavia bajó la daga, pero al hacerlo proporcionó al hombre la ocasión de retorcerse y hundirlos a ambos en el Lagopuro.

Octavia cayó en un agua cálida como la sangre. El delincuente terminó encima y sumergió a Octavia en el lago, le golpeó la mano contra el fondo e hizo que soltara el cuchillo. El mundo se convirtió en una neblina distorsionada.

Esto no es ganar, dijo la espada.

Qué irónico sería haber sobrevivido al asesinato de reyes y portadores de esquirlada para acabar muriendo a manos de un hombre con un basto puñal. Octavia estuvo a punto de permitir que sucediera, pero sabía que el destino aún no había acabado con ella. Se quitó de encima al criminal, que era débil y escuálido. El hombre intentó recuperar el cuchillo, que se distinguía a la perfección bajo la superficie, mientras Octavia rodaba en sentido opuesto para alejarse un poco. Por desgracia, la vaina que llevaba a la espalda se trabó entre las piedras del lecho del lago y lo sumergió otra vez de un súbito tirón. Octavia gruñó y, con un movimiento brusco, se liberó rompiendo la correa que le ceñía la espada al cuerpo. El arma se hundió en el agua. Octavia se puso de pie entre salpicones y se encaró hacia el jadeante y sucio preso. El hombre amagó una mirada a la espada plateada sumergida. Le brillaron los ojos, compuso una sonrisa ladina, soltó su cuchillo y se arrojó hacia el arma de Octavia. Qué curioso. Octavia retrocedió un paso mientras el preso volvía a levantarse con expresión jubilosa, sosteniendo la espada. Octavia le dio un puñetazo en la cara y su brazo dejó atrás una tenue estela. Aferró la espada enfundada y la arrancó de las manos del hombre más débil. Aunque el arma solía parecer demasiado pesada para su tamaño, la sintió ligera entre sus dedos. Dio un paso a un lado y la descargó, sin desenvainarla, sobre su enemigo. El arma alcanzó la espalda del preso con un nauseabundo crujido. El pobre hombre cayó al lago y se quedó quieto.

Supongo que tendrá que bastar, dijo la espada. En serio, tendrías que haberme usado desde el principio y listos.

Octavia sacudió la cabeza. ¿Al final había matado al hombre de todos modos? Se arrodilló y lo levantó tirándole del pelo enredado.

El presidiario aspiró aire de golpe, pero su cuerpo no se movió. Estaba paralizado, no muerto.

—¿Colaboró alguien en vuestra fuga? —preguntó Octavia—. ¿Algún noble de la zona, tal vez?

—¿Cómo? —masculló el hombre—. ¡Oh, Vun Makak! ¿Qué me has hecho? No me siento los brazos ni las piernas.

—¿Os ha ayudado alguien de fuera?

—No. ¿Por qué… lo preguntas? —El preso escupió agua—. Espera, sí. ¿A quién quieres que nombre? Haré todo lo que me digas. Por favor.

Octavia se paró a pensar. «No estaban conchabados con los guardias, pues, ni con el ministro del pueblo.»

—¿Cómo habéis escapado?

—Oh, Nu Ralik… —dijo el hombre, llorando—. No deberíamos haber matado al guardia. Yo solo quería… ver el sol una vez más…

Octavia soltó al hombre en el agua. Salió a la orilla y se sentó en una roca, respirando hondo. No hacía mucho tiempo, había danzado con un Corredor del Viento en el frente de una tormenta. Ese día había peleado en aguas poco profundas contra un hombre medio muerto de hambre.

Cómo echaba de menos el cielo.

Ha sido cruel dejar que se ahogue, dijo la espada.

—Es mejor que darlo de comer a un conchagrande —repuso Octavia—, que es lo que hacen con los criminales en este reino.

Las dos cosas son crueles, dijo la espada.

—¿Sabes mucho de crueldad, espada-nimi?

Vivenna me decía siempre que la crueldad corresponde solo a las personas, igual que la misericordia. Solo nosotros podemos optar por una o la otra, al contrario que los animales.

—¿Te consideras una persona?

No. Pero a veces me daba la impresión de que ella sí. Y después de que Shashara me forjase, discutió con Vasher. Ella defendía que yo podía ser poeta o intelectual. Igual que cualquier persona, ¿verdad?

¿Shashara? Sonaba parecido a Shalash, el nombre que daban en oriente a la Heraldo Shush-hija-Dios. Quizá el origen de aquella espada estuviese en los Heraldos.

Octavia se levantó y empezó a recorrer la costa de vuelta hacia el pueblo.

¿No vas a buscar a otros delincuentes?

—Solo necesitaba a uno, espada-nimi, para comprobar lo que se me ha dicho y averiguar unos cuantos hechos importantes.

¿Lo mal que huelen los presidiarios, por ejemplo?

—En efecto, eso forma parte del secreto.

Dejó a un lado el pequeño pueblo donde esperaban los maestros Rompedores del Cielo y ascendió por la falda de la colina en dirección a la cárcel. Era un bloque oscuro que dominaba el Lagopuro, pero la hermosa vista se echaba a perder porque la construcción apenas tenía ventanas. Dentro había tal hedor que Octavia tuvo que respirar por la boca. Habían dejado el cadáver de un guardia en un charco de sangre, entre dos celdas. Octavia estuvo a punto de tropezar con él, porque en aquel lugar la única luz la daban unas pocas lámparas de esferas en la garita de guardia.

«Ya veo —pensó, arrodillándose junto al hombre caído—. Sí.»

Ciertamente, aquella prueba era curiosa.

Salió al exterior y vio que algunos escuderos regresaban al pueblo cargando con cadáveres, aunque ningún otro aspirante parecía haber encontrado a ninguno. Octavia descendió con cuidado por la rocosa pendiente para reunirse con ellos, preocupándose de no dejar que la espada rozara contra el suelo. Aunque no conociera los motivos de Nin para confiarle el arma, era un objeto sagrado. Ya en el pueblo, se dirigió hacia el corpulento noble, que intentaba entablar charla insustancial con la maestra Ni y fracasaba estrepitosamente. Cerca de ellos, otros lugareños debatían sobre la moralidad de limitarse a ejecutar a los asesinos en vez de retenerlos y arriesgarse a que pasaran cosas como aquella. Octavia observó a los presos muertos y los encontró tan sucios como el que se había enfrentado a él, aunque dos de ellos no estaban ni por asomo tan esqueléticos.

«Había una economía carcelaria —pensó—. La comida llegaba a los poderosos mientras otros pasaban hambre.»

—Eh, tú —dijo Octavia al noble—. Solo he encontrado un cuerpo arriba. ¿De verdad tenías apostado a un solo guardia para vigilar a todos estos reclusos?

El noble la miró con gesto desdeñoso.

—¿Una shin que camina sobre la piedra? ¿Quién eres tú para cuestionarme? Vuelve a tu ridícula hierba y tus árboles muertos, canija.

—Los presos tenían libertad para establecer su propia jerarquía —continuó Octavia—. Y nadie vigilaba para garantizar que no se fabricaran armas, como el cuchillo que llevaba el hombre contra quien he luchado. A estos hombres se los maltrató, se los encerró en la oscuridad y se les escatimaba la comida.

—Eran criminales. Asesinos.

—¿Y qué pasó con el dinero que se te entregaba para administrar esta penitenciaría? Desde luego, no se invirtió en una seguridad adecuada.

—¡No tengo por qué escuchar esto!

Octavia se volvió hacia Ki.

—¿Tienes una orden de ejecución para este hombre?

—Es la primera que obtuvimos.

—¿Qué? —exclamó el hombre. A su alrededor bulleron miedospren.

Octavia abrió el cierre que retenía la espada y la desenfundó.

Una cacofonía de sonido, como el de mil chillidos.

Una oleada de poder, como la sacudida de un viento terrible e imponente.

Los colores cambiaron a su alrededor. Se volvieron más profundos, más oscuros e intensos. La capa del noble se convirtió en un impresionante mosaico de profundos naranjas y rojos sangrientos. El vello de los brazos de Octavia se erizó y su piel fue presa de un agudo y repentino dolor.

¡DESTRUYE!

De la hoja fluyó una oscuridad líquida que se derritió en humo al caer. Octavia aulló por el dolor del brazo incluso mientras atravesaba con el arma el pecho del gimoteante noble. La carne y la sangre se deshicieron al instante en humo negro. Las hojas esquirladas normales quemaban solo los ojos, pero aquella espada, de algún modo, consumía el cuerpo entero. Pareció abrasar hasta la misma alma del hombre.

¡EL MAL!

Unas venas de negro líquido ascendieron por la mano y el brazo de Octavia. Las miró boquiabierta, dio un respingo y metió de golpe el arma en su funda plateada. Cayó de rodillas, soltó la espada y levantó la mano, con los dedos agarrotados y los tendones tensos. Poco a poco, la oscuridad se evaporó de su carne y el espantoso dolor remitió. La piel de su mano, que ya era pálida, se había quedado de un tono gris blanquecino. La voz de la espada se redujo a un grave murmullo en su mente, sus palabras a un galimatías. Octavia le encontró parecido con una bestia que caía en un profundo sopor después de haberse saciado. Octavia inhaló una profunda bocanada. Metió la mano en su bolsa y comprobó que varias de las esferas que llevaba estaban agotadas por completo. «Necesitaré muchísima más luz tormentosa si tengo que volver a intentar algo similar.»

Los habitantes del pueblo, los escuderos e incluso los maestros Rompedores del Cielo que lo rodeaban lo contemplaron con un horror uniforme. Octavia recogió la espada y se levantó con esfuerzo antes de echar el cierre a la empuñadura. Sosteniendo el arma envainada con las dos manos, hizo una inclinación hacia Ki.

—Me he encargado del peor de los criminales —dijo.

—Lo has hecho bien —repuso ella despacio, mirando el lugar donde había estado el noble. No había ni siquiera una mancha en las piedras—. Esperaremos hasta confirmar que los demás delincuentes están muertos o capturados.

—Sabia decisión —dijo Octavia—. ¿Puedo… suplicar algo de beber? De pronto, estoy muy sedienta.

Cuando conocieron el destino de todos los presos, la espada ya volvía a la consciencia. No había llegado a dormirse, si es que una espada era capaz de tal cosa. En lugar de ello, había seguido farfullando en la mente de Octavia mientras recobraba poco a poco la lucidez.

¡Eh!, dijo la espada a Octavia, que estaba sentado en un murete fuera del pueblo. Oye, ¿me has desenvainado?

—Así es, espada-nimi.

¡Perfecto! ¿Hemos… destruido mucho mal?

—Un mal grande y corrupto.

¡Hala! Me impresionas. ¿Sabes que Vivenna no me desenfundó ni una sola vez? Y eso que me llevó mucho tiempo. Creo que debió de llegar a los dos días.

—¿Y cuánto tiempo te he llevado yo?

Al menos una hora, dijo la espada, satisfecha. Una, o dos, o diez mil. Es algo así.

Ki se acercó a Octavia, que le devolvió su cantimplora.

—Gracias, maestra Ki.

—He decidido aceptarte como escudera mía, Octavia-hija-Netura —dijo ella—. Si te soy sincera, hemos discutido entre nosotros para ver quién tendría el privilegio.

Octavia inclinó la cabeza.

—¿Puedo jurar el Segundo Ideal?

—Puedes. La justicia te servirá hasta que atraigas un spren y hagas tu voto a un código más concreto. En mis oraciones de anoche, Mayal me comunicó que los altospren te están observando. No me sorprendería que tardaras solo meses en alcanzar el Tercer Ideal.

¿Meses? No, no tardaría meses. Pero aún no hizo el juramento. Señaló la cárcel con el mentón.

—Perdona, maestra, pero tengo una pregunta. Sabíais que iba a ocurrir esto, ¿verdad?

—Lo sospechábamos. Enviamos un equipo a investigar a este hombre y descubrimos qué uso estaba dando a sus fondos. Cuando llegó la llamada, no nos sorprendió. Supuso la oportunidad perfecta para una prueba.

—¿Y por qué no os ocupasteis antes de él?

—Debes comprender nuestro propósito y lo que nos corresponde hacer, una cuestión delicada que a muchos escuderos les cuesta comprender. Ese hombre aún no se había saltado ninguna ley. Su deber era encarcelar a los condenados, cosa que había hecho. Tenía permitido juzgar si sus propios métodos eran satisfactorios o no. Solo después de que fracasara y sus reclusos huyeran podíamos impartirle justicia. —Octavia asintió.

—Juro buscar la justicia y permitir que me guíe hasta que halle un ideal más perfecto.

—Esas Palabras son aceptadas —dijo Ki. Sacó una brillante esfera de esmeralda de su saquito—. Ocupa tu lugar arriba, escudera.

Octavia contempló la esfera y, temblando, absorbió la luz tormentosa. Regresó a él de sopetón.

Los cielos volvían a pertenecerle.