96. PIEZAS DE UN FABRIAL
Se dice que Yelig-nar consume las almas, pero no logro encontrar una explicación específica. No estoy en condiciones de garantizar que esa información sea correcta.
De Mítica de Hessi, página 51
El día de la primera cumbre de monarcas en Urithiru, Echo hizo que cada asistente, por destacado que fuese, cargara con su propia silla. La antigua tradición alezi simbolizaba que todos los jefes aportaban una importante sabiduría al encuentro. Echo y Bellamy llegaron los primeros, caminando desde el ascensor hacia el salón de reuniones, cerca de la cima de Urithiru. La silla de Echo era sencilla pero cómoda, hecha de madera moldeada y con el asiento acolchado. Bellamy había querido llevar una banqueta, pero ella había insistido en algo mejor. Aquello no era una tienda de estrategia en el campo de batalla, y la austeridad voluntaria no iba a impresionar a los monarcas. Al final optó por una recia silla de grueso tocopeso, con anchos brazos pero sin acolchar. Bellamy había pasado el ascenso callado, viendo pasar los pisos. Cuando Bellamy estaba turbado, guardaba silencio. Arrugaba la frente, pensativo, y a todos los demás les daba la impresión de estar enfadado.
—Habrán podido huir, Bellamy —le dijo Echo—. Estoy segura de que sí. Finn y Clarke están a salvo en algún sitio.
Él asintió. Pero incluso si seguían con vida, Kholinar había caído.
¿Por eso estaba tan atribulado?
No, era otra cosa. Desde que se había derrumbado tras su visita a Azir, parecía que algo se había partido en el interior de Bellamy. Esa mañana, había pedido a Echo que presidiera ella la cumbre. Estaba muy preocupada por lo que le estaba pasando a Bellamy. Y por Finn. Y por Kholinar. Pero tormentas, habían trabajado sin descanso para forjar la coalición. Echo no permitiría que se viniera abajo después de tanto esfuerzo. Ya había llorado a una hija, pero luego esa hija había regresado a ella. Debía tener la misma esperanza con Finn, por lo menos para poder seguir actuando mientras Bellamy sufría. Dejaron las sillas que llevaban en la enorme sala de reuniones, que tenía excelentes vistas a las montañas por las ventanas de cristal plano. Los sirvientes ya habían dispuesto refrigerios contra la curva pared lateral de la sala semicircular. El mosaico del suelo representaba el Doble Ojo del Todopoderoso, completado con las potencias y las Esencias. El Puente Cuatro fue pasando a la sala tras ellos. Casi todos traían asientos sencillos, pero el herdaziano había llegado al ascensor trastabillando bajo el peso de una silla tan grande, con incrustaciones de tela azul bordada y plata, que casi parecía un trono. Colocaron sus sillas detrás de la de Echo, no sin una buena dosis de discusiones, y se lanzaron sobre la comida sin pedir permiso. Para tratarse de personas que, básicamente, estaban a un paso de convertirse en portadores de esquirlada ojos claros, eran una pandilla revoltosa y estridente. Fieles a sí mismos, los miembros del Puente Cuatro se habían tomado a risa la noticia de la posible caída de su líder. «Raven es más dura que un peñasco lanzado por el viento, brillante —le había dicho Marcus—. Sobrevivió al Puente Cuatro, sobrevivió a los abismos y sobrevivirá a esto.»
Echo debía reconocer que su optimismo era esperanzador.
Pero si el equipo había sobrevivido, ¿por qué no había vuelto con la última alta tormenta?
«Tranquila», se dijo Echo, mirando a los hombres del puente rodeados de risaspren. Uno de ellos portaba en esos momentos la hoja de Honor de Titus. No habría sabido decir quien, porque el arma podía descartarse como una hoja esquirlada normal y se la iban pasando entre ellos para resultar impredecibles.
No tardó en llegar más gente por distintos ascensores, y Echo los observó con atención. La tradición de llevar la silla era en parte un símbolo de igualdad, pero Echo supuso que podría hacer deducciones sobre los monarcas a partir de los asientos que hubieran escogido. Ser humano consistía en buscar sentido al caos, significado a los elementos aleatorios del mundo. El primero en llegar fue el joven Supremo azishiano. Su sastre había hecho un trabajo maravilloso ajustándole los ropajes reales: habría sido muy fácil que el monarca pareciera un niño perdido entre el majestuoso gabán y el sombrero. Cargaba con un trono muy ornamentado, cubierto de chillones diseños azishianos, y sus principales consejeros le ayudaban a sostenerlo con una mano cada uno. El numeroso contingente se acomodó mientras entraban más delegados, entre ellos tres representantes de reinos satélites de Azir: el Supremo de Emul, la princesa de Yezier y el embajador de Tashikk. Los tres portaban sillas que eran inferiores a la del Supremo azishiano, pero por muy poco. Allí se estaba escenificando un equilibrio. Las tres monarquías otorgaban la medida justa de respeto al Supremo para no avergonzarlo. Eran súbditos suyos solo sobre el papel. Aun así, Echo debería poder centrar sus esfuerzos diplomáticos en el Supremo. Tashikk, Emul y Yezier se alinearían con él. En términos históricos, dos de ellos tenían mucha cercanía con el trono de Azir y el tercero, Emul, no estaba en posición de contradecirlo después de que la guerra contra Tukar y el asalto de los Portadores del Vacío hubiera destrozado el reino casi por completo. El siguiente en llegar fue el contingente alezi. Aden, que parecía temeroso de que a su hermana le hubiera pasado algo, llevaba una silla sin ornamentar, tanto que Anya lo superaba con su banqueta acolchada. Cuánto se parecían Bellamy y ella. Echo reparó irritada en que Sebarial y Palona no llegaban junto a los otros altos príncipes, pero en fin, por lo menos no se habían presentado cargando con camillas para masaje. Ialai Sadeas se había saltado el requisito de llevar su asiento en persona. Un guardia lleno de cicatrices dejó en el suelo una silla lisa y laqueada para ella, de un bermellón tan oscuro que era casi negro. Sostuvo la mirada a Echo mientras se sentaba, fría y confiada. En teoría el alto príncipe era Amaram, pero seguía en Thaylenah, trabajando con sus soldados en reconstruir la ciudad, y de todos modos Echo dudaba mucho que Ialai le hubiera permitido representar a la casa Sadeas en esa reunión. Parecía haber pasado mucho tiempo desde que Ialai y Echo hacían corrillo en las cenas, conspirando para estabilizar el reino que sus maridos estaban conquistando. En aquella sala de reuniones, en cambio, a Echo le entraron ganas de coger a aquella mujer y sacudirla. «¿Es que no puedes dejar de ser tan mezquina ni un tormentoso minuto?»
En todo caso, como llevaba sucediendo ya mucho tiempo, los demás altos príncipes se alinearían con la casa Griffin o la casa Sadeas. Permitir que participara Ialai era un riesgo calculado. Si se lo hubieran impedido, la mujer sin duda hallaría la forma de sabotear la cumbre. Aceptándola, con un poco de suerte empezaría a comprender la importancia de todo aquello. Por lo menos, la reina Fen y su consorte parecían entregados a la coalición. Dejaron sus sillas junto a la ventana de cristal, dando la espalda a las tormentas, como decía el chiste thayleño. Sus asientos de madera con altos respaldos estaban pintados de azul y tapizados en un blanco náutico. Gustus, que llevaba una anodina silla de madera sin acolchar, pidió sentarse junto a ellos. El anciano había insistido en cargar con su propio asiento, aunque Echo los había dispensado a él, a Ashno de Sages y a otros de
constitución frágil. Adrotagia se sentó junto a él, imitada por su potenciadora. La mujer no se situó con el Puente Cuatro… y Echo reparó con sorpresa en que seguía considerándola «su potenciadora», la de Gustus. La única otra persona destacable era Au-nak, el embajador natano. Representaba a un reino muerto, reducido a una sola ciudad-estado en la costa oriental de Roshar que ejercía el protectorado sobre otro puñado de ciudades. Por un instante, a Echo todo aquello le pareció demasiado. El imperio azishiano, con todas sus complejidades. El contrapoder que ejercían varios altos príncipes alezi. Gustus, que de algún modo había pasado a gobernar Jah Keved, el segundo mayor reino de Roshar. La reina Fen y su obligación para con los gremios de su ciudad. Los Radiantes, entre ellos la pequeña chica reshi que en ese momento estaba comiendo más y más rápido que el hombre del puente Comecuernos, casi como si se tratara de una competición. Tanto que tener en cuenta, ¿y Bellamy elegía ese momento para dar un paso atrás?
«Cálmate —se dijo Echo, respirando hondo—. Orden a partir del caos. Encuentra la estructura subyacente y empieza a construir sobre ella.»
Los presentes se habían colocado en círculo sin que nadie se lo dijera, con los monarcas al frente y los altos príncipes, visires, intérpretes y escribas irradiando detrás de ellos. Echo se levantó y fue al centro. Mientras cesaban las conversaciones, Sebarial y su amante por fin hicieron acto de presencia. Se dirigieron directos hacia la comida, y al parecer se habían olvidado por completo de llevar sillas.
—No sé de ninguna otra conferencia como esta en la historia de Roshar —dijo mientras la sala guardaba silencio—. Quizá fueran habituales en los tiempos de los Caballeros Radiantes, pero sabemos a ciencia cierta que no ha sucedido nada similar desde la Traición. Querría dar la bienvenida y a la vez las gracias a todos nuestros nobles invitados. Hoy, hacemos historia.
—Y solo ha hecho falta una Desolación para que suceda —dijo Sebarial desde la mesa de comida—. El mundo debería terminar más a menudo. Vuelve a todos mucho más complacientes.
Los distintos intérpretes tradujeron en susurros para sus patrones. Echo se descubrió preguntándose si sería demasiado tarde para hacerlo arrojar de la torre. Podía hacerse, ya que el lado recto de Urithiru, el encarado hacia el Origen, caía a plomo. Podría ver a Sebarial precipitándose casi hasta el pie de las montañas, si quería.
—Estamos aquí para tratar del futuro de Roshar —dijo Echo con brusquedad—. Debemos tener una visión y un objetivo comunes.
Pasó la mirada por toda la sala mientras los asistentes meditaban. «Hablará él en primer lugar», pensó al ver que el Supremo de Emul se removía en su asiento. Se llamaba Vexil el Sabio, pero se solía denominar a los príncipes y supremos makabaki con el nombre de su país, igual que a los altos príncipes alezi a menudo se los llamaba por el nombre de sus casas.
—El rumbo a seguir es evidente, ¿verdad? —dijo Emul por medio de un intérprete, aunque Echo entendía el azishiano. Se inclinó en su asiento hacia el niño emperador de Azir y siguió hablando—. Debemos recuperar mi nación de los traidores parshmenios, y después conquistar Tukar. Es irracional del todo permitir que ese demente que afirma ser un dios siga saqueando el glorioso Imperio azishiano.
«Esto va a complicarse», pensó Echo mientras otra media docena de personas empezaba a hablar a la vez. Alzó su mano libre.
—Haré lo posible por moderar con equidad, majestades, pero debéis comprender que soy solo una persona. Para facilitar la conversación dependo de vuestra buena voluntad, y no de que intentéis hablar todos al mismo tiempo.
Hizo un gesto con la cabeza hacia el Supremo de Azir, confiando en que tomara la palabra. Una intérprete susurró las palabras de Echo en la oreja izquierda del Supremo, y entonces la visir Noura se inclinó hacia él y le habló en voz baja desde el otro lado, a todas luces impartiendo instrucciones.
«Querrán ver cómo se desarrolla esto —supuso Echo—. Hablará antes alguno de los otros. Azir querrá contradecir la posición emuli para reafirmarse.»
—El trono reconoce al Supremo de Emul —dijo por fin el pequeño emperador—. Y, hum, somos conscientes de sus deseos. —Calló un momento y miró alrededor—. Esto… ¿Alguien más tiene algo que comentar?
—Mi hermano el príncipe desea dirigirse a vosotros —dijo el alto y refinado representante de Tashikk, vestido con un florido traje amarillo y dorado en lugar de la túnica tradicional de su pueblo. Una escriba le fue susurrando mientras una vinculacaña transmitía el mensaje que el príncipe de Tashikk quería hacer llegar a la cumbre.
«Va a oponerse a Emul —pensó Echo—. Nos desviará en otra dirección. ¿Hacia Iri, tal vez?»
—En Tashikk —dijo el embajador— estamos más interesados por el descubrimiento de esos maravillosos portales. Los alezi nos invitaron aquí diciéndonos que formamos parte de una grandiosa coalición. Con todo el respeto, deseamos preguntar cuán a menudo dispondremos del uso de esas puertas y cómo negociaremos las tarifas.
La sala estalló de inmediato en conversaciones.
—Nuestra puerta —dijo Au-nak—, situada en nuestra patria histórica, está usándose sin pedirnos permiso. Y aunque agradecemos a los alezi que la aseguraran para nosotros…
—Si va a haber guerra —dijo Fen—, es mal momento para estar hablando de tarifas. Deberíamos acordar el libre comercio, sin más.
—Lo cual conviene a tus mercaderes, Fen —intervino Sebarial desde el lado de la sala—. ¿Qué tal si les pides que nos ayuden a los demás con material bélico gratuito?
—Emul… —empezó a decir el Supremo emuli.
—Un momento —dijo la princesa de Yezier—. ¿No deberían preocuparnos Iri y Rira, que parecen haberse aliado por completo con el enemigo?
—Por favor —alzó la voz Echo, interrumpiendo el batiburrillo de conversaciones—. Por favor. Procedamos de forma ordenada. Quizá antes de decidir dónde batallar, podríamos discutir la mejor forma de equiparnos contra la amenaza enemiga. —Miró a Gustus—. Majestad, ¿puedes decirnos algo más sobre los escudos que están creando tus académicos en Jah Keved?
—Sí. Son… son fuertes.
—¿Cómo de fuertes? —lo animó Echo.
—Muy fuertes. Hum, sí. Lo bastante fuertes. —Se rascó la cabeza y la miró con impotencia—. ¿Cómo… de fuertes necesitáis que sean?
Echo respiró hondo. Gustus no tenía el día bueno. A la madre de Echo le pasaba lo mismo: estaba lúcida unos días y apenas consciente de sí misma otros.
—Los semiesquirlados —dijo Echo al resto de la sala— nos supondrán una ventaja sobre el enemigo. Hemos entregado los diseños a los eruditos azishianos. Tengo intención de que unifiquemos recursos y estudiemos su proceso de creación.
—¿Podrían llevarnos a crear armaduras esquirladas? —preguntó la reina Fen.
—Es posible —respondió Echo—. Pero cuanto más estudio lo que hemos descubierto aquí, en Urithiru, más cuenta me doy de que nuestra imagen de los antiguos como poseedores de tecnologías fantásticas está muy alejada de la realidad. Es una exageración como mucho, quizá tan solo imaginaciones nuestras.
—Pero las esquirlas… —insistió Fen.
—Manifestaciones de spren —explicó Anya—, no tecnología fabrial. Incluso las gemas que descubrimos, las que contenían las palabras de los antiguos Radiantes en los días en que abandonaban Urithiru, eran bastas, aunque las emplearan de una forma que aún no habíamos explorado. Llevamos todo este tiempo dando por sentado que sufrimos graves retrasos tecnológicos con las Desolaciones, pero parece ser que estamos mucho más avanzados de lo que estuvieron jamás en la antigüedad. Es el proceso de vincular spren lo que perdimos.
—No lo perdimos —matizó el Supremo azishiano—. Lo abandonamos.
El joven miró a Bellamy, que estaba sentado en postura relajada. No se había reclinado, pero tampoco estaba tenso. Era una pose que, de algún modo, transmitía: «Aquí estoy yo al mando, no os confundáis.» Bellamy dominaba cualquier lugar en el que estuviera incluso cuando intentaba ser discreto. Su ceño fruncido le oscurecía los ojos azules, y la forma en que se rascaba la barbilla sugería la imagen de un hombre meditando sobre a quién ejecutar primero.
Los asistentes habían situado sus asientos en un círculo aproximado, pero la mayoría de ellos estaban encarados hacia Bellamy, sentado junto a la silla de Echo. Ni siquiera después de todo lo que había pasado confiaban en él.
—Los antiguos ideales se pronuncian de nuevo —dijo Bellamy—. Volvemos a ser Radiantes. Esta vez no os abandonaremos. Lo juro.
La visir Noura susurró algo al oído del Supremo de Azir, que asintió antes de hablar.
—Continuamos muy preocupados por los poderes que intentáis dominar. Esas capacidades… ¿Quien nos asegura que los Radiantes Perdidos hicieron mal en abandonarlas? Había algo que los asustaba, y cerraron estos portales por algún motivo.
—Es demasiado tarde ya para retirarnos de esto, majestad —dijo Bellamy—. Yo he vinculado al mismísimo Padre Tormenta. O nos valemos de estos poderes o nos dejamos aplastar por la invasión.
El Supremo apoyó la espalda, y su séquito parecía… preocupado. Susurraron entre ellos.
«Crea orden a partir del caos», pensó Echo. Señaló a los hombres del puente y a Madi.
—Entiendo vuestros reparos, pero tenéis que haber leído nuestros informes sobre los votos que hacen estos Radiantes. Protección. Recordar a los caídos. Esos juramentos demuestran que nuestra causa es justa, nuestros Radiantes dignos de confianza. Los poderes están en manos seguras, majestad.
—Yo creo que deberíamos dejar de danzar y darnos palmaditas en la espalda —declaró Ialai.
Echo se volvió hacia ella. «No sabotees esto —pensó, mirando a la mujer a los ojos—. No te atrevas.» Ialai siguió hablando.
—Estamos aquí para centrar nuestra atención. Deberíamos decidir qué territorio invadiremos para obtener la mejor posición de cara a una guerra prolongada. La respuesta es evidente. Shinovar es una tierra fértil. Sus huertos crecen sin tregua, y su clima es tan benévolo que hasta la hierba crece relajada y gorda. Deberíamos tomar ese terreno para proveer a nuestros ejércitos.
Los demás presentes asintieron como si aquel hilo de conversación fuese perfectamente aceptable. Con una sola flecha bien dirigida, Ialai Sadeas había demostrado lo que todo el mundo susurraba entre dientes, que los alezi estaban forjando una coalición para conquistar el mundo, no solo para protegerlo.
—Los montes shin nos plantean un problema histórico —dijo el embajador tashikki—. Atacar a través de ellos viene a ser imposible.
—Ahora tenemos las Puertas Juradas —dijo Fen—. No es por volver a traer a colación ese problema concreto, pero ¿alguien ha investigado si la puerta shin puede abrirse? Contar con Shinovar como un reducto difícil de invadir por medios convencionales ayudaría a cimentar nuestra posición.
Echo maldijo a Ialai en su mente. Aquello solo serviría para reforzar las dudas azishianas sobre el peligro que planteaban las Puertas Juradas. Aunque Echo intentara contener la conversación, se le iba de las manos una y otra vez.
—¡Tenemos que saber lo que hacen esas puertas! —estaba diciendo Tashikk—. ¿Los alezi no podrían revelarnos todo lo que han descubierto sobre ellas?
—¿Y qué hay de vuestro pueblo? —replicó Roan—. Sois grandes mercaderes de información. ¿No podrías revelarnos todos vuestros secretos?
—Toda la información tashikki está disponible sin reservas.
—A un precio desmesurado.
—Necesitamos…
—Pero Emul…
—Todo este asunto va a ser un desastre —dijo Fen—. Ya me estoy dando cuenta. Tenemos que poder comerciar libremente, y la avaricia alezi amenaza ese concepto.
—¿La avaricia alezi? —preguntó Ialai—. ¿Qué pretendes, ver hasta dónde puedes hacernos ceder? Porque te aseguro que Bellamy Griffin no va a dejarse amedrentar por una panda de mercaderes y banqueros.
—Por favor —dijo Echo, oponiéndose al creciente clamor—. Silencio.
Nadie pareció darse cuenta. Echo vació los pulmones y se aclaró la mente. Orden a partir del caos. ¿Cómo podía llevar el orden al caos que tenía delante? Dejó de mortificarse e intentó escuchar lo que decían.
Estudió las sillas con las que habían cargado y el tono de sus voces. Sus miedos, ocultos tras lo que exigían o solicitaban. La forma de todo empezó a cobrar sentido para ella. En ese instante, la sala estaba llena de material de construcción. Piezas de un fabrial. Cada monarca, cada reino, era una pieza. Bellamy los había congregado, pero no los había compuesto. Echo se acercó al Supremo azishiano. La gente calló, sorprendida al ver que Echo se inclinaba ante él.
—Excelencia —dijo mientras se erguía—, ¿cuál dirías que es la mayor fortaleza del pueblo de Azir?
El chico miró a sus consejeros mientras le traducían las palabras de Echo, pero estos no le dieron respuesta. Parecían más bien curiosos por ver qué respondía.
—Nuestras leyes —dijo el Supremo por fin.
—Vuestra afamada burocracia —convino Echo—. Vuestros secretarios y escribas y, por extensión, los grandes centros de información de Tashikk, los guardatiempos y los predicetormentas de Yezier y las legiones azishianas. Sois los mayores organizadores de Roshar. Siempre he envidiado vuestra visión ordenada del mundo.
—Quizá por eso tu ensayo tuvo tan buena recepción, brillante Griffin —repuso el emperador, en un tono que sonaba sincero del todo.
—Y a la luz de vuestra habilidad, me pregunto si alguien de esta sala protestaría en caso de que asignáramos una tarea concreta a vuestras escribas. Necesitamos procedimientos. Un código que regule las interacciones entre nuestros reinos y la forma en que compartiremos recursos. ¿Estaríais dispuestos a crearlo en Azir?
Los visires se quedaron estupefactos y al momento empezaron a hablar entre ellos con voces quedas y emocionadas. El deleite que asomaba a sus rasgos era prueba suficiente de que, en efecto, estarían dispuestos a hacerlo.
—Eh, eh, un momento —intervino Fen—. ¿Estamos hablando de leyes que todos tendremos que cumplir?
Au-nak asintió con fervor, compartiendo su reticencia.
—De algo más y a la vez algo menos que leyes —dijo Echo—. Necesitamos códigos que guíen nuestras relaciones, como demuestra el día de hoy. Debemos tener procedimientos para mantener nuestras reuniones, para conceder su turno a cada uno. Para compartir información.
—No estoy segura de que Thaylenah pueda aceptar siquiera eso.
—Pero sin duda querrás conocer antes el contenido de esos códigos, reina Fen —dijo Echo, caminando hacia ella con paso tranquilo—. Al fin y al cabo, tendremos que administrar el comercio a través de las Puertas Juradas. Me pregunto quién cuenta con gran experiencia en envíos, caravanas y negocios en general…
—¿Nos entregarías eso a nosotros? —preguntó Fen, atónita por completo.
—Parece lo lógico.
Sebarial se atragantó con los aperitivos que estaba comiendo y Palona tuvo que darle un golpe en la espalda. El alto príncipe había querido ser él quien se ocupara del comercio. «Así aprenderás a llegar tarde a mis convocatorias y dedicarte a soltar ocurrencias», pensó Echo.
Miró a Bellamy, que parecía preocupado. Pero claro, últimamente siempre lo parecía.
—No voy a entregarte las Puertas Juradas —dijo Echo a Fen—. Pero alguien tiene que supervisar el comercio y los suministros.
Esa tarea encajaría a la perfección con los mercaderes thayleños, siempre que podamos llegar a un acuerdo justo.
—Vaya —dijo Fen, reclinándose. Lanzó una mirada a su consorte, que se encogió de hombros.
—¿Y los alezi? —preguntó la menuda princesa de Yezier—. ¿Vosotros, qué?
—Bueno, hay algo en lo que sí sobresalimos —dijo Echo. Miró a Emul—. ¿Aceptaríais la ayuda de nuestros generales y nuestros ejércitos para asegurar lo que queda de vuestro reino?
—¡Por todos los Kadasix que han sido sagrados jamás! —exclamó Emul—. ¡Por supuesto que sí! Por favor.
—Tengo a varias escribas expertas en fortificaciones —sugirió Roan desde su asiento, detrás de Bellamy y Anya—. Podrían inspeccionar el territorio que os queda y aconsejaros sobre la mejor forma de defenderlo.
—¿Y recuperar lo que hemos perdido? —preguntó Emul.
Ialai abrió la boca para hablar, quizá con intención de ensalzar otra vez las virtudes bélicas de los alezi. Anya se le adelantó, hablando con decisión.
—Propongo que antes nos afiancemos. Tukar, Iri, Shinovar… son lugares tentadores para un avance, pero ¿de qué nos servirá si extendemos demasiado nuestros recursos? Deberíamos concentrarnos en asegurar las tierras que dominamos en estos momentos.
—Sí —dijo Bellamy—. No deberíamos preguntarnos dónde atacar, sino hacia dónde avanzará nuestro enemigo.
—Han asegurado tres posiciones —dijo el alto príncipe Roan—. Iri, Marat… y Alezkar.
—Pero enviasteis una expedición para reclamar Alezkar —dijo Fen.
Echo interrumpió la respiración y miró a Bellamy, que asintió despacio.
—Alezkar ha caído —dijo Echo—. La expedición ha fracasado. Nuestra patria está invadida.
Había esperado que la revelación provocara otro estallido de comentarios, pero la recibió un silencio aturdido. Anya siguió hablando en su lugar.
—Nuestros ejércitos restantes se han retirado a Herdaz y Jah Keved, acosados y confundidos por enemigos capaces de volar, o por los repentinos ataques de tropas de asalto parshmenias. Tan solo resistimos en la frontera meridional, junto al mar. Kholinar ha caído por completo, y hemos perdido su Puerta Jurada. La hemos bloqueado desde aquí, para que no pueda usarse para llegar a Urithiru.
—Lo lamento —dijo Fen.
—Mi hija tiene razón —dijo Echo, tratando de proyectar fuerza mientras reconocían que se habían convertido en una nación de refugiados—. Antes que nada, deberíamos aplicarnos en asegurar que no caigan más países.
—Mi patria… —empezó a decir el Supremo de Emul.
—No —lo interrumpió Noura en un alezi con mucho acento—. Lo siento, pero no. Si los Portadores del Vacío hubieran querido dar el último mordisco a tu tierra, Vexil, ya lo habrían invadido. Los alezi pueden ayudarte a defender lo que tienes, y me parece un acto de generosidad por su parte. El enemigo ha pasado rozándote para congregarse en Marat, conquistando solo lo necesario para su avance. Tienen los ojos puestos en otro lugar.
—¡Ay, madre! —exclamó Gustus—. ¿Es posible que… vengan hacia mí?
—Parece una suposición razonable —dijo Au-nak—. La guerra civil veden dejó el país en ruinas, y la frontera entre Alezkar y Jah Keved es porosa.
—Quizá —intervino Bellamy—. Yo luché en esa frontera. No es un campo de batalla tan fácil como pueda parecer.
—Debemos defender Jah Keved —dijo Gustus—. Cuando el rey me entregó el trono, prometí que cuidaría de su pueblo. Si los Portadores del Vacío nos atacan…
La inquietud de su voz dio una oportunidad a Echo. Regresó al centro de la sala.
—No permitiremos que eso ocurra, ¿verdad?
—Enviaré tropas en tu ayuda, Gustus —dijo Bellamy—. Pero un ejército puede interpretarse como una fuerza invasora, y no pretendo invadir a mis aliados, ni siquiera en apariencia. ¿No podríamos reforzar esta alianza con una muestra de solidaridad? ¿Alguien más estaría dispuesto a ayudar?
El Supremo de Azir observó a Bellamy. A su espalda, los visires y vástagos mantenían una conversación privada escribiendo en tablillas. Cuando terminaron, la visir Noura se inclinó hacia delante y susurró al oído del emperador, que asintió con la cabeza.
—Desplegaremos cinco batallones en Jah Keved —dijo el joven—. Servirá también como una importante prueba de movilidad a través de las Puertas Juradas. Rey Gustus, cuentas con el apoyo de Azir.
Echo dio un largo pero disimulado suspiro de alivio. Concedió un receso en la reunión para que la gente pudiera tomar un refrigerio, aunque con toda probabilidad casi todos lo dedicarían a planear estrategias o a informar de los acontecimientos a sus distintos aliados. Entre los altos príncipes se desató un hervidero de conversaciones entre grupos reducidos de casas. Echo volvió a su asiento al lado de Bellamy.
—Te has comprometido a mucho —comentó él—. ¿Concederemos a Fen el control del comercio y los suministros?
—La administración no es lo mismo que el control —dijo Echo—. Pero en todo caso, ¿creías que harías funcionar esta coalición sin renunciar a nada?
—No, claro que no. —Bellamy miró hacia fuera. Su expresión atribulada causó un escalofrío a Echo. «¿Qué has recordado, Bellamy? ¿Y qué te hizo la Vigilante Nocturna?»
Necesitaban al Espina Negra. Ella necesitaba al Espina Negra. Su fuerza para calmar la enfermiza preocupación que la acosaba, su voluntad para forjar aquella coalición. Le cogió la mano entre las suyas, pero Bellamy se encrespó y se puso en pie. Lo hacia siempre que creía estar relajándose demasiado. Era como si buscara un peligro que afrontar. Ella se levantó junto a él.
—Tenemos que sacarte de la torre —le dijo—, para cambiar de perspectiva. Visitemos algún lugar nuevo.
—Eso me gustaría —repuso Bellamy con voz rasposa.
—Gustus estaba hablando antes de enseñarte Vedenar en persona. Si vamos a enviar tropas Griffin al reino, tendría sentido que lo visitaras para sopesar la situación.
—Muy bien.
Los azishianos llamaron a Echo para que les aclarara en qué dirección quería que llevaran las ordenanzas para la coalición. Dejó a Bellamy, pero no pudo parar de preocuparse por él. Tendría que quemar una glifoguarda ese mismo día. O mejor diez, para Finn y los demás. Solo que… parte del problema estribaba en la afirmación de Bellamy de que no había nadie recibiendo las plegarias que ardían, enviando sus volutas de humo a los Salones Tranquilos.
¿También ella lo creía? ¿De verdad?
Ese día, Echo había dado un gran paso hacia la unificación de Roshar. Y, sin embargo, se sentía más impotente que nunca
