97. RIINO

De todos los Deshechos, Sja-anat era la más temida por los Radiantes. Hablaban largo y tendido de su capacidad para corromper a los spren, aunque solo fuesen los «spren inferiores», signifique eso lo que signifique.

De Mítica de Hessi, página 89

Raven recordaba sostener la mano de una moribunda.

Había ocurrido en sus tiempos de esclava. Recordaba estar acuclillada, con el denso y oscuro sotobosque arañándole la piel, en una noche demasiado silenciosa. Los animales habían huido; sabían que algo iba mal. Los demás esclavos no susurraron, se movieron ni tosieron en sus escondrijos. Los había adiestrado bien.

«Tenemos que irnos. Hay que moverse.»

Tiró de la mano de Nalma. Había prometido ayudar a la mujer mayor a encontrar a su marido, a quien habían vendido a otra casa. Se suponía que no era legal, pero a los esclavos con las marcas adecuadas se les podía hacer de todo sin represalias, en especial si eran extranjeros. Nalma se resistió a moverse, y Raven comprendía sus reparos. El sotobosque era seguro, de momento. Pero también era demasiado evidente. Los brillantes señores les habían dado caza en círculos durante días, acercándose cada vez más. Si los esclavos se quedaban allí, los capturarían. Tiró otra vez y ella pasó la señal al siguiente esclavo, que la transmitió hilera abajo. Luego se aferró a la mano de Raven, que los guio tan sigiloso como pudo hacia el lugar donde recordaba que había una vereda.

Márchate.

Busca la libertad. Busca el honor de nuevo.

Tenía que estar allí fuera, en alguna parte.

El chasquido de la trampa al saltar fue como un latigazo para Raven. Un año después, seguiría preguntándose cómo no la había disparado ella misma. A quien atrapó fue a Nalma. El tirón separó su mano de la de Raven mientras chillaba. Gimieron cuernos de cazadores en la noche. La luz fulguró desde lámparas recién destacadas, revelando a hombres entre los árboles. Los otros esclavos salieron en desbandada del sotobosque, como presas de una cacería. Al lado de Raven, la pierna de Nalma estaba atrapada en una cruel trampa de acero, una cosa hecha de muelles y fauces que no querrían usar ni con un animal, por miedo a arruinar la carne. La tibia de Nalma asomaba de la piel.

—Oh, Padre Tormenta —susurró Raven mientras un dolorspren se retorcía a su alrededor—. ¡Padre Tormenta! —Intentó contener la sangre, pero saltó a borbotones entre sus dedos—. Padre Tormenta, no. ¡Padre Tormenta!

—Raven —dijo ella entre dientes—. Raven, corre…

Las flechas derribaron a varios esclavos que corrían. Las trampas detuvieron a otros dos. En la lejanía, una voz gritó:

—¡Parad! ¡Estáis destruyendo mi propiedad!

—Era necesario, brillante señor —dijo una voz más fuerte. El alto señor de la región—. A menos que quieras alentar este comportamiento.

Cuánta sangre. Raven preparó un vendaje inútil mientras Nalma intentaba apartarla, obligarla a correr. Pero ella le cogió la mano y se la sostuvo, sollozando mientras Nalma moría. Después de matar a los demás, los brillantes señores la encontraron todavía allí, arrodillada. Contra toda expectativa, le perdonaron la vida. Dijeron que era porque no había corrido con los otros, pero en realidad necesitaban a alguien que llevara el aviso a los demás esclavos.

Por el motivo que fuese, Raven había sobrevivido.

Siempre lo hacía.

En Shadesmar no había sotobosque, pero los mismos viejos instintos sirvieron a Raven mientras se aproximaba en silencio al faro. Había propuesto adelantarse a explorar, ya que no confiaba en aquella tierra oscura. Los demás habían estado de acuerdo. Con sus lanzamientos, era quien lo tenía más fácil para huir en caso de emergencia, y ni Clarke ni Celeste tenían experiencia como exploradoras. Raven no mencionó que buena parte de la práctica que tenía ella la había adquirido como esclava fugada. Se concentró en mantener la postura baja y usar los desniveles de la piedra negra para ocultar su aproximación. Por suerte, pisar sin hacer ruido no era difícil en aquel terreno cristalino. El faro era una alta torre de piedra coronada por una hoguera inmensa. Derramaba un flagrante brillo anaranjado por la punta de la península. ¿De dónde sacarían el combustible para alimentarla?

Se acercó un poco más, asustando sin querer a unos vidaspren que salieron disparados de unas plantas cristalinas y descendieron flotando. Se quedó muy quieto, pero no oyó sonidos procedentes del faro. Cuando se hubo aproximado un poco más, buscó un punto desde el que vigilar un rato, por si veía algo sospechoso. Echaba mucho de menos la diáfana forma que tenía Syl en el Reino Físico, porque podría haber regresado para informar a los demás de sus hallazgos, o incluso explorar ella misma dentro del edificio, invisible a todo ojo salvo el adecuado. Al cabo de un tiempo, algo salió reptando de las cuentas del océano, cerca de ella. Era una criatura parecida a un lurg, con el tamaño de un bebé, el cuerpo gordo y bulboso y unas patitas rechonchas. Saltó hacia ella y entonces abrió hacia atrás la mitad superior entera de la cabeza. Una larga lengua emergió al aire desde la enorme boca, y empezó a aletear y ondear.

«Tormentas, ¿es un expectaspren?» En el lado de Raven parecían gallardetes, pero eran… ¿eran lenguas moviéndose? ¿Qué otras partes sencillas y estables de su vida eran también tremendos embustes?

Al expectaspren se unieron otros dos, arrimándose a ella y desplegando sus largas y bamboleantes lenguas. Raven les lanzó una patada.

—¡Largo!

Engañosamente sólidos, se resistieron a moverse, así que Raven trató de calmarse, confiando en que así se irían. Al final, optó por seguir adelante, seguido a saltitos por sus tres molestos acompañantes. Llevarlos dio al traste con el sigilo de su aproximación y la puso más nerviosa, cosa que, a su vez, dio a los expectaspren incluso más ganas de acercarse a ella. Logró llegar al muro de la torre, donde habría cabido esperar que el calor de la enorme hoguera fuese opresivo. Pero Raven apenas lo notaba. Más curiosa incluso era que las llamas hacían que su sombra se comportara con normalidad, extendida tras ella en vez de en dirección al sol. Inspiró y echó un breve vistazo entre los postigos abiertos de la ventana, a la planta baja del faro. Dentro vio a un anciano shin, completamente calvo y con la piel arrugada, sentado en una silla, leyendo a la luz de una esfera. ¿Un humano? Raven no se decidía entre considerarlo buena o mala señal. El hombre empezó a pasar la página de su libro y entonces se detuvo y miró arriba.

Raven se agachó, con el corazón martilleando. Aquellos ridículos expectaspren seguían atosigándolo, pero sus lenguas no deberían verse por la ventana.

—¿Hola? —dijo una voz con fuerte acento desde dentro del faro—. ¿Quién va? ¡Muéstrate!

Raven suspiró y se enderezó. Adiós a la promesa que había hecho de un reconocimiento sigiloso.

Lexa esperaba con los demás a la sombra de un extraño crecimiento rocoso. Se parecía un poco a una seta hecha de obsidiana, pero con la altura de un árbol. Lexa creía recordar haber visto cosas parecidas en uno de sus vistazos a Shadesmar. Según Patrón, estaban vivos pero eran muy lentos. El grupo aguardaba, pensativo, mientras Raven exploraba. A Lexa no le hacía ninguna gracia haberla enviado sola, pero no sabía nada sobre esa tarea. Velo sí. Pero Velo… aún estaba muy afectada por lo sucedido en Kholinar. Lo cual suponía un peligro.

¿Donde tendría que esconderse Lexa, pues? ¿En Radiante?

«Encuentra el equilibrio —le había dicho Sagaz—. Acepta el dolor, pero no aceptes que lo merecías.»

Suspiró, sacó el cuaderno de bocetos y empezó a dibujar algunos spren de los que había visto.

—A ver —dijo Syl, sentada en una roca cercana y balanceando las piernas—. Esto me lo he preguntado siempre. ¿A ti el mundo te parece raro o normal?

—Raro —respondió Patrón—. Mmm. Igual que a todos.

—Supongo que, siendo estrictos, ninguno de los dos tenemos ojos —dijo Syl, reclinándose para mirar el cristalino dosel de su refugio de árbol-seta—. Somos todos trocitos de poder manifestado. Los honorspren imitamos al propio Honor. Vosotros, los crípticos, imitáis… ¿cosas raras?

—La matemática fundamental subyacente por la que tienen lugar los fenómenos naturales. Mmm. Las verdades que explican el tejido de la existencia.

—Pues eso, cosas raras.

Lexa bajó el lápiz y miró insatisfecha el intento que había hecho de dibujar un miedospren. Parecía los garabatos de un niño.

Velo estaba emergiendo.

«Lexa, esa siempre has sido tú. Solo te falta reconocerlo. Permitirlo.»

—Lo intento, Sagaz —susurró.

—¿Estás bien? —preguntó Clarke, arrodillándose a su lado. Le puso la mano en la espalda y empezó a frotarle los hombros.

Tormentas, qué bien sentaba. Habían caminado demasiado, con mucho, los últimos días.

Clarke miró su cuaderno.

—¿Más de esa…? ¿Cómo la llamabas, abstraccionalidad?

Lexa cerró el cuaderno de golpe.

—¿Por qué tarda tanto esa mujer del puente? —Miró hacia atrás, lo que hizo parar a Clarke—. Como no sigas, te asesino —añadió.

Clarke rio y siguió masajeándole los hombros.

—Estará bien.

—Ayer estabas preocupada por ella.

—Tiene fatiga de combate, pero un objetivo le ayudará a superarla. Tenemos que vigilarla cuando se quede sentada sin hacer nada, no cuando tenga una misión concreta.

—Si tú lo dices… —Lexa señaló con la cabeza hacia Celeste, que estaba en la orilla mirando el océano de cuentas—. ¿Qué opinión te merece ella?

—Su uniforme es de buena factura —dijo Clarke—, pero el azul no casa bien con su piel. Le iría mejor un tono más claro. El peto es pasarse, como si intentara demostrar algo. Pero la capa sí que me gusta, mira. Siempre he buscado una excusa para ponerme yo una. Mi padre se la pone y está bien, pero yo nunca podría.

—No te he pedido una valoración de su armario, Clarke.

—La ropa dice mucho de las personas.

—¿Ah, sí? ¿Y qué pasó con el traje ese tan opulento que te hiciste en Kholinar?

Clarke bajó la mirada, lo que detuvo el masaje de hombros durante unos inaceptables tres segundos, así que Lexa le gruñó.

—Ya no me encajaba —dijo ella, retomando el masaje—. Pero has sacado a colación un problema importante. Sí, tenemos que encontrar comida y agua, pero si tengo que llevar el mismo uniforme durante todo el viaje, no tendrás que asesinarme. Ya me suicido yo.

Lexa casi había olvidado el hambre que tenía. Qué raro. Suspiró, cerrando los ojos e intentando no derretirse demasiado por el contacto con Clarke.

—Vaya —dijo ella al cabo de un rato—. Lexa, ¿qué crees que es eso?

Lexa siguió su mirada y vio un pequeño y extraño spren alzado en el aire. Blanco y marrón, tenía alas que se extendían a los lados y largos mechones de pelo a modo de cola. Delante de su cuerpo flotaba un cubo.

—Se parece a los glorispren que vimos el otro día —comentó ella—, solo que el color está mal. Y la forma de la cabeza es…

—¡Corrompido! —exclamó Syl—. ¡Ese de ahí pertenece a Odium!

Al entrar en el faro, los instintos de Raven la llevaron a mirar a ambos lados de la puerta en previsión de una emboscada. La estancia parecía vacía a excepción de los muebles, el hombre shin y unos extraños cuadros en las paredes. El lugar olía a incienso y especias. El anciano cerró su libro con brusquedad.

—Sí que apuramos, ¿eh? ¡Venga, vamos a empezar! No tenemos mucho tiempo. —Al levantarse, reveló que era más bien bajito. Su extraño ropaje parecía inflado en partes de los brazos, pero llevaba los pantalones muy ceñidos. Fue hacia una puerta a un lado de la cámara.

—Debería traer a mis compañeros —dijo Raven.

—¡Ah, pero las mejores lecturas se hacen al principio de la alta tormenta! —El hombre miró un aparato que se había sacado del bolsillo—. Solo faltan dos minutos.

¿Una alta tormenta? Celeste había dicho que en Shadesmar no tenían que preocuparse por ellas.

—Espera —dijo Raven, echando a andar tras el hombrecillo, que había pasado a una sala construida contra la base del faro.

Tenía grandes ventanas, pero lo más destacado en ella era una mesita que había en el centro. Sostenía algo aparatoso cubierto con una tela negra. Raven se sintió… curiosa. Era bueno, después de la oscuridad de los últimos días. Pasó a la sala, de nuevo echando sendos vistazos a los lados. En una pared había una ilustración de personas arrodilladas ante un espejo blanco y luminoso. Otra era una ciudad al anochecer, con un grupo de casas bajas apelotonadas ante una muralla inmensa desde cuyo otro lado brillaba una luz.

—¡Venga, empecemos! —la urgió el hombre—. Has venido a presenciar lo extraordinario, y yo te lo proporcionaré. El precio son solo dos marcos de luz tormentosa. A cambio, obtendrás una grandiosa recompensa, ¡tanto en sueños como en lustre!

—De verdad debería traer a mis amigos —dijo Raven.

El hombre dio un tirón a la tela de la mesa y dejó a la vista un gran orbe cristalino. Brillaba con una poderosa luminiscencia que inundó la sala entera e hizo parpadear a Raven. ¿Sería luz tormentosa?

—¿Te echa atrás el precio? —preguntó el hombre—. ¿Qué es el dinero para ti? ¿Un potencial? Si nunca lo gastas, no ganas nada por tenerlo. ¡Y presenciar lo que está por venir compensará con mucho lo poco que va a costarte!

—Eh… —dijo Raven, escudándose de la luz con una mano—. Tormentas, hombre. No tengo ni idea de lo que dices.

El hombre shin frunció el ceño, con la cara iluminada desde abajo por el orbe.

—Has venido para que te lea la fortuna, ¿no es así? ¿El Oráculo Rii? Deseas que contemple los caminos por recorrer… durante la alta tormenta, cuando los reinos se entremezclan.

—¿Leerme la fortuna? ¿Te refieres a predecir el futuro? —Raven notó un sabor agrio en la boca—. El futuro está prohibido.

El anciano ladeó la cabeza.

—Pero… ¿no has venido a verme por eso?

—Tormentas, no. Vengo buscando pasaje. Hemos oído que atracan barcos por aquí.

El anciano se frotó el caballete de la nariz y suspiró.

—¿Pasaje? ¿Por qué no lo has dicho antes? Con lo que estaba disfrutando yo del discursito. En fin. ¿Un barco? Déjame mirar mis calendarios. Creo que tienen que llegar suministros pronto.

Pasó ajetreado junto a Raven, murmurando para sus adentros. Fuera, el cielo titiló. Las nubes centellearon, poseídas por una luminiscencia extraña y etérea. Raven las miró boquiabierta y luego se volvió hacia el hombrecillo, que había cogido un libro contable de una mesa auxiliar.

—¿Así es como son las altas tormentas en este lado? —preguntó Raven.

—¿Mmm? Ah, eres nueva, ¿verdad? ¿Cómo puedes haber entrado en Shadesmar y no haber visto pasar una tormenta? ¿Vienes derecha desde la perpendicularidad? —El anciano frunció el ceño—. Ahora ya no cruza mucha gente por ahí.

Cuánta luz. La brillante esfera de la mesa, grande como una cabeza y emitiendo una luz lechosa, fue cambiando de color en imitación de las ondulaciones perladas del cielo. Dentro del orbe no había ninguna gema. Y la luz parecía diferente. Cautivadora.

—Eh, eh —dijo el hombre al ver que Raven daba un paso adelante—, no toques eso. Solo corresponde a quienes tienen el entrenamiento adecuado en…

Raven puso la mano sobre la esfera. Y dejó que se la llevara la tormenta.

Lexa y los demás corrieron a esconderse, pero fueron demasiado lentos. El extraño spren se quedó aleteando justo debajo de su pequeño dosel. Por encima, las nubes empezaron a centellear con vibrantes colores. El glorispren corrompido se posó en el brazo de Lexa.

Odium sospecha que habéis sobrevivido, dijo una voz en su mente. Era… la voz de la Deshecha del espejo, Sja-anat. Supone que pasó algo raro con la Puerta Jurada por culpa de nuestra influencia, ya que hasta ahora nunca hemos sido capaces de iluminar a un spren tan poderoso. Es verosímil que pueda haber pasado algo extraño. Le mentí diciendo que creía que os había enviado muy lejos del punto de transferencia. Tiene esbirros en este reino, y se les ordenará daros caza, de modo que id con cuidado. Por suerte, no sabe que eres Tejedora de Luz: por algún motivo, te toma por una Nominadora de lo Otro. Haré lo que pueda, pero no estoy segura de que siga confiando en mí.

El spren se alejó revoloteando.

—¡Espera! —dijo Lexa—. ¡Espera, tengo preguntas que hacerte!

Syl intentó atraparlo, pero el spren la esquivó y se alejó volando sobre el océano.

Raven montó en la tormenta.

Lo había hecho antes, en sueños. Hasta había hablado con el Padre Tormenta. Pero aquello daba una sensación distinta. Volaba en un resplandeciente y sinuoso aluvión de colores. A su alrededor, las nubes pasaban a una velocidad increíble, iluminándose de esos colores. Latiendo con ellos, como si siguieran un ritmo. No podía sentir al Padre Tormenta. No veía un paisaje por debajo. Solo colores titilantes y nubes que se deshacían en… luz. Y entonces, una figura. Bellamy Griffin, arrodillado en un lugar tenebroso, rodeado por nueve sombras. Un fulgor de brillantes ojos rojos. El campeón del enemigo estaba llegando. Raven supo en ese momento, con una abrumadora sensación vibrante que le recorrió todo el cuerpo, que Bellamy corría un peligro terrible de verdad. Sin ayuda, el Espina Negra estaba condenado.

—¿Dónde? —chilló Raven a la luz, que empezaba a perder intensidad—. ¿Cuándo? ¿Cómo llego hasta él?

Los colores se apagaron.

—¡Por favor!

Vio la imagen fugaz de una ciudad que le resultaba conocida. Alta, construida entre piedras y con un distintivo patrón de edificios en el centro. Una muralla y un océano más allá. Raven cayó de rodillas en la sala del vidente. El menudo hombre shin apartó la mano de Raven de la esfera brillante.

—… clarividencia, como yo mismo. Vas a romperla o… —Se quedó callado, cogió la cabeza de Raven y la volvió hacia ella—. ¡Has visto algo!

Raven asintió, débil.

—¿Cómo? Es imposible. A no ser… que estés Investida. ¿En qué Elevación estás? —Estudió a Raven con los ojos entornados—. No, es otra cosa. Domi Misericordioso, ¿una potenciadora? ¿Ha empezado otra vez?

Raven se puso de pie con torpeza. Miró el gran orbe de luz, que el farero había vuelto a tapar con la tela negra, y luego se llevó la mano a la frente, que había empezado a dolerle. ¿Qué había sido todo eso? El corazón aún le latía deprisa por la ansiedad.

—Tengo… que traer a mis amigos —dijo.

Raven estaba sentada en la sala principal del faro, en la silla que había ocupado Riino, el farero shin. Lexa y Clarke negociaban con él al otro lado de la estancia, con Patrón pegado al hombro de Lexa y poniendo nervioso al anciano vidente. Riino tenía comida y material para comerciar, aunque tendrían que pagárselo con esferas infusas. Al parecer, la luz tormentosa era la única mercancía que importaba en ese lado.

—Los charlatanes como él no son difíciles de ver en el lugar de donde vengo —dijo Celeste, apoyando la espalda contra la pared cerca de Raven—. Gente que afirma ser capaz de ver el futuro y se alimenta de las esperanzas de la gente. Tu sociedad hizo bien en prohibirlos. Los spren también lo hacen, así que la gente como él tiene que vivir alejada, en sitios como este, confiando en que haya personas lo bastante desesperadas como para acudir a ellos. Seguro que hace algo de negocio con cada barco que pasa por aquí.

—He visto algo, Celeste —dijo Raven, aún temblando—. Era real.

Sentía las extremidades agotadas, como si hubiera estado mucho tiempo levantando pesos.

—Puede —repuso Celeste—. Esa gentuza usa polvos y picaduras que te ponen eufórica y te hacen creer que has visto algo. Ni siquiera los dioses de mi tierra pueden captar más que atisbos del Reino Espiritual, y en toda la vida solo he conocido a un humano que creo que de veras lo comprendía. Y en realidad, quizá sea un dios. No estoy segura.

—Sagaz —dijo Raven—. El hombre que te llevó el metal que protegía tu moldeador de almas.

Celeste asintió.

Pero Raven de verdad había visto algo. Bellamy…

Clarke se acercó y entregó a Raven un cilindro corto de metal. Usó un utensilio que le había dado el hombre shin para abrir la parte de arriba. Dentro había unas raciones de pescado. Raven movió un trozo con el dedo e inspeccionó el contenedor.

—Comida enlatada —dijo Celeste—. Es pero que muy práctica.

El estómago de Raven rugió, de modo que atacó el pescado con una cuchara que le dio Clarke. Estaba un poco salado, pero bueno, mucho mejor que cualquier alimento producido por moldeado de almas. Lexa se unió a ellas, seguida de Patrón, mientras el farero se marchaba a traer las mercancías que habían adquirido. El hombre miró hacia el umbral, donde estaba la spren de la hoja de Clarke, silenciosa como una estatua. Por la ventana de la sala, Raven vio a Syl de pie en la orilla, vigilando el mar de cuentas. «Aquí no le ondea el pelo», pensó. En el Reino Físico solía mecerse como si lo acariciara un vientecillo invisible. En Shadesmar se comportaba como el pelo de un humano. Por algún motivo, no había querido entrar en el faro. ¿Por qué sería?

—El farero dice que va a llegar un barco en cualquier momento —explicó Clarke—. Deberíamos poder pagar nuestro pasaje.

—Mmm —dijo Patrón—. Ese barco navega hacia Celebrant. Mmm. Una ciudad en la isla.

—¿Isla?

—Es un lago en nuestro lado —dijo Clarke—, llamado el mar de las Lanzas, en el sudeste de Alezkar. Cerca de las ruinas… de Rathalas. —Apretó los labios y apartó la mirada.

—¿Qué pasa? —preguntó Raven.

—Rathalas fue donde mataron a mi madre —dijo Clarke—. La asesinaron unos rebeldes. Su muerte hizo montar en cólera a mi padre. Estuvimos a punto de perderlo en su desesperación. —Meneó la cabeza y Lexa le apoyó una mano en el brazo—. No es… un acontecimiento en el que me guste pensar. Sadeas arrasó la ciudad con fuego en venganza. A mi padre se le pone una expresión rara, distante, cada vez que alguien menciona Rathalas. Creo que se culpa a sí mismo por no haber detenido a Sadeas, aunque estaba enloquecido de pena cuando sucedió, herido e incoherente por un atentado contra su propia vida.

—Bueno, pues en este lado sigue habiendo una ciudad de spren —dijo Celeste—, pero está en la dirección contraria. Tenemos que ir hacia el oeste, hacia los Picos Comecuernos, no al sur.

—Mmm —intervino Patrón—. Celebrant es una ciudad importante. En ella, encontraríamos pasaje hacia dondequiera que deseemos ir. Y el farero no sabe cuándo puede pasar por aquí un barco que vaya hacia donde queremos.

Raven dejó la lata de pescado e hizo un gesto a Lexa.

—¿Me dejas papel?

Lexa le dio una página en blanco de su cuaderno de bocetos. Con mano inexperta, Raven dibujó los edificios que había visto en su momentánea… cosa, lo que fuera que había sido aquello. «Este trazado lo he visto antes. Desde arriba.»

—Es Ciudad Thaylen —dijo Lexa—, ¿verdad?

«Exacto», pensó Raven. Solo había ido una vez, para abrir la Puerta Jurada de la ciudad.

—He visto esto, en la visión que os he contado. —Lanzó una mirada a Celeste, que parecía incrédula.

Raven aún sentía la misma emoción que en su trance, la misma vibrante sensación de ansiedad. La certeza de que Bellamy corría un grave peligro. Nueve sombras. Un campeón que lideraría las fuerzas enemigas.

—La Puerta Jurada de Ciudad Thaylen está abierta y funciona —dijo Raven—. Lexa y yo nos encargamos de que así fuese. Y si la puerta de Kholinar nos ha traído a Shadesmar, en teoría otra puerta, que no esté corrompida por los Deshechos, podría devolvernos.

—Suponiendo que pueda descubrir cómo activarla desde este lado —matizó Lexa—. Es una suposición muy aventurada.

—Deberíamos intentar llegar a la perpendicularidad de los picos —insistió Celeste—. Es el único camino que nos garantiza el regreso.

—El farero dice que cree que allí está pasando algo raro —dijo Lexa—. Los barcos que vienen desde esa dirección nunca terminan llegando.

Raven posó los dedos en el boceto que había hecho. Tenía que llegar a Ciudad Thaylen, daba igual cómo. La oscuridad de su interior pareció retroceder. Tenía un propósito. Un objetivo. Algo en lo que centrarse que no fuese la gente que había perdido en Kholinar.

Proteger a Bellamy.

Raven siguió comiendo pescado y el grupo se acomodó para esperar al barco. Tardó unas horas, durante las que las nubes fueron perdiendo color sin cesar, antes de volverse blancas del todo otra vez. En el otro lado, la alta tormenta había completado su paso. Entonces Raven vislumbró algo en el horizonte, más allá del lugar donde Syl estaba sentada sobre unas piedras. Sí, era un barco, y navegaba desde el oeste. Solo que… no tenía vela. ¿Había llegado a sentir el viento en Shadesmar? Le parecía que no.

El barco surcó el océano de cuentas, en dirección al faro. No tenía velas, ni mástiles, ni remos. Si se movía era porque tiraba de él, mediante unos elaborados aparejos, un grupo de spren increíbles. Largos y serpenteantes, tenían cabezas triangulares y se mantenían en el aire gracias a sus muchos pares de alas en rápido movimiento. Tormentas, tiraban del barco como si fueran chulls. Unos chulls voladores y majestuosos, con cuerpos ondulantes. Raven nunca había visto nada igual.

Clarke gruñó desde la ventana.

—Bueno, por lo menos viajaremos con estilo.