98. LAGUNAS

La sabiduría popular urgía a abandonar cualquier ciudad si en ella los spren empezaban a comportarse como no debían. A Sjaanat se la solía considerar un individuo, aunque otros, entre ellos Moelach y Ashertmarn, se percibían como fuerzas

De Mítica de Hessi, página 90

Octavia de Shinovar partió de la fortaleza de los Rompedores del Cielo con los otros veinte escuderos. El sol caía hacia el nuboso horizonte occidental, tiñendo el Lagopuro de rojo y oro. En sus aguas calmadas, Octavia se sorprendió de ver docenas de largos postes de madera. Tenían distintas alturas, entre el metro y medio y los diez metros, y parecían haberlos clavado en fisuras del fondo del lago. Encima de cada uno había una extraña forma protuberante.

—Esto es una prueba de competencia marcial —dijo el maestro Warren. El azishiano tenía un aspecto raro llevando el uniforme de un agente de la ley marabeziano, con el pecho desnudo y los hombros cubiertos por una capa corta estampada. Los azishianos siempre iban muy dignos con su lastre de gabanes y sombreros—. Debemos entrenar en el combate, si de verdad ha comenzado la Desolación.

Sin la confirmación de Nin, siempre hablaban de la Desolación como si no fuese cosa segura.

—Encima de cada poste hay un grupo de bolsas con polvos de distintos colores —siguió diciendo Warren—. Lucharéis arrojándooslas unos a otros. No podéis emplear más armas y no podéis salir de la zona de competición delimitada por los postes.

»El tiempo terminará cuando el sol se ponga. Contaremos cuántas veces ha quedado marcado por una bolsa de polvo el uniforme de cada escudero. Perderéis cuatro puntos por cada color distinto que tengáis en el uniforme, y un punto adicional por cada mancha de un color repetido. El ganador será quien haya perdido menos puntos. Empezad.

Octavia absorbió luz tormentosa y se lanzó al aire con los demás. Aunque no le preocupaba la victoria en pruebas de competencia arbitrarias, la oportunidad de bailar con los lanzamientos, por una vez sin tener que desatar la muerte y la destrucción, le resultaba atractiva. Sería como en sus días de juventud, entrenando con las hojas de Honor. Se alzó unos nueve metros en el aire y empleó medio lanzamiento para quedarse levitando. Sí, encima de los postes había amontonadas unas bolsitas atadas con cordel. Se lanzó para pasar junto a un poste y cogió una bolsa, que soltó una voluta de polvo rosa al contacto de su mano. Ya entendía por qué habían ordenado a los escuderos vestir con camisa y pantalones blancos ese día.

—Excelente —dijo Octavia mientras los otros escuderos se dispersaban y agarraban bolsas.

¿El qué?, preguntó la espada. Octavia la llevaba en la espalda, bien asegurada en su sitio, con un ángulo que le imposibilitaba desenfundarla. No lo comprendo. ¿Dónde está el mal?

—Hoy no hay mal, espada-nimi. Solo un desafío.

Arrojó la bolsa a otra escudera, le dio de lleno en el hombro y el polvo resultante manchó su camisa. Octavia recordó que, según el maestro, solo se contaría el color sobre el uniforme, por lo que no había problema con llevar las bolsas en la mano y mancharse los dedos. Igualmente, alcanzar a alguien en la cara no serviría de nada. Los otros se adaptaron deprisa al juego, y al poco tiempo volaban bolsas en todas las direcciones. En cada poste había solo un color, lo que animaba a los competidores a desplazarse para golpear a otros con tantos colores como pudieran. En cambio, Joret probó a quedarse flotando en un punto, dominando un poste para impedir que otros lo alcanzaran con su color. Estar quieto lo convertía en objetivo fácil, sin embargo, y su uniforme tardó poco en cubrirse de manchas. Octavia hizo un picado y luego se aplicó un experto lanzamiento ascendente que lo envió en arco, rozando la superficie del Lagopuro. Agarró un poste al pasar y lo dobló para sacarlo del alcance de Cali, que volaba más arriba.

«He bajado demasiado —comprendió Octavia mientras caían bolsas de polvo hacia él—. Soy un blanco demasiado fácil.»

Viró a un lado y a otro, ejecutando una compleja maniobra en la que manipuló tanto los lanzamientos como el viento a su paso. Las bolsas aporrearon el agua cerca de él. Ascendió. Los lanzamientos no eran como el vuelo de una golondrina, sino más bien como estar atado a cuerdas, zarandeado como una marioneta. Era fácil perder el control, como evidenciaban los desmañados movimientos de los escuderos más recientes. Mientras Octavia ganaba altura, Zedzil le mantuvo el ritmo por detrás, con una bolsa en cada mano. Octavia añadió un segundo lanzamiento hacia arriba, y entonces un tercero. La luz tormentosa le duraba mucho más que antes; solo podía suponer que los Radiantes eran mucho más eficientes que quienes obtenían sus poderes de las hojas de Honor. Salió despedido hacia arriba con una flecha, atrayendo a vientospren que dieron vueltas en torno a él. Zedzil lo siguió, pero cuando intentó lanzar una bolsa a Octavia, el viento era demasiado intenso. La bolsa cayó hacia atrás al instante y dio a Zedzil en su propio hombro. Octavia se dejó caer y Zedzil lo imitó, hasta que Octavia asió una bolsa verde de un poste, la arrojó por encima del hombro y volvió a alcanzar a Zedzil. El hombre más joven renegó y se lanzó a un lado en busca de presas más fáciles. Aun así, aquel combate estaba demostrando ser un desafío sorprendente. Octavia había luchado en el aire pocas veces, y la competición le recordó su combate contra el Corredor del Viento en los cielos. Serpenteó entre los postes, esquivando bolsas e incluso atrapando una en el aire antes de que le diera, y descubrió que estaba disfrutando. Los chillidos de las sombras parecían apagados, menos insistentes. Trazó curvas entre bolsas arrojadas, bailando sobre un lago pintado en los tonos de un sol poniente, y sonrió. Al momento, se sintió culpable. Había dejado a su paso lágrimas, sangre y terror, como si se tratara de un sello personal. Había destruido monarquías, familias, tanto inocentes como culpables. No podía ser feliz. Solo era una herramienta de la venganza. Si lo obligaban a seguir viviendo, no sería una vida que alguien pudiese envidiar.

Piensas como Vasher, dijo la espada en su cabeza. ¿A Vasher lo conoces? Ahora enseña esgrima a la gente, lo que es curioso, porque VaraTreledees siempre decía que Vasher no vale nada con la espada.

Octavia volvió a concentrarse en la lucha, no por gusto sino por sentido práctico. Por desgracia, la distracción momentánea hizo que encajara su primer impacto. Una bolsa de azul oscuro la golpeó y dejó un evidente círculo en su camisa blanca. Gruñó y se elevó deprisa con un saquito en cada mano. Los arrojó con precisión y dio a un escudero en la espalda y a otro en la pierna. Cerca pasaban cuatro de los más mayores, volando en formación. Se dedicaban a perseguir a escuderos aislados y lo acribillaban con una andanada de ocho bolsas, a menudo anotándole seis o siete golpes y rara vez recibiendo alguno. Cuando Octavia se cruzó con ellos, centraron su atención en ella, quizá porque llevaba el uniforme casi inmaculado. Al instante, Octavia empezó a ascender, cancelando su lanzamiento lateral, para situarse encima de la manada. Pero esos cuatro tenían práctica con sus poderes y costaría desalentarlos. Si seguía recto hacia arriba, se limitarían a perseguirla hasta que se le terminara la luz tormentosa. Sus reservas ya estaban bajas, dado que solo habían entregado a cada escudero la suficiente para la duración de la prueba. Si hacía lanzamientos dobles o triples con demasiada frecuencia, la agotaría antes de tiempo. El sol iba desapareciendo centímetro a centímetro. Ya no quedaba mucho para que acabara de anochecer, por lo que solo tenía que resistir. Octavia dobló a un lado, con movimientos rápidos y erráticos. Solo uno de la manada que la perseguía se arriesgó a lanzarle una bolsa. Los demás sabían que era mejor esperar una oportunidad mejor. El giro de Octavia lo llevó directo hacia un poste, pero no le quedaban bolsas. Fari se los debía de haber llevado todos para acaparar el color.

Así que Octavia cogió el poste en sí.

Lo empujó hacia el lado, doblándolo hasta que se partió y quedándose con una vara de unos tres metros de longitud. La aligeró con un lanzamiento ascendente parcial y se la metió bajo el brazo. Una rápida mirada a su espalda le confirmó que el equipo de cuatro escuderos seguía persiguiéndola. El que había probado a atacar antes tenía de nuevo las dos manos llenas y recuperaba terreno a los demás con un lanzamiento doble.

Plántales cara, sugirió la espada. Puedes con ellos.

Por una vez, Octavia estaba de acuerdo. Descendió veloz hasta cerca del agua, dejando una estela de olas en la superficie. Los escuderos más jóvenes se apartaron de su camino y le arrojaron saquitos de polvo, que fallaron por la velocidad que llevaba Octavia. Se lanzó a propósito a un lado con una curva suave y predecible. Era justo la ocasión que había estado esperando la manada, que empezó a arrojarle bolsas. Pero Octavia no era una cría asustadiza que se dejara intimidar y bloquear por la desventaja numérica. Era la Asesina de Blanco. Y aquello no era sino un juego. Rodó y empezó a rechazar las bolsas con su vara. Hasta logró devolver una de forma que se estrellara en la cara del líder del grupo, un hombre llamado Ty. No contaría para la clasificación, pero el polvo se metió en los ojos de Ty y lo obligó a parpadear y perder velocidad. El grupo había arrojado casi todos los saquitos que tenía, por lo que Octavia pudo lanzarse directo hacia ellos y acercarse. Y nadie debería permitir que Octavia se le acercara demasiado. Soltó la vara, asió a una escudera por la camisa y la usó para escudarse de un oportunista que no pertenecía al grupo pero le estaba arrojando bolsas carmesíes. Octavia rodó con ella y la empujó de una patada hacia un compañero suyo. Chocaron, dejando atrás estelas de polvo rojo. Octavia cogió a otro escudero de la manada e intentó aplicarle un lanzamiento para alejarlo. Pero el cuerpo del hombre se resistió al lanzamiento. Era más difícil lanzar a quienes habían absorbido luz tormentosa, como empezaba a comprender Octavia. Sin embargo, sí pudo lanzarse a sí misma hacia atrás y arrastrar con ella al hombre. Cuando lo soltó, el escudero tuvo problemas para adaptarse al cambio de impulso, dio un bandazo en el aire y encajó media docena de bolsas que le tiraron desde fuera del grupo. Octavia se alejó volando, preocupado por la poca luz tormentosa que le quedaba. Solo faltaban unos minutos…

Por debajo de ella, Ty llamó a los demás y señaló a Octavia, que a todas luces iba en cabeza de la competición. Llegados a ese punto, solo una estrategia tenía sentido.

—¡A por ella! —gritó Ty.

¡Eso, eso!, dijo la espada.

Octavia se enlazó hacia abajo, lo que demostró ser buena jugada porque muchos escuderos pasaron de largo, suponiendo que intentaría ganar altura. No, su mejor defensa estando superado en número era la confusión. Se metió entre ellos, sabiéndose el objetivo de una tormenta de bolsas. Hizo lo que pudo para esquivarlas, enlazándose en zigzag, pero llegaban demasiado ataques. Los mal apuntados eran los más peligrosos, ya que apartarse de un ataque bien dirigido casi siempre lo llevaba a la trayectoria de otro errático. Una bolsa le dio en la espalda, seguida de otra. Una tercera la alcanzó en el costado. El polvo estalló por todas partes mientras los escuderos se acertaban también entre ellos. Esa era su esperanza: que aunque ella recibiera impactos, los demás recibieran más. Se elevó y volvió a caer en picado, haciendo que los demás esquivaran como gorriones ante un halcón. Voló sobre la superficie del agua, espantando a peces en la luz menguante, y ganó altura para…

Se le terminó la luz tormentosa.

Su brillo se esfumó. La tempestad de su interior cesó. Antes de que el sol se pusiera, el frío se apoderó de ella. Octavia trazó un arco en el aire y la acribilló una decena de bolsas distintas. Cayó a través de la nube de polvo multicolor, dejando atrás una imagen espectral por su espíritu mal amarrado.

Se hundió en el Lagopuro.

Por suerte, no caía desde muy alto, así que el impacto solo le dolió un poco. Dio contra el fondo del lago poco profundo y, cuando se levantó, los demás la alcanzaron con otra andanada de saquitos.

No recibiría compasión de aquel grupo.

La última astilla de sol desapareció y el maestro Warren anunció a voz en grito el fin de la prueba. Los demás se alejaron volando, su luz tormentosa visible a la tenue luz.

Octavia se quedó allí con el agua hasta la cintura.

Vaya, dijo la espada. Me das hasta un poco de lástima.

—Gracias, espada-nimi. Ha sido…

¿Qué eran esos dos spren que flotaban cerca, con forma de pequeñas rendijas en el aire? Separaban el cielo en dos, como heridas en la piel, revelando un campo negro lleno de estrellas. Cuando se movían, la sustancia de la realidad se plegaba a su alrededor. Octavia inclinó la cabeza. Ya no otorgaba a los spren ningún significado religioso concreto, pero aun así aquellos podían asombrarla. Quizá hubiera salido derrotada en la competición, pero parecía haber impresionado a los altospren. Pero ¿de verdad estaba derrotada? ¿Cuáles eran las normas exactamente?

Pensativa, se metió bajo el agua y buceó por el lago poco profundo hasta la orilla. Salió y caminó hacia los demás, con agua cayéndole a chorros de la ropa. Los maestros habían llevado brillantes lámparas de esferas, además de comida y bebida. Un escudero tashikki estaba contando los puntos mientras dos maestros determinaban lo que contaba como un golpe y lo que no. De pronto, a Octavia le frustraron los jueguecitos de los maestros. Nin le había prometido la oportunidad de purgar Shinovar. ¿Qué tiempo había para juegos? Había llegado el momento de ascender a una categoría que la pusiera por encima de todo aquello.

Anduvo hacia los maestros.

—Siento haber ganado esta competición, igual que gané la de la cárcel.

—¿Tú? —dijo Ty, incrédulo. Tenía cinco manchas. No estaba mal—. Te han dado al menos una docena de veces.

—Creo que, según las normas, el ganador es quien menos manchas tenga en el uniforme —replicó Octavia. Sacó las manos a los lados para mostrar su ropa blanca, lavada en su buceo.

Warren y Ki se miraron. Ella sonrió, con un asomo de sonrisa en los labios.

—Siempre hay una que se da cuenta —dijo Warren—. OctaviahijaNetura, recuerda que, aunque las lagunas en las reglas deben aprovecharse, es peligroso apoyarse en ellas. Aun así, lo has hecho bien, tanto por tu destreza mostrada como al fijarte en la redacción de las normas. —Apartó los ojos hacia la noche, entornándolos en dirección a los dos altospren, que parecían haberse hecho visibles

también para el maestro—. Y hay otros que coinciden conmigo.

—Ha usado un arma —dijo uno de los escuderos de más edad, señalando—. ¡Ha incumplido las normas!

—He usado un poste para desviar bolsas —dijo Octavia—, pero no he atacado a nadie con él.

—¡Me has atacado! —protestó la mujer que Octavia había arrojado contra otro escudero.

—El contacto físico no estaba prohibido, y no es culpa mía que no supieras controlar tus lanzamientos cuando te he liberado.

Los maestros no pusieron objeciones. De hecho, Ki se inclinó hacia Warren.

—Supera con mucho la habilidad de los demás. No me había dado cuenta.

Warren volvió a mirar a Octavia.

—Pronto tendrás tu spren, a juzgar por la pericia que has exhibido.

—Pronto, no —repuso Octavia—. Ahora mismo. Pronunciaré el Tercer Ideal esta noche, eligiendo seguir la ley. Voy a…

No, lo interrumpió una voz.

Había alguien de pie sobre el murete que rodeaba el patio de piedra de la orden. Los Rompedores del Cielo dieron respingos de sorpresa y alzaron sus lámparas para iluminar a un hombre de oscura piel makabaki, que resaltaba una mancha de nacimiento blanca con forma de medialuna en su mejilla derecha. Al contrario que los demás, llevaba un vistoso uniforme plateado y negro.

Nin-hijo-Dios, Nale, Nakku, Nalan… Ese hombre tenía un centenar de nombres diferentes y era reverenciado a lo largo y ancho de Roshar. El Iluminador. El Juez. Un fundador de la humanidad, su defensor contra las Desolaciones, un hombre ascendido a la divinidad.

El Heraldo de la Justicia había regresado.

—Antes de que hagas el juramento, Octavia-hija-Netura —dijo Nin—, hay cosas que debes comprender. —Miró hacia los Rompedores del Cielo—. Cosas que todos debéis comprender. Escuderos, maestros, reunid nuestras reservas de gemas y los equipos de viaje. Dejaremos aquí a la mayoría de los escuderos. Dejan escapar demasiada luz tormentosa y nos espera un largo camino.

—¿Esta misma noche, ser de justicia? —preguntó Ki.

—Esta misma noche. Es el momento de haceros partícipes de los dos mayores secretos que conozco.