99. ALCANZADORES
Nergaoul era conocido por infundir en las tropas una ira combativa que les confería gran ferocidad. Curiosamente, lo hacía con ambos bandos en conflicto, Portadores del Vacío y humanos. Se trata de una característica que parece común en los spren menos conscientes de sí mismos
De Mítica de Hessi, página 121
Cuando Raven despertó en el barco, en Shadesmar, los demás ya estaban levantados. Se incorporó somnolienta en su catre, escuchando el entrechocar de las cuentas fuera del casco. Casi parecía haber… ¿un patrón, un ritmo en ellas? ¿O serían imaginaciones suyas?
Sacudió la cabeza, se levantó y se estiró. Había dormido solo a ratos, interrumpida por pensamientos sobre sus hombres muriendo, sobre Finn y Miller, preocupada por Drehy y Cikatriz. La oscuridad amortajaba sus sentimientos y la volvía letárgica. Odiaba ser la última en levantarse. Siempre era mala señal. Fue al retrete y luego se obligó a subir la escalera. El barco tenía tres niveles. El de más abajo era la bodega. El siguiente, la cubierta inferior, contenía los camarotes, donde los humanos tenían una zona asignada para compartir entre todos. La cubierta superior estaba abierta al cielo, y ocupada por spren. Syl decía que eran lumispren, pero se hacían llamar alcanzadores. Eran parecidos a seres humanos, pero con una extraña piel broncínea, metálica, como si fuesen estatuas vivientes. Tanto los hombres como las mujeres llevaban gruesas chaquetas y pantalones. Auténtica ropa humana, no meras imitaciones de ella como las que vestía Syl. No iban armados aparte de sus cuchillos, pero en el barco había arpones de aspecto muy peligroso sujetos a soportes a ambos lados de la cubierta. Verlos hizo que Raven se sintiera mucho más cómoda: ya sabía dónde ir si necesitaba un arma. Syl estaba de pie a popa, vigilando de nuevo el mar de cuentas. Raven tardó en reconocerla porque llevaba un vestido rojo, en vez del azul claro habitual. Su pelo se había vuelto negro y… y su piel tenía el color de la carne, morena, como la de Raven. ¿Cómo podía ser?
Cruzó la cubierta hacia ella, tropezando cuando la quilla del barco atravesó un montículo de cuentas. Tormentas, ¿y Lexa decía que aquella travesía era más suave que algunas que había hecho en barcos? Se le adelantaron varios alcanzadores que, con toda la calma del mundo, se pusieron a manejar los enormes aparejos y arneses que llevaban los spren que tiraban de la embarcación.
—Ah, humana —dijo un alcanzador cuando Raven pasó a su lado. Era el capitán, ¿verdad? ¿El capitán Ico? Parecía un shin, con grandes e infantiles ojos de metal. Era más bajito que los alezi, pero fornido. Llevaba la misma ropa que los demás, con muchos bolsillos abotonados—. Ven conmigo —ordenó Ico a Raven, y echó a andar por la cubierta sin esperar respuesta. Aquellos alcanzadores no hablaban mucho.
Raven suspiró y siguió al capitán de vuelta a la escalera. Por la pared interior del hueco bajaba una línea de cobre, un adorno parecido a los que Raven había visto en cubierta. Había supuesto que era solo decorativa, pero vio que el capitán, por delante de él, apoyaba los dedos de forma extraña en el metal. Raven tocó la franja con las yemas de los dedos y sintió una nítida vibración. Pasaron por delante de los camarotes de los marineros spren. No dormían, pero parecían disfrutar de sus descansos meciéndose en silencio en sus hamacas, a menudo leyendo. No se molestó a ver a alcanzadores varones con libros. Saltaba a la vista que los spren se parecían a los fervorosos, a quienes no se aplicaban las nociones comunes de varón y hembra. Pero al mismo tiempo… ¿spren leyendo? Qué raro. Cuando llegaron a la bodega, el capitán encendió una lamparita de aceite. Que Raven viera, no había usado una tea para crear el fuego. ¿Cómo funcionaba aquello? Parecía temerario usar el fuego para dar luz, con tanta madera y tela alrededor.
—¿Por qué no os ilumináis con esferas? —le preguntó Raven.
—No tenemos —dijo Ico—. La luz tormentosa se desvanece demasiado deprisa en este lado.
Era cierto. El grupo de Raven llevaba varias gemas grandes sin engarzar, capaces de contener la luz tormentosa durante semanas, pero las esferas más pequeñas se agotaban al cabo de más o menos una semana sin que hubiera tormenta. Habían podido intercambiar los chips y los marcos con el farero por bienes comerciales, tela sobre todo, que les permitieran costearse el pasaje en el barco.
—El farero sí que quería luz tormentosa —comentó Raven—. La guardaba en una especie de orbe.
El capitán Ico gruñó.
—Tecnología extranjera —dijo—. Peligrosa. Atrae a los spren que no debe. —Negó con la cabeza—. En Celebrant, los cambistas tienen gemas perfectas que pueden mantener la luz a perpetuidad. Es algo parecido.
—¿Gemas perfectas? ¿Como la Piedra de las Diez Albas?
—No sé lo que es eso. La luz no se agota en una piedra perfecta, así que podéis dar luz tormentosa a los cambistas. Utilizan unos aparatos para transferirla de las gemas más pequeñas a las suyas, perfectas, y a cambio conceden crédito que puede gastarse en la ciudad.
La bodega estaba atestada de barriles y cajas atadas a las paredes y el suelo. Raven logró pasar a duras penas. Ico eligió una caja atada de una pila y pidió a Raven que la sacara mientras recolocaba las cajas de encima y volvía a atarlas. Raven dedicó el tiempo a pensar en las gemas perfectas.
¿Existía algo así en el lado en el que estaba? Si de verdad había piedras sin defectos que pudieran contener luz tormentosa sin que se extinguiera nunca, era algo que convenía mucho saber. Podría suponer la diferencia entre la vida y la muerte para los Radiantes durante el Llanto.
Cuando Ico terminó de organizar el cargamento, pidió por gestos a Raven que le ayudara a levantar la caja que habían bajado. La sacaron de la bodega y la llevaron a la cubierta superior. Allí, el capitán se arrodilló y la abrió, mostrando un extraño dispositivo que se parecía un poco a un perchero, aunque de solo un metro de altura. Estaba hecho por completo de acero y tenía docenas de puntas metálicas sobresaliendo, como las ramas de un árbol. También tenía una palangana de metal en la parte de abajo. Ico buscó en un bolsillo y sacó una cajita, de la que retiró un puñado de cuentas de cristal como las del océano. Situó una en un agujero que había en el centro del aparato e hizo un gesto hacia Raven.
—Luz tormentosa.
—¿Para qué?
—Para que puedas vivir.
—¿Me estás amenazando, capitán?
Ico suspiró y miró a Raven con expresión sufrida. La mirada tenía una naturaleza muy humana, parecida a la de un hombre hablando con un niño. El capitán spren movió la mano, insistente, así que Raven se sacó un marco de diamante del bolsillo. El capitán acunó la esfera con una mano y tocó la cuenta de cristal que había colocado en el fabrial.
—Esto es un alma —dijo—. Un alma de agua, solo que muy fría.
—¿Hielo?
—Hielo de un lugar muy alto —respondió Ico—. Hielo que jamás se ha derretido, que nunca ha conocido el calor. —La luz de la esfera de Raven se fue apagando mientras Ico se concentraba—. ¿Sabes manifestar almas?
—No —dijo Raven.
—Algunos de los tuyos saben —respondió el spren—. Es muy poco frecuente también entre nosotros. A quienes mejor se les da es a los jardineros cultivacispren. Yo tengo poca práctica.
La cuenta del océano se expandió y se enturbió, adquiriendo el aspecto del hielo. Raven notó una clara sensación de frío emanando de ella. Ico le devolvió el marco de diamante, agotado en parte, se sacudió las manos contra la ropa y se levantó, complacido.
—¿Para qué sirve? —preguntó Raven.
Ico tocó el aparato con la punta del pie.
—Ahora va a enfriarse.
—¿Por qué?
—El frío crea agua —dijo el capitán—, agua que caerá a esa jofaina. Si te la bebes, no morirás.
¿El frío creaba agua? No parecía estar creando ninguna que Raven pudiera ver. Ico se marchó a pasar revista a los spren que timoneaban el barco, de modo que Raven se arrodilló junto al dispositivo y trató de entenderlo. Al poco tiempo, empezó a ver que se acumulaban gotitas de agua en las ramas del aparato. Bajaron por el metal hasta caer a la palangana.
«Qué cosas.» Al negociar el pasaje, el capitán había afirmado que proveería de agua a sus pasajeros humanos, pero Raven había dado por sentado que llevaría barriles en la bodega.
El aparato tardó como media hora en generar un vaso pequeño de agua, que Raven se bebió para probar. La palangana tenía un grifo y un vasito de estaño que podía separarse. El agua estaba fría aunque insípida, como la de lluvia. Pero ¿cómo era posible que el frescor crease agua? ¿El aparato estaría derritiendo hielo en el Reino Físico, de algún modo, y llevándola a Shadesmar?
Mientras bebía, Syl llegó junto a ella, con la piel, el pelo y el vestido de colores todavía parecidos a los de un humano. Se detuvo a su lado, puso los brazos en jarras e hizo un mohín completo.
—¿Qué pasa? —preguntó Raven.
—No me dejan montar en un spren volador de esos.
—Son listos.
—Son insufribles.
—¿Cómo puede ser que veas un bicho de esos y pienses: «Mira, pues me apetece subirme en su lomo»?
Syl la miró como si se hubiera vuelto loca.
—Porque pueden volar.
—Y tú también. En realidad, y yo también.
—Tú no vuelas, solo caes en la dirección equivocada. —Descruzó los brazos solo para poder volverlos a cruzar al momento y dar un sonoro bufido—. ¿Estás diciéndome que no tienes ni un poquito de curiosidad por cómo sería subirse a uno de esos seres?
—Los caballos ya son bastante malos. No pienso subirme a algo que ni siquiera tiene patas.
—¿Dónde está tu espíritu aventurero?
—Lo saqué por la puerta de atrás y lo dejé inconsciente a golpes por hacer que me enrolara en el ejército. ¿Qué has hecho con tu piel y tu pelo, por cierto?
—Es un tejido de luz —explicó ella—. Se lo pedí a Lexa, porque no quería que corrieran rumores de una honorspren entre la tripulación.
—No podemos desperdiciar la luz tormentosa en algo como eso, Syl.
—Usamos un marco que ya se estaba agotando, de todas formas —protestó ella—. No iba a servirnos de nada, porque estaría opaco para cuando lleguemos. Así que no he desperdiciado nada.
—¿Y si hay alguna emergencia?
Syl le sacó la lengua, y luego repitió el gesto hacia los marineros de la proa del barco. Raven devolvió el vasito de estaño a su sitio, a un lado del aparato, y se acomodó con la espalda apoyada en la borda del barco. Lexa estaba sentada al otro lado de la cubierta, cerca de los spren voladores, dibujando.
—Tendrías que ir a hablar con ella —dijo Syl mientras se sentaba junto a él.
—¿Sobre desperdiciar luz tormentosa? —dijo Raven—. Sí, a lo mejor debería ir. La verdad es que se toma con mucha frivolidad en quién la gasta.
Syl puso los ojos en blanco y calló.
—¿Qué?
—No vayas a regañarla, tonta. Charla con ella. Sobre la vida. Sobre cosas divertidas. —Syl le dio una patadita amistosa—. Sé que quieres hacerlo. Puedo sentirlo. Alégrate de que no sea de ese tipo de spren, o seguro que ya estaría lamiéndote la frente o algo parecido para llegar a tus emociones.
El barco volvió a cabecear contra una oleada de cuentas. Las almas de objetos en el mundo físico.
—Lexa está prometida con Clarke —dijo Raven.
—Lo cual no es un juramento —repuso Syl—. Es la promesa de que quizá hagan votos en algún momento.
—Sigue siendo la clase de cosa con la que no se juega.
Syl le puso una mano en la rodilla.
—Raven, yo soy tu spren. Mi deber es asegurarme de que no estés sola.
—¿Ah, sí? ¿Y eso quién lo ha decidido?
—Yo. Y no me vengas con excusas de que no estás sola, o de que solo necesitas a tus hermanos de armas. A mí no puedes mentirme. Estás oscura, triste. Necesitas algo, a alguien, y ella te hace sentir mejor.
Tormentas. Era como si Syl y sus propias emociones se hubiesen aliado contra ella. La primera sonreía, alentándola, mientras las segundas le susurraban cosas terribles. Que siempre estaría sola. Que Harper había hecho bien en abandonarla. Llenó otra vez el vaso con toda el agua que pudo sacar de la palangana y fue a llevárselo a Lexa. Un zarandeo del barco estuvo a punto de hacer que tirara el vasito al mar. Lexa alzó la mirada mientras Raven se sentaba a su lado y apoyaba la espalda en la borda del barco. Le tendió el vaso.
—Crea agua —dijo, señalando el aparato con el pulgar—. A base de enfriarse.
—¿Condensación? ¿A qué velocidad la crea? A Echo le interesaría mucho. —Lexa dio un sorbito al agua, sosteniendo el vaso en su mano segura enguantada, algo raro de ver en ella. Incluso cuando habían recorrido juntos el fondo de los abismos, había llevado puesta una havah muy formal—. Caminas como ellos —añadió distraída, mientras terminaba su boceto de una bestia voladora.
—¿Como quiénes?
—Los marinos. Mantienes bien el equilibrio. Sospecho que podrías haberte ganado bien la vida en un barco, al contrario que otras. —Señaló con la cabeza hacia Celeste, de pie al otro lado de la cubierta, agarrada a unos aparejos como si le fuese la vida en ello y de vez en cuando lanzando vistazos recelosos a los alcanzadores.
O no le gustaba navegar o no confiaba en los spren. Quizá ambas cosas.
—¿Me dejas? —pidió ella, señalando el boceto de Lexa. Lexa levantó los hombros, así que Raven cogió el cuaderno y estudió los dibujos de los animales voladores. Como siempre, eran excelentes—. ¿Qué dice el texto?
—Son solo unas teorías —dijo ella, pasando a la página anterior del cuaderno—. Perdí el original de esta ilustración y me ha quedado una copia un poco basta, pero ¿has visto alguna vez algo parecido a estos spren con cabeza de flecha de aquí?
—Sí —respondió Raven, contemplando su boceto de una anguila aérea volando rodeada de spren con cabezas de flecha—. Los he visto cerca de los conchagrandes.
—Abismoides, anguilas aéreas, cualquier otra cosa que debería pesar más de lo que pesa en realidad. En nuestro lado, los marineros los llaman suertespren. —Señaló con el vaso hacia la proa del barco, donde los marineros dirigían a las bestias voladoras—. Aquí a esos los llaman «mandras», pero sus cabezas tienen la misma forma triangular que los suertespren. Son más grandes, pero creo que ellos, o algo parecido a ellos, es lo que hace que las anguilas puedan volar.
—Los abismoides no vuelan.
—Matemáticamente, vienen a hacerlo. Bavamar hizo los cálculos sobre conchagrandes de Reshi y descubrió que debería aplastarlos su propio peso.
—Vaya —dijo Raven.
Ella empezó a emocionarse.
—Y hay más. Esos mandras desaparecen de vez en cuando. Sus cuidadores lo llaman «caer». Yo creo que deben de verse atraídos al Reino Físico. Por eso nunca se puede tener a un solo mandra para tirar de una embarcación, por pequeña que sea. Y no se deben llevar, ni ellos ni casi ningún otro spren, demasiado lejos de los centros habitados por humanos en nuestro lado. Se debilitan y mueren por motivos que la gente de aquí no comprende.
—Anda. ¿Y qué comen?
—No estoy segura —dijo Lexa—. Patrón y Syl hablan de alimentarse de emociones, pero hay algo más que…
Dejó la frase en el aire cuando Raven pasó a la siguiente página de su cuaderno. Parecía un intento de dibujar al capitán Ico, pero tenía un notorio aspecto infantil. A grandes rasgos, era una figura de palitos.
—¿Te ha cogido Clarke el cuaderno? —preguntó Raven.
Ella se lo arrebató de las manos y lo cerró.
—Estaba probando un estilo distinto, nada más. Gracias por el agua.
—Sí, he tenido que traerla todo el camino desde allí. Han sido al menos siete pasos.
—Échale unos diez —dijo Lexa—. Y en esta cubierta tan inestable. Muy peligroso.
—Casi tanto como combatir contra los Fusionados.
—Podrías haberte golpeado un dedo del pie. O clavarte una astilla. O caer por un lado del barco y perderte en las profundidades, enterrada bajo millones de cuentas y el peso de las almas de una cantidad infinita de objetos olvidados.
—O… eso.
—Muy improbable —dijo Lexa—. Tienen esta cubierta muy bien cuidada, así que no va a haber ninguna astilla.
—Con la suerte que tengo, seguro que encontraría alguna.
—Una vez me clavé una astilla —comentó Lexa—. Al final la cosa se me fue de las manos.
—Dime… dime que no acabas de soltarme eso.
—Sí, está claro que te lo has imaginado. Qué mente más enfermiza tienes, Raven.
Raven suspiró y señaló con el mentón a los marineros.
—Van por ahí descalzos, ¿te habías fijado? Creo que tiene algo que ver con las líneas de cobre engastadas en la cubierta.
—El cobre vibra —dijo Lexa—, y ellos lo tocan continuamente. Me parece que podrían estar usándolo para comunicarse de algún modo.
—Explicaría por qué hablan tan poco —convino Raven—. Y esperaba que nos vigilaran un poco más de lo que lo hacen. No parece que les despertemos mucha curiosidad.
—Lo cual es extraño, considerando lo interesante que es Celeste.
—Un momento, ¿solo Celeste?
—Sí. Con ese peto pulido y su impresionante figura, siempre hablando de cazar recompensas y viajar entre mundos. Es de lo más misteriosa.
—Yo soy misteriosa —dijo Raven.
—Antes yo también lo creía. Pero entonces descubrí que no te gustan los buenos juegos de palabras. En verdad, es posible saber demasiado de una persona.
Raven gruñó.
—Intentaré ser más misteriosa. Me haré cazarrecompensas. —Le rugió el estómago—. Empezaré con una recompensa por comida, tal vez.
Les habían prometido darles de comer dos veces al día, pero teniendo en cuenta el tiempo que había tardado Ico en recordar que necesitaban agua, quizá sería mejor que preguntara.
—He estado intentando medir nuestra velocidad —dijo Lexa, pasando páginas de su cuaderno. Lo hizo deprisa, y Raven se extrañó al ver que alternaban entre interpretaciones perfectas y otras tan malas que daban risa.
Lexa dejó a la vista un mapa que había trazado de la región de Shadesmar en la que se encontraban. Los ríos alezi habían pasado a ser penínsulas y el mar de las Lanzas era una isla, con la ciudad llamada Celebrant en su extremo occidental. Los ríospenínsula obligarían al barco a virar al oeste para llegar a la ciudad, recorrido que Lexa había marcado con una línea.
—Es difícil estimar nuestro avance, pero yo diría que navegamos más deprisa que el navío medio de nuestro mundo. Podemos ir derechos hacia donde queramos sin preocuparnos por el viento, para empezar.
—Entonces, ¿dos días más? —aventuró Raven, basándose en las marcas del mapa.
—Más o menos. Progresamos deprisa.
Raven bajó los dedos hacia el lado inferior del mapa.
—¿Ciudad Thaylen? —preguntó, tocando un punto que Lexa había marcado.
—Sí. En este lado, estará al borde de un lago de cuentas. Podemos suponer que la Puerta Jurada se reflejará allí como una plataforma, igual que a la que llegamos desde Kholinar. Pero en lo referente a activarla…
—Quiero intentarlo. Bellamy está en peligro. Tenemos que llegar hasta él, Lexa. En Ciudad Thaylen.
Lexa miró hacia Celeste, que insistía en que era la dirección equivocada.
—Raven, no sé si podemos confiar en lo que viste. Es peligroso que creas conocer el futuro…
—No vi el futuro —se apresuró a decir Raven—. No fue eso. Fue como elevarme por los cielos con el Padre Tormenta. Solo sé… Estoy segura de que tengo que ir con Bellamy.
Lexa seguía con expresión de escepticismo. Quizá Raven les hubiera contado demasiado de la teatralidad del farero.
—Ya veremos cuando lleguemos a Celebrant. —Lexa cerró su mapa y se retorció, con una mirada a la madera contra la que habían tenido las espaldas—. ¿Crees que tendrán sillas por alguna parte? Esto no es muy cómodo para apoyarse.
—No creo.
—¿Cómo se llama esta cosa, por cierto? —preguntó Lexa, dando unos golpecitos en la borda—. ¿Pared de cubierta?
—Seguro que se han inventado alguna palabra náutica arcana —dijo Raven—. En los barcos todo tiene nombres raros. Babor y estribor en vez de izquierda y derecha. Camarote en vez de dormitorio. Molestia en vez de Lexa.
—Había un nombre… ¿Regala? ¿Protegecubierta? No, borda. Se llama borda. —Lexa sonrió de oreja a oreja—. A mí se me hace incómodo sentarme contra la borda, pero para ellos seguro que es bordar y cantar.
Raven dio un leve gemido.
—¿En serio?
—Mi venganza por llamarme cosas.
—Cosa. Una cosa. Y era más sacar a relucir un hecho que atacarte.
Ella le dio un suave puñetazo en el brazo.
—Da gusto verte sonreír.
—¿Eso era sonreír?
—El equivalente Raven. Ese ceño fruncido ha sido casi jovial. —Lexa le sonrió.
Raven notaba algo cálido en su interior cuando estaba cerca de ella. Notaba que algo estaba bien. No había sido igual con Emory, de quien se había encaprichado siendo muy joven. Ni siquiera con Harper, su verdadero primer romance. Era algo distinto que no lograba definir. Solo sabía que no quería que parara. Apartaba la oscuridad.
—Allá abajo, en los abismos —dijo—, cuando nos quedamos atrapados juntos, me hablaste de tu vida. De… tu padre.
—Lo recuerdo —repuso ella en voz baja—. En la oscuridad de la tormenta.
—¿Cómo lo haces, Lexa? ¿Cómo sigues sonriendo y echándote a reír? ¿Cómo evitas obsesionarte con las cosas terribles que ocurrieron?
—Las tapo. Tengo la increíble habilidad de esconder cualquier cosa en la que no quiera pensar. Se está… volviendo más difícil, pero la mayoría de esas cosas puedo… —Dejó la frase a medias y fijó la mirada al frente—. Hecho. Desapareció.
—Uf.
—Lo sé —susurró ella—. Estoy loca.
—No. ¡Qué va, Lexa! Ojalá pudiera hacer yo lo mismo.
Ella la miró, arrugando la frente.
—Tú eres la que está loca.
—¿No sería estupendo poder apartarlo todo y ya está? Tormentas. —Raven intentó imaginarlo. No pasarse el día preocupada por los errores que había cometido. No oír los constantes susurros diciéndole que no era lo bastante buena, o que había fallado a sus hombres.
—Si sigo así, nunca lo afrontaré —dijo Lexa.
—Es mejor que ser incapaz de funcionar.
—Eso me digo a mí misma. —Lexa negó con la cabeza—. Anya afirmaba que el poder es una ilusión de la percepción. Si te comportas como si tuvieses autoridad, muchas veces la consigues. Pero fingir me fragmenta. Se me da demasiado bien fingir.
—Bueno, sea lo que sea que estás haciendo, es evidente que funciona. Si yo pudiera apagar estas emociones, lo haría encantada.
Ella asintió, pero guardó silencio y se resistió a todos los intentos de retomar la conversación.
