100. UNA VIEJA AMIGA

Estoy convencida de que Nergaoul sigue activo en Roshar. Las descripciones de la «Emoción» de batalla alezi concuerdan demasiado bien con los registros antiguos, incluidas las visiones de una neblina roja y criaturas moribundas.

De Mítica de Hessi, página 140

Bellamy ya lo recordaba casi todo. Aunque aún no había recuperado los detalles de su encuentro con la Vigilante Nocturna, lo demás estaba abierto para él como una herida reciente, que le derramaba sangre por toda su cara. Su mente había tenido muchos más huecos de los que creía. La Vigilante Nocturna le había hecho jirones los recuerdos como si fuesen la tela de una vieja manta, y luego había cosido una nueva con los retales. En los años transcurridos desde entonces, Bellamy había pensado que estaba casi entero, pero casi todas las cicatrices se habían desgarrado a tirones y alcanzaba a ver la verdad. Intentó quitarse todo ello de la cabeza mientras recorría Vedenar, una de las ciudades más importantes del mundo, conocida por sus asombrosos jardines y su atmósfera exuberante. Por desgracia, la ciudad había quedado devastada por la guerra civil veden y la posterior llegada de la tormenta eterna. Incluso en el recorrido que les habían preparado para la visita, pasaron junto a edificios calcinados y montones de cascotes. Era imposible no pensar en lo que él había hecho en Rathalas. Y así, lo acompañaban las lágrimas de Evi. Los gritos de los niños al morir.

«Hipócrita —le decían—. Asesino. Destructor.»

El aire olía a sal y estaba saturado del sonido de las olas al chocar contra los acantilados fuera de la ciudad. ¿Cómo podían vivir con aquel rugido constante? ¿Es que jamás conocían la paz?

Bellamy intentó escuchar con educación mientras los súbditos de Gustus lo llevaban a un jardín cruzado por muros bajos cubiertos de enredaderas y matorrales. De los pocos que no había destruido la guerra civil. A los veden les encantaba la vegetación ostentosa. No eran un pueblo sutil; rebosaban de pasión y vicios. La esposa de un nuevo alto príncipe veden se llevó a Echo a ver unos cuadros. A Bellamy lo hicieron pasar a una pequeña plaza dentro del jardín, donde unos ojos claros veden charlaban y bebían vino. En el extremo oriental había un murete que permitía crecer a todo tipo de plantas poco frecuentes en revoltijo, que era la moda hortícola imperante. Entre ellas flotaban vidaspren.

¿Más charla insustancial?

—Disculpadme —dijo Bellamy, e hizo un gesto con la cabeza hacia un mirador que había más arriba—. Voy a tomarme un momento para estudiar la ciudad.

Un ojos claros levantó la mano.

—Puedo mostrarte…

—No, gracias —lo interrumpió Bellamy, y emprendió la escalera que llevaba al mirador. Quizá había sido demasiado brusco, pero al menos encajaba con su reputación. Sus guardias tuvieron el buen criterio de quedarse abajo, al pie de la escalera.

Bellamy llegó arriba e intentó relajarse. Desde el mirador tenía una buena vista de los acantilados y el mar al que caían. Por desgracia, también le permitía ver el resto de la ciudad, y tormentas, qué desmejorada estaba. La muralla tenía varios tramos destruidos y el palacio había quedado reducido a escombros. Habían ardido grandes franjas de la ciudad, que incluían muchos de los terraplenes redondeados que habían sido el orgullo de Veden. Más allá de la muralla, en los campos que se extendían al norte de la ciudad, aún se veían manchas negras en la piedra donde habían ardido las pilas de cadáveres después de la guerra. Bellamy intentó apartar la mirada de todo eso y fijarla en el tranquilo océano. Pero le llegaba un olor a humo. Eso no era bueno. En los años que siguieron a la muerte de Evi, el humo en muchas ocasiones lo había precipitado a uno de sus peores días.

«Tormentas, soymás fuerte que eso.» Podía resistirlo. Ya no era el hombre que había sido hacía tantos años. Se obligó a devolver la atención al supuesto objetivo de su visita: pasar revista a la capacidad militar de Veden.

Gran parte de las tropas veden supervivientes estaban acuarteladas en unos refugios para tormentas, justo en el interior de la muralla. Por los informes que le habían leído, la guerra civil había supuesto una pérdida de vidas increíble. Desconcertante, incluso. Muchos ejércitos se desbandaban tras sufrir un diez por ciento de bajas, pero allí, por lo visto, los veden habían seguido luchando incluso después de perder a la mitad de sus tropas. Quizá los había vuelto locos el insistente golpeteo de aquellas olas. Y… ¿qué era eso otro que oía?

Más llantos fantasmales. ¡Por las palmas de Wells! Bellamy respiró hondo, pero solo olió el humo.

«¿Por qué debo tener estos recuerdos? —pensó, furioso—. ¿Por qué volvieron de repente?»

Para colmo, con esas emociones se entremezclaba su creciente miedo por Clarke y Finn. ¿Por qué no habían establecido contacto? Si habían logrado escapar, ¿no se habrían puesto a salvo volando, o como mínimo habrían buscado una vinculacaña? Se le hacía ridículo imaginar a varios Radiantes y portadores de esquirlada quedándose atrapados en la ciudad, incapaces de huir.

Pero la alternativa era la inquietante suposición de que no hubieran sobrevivido. De que Bellamy los hubiera enviado a sus muertes. Intentó erguir la espalda en posición de firmes, bajo el peso de todo aquello. Pero por desgracia, sabía demasiado bien que si uno fijaba las rodillas y mantenía la espalda demasiado recta, se arriesgaba a desmayarse. ¿Por qué intentar alzarse tenía que volver mucho más probable que cayera?

Los guardias de Bellamy que se habían quedado en la base de la colina de piedra hicieron hueco para que pasara Gustus, en su característica túnica anaranjada. El anciano llevaba un enorme escudo con forma de diamante, lo bastante grande para cubrirle el costado izquierdo por completo. Subió hasta el mirador y se sentó en un banco, jadeando.

—¿Querías ver uno de estos, Bellamy? —preguntó después de un momento, ofreciéndole el escudo.

Agradecido por la distracción, Bellamy lo cogió y lo sopesó.

—¿Semiesquirlado? —preguntó al ver una cajita de acero con una gema dentro, fijada a la superficie interior.

—En efecto —dijo Gustus—. Son unos aparatos rudimentarios. Hay leyendas de un metal que es capaz de detener una hoja esquirlada, un metal caído del cielo. Parecido a la plata, pero más ligero. Me gustaría mucho verlo, pero de momento tendrá que bastarnos con estos escudos.

Bellamy gruñó.

—Sabes cómo se crean los fabriales, ¿verdad? —preguntó Gustus.

—¿Spren esclavizados?

—No se puede esclavizar a un spren, igual que no se puede a un chull.

El Padre Tormenta atronó desde lejos en su mente.

—Esa gema —explicó Gustus— retiene a la clase de spren que confiere sustancia a las cosas, la que mantiene unido el mundo. Hemos atrapado en ese escudo algo que, en otro tiempo, quizá podría haber bendecido a un Caballero Radiante.

Tormentas. Ese día no podía lidiar con un problema filosófico como aquel. Intentó cambiar de tema.

—Parece que te encuentras mejor.

—Tengo un buen día. Me siento mejor que últimamente, pero eso puede ser peligroso. Soy más proclive a pensar en los errores que he cometido. —Gustus sonrió con su amabilidad de siempre—. Intento recordarme a mí mismo que, al menos, tomé la mejor decisión que pude, con la información de que disponía.

—Por desgracia, yo estoy seguro de que no tomé las mejores decisiones que pude —dijo Bellamy.

—Pero no querrías cambiarlas. De hacerlo, serías una persona distinta.

«Sí que las cambié —pensó Bellamy—. Las borré. Y sí que me transformé en una persona distinta.» Bellamy dejó el escudo al lado del anciano.

—Dime, Bellamy —prosiguió Gustus—. Has hablado con desconsideración de tu antepasado, el Hacedor de Soles. Lo llamaste tirano.

«Como yo.»

—Pongamos —siguió diciendo Gustus— que pudieras cambiar la historia con un chasquear de dedos. ¿Querrías que el Hacedor de Soles hubiera vivido más y cumplido su deseo de unificar todo Roshar bajo un solo estandarte?

—¿Y convertirlo en más déspota de lo que fue? —replicó Bellamy—. Eso habría significado que se abriera camino a espada por toda Azir e invadiera Iri. Por supuesto que no lo desearía.

—Pero ¿y si con ello te hubiera dejado a ti, hoy, al mando de un pueblo unificado por completo? ¿Y si sus matanzas te permitieran ahora salvar Roshar de la invasión de los Portadores del Vacío?

—Eh… ¡Estarías pidiéndome que condenara a millones de inocentes a la pira!

—Esa gente lleva mucho tiempo muerta —susurró Gustus—. ¿Qué significan para ti? Son cifras en la nota al pie de una escriba. Sí, el Hacedor de Soles fue un monstruo. Sin embargo, fue su tiranía la que forjó las actuales rutas comerciales entre Herdaz, Jah Keved y Azir. Devolvió la cultura y la ciencia a Alezkar. Vuestros avances modernos se remontan directamente a lo que él hizo. La moralidad y la ley se erigen siempre sobre los cadáveres de los caídos.

—No puedo hacer nada al respecto de eso.

—No, no, claro que no puedes. —Gustus dio unos golpecitos en el escudo semiesquirlado—. ¿Sabes cómo capturamos los spren para los fabriales, Bellamy? Desde las vinculacañas a los caloriales, se hace siempre igual. Hay que atraer al spren con algo que adore. Tienes que proporcionarle algo familiar que lo haga acercarse, algo que conozca íntimamente. En ese momento, se convierte en tu esclavo.

«No… no puedo pensar en esto ahora mismo.»

—Discúlpame —dijo Bellamy—. Tengo que ir a hablar con Echo.

Se alejó de Gustus a zancadas, bajó la escalera y pasó entre Rial y sus otros guardias, que lo siguieron como hojas arrastradas por una fuerte ventolera. Se internó en la ciudad, pero no fue a buscar a Echo. Quizá pudiera hacer una visita a las tropas. Retrocedió por la calle, tratando de hacer caso omiso a la destrucción. Incluso obviándola, en aquella ciudad había algo que sentía que no encajaba. La arquitectura se parecía mucho a la alezi, alejada de los diseños florales de Kharbranth o Thaylenah, pero muchos edificios tenían plantas que cubrían las ventanas y pendían de ellas. Era extraño recorrer unas calles rebosantes de personas que parecían alezi pero hablaban en un idioma extranjero. Bellamy llegó a los enormes refugios para tormentas que se alzaban junto a la muralla. Los soldados habían erigido campamentos de tiendas junto a ellos, vivaques temporales que podían desmontar y llevarse a uno de los refugios con forma de hogaza si había tormenta. Bellamy se fue calmando a medida que caminaba entre las tiendas. Aquello le era conocido: la paz de los soldados trabajando. Los oficiales le dieron la bienvenida y unos generales lo llevaron a visitar los refugios. Se quedaron impresionados de que Bellamy hablara su idioma, capacidad que había adquirido al poco de llegar a la ciudad haciendo uso de sus poderes como Forjador de Vínculos. Lo único que hizo Bellamy fue asentir con la cabeza y preguntar algo de vez en cuando, pero de algún modo tuvo la sensación de estar haciendo algún avance. Al final entró en una tienda ventosa cerca de los portones de la ciudad, donde conoció a un grupo de soldados heridos. Todos eran los últimos supervivientes de sus respectivos pelotones caídos. Héroes, pero no del tipo convencional. Había que ser soldado para comprender el heroísmo que entrañaba el mero hecho de estar dispuesto a continuar con todos los amigos muertos. El último fue un viejo veterano que llevaba el uniforme muy limpio y el parche de un pelotón desaparecido. Tenía una manga de la casaca cosida porque le faltaba el brazo derecho, y un soldado joven lo llevaba cogido del otro hacia Bellamy.

—Mira, Geved, ¡es el Espina Negra en persona! ¿No decías siempre que querrías conocerlo?

El anciano tenía una de esas miradas que daban la impresión de poder leer la mente.

—Brillante señor —dijo, y saludó—. Luché contra tu ejército en Rocadiza, señor. Segundo de infantería del brillante señor Nalanar. Qué batalla más tormentosamente buena fue esa, señor.

—Tormentosamente buena, ya lo creo —dijo Bellamy, devolviéndole el saludo—. Pensé que vuestras fuerzas nos iban a derrotar en tres momentos distintos.

—Eran buenos tiempos, brillante señor. Buenos tiempos. Antes de que todo se torciera. —Al anciano se le empañó la mirada.

—¿Cómo fue esto? —preguntó Bellamy con suavidad—. La guerra civil, la batalla que hubo aquí, en Vedenar.

—Fue una pesadilla, señor.

—Geved —dijo el joven—, vámonos. Hay comida en…

—¿Es que no lo has oído? —dijo Geved, desasiendo del chico el brazo que le quedaba—. Me ha hecho una pregunta. Aquí todo el mundo escurre el bulto y se anda con evasivas, pero tormentas, señor, la guerra civil fue una verdadera pesadilla.

—Luchabais contra otras familias veden —dijo Bellamy, asintiendo.

—No fue eso —repuso Geved—. ¡Tormentas! Tenemos tantas rencillas como vosotros, señor, y perdón por decirlo. Pero nunca me ha quitado el sueño luchar contra los míos. Es lo que quiere el Todopoderoso, ¿verdad? Pero esa batalla… —Se estremeció—. Nadie quería parar, brillante señor. Ni cuando hubieran debido hacerlo. Siguieron peleando, sin más. Matando porque les apetecía matar.

—Ardía en nosotros —dijo otro hombre herido desde la mesa de la comida. Llevaba un parche en el ojo y parecía no haberse afeitado desde la batalla—. Lo conoces, brillante señor, ¿verdad que sí? Ese río dentro de ti, que tira de toda tu sangre hacia la cabeza y hace que ames cada tajo que das. Que hace que no puedas parar, por muy cansado que estés.

La Emoción.

Empezó a resplandecer en el interior de Bellamy. Tan familiar, tan cálida y tan terrible. Bellamy notó que se removía, igual que un sabuesohacha muy querido al que sorprende oír la voz de su amo después de tanto tiempo. No la había sentido desde hacía una eternidad. E incluso allá en las Llanuras Quebradas, donde la había notado por última vez, parecía estar debilitándose. De pronto, aquello cobró sentido. No era que Bellamy hubiera aprendido a imponerse a la Emoción. Era que la Emoción lo había abandonado.

Para ir a Veden.

—¿Sintieron lo mismo más de vosotros? —preguntó Bellamy.

—Lo sentimos todos —dijo otro hombre, y Geved asintió—. Los oficiales… cabalgaban de un lado a otro con los dientes apretados, como en rictus. Los hombres gritaban que siguiéramos peleando, que mantuviéramos el ímpetu.

«Todo se basa en el ímpetu.»

Otros soldados se mostraron de acuerdo y hablaron a Bellamy de la extraña neblina que había cubierto ese día. Perdida cualquier sensación de paz que hubiera podido obtener de sus inspecciones, Bellamy se excusó. Sus guardias tuvieron que correr para mantenerle el ritmo en su huida, que hasta se incrementó cuando una mensajera llegó para informar de que se lo necesitaba en los jardines. No estaba preparado. No quería enfrentarse a Gustus, ni a Echo, ni mucho menos a Aden. De modo que subió a la muralla de la ciudad. Así podría… inspeccionar, inspeccionar las fortificaciones. A eso había ido.

Desde el adarve, de nuevo pudo ver las grandes partes de la ciudad que estaban quemadas y derruidas por la guerra. La Emoción lo llamó, distante y débil. No. No. Bellamy marchó muralla abajo, pasando junto a soldados. A su derecha, las olas golpeaban contra las rocas. En los bajíos se movían unas sombras, animales con dos o tres veces el tamaño de un chull, cuyos caparazones asomaban entre ola y ola. Bellamy tenía la impresión de haber sido cuatro personas en su vida. El guerrero sanguinario, que mataba donde se le señalaba y a Condenación con las consecuencias. El general, que había fingido un distinguido civismo mientras, en secreto, anhelaba regresar al campo de batalla para poder derramar más sangre. En tercer lugar, el hombre roto. El que había pagado por sus actos de juventud. Y por último, el cuarto hombre, el más falso de todos. El hombre que había renunciado a sus recuerdos para poder hacerse pasar por mejor persona. Bellamy dejó de andar y apoyó una mano en la piedra. Sus guardias se congregaron a su espalda. Un soldado veden llegó desde delante por el adarve, gritando furioso.

—¿Quién eres? ¿Qué estás haciendo aquí arriba?

Bellamy cerró los ojos con fuerza.

—¡Tú, alezi, responde! ¿Quién te ha dado permiso para subir a esta fortificación?

La Emoción se revolvió y el animal de su interior quiso atacar.

Una pelea. Necesitaba una buena pelea.

No. Huyó de nuevo, bajando casi a la carrera una angosta escalera de piedra. Su aliento resonó en las paredes, y estuvo a punto de tropezar y caer en el último tramo. Salió con violencia a la calle, sudando, sorprendiendo a un grupo de mujeres que cargaban agua. Sus guardias se amontonaron detrás de él.

—¿Señor? —preguntó Rial—. ¿Señor, estás…? ¿Va todo…?

Bellamy absorbió luz tormentosa, con la esperanza de que desplazara a la Emoción. No lo hizo. Pareció complementarla, urgirlo a actuar.

—¿Señor? —dijo Rial, ofreciéndole una petaca que olía a algo fuerte—. Sé que me dijiste que no podía llevarla, pero aquí está. Y… quizá podrías necesitarla.

Bellamy miró la petaca. Un aroma áspero se alzó para envolverlo.

Si bebía ese líquido, podría olvidar los susurros. Olvidar la ciudad incendiada y lo que él había hecho en Rathalas. Y a Evi.

Qué fácil sería…

«Sangre de mis padres. Por favor, no.»

Dio la espalda a Rial. Necesitaba descansar. Nada más, solo descansar. Trató de mantener la frente alta y aflojar el paso mientras regresaba hacia la Puerta Jurada.

La Emoción lo acosaba desde detrás.

Si te conviertes otra vez en ese hombre, dejará de dolerte. De joven, hiciste lo que había que hacer. Antes eras más fuerte.

Bellamy gruñó, dio media vuelta y se echó la capa a un lado, buscando la voz que había dicho esas palabras. Sus guardias retrocedieron y empuñaron las lanzas con más fuerza. Los atribulados habitantes de Vedenar se apartaron de él.

¿Esto es liderazgo? ¿Llorar cada noche? ¿Sacudirte y tiritar? Esos son los actos de un niño, no de un hombre.

—¡Déjame en paz!

Dame tu dolor.

Bellamy miró al cielo y profirió un crudo bramido. Se lanzó a la carga calle abajo, ya indiferente a lo que pensara la gente al verlo.

Necesitaba alejarse de esa ciudad.

Ahí estaban. Los peldaños hacia la Puerta Jurada. En otros tiempos, los habitantes de Vedenar habían cultivado un jardín sobre la plataforma, pero ya estaba despejado. Bellamy descartó la larga rampa y subió los escalones de dos en dos, con el aguante mejorado por luz tormentosa. Al llegar arriba encontró a un grupo de guardias de azul Griffin junto a Echo y unos pocos escribas. Echo fue hacia él de inmediato.

—Bellamy, he intentado que se fuera, pero ha insistido mucho. No sé lo que quiere.

—¿Quién? —preguntó Bellamy, resollando de haber subido casi corriendo.

Echo señaló hacia los escribas. Por primera vez, Bellamy se fijó en que varios de ellos llevaban las barbas cortas de los fervorosos. Pero ¿y las túnicas azules? ¿Qué era aquello?

«Vicarios —pensó—, del Santo Enclave de Valath.» En teoría, el propio Bellamy era un líder de la religión vorin, pero en la práctica eran los vicarios quienes sentaban la doctrina de la iglesia. Los báculos que llevaban tenían gemas incrustadas, con más ornamentación de la que habría esperado. ¿Toda esa pompa no se desechó casi por completo al caer la Hierocracia?

—¡Bellamy Griffin! —exclamó uno, dando un paso hacia él. Era joven para tratarse de un alto dirigente del fervor, quizá de cuarenta y pocos años. En su barba cuadrada había unos pocos mechones canosos.

—Ese soy yo —dijo Bellamy, apartando el hombro de la mano de Echo—. Si deseas hablar conmigo, retirémonos a un lugar más privado.

—Bellamy Griffin —repitió el fervoroso en voz más alta—. El consejo de vicarios te declara hereje. No podemos tolerar que insistas en que el Todopoderoso no es Dios. Por la presente, quedas excomulgado y declarado anatema.

—No tenéis derecho a…

—¡Tenemos todo el derecho! Los fervorosos debemos vigilar a los ojos claros para que guieis a vuestros súbditos por el camino recto. Ese sigue siendo nuestro deber, tal y como señala el Concilio de la Teocracia, ¡un deber que llevamos siglos cumpliendo! ¿De verdad creías que pasaríamos por alto las cosas que predicas?

Los dientes de Bellamy rechinaron mientras el imbécil del fervoroso empezaba a enumerar las herejías de Bellamy y a exigirle que se retractara de cada una de ellas. El hombre se fue acercando, tanto que Bellamy alcanzó a olerle el aliento.

La Emoción se alzó, sintiendo una pelea. Sintiendo la sangre.

«Voy a matarlo —pensó una parte de Bellamy—. O me voy corriendo ahora mismo o mataré a este hombre.» Le resultó tan claro como la luz del sol.

Así que corrió.

Llegó al edificio de control de la Puerta Jurada, frenético por la necesidad de escapar. Fue deprisa hacia la cerradura, y solo entonces recordó que no tenía una hoja esquirlada que pudiera activar el dispositivo.

Bellamy, atronó el Padre Tormenta. Algo está mal. Algo que no puedo ver, algo que me está oculto. ¿Qué estás sintiendo?

—Tengo que irme de aquí.

No seré una espada para ti. Ya hemos hablado de esto.

Bellamy gruñó. Tuvo la impresión de algo que casi alcanzaba a tocar, algo más allá de la existencia. El poder que unía mundos. Su poder.

Espera, dijo el Padre Tormenta. ¡Esto no está bien!

Bellamy no le hizo caso. Su mente alcanzó más allá y tiró del poder hacia él. Algo de un blanco brillante se manifestó en su mano, y Bellamy lo clavó en la cerradura.

El Padre Tormenta gimió, con un sonido como de trueno.

El poder hizo que funcionara la Puerta Jurada, de todos modos.

Mientras sus guardias lo llamaban desde fuera, Bellamy accionó la palanquita que haría que solo se transportara el pequeño edificio, no la meseta entera, y luego empujó la cerradura a lo largo de la pared, usando el poder como asidero. Brilló un anillo de luz en torno a la estructura y un viento helado entró por las puertas. Bellamy salió trastabillando a una plataforma, delante de Urithiru. El Padre Tormenta se retrajo de él, sin quebrar el vínculo pero retirándole su favor. La Emoción fluyó en su interior para reemplazarlo. Incluso estando tan lejos. ¡Tormentas! Bellamy no podía huir de ella.

No puedes escapar de ti mismo, Bellamy, dijo la voz de Evi en su mente. Este es quien eres. Acéptalo.

No podía correr. Tormentas, no podía correr.

«Sangre de mis padres. Por favor. Por favor, ayúdame.»

Pero… ¿a quién estaba rezando?

Bajó de la plataforma con paso torpe y ojos neblinosos, ignorando las preguntas que le hicieron tanto soldados como escribas. Llegó a su habitación, cada vez más desesperado por encontrar una forma, cualquier forma, de esconderse de la voz condenatoria de Evi. Sacó un libro del estante. Estaba encuadernado en piel de cerdo y tenía el papel grueso. Sostuvo El camino de los reyes en alto como si fuese un talismán capaz de ahuyentar el dolor. No sirvió de nada. Ese libro lo había salvado una vez, pero en ese momento lo encontró inútil. Ni siquiera sabía leer sus palabras.

Soltó el libro al suelo y salió de la habitación entre tropezones.

No fue un pensamiento consciente lo que lo llevó a los aposentos de Clarke, ni lo que lo impulsó a registrar el cuarto de la joven. Pero encontró lo que había ido a buscar, una botella de vino reservada para una ocasión especial. Un violeta, de los bien fuertes. Aquello representaba al tercer hombre que Bellamy había sido. Vergüenza, frustración y días perdidos en una bruma. Tiempos terribles. Tiempos en los que había renunciado a una parte de su alma para poder olvidar.

Pero tormentas, era eso o empezar a matar otra vez. Se llevó la botella a los labios.