102. CELEBRANT

Se decía que Moelach concedía visiones del futuro en distintos momentos, pero sobre todo en los puntos de transición entre reinos. Cuando un alma se acercaba a los Salones Tranquilos.

De Mítica de Hessi, página 144

Raven recorría la ciudad con Clarke y Syl. Habían tardado poco en cambiar las esferas y habían dejado a la spren de la espada de Clarke con el otro grupo. Después de que Lexa cogiera de la mano a la ojomuerto, se había quedado con ellas. Haber llegado a la ciudad era un buen paso adelante hacia su objetivo de salir por fin de aquel lugar y llegar hasta Bellamy. Por desgracia, una ciudad nueva llena de amenazas desconocidas no lo animaba mucho a relajarse. Celebrant no estaba tan poblada como la mayoría de las ciudades humanas, pero la variedad de spren era imponente. Los alcanzadores como Ico y su tripulación eran bastante habituales, pero también había spren muy parecidos a la espada de Clarke, al menos antes de que la mataran. Estaban formados al completo por enredaderas, aunque tenían manos de cristal y llevaban ropa humana. Igual de frecuentes eran unos spren de piel negra como la tinta, que brillaba con una gran variedad de colores cuando la luz la alcanzaba en el ángulo adecuado. Su ropa parecía formar parte de ellos, como la de los crípticos y los honorspren. Pasó cerca un grupo de crípticos, caminando apiñados. Los patrones de sus cabezas tenían sutiles diferencias. Había otros spren con la piel como piedra agrietada y una luz fundida emanando del interior. Otros tenían la piel del color de la ceniza blanca y vieja, y cuando Raven vio a uno de esos señalando algo, la piel que se estiró bajo el hombro se desintegró y salió volando, dejando a la vista la articulación y los abultamientos del húmero. La piel volvió a crecer enseguida. Esa variedad recordó a Raven los disfraces del Culto de los Momentos, aunque no vio ni a un solo honorspren. Y tampoco parecía que los demás spren se mezclaran mucho entre ellos. Los humanos eran tan poco frecuentes que ellos tres, incluida Syl con su aspecto alezi, hacían que se volvieran las cabezas. Los edificios eran de ladrillos de distintos colores o de bloques de muchos tipos diferentes de piedra. Cada uno era una mezcolanza de materiales que no seguía ningún orden que Raven pudiera determinar.

—¿De dónde sacan el material de construcción? —preguntó Raven, mientras seguían las indicaciones del cambista hacia el cercano mercado—. ¿Hay canteras en este lado?

Syl frunció el ceño.

—Pues… —Ladeó la cabeza—. La verdad es que no estoy segura. Creo que es posible que lo hagamos aparecer en este lado desde el vuestro, no sé muy bien cómo. ¿Igual que hizo Ico con el hielo?

—Parece que se ponen la primera ropa que encuentran —dijo Clarke, señalando—. Eso es una casaca de oficial alezi sobre un gabán de escriba azishiano. Ahí, una túnica tashikki con pantalones, y eso otro es un tlmko thayleño casi completo, pero sin las botas.

—No hay niños —comentó Raven al fijarse.

—Hemos visto a unos pocos —dijo Syl—, solo que no se parecen a los niños humanos.

—¿Cómo funciona ese tema? —preguntó Clarke.

—Bueno, ¡menos pringoso que vuestro método sí que es! —Syl hizo una mueca—. Nosotros estamos hechos de poder, trocitos de dioses. Hay sitios donde ese poder cuaja y una parte empieza a ser consciente de sí misma. Vas allí y vuelves con un niño, me parece. Creo.

Clarke soltó una risita.

—¿Qué? —preguntó Raven.

—No es tan distinto de lo que me dijo mi niñera cuando le pregunté de dónde venían los niños. Me contó una historia absurda de que los padres horneaban a sus hijos a partir de arcilla de crem.

—No pasa muy a menudo —dijo Syl mientras dejaban atrás un grupo de spren de color ceniza sentados a una mesa, viendo pasar a la gente. Miraron a los humanos sin disimular su hostilidad, y uno hizo chasquear los dedos hacia Raven. Los dedos explotaron en nubecillas de polvo, dejando huesos de los que volvió a crecer la carne.

—¿Tener niños no es muy frecuente? —preguntó Clarke.

—Exacto —dijo Syl—. Es raro. La mayoría de los spren pueden pasar siglos sin hacerlo.

Siglos.

—Tormentas —susurró Raven, imaginándolo—. ¿Y estos spren de aquí son así de viejos?

—O más —dijo Syl—. Pero la edad no funciona igual en los spren. Igual que el tiempo tampoco. No aprendemos tan deprisa, ni cambiamos mucho, sin un vínculo.

Las torres del centro de la ciudad indicaban la hora por medio de fuegos que ardían en una hilera vertical de agujeros, así que podían saber cuándo debían reunirse con los demás al cabo de una hora, como habían acordado. El mercado resultó estar compuesto sobre todo de puestos sin techo, abiertos al aire, con la mercancía expuesta en mesas. Incluso comparándolo con el mercado improvisado de Urithiru, a Raven aquello le dio impresión de… efímero. Pero allí no había vientos de tormenta de los que preocuparse, por lo que supuso que tenía sentido. Pasaron delante de un puesto de ropa, y por supuesto Clarke insistió en parar allí. El spren aceitoso del mostrador tenía una forma de hablar rara, muy cortante y empleando de forma extraña las palabras. Pero al menos sabía alezi, al contrario que la mayoría de la tripulación de Ico. Raven se quedó esperando a que la princesa terminara, pero entonces llegó Syl vestida con un poncho enorme atado con un cinturón. En la cabeza llevaba un enorme sombrero de ala ancha.

—¿Qué es eso? —preguntó Raven.

—¡Ropa!

—¿Para qué necesitas ropa? Tú ya la llevas incorporada.

—Esa es aburrida.

—¿No puedes cambiarla?

—Hace falta luz tormentosa, en este lado —dijo ella—. Además, el vestido forma parte de mi esencia, así que en realidad me paseo por ahí desnuda a todas horas.

—No es lo mismo.

—Para ti es fácil decirlo. A ti te hemos comprado ropa. ¡Tienes tres conjuntos!

—¿Tres? —dijo ella, mirándose las prendas—. Tengo mi uniforme y esto que me dio Ico.

—Más lo que llevas debajo de eso.

—¿La ropa interior? —preguntó Raven.

—Eso. Significa que tienes tres juegos de ropa, y yo ninguno.

—Necesitamos dos para poder lavar uno mientras llevamos el otro.

—Y así no apestar tanto. —Syl puso los ojos en blanco, con un gesto exagerado—. Mira, le puedes regalar todo esto a Lexa cuando me canse de llevarlo. Sabes que le gustan los sombreros.

Era cierto. Raven suspiró y, cuando Clarke volvió con otro conjunto de ropa interior para cada uno de ellos y una falda para Lexa, Raven le pidió que regateara también por la ropa que llevaba puesta Syl. Se sorprendió de lo barato que terminó saliéndoles todo, apenas una fracción minúscula del papel moneda que les había dado el cambista. Siguieron avanzando y pasaron por delante de puestos que vendían material de construcción. Según los letreros que podía leer Syl, había cosas mucho más caras que otras. Syl opinaba que la diferencia estaba relacionada con lo permanente que fuese cada objeto en Shadesmar, lo que hizo que Raven se preocupara por la ropa que habían comprado. Encontraron un tenderete donde se vendían armas, y Clarke trató de negociar mientras Raven inspeccionaba la mercancía. Había cuchillos de cocina, unas pocas hachas de mano y, dentro de una vitrina de cristal cerrada, una cadena larga, fina y plateada.

—¿Te gusta? —preguntó la tendera. Estaba hecha de enredaderas, su rostro daba la impresión de estar compuesto de cordel verde y llevaba una havah con la mano segura de cristal expuesta—. Son solo mil broams de luz tormentosa.

—¿Mil broams? —repitió Raven. Bajó la mirada hacia la vitrina, que estaba sujeta a la mesa y protegida por unos spren pequeños y anaranjados que parecían personas—. No, gracias. —Los precios de aquel lugar eran estrambóticos.

Las espadas resultaron ser más caras de lo que quería Clarke, pero compró dos arpones, y Raven se sintió mucho más segura cuando tuvo uno en las manos. Mientras seguían andando, Raven reparó en que Syl iba encorvada bajo su poncho enorme, con el pelo metido por dentro y el sombrero calado para ensombrecer su cara. Al parecer, no confiaba en que la ilusión de Lexa impidiera que la identificaran como honorspren. El puesto de comida que encontraron tenía sobre todo más «latas» como las del barco. Clarke empezó a regatear y Raven se dispuso a esperar de nuevo, vigilando a todo el que pasara por si les suponía un peligro. Sin embargo, al momento su mirada se vio atraída por el puesto de enfrente, que vendía obras de arte. Raven nunca había tenido mucho tiempo para disfrutar del arte. Si una ilustración no mostraba alguna cosa útil, como un mapa, para ella tenía bien poco sentido. Pero aun así, entre las pinturas exhibidas, había una pequeña hecha con gruesas pinceladas de óleo. Blanca y roja, con líneas negras. Cuando apartó la mirada, descubrió que volvía a la pintura casi por iniciativa propia, para admirar el contraste de las luces contra aquellas líneas negras.

«Son como nueve sombras —pensó—, con una figura arrodillada en el centro…»

La spren cenicienta hizo emocionados aspavientos, señalando hacia el este y haciendo un gesto de cortar. Hablaba en un idioma que Lexa no entendía, pero por suerte Patrón podía hacerles de intérprete.

—Ah —dijo Patrón—. Mmm. Comprendo. No quiere volver a poner rumbo a la Perpendicularidad de Cultivación. Mmm. No, se niega a ir.

—¿La misma excusa? —preguntó Lexa.

—Sí. Vacíospren a bordo de barcos de guerra que exigen tributo a todo el que se acerca. ¡Ah! Dice que preferiría hacer negocios con honorspren que navegar otra vez hasta la perpendicularidad. Creo que lo dice como insulto. Ja, ja, ja. Mmm…

—Vacíospren —dijo Celeste—. ¿Puede al menos explicarnos lo que significa?

La spren cenicienta se puso a hablar muy deprisa en respuesta a la pregunta de Patrón.

—Mmm… Hay muchas variedades, dice. Algunos son luz dorada, otros sombra roja. Es curioso, sí. Y parece que con ellos hay algunos Fusionados, hombres con caparazón que vuelan. Esto no lo sabía.

—¿El qué? —lo animó Celeste a seguir hablando.

—Shadesmar ha cambiado estos últimos meses —explicó Patrón—. Los vacíospren llegaron misteriosamente un poco al oeste del Nexo de la Imaginación. Cerca de Marat y Tukar en vuestro lado. Mmm… Y desde entonces, han navegado y se han apoderado de la perpendicularidad. Según ella, ejem, «últimamente si tiras un escupitajo a una muchedumbre, le das a uno». Ja, ja, ja. No creo que tenga saliva que escupir.

Lexa y Celeste se miraron mientras la marinera regresaba a su barco, al que estaban enjaezando unos mandras. La spren de la espada de Clarke esperaba cerca, al parecer satisfecha de quedarse donde le decían. Los viandantes apartaban la mirada de ella, como si los abochornara verla allí.

—Bueno, el administrador del puerto tenía razón —dijo Celeste, cruzándose de brazos—. No hay barcos que naveguen hacia los picos ni hacia Ciudad Thaylen. Son destinos demasiado próximos a bastiones enemigos.

—A lo mejor, deberíamos probar con las Llanuras Quebradas —propuso Lexa. Significaría viajar al este, rumbo que los barcos parecían más inclinados a tomar últimamente. Supondría alejarse de los lugares deseados por Raven y Celeste, pero al menos sería algo.

Si llegaban a las Llanuras Quebradas, Lexa aún tendría que buscar la forma de activar la Puerta Jurada desde ese lado. ¿Y si fracasaba? Se los imaginó a todos atrapados en algún lugar muy lejano, rodeados de cuentas, muriéndose de hambre y sed poco a poco…

—Sigamos preguntando a los barcos de la lista —dijo, y encabezó la marcha.

El siguiente barco era un navío largo y majestuoso, hecho de madera blanca embellecida con oro. Todo en su aspecto parecía decir a gritos: «¿Crees que te me puedes permitir?» Hasta los mandras que estaban dirigiendo hacia el barco desde un almacén tenían los arreos de oro.

Según la lista de la administración del puerto, la embarcación iba a partir hacia un lugar llamado Integridad Duradera, que estaba al sudoeste. Venía a ser más o menos la dirección en la que quería ir Raven, así que Lexa pidió a Patrón que parara a algún grumete y le preguntara si era posible que el capitán del barco aceptara pasajeros humanos. La grumete, una spren que parecía hecha de bruma o neblina, se limitó a marcharse riendo como si le hubieran contado un chiste buenísimo.

—Supongo que eso hay que tomárselo como un no —dijo Celeste.

El siguiente barco era una nave elegante y que parecía rápida al ojo sin formación de Lexa. Una buena elección, había comentado el administrador, y que posiblemente aceptara humanos. Y en efecto, un spren que trabajaba en cubierta los saludó con la mano al ver que se acercaban. Subió una bota a la regala del barco y miró hacia abajo con una amplia sonrisa.

«¿Qué clase de spren tiene la piel como piedra partida?», se preguntó Lexa. El marinero brillaba desde el interior, como si lo tuviera fundido.

—¿Humanos? —dijo en veden, interpretando el pelo de Lexa como una señal de su ascendencia—. Estáis muy lejos de vuestro hogar. O cerca, supongo, ¡pero en el reino equivocado!

—Buscamos pasaje —levantó la voz Lexa—. ¿Hacia dónde navegáis?

—¡Al este! —respondió él—. ¡Hacia Libreluz!

—¿Sería posible negociar un precio?

—¡Claro! —repuso el marinero desde arriba—. Siempre es interesante tener a humanos a bordo. Eso sí, no os comáis a mi pollo mascota. ¡Ja! Pero las negociaciones tendrán que esperar. Nos viene inspección ahora mismo. Volved dentro de media hora.

El administrador del puerto ya les había mencionado que se inspeccionaban los barcos a primera hora de cada día. Lexa se marchó con los demás y les propuso volver al punto de encuentro, cerca de la administración portuaria. Al acercarse, Lexa vio que el barco de Ico ya estaba pasando la inspección de un oficial marítimo, otro spren hecho de enredaderas y cristal.

«A lo mejor podemos convencer a Ico de que nos lleve, si le insistimos más. Quizá…» Celeste ahogó un grito, agarró a Lexa por el hombro y tiró de ella hasta un callejón entre dos almacenes, fuera de vista del barco.

—¡Condenación!

—¿Qué pasa? —exigió saber Lexa mientras llegaban Patrón y la letárgica spren de Clarke.

—Mira arriba —dijo Celeste—. Hablando con Ico, en el castillo de popa.

Lexa frunció el ceño, sacó un ojo para mirar y vio lo que había pasado por alto antes: allí arriba había alguien con la piel jaspeada de un parshmenio. Flotaba a un par de palmos del suelo junto a Ico, inclinado hacia él con los ademanes de un maestro estricto regañando a un discípulo tonto. El spren con cuerpo de enredaderas y cristal subió para informar al parshmenio.

—Quizá —dijo Celeste— deberíamos haber preguntado quién efectuaba las inspecciones.

El arpón de Raven atrajo miradas nerviosas mientras cruzaba el pasillo entre puestos para ver más de cerca la pintura.

«¿Se puede hacer daño a los spren en este reino —se preguntó una parte de ella—. Los marineros no llevarían arpones si no se pudiera matar nada en este lado, ¿verdad?» Tendría que preguntárselo a Syl, cuando terminara de hacer de intérprete a Clarke.

Raven llegó delante de la pintura. Las que había cerca demostraban mucha más destreza técnica; eran retratos bien hechos, que reproducían a la perfección sus modelos humanos. El que le había interesado era chapucero, en comparación. Parecía que el artista se había limitado a coger un cuchillo cubierto de pintura y aplastarlo contra el lienzo, creando unas formas muy generales. Unas formas evocadoras, hermosas. Sobre todo en rojo y blanco, pero con una silueta en el centro de la que emanaban nueve sombras.

«Bellamy —pensó—, he fallado a Finn. Después de todo lo que hemos superado, después de las lluvias y de enfrentarme a Miller, he fracasado. Y he perdido tu ciudad.»

Alzó los dedos para tocar la pintura.

—Maravillosa, ¿verdad? —dijo un spren.

Raven se sobresaltó y bajó la mano, cohibida. La propietaria del puesto era una alcanzadora bajita y con una coleta broncínea.

—Es una obra única, humana —dijo la tendera—. De la lejana Corte de los Dioses, un cuadro pintado solo para los ojos de una divinidad. Es rarísimo que uno de estos escape a la hoguera de la corte y llegue al mercado.

—Nueve sombras —dijo Raven—. ¿Los Deshechos?

—Este cuadro es de Nenefra. Se dice que todo el que contempla una obra maestra suya ve algo distinto. Y yo aquí, cobrando un precio tan minúsculo. ¡Solo trescientos broams de luz tormentosa! Créeme que son tiempos difíciles en el mercado del arte.

—Eh…

Las estremecedoras imágenes de la visión de Raven se superpusieron a los marcados contornos de pintura en el lienzo. Tenía que llegar a Ciudad Thaylen. Tenía que estar allí a tiempo de…

¿Qué era ese alboroto detrás de ella?

Raven salió de su ensoñación y miró hacia atrás, justo a tiempo de ver a Clarke trotando hacia ella.

—Tenemos un problema —dijo la princesa.

—¿Cómo has podido no mencionarlo? —dijo Lexa al pequeño spren de la administración portuaria—. ¿Cómo has podido desatender tu obligación de señalar que la ciudad está gobernada por vacíospren?

—¡Creía que todos lo sabían! —exclamó ella, mientras las enredaderas se entrelazaban y movían en los extremos de su cara—. Ay, madre. ¡Ay, ay, ay! La ira no sirve de nada, humana. Yo soy un profesional. ¡Mi trabajo no consiste en explicaros cosas que ya deberíais saber!

—Sigue en el barco de Ico —dijo Celeste, mirando por la ventana del despacho—. ¿Por qué sigue en el barco de Ico?

—Sí que es raro —convino el spren—. ¡Las inspecciones suelen durar solo trece minutos!

Condenación. Lexa soltó el aire despacio, intentando tranquilizarse. Volver a hablar con el administrador había sido un riesgo calculado. Era probable que trabajara para los Fusionados, pero confiaban en poder intimidarlo para que hablara.

—¿Cuándo sucedió? —preguntó Lexa—. Mi amigo spren nos dijo que esta era una ciudad libre.

—Hace meses ya —dijo el spren con forma de enredadera—. Pero aquí no mantienen un control firme, ojo. Solo unos pocos oficiales a los que nuestros líderes han prometido obedecer. Dos Fusionados vienen a pasarnos revista de vez en cuando. Creo que el otro está bastante loco. Kyril es quien lleva las inspecciones… aunque bueno, es posible que él también esté loco, en realidad. Veréis, cuando se enfada…

—¡Condenación! —maldijo Celeste.

—¿Qué pasa?

—Acaba de pegar fuego al barco de Ico.

Raven volvió a cruzar la calle corriendo y encontró a Syl en el centro de un hervidero de actividad. Se había bajado el enorme sombrero para taparse la cara, pero había una congregación de spren alrededor del puesto de comida, señalándola y hablando entre ellos. Raven se abrió paso a empujones, cogió a Syl del brazo y se la llevó del puesto. Clarke las siguió, sosteniendo su arpón en una mano y un saco de comida en la otra. Miró amenazador a los spren reunidos, que no salieron en su persecución.

—Te reconocen —dijo Raven a Syl—. Hasta con el color de piel ilusorio.

—Esto… puede…

—Syl.

La spren se sostenía el sombrero con una mano y dejaba que Raven tirara de ella por el otro brazo calle abajo.

—Esto… ¿Recuerdas que te conté que me escabullí de los otros honorspren?

—Sí.

—Pues puede que sea posible que hubiera una recompensa enorme para quien me devolviera allí. Anunciada en todos, o casi todos los puertos de Shadesmar, con mi descripción y unas ilustraciones. Esto… sí.

—Se te perdonó —dijo Raven—. El Padre Tormenta ha aceptado tu vínculo conmigo. Tus hermanos están observando al Puente Cuatro, ¡planteándose la posibilidad de establecer vínculos también!

—Eso es un poco reciente, Raven. Y dudo mucho que se me haya perdonado. Los que había en las Llanuras Quebradas no querían hablar conmigo. Por lo que a ellos respecta, soy una niña desobediente. Sigue habiendo una recompensa increíble en luz tormentosa para quien me lleve a la capital de los honorspren, Integridad Duradera.

—¿Y no te ha parecido que sería importante contármelo?

—Claro que sí. Ahora mismo.

Pararon para que Clarke los alcanzara. Los spren del puesto de comida seguían hablando. Tormentas. Seguro que la noticia tardaría poco en extenderse por toda Celebrant. Raven fulminó con la mirada a Syl, que se encogió en el poncho enorme que había comprado.

—Celeste es cazadora de recompensas —dijo con un hilo de voz—. Y yo… soy como una ojos claros spren. No quería que lo supieras, por si me odiabas como los odias a ellos.

Raven suspiró, volvió a cogerla del brazo y tiró de ella hacia el puerto.

—Tendría que haber sabido que este disfraz no funcionaría —añadió Syl—. Es obvio que soy demasiado guapa e interesante para esconderme.

—Cuando corra la voz, puede costarnos más conseguir pasaje —dijo Raven—. Tenemos que… —Se detuvo en seco—. ¿Eso de delante es humo?

Los Fusionados aterrizaron en el muelle y arrojaron a Ico al suelo. Detrás de ellos, el barco de Ico se había convertido en una pira ardiente, y los marineros e inspectores bajaban corriendo por la pasarela, frenéticos y amontonados. Lexa miró desde la ventana. Contuvo el aliento mientras los Fusionados se elevaban unos centímetros del suelo y empezaban a flotar hacia el edificio de administración. Absorbió luz tormentosa por acto reflejo.

—¡Haceos los asustados! —dijo a los otros. Cogió a la spren de Clarke por el brazo y se la llevó a un lado del despacho.

Los Fusionados irrumpieron en la estancia y los encontraron encogidos, con las caras de unos marineros que Lexa había bosquejado. Patrón era el más raro de todos, ya que había que cubrir su extraña cabeza con un sombrero para darle una mínima apariencia de verosimilitud.

«Por favor, no os fijéis en que somos los mismos marineros que había en el barco. Por favor.»

Los Fusionados no les hicieron ningún caso. Flotaron hacia la mesa del temeroso spren de enredadera.

—Ese barco ocultaba a criminales humanos —susurró Patrón, traduciendo la conversación del Fusionado con el administrador—. Tenían un hidrador y restos de comida humana, a medio comer, en cubierta. Son dos o tres humanos, una honorspren y un tintaspren. ¿Has visto a esos delincuentes?

El spren de enredadera se retrajo tras la mesa.

—Han ido al mercado a abastecerse. Me han preguntado por barcos que pudieran llevarlos a la perpendicularidad.

—¿Y me lo has ocultado?

—¿Como es que todo el mundo supone que les diré las cosas porque sí? ¡Necesito preguntas, no suposiciones!

El Fusionado le dedicó una mirada fría.

—Apagad eso —dijo, señalando hacia el fuego—. Usad las reservas de arena de la ciudad, si son necesarias.

—Sí, grandioso. Si me permites decirlo, encender fuego en los muelles no es muy…

—No te lo permito. Cuando acabéis de apagar ese fuego, llévate tus cosas de este despacho. Se te reemplazará de inmediato.

El Fusionado se marchó deprisa, dejando atrás un olor a humo. El barco de Ico se hundió bajo brillantes y altas llamaradas. Los tripulantes de otros barcos cercanos intentaban a la desesperada controlar sus mandras y apartar de allí sus embarcaciones.

—Ay, ay, madre —dijo el spren desde detrás del escritorio. Los miró—. ¿Eres… una Radiante? ¿Vuelven a pronunciarse los antiguos juramentos?

—Sí —respondió Lexa mientras ayudaba a levantarse a la spren de Clarke.

El pequeño y asustado spren se sentó más recto.

—¡Oh, qué día tan glorioso! ¡Glorioso! ¡Cuánto tiempo hemos esperado a que regrese el honor de los hombres! —Se levantó y empezó a gesticular—. ¡Marchaos, por favor! Subid a un barco. Lo retrasaré, eso haré, si ese vuelve por aquí. ¡Ay, pero marchaos deprisa!

Raven sintió algo en el aire.

Quizá fuese el aleteo de la ropa, al que se había acostumbrado después de pasar horas surcando el viento. Quizá fuesen las posturas de la gente un poco más abajo de la calle. Reaccionó antes de saber de qué se trataba, agarrando a Syl y Clarke y metiéndolos a todos en una tienda del final del mercado. Un Fusionado pasó volando fuera, seguido por su sombra, que apuntaba en la dirección errónea.

—¡Tormentas! —exclamó Clarke—. Bien visto, Rav.

El único ocupante de la tienda era un perplejo spren hecho de humo, que tenía un aspecto muy raro con su gorro verde y lo que parecía ropa comecuernos.

—Salid —dijo Raven, mientras el olor del humo en el aire lo llenaba de pavor. Corrieron por un callejón entre almacenes y salieron al puerto.

Más abajo, el barco de Ico ardía en llamas. Había confusión en los muelles, con spren corriendo en todas las direcciones y gritando en su extraño idioma. Syl dio un respingo y señaló un barco ornamentado en blanco y oro.

—Tenemos que escondernos. Ya.

—¿Honorspren? —preguntó Raven.

—Sí.

—Cálate el sombrero y vuelve al callejón. —Raven buscó con la mirada entre la multitud—. Clarke, ¿ves a los demás?

—No —dijo ella—. ¡Por el alma de Nia! No hay agua con la que apagar ese fuego. Arderá durante horas. ¿Qué ha pasado?

Un tripulante del barco de Ico salió de entre el gentío.

—He visto un fogonazo de algo que llevaba el Fusionado en la mano. Creo que quería meter miedo a Ico, pero ha quemado el barco por accidente.

«Un momento —pensó Raven—. ¿Estaba hablando en alezi?»

—¿Lexa? —preguntó mientras se acercaban a ellos cuatro alcanzadores.

—Soy esta de aquí —dijo otro spren distinto—. Tenemos problemas. El único barco que podría haber aceptado llevarnos es ese de ahí.

—¿El que se aleja a toda velocidad? —dijo Raven con un suspiro.

—Nadie más se ha planteado siquiera llevarnos —añadió Celeste—, y en cualquier caso, todos zarpaban en direcciones que no nos interesaban. Vamos a quedarnos varados aquí.

—Podríamos probar a subir a un barco peleando —propuso Raven—. ¿Apoderarnos de él, tal vez?

Clarke negó con la cabeza.

—Creo que nos costaría lo suficiente, y armaría el suficiente escándalo, para que los Fusionados nos encontraran.

—Bueno, a lo mejor podría enfrentarme a él —dijo Raven—. Es solo un enemigo. Debería poder con él.

—¿Usando toda nuestra luz tormentosa para hacerlo? —preguntó Lexa.

—¡Solo intento pensar en algo!

—Chicas —dijo Syl—, puede que tenga una idea. Una idea malísima.

—El Fusionado iba buscándoos a vosotros —dijo Lexa a Raven—. Ha volado hacia el mercado.

—Nos ha pasado de largo.

—¿Chicas?

—No por mucho tiempo. Tardará poco en dar la vuelta.

—Resulta que ofrecen una recompensa por Syl.

—¿Chicas?

—Necesitamos un plan —dijo Raven—. Si nadie… —Dejó la frase en el aire. Syl había echado a correr hacia el majestuoso barco blanco y dorado, que empezaba a separarse poco a poco del muelle. Tiró el poncho y el sombrero y chilló al navío mientras corría a su lado por el embarcadero.

—¡Eh! —gritó—. ¡Eh, mirad aquí abajo! —El barco se detuvo pesadamente cuando los cuidadores retuvieron a sus mandras.

Aparecieron tres honorspren azules y blancos por el lado y miraron hacia abajo con expresiones de incredulidad absoluta.

—¿Sylphrena, la Antigua Hija? —gritó uno.

—¡Esa soy yo! —respondió ella a viva voz—. ¡Más vale que me atrapéis antes de que me escabulla! Vaya, hoy sí que me siento caprichosa. ¡A lo mejor desaparezco otra vez hacia donde nadie pueda encontrarme!

Funcionó.

Bajó una pasarela y Syl subió con torpeza al barco, seguida por el resto del grupo. Raven, en último lugar, miraba nervioso hacia atrás, esperando que el Fusionado apareciera buscándolos en cualquier momento. Y así lo hizo, pero se quedó parado en la boca de un callejón mirando cómo subían a bordo. Los honorspren le daban algún reparo, por lo visto. Ya en cubierta, Raven se fijó en que la mayoría de la tripulación eran aquellos spren hechos de bruma o neblina. Uno de ellos estaba atando los brazos de Syl con una cuerda. Raven hizo ademán de intervenir, pero Syl negó con la cabeza. «Ahora no», vocalizó.

Muy bien. Discutiría con los honorspren más tarde.

El barco zarpó, uniéndose a otros que huían de la ciudad. Los honorspren no prestaron mucha atención a Raven y los demás, aunque uno les quitó los arpones y otro registró sus bolsillos y confiscó las gemas infusas. Mientras la ciudad empequeñecía, Raven avistó a un Fusionado levitando sobre el puerto, junto al humo de un barco en llamas. Al poco tiempo, salió volando en dirección contraria.