103. HIPÓCRITA

Muchas culturas hablan de los llamados Susurros de Muerte que a veces sobrevienen a la gente en sus últimos instantes. La tradición los atribuye al Todopoderoso, pero considero que demasiados de ellos parecen proféticos. Estoy segura de que esta será mi afirmación más polémica, pero creo que en realidad son los efectos de Moelach, que persisten aún en nuestro tiempo. Resulta fácil hallar un argumento a favor: el efecto está localizado y tiende a desplazarse por Roshar. Se trata del vagar de los Deshechos

De Mítica de Hessi, página 170

Bellamy despertó de sopetón en un lugar desconocido. Estaba tendido en un suelo de piedra cortada y se le había agarrotado la espalda. Parpadeó, somnoliento, tratando de orientarse.

Tormentas, ¿dónde estaba?

Por una terraza abierta en el lado opuesto de la habitación entraba una tenue luz solar, entre cuyos rayos bailaban etéreas motas de polvo. ¿Qué eran esos sonidos? Parecían voces de personas, pero amortiguadas.

Bellamy se levantó y se cerró por un lado la casaca del uniforme, que se le había desabrochado. Habían pasado… ¿cuántos, tres días desde su regreso de Jah Keved? ¿Desde su excomunión de la Iglesia Vorin?

Recordaba esos días como una niebla de frustración, pena y dolor. Y bebida. Mucha bebida. Había usado el estupor para librarse del dolor. Un vendaje terrible para sus heridas, que dejaba escapar sangre por todos lados, pero hasta el momento lo había mantenido con vida.

«Conozco esta cámara —comprendió de repente, al mirar el mural del techo—. Estaba en una visión.» Debía de haber llegado una alta tormenta mientras él estaba inconsciente.

—¿Padre Tormenta? —llamó Bellamy, y su voz resonó—. Padre Tormenta, ¿por qué me has enviado una visión? Estábamos de acuerdo en que son demasiado peligrosas.

Sí, recordaba bien ese lugar. Era la visión en la que había conocido a Nohadon, el autor de El camino de los reyes. ¿Por qué no se estaba desarrollando igual que la vez anterior? Nohadon y él habían salido juntos al enorme balcón, habían hablado un rato y la visión había concluido.

Bellamy fue hacia el balcón, pero tormentas, qué intensa era la luz. Cayó sobre él y le inundó los ojos de lágrimas, tanto que tuvo que alzar una manos para protegerlos. Oyó algo a su espalda. ¿Algo rascando? Se volvió, dando la espalda al brillo, y vio una puerta en la pared. Se abrió sin problemas el empujarla y salió a la hiriente luz del sol para hallarse en una sala circular.

Cerró la puerta con un chasquido. Esa cámara era mucho más pequeña que la anterior y tenía el suelo de madera. Las ventanas de las paredes mostraban un cielo despejado. Pasó una sombra por detrás de una de ellas, como si algo enorme estuviera moviéndose delante del sol. Pero… ¿cómo podía llegar también la luz del sol desde esa dirección?

Bellamy giró la cabeza para mirar la puerta de madera. No asomaba ninguna luz por debajo. Frunció el ceño y levantó la mano hacia el pomo, pero se detuvo al oír de nuevo el sonido rasposo. Al volverse, vio un gran escritorio a rebosar de papeles, junto a la pared. ¿Cómo no lo había visto antes?

Había un hombre sentado al escritorio, iluminado por un diamante suelto y escribiendo con una pluma de junco. Nohadon había envejecido. En la visión anterior, el rey era joven, pero Bellamy lo tenía delante con el pelo canoso y la piel marcada por arrugas. Pero no cabía duda de que era el mismo hombre, por la forma de la cara y la barba puntiaguda. Escribía absorto y concentrado. Bellamy dio unos pasos hacia él.

El camino de los reyes —susurró—. Estoy presenciando su escritura.

—En realidad —dijo Nohadon—, es una lista de la compra. Hoy voy a preparar hogazas de pan shin, si puedo conseguir los ingredientes. Siempre deja a todo el mundo loco. No entienden que el grano pueda terminar tan mullido.

«¿Cómo?» Bellamy se rascó una sien.

Nohadon terminó de escribir con una floritura y soltó la pluma sobre la mesa. Echó atrás la silla y se levantó sonriendo como un tonto para coger a Bellamy por los brazos.

—Me alegro de verte otra vez, amigo mío. Lo has estado pasando mal, ¿verdad?

—No lo sabes tú bien —susurró Bellamy, preguntándose como quién lo veía Nohadon. En la anterior visión, Bellamy había aparecido como un consejero del rey. Habían estado juntos en el balcón mientras Nohadon se planteaba una guerra que unificara el mundo.

Un recurso drástico, urdido con objeto de preparar a la humanidad para la siguiente Desolación.

¿Era posible que aquel hombre malhumorado se hubiera vuelto tan vivo y entusiasta? ¿Y de dónde salía la visión en la que estaba? ¿El Padre Tormenta no había dicho a Bellamy que ya las había visto todas?

—Ven —dijo Nohadon—, vamos al mercado. Hacer la compra te apartará la mente de los problemas.

—¿La compra?

—Claro. Tú haces la compra, ¿no?

—Yo… suelo tener a gente que la hace por mí.

—Ah, claro, cómo no —dijo Nohadon—. Es muy propio de ti perderte un placer sencillo para poder ponerte con algo más «importante». Venga, pues vamos. Soy el rey. En realidad no puedes negarte, ¿verdad?

Nohadon llevó a Bellamy de vuelta por la puerta. La luz había desaparecido. Salieron al balcón que, la última vez, les había ofrecido un paisaje de muerte y desolación. En cambio, lo que vio Bellamy fue el trajín de una ciudad llena de gente enérgica y carros que pasaban rodando. Los sonidos del lugar impactaron contra Bellamy, como si hubieran estado contenidos hasta ese momento. Risas, charlas, saludos. Carromatos que crujían. Chulls que balaban. Los hombres vestían con largas faldas, atadas a la cintura mediante anchas fajas, algunas de las cuales les llegaban hasta la barriga. Por encima, llevaban el pecho descubierto o con sencillas sobrecamisas. Los trajes recordaban a la takama que Bellamy había llevado de joven, aunque con un estilo mucho, mucho más antiguo. Los vestidos tubulares de las mujeres eran incluso más raros, hechos de pequeños anillos de tela en capas y con flecos en la parte de abajo. Parecían ondularse cuando se movían. Las mujeres tenían los brazos desnudos hasta los hombros. No se cubrían la mano segura. «En la visión anterior recité el Canto del alba —recordó Bellamy—. Esas palabras dieron a las eruditas de Echo una base para empezar a traducir los textos antiguos.»

—¿Cómo vamos a bajar? —preguntó Bellamy, al no ver ninguna escalera.

Nohadon saltó por un lado del balcón. Rio mientras caía, resbalando por un estandarte de tela colgado entre la ventana de una torre y una tienda de abajo. Bellamy soltó un reniego y miró hacia abajo, preocupado por el anciano hasta que vio que Nohadon brillaba. Era un potenciador, pero eso Bellamy ya lo sabía de la anterior visión, ¿verdad?

Bellamy volvió a la cámara del escritorio y absorbió la luz tormentosa del diamante que había usado Nohadon. Salió de nuevo al balcón y se arrojó desde él, apuntando a la tela que había usado Nohadon para interrumpir su caída. Bellamy la alcanzó con ángulo y la usó como tobogán, manteniendo el pie derecho adelantado para dirigir su descenso. Casi al final, saltó del estandarte, se asió a su borde con las dos manos y colgó allí un momento antes de caer con un golpe seco junto al rey.

Nohadon dio palmas.

—Creía que no ibas a hacerlo.

—Tengo práctica siguiendo a necios en sus temerarios propósitos.

El anciano sonrió y empezó a repasar su lista de la compra.

—Por aquí —dijo, señalando.

—No puedo creer que salgas a comprar tú solo. ¿No llevas guardias?

—Caminé hasta Urithiru yo solo. Creo que podré con esto.

—No fuiste andando todo el camino hasta Urithiru —replicó Bellamy—. Llegaste a una Puerta Jurada y de ahí pasaste a Urithiru.

—¡Malentendidos! —exclamó Nohadon—. Anduve todo el camino, aunque es cierto que necesité algo de ayuda para llegar a las cavernas de Urithiru. No es hacer más trampas que cruzar un río en transbordador.

Echó a andar por el mercado y Bellamy lo siguió, distraído por los coloridos ropajes que llevaba todo el mundo. Hasta las piedras de los edificios estaban pintadas de colores vivos. Siempre había imaginado el pasado como algo… soso. Las estatuas de tiempos antiguos estaban desgastadas, y nunca se le había ocurrido pensar que hubieran podido estar pintadas en tonos tan brillantes.

¿Y qué había del propio Nohadon? En las dos visiones, a Bellamy se le había mostrado algo que no se esperaba. El joven Nohadon, planteándose la guerra. Y luego el anciano, elocuente y caprichoso.

¿Dónde estaba el filósofo de profundo pensamiento que había escrito El camino de los reyes?

«Recuerda —se dijo Bellamy—, este no es el rey de verdad. La persona con la que hablo es un constructo de la visión.»

Aunque en el mercado había quienes reconocieron a su monarca, su paso no causó mucho revuelo. Bellamy se volvió al ver algo moverse detrás de los edificios, una sombra inmensa que pasó entre dos estructuras, alta y enorme. Se quedó mirando en esa dirección, pero no volvió a verla. Entraron en una tienda donde un mercader vendía cereales exóticos. El hombre se apresuró a acercarse y dio a Nohadon un abrazo que debería haber sido impropio para un rey. Los dos se pusieron a regatear como escribas, y los anillos que llevaba el mercader relucieron mientras hacía gestos hacia sus mercancías. Bellamy esperó a un lado de la tienda, percibiendo los aromas del grano en los sacos. Fuera, algo dio un nítido golpe. Luego otro. El suelo tembló, pero nadie tuvo la menor reacción.

—Noh… ¿Majestad? —llamó Bellamy.

Nohadon no le hizo caso. Pasó una sombra sobre la tienda. Bellamy se agachó, evaluando la forma de la sombra y los sonidos de estruendosas pisadas.

—¡Majestad! —gritó mientras crecían miedospren a su alrededor—. ¡Corremos peligro!

La sombra pasó y las pisadas sonaron cada vez más alejadas.

—Trato hecho —dijo Nohadon al mercader—. Y bien que me has apretado, estafador. Que no me entere yo de que no le compras algo bonito a Lani con las esferas de más que me has sacado.

El mercader vociferó su respuesta entre risas.

—¿Te parece que sales malparado? Tormentas, majestad. ¡Discutes como mi abuela cuando quiere la última cucharada de mermelada!

—¿Has visto esa sombra? —preguntó Bellamy a Nohadon.

—¿Te he contado donde aprendí a hacer las hogazas shin? —dijo Nohadon—. No fue en Shin Kak Nish, si es lo que ibas a contestar.

—Esto… —Bellamy miró en la dirección hacia la que se había marchado la gigantesca sombra—. No, no me lo has contado.

—Fue en la guerra —dijo Nohadon—. Allá en el oeste. Una de aquellas batallas sin sentido, en los años que siguieron a la Desolación. No me acuerdo ni de qué la provocó. Alguien invadió a otra persona e hizo peligrar nuestro comercio a través de Makabakam. Así que para allá que fuimos.

»El caso es que acabé con un grupo de exploración en la misma frontera shin. Así que en realidad te acabo de engañar. Te he dicho que no fue en Shin Kak Nish, y no lo fue, pero sí que estaba al ladito mismo.

»Mis tropas ocuparon una aldea que había bajo un paso. La matrona que cocinó para nosotros aceptó mi ocupación militar sin protestar. No parecía importarle mucho qué ejército estuviera al mando. Me hacía pan cada día, y me gustaba tanto que me preguntó si quería aprender a…

Se quedó callado. Delante de él, el comerciante estaba poniendo pesos en un platillo de su enorme balanza por la cantidad que había adquirido Nohadon, y luego empezó a dejar caer grano de un cuenco en el otro platillo. Un grano dorado, cautivador, como la luz de llamas capturadas.

—¿Qué pasó con la cocinera? —preguntó Bellamy.

—Algo muy injusto —dijo Nohadon—. No es una historia feliz. Pensé en incluirla en el libro, pero al final decidí que era mejor limitar la historia a mi caminata hasta Urithiru. —Guardó silencio, meditabundo.

«Me recuerda a Gustus —pensó Bellamy de pronto—. Qué raro.»

—Tú estás pasando por apuros, amigo mío —añadió Nohadon—. Tu vida, al igual que la de la mujer, es injusta.

—Gobernar es una carga, no solo un privilegio —dijo Bellamy—. Eso me lo enseñaste tú. Pero tormentas, Nohadon, ¡no veo ninguna salida! Hemos reunido a los monarcas, y aun así los tambores de guerra resuenan en mis oídos, apremiantes. Cada paso adelante que doy con mis aliados parece requerir semanas de deliberaciones. La verdad susurra desde lo más hondo de mi mente. ¡Defendería mejor el mundo si pudiera limitarme a obligar a los otros a hacer lo que deben!

Nohadon asintió.

—¿Y por qué no ibas a hacerlo?

—Tú no lo hiciste.

—Lo intenté y fracasé. Eso me llevó por una senda diferente.

—Tú eres sabio y reflexivo. Yo soy un belicista, Nohadon. Nunca he logrado nada sin derramar sangre.

Volvió a oírlos. Los llantos de los muertos. A Evi. A los niños. Llamas quemando una ciudad. Oyó rugir el fuego, deleitándose con el banquete.

El mercader no los escuchaba, concentrado en equilibrar el grano. El platillo de los pesos seguía un poco más bajo. Nohadon puso un dedo en el platillo del grano y apretó hacia abajo para igualarlos en altura.

—Bastará con eso, amigo mío.

—Pero… —empezó a protestar el mercader.

—Dales lo sobrante a los niños, por favor.

—¿Después de tanto regatear? Sabes que habría donado un poco si me lo pidieras.

—¿Y perderme la diversión de negociar? —repuso Nohadon. Tomó prestada la pluma del mercader y tachó un elemento de su lista. Dijo a Bellamy—: Existe cierta satisfacción en componer un listado de cosas que de verdad puedas lograr, y luego eliminarlas una por una. Como te decía, un placer sencillo.

—Por desgracia, se requieren de mí cosas más importantes que hacer la compra.

—¿Y no es ese siempre el problema? Dime, amigo mío. Me hablas de tus cargas y de la dificultad al decidir. ¿Cuál es el coste de un principio?

—¿El coste? No debería haber un coste por tener principios.

—¿Ah, no? ¿Y si tomar la decisión correcta creara un spren que, al momento, te bendijera con riqueza, prosperidad y felicidad sin fin? Entonces, ¿qué? ¿Seguirías teniendo principios? ¿Los principios no consisten en aquello a lo que renuncias, en vez de en lo que obtienes?

—Entonces, ¿todo es negativo? —replicó Bellamy—. ¿Insinúas que nadie debería tener principios porque no se deriva un beneficio de ellos?

—En absoluto —dijo Nohadon—. Pero quizá no deberías pretender que la vida fuese más fácil porque escogiste hacer lo correcto. Personalmente, creo que la vida es justa. Lo que pasa es que muchas veces no ves de inmediato con qué se equilibra. —Meneó el dedo con el que había decantado la balanza del tendero—. Si me disculpas que use una metáfora algo descarada. Al final les he cogido cariño. Podría decirse que escribí un libro entero sobre ellas.

—Esta… es distinta a las otras visiones —dijo Bellamy—. ¿Qué está pasando?

Volvió el golpeteo de antes. Bellamy dio media vuelta y salió corriendo de la tienda, decidido a echar un vistazo a aquella cosa. La vio por encima de los edificios, una criatura de piedra con el rostro anguloso y puntos rojos que brillaban desde las profundidades de su cráneo rocoso. ¡Tormentas! Y Bellamy iba desarmado.

Nohadon salió de la tienda, sosteniendo su saco de grano. Miró hacia arriba y sonrió. La criatura se agachó y le tendió una mano inmensa, esquelética. Nohadon la tocó con la suya y la criatura dejó de moverse.

—Menuda pesadilla has creado —dijo Nohadon—. Me pregunto qué representará el tronador.

—Dolor —dijo Bellamy, retrocediendo para alejarse del monstruo—. Lágrimas. Cargas. Soy un fraude, Nohadon. Un hipócrita.

—A veces, un hipócrita no es más que una persona en proceso de cambio.

Un momento. ¿Eso no lo había dicho Bellamy? ¿Tiempo atrás, cuando se sentía más fuerte? ¿Más seguro?

Sonaron más pisadas en la ciudad. Centenares de golpes. Criaturas acercándose desde todos los lados, sombras en el sol.

—Todas las cosas existen en tres reinos, Bellamy —dijo Nohadon—. El Físico, lo que eres ahora. El Cognitivo, la forma en que te ves a ti mismo. El Espiritual, tu yo perfecto, la persona que hay más allá del dolor, las equivocaciones y la incertidumbre.

Los monstruos de piedra y horror lo rodearon, sus cabezas más altas que los techos, sus pies aplastando edificaciones.

—Has pronunciado los juramentos —dijo Nohadon alzando la voz—, pero ¿comprendes el viaje? ¿Entiendes lo que requiere? Has olvidado una parte esencial, algo sin lo que no puede haber viaje alguno.

Los monstruos lanzaron sus puños hacia Bellamy, que gritó.

—¿Cuál es el paso más importante que puede dar alguien?

Bellamy despertó acurrucado en su cama de Urithiru. Había vuelto a dormir vestido. En la mesita descansaba una botella de vino casi vacía. No había tormenta. No había sido una visión. Enterró la cara en las manos, temblando. Algo floreció dentro de él, una memoria. En realidad no era un recuerdo nuevo, que hubiera olvidado del todo. Pero de pronto, se volvió nítido como si hubiera sucedido el día anterior.

La noche del funeral de Gavilar.