104. FUERZA

Ashertmarn, el Corazón del Festejo, es el último de los tres grandes Deshechos sin mente. Su don a la humanidad no es la profecía ni la concentración en la batalla, sino un anhelo de gratificación. De hecho, el gran desenfreno registrado en la corte de Bayala el año 480, que llevó al colapso de la dinastía, podría ser atribuible a la influencia de Ashertmarn

De Mítica de Hessi, página 203

Echo Griffin ya tenía práctica en mantener un reino en marcha. Gavilar se había vuelto extraño en sus últimos días. Pocos conocían la oscuridad que había hecho presa en él, pero la gente sí había visto sus excentricidades. Anya había escrito sobre ello, por supuesto. Anya siempre sacaba tiempo de alguna parte para escribir acerca de todo, desde la biografía de su padre a las relaciones de género, pasando por los ciclos reproductivos de los chulls en las faldas meridionales de los Picos Comecuernos. Echo recorría los pasillos de Urithiru a paso vivo, acompañada por un grupo de fornidos Corredores del Viento del Puente Cuatro. A medida que Gavilar se había ido distrayendo cada vez más, la propia Echo había tenido que impedir que los ojos claros pendencieros enviaran el reino a pique. Pero eso había sido un peligro de un tipo distinto al que tendría que afrontar ese día. Lo que hiciera a continuación tendría consecuencias no solo para un país, sino para el mundo entero. Irrumpió en una sala muy al interior de la torre y los cuatro ojos claros que había sentados se apresuraron a levantarse, todos salvo Sebarial, que parecía estar pasando cartas de una baraja con ilustraciones de mujeres en posturas comprometedoras. Echo suspiró y asintió en respuesta a la respetuosa inclinación que le hizo Roan, reflejando la luz con su calva. No por primera vez, Echo se preguntó si su fino bigote y el mechón de pelo que crecía bajo su labio inferior estaban para compensar la calvicie. También estaba allí Wick, refinado, de rasgos redondos y ojos verdes. Como de costumbre, la elección de vestimenta de Wick lo hacía resaltar sobre los demás. Ese día tocaba naranja. La brillante Bethab había acudido en representación de su marido. Los hombres del ejército tendían a perderle el respeto por permitírselo, pero no tenían en cuenta que casarse con Mishinah por su agudeza política había sido una jugada inteligente y calculada. Los cinco hombres del Puente Cuatro se situaron detrás de Echo. Los había sorprendido su petición de escoltarla, porque aún no comprendían la autoridad que conferían al trono. Los Caballeros Radiantes eran el nuevo poder en el mundo, y la política giraba a su alrededor como los remolinos de un río.

—Brillantes señores y señora —dijo Echo—, vengo a petición vuestra y estoy a vuestro servicio.

Roan carraspeó mientras tomaba asiento.

—Ya sabes, brillante, que guardamos la mayor lealtad a la causa de tu marido.

—O como mínimo —añadió Sebarial—, somos quienes esperamos hacernos ricos apoyándolo.

—Mi marido os agradece vuestro apoyo —dijo Echo—, sea cual sea su motivación. Estáis creando una Alezkar más fuerte y, en consecuencia, un mundo más fuerte.

—O lo que queda de ambos —comentó Sebarial.

—Echo —dijo la brillante Bethab. Era una mujer apocada de rostro enjuto—, agradecemos que hayas tomado la iniciativa en estos tiempos difíciles. —Le brillaron sus ojos naranjas, como si supusiera que Echo estaba gozando de su nuevo poder—. Pero la ausencia del alto príncipe no contribuye a mejorar la moral. Sabemos que Bellamy ha recaído en sus… distracciones.

—El alto príncipe —dijo Echo— está en duelo.

—Lo único que parece dolerle —replicó Sebarial— es que la gente no le lleve botellas de vino al ritmo suficiente para…

—¡Condenación, Turinad! —restalló Echo—. ¡Ya basta!

Sebarial parpadeó y se guardó las cartas en el bolsillo.

—Lo siento, brillante.

—Mi marido sigue siendo la mejor baza para la supervivencia del mundo —afirmó Echo—. Saldrá de su duelo. Hasta entonces, es nuestro deber que el reino siga funcionando.

Wick asintió, haciendo brillar las cuentas de su casaca.

—Ese, por supuesto, es nuestro objetivo. Pero brillante, ¿podrías definir a qué te refieres al decir «reino»? Ya sabes que Bellamy… vino a nosotros y nos preguntó qué opinábamos sobre ese tema del alto rey.

La noticia todavía no era de conocimiento público. Habían planeado un anuncio oficial, y hasta habían pedido a Finn que sellara los papeles antes de partir. Sin embargo, Bellamy lo había pospuesto. Echo lo entendía: había querido esperar a que volvieran Finn y Clarke, que ocuparía el lugar de Bellamy como alto príncipe Griffin. Aun así, con el paso de más y más tiempo, las preguntas empezaron a hacerse más insistentes. ¿Qué les había pasado en Kholinar? ¿Dónde estaban?

Fuerza. Iban a regresar.

—La proclamación del alto rey no se ha oficializado —dijo Echo—. Creo que lo mejor es que finjáis no saber nada del tema, por ahora. Y hagáis lo que hagáis, no se lo mencionéis a Ialai ni a Amaram.

—Muy bien —dijo Roan—. Pero brillante, tenemos otros problemas. Sin duda habrás leído los informes. Wick hace un trabajo excelente como Alto Príncipe de Obras, pero no tenemos la infraestructura adecuada. La torre tiene cañerías, pero no dejan de atascarse, y los moldeadores de almas trabajan hasta el agotamiento ocupándose de los desperdicios.

—No podemos seguir fingiendo que la torre puede albergar esta población —dijo la brillante Bethab—, no sin un acuerdo de suministros muy favorable con Azir. A pesar de las cacerías en las Llanuras Quebradas, nuestra reserva de esmeraldas está menguando. Los carros aguadores trabajan sin descanso.

—E igual de crucial, brillante —añadió Wick—, es que podríamos estar ante una grave carencia de mano de obra. Tenemos a soldados y caravaneros cargando agua y empaquetando mercancías, pero no les hace ninguna gracia. Consideran las tareas mecánicas por debajo de su categoría.

—Andamos escasos de leña —dijo Sebarial—. He intentado tomar los bosques cercanos a los campamentos de guerra, pero antes teníamos a parshmenios para talar. No sé si puedo permitirme pagar a hombres para que lo hagan en su lugar. Pero si no hacemos algo al respecto, Thanadal podría intentar arrebatármelos. Se está construyendo todo un reino en los campamentos de guerra.

—No es un momento para el que baste un liderazgo débil —dijo Wick con voz suave—. No es momento en que quien aspira a ser rey se pase el día encerrado en sus habitaciones. Lo siento. No estamos en rebelión, pero sí muy preocupados.

Echo tomó aire. «Que no se parta.»

El orden era consustancial al gobierno. Con organización, se podía ejercer el control. Solo tenía que dar tiempo a Bellamy. Incluso aunque, en el fondo, una parte de ella estuviera enfadada. Molesta con que el dolor de Bellamy se impusiera al miedo creciente que sentía ella por Finn y Clarke. Furiosa porque él podía beber hasta destruirse y a ella le correspondía recoger los fragmentos. Pero había aprendido que nadie era fuerte todo el tiempo, ni siquiera Bellamy Griffin. El amor no consistía en tener razón o no, sino en levantarse y ayudar cuando tu compañero tenía la espalda encorvada. Seguro que él haría lo mismo por ella algún día.

—Dinos con sinceridad, brillante —pidió Sebarial, inclinándose hacia delante—. ¿Qué pretende el Espina Negra? ¿Es todo esto una estratagema secreta para que domine el mundo?

Tormentas. Hasta a ellos los inquietaba ese tema. ¿Y por qué no iba a hacerlo? Tenía muchísimo sentido.

—Mi marido busca la unidad —dijo Echo con firmeza—, no el dominio. Sabéis tan bien como yo que podríamos haber tomado Ciudad Thaylen. Hacerlo nos habría llevado al egoísmo y la pérdida. La conquista no es una vía por la que enfrentarnos juntos a nuestro enemigo.

Roan asintió despacio.

—Te creo, y creo en él.

—Pero ¿cómo sobreviviremos? —preguntó Bethab.

—En los jardines de esta torre se cultivó alimento en otros tiempos —dijo Echo—. Descubriremos cómo lo hacían y volveremos a plantar aquí. Una vez, en esta torre fluyó el agua, como demuestran los baños y los excusados. Indagaremos en los secretos de sus fabriales y resolveremos los problemas de alcantarillado.

»Esta torre se alza por encima de la tormenta del enemigo, no existe lugar más defendible que ella y está conectada con la mayoría de las ciudades importantes del mundo. Si hay una nación que pueda resistir contra el enemigo, la forjaremos aquí. Con vuestra ayuda y el liderazgo de mi marido.

Aceptaron sus palabras. Bendito fuese el Todopoderoso, las aceptaron. Echo tomó nota mental de quemar una glifoguarda en agradecimiento y por fin se sentó. Juntos, repasaron la lista más reciente de problemas de la torre y conversaron, como ya habían hecho en muchas ocasiones, sobre las sucias necesidades que tenía dirigir una ciudad. Tres horas más tarde, Echo miró el fabrial de su brazo, una réplica del que llevaba Bellamy, con un reloj engarzado y doloriales de nuevo diseño. La reunión ya se había prolongado tres horas y doce minutos. Se habían congregado agotaspren que revoloteaban alrededor de todos ellos, de modo que Echo la dio por finalizada. Habían debatido sobre los problemas más acuciantes y convocarían a sus distintas escribas para que sugirieran revisiones concretas. Eso los mantendría a todos trabajando un poco más. Y por fortuna, aquellos cuatro de verdad querían que la coalición saliera adelante. Roan y Sebarial, por muchos defectos que tuvieran, habían seguido a Bellamy hacia la oscuridad del Llanto y habían encontrado la Condenación esperándolos. Wick y Bethab habían estado presentes en el advenimiento de una nueva tormenta y visto con sus propios ojos que Bellamy había estado en lo cierto. Les importaba poco que el Espina Negra fuese un hereje, o incluso que usurpara o no el trono de Alezkar. Solo les preocupaba que tuviera un plan para ocuparse del enemigo a largo plazo. Después de disolver el encuentro, Echo recorrió los pasillos estratificados seguida de sus guardias del Puente Cuatro, dos de los cuales llevaban lámparas de zafiro.

—Mis disculpas —les comentó— por lo aburrido que tiene que haber sido esto.

—Nos gusta lo aburrido, brillante —dijo el hombre que los lideraba ese día, Jackson. Era bajo y fornido, con el pelo corto y rizado—. Eh, Pike, ¿alguien ha intentado matarte ahí dentro?

El hombre del puente sonrió enseñando los dientes separados mientras respondía.

—¿Cuenta el aliento de Huio?

—¿Lo ves, brillante? —dijo Jackson—. Los turnos de guardia pueden aburrir a los reclutas nuevos, pero no encontrarás a ningún veterano que proteste por una tarde tranquila y ocupada en que no lo apuñalen.

—Comprendo el atractivo —repuso ella—, pero sin duda no podrá compararse a volar por los cielos.

—Eso es cierto —dijo Jackson—. Pero tenemos que hacer turnos… ya sabes. —Se refería a utilizar la hoja de Honor para practicar como Corredores del Viento—. Tiene que volver Rav antes de que podamos hacer más que eso.

Todos ellos estaban absolutamente convencidos de que regresaría, y mostraban caras joviales al mundo, pero ella sabía que no todo les iba a la perfección. A Marcus, por ejemplo, lo habían arrastrado ante los magistrados de Roan dos días antes. Intoxicación publica con musgoardiente. Roan había pedido a Echo su sello para poder liberarlo sin armar escándalo. No, no todo les iba bien. Pero mientras Echo encabezaba la marcha hacia las bibliotecas subterráneas, notó que la incordiaba otro asunto, la insinuación que había hecho la brillante señora Bethab de que Echo estaba encantada de hacerse con el control mientras Bellamy se encontraba indispuesto. Echo no era idiota. Sabía cómo la veían los demás. Se había casado con un rey y, tras su muerte, se había lanzado al instante tras el siguiente hombre más poderoso de Alezkar. Pero lo que no podía permitirse era que la gente la considerara el poder tras el trono. No solo socavaría la autoridad de Bellamy, sino que a ella le resultaría tedioso. No le importaba ser esposa ni madre de monarcas, pero ocupar el cargo ella misma… tormentas, por qué camino más oscuro los llevaría eso a todos. Acompañada por los hombres del puente, se cruzaron con nada menos que seis escuadras de centinelas de camino a las bibliotecas con los murales y, lo que era más importante, los registros de las gemas ocultas. Al llegar se entretuvo en la puerta, impresionada por la operación que había organizado Anya allí abajo desde que Echo se había visto obligada a retirarse de la investigación. Habían sacado cada gema de su cajón individual y las habían catalogado y numerado. Mientras un grupo escuchaba y escribía, había otras personas sentadas a las mesas, traduciendo. La sala vibraba con el tenue runrún de las conversaciones y las plumas que raspaban el papel, y los concentraspren salpicaban el aire como ondulaciones en el cielo. Anya paseaba entre las mesas, hojeando páginas de traducciones. Cuando entró Echo, los hombres del puente rodearon a Aden, que se ruborizó y alzó la mirada de sus propios papeles, cubiertos de glifos y números. Era cierto que parecía fuera de lugar en aquella sala, el único hombre de uniforme y no con la túnica de un fervoroso o un predicetormentas.

—Madre —dijo Anya, sin levantar la mirada de sus documentos—, necesitamos más traductoras. ¿Tienes alguna escriba más que esté versada en alezelano clásico?

—Te envié todas las que tengo. ¿Qué está estudiando Aden allí?

—¿Mmm? Ah, cree que el orden de las piedras almacenadas en los cajones puede no ser fortuito. Lleva todo el día trabajando en ello.

—¿Y?

—Nada, como era de esperar. Insiste en que podrá encontrarle una lógica si busca lo suficiente. —Anya bajó sus papeles y miró a su primo, que estaba bromeando con los hombres del Puente Cuatro.

«Tormentas —pensó Echo—, sí que parece feliz.»

Avergonzado por las pullas que le echaban, pero feliz. Echo se había preocupado cuando se unió al Puente Cuatro. Era el hijo de un alto príncipe. El decoro y la distancia eran lo adecuado en su trato con la soldadesca. Pero antes de aquello, ¿cuándo lo había oído reír por última vez?

—Quizá deberíamos animarlo a tomarse un descanso y salir con los hombres del puente esta tarde —sugirió Echo.

—Prefiero que se quede aquí —dijo Anya, pasando páginas de nuevo—. Sus poderes requieren más estudio.

Echo hablaría con Aden de todos modos y lo convencería de que saliera más con los hombres. Con Anya no había discusión posible, igual que no la había con un peñasco. Solo se podía girar y rodearlo.

—¿La traducción va bien? —preguntó Echo—. Aparte del atasco por la escasez de escribas, me refiero.

—Tenemos la suerte de que las gemas se registraron en las postrimerías de los Radiantes —dijo Anya—. Hablaban en un idioma que sabemos traducir. Si hubiera sido el Canto del alba

—Eso estamos cerca de descifrarlo.

Anya frunció el ceño al oírlo. Echo había creído que la perspectiva de traducir el Canto del alba, y otros escritos perdidos en los días de las sombras, la emocionaría. Pero en vez de eso, parecía atribularla.

—¿Has encontrado algo más sobre los fabriales de la torre en esos registros de las gemas? —preguntó Echo.

—Te prepararé un informe completo, madre, detallando todos y cada uno de los fabriales que se mencionen. De momento, las referencias son pocas. La mayoría de las gemas contienen historias personales.

—Condenación.

—¡Madre! —exclamó Anya, bajando de nuevo las páginas.

—¿Qué? Nunca habría dicho que te opusieras a unas pocas palabrotas de vez en…

—No es por el lenguaje, sino por el desdén —aclaró Anya—. Historias.

«Ah, claro.»

—La historia es la clave de la comprensión humana.

«Allá vamos.»

—Debemos aprender del pasado y aplicar ese conocimiento a nuestra experiencia moderna.

«Aleccionada por mi propia hija otra vez.»

—El mejor indicador de lo que harán los seres humanos no es lo que piensan, sino lo que los registros indican que otros grupos similares hicieron en el pasado.

—Por supuesto, brillante.

Anya le lanzó una mirada cortante y dejó a un lado sus papeles.

—Lo siento, madre. Hoy he tenido que tratar con muchos fervorosos inferiores. Mi parte didáctica puede haberse inflado.

—¿Tienes una parte didáctica? Querida, pero si odias enseñar.

—Lo que explica mi humor, diría yo. Es…

Una joven escriba la llamó desde el otro lado de la sala. Anya suspiró y fue a responder su pregunta. Anya prefería trabajar sola, cosa rara teniendo en cuenta lo bien que se le daba hacer que los demás la obedecieran. Echo disfrutaba más en grupo, pero claro, Echo no era una erudita. Sí, sabía cómo fingirlo. Pero lo único que hacía en realidad era dar algún empujoncito que otro, o quizá aportar una idea. De la auténtica ingeniería se ocupaban otras. Echó un vistazo a los papeles que había dejado Anya. Quizá su hija hubiera pasado algo por alto en las traducciones. Para Anya, la única erudición de importancia eran los mohosos y polvorientos escritos de la filosofía antigua. En lo referente a fabriales, Anya apenas sabía distinguir un emparejamiento de una advertencia, y…

¿Qué era aquello?

«Los glifos estaban garabateados en blanco sobre la pared del alto príncipe —rezaba el papel—. Tardamos poco en establecer que el instrumento de escritura era una piedra arrancada cerca de la ventana. Esta primera anotación fue la más burda de todas, con glifos mal formados. Más tarde se hizo evidente la razón de que así fuese, ya que el príncipe Aden no dominaba la escritura de glifos, a excepción de los números.»

El resto de las páginas eran parecidas a la primera, hablando de los extraños números hallados por el palacio de Bellamy en los días previos a la tormenta eterna. Los había hecho Aden, cuyo spren le había advertido de que el enemigo preparaba un asalto. El pobre chico, inseguro con su vínculo y asustado de contárselo a alguien, había optado por escribir los números donde Bellamy fuese a verlos. Era un poco raro, pero en comparación con todo lo demás no llamaba la atención. Y… en fin, se trataba de Aden. ¿Por qué había reunido Anya todos aquellos escritos?

«Por fin tengo una descripción para ti, Anya —decía otro papel—. Hemos convencido a la Radiante que Madi encontró en Yeddaw de que visite Azimir. Aunque aún no ha llegado, encontrarás adjuntos unos bocetos de su acompañante spren. Se parece al centelleo que se ve en una pared cuando se hace pasar luz por un cristal.»

Turbada, Echo dejó los papeles en la mesa antes de que regresara Anya. Cogió una copia de las partes traducidas de las gemas —había varias escribas jóvenes asignadas a mantenerlas disponibles— y se marchó para ver cómo estaba Bellamy.