105. ESPÍRITU, MENTE Y CUERPO
SEIS AÑOS ANTES
Solo a las personas de la mayor importancia se les permitió presenciar el sagrado sepelio de Gavilar. Bellamy estaba al frente de una pequeña multitud, congregada en las catacumbas reales de Kholinar, bajo la pétrea mirada de reyes. Ardían fuegos a los lados de la cámara, una luz primaria, tradicional. Claramente más viva que la luz de esferas, le recordó la Grieta, pero por una vez ese dolor se vio subyugado por algo nuevo. Una herida reciente. La visión de su hermano, que yacía muerto en la losa.
—Espíritu, mente y cuerpo —dijo la avejentada fervorosa, con una voz que resonó en la piedra de las catacumbas—. La muerte es la separación de los tres. El cuerpo permanece en nuestro reino, para volver a utilizarse. El espíritu se une de nuevo a la acumulación de esencia divina que lo engendró. Y la mente… la mente va a los Salones Tranquilos para obtener su recompensa.
Las uñas de Bellamy se le clavaron en la piel cuando cerró los puños, con fuerza, para impedir que le temblaran.
—Gavilar el Majestuoso —continuó la fervorosa—, primer rey de Alezkar en la nueva dinastía Griffin, trigésimo segundo alto príncipe del principado Griffin, descendiente del Hacedor de Soles y bendecido por el Todopoderoso. Sus hazañas se elogiarán y su dominio no dejará de extenderse. Ya está capitaneando a hombres de nuevo en el campo de batalla, sirviendo al Todopoderoso en la verdadera guerra contra los Portadores del Vacío. —La fervorosa extendió de sopetón una mano huesuda hacia el pequeño grupo.
»La guerra de nuestro rey ha pasado a los Salones Tranquilos. ¡El final de nuestra contienda por Roshar no concluyó nuestro deber con el Todopoderoso! Meditad sobre vuestras Llamadas, hombres y mujeres de Alezkar. Pensad en lo que podéis aprender aquí que os sea de utilidad en el otro mundo.
Jevena aprovechaba cualquier oportunidad para predicar. Bellamy apretó más los puños, furioso con ella… y con el Todopoderoso. Bellamy no debería haber vivido para ver morir a su hermano. No era
así como debería haber resultado. Notó miradas en la nuca. De los altos príncipes reunidos y sus esposas, de los fervorosos importantes, de Echo, Anya, Finn, Aesudan, de los hijos de Bellamy. El alto príncipe Sebarial enarcó las cejas hacia Bellamy. Parecía estar esperando algo.
«No voy borracho, imbécil —pensó Bellamy—. No voy a montar una escena para entretenerte.»
Las cosas habían mejorado en los últimos tiempos. Bellamy había empezado a controlar sus vicios, había reducido la bebida a viajes mensuales lejos de Kholinar, visitas a ciudades de la periferia. Decía que las excursiones eran para que Finn practicara el gobernar sin tener a Bellamy encima, ya que Gavilar pasaba cada vez más tiempo en el extranjero. Pero en esos viajes, Bellamy bebía hasta el olvido y escapaba así de los llantos de los niños durante unos preciosos días. Luego, cuando volvía a Kholinar, se controlaba bebiendo. Y nunca había vuelto a gritar a sus hijos, como había hecho con el pobre Aden aquel día, regresando de las Llanuras Quebradas. Clarke y Aden eran lo único puro que quedaba de Evi.
«Si tanto te controlas bebiendo cuando vuelves a Kholinar —lo desafió una parte de él—, ¿qué pasó en el banquete? ¿Dónde estabas mientras Gavilar luchaba para salvar la vida?»
—Debemos tomar al rey Gavilar como modelo para nuestras propias vidas —estaba diciendo la fervorosa—. Debemos recordar que nuestras vidas no nos pertenecen. Este mundo no es sino la escaramuza que nos preparará para la auténtica guerra.
—¿Y después de eso? —preguntó Bellamy, alzando la mirada del cadáver de Gavilar.
La fervorosa entornó los ojos y se ajustó los anteojos.
—¿Alto príncipe Bellamy?
—Después de eso, ¿qué? —dijo Bellamy—. Cuando recuperemos los Salones Tranquilos. ¿Qué pasará entonces? ¿No habrá más guerra?
«¿Será cuando por fin podamos descansar?»
—No tienes por qué preocuparte, Espina Negra —dijo Jevena—. Cuando esa guerra esté ganada, sin duda el Todopoderoso te proporcionará una nueva conquista. —Compuso una sonrisa reconfortante y pasó a la parte más ritual del funeral. Una sucesión de keteks, algunos tradicionales y otros compuestos por parientes femeninas para la ocasión. Los fervorosos quemaron los poemas y oraciones en braseros.
Bellamy devolvió su atención al cadáver de su hermano, que miraba hacia arriba con los orbes azules sin vida que habían reemplazado sus ojos.
«Hermano —le había dicho Gavilar—, sigue los Códigos esta noche. Hay algo extraño en los vientos.»
Bellamy necesitaba una copa, tormentas.
—«Tú, con sueños siempre. Mi alma solloza. Adiós, sollozante alma. Mis sueños… siempre contigo.»
El poema lo abofeteó con más fuerza que los anteriores. Buscó con la mirada a Echo, y supo de inmediato que ese ketek lo había escrito ella. La viuda de su hermano tenía la mirada fija hacia delante, y tenía una mano apoyada en el hombro de Elh… del rey Finn. Qué hermosa era. Al lado de Echo, Anya se había rodeado el torso con los brazos y tenía los ojos enrojecidos. Echo extendió una mano hacia ella, pero Anya se apartó de todos y salió en dirección al palacio en sí. Bellamy deseó poder imitarla, pero en vez de hacerlo se puso en posición de firmes. Todo había acabado. Ya nunca tendría la ocasión de estar a la altura de las expectativas de Gavilar. Bellamy pasaría el resto de sus días como un fracaso a ojos de aquel hombre, a quien tanto había amado. La cámara quedó en calma, silenciosa salvo por el crepitar del papel ardiendo. El moldeador de almas se levantó y la anciana Jevena retrocedió deprisa. La incomodaba lo que venía a continuación. Incomodaba a todos los presentes, a juzgar por los pies moviéndose y las toses en manos. El moldeador de almas podía ser varón, pero también mujer. Costaba saberlo, con la capucha echada sobre la cara. La poca piel que se veía tenía el color del granito, estaba ajada y agrietada y parecía brillar desde dentro. El moldeador de almas contempló el cadáver con la cabeza inclinada a un lado, como si se sorprendiera de encontrar un cuerpo allí. Pasó los dedos por la mandíbula de Gavilar y le apartó el pelo de la frente.
—La única parte de ti que es verdadera —susurró, tocando con un dedo la piedra que había reemplazado un ojo del rey. Entonces surgió la luz, cuando el moldeador de almas sacó la mano del bolsillo y reveló un conjunto de gemas engarzadas en un fabrial.
Bellamy no apartó la mirada, aunque la luz hacía que le lloraran los ojos. Deseó… haber tomado una copa o dos antes de llegar.
¿De verdad tenía que ver algo como aquello estando sobrio?
El moldeador de almas tocó a Gavilar en la frente y la transformación fue instantánea. Hubo un último momento en el que Gavilar estuvo allí y, al siguiente, se había convertido en estatua. El moldeador de almas se puso un guante en la mano mientras otros fervorosos se apresuraban a retirar los alambres que habían sujetado el cuerpo de Gavilar en posición. Usaron palancas para levantarlo con cautela hasta dejarlo de pie, empuñando una espada con la punta hacia el suelo y con la otra mano extendida. Miraba hacia la eternidad, con la corona en la cabeza y los rizos de su cabello y su barba preservados con delicadeza en la piedra. Era una pose que transmitía poder: los escultores mortuorios habían hecho un trabajo excelente. Los fervorosos se lo llevaron a un nicho, donde Gavilar se incorporó a las filas de otros monarcas, la mayoría altos príncipes Griffin. Se quedaría petrificado allí para siempre, con la imagen de un gobernante perfecto en sus mejores años. Nadie lo recordaría como había estado aquella noche terrible, quebrado por su caída, sus grandiosos sueños interrumpidos por la traición.
—Me vengaré, madre —susurró Finn—. ¡Me vengaré! —El joven rey se volvió hacia los ojos claros reunidos, de pie frente a la mano de piedra extendida de su padre—. Todos habéis acudido a mí en privado para prometerme vuestro apoyo. ¡Ahora os exijo que lo juréis en público! Hoy acordaremos dar caza a los responsables de esto. ¡Hoy, Alezkar va a la guerra!
Sus palabras provocaron un aturdido silencio.
—Lo juro —dijo Torol Sadeas—. Juro llevar la venganza a los traidores parshendi, majestad. Puedes contar con mi espada.
«Bien», pensó Bellamy mientras hablaban los demás. Aquello los mantendría unidos. Incluso en la muerte, Gavilar les proporcionaba una excusa para la unidad.
Incapaz de afrontar más tiempo el pétreo semblante de su hermano, Bellamy se marchó a zancadas por el pasillo en dirección al palacio. Otras voces resonaron tras él mientras los altos príncipes hacían sus juramentos. Si Finn iba a perseguir a aquellos parshendi hasta las llanuras, esperaría la ayuda del Espina Negra. Pero… Bellamy llevaba ya años sin ser ese hombre. Se palpó el bolsillo, buscando su petaca. Condenación. Fingía que había mejorado, se decía una y otra vez que estaba en camino de encontrar la salida de aquel embrollo. De volver a ser el hombre que fue. Pero ese hombre había sido un monstruo. Asustaba saber que nadie le había reprochado sus actos. Nadie excepto Evi, que había comprendido lo que le haría tanta matanza. Cerró los ojos, escuchando sus lágrimas.
—¿Padre? —dijo una voz a su espalda.
Bellamy se obligó a enderezar la espalda y se volvió mientras Clarke correteaba hacia él.
—¿Te encuentras bien, padre?
—Sí —dijo Bellamy—. Es solo que… necesito estar solo.
Clarke asintió. Por el Todopoderoso, la chica había resultado bien, aun con el poco empeño que le había dedicado Bellamy. Clarke era una joven esforzada, agradable y una maestra con la espada. Era más que capaz de valerse por sí misma en la moderna sociedad alezi, donde saber desenvolverse en grupo era incluso más importante que la fuerza física. Bellamy siempre se había sentido como un tocón de árbol en aquellas reuniones sociales. Demasiado grandullón. Demasiado estúpido.
—Vuelve —dijo Bellamy—. Jura en nombre de nuestra casa para ese Pacto de la Venganza.
Clarke asintió con la cabeza y Bellamy siguió adelante, huyendo de los fuegos de abajo. De la mirada de Gavilar, juzgándolo. De los gritos de los moribundos en la Grieta. Cuando llegó a la escalera, ya casi estaba corriendo. Subió un piso y luego otro. Sudando, frenético, apretó el paso a lo largo de pasillos ornados y paredes talladas, de madera sedosa y espejos acusadores. Llegó a sus aposentos y hurgó en los bolsillos, buscando las llaves. Lo había cerrado todo a cal y canto, para que Gavilar no pudiera entrar y llevarse sus botellas. Dentro aguardaba la dicha.
No. No la dicha. El olvido. Bastaba con eso.
No dejaban de temblarle las manos. No podía… Era…
Sigue los Códigos esta noche.
Las llaves cayeron de los temblorosos dedos de Bellamy.
Hay algo extraño en los vientos.
Gritos que pedían piedad.
«¡Fuera de mi cabeza! ¡Salid todos!»
En la lejanía, una voz…
—Debes encontrar las palabras más importantes que pueda decir un hombre.
¿Qué llave era? Logró meter una en la cerradura, pero no giraba.
A Bellamy le costaba ver. Parpadeó, mareado.
—Esas palabras vinieron a mí de alguien que afirmaba haber visto el futuro —dijo la voz, que resonaba en el pasillo. Femenina, conocida—. «¿Cómo es posible?», pregunté yo. «¿Es que te confirió su don el Vacío?»
»La respuesta fue una carcajada. "No, dulce rey. El pasado es el futuro y, tal y como todo hombre ha vivido, debes hacerlo tú."
»"¿Para no poder sino repetir lo que ya se hizo antes?"
»"En ciertos aspectos, sí. Amarás. Sufrirás. Soñarás. Y morirás. El pasado de todo hombre es tu futuro."
»"Entonces, ¿qué sentido tiene, si todo se ha visto y hecho ya?", pregunté yo.
»"La cuestión", respondió ella, "no es si amarás, sufrirás, soñarás y morirás. Es qué amarás, por qué sufrirás, cuándo soñarás y cómo morirás. Esas son tus elecciones. No puedes elegir la destinación, solo el camino".
Bellamy volvió a soltar las llaves, sollozando. No había escapatoria. Volvería a caer. El vino lo consumiría como el fuego consumía un cadáver, dejando solo ceniza.
No había salida.
—Esto dio inicio a mi viaje —dijo la voz—, y esto inicia mis escritos. No puedo llamar una historia a este libro, pues fracasa en lo más fundamental como historia. No se trata de una narrativa, sino de muchas. Y aunque tiene un principio, el que relata esta misma página, mi búsqueda no puede concluir de verdad jamás.
»No buscaba respuestas. Creía tenerlas ya. Muchas, a borbotones, de un millar de fuentes distintas. Tampoco me buscaba a mí mismo. Buscarse a uno mismo es un lugar común que la gente me atribuye a mí, que encuentro carente de significado esa frase hecha.
»En verdad, al marcharme, buscaba solo una cosa.
»Un viaje.
Durante años, parecía que Bellamy había contemplado cuanto le rodeaba a través de una bruma. Pero aquellas palabras… tenían algo que…
¿Las palabras podían dar luz?
Se alejó de su puerta y fue pasillo abajo, en busca del origen de la voz. En la sala de lectura real encontró a Anya, con un enorme tomo abierto ante ella en un atril. Estaba leyendo en voz alta y pasó la página, con el ceño fruncido.
—¿Qué libro es ese? —le preguntó Bellamy.
Anya se sobresaltó. Se frotó los ojos, corriendo el maquillaje, y quedaron… limpios, pero rojizos. Agujeros en una máscara.
—Es del que mi padre sacó aquella cita —dijo ella—. La que…
«La que escribió mientras moría.»
Lo sabían solo unas pocas personas.
—¿Qué libro es?
—Un texto antiguo —respondió Anya—. Bien considerado en otros tiempos. Se asocia con los Radiantes Perdidos, así que ya nadie hace referencia a él. Tiene que haber algún secreto aquí, el enigma que se oculta tras las últimas palabras de mi padre. ¿Un código? Pero ¿cuál?
Bellamy se acomodó en un asiento. Se sentía sin fuerzas.
—¿Querrás leérmelo?
Anya lo miró a los ojos, mordiéndose el labio como tenía por costumbre de niña. Se puso a leer, con voz clara y fuerte, empezando de nuevo por la primera página, la que Bellamy acababa de oír. Esperaba que su sobrina se detuviera al cabo de un capítulo o dos, pero no lo hizo, ni él quería que lo hiciera. Bellamy escuchó, cautivado. Apareció gente para ver cómo estaban; alguien llevó agua a Anya. Por una vez, Bellamy no les pidió nada. Lo único que quería era escuchar. Comprendía las palabras, pero a la vez tenía la sensación de estar perdiéndose lo que decía el libro. Era una secuencia de estampas sobre un rey que abandonaba su palacio para emprender un peregrinaje. Bellamy no habría sabido explicar, ni siquiera a sí mismo, lo que encontraba tan notable en aquellos relatos. ¿Sería su optimismo? ¿Sería su discurso acerca de sendas y elecciones?
Qué pocas pretensiones tenía el texto. Qué distinto era de los alardes sociales o bélicos. No consistía más que en una serie de relatos, con moralejas ambiguas. Tardaron casi ocho horas en terminar, pero Anya en ningún momento dio la menor indicación de querer parar. Cuando leyó la última palabra, Bellamy se descubrió llorando de nuevo. Anya se secó también los ojos. Siempre había sido mucho más fuerte que él, pero en ese instante compartían una misma comprensión. Aquella era su despedida al alma de Gavilar. Aquel era su adiós. Anya dejó el libro en el atril y fue hacia Bellamy mientras él se levantaba. Se abrazaron sin decir nada. Después de unos momentos, Anya se marchó. Bellamy se acercó al libro, lo tocó, sintió el tacto de las líneas de escritura estampadas en la cubierta. No habría sabido decir cuánto tiempo llevaba allí de pie cuando Clarke asomó la cabeza.
—¿Padre? Estamos planeando enviar fuerzas expedicionarias a las Llanuras Quebradas. Agradeceríamos tus ideas.
—Debo emprender un viaje —susurró Bellamy.
—Sí —dijo Clarke—. Vamos muy lejos. A lo mejor podemos hacer alguna cacería de camino, si hay tiempo. Finn quiere aniquilar deprisa a esos bárbaros. Quizá estemos de vuelta antes de un año.
Sendas. Bellamy no podía escoger su final.
Pero quizá sí su camino…
«La Antigua Magia puede cambiar a una persona —había dicho Evi—. Engrandecerla.»
Bellamy se irguió. Dio media vuelta, se dirigió hacia Clarke y lo cogió por el hombro.
—He sido mal padre estos últimos años —le dijo.
—Tonterías —replicó Clarke—. Estabas…
—He sido mal padre —repitió Bellamy, levantando un dedo—. Tanto contigo como con tu hermano. Tenéis que saber lo orgulloso que estoy de vosotros.
Clarke sonrió, con el brillo de una esfera justo después de una tormenta. Aparecieron glorispren a su alrededor.
—Iremos juntos a la guerra —dijo Bellamy—, como cuando eras pequeña. Te enseñaré lo que es ser una mujer de honor. Pero antes, debo llevarme una fuerza de avanzadilla en la que no estarás incluida, me temo, y asegurar las Llanuras Quebradas.
—Ya hemos hablado de eso —convino Clarke con entusiasmo—. Como la elite que tenías antes. ¡Rápida, ágil! Marcharéis…
—Navegaremos.
—¿Navegaréis?
—Los ríos deberían tener caudal —dijo Bellamy—. Marcharé al sur y embarcaré hacia Dumadari. Desde allí, navegaré hasta el océano de los Orígenes y atracaré en Nueva Natanan. Seguiré tierra adentro en dirección a las Llanuras Quebradas con mis tropas y aseguraré la zona en preparación de vuestra llegada.
—Parece una idea razonable, supongo —dijo Clarke.
Y era razonable. Lo bastante razonable como para que, cuando uno de sus barcos se retrasara, cuando el propio Bellamy se quedara en puerto y enviara el grueso de sus fuerzas adelante sin él, nadie se extrañara. Era típico de Bellamy meterse en líos. Haría jurar a sus hombres y a los marineros que guardarían el secreto y se desviaría de su ruta durante unos meses antes de seguir hacia las Llanuras Quebradas. Evi había dicho que la Antigua Magia podía transformar un hombre. Ya iba siendo hora de que Bellamy empezara a confiar en ella.
