106. LA LEY ES LUZ
Considero a Ba-Ado-Mishram la más interesante de los Deshechos. Se dice que tenía una mente aguzada, que era una alta princesa entre las fuerzas enemigas, incluso su comandante en varias de las Desolaciones. No sé qué relación puede guardar esto con el antiguo dios del enemigo, llamado Odium.
De Mítica de Hessi, página 224
Octavia de Shinovar voló junto a los Rompedores del Cielo durante tres días, con rumbo al sur. Hicieron varios altos para recoger reservas ocultas en cumbres montañosas o valles remotos. A menudo tenían que abrirse paso a hachazos a través de diez centímetros de crem para encontrar los escondrijos. Preparar todos aquellos almacenes debía de haber costado siglos, pero Nin hablaba de esos lugares como si se hubiera marchado de allí hacía poco. En uno de ellos, se sorprendió al ver que la comida llevaba mucho tiempo degradada, aunque por suerte, las gemas habían estado ocultas en un lugar donde seguían expuestas a las tormentas. Fue en esas paradas cuando Octavia por fin empezó a asimilar lo antiquísimo que era aquel ser. Al cuarto día, llegaron a Marat. Octavia había visitado ya el reino; había recorrido la mayoría de Roshar en sus años de exilio. En términos históricos, Marat no era una verdadera nación, pero tampoco era un asentamiento nómada, como las zonas despobladas de Hexi y Tu Fallia. Marat era una agrupación de ciudades vagamente conectadas, gobernadas como tribus, con un alto príncipe al mando, aunque en el dialecto local lo llamaran «hermano mayor». El país era un lugar de paso conveniente entre los reinos vorin del este y los makabaki del centro-oeste. Octavia sabía que Marat tenía una cultura rica y un pueblo más orgulloso que pudiera encontrarse en cualquier nación, pero un valor casi nulo en el terreno político. Por tanto, resultaba curioso que Nin lo hubiera elegido como destino. Aterrizaron en un llano repleto de una extraña hierba marrón que recordó a Octavia al trigo, si no se tenía en cuenta que esa hierba se retraía a los agujeros del suelo, dejando visible solo la pequeña vaina de grano en la punta. Ese grano se lo comían de vez en cuando unos animales salvajes anchos y planos, como discos andantes, con zarpas solo en la parte de abajo para llevarse el cereal a la boca. Los animales con forma de disco terminarían emigrando hacia el este, y sus excrementos contendrían semillas que, adheridas al suelo, sobrevivirían a las tormentas para convertirse en pólipos. Después el viento se llevaría esos pólipos al oeste, donde pasarían a ser grano otra vez. Toda la vida trabajaba en concierto, le habían enseñado en su juventud. Toda salvo los hombres, que rechazaban el lugar que les correspondía. Que destruían en lugar de añadir. Nin mantuvo una breve conversación con Ki y los otros maestros, que después se lanzaron de nuevo al aire. Todos los demás los siguieron, salvo Octavia y el propio Nin, en dirección a un pueblo que se avistaba en la lejanía. Antes de que Octavia pudiera unirse a ellos, Nin la cogió del brazo y negó con la cabeza. Ellos dos volaron juntos hacia un pueblo más pequeño, situado en una colina cerca de la costa. Octavia reconoció los efectos de la guerra al verlos. Puertas rotas, las ruinas de una muralla baja y atravesada. La destrucción parecía reciente, aunque los cuerpos se habían retirado y las altas tormentas habían limpiado la sangre. Se posaron ante un gran edificio de piedra con el techo en punta. Unas gruesas puertas de bronce moldeado yacían rotas entre los escombros. A Octavia le extrañaría que no volviera alguien para llevárselas y aprovechar el metal. No todos los ejércitos podían disponer de moldeadores de almas.
Vaya, hombre, dijo la espada desde detrás. ¿Nos hemos perdido la diversión?
—Ese tirano de Tukar —dijo Octavia, contemplando el pueblo silencioso—. ¿Ha puesto fin a su guerra contra Emul para expandirse al este?
—No. Esto es otro peligro distinto—respondió Nin. Señaló el edificio de las puertas rotas—. ¿Puedes leer lo que hay escrito en el ápice de la puerta, Octavia-hija-Netura?
—Está en el idioma de aquí. No conozco esa escritura, aboshi. —El honorífico divino era el mejor tratamiento que se le había ocurrido para dirigirse a un Heraldo, aunque entre su pueblo se reservaba para los grandes spren de las montañas.
—Reza: «Justicia» —dijo Nin—. Esto era un juzgado.
Octavia siguió al Heraldo por los peldaños que ascendían hasta la cavernosa sala principal del juzgado semiderruido. Allí dentro, protegida de la tormenta, encontraron sangre en el suelo. No había cadáveres, pero sí una gran cantidad de armas caídas, yelmos y, lo más perturbador, las parcas posesiones de civiles. Era probable que la gente se hubiera refugiado allí dentro de la batalla, a un último y desesperado bastión de seguridad.
—Los que conocéis como parshmenios se llaman a sí mismos cantores —dijo Nin—. Conquistaron este pueblo y obligaron a los supervivientes a trabajar en unos muelles que hay más allá en la costa. ¿Lo que sucedió aquí fue justicia, Octavia-hija-Netura?
—¿Cómo pudo serlo? —Octavia tuvo un escalofrío. Las tenebrosas profundidades de la sala parecían rebosar de susurros fantasmagóricos. Se acercó al Heraldo buscando protección—. ¿Gente normal, con vidas normales, atacada de repente y asesinada?
—Es mal argumento. ¿Y si el señor de este pueblo hubiera dejado de pagar impuestos y forzado a la gente a defenderlo cuando las autoridades superiores llegaran y atacaran? ¿Acaso un príncipe no está justificado en mantener el orden en sus tierras? A veces, hacerlo supone matar a personas normales.
—Pero no es lo que pasó aquí —replicó Octavia—. Has dicho que todo esto lo provocó un ejército invasor.
—Sí —dijo Nin en voz baja—. Esto fue culpa de invasores, es cierto. —Siguió recorriendo la vacía sala, con Octavia pegado a su espalda—. Te hallas en una posición única, Octavia-hija-Netura. Serás la primera que pronuncie los juramentos de un Rompedor del Cielo en un mundo nuevo, un mundo en el que yo he fracasado.
Encontraron escalones cerca de la pared del fondo. Octavia sacó una esfera para iluminarlos, ya que no parecía que Nin fuese a hacerlo. La luz espantó los susurros.
—He visitado a Nia —siguió diciendo Nin—. Vosotros la llamáis Nia-hija-Diosa. Siempre ha sido la más sabia de nosotros. No quería… creerme… lo que había ocurrido.
Octavia asintió. La había visto. Después de la primera tormenta eterna, Nin había insistido en que los Portadores del Vacío no habían regresado. Había puesto una excusa tras otra, hasta que al final se vio obligado a reconocer lo que veía.
—Trabajé miles de años para impedir otra Desolación —prosiguió Nin—. Nia me advirtió del peligro. Con Honor muerto, otros Radiantes podrían alterar el equilibrio del Juramento. Podrían socavar ciertas… medidas que tomamos, y proporcionar una apertura al enemigo.
Paró en la cima de la escalera y se miró la mano, donde apareció una reluciente hoja esquirlada. Una de las dos espadas de Honor perdidas. El pueblo de Octavia estaba al cuidado de ocho. Una vez, mucho tiempo atrás, habían sido nueve. Luego aquella había desaparecido. Octavia había visto ilustraciones de ella, con su sorprendente rectitud y su escasa ornamentación para tratarse de una hoja esquirlada, pero elegante aun así. La hoja tenía dos hendiduras que la recorrían desde la guarnición hasta la punta, huecos que jamás podrían existir en una espada ordinaria, pues la debilitarían. Recorrieron el altillo del juzgado. Se usaba como almacén de documentos, a juzgar por los libros de cuentas que había dispersos por el suelo.
Deberías desenfundarme, dijo la espada.
—¿Y hacer qué, espada-nimi? —susurró Octavia.
Lucha contra él. Creo que podría ser malvado.
—Es uno de los Heraldos, que son de lo menos malvado que hay en el mundo.
Vaya. Pues le deseo buena suerte a tu mundo, entonces. De todos modos, soy mejor espada que la que lleva él. Puedo demostrártelo.
Serpenteando entre los escombros legales, Octavia llegó al lado de Nin frente a la ventana del altillo. En la distancia, costa abajo, centelleaba el agua azul de una gran bahía. Había muchos mástiles de barco agrupados allí, con pequeñas siluetas que se afanaban entre ellos.
—He fracasado —repitió Nin—. Y ahora, por la gente, se debe hacer justicia. Una justicia muy difícil, Octavia-hija-Netura, hasta para mis Rompedores del Cielo.
—Nos aplicaremos en ser tan desapasionados y lógicos como tú, aboshi.
Nin se echó a reír, aunque el sonido no transmitía el gozo que habría debido.
—¿Yo? No, Octavia-hija-Netura, mal puede llamárseme desapasionado. Ese es el problema. —Calló para mirar los barcos lejanos por la ventana—. Soy… diferente a lo que fui una vez. ¿Peor, tal vez? A pesar de todo ello, una parte de mí desea ser misericordiosa.
—¿Y tan… mala es la misericordia, aboshi?
—No mala, sino caótica. Si estudias los registros de este tribunal, verás que narran una y otra vez la misma historia. Indulgencia y piedad. Hombres liberados a pesar de sus crímenes, por ser buenos padres, o apreciados por la comunidad, o gozar del favor de alguien importante.
»Algunos de esos liberados dan un giro a sus vidas y se vuelven productivos para la sociedad. Otros reinciden y provocan grandes tragedias. El caso es, Octavia-hija-Netura, que a los humanos se nos da fatal distinguir cuáles son cuáles. El propósito de la ley es que no tengamos que escoger, y así nuestra sensibilidad innata no nos perjudique. Volvió a bajar la mirada a su espada.
—Debes escoger un Tercer Ideal —dijo a Octavia—. La mayoría de los Rompedores del Cielo eligen jurar lealtad a la ley, y cumplen a rajatabla los códigos de todas las tierras que visitan. Es una buena opción, pero no la única. Piensa con sabiduría y decide.
—Sí, aboshi —respondió Octavia.
—Hay cosas que debes ver y cosas que debes saber antes de pronunciarte. Los demás tendrán que interpretar lo que juraron, y confío en que sepan ver la verdad. Pero tú serás la primera de una nueva orden de Rompedores del Cielo. —Miró de nuevo por la ventana—. Los cantores permitieron a los habitantes del pueblo volver para quemar a sus muertos. Pocos conquistadores habrían tenido un gesto tan bondadoso.
—Aboshi, ¿puedo hacerte una pregunta?
—La ley es luz, y la oscuridad no le presta ningún servicio. Pregunta y responderé.
—Sé que eres grandioso, antiguo y sabio —dijo Octavia—, pero a mis ojos inferiores no pareces seguir tus propios preceptos. Diste caza a potenciadores, como me dijiste.
—Obtuve permisos legales para las ejecuciones que llevé a cabo.
—Sí —aceptó Octavia—, pero pasaste por alto a muchos delincuentes en persecución de esos pocos. Tenías motivos ajenos a la ley, aboshi. No eras imparcial. Impusiste con brutalidad unas leyes concretas para alcanzar tus objetivos.
—Es cierto.
—¿Fue solo tu propio… sentimentalismo?
—En parte. También gozo de ciertas indulgencias. ¿Los otros te han hablado del Quinto Ideal?
—¿El ideal por el que el Rompedor del Cielo pasa a ser la ley?
Nin extendió su mano izquierda vacía. En ella apareció una hoja esquirlada, muy distinta de la hoja de Honor que empuñaba con la otra mano.
—No soy solo un Heraldo, sino también un Rompedor del Cielo del Quinto Ideal. Aunque al principio fui escéptico con los Radiantes, creo que soy el único que terminó uniéndose a su propia orden.
»Y ahora, Octavia-hija-Netura, debo hablarte de la decisión que tomamos los Heraldos hace mucho tiempo. En el día que más tarde se conocería como Aharietiam. El día en que sacrificamos a uno de nosotros para interrumpir el ciclo de dolor y muerte…
