107. PRIMER PASO
Existe muy poca información acerca de Ba-Ado-Mishram procedente de tiempos más modernos. Debo suponer que ella, al contrario que muchos de los demás, regresó a Condenación o fue destruida en el Aharietiam
De Mítica de Hessi, página 226
Por la mañana, Bellamy encontró una jofaina preparada. Echo se ocupaba sin falta de mantenerla llena, igual que recogía las botellas y permitía que los sirvientes trajeran más. Confiaba más en él que el propio Bellamy. Se estiró en la cama, sintiéndose demasiado… entero, para lo mucho que había bebido. La habitación estaba iluminada por la luz del sol que entraba indirecta por la ventana. Solían tener los postigos cerrados contra el frío aire montañoso; debía de haberlos abierto Echo al levantarse. Bellamy se lavó la cara con agua de la jofaina y, al hacerlo, captó un asomo de su propio olor. «Claro.» Miró hacia una sala contigua que se habían apropiado como cuarto de baño, ya que tenía otra entrada que podían usar los sirvientes sin pasar por el dormitorio. Y en efecto, Echo había hecho llenar la bañera para él. El agua estaba fría, pero no sería ni de lejos el primer baño helado que se daba Bellamy. Además, evitaría que se lo tomara con calma.
Poco después, se llevó la navaja a la cara, mirándose en el espejo del dormitorio. Gavilar le había enseñado a afeitarse. Su padre había estado demasiado ocupado haciéndose mutilar en ridículos duelos por honor, entre ellos uno en el que había recibido un golpe tremendo en la cabeza. Después de eso, ya nunca estuvo bien del todo. Las barbas habían pasado de moda en Alezkar, pero Bellamy no se afeitaba por eso. Le gustaba el ritual. La oportunidad de prepararse, de segar la pelusa nocturna y revelar a la persona que había debajo, arrugas, cicatrices y rasgos duros incluidos. Había un uniforme limpio y ropa interior esperándolo en un banco. Se vistió, revisó el uniforme en el espejo y se tiró del bajo de la casaca para alisarla. Aquel recuerdo del funeral de Gavilar… había sido muy nítido. Algunas partes las había olvidado hasta el momento. ¿Había sido por la Vigilante Nocturna o por el funcionamiento natural de la memoria? Cuanto más recuperaba de lo perdido, más comprendía lo defectuosa que era la capacidad humana de recordar. Si Bellamy mencionaba algún acontecimiento cuyo recuerdo hubiera recuperado poco antes, en ocasiones otros que también habían estado presentes le discutían los detalles, ya que cada cual lo rememoraba de una manera. La mayoría, Echo incluida, parecía recordarlo como un hombre más noble de lo que merecía. Pero Bellamy no atribuía el hecho a ningún tipo de magia. Era solo la forma en que se comportaba la mente humana, que hacía cambios sutiles al pasado para acomodarlo a sus creencias presentes. Pero también había estado… la visión con Nohadon. ¿De dónde había salido eso? ¿Era un sueño normal y corriente?
Sin tenerlas todas consigo, extendió la mente hacia el Padre Tormenta, que atronó en la distancia.
—Veo que sigues ahí —musitó Bellamy, aliviado.
¿Dónde iba a ir?
—Te hice daño cuando activé la Puerta Jurada —dijo Bellamy—. Temía que me abandonaras.
Esto es lo que he elegido. Eres tú o la aniquilación.
—De todos modos, lamento lo que hice. ¿Ese sueño que he tenido, el de Nohadon, ha sido cosa tuya?
No sé nada del sueño al que te refieres.
—Ha sido muy nítido —dijo Bellamy—. Más surrealista que las visiones, cierto, pero fascinante.
¿Cuál era el paso más importante que podía dar alguien? El primero, por supuesto. Pero ¿qué significaba?
Seguía cargando con el peso de lo que había hecho en la Grieta. Aquella recuperación, el cambio respecto a la semana que había pasado bebiendo, no lo redimía. ¿Qué haría si volvía a sentir la Emoción? ¿Qué ocurriría la próxima vez que el llanto de su mente se volviera demasiado difícil de soportar?
Bellamy no lo sabía. Ese día se había levantado mejor. Funcional. De momento, tendría que conformarse. Se quitó una hebra del cuello de la camisa, se puso una espada al cinto, salió del dormitorio, cruzó el estudio y llegó a la sala más grande con el hogar.
—¿Gustus? —dijo, sorprendido de encontrar sentado allí al anciano rey—. ¿Hoy no había reunión de los monarcas? —Tenía el recuerdo borroso de Echo diciéndoselo a primera hora de la mañana.
—Han dicho que no me necesitaban.
—¡Sandeces! En las cumbres somos necesarios todos. —Bellamy calló un momento—. Me he perdido varias, ¿verdad? Bueno, en todo caso, ¿de qué van a hablar hoy?
—De táctica.
Bellamy notó que se sonrojaba.
—¿El despliegue de tropas y la defensa de Jah Keved, tu reino?
—Me parece que creen que renunciaré al trono de Jah Keved cuando encontremos a un lugareño adecuado. —Gustus sonrió—. No te indignes tanto por mí, amigo mío. No me han prohibido asistir; solo han dejado caer que no hacía falta. Y yo quería pensar un rato, así que he venido aquí.
—Aun así, vamos para arriba, ¿te parece?
Gustus asintió y se levantó. Se tambaleó sobre unas piernas poco firmes y Bellamy se apresuró a sostenerlo. Al recobrar el equilibrio, Gustus dio unas palmaditas en la mano de Bellamy.
—Gracias. Siempre me he sentido viejo, ¿sabes? Pero últimamente mi cuerpo está decidido a recordármelo sin tregua.
—Déjame llamar un palanquín para llevarte.
—No, por favor. Si renuncio a andar, temo que mi deterioro se incremente. He visto ocurrir cosas parecidas a gente en mis hospitales.
Pero siguió agarrado al brazo de Bellamy mientras caminaban hacia la puerta. Fuera, Bellamy reunió a algunos guardias propios y, junto al enorme guardaespaldas thayleño de Gustus, se dirigieron a los ascensores.
—¿Sabes si hemos recibido noticias de…? —empezó a preguntar Bellamy.
—¿De Kholinar? —dijo Gustus.
Bellamy asintió. Tenía vagos recuerdos de Echo poniéndolo al día. No había novedades sobre Clarke, Finn ni los Radiantes. Pero ¿había tenido la mente lo bastante despejada para escucharlo bien?
—Lo siento, Bellamy —dijo Gustus—. Que yo sepa, no ha llegado ningún mensaje de ellos. ¡Pero debemos mantener la esperanza, por supuesto! Podrían haber perdido su vinculacaña, o estar atrapados en la ciudad.
Puede… que yo haya sentido algo, dijo el Padre Tormenta. Hace poco, durante una alta tormenta, tuve la sensación de que Bendita por la Tormenta estaba allí conmigo. No sé lo que significa, pues no alcanzo a verla en ningún sitio, ni a ella ni a las otras. Las daba por muertas, pero ahora… he descubierto que creo. ¿Por qué?
—Albergas esperanza —susurró Bellamy, sonriendo.
—¿Bellamy? —preguntó Gustus.
—Solo susurraba para mí mismo, majestad.
—Si me permites decirlo, hoy te veo más fuerte. ¿Has decidido alguna cosa?
—Mejor: he recordado alguna cosa.
—¿Es algo que puedas compartir con un viejo preocupado?
—Aún no. Intentaré explicártelo cuando lo haya comprendido yo.
Tras un largo trayecto en un ascensor, Bellamy llevó a Gustus a una cámara tranquila y sin ventanas del penúltimo piso de la torre. La habían llamado la Galería de Mapas en recuerdo de una estancia similar en los campamentos de guerra. Roan presidía la reunión, de pie junto a una mesa cubierta por un enorme mapa de Alezkar y Jah Keved. El alezi de piel oscura llevaba puesto su uniforme de batalla, la combinación de una falda tradicional de takama y una casaca moderna que estaba empezando a extenderse entre sus oficiales. Su guardaespaldas, Mintez, estaba a su lado con armadura esquirlada completa, ya que Roan prefería no usar sus esquirlas en persona. Era un general, no un guerrero. Saludó con la cabeza a Bellamy y Gustus cuando entraron. Ialai, sentada cerca, observó a Bellamy con mirada calculadora, pero no dijo nada. Bellamy casi se habría alegrado de oír alguna ocurrencia: en los viejos tiempos, Ialai no había tenido reparos en bromear con él. Su silencio en la Galería de Mapas no significaba que estuviera mostrándole respeto, sino que se guardaba los comentarios mordaces para cuando él no la oyera. El alto príncipe Miles, de gruesos brazos y barba completa, estaba sentado con Ialai. Se había opuesto a Bellamy desde el principio. El otro alto príncipe alezi que había acudido ese día era Wick, un hombre de cuello largo y ojos de color naranja claro. Llevaba un uniforme rojo y dorado de un tipo que Bellamy no había visto nunca, con una chaqueta corta abotonada solo por arriba. Le daba un aspecto ridículo, pero ¿qué sabía Bellamy de moda? El hombre hacía gala de una educación exquisita y tenía muy bien organizado su ejército.
La reina Fen había llevado consigo al alto almirante thayleño, un anciano flacucho con bigotes que colgaban casi hasta la mesa. Portaba un sable corto de marino en su fajín, y parecía justo la clase de persona capaz de protestar por llevar demasiado tiempo en tierra firme. La reina también estaba acompañada por su hijo, el que se había batido en duelo contra Bellamy. El joven saludó a Bellamy con brío y él le devolvió el saludo. Ese chico podía llegar a ser un oficial excelente, si lograba aprender a controlar su genio. El emperador azishiano no estaba presente, ni tampoco su pequeña Danzante del Filo. En su lugar, Azir había enviado un grupo de académicos. Los generales azishianos solían ser del tipo butaca, historiadores y teóricos militares que se pasaban el día leyendo libros. Bellamy sabía a ciencia cierta que Azir tenía hombres con experiencia práctica entre sus militares, pero rara vez ascendían. Mientras se preocuparan de no superar ciertas pruebas, podían quedarse sobre el terreno y ejercer el mando. Bellamy había conocido a los dos altos príncipes veden en su viaje a la ciudad. Los hermanos eran hombres altos y estirados con el pelo negro corto y uniformes muy parecidos a los alezi. Gustus los había nombrado altos príncipes después de que sus predecesores murieran envenenados al poco de terminar la guerra civil. Saltaba a la vista que Jah Keved seguía teniendo muchos problemas.
—¿Bellamy? —dijo Roan. Se irguió cuan alto era y saludó—. Brillante señor, tienes mejor aspecto.
Tormentas. ¿Cuánto sabían los demás?
—He dedicado un tiempo a meditar —dijo Bellamy—. Veo que habéis estado ocupados. Habladme de la formación defensiva.
—Bueno —empezó Roan—, hemos…
—¿Y ya está? —lo interrumpió la reina Fen—. Condenación, ¿se puede saber qué te pasa? ¡Cruzaste toda Vedenar corriendo como un demente y luego te encerraste en tus habitaciones una semana entera!
—Me excomulgaron de la Iglesia Vorin poco después de enterarme de la caída de Kholinar. Me sentó muy mal. ¿Esperabas que reaccionara dando un banquete?
—Esperaba que fueses nuestro líder, no que te enfurruñaras.
«Me lo tengo bien merecido.»
—Tienes razón. No podéis tener a un comandante que se niegue a dar órdenes. Lo siento.
Los azishianos susurraron entre ellos, sorprendidos por la brusquedad de la conversación. Pero Fen apoyó la espalda y Roan asintió. Había sido necesario airear los errores de Bellamy. Roan empezó a explicar los preparativos para la batalla. Los generales azishianos, todos vestidos con gabanes y sombreros occidentales, empezaron a rodear la mesa y hacer comentarios por medio de intérpretes. Bellamy usó un poco de luz tormentosa y tocó a uno en el brazo para obtener la comprensión de su idioma durante un breve período. Encontró sus consejos sorprendentemente astutos, teniendo en cuenta que los hombres eran, a grandes rasgos, un comité de escribas. Habían desplazado diez batallones de tropas alezi por la Puerta Jurada, junto a cinco batallones azishianos. En total, quince mil hombres desplegados sobre el terreno en Jah Keved, entre ellos algunas de las tropas más leales de las fuerzas Griffin y Roan. Lo cual hacía buena mella en los ejércitos de Bellamy. Tormentas, habían perdido a demasiados hombres en Narak. Las compañías que Bellamy había dejado en Urithiru estaban compuestas sobre todo por reclutas y hombres de otros principados que se habían solicitado alistarse en su ejército. Por ejemplo, Sebarial había reducido sus efectivos a una sola división y había entregado las demás a Bellamy para que vistieran los colores Griffin. Al llegar, Bellamy había interrumpido una discusión acerca de cómo fortificar la frontera de Jah Keved. Aportó algunas ideas, pero sobre todo estuvo escuchando mientras explicaban los planes: almacenes aquí, guarniciones allá. Confiaban en que los Corredores del Viento pudiesen hacer de exploradores. Bellamy asintió, pero había algo que lo inquietaba en aquel plan de batalla, un problema que no sabía definir. Estaba bien pensado: sus líneas de suministros estaban trazadas con realismo y sus puestos de exploración tenían la separación óptima para maximizar la cobertura.
¿Qué andaba mal, entonces?
La puerta se abrió y entró Echo, que se quedó muy quieta al ver a Bellamy y entonces se derritió en una sonrisa de alivio. Bellamy inclinó la cabeza hacia ella mientras un alto príncipe veden explicaba por qué no deberían renunciar a la franja de terreno rural que había al este de los Picos Comecuernos. Roan abogaba por concederla y parapetarse tras los picos.
—No es solo por la oportunidad de reclutar tropas entre los súbditos comecuernos de su majestad, brillante señor —dijo Nan Urian, el alto príncipe, en alezi—. Esas tierras son fértiles y están bien trabajadas, protegidas de las tormentas por las mismas tierras altas alezi de las que estabas hablando. Siempre las hemos defendido con ahínco de los invasores, porque proveen a quienes ostentan su control, y también son buenas zonas de agrupación para asaltos contra el resto de Jah Keved.
Bellamy gruñó. Echo se unió a la mayoría de ellos, de pie en torno al mapa de la mesa, y Bellamy le rodeó la cintura con un brazo.
—Tiene razón, Roan. Pasé mucho tiempo liderando escaramuzas en esa misma frontera. Esa región tiene más importancia estratégica de la que puede parecer en un principio.
—Defenderla será difícil —objetó Roan—. Nos enfangaremos en una batalla prolongada por ese terreno.
—Que es lo que nos interesa, ¿verdad? —dijo el alto príncipe veden—. Cuanto más retrasemos la invasión, más tiempo tendrán mis hermanos veden para recuperarse.
—Sí —dijo Bellamy. Era cierto que podían enfangarse en batallas a lo largo del extenso frente veden. ¿Cuántos años había estado él rechazando a falsos bandidos allí?—. Tomémonos un descanso. Quiero reflexionar sobre esto.
Los demás parecieron agradecerlo. Muchos salieron a la amplia cámara contigua, donde esperaban sus ayudantes con vinculacañas para transmitir informaciones. Echo se quedó con Bellamy, que se puso a estudiar el mapa.
—Me alegro de verte levantado —susurró.
—Tienes más paciencia de la que merezco. Tendrías que haberme echado de la cama y vaciarme la botella de vino en la cabeza.
—Tenía la corazonada de que lo superarías.
—Solo de momento —advirtió él—. Otras veces, unos días o incluso semanas de sobriedad no significaron gran cosa.
—No eres el hombre que eras entonces.
«Ay, Echo. Nunca superé a ese hombre, me limité a esconderlo.» Pero aún no podía explicárselo, así que le susurró un agradecimiento al oído y apoyó la mano en la de ella. ¿Cómo podían haber llegado a frustrarlo los avances de Echo?
De momento, devolvió su atención a los mapas y se perdió en ellos: las fortalezas, los refugios para tormentas, las ciudades, las líneas de suministros trazadas.
«¿Qué está mal? ¿Qué se me escapa? —pensó—. Diez Reinos Plateados. Diez Puertas Juradas. Las claves de esta guerra. Aunque el enemigo no pueda aprovecharlas, sí puede entorpecerlos tomándolas. Una en Alezkar, que ya les pertenece. Una en Natanatan, las Llanuras Quebradas, que tenemos nosotros. Una en Vedenar, una en Azimir, una en Ciudad Thaylen. Las tres nuestras. Pero la de Rall Elorim y la de Kurth ya estarán en poder del enemigo. Y una en Shinovar, que no ha tomado ningún bando.»
Eso dejaba solo la de Panazam, en Babazarnam, que quizá hubieran capturado ya los ejércitos combinados iriali y riranos, y la de Akinah, que Anya estaba convencida de que se destruyó hacía mucho tiempo. Jah Keved era el lugar más lógico para que atacara el enemigo, ¿verdad? Solo que… en el momento en que te decidías por Jah Keved, estabas comprometiéndote a una larga guerra de desgaste. Perdías movilidad y te obligabas a dedicarle una cantidad ingente de recursos.
Bellamy sacudió la cabeza, frustrado. Dejó el mapa, seguido por Echo, y salió a la otra sala para tomar un refrigerio. En la mesa de vinos, se obligó a ponerse un naranja tibio y especiado, algo que no pegara fuerte. Anya se acercó a ellos, cargada con un fajo de papeles para su madre.
—¿Puedo verlo? —preguntó Ialai.
—No —repuso Anya. Bellamy ocultó una sonrisa con su copa.
—¿Qué secretos guardáis? —dijo Ialai—. ¿Qué hay de la grandilocuencia con que habla tu tío sobre la unificación?
—Sospecho que todos los monarcas de esta sala —replicó Anya— querrán saber que siguen teniendo permitido guardar sus secretos de estado. Esto es una alianza, no una boda.
La reina Fen asintió al oírlo.
—Y en cuanto a los papeles —prosiguió Anya—, son un informe académico que mi madre todavía no ha revisado. Publicaremos lo que descubramos, pero no antes de asegurarnos de que nuestras traducciones son correctas y que nada en estos apuntes podría suponer una ventaja para el enemigo contra esta ciudad. —Anya enarcó una ceja—. ¿O acaso preferiríais que nuestra erudición fuese chapucera?
Aquello último pareció apaciguar a los azishianos.
—Pues a mí me parece —dijo Ialai— que presentarte aquí cargando con esos documentos es una bofetada en la cara a todos los demás.
—Ialai —dijo Anya—, me alegro de que estés aquí. A veces, una voz contraria inteligente sirve para poner a prueba una teoría y en última instancia demostrarla. Solo me gustaría que trabajaras un poco más en la parte de la inteligencia.
Bellamy se bebió el resto de su copa y sonrió mientras Ialai se reclinaba en su silla, optando con sabiduría por no iniciar una escalada verbal contra Anya. Por desgracia, Miles no tenía tanto sentido común.
—No le hagas caso, Ialai —dijo, con el bigote mojado de vino—. Los impíos no captan ni siquiera el concepto de la decencia apropiada. Todo el mundo sabe que la única razón para abandonar la fe en el Todopoderoso es poder darse al vicio.
«Oh, Miles —pensó Bellamy—. Esta pelea no puedes ganarla. Anya ha meditado sobre este tema muchísimo más que tú. Conoce bien el terreno de batalla…»
Tormentas, eso era.
—¡No van a atacar Jah Keved! —gritó Bellamy, interrumpiendo la réplica de Ialai.
Todos en la sala se volvieron hacia él, sorprendidos, Anya con la boca a medio abrir.
—¿Bellamy? —dijo el alto príncipe Roan—. Hemos decidido que Jah Keved es el objetivo más…
—No —insistió Bellamy—. ¡Conocemos demasiado bien el terreno! Los alezi y los veden luchan por esas tierras desde hace generaciones.
—¿Dónde, entonces? —preguntó Anya.
Bellamy corrió de vuelta a la sala del mapa. Los demás entraron en tropel y se situaron a su alrededor.
—Avanzaron sobre Marat, ¿verdad? —preguntó Bellamy—. Atajaron por Emul, entraron en Marat y silenciaron las vinculacañas en toda la nación. ¿Por qué? ¿Por qué desplazarse allí?
—Azir estaba demasiado bien fortificada —dijo Roan—. Desde Marat, los Portadores del Vacío pueden atacar Jah Keved a la vez por el este y el oeste.
—¿A través del embudo de Triax? —repuso Bellamy—. Hablamos de que Jah Keved está indefensa, pero esa debilidad es muy relativa. Siguen teniendo un ejército permanente enorme y buenas fortificaciones. Si el enemigo se enreda atacando Jah Keved ahora, mientras está apuntalando su poder, agotará sus recursos y retrasará la conquista. No es lo que les interesa ahora mismo, mientras aún cuentan con la ventaja del ímpetu.
—¿Dónde, pues? —preguntó Nan Urian.
—En el lugar donde más fuerte golpearon las nuevas tormentas —dijo Bellamy, señalando en el mapa—. Un lugar cuyo poderío militar se vio mermado en gran medida por la tormenta eterna. Un lugar con Puerta Jurada.
La reina Fen dio un respingó y se llevó la mano segura a los labios.
—¿Ciudad Thaylen? —preguntó Echo—. ¿Estás seguro?
—Si el enemigo toma Ciudad Thaylen —dijo Bellamy—, pueden establecer un bloqueo sobre Jah Keved, Kharbranth y las pocas tierras de Alezkar que siguen en nuestro poder. Pueden hacerse con el control de todas las Profundidades Meridionales y lanzar asaltos navales sobre Tashikk y Shinovar. Podrían asolar Nueva Natanan y ganar una posición desde la que asaltar las Llanuras Quebradas. Desde un punto de vista estratégico, Ciudad Thaylen es mucho más importante que Jah Keved, y al mismo tiempo está mucho peor defendida.
—Pero necesitarían barcos —dijo Roan.
—Los parshmenios se llevaron nuestra flota —recordó Fen.
—Después de aquella primera tormenta tan horrible —dijo Bellamy—, ¿cómo pudieron quedar barcos para que se los llevaran?
Fen arrugó la frente.
—Ahora que lo pienso, sí que es curioso, ¿verdad? Quedaron docenas en pie, como si los vientos hubieran decidido dejarlos en paz. Porque el enemigo los necesitaba…
«Tormentas.»
—Estaba pensando demasiado como un alezi —dijo Bellamy—. Botas sobre piedra. Pero el enemigo pasó a Marat al instante, porque es la posición perfecta desde la que lanzar un ataque sobre Ciudad Thaylen.
—¡Tenemos que revisar nuestros planes! —exclamó Fen.
—Calma, majestad —dijo Roan—. Ya tenemos ejércitos en Ciudad Thaylen. Buenas tropas alezi. No hay nadie mejor sobre el terreno que la infantería alezi.
—Tenemos tres divisiones allí ahora mismo —dijo Bellamy—. Querremos como mínimo tres más.
—Señor —intervino el hijo de Fen—. Brillante señor. No bastarán.
Bellamy lanzó una mirada a Fen. Su arrugado almirante asintió.
—Habla —aceptó Bellamy.
—Señor —dijo el joven—, nos alegramos de tener vuestras tropas en la isla. ¡Por el aliento de Becca! Si vas a meterte en una pelea, está claro que quieres tener a los alezi de tu parte. Pero una flota enemiga es un problema mucho más grave del que supones, y no puede resolverse con facilidad desplazando tropas. Si los barcos enemigos encuentran Ciudad Thaylen bien defendida, se limitarán a seguir adelante y atacar Kharbranth, o Dumadari, o la cantidad que deseen de ciudades indefensas a lo largo de la costa.
Bellamy gruñó. Desde luego que pensaba demasiado como un Alezi.
—¿Qué proponéis, entonces?
—Necesitamos nuestra propia flota, por supuesto —dijo el almirante de Fen. Hablaba con un acento marcado y pastoso, como si tuviera la boca llena de musgo—. Pero perdimos casi todas nuestras embarcaciones con la feroz tormenta eterna. La mitad estaban en el extranjero y los cogió desprevenidos. Mis compañeros danzan ahora en las profundidades.
—Y lo que quedaba, os lo robaron —dijo Bellamy con un gruñido—. ¿Qué más tenemos?
—Su majestad Gustus tiene barcos en nuestro puerto —dijo el alto príncipe veden.
Todos los ojos se volvieron hacia Gustus.
—Son solo barcos mercantes —explicó el anciano—. Navíos que transportaban a mis sanadores. No tenemos una verdadera armada, pero sí que llevé veinte barcos. Quizá podría aportar diez más para Kharbranth.
—La tormenta hizo estragos en nuestra flota —dijo el alto príncipe veden—, pero la guerra civil fue más devastadora. Perdimos a centenares de marineros. Ahora mismo tenemos más barcos que tripulaciones completas.
Fen se situó junto a Bellamy frente al mapa.
—Podríamos reunir entre todos algo a lo que podríamos llamar armada para interceptar al enemigo, pero la lucha tendrá lugar en las cubiertas de las naves. Necesitaremos tropas.
—Las tendréis —dijo Bellamy.
—¿Alezi que no han visto una mar gruesa en la vida? —preguntó Fen, escéptica. Miró hacia los generales azishianos—. Tashikk tiene una flota, ¿verdad? Tripulada y complementada por tropas azishianas.
Los generales conferenciaron en su propio idioma. Al terminar, uno habló por medio de su intérprete.
—El Decimotercer Batallón, Rojo y Oro, tiene hombres que hacen rotaciones en los barcos y patrullan el gran canal. Llevar a otros costaría mucho tiempo, pero el decimotercero ya está desplegado en Jah Keved.
—Los dotaremos con mis mejores hombres —dijo Bellamy.
«Tormentas, necesitamos a esos Corredores del Viento en activo»—. Fen, ¿tus almirantes podrían sugerir un plan para la acumulación y el despliegue de una flota unificada?
—Claro —dijo la mujer bajita. Se inclinó hacia Bellamy y añadió entre dientes—: Pero te lo advierto, muchos de mis marinos siguen las Pasiones. Vas a tener que hacer algo con esas acusaciones de herejía, Espina Negra. Entre los míos ya se habla de que por fin ha llegado el momento de que los thayleños se liberen de la Iglesia Vorin.
—No me retractaré —dijo Bellamy.
—¿Ni aunque provoque un colapso religioso masivo en plena guerra?
Bellamy no respondió, y Fen le permitió retirarse de la mesa para considerar otros planes. Habló con los demás de diversos asuntos y dio de nuevo las gracias a Echo por impedir que todo se desmoronara. Al terminar, decidió volver abajo a recibir informes de sus ayudantes. Al salir se cruzó con Gustus, que se había sentado en una silla contra la pared. El anciano parecía distraído con algo.
—¿Gustus? —dijo Bellamy—. Dejaremos tropas también en Jah Keved, por si estoy equivocado. No te preocupes.
El rey miró a Bellamy y, para su sorpresa, se limpió lágrimas de los ojos.
—¿Te… te duele algo? —preguntó Bellamy.
—Sí, pero no es nada que podáis curar. —Vaciló—. Eres un buen hombre, Bellamy Griffin. Eso no me lo esperaba.
Avergonzado al oírlo, Bellamy salió deprisa de la sala, seguido por sus guardias. Se sentía cansado, lo que parecía injusto teniendo en cuenta que había dedicado toda una semana a poco más que dormir. Antes de buscar a sus ayudantes, Bellamy hizo una parada en el cuarto nivel desde la base. Una larga caminata desde el ascensor lo llevó a la pared exterior de la torre, donde había una serie de salas pequeñas que olían a incienso. Había gente haciendo cola en los pasillos, esperando glifoguardas o hablar con un fervoroso. Eran más de los que Bellamy había esperado, pero claro, tampoco tenían mucho más que hacer, ¿verdad?
«¿Así es como piensas ya en ellos? —preguntó una parte de él—. ¿Crees que solo vienen a buscar el bienestar espiritual porque no tienen nada mejor que hacer?»
Bellamy mantuvo la frente alta y resistió el impulso de encogerse ante sus miradas. Rebasó a varios fervorosos y entró en una sala iluminada y caldeada por braseros, donde preguntó por Kadash. Lo dirigieron a una terraza ajardinada, donde un grupito de fervorosos intentaba cultivar. Algunos colocaban pasta de simiente mientras otros trataban de hacer crecer esquejes de cortezapizarra a lo largo de la pared. Era un proyecto impresionante, que Bellamy no recordaba haber ordenado que iniciasen. Kadash estaba desincrustando crem de una jardinera en silencio. Bellamy se sentó a su lado. El fervoroso le lanzó una mirada desde su rostro lleno de cicatrices y siguió trabajando.
—Sé que esto llega muy tarde —dijo Bellamy—, pero quiero disculparme contigo por Rathalas.
—No creo que sea yo con quien debes disculparte —respondió Kadash—. Aquellos a quienes podría servir una disculpa están en los Salones Tranquilos.
—Aun así, te hice formar parte de algo terrible.
—Yo elegí estar en tu ejército —dijo Kadash—. He hallado la paz con lo que hicimos entre los fervorosos, donde ya no derramo la sangre de los hombres. Supongo que sería una estupidez sugerirte lo mismo.
Bellamy respiró hondo.
—Voy a liberarte, y también a los otros fervorosos, de mi control. No quiero poneros en la posición de tener que servir a un hereje. Os entregaré a Gustus, que mantiene la ortodoxia.
—No.
—Me parece que no tenéis el recurso de…
—¿Quieres escucharme un tormentoso momento, Bellamy? —restalló Kadash, y entonces suspiró, obligándose a mantener la calma—. Das por sentado que, al ser un hereje, no queremos saber nada de ti.
—Me lo confirmaste hace unas semanas, en el combate de prácticas que hicimos.
—No tenemos intención de normalizar lo que has hecho ni lo que dices. Pero eso no significa que vayamos a abandonar nuestros puestos. Tu gente nos necesita, Bellamy, aunque creas que tú no.
Bellamy llegó al final del jardín y apoyó las manos en la barandilla de piedra. Al otro lado, las nubes se acumulaban al pie de las montañas, como una falange protegiendo a su comandante. Desde allí arriba, parecía que el mundo no era más que un océano de blanco interrumpido por escarpadas cumbres. Su aliento se condensó. Hacía el mismo frío que en las Tierras Heladas, aunque dentro de la torre no pareciera tanto.
—¿Alguna de estas plantas está creciendo? —preguntó en voz baja.
—No —dijo Kadash desde detrás—. No sabemos bien si es el frío o que hay pocas tormentas que lleguen tan alto. —Siguió raspando—. ¿Qué sensación dará cuando llegue una tormenta tan alta que se trague la torre entera?
—La de estar rodeados de una oscura confusión —dijo Bellamy—. La única luz llegará en fogonazos que no sabremos señalar ni comprender. Unos vientos furiosos intentarán llevársenos en una docena de direcciones distintas y, si no es posible, arrancarnos las extremidades del cuerpo. —Miró hacia Kadash—. Como de costumbre.
—El Todopoderoso era una luz constante.
—¿Y?
—Y ahora, nos obligas a cuestionarlo. Me obligas a cuestionarlo. Ser fervoroso es lo único que me permite dormir de noche, Bellamy. ¿También quieres quitarme eso? Si Él no está, solo queda la tormenta.
—Creo que tiene que haber algo más allá. Ya te lo pregunté una vez: ¿cómo era la fe antes del vorinismo? ¿Cómo…?
—Bellamy. Por favor. Para de una vez. —Kadash respiró hondo—. Publica una declaración. No dejes que la gente siga murmurando que huiste a esconderte. Suelta alguna pedantería, en plan: «Estoy satisfecho con el trabajo que realiza la Iglesia Vorin y apoyo a mis fervorosos, aunque yo mismo ya no tenga la fe que una vez tuve.» Danos permiso para seguir adelante. Tormentas, no es buen momento para la confusión. Ni siquiera sabemos contra qué combatimos.
Kadash no querría saber que Bellamy había hablado con la cosa contra la que luchaban. Mejor no sacarle el tema. Pero la duda de Kadash le dio algo en lo que pensar. Odium no dirigiría las operaciones cotidianas de su ejército, ¿verdad? ¿Quién se ocupaba de hacerlo? ¿Los Fusionados, los vacíospren?
Bellamy se apartó un poco de Kadash y miró al cielo.
—¿Padre Tormenta? —llamó—. ¿Las fuerzas enemigas tienen un rey o un alto príncipe? ¿Quizá un fervoroso jefe? ¿Alguien que no sea Odium?
El Padre Tormenta retumbó. Como vengo diciéndote, no veo tanto como crees. Soy la tormenta que pasa, el viento de la tempestad. Todo eso es yo. Pero yo no soy todo eso, del mismo modo en que tú no controlas cada aliento que sale de tu boca.
Bellamy suspiró. Había sido buena idea, de todos modos.
Hay una a la que he estado observando, añadió el Padre Tormenta. Puedo verla, cuando a otros no.
—¿Una líder? —preguntó Bellamy.
Quizá. El hombre, tanto humano como cantor, sorprende en qué o a quién guarda reverencia. ¿Por qué lo preguntas?
Bellamy había decidido no incorporar a nadie más a sus visiones porque le preocupaba lo que Odium pudiera hacerles. Pero esa inquietud desaparecería en caso de llevar a alguien que ya estuviera al servicio de Odium, ¿no?
—¿Cuándo llega la próxima alta tormenta?
Gustus se sentía viejo.
Su edad era más que los dolores que ya no remitían a lo largo de la jornada. Era más que los músculos débiles, que todavía lo sorprendían cuando intentaba levantar un objeto que debiera parecerle liviano. Era más que descubrir que se había quedado dormido en otra reunión, pese a haberse esforzado en prestar atención. Era incluso más que ir viendo cómo, poco a poco, todos aquellos con quienes había crecido se marchitaban y morían. Era la urgencia de saber que no concluiría las tareas que iniciara ese día. Se detuvo en el pasillo que lo llevaba de vuelta a sus aposentos y apoyó la mano en los estratos de la pared. Era hermosa, hipnótica, pero Gustus se descubrió añorando sus jardines de Kharbranth. Otros hombres y mujeres tenían permitido pasar sus
últimos años con comodidad, o al menos en un entorno familiar. Dejó que Mrall lo cogiera del brazo y lo llevara a sus habitaciones. En cualquier otro momento, a Gustus lo habría irritado la ayuda, porque no le gustaba que lo trataran como a un inválido. Pero ese día… bueno, ese día toleraría la humillación. Era mejor que la de derrumbarse en el pasillo. En la habitación estaba Adrotagia, sentada en el centro de seis vinculacañas que escribían, comerciando con la información como un tendero en el mercado. Miró hacia él, pero lo conocía lo suficiente para no hacer comentarios sobre su rostro agotado o su paso lento. Era un buen día, de inteligencia media. Quizá un poco decantada hacia la estupidez, pero tolerable. Cada vez parecía tener menos días inteligentes. Y los que tenía lo asustaban. Gustus se sentó en un asiento mullido y cómodo, y Maben fue a prepararle una infusión.
—¿Y bien? —dijo Adrotagia. Ella también había envejecido. Bajo esos ojos verdes había unas ojeras enormes, de las persistentes, las de piel caída. Tenía manchas de la edad y el pelo ralo. Nadie que la mirara vería a la niña traviesa que había sido. ¡La de líos en los que se habían metido los dos!—. ¿Vargo?
—Discúlpame —dijo él—. Bellamy Griffin se ha recuperado.
—Es un problema.
—Y de los gordos. —Gustus cogió la infusión que le ofrecía Maben—. Más de lo que puedas pensar, diría yo, incluso con el Diagrama delante. Pero por favor, déjame tiempo para sopesarlo. Hoy tengo la mente lenta. ¿Tienes algún informe?
Adrotagia le pasó un papel de uno de sus montones.
—Moelach parece haberse asentado en los picos comecuernos. Joshor está yendo hacia allí. Tal vez pronto podamos volver a disponer de Susurros de Muerte.
—Muy bien.
—Hemos averiguado qué le sucedió a Graves —prosiguió Adrotagia—. Unos carroñeros han encontrado los restos de su carro, barridos por la tormenta, y dentro había una vinculacaña intacta.
—Graves es reemplazable.
—¿Y las esquirlas?
—Irrelevantes —dijo Gustus—. No triunfaremos mediante la fuerza de las armas. Ya era reacio desde el principio a permitir que Graves intentara su pequeño golpe de Estado.
Graves y él habían estado en desacuerdo sobre las instrucciones del Diagrama: ¿matar a Bellamy o reclutarlo? ¿Y quién debía ser el rey de Alezkar?
Pero en fin, Gustus se había equivocado respecto al Diagrama muchas veces, así que había dado permiso a Graves para llevar adelante sus propias tramas, según su propia interpretación del Diagrama. Los ardides de Graves habían fracasado, pero también los intentos de Gustus para hacer ejecutar a Bellamy. Por tanto, quizá ninguno de los dos hubiera comprendido el Diagrama correctamente. Tardó un tiempo en recuperarse, frustrado por tener que recobrar las fuerzas después de una simple caminata. A los pocos minutos, la guardia dejó pasar a Malata. La Radiante llevaba su habitual falda con calzas, al estilo thayleño, con gruesas botas. Se sentó a la mesita enfrente de Gustus y dio un suspiro melodramático.
—Este lugar es un espanto. Hasta el último idiota está congelado de las orejas a los dedos de los pies.
¿Había tenido tanta confianza antes de vincular un spren?
Gustus no la había conocido bien en esos tiempos. Sí, había supervisado el proyecto y a sus ilusionados reclutas del Diagrama, pero los individuos concretos nunca le habían importado. Hasta ahora.
—¿Tu spren tiene algo de lo que informar? —preguntó Adrotagia.
—No —dijo Malata—. Solo el chismorreo de antes, sobre otras visiones que Bellamy no ha compartido con todos.
—¿Y la spren ha expresado alguna… reserva por el encargo que le has hecho? —preguntó Gustus.
—Condenación —dijo Malata, poniendo los ojos en blanco—. Sois peores que las escribas de Griffin, siempre con sus preguntitas.
—Tenemos que ser cautos, Malata —le recordó Gustus—. No podemos estar seguros de lo que hará tu spren a medida que tome más conciencia de sí misma. Seguro que no le gustará actuar contra las otras órdenes.
—Estáis tan congelados como todos esos otros —replicó Malata.
Empezó a brillar y la luz tormentosa emanó de su piel. Se inclinó adelante, se quitó el guante (el de la mano segura, nada menos) con un diestro gesto de muñeca y apretó la palma contra la mesa. Desde el punto de contacto se extendieron unas marcas, pequeños bucles de negrura que se grabaron en la madera. Un olor a quemado impregnó el aire, pero las llamas no persistían si Malata no lo pretendía. Se extendieron tirabuzones y líneas por toda la superficie, una obra maestra del grabado que llevó a cabo en meros instantes. Malata sopló para quitar la ceniza. La potencia que empleaba, División, provocaba que los objetos se degradaran, ardieran o se transformaran en polvo. También funcionaba en personas.
—Chispa está muy de acuerdo con lo que hacemos —dijo Malata, apretando un dedo y añadiendo otro bucle a la mesa—. Ya os lo he dicho, los demás son idiotas. Dan por hecho que todos los spren estarán de su parte, pese a lo que los Radiantes hicieron a los amigos de Chispa, pese a que la devoción organizada a Honor fuese lo que mató a cientos de cenizaspren.
—¿Y Odium? —preguntó Gustus, curioso. El Diagrama advertía de que las personalidades de los Radiantes introducirían una alta dosis de incertidumbre a sus planes.
—Chispa está a favor de todo lo que haga falta para vengarse. Y que le permita romper cosas. —Malata sonrió—. Alguien tendría que haberme dicho lo divertido que iba a ser esto. Me habría esforzado mucho más en conseguir el puesto.
—Lo que hacemos no es divertido —dijo Gustus—. Es necesario, pero horrible. En un mundo mejor, Graves habría tenido razón. Seríamos aliados de Bellamy Griffin.
—Tienes demasiado aprecio al Espina Negra, Vargo —le advirtió Adrotagia—. Te nublará la mente.
—No. Pero si que preferiría no haber llegado a conocerlo. Eso sí que supondrá una dificultad. —Gustus se inclinó hacia delante, sosteniendo su infusión caliente. Ingo hervido con menta. Olores de su hogar. Sorprendido, cayó en la cuenta… de que, con toda probabilidad, ya nunca volvería a vivir en ese hogar, ¿verdad? Había pensado que quizá regresara al cabo de unos años.
No estaría vivo al cabo de unos años.
—Adro —siguió diciendo—, la recuperación de Bellamy me ha convencido de que debemos tomar medidas más drásticas. ¿Los secretos están preparados?
—Casi —dijo ella, apartando otros papeles—. Mis eruditas de Jah Keved han traducido los pasajes que necesitamos, y tengo la información que ha obtenido Malata espiando. Pero necesitamos alguna forma de divulgarlo todo sin ponernos en evidencia.
—Asígnaselo a Dova —ordenó Gustus—. Que redacte un ensayo anónimo vituperador y lo filtre a Tashikk. El mismo día, distribuye las traducciones del Canto del alba. Quiero que golpee todo a la vez. —Dejó a un lado la infusión. De pronto, los aromas de Kharbranth le resultaban dolorosos—. Habría sido muchísimo mejor para Bellamy si hubiera muerto por la hoja de la asesina. De momento, debemos dejarlo a los antojos del enemigo, que no le concederá la piedad de una muerte rápida.
—¿Bastará? —preguntó Malata—. El viejo sabueso-hacha es duro.
—Bastará. Bellamy sería el primero en decirte que, cuando tu adversario empieza a levantarse, debes reaccionar rápido y aplastarle las rodillas. Así se agachará y te ofrecerá su cráneo.
«Ay, Bellamy. Pobre, pobrecito Bellamy.»
