109. NESHUA KADAL
Re-Shephir, la Madre Medianoche, es otra Deshecha que, al parecer, fue destruida en el Aharietiam
De Mítica de Hessi, página 250
Bellamy pasó los dedos por una línea de cristal rojo incrustada en la pared de piedra. La pequeña veta empezaba en el techo y cruzaba toda la pared, por dentro de los estratos verde claro y grises, hasta el suelo. Era suave al tacto, con una textura diferenciada de la roca que la rodeaba. Frotó el pulgar contra el cristal. «Es como si las otras franjas emanaran de esta, cada vez más anchas a medida que se alejan.»
—¿Qué significa? —preguntó a Echo. Estaban los dos de pie en un almacén, cerca de la cima de la torre.
—No lo sé —dijo Echo—, pero cada vez encontramos más como esta. ¿Qué sabes de teología esencial?
—Que es materia de fervorosos y escribas —respondió él.
—Y de moldeadores de almas. Eso es granate.
«¿Granate? Veamos.» Las esmeraldas creaban grano, eso era lo más importante, y el berilo creaba carne. Criaban animales para obtener sus gemas corazón y poder generar ambas cosas. Estaba bastante seguro de que los diamantes creaban cuarzo, y… tormentas, no sabía mucho de los demás. El topacio hacía piedra. Eso lo habían necesitado para los refugios de las Llanuras Quebradas.
—Los granates crean sangre —dijo Echo—. No tenemos ningún moldeador de almas que los use.
—¿Sangre? No lo veo muy útil.
—Bueno, los científicos creemos que los moldeadores de almas podían usar los granates para crear cualquier líquido soluble en agua, y no en aceite, porque… Estás bizqueando.
—Perdona. —Bellamy tocó los cristales—. Otro misterio. ¿Cuándo tendremos respuestas?
—Los registros de abajo hablan de esta torre como de algo vivo —dijo Echo—. Con un corazón de esmeralda y rubí, y ahora estas venas de granate.
Bellamy se levantó y miró a su alrededor por la estancia oscurecida, donde guardaban las sillas de los monarcas entre reuniones. Solo la iluminaba una esfera que Bellamy había dejado en un estante de piedra junto a la puerta.
—Si esta torre estaba viva —dijo Bellamy—, ahora está muerta.
—O durmiendo. Pero si es el caso, no tengo ni idea de cómo despertarla. Hemos probado a infundir el corazón como si fuese un fabrial, y hasta pedimos a Aden que probara a insuflarle luz tormentosa. No ha funcionado nada.
Bellamy cogió una silla y abrió la puerta hacia fuera. La sostuvo con el pie, después de ahuyentar a un guardia que intentó hacerlo en su lugar, mientras Echo recogía la esfera y salía con él a la sala de conferencias, delante de la pared de cristal con vistas hacia el Origen. Dejó la silla en el suelo y miró el reloj de su antebrazo. Dichoso trasto. Estaba empezando a depender demasiado de él. El aparato del brazo también tenía un dolorial, un tipo de fabrial con un spren que devoraba el dolor. Bellamy aún no se había acordado de usarlo ni una sola vez.
«Quedan doce minutos.» Eso, suponiendo que los cálculos de Elthebar fuesen correctos. Después de que las vinculacañas confirmaran la llegada de la tormenta unas horas antes en el este, la parte matemática se reducía a estimar su velocidad.
Llegó una mensajera a la puerta. Creer, el sargento al mando de los guardias ese día, cogió el mensaje. Era un hombre del… Puente Veinte, ¿verdad? Su hermano y él eran guardias, aunque Creer llevaba anteojos, al contrario que su gemelo.
—Mensaje del brillante Khal, señor —dijo Creer, entregando la nota a Echo. Parecía haber llegado por vinculacaña. Tenía marcas en los lados por las pinzas que la habían fijado al tablero, y las letras apretadas cubrían solo el centro del papel.
—Es de Fen —dijo Echo—. Un barco mercante ha desaparecido en las Profundidades Meridionales esta mañana, muy cerca de Marat. Parece que se han acercado a lo que consideraban una distancia segura de la orilla, para usar la vinculacaña, y han informado de una gran cantidad de barcos amarrados a lo largo de la costa. Unas figuras brillantes se han alzado de una ciudad cercana y han caído sobre ellos, y la comunicación se ha interrumpido.
—Confirmación de que el enemigo está reuniendo una flota —dijo Bellamy.
Si esa flota zarpaba desde Marat antes de que él tuviera sus barcos preparados, o si soplaba viento en contra cuando su armada pudiera soltar amarras…
—Pide a Teshav que responda a los thayleños —dijo Bellamy—. Sugiere a la reina Fen y nuestros otros aliados que celebremos la próxima cumbre en Ciudad Thaylen. Querremos inspeccionar las fortificaciones y apuntalar las defensas en tierra.
Envió a los guardias a esperar fuera, se acercó a la ventana y comprobó el reloj de muñeca. Solo faltaban unos minutos. Le pareció entrever la muralla de tormenta por debajo, pero costaba estar seguro desde aquella altura. No estaba acostumbrado a mirar una alta tormenta desde arriba.
—¿Seguro que quieres hacerlo? —preguntó Echo.
—El Padre Tormenta me ha dicho lo mismo esta mañana. Le he preguntado si conocía la primera regla de la guerra.
—¿Es la del terreno o la de atacar los puntos débiles del adversario?
Ya empezaba a distinguirla, una oleada oscura que se apoderaba del aire por debajo de ellos.
—Ninguna de las dos —repuso Bellamy.
—Ah, claro —dijo Echo—. Tendría que haberlo adivinado.
Estaba nerviosa, y tenía buen motivo. Era la primera vez que Bellamy iba a entrar de nuevo en las visiones después de su encuentro con Odium. Pero Bellamy se sentía ciego en aquella guerra. No sabía lo que quería el enemigo, ni cómo planeaba explotar sus conquistas.
«La primera regla de la guerra. Conoce a tu enemigo.»
Alzó la barbilla mientras la tormenta embestía contra Urithiru, más o menos a la altura de su tercer anillo. Todo se volvió blanco. Entonces Bellamy apareció en el antiguo palacio, en la gran sala abierta con columnas de arenisca y un balcón desde el que se veía una versión antigua de Kholinar. Nohadon caminaba por el centro de la sala. Era el joven rey, no la versión anciana de su reciente sueño. Bellamy había reemplazado a un guardia, cerca de las puertas. Junto al rey cobró forma una delgada parshendi, en el lugar que había ocupado Bellamy hacía mucho tiempo. Tenía la piel jaspeada de rojo y blanco en una compleja pauta y el pelo naranja rojizo. Miró hacia abajo con unos ojos rojos, sorprendida por su repentina aparición y la túnica que llevaba, la de un consejero real. Nohadon empezó a hablar con ella como si fuese su amigo Karm.
—No sé qué hacer, viejo amigo.
Odium percibe que ha empezado una visión, advirtió el Padre Tormenta a Bellamy. El enemigo se está centrando en nosotros. Ya viene.
—¿Puedes contenerlo?
No soy sino la sombra de un dios. Su poder supera al mío con mucho. Sonaba más apocado que de costumbre. Al igual que el prototípico matón, el Padre Tormenta no sabía cómo enfrentarse a alguien más fuerte que él.
—¿Podrás contenerlo? Necesito tiempo para hablar con ella.
Lo… intentaré.
Tendría que bastar. Por desgracia, la presencia de Odium significaba que Bellamy no podría dejar que la parshendi experimentara la visión completa. Echó a andar hacia ella y Nohadon.
Venli se giró. ¿Dónde estaba? Ese lugar no era Marat. ¿La habría vuelto a convocar Odium?
No. Es la otra tormenta. Él no viene durante las altas tormentas.
Un joven varón alezi vestido con túnica parloteando sin parar. Sin escuchar ni una palabra de las que le dirigía, Venli se mordió la mano para comprobar si sentía el dolor. Lo sintió. Agitó la mano y bajó la mirada a la túnica que llevaba ella. Aquello no podía ser un sueño. Era demasiado realista.
—Amigo mío —dijo el alezi—, ¿te encuentras bien? Comprendo que los acontecimientos nos han afectado a todos, pero…
Sonaron unas nítidas pisadas contra la piedra al acercarse otro hombre alezi, vestido con un elegante uniforme azul. Tenía canas en las sienes y su rostro no era tan… redondo como el de otros humanos. Sus rasgos podrían ser casi de oyente, incluso aunque la nariz estuviera mal y tuviera más arrugas que las que saldrían jamás a un oyente.
«Un momento —pensó, armonizando a Curiosidad—. ¿Ese no es…?»
—Problemas en el campo de batalla, señor —dijo el hombre más mayor al que había estado hablando a Venli—. Se requiere tu presencia inmediata.
—¿Qué es esto? No sé nada de…
—No me han dicho qué es, majestad, solo que urge que acudas.
El rey humano apretó los labios y, a todas luces frustrado, se dirigió a la puerta.
—Acompáñame —dijo a Venli.
El del uniforme azul la cogió por el brazo por encima del codo.
—No vayas —le dijo en voz baja—. Tenemos que hablar.
«Es el caudillo alezi.»
—Me llamo Bellamy Griffin —dijo el hombre—. Soy el líder de los alezi, y lo que presencias es una visión de sucesos del pasado. Solo se ha transportado aquí tu mente, no tu cuerpo. Nosotros dos somos las dos únicas personas reales de este lugar.
Venli se zafó de la mano del hombre y armonizó a Irritación.
—¿Cómo…? ¿Por qué me has traído aquí?
—Quiero que hablemos.
—Claro que quieres. Ahora que estáis perdiendo, ahora que hemos tomado vuestra capital, ahora quieres que hablemos. ¿Y durante todos esos años que pasasteis masacrando a los míos en las Llanuras Quebradas?
Para ellos había sido un deporte. Según los espías oyentes, los humanos habían disfrutado de la caza en las Llanuras Quebradas. Se habían adjudicado riquezas, y vidas de oyentes, como parte de una gran competición.
—Estábamos dispuestos a hablar, cuando enviasteis a vuestra emisaria —dijo Bellamy—. La portadora de esquirlada. Y ahora vuelvo a estar dispuesto a hablar. Quiero olvidar los viejos agravios, incluso los que me son personales.
Venli se apartó, armonizada aún a Irritación.
—¿Cómo me has traído a este sitio? ¿Es una prisión?
«¿Esto es obra tuya, Odium? ¿Pones a prueba mi lealtad con una falsa visión del enemigo?»
Estaba usando los viejos ritmos. Nunca había podido hacerlo cuando Odium le dedicaba su atención.
—Te enviaré de vuelta pronto —dijo Griffin, alcanzándola. Aunque no era bajo para ser un humano, la forma actual de Venli le sacaba sus quince buenos centímetros—. Por favor, escúchame. Tengo que saberlo. ¿Qué coste tendría una tregua entre nuestros pueblos?
—¿Una tregua? —preguntó ella a Diversión, deteniéndose cerca del balcón—. ¿Una tregua?
—Paz. Detener la desolación. Detener la guerra. ¿Qué coste tendría?
—Bueno, para empezar os costaría vuestro reino.
El hombre hizo una mueca. Sus palabras estaban muertas, como las de todos los humanos, pero Griffin mostraba sus sentimientos en la cara. Cuánta pasión y emoción.
«¿Es por eso que los spren nos traicionaron por ellos?»
—¿Qué es Alezkar para vosotros? —dijo el hombre—. Puedo ayudaros a fundar una nueva nación en las Llanuras Quebradas. Os proporcionaré los trabajadores para levantar ciudades y fervorosos para enseñaros cualquier habilidad que deseéis. Riquezas, como pago del rescate por Kholinar y su gente. Una disculpa formal. Todo lo que exijáis.
—Exijo que conservemos Alezkar.
El rostro de Griffin se convirtió en un rictus de dolor, su frente en un mar de arrugas.
—¿Por qué tenéis que vivir ahí? Para vosotros Alezkar es un territorio que conquistar. Pero es mi tierra natal.
Venli armonizó a Reprimenda.
—¿Es que no lo entiendes? La gente que vive allí, los cantores, mis primos, son de Alezkar. Es su tierra natal también. La única diferencia contigo es que ellos nacieron esclavos, ¡y tú como su amo!
Griffin crispó el gesto.
—Quizá haya que buscar otro arreglo, pues. ¿Podríamos… dividir el reino? ¿Nombrar un alto príncipe parshmenio? —Parecía conmocionado por estar planteándoselo siquiera.
Venli armonizó a Resolución.
—Tu tono sugiere que sabes que eso sería imposible. No puede haber arreglo alguno, humano. Envíame fuera de este lugar. Nos encontraremos en el campo de batalla.
—No. —El hombre volvió a cogerle el brazo—. No sé cuál será el arreglo, pero sí que podemos encontrarlo. Déjame demostrarte que quiero negociar en vez de batallar.
—Podrías empezar por no acosarme —dijo ella a Irritación, apartándose de él.
En realidad, no estaba segura de poder luchar contra él. La forma que llevaba era alta pero frágil. Y a decir verdad, nunca había sido diestra en combate, ni siquiera en los tiempos en que había adoptado la forma pertinente.
—Al menos, intentemos negociar —dijo él—. Por favor.
No sonó muy suplicante. Se había vuelto adusto, de rostro pétreo y mirada feroz. Con los ritmos, se podía infundir en el tono el estado de ánimo que quisiera transmitirse, incluso si las emociones no colaboraban. Pero los humanos no contaban con esa herramienta. Eran tan grises como el más gris de los esclavos. En la visión sonó un repentino golpetazo. Venli armonizó a Ansiedad y salió corriendo al balcón. Por debajo se extendía una ciudad medio destruida, en la que había tenido lugar una batalla, llena de cadáveres amontonados. Sonó otro aldabonazo. El aire… se estaba rompiendo. Las nubes y el cielo parecían un mural pintado en un gigantesco techo abovedado y, mientras seguían los golpes, apareció una red de grietas en el cénit. Desde detrás de ellas refulgía una vigorosa luz amarilla.
—Está aquí —susurró Venli, y señaló hacia arriba—. Por eso no puede haber negociación alguna, humano. Él sabe que no la necesitamos. ¿Queréis la paz? Rendíos. Entregaos y confiad en no importarle lo suficiente para que os destruya.
Una esperanza tenue, a la luz de lo que le había dicho Rine sobre exterminar a los humanos. Con el siguiente impacto, el cielo se quebró y apareció un agujero que reveló la intensa luz que brillaba más allá. Las mismas esquirlas del aire, roto como un espejo, se vieron absorbidas por esa luz. Se sintió un tremendo latido de poder desde el agujero, que sacudió la ciudad con una terrible vibración. Tiró a Venli al suelo del balcón. Griffin hizo ademán de ayudarla, pero un segundo latido lo derribó a él también. Los ladrillos en la pared de la sala se separaron unos de otros y flotaron a la deriva. Las tablas del suelo del balcón empezaron a levantarse, sus clavos elevándose hacia el cielo. Un guardia llegó corriendo desde la sala, pero tropezó y su misma piel empezó a separarse en agua y un cascarón seco.
Todo se… disgregaba.
Se alzó un viento en torno a Venli que tiró de los escombros hacia aquel agujero en el cielo y la cegadora, espantosa luz del otro lado. Los tablones se deshicieron en astillas, los ladrillos pasaron flotando junto a su cabeza. Gruñó, sintiendo latir el Ritmo de la Resolución en su interior mientras se aferraba con fuerza a las partes del suelo que aún no se habían separado.
Esa abrasión. Venli conocía bien el dolor atroz del calor de Odium chamuscándole la piel, achicharrándola hasta convertir en ceniza sus mismos huesos, de algún modo todavía capaces de sentir. Ocurría cada vez que Odium le daba órdenes. ¿Qué otra cosa peor sería capaz de hacer si la sorprendía confraternizando con el enemigo?
Armonizó a Determinación y se arrastró para alejarse de la luz.
«¡Escapa!» Entró a la sala de las columnas y se levantó con dificultades, intentando echar a correr al mismo tiempo. El viento la empujó hacia atrás, convirtiendo cada paso en una lucha.
Por encima de ella, el techo se deshizo con un solo y esplendoroso estallido, cada ladrillo despedido de los demás para luego fluir hacia el vacío. Los pedazos del desafortunado guardia se alzaron tras ellos como un saco vaciado de grano, como un títere sin mano que lo controlara. Venli cayó al suelo otra vez y siguió arrastrándose, pero las piedras del suelo se alzaron y flotaron hacia arriba con ella encima. Reptó de un bloque flotante a otro, apenas capaz de mantener el equilibrio. Con el Ritmo de la Resolución todavía armonizado, se atrevió a mirar atrás. El agujero del cielo se había ensanchado, y la hambrienta luz estaba devorando los flujos de restos. Apartó la mirada, desesperada por hacer todo lo posible para retrasar su propia incineración. Entonces… se quedó quieta y volvió a mirar atrás. Bellamy Griffin estaba de pie en el balcón. Y brillaba.
Neshua Kadal. Caballero Radiante.
Sin pretenderlo, armonizó al Ritmo del Asombro. Alrededor de Griffin, el balcón era estable. Los tablones temblaban y se agitaban a sus pies, pero no se elevaban hacia el cielo. La barandilla del balcón se había partido a sus dos lados, pero por donde Griffin se agarraba a ella con mano firme, permanecía en su sitio.
Era su enemigo, y aun así…
Mucho tiempo atrás, aquellos humanos se habían resistido a los dioses de Venli. Sí, que hubieran esclavizado a sus primos, los cantores, era imperdonable. Pero aun así, los humanos habían luchado. Y ganado.
Los oyentes lo recordaban con un cántico que se entonaba al Ritmo del Asombro. Neshua Kadal.
La luz suave y apacible se extendía desde la mano de Bellamy Griffin a la barandilla, y de allí bajaba al suelo. Los tablones y las piedras regresaron desde el aire y se recompusieron. El bloque al que había llegado Venli se encajó en su lugar. A lo largo y ancho de la ciudad, los edificios explotaban y salían despedidos hacia arriba, pero las paredes de aquella torre volvieron a sus posiciones originales. Venli salió corriendo al instante hacia la escalera que bajaba. Si lo que fuese que estaba haciendo Griffin cesaba, quería estar en roca firme. Llegó hasta el nivel del suelo, salió al exterior y se situó cerca del balcón y la influencia de Griffin.
En lo alto, la luz de Odium se extinguió.
Llovieron piedras y las astillas sobre la ciudad, golpeando el suelo a su alrededor. Cayeron cuerpos secos, como ropa descartada. Venli se apretó contra la pared de la torre, armonizando a Ansiedad y levantando el brazo para protegerse del polvo de los escombros. El agujero seguía abierto en el cielo, aunque la luz había desaparecido del otro lado. Más abajo, las ruinas de la ciudad parecían… un fraude. No había gritos atemorizados ni gemidos de dolor. Los cuerpos eran solo cascarones, pieles que yacían vacías en el suelo. Un repentino trompazo rompió el aire detrás de ella y abrió otro agujero, más bajo y cerca del límite de la ciudad. El cielo se desmoronó por el hueco, revelando de nuevo aquella luz llena de odio. Consumió todo lo que tenía cerca; muralla, edificios, hasta el mismo suelo se desintegró y fluyó al interior de las fauces. Una ventolera de polvo y desechos arrolló a Venli. Se pegó a la pared de piedra, agarrándose a un soporte del balcón. Un calor espantoso la inundó, procedente del lejano agujero. Cerró los ojos con fuerza y redobló el agarre. Odium podía ir a reclamarla, pero ella no se soltaría.
«¿Y qué hay de ese grandioso propósito? ¿Qué hay del poder que ofrece?» ¿Aún los quería? ¿O eran solo algo a lo que aferrarse, después de haber causado el final de su pueblo?
Apretó los dientes. En la lejanía, oyó un ritmo quedo. De algún modo, sonaba pese al rugido del viento, los chasquidos del polvo y las piedras. ¿Era el Ritmo de la Ansiedad?
Abrió los ojos y vio a Timbre desafiando al viento para intentar llegar a ella. De la pequeña spren emergían fogonazos de luz en frenéticos anillos. Los edificios se desmenuzaron a lo largo de la calle. La ciudad entera estaba desmoronándose, y hasta el palacio se deshizo, todo salvo aquella pequeña zona cerca del balcón. La pequeña spren cambió al Ritmo de lo Perdido y empezó a perder terreno. Venli gritó y soltó la columna. Al instante se la llevó el viento, pero aunque ya no estaba en forma tormenta, la suya era una forma de poder, dotada de una agilidad increíble. Controló la caída, descendió de costado y resbaló por la piedra, con los pies hacia la opresiva luz. Al acercarse a la pequeña spren, Venli clavó el pie en una grieta de la calle, se agarró a la hendidura de una piedra rota y logró detenerse. Se retorció para sacar la otra mano y atrapó a Timbre en el aire. El tacto de Timbre era como el de la seda al viento. Cuando Venli cerró la mano izquierda en torno a la spren, notó una calidez palpitante. Timbre latió a Alabanza mientras Venli se la acercaba al pecho.
«Estupendo —pensó, bajando la cabeza contra el viento, su cara contra el suelo, agarrada a la grieta de la piedra con la mano derecha—. Ahora podemos caer juntas.»
Tenía una sola esperanza. Resistir y confiar en que en algún momento…
El calor remitió. El viento amainó. Los escombros cayeron traqueteando al suelo, aunque con menos estrépito que la vez anterior. No era solo porque el viento hubiera soplado de lado y no hacia arriba, sino también porque no quedaban demasiados cascotes. Venli se levantó, cubierta de polvo, con la cara y las manos llenas de cortes hechos por lascas de piedra. Timbre palpitaba con suavidad en su mano. La ciudad prácticamente ya no existía. No había más que el contorno de los cimientos de algún edificio y los restos de las extrañas formaciones de roca conocidas como las hojas del viento. E incluso ellas habían quedado reducidas a peñascos de menos de dos metros de altura. La única estructura que quedaba de la ciudad era la cuarta parte de la torre en la que había estado Griffin. Detrás de ella había un enorme agujero negro, hacia la nada.
El suelo tembló.
«Oh, no.»
Algo aporreó contra las piedras por debajo de ella. El mismo suelo empezó a sacudirse y desmoronarse. Venli corrió hacia los restos del palacio mientras, por fin, todo se descomponía. El suelo, los cimientos restantes, incluso el aire pareció desintegrarse. Se abrió un abismo a sus pies y Venli saltó, intentando llegar al otro lado. Le faltaron unas decenas de centímetros y se precipitó al hueco. Mientras caía, rodó en el aire y alzó una mano hacia el cielo que se quebraba, con Timbre agarrado en la otra. El hombre del uniforme azul saltó hacia el abismo. Cayó al borde del agujero y extendió un brazo hacia Venli. Su otra mano raspó contra la pared de piedra, arañándola. Algo destelló en torno a su brazo. Unas líneas de luz, un armazón que le cubrió el cuerpo. No le sangraron los dedos al rascar la piedra. Alrededor de Venli, las rocas y hasta el mismo aire ganaron sustancia. Desafiando el calor de abajo, Venli se ralentizó lo justo para que sus dedos tocaran los de Griffin.
Vete.
Cayó al suelo en su cueva, de vuelta en Marat, desaparecida la visión. Sudando, resollando, abrió el puño izquierdo. Para su alivio, Timbre salió flotando, palpitando con un ritmo titubeante.
Bellamy se disolvió en dolor puro. Sintió cómo se partía en pedazos, desollado, triturado. Cada trozo de él separado para que sufriera por su cuenta. Un castigo, una venganza, un tormento personalizado. Podría haber durado una eternidad. En cambio, por suerte, la agonía perdió intensidad y Bellamy recobró el conocimiento. Estaba arrodillado en una interminable llanura de brillante piedra blanca. La luz cobró consistencia a su lado y compuso una figura vestida de oro y blanco, con un cetro corto en la mano.
—¿Qué estabas viendo? —preguntó Odium con curiosidad. Dio un golpecito en el suelo con su cetro, como si fuese un bastón. El palacio de Nohadon, donde había estado Bellamy hacía poco, se materializó a partir de la luz junto a ellos—. Ah, ¿esta otra vez? ¿Buscabas respuestas de los muertos?
Bellamy apretó los párpados. Qué necio había sido. Si alguna vez había habido alguna esperanza de paz, era probable que la hubiera destruido al meter por la fuerza a aquella parshendi en una visión y someterla a los horrores de Odium.
—Bellamy, Bellamy —dijo Odium. Se dejó caer a un asiento creado a partir de luz y apoyó una mano en el hombro de Bellamy—. Duele, ¿verdad? Sí. Conozco el dolor. Soy el único dios que lo conoce. El único al que le importa.
—¿Puede haber paz? —preguntó Bellamy con voz rasposa. Le costaba hablar. Había sentido cómo se hacía pedazos en la luz un momento antes.
—Sí, Bellamy —dijo Odium—. Puede haberla. Y la habrá.
—Después de que destruyas Roshar.
—Después de que tú lo destruyas, Bellamy. Yo soy quien lo reconstruirá.
—Acepta un combate entre campeones —se obligó a decir Bellamy—. Intentemos… Busquemos la forma de… —No pudo seguir.
¿Cómo iba a luchar contra un ser como ese?
Odium le dio unas palmaditas en el hombro.
—Sé fuerte, Bellamy. Tengo fe en ti, hasta cuando tú no la tienes en ti mismo. Aunque dolerá durante un tiempo, existe un final. En tu futuro aguarda la paz. Tienes que superar la agonía y saldrás victorioso, hijo mío.
La visión se disipó y Bellamy volvió a estar en la sala superior de Urithiru. Se derrumbó en el asiento que había dejado allí y Echo lo cogió del brazo, preocupada. A través de su vínculo, Bellamy sintió un sollozo. El Padre Tormenta había contenido a Odium, pero tormentas, le había costado caro. El spren más poderoso de Roshar, la encarnación de la tempestad que conformaba toda vida, estaba llorando como un niño, susurrando que Odium era demasiado fuerte.
