110. UN MILLÓN DE ESTRELLAS

La Madre Medianoche creó monstruos de sombra y brea, oscuras imitaciones de las criaturas que veía o consumía. Sus descripciones no se ajustan a las de ningún spren que puedan hallarse en escritos modernos.

De Mítica de Hessi, página 252

El capitán Notum dio la orden y dos marineros soltaron una parte del casco, abriéndolo al traqueteo de las oleadas de cuentas sobre las que navegaba. Lexa se agarró con la mano libre al marco de la puerta abierta de la bodega y se agachó sobre las arremolinadas profundidades. Clarke intentó apartarla tirando de ella, pero Lexa se resistió a moverse. Ese día había optado por el traje de Velo, en parte por los bolsillos. Ella llevaba tres gemas grandes y Raven otras cuatro. A todos sus broams se les había agotado la luz tormentosa. Hasta esas gemas de mayor tamaño estaban cada vez más cerca de volverse opacas. Con un poco de suerte, durarían lo suficiente para llevarlas a Ciudad Thaylen y la Puerta Jurada. Más allá de las olas, tan cerca que los marineros temían que hubiera rocas ocultas bajo las cuentas, un terreno oscuro interrumpía el horizonte. El inverso de los estrechos de Ceño Largo, un lugar donde los árboles crecían altos, formando una selva negra de vegetación cristalina. Un marinero bajó los escalones de la bodega y gritó algo a Notum.

—Vuestros enemigos están cerca —tradujo el capitán.

El Sendero de Honor había hecho un esfuerzo heroico en las últimas horas, llevando sus mandras al borde del agotamiento, y había estado a punto de no bastar. Los Fusionados volaban más lentos que Raven, pero aun así eran mucho más rápidos que el barco. Lexa miró al capitán. Su rostro barbudo, que resplandecía con una suave luz residual, no revelaba el menor asomo de lo que debía de ser un violento conflicto en su interior. ¿Entregaba los prisioneros al enemigo por si así salvaba a su tripulación o los liberaba con la esperanza de que la Antigua Hija pudiera escapar?

Al fondo de la bodega se abrió una puerta y Raven sacó a Syl de su camarote. El capitán acababa de conceder su permiso para liberarla, como si hubiera querido retrasar la decisión hasta el último momento. Parecía que a Syl le había cambiado el color y se agarraba al brazo de Raven, vacilante. ¿Sería capaz de llegar a la costa con ellas?

«Es una spren. No necesita aire. Estará bien. Espero.»

—Marchaos, pues —dijo el capitán—. Y corred. No puedo prometeros que mi tripulación, una vez capturada, pueda guardar este secreto mucho tiempo. —Al parecer, era difícil matar a los spren, pero hacerles daño no tenía gran complicación.

Otro marinero dejó salir de su camarote a la spren de la espada de Clarke. No parecía tan desmejorada como Syl; a ella le daba igual estar en un sitio que en otro. Raven llevó a Syl con los demás.

—Antigua Hija —dijo el capitán, inclinando la cabeza.

—¿No me miras a los ojos, Notum? —preguntó Syl—. Supongo que encerrarme aquí no ha sido muy distinto de todos los días que pasaste corriendo a obedecer cada capricho de mi padre en casa.

El capitán les dio la espalda sin responder.

Recuperadas Syl y la ojomuerto, solo les faltaba una persona. Celeste estaba sentada junto a la escalera, cruzada de brazos, con el peto y la capa puestos.

—¿Seguro que no quieres cambiar de opinión? —le preguntó Lexa.

Celeste negó con la cabeza.

—Celeste —dijo Raven—, he estado muy brusca contigo. No significa que…

—No es eso —lo interrumpió ella—. Es solo que tengo otro hilo que seguir, y además, ya dejé a mis hombres luchando contra esos monstruos en Kholinar. No me quedaría tranquila si volviera a hacerlo. —Sonrió—. No temas por mí, Bendita por la Tormenta. Tendréis más posibilidades si me quedo aquí, y estos marineros también. Chicas, cuando volváis a ver al espadachín que os enseñó la kata de aquella mañana, advertidle que estoy buscándolo.

—¿Zahel? —dijo Clarke—. ¿Conoces a Zahel?

—Somos viejos amigos —dijo ella—. Notum, ¿tus hombres han cortado esos fardos de tela con las formas que te pedí?

—Sí —respondió el capitán—, pero no entiendo…

—Lo entenderás pronto. —Hizo un perezoso saludo marcial a Raven. Ella se lo devolvió con más brío. Entonces Celeste se despidió con un gesto de cabeza y subió hacia la cubierta principal.

El barco atravesó con estruendo una gran ola de cuentas, algunas de las cuales entraron a la bodega abierta. Unos tripulantes con escobas empezaron a devolverlas hacia la abertura.

—¿Vais a iros? —dijo el capitán a Lexa—. Todo retraso supone más peligro para todos nosotros. —Seguía sin mirar a Syl.

«Es verdad», pensó Lexa. En fin, alguien tenía que empezar la fiesta. Cogió a Clarke con una mano y a Patrón con la otra.

Raven entrelazó las manos con Patrón y Lexa, y Clarke asió a su spren. Se apiñaron en la abertura de la bodega, mirando las cuentas de cristal que había abajo. Revueltas, reflejando la luz de un sol distante, centelleando como un millón de estrellas.

—Muy bien —dijo Lexa—. ¡Saltad!

Lexa se arrojó fuera del barco con los demás. Cayó a las cuentas, que se la tragaron. Tuvo la sensación de resbalar con demasiada facilidad entre ellas, igual que la otra vez que había caído al océano, como si algo tirara de ella hacia abajo. Se hundió en las cuentas, que rodaron contra su piel, saturando sus sentidos con pensamientos de árboles y rocas. Se resistió a las sensaciones mientras se esforzaba por no hacer muchos aspavientos. Siguió agarrada a Clarke, pero la mano de Patrón se separó de la suya.

«¡No puedo hacerlo! No puedo dejar que me reclamen. No puedo…»

Llegaron al fondo, que no estaba a gran profundidad, tan cerca de la costa. Entonces Lexa por fin se permitió absorber luz tormentosa. Toda la que contenía una de sus preciosas tres gemas. La luz la sustentó, la calmó. Buscó en el bolsillo la cuenta que había cogido antes del cubo. Cuando imbuyó luz tormentosa en la cuenta, las otras que tenía alrededor temblaron y luego se retiraron, componiendo las paredes y el techo de una pequeña estancia. La luz tormentosa que emanaba de su piel iluminó el espacio con un tenue brillo. Clarke le soltó la mano y cayó de rodillas, tosiendo y dando bocanadas de aire. Su ojomuerto se limitó a quedarse allí de pie, como siempre.

—Condenación —dijo Clarke, resollando—. Me ahogaba sin agua. No debería haber sido tan difícil, ¿verdad? Solo teníamos que contener el aliento.

Lexa fue a un lado de la sala y escuchó. Sí… Era casi como si pudiera oír a las cuentas susurrándole por debajo de su traqueteo. Atravesó la pared con la mano y rozó tela con las yemas de los dedos. La pellizcó y, al momento, Raven le cogió el brazo y tiró para meterse en la sala hecha de cuentas, donde tropezó y cayó arrodillada.

No estaba brillando.

—¿No has usado una gema? —le preguntó Lexa.

—Casi he tenido que hacerlo —dijo ella. Respiró unas pocas veces y se levantó—. Pero deberíamos conservarlas. —Miró a su alrededor—. ¿Y Syl?

Una perturbación al otro lado de la cámara anunció que alguien se acercaba. Quienquiera que fuese no pudo entrar hasta que Lexa rompió la superficie de la pared de cuentas con la mano. Patrón entró y miró por toda la estancia, con un feliz canturreo.

—Mmm. Un buen patrón, Lexa.

—Syl —repitió Raven—. Hemos saltado de la mano, pero me ha soltado. ¿Dónde…?

—Estará bien.

—Mmm —convino Patrón—. Los spren no necesitamos aire.

Raven respiró hondo y asintió, aunque empezó a caminar de un lado a otro. Lexa se sentó en el suelo a esperar, con la cartera en el regazo. Cada uno llevaba una muda de ropa, tres cantimploras y parte de la comida que había comprado Clarke. Con suerte, sería suficiente para llegar a Ciudad Thaylen. Y entonces, ella tendría que hacer funcionar la Puerta Jurada. Esperaron tanto como se atrevieron, deseando que los Fusionados hubieran pasado de largo persiguiendo al barco. Al final, Lexa se levantó y señaló.

—Por ahí.

—¿Seguro?

—Sí. Y la inclinación lo confirma. —Dio con el pie en el suelo de obsidiana, que tenía un leve desnivel.

—Bien —dijo Clarke—. Cogeos de la mano.

Lo hicieron y Lexa, con el corazón agitado, recuperó la luz tormentosa de la sala en la que estaban refugiados. Las cuentas cayeron en tropel, envolviéndola. Caminaron cuesta arriba, contra la oleada de cuentas. Era más difícil de lo que había previsto; la corriente de cuentas moviéndose parecía decidida a impedirles avanzar. Aun así, Lexa tenía luz tormentosa para darle sustento. Al poco tiempo llegaron a un lugar en el que había demasiada inclinación para seguir andando. Lexa soltó las manos y se arrastró cuesta arriba. Un momento después de que su cabeza llegara a la superficie, Syl apareció en la orilla, se agachó y ayudó a Lexa a remontar los últimos pasos de pendiente. De la ropa le cayeron cuentas que rebotaron contra el suelo, mientras los demás se izaban a la costa.

—He visto pasar volando al enemigo —dijo Syl—. Estaba escondida en esos árboles de ahí.

Azuzados por su alarma, se metieron en el bosque de plantas de cristal antes de parar para recuperarse de su huida. Al instante, Lexa sintió unas ganas tremendas de sacar su cuaderno de bocetos. ¡Qué árboles! Los troncos eran traslúcidos y las hojas parecían de cristal soplado, con una infinidad de colores. De una rama pendía un musgo que parecía de verde cristal derretido, sus mechones cayendo en líneas sedosas. Cuando los tocó, se partieron. Por encima, las nubes titilaron con la iridiscencia perlada que señalaba otra alta tormenta en el mundo real. Lexa casi no podía verlas a través de las copas de los árboles, pero su efecto en Patrón y Syl fue inmediato. Irguieron más las espaldas, y el color deslucido de Syl se iluminó a un saludable blanco azulado. La cabeza de Patrón empezó a cambiar más deprisa y pasó por una docena de ciclos distintos en cuestión de minutos. Aún salían volutas de luz tormentosa de la piel de Lexa. Había absorbido una buena cantidad de ella, pero no había perdido demasiada. La devolvió a la gema, en un proceso que no terminó de entender pero que al mismo tiempo le salió con naturalidad. Syl miró hacia el sudoeste con una expresión como melancólica y distante.

—¿Syl? —dijo Lexa.

—Hay tormenta por allí también… —susurró, y entonces recobró la compostura y puso cara de vergüenza.

Raven sacó dos gemas.

—Muy bien —dijo—. Volemos.

Habían acordado usar la luz tormentosa de dos gemas para volar hacia el interior, en una apuesta para obtener una ventaja inicial en su travesía y alejarse de la costa. Lexa esperó que los Fusionados no trataran demasiado mal a los honorspren. Estaba preocupada por ellos, pero también por lo que ocurriría si los Fusionados decidían dar media vuelta y buscar a su grupo. Un vuelo corto debería llevarlos lo bastante al interior para ser difíciles de localizar. Cuando aterrizaran, recorrerían el terreno de Shadesmar durante varios días antes de llegar a la isla de Thaylenah, que allí se manifestaría como un lago. Ciudad Thaylen y su Puerta Jurada estaban en la misma orilla de ese lago. Raven las lanzó una tras otra, y por suerte su poder funcionó con los spren igual que con los humanos. Surcaron el aire y emprendieron el último tramo de su viaje.