111. EILA STELE

No es necesaria una gran atención lectora para reparar en que solo he mencionado aquí a ocho de los Deshechos. La tradición asegura con confianza que eran nueve, un número impío, asimétrico y a menudo asociado con el enemigo

De Mítica de Hessi, página 266

Bellamy salió del edificio de control de la Puerta Jurada a Ciudad Thaylen, y lo recibió el hombre al que más ganas tenía de dar un puñetazo en todo Roshar. Meridas Amaram esperaba en posición de firmes con su uniforme de la casa Sadeas, recién afeitado, cara estrecha, mandíbula apretada. Alto, pulcro, con sus botones brillantes y su estricta postura, era la viva imagen del perfecto oficial alezi.

—Informa —dijo Bellamy, con la esperanza de que no se le notara la aversión en la voz.

Amaram, o mejor dicho, Sadeas, echó a andar al paso de Bellamy y llegaron al borde de la plataforma de la Puerta Jurada, desde la que se dominaba la ciudad. Los guardias de Bellamy les dejaron espacio para conversar.

—Nuestras cuadrillas han hecho maravillas por este lugar, brillante señor —dijo Amaram—. Al principio concentramos nuestros esfuerzos en los cascotes de fuera de la muralla. Me preocupaba que pudieran conceder demasiada cobertura a una fuerza invasora, por no mencionar que los utilizaran para construir una rampa hasta las almenas.

En efecto, el llano que se extendía ante la muralla de la ciudad, que había albergado los mercados y los almacenes de los muelles, estaba completamente despejado. Un terreno letal para cualquier fuerza invasora, llano salvo por el ocasional contorno de unos cimientos destruidos. Solo el Todopoderoso sabía por qué los militares thayleños habían permitido levantar edificios fuera de la muralla. Habría sido una pesadilla defenderlos.

—Hemos apuntalado los sectores más debilitados de la muralla —prosiguió Amaram, señalando—. No es alta en comparación con la de Kholinar, pero sigue siendo una fortificación impresionante. Hemos vaciado los primeros edificios del interior para reunir tropas y guardar recursos, y mi ejército está acampado en ellos. Después de eso, hemos ayudado en las tareas generales de reconstrucción.

—La ciudad tiene mucho mejor aspecto —le concedió Bellamy—. Tus hombres han trabajado bien.

—En ese caso, quizá nuestra penitencia pueda concluir —dijo Amaram. Pronunció las palabras sin alterarse, aunque unos furiaspren con forma de sangre bullendo se extendieron desde debajo de su pie derecho.

—Tu cometido aquí era importante, soldado. No solo has reconstruido una ciudad, sino también la confianza del pueblo thayleño.

—Por supuesto. —Y Amaram añadió en voz más baja—: Y comprendo la importancia táctica de conocer las fortificaciones enemigas.

«Serás necio.»

—Los thayleños no son nuestros enemigos.

—Me he expresado mal —dijo Amaram—. Pero aun así, no se me escapa que hay tropas Griffin desplegadas en la frontera entre nuestro reino y Jah Keved. Tus hombres podrán liberar nuestra patria mientras los míos se pasan el día excavando roca. Sabrás el efecto que tiene eso en su moral, y más cuando muchos de ellos siguen creyendo que tú asesinaste a su alto príncipe.

—Espero que su comandante actual se haya esforzado en desmentir tales falsedades.

Amaram por fin se volvió para mirar a Bellamy a los ojos. Los furiaspren todavía estaban allí, aunque su tono fuese directo y militar.

—Brillante señor, sé que eres realista. Mi carrera se ha inspirado en la tuya. Con franqueza, incluso si lo hubieras matado tú, cosa que sé que debes negar, te respetaría por ello. Torol era una debilidad para esta nación.

»Déjame demostrarte que yo no lo soy. ¡Tormentas, Bellamy! Soy tu mejor general de vanguardia y lo sabes. Torol me desperdició durante años porque mi reputación lo intimidaba. No cometas el mismo error. Úsame. ¡Déjame luchar por Alezkar, no besar los pies de mercaderes thayleños! Puedo…

—Basta —espetó Bellamy—. Cumple las órdenes. Así es como podrás demostrarme tu valía.

Amaram retrocedió un paso y, tras una pausa deliberada, saludó. Dio media vuelta y se internó en la ciudad.

«Ay, ese hombre», pensó Bellamy. Había pretendido decirle que esa isla sería el frente en la guerra, pero la conversación se le había escapado. Bueno, era muy posible que Amaram tardara poco en tener la batalla que anhelaba, y se enteraría pronto, en el encuentro de planificación.

Sonaron botas contra la piedra a su espalda y un grupo de soldados en uniformes azules se unieron a él al borde de la plataforma.

—¿Permiso para ensartarlo un poco, señor? —dijo Marcus, el líder de los hombres del puente.

—¿Cómo se ensarta a alguien «un poco», soldado?

—Yo podría hacerlo —dijo Lyn—. Hace poco que entreno con la lanza. Podríamos decir que ha sido un accidente.

—No, no —dijo Nyko—. ¿Quieres ensartarlo un poco? Deja que lo haga mi primo Huio, señor. Es experto en cosas pequeñas.

—¿Chistes de bajitos? —dijo Huio en su alezi chapurreado—. Da gracias que mal genio bajito.

—Solo intento incluirte, Huio. Sé que mucha gente te pasa por alto. No es difícil, ¿sabes?, porque…

—¡Atención! —restalló Bellamy, aunque se descubrió sonriendo. Los hombres formaron apresuradas filas. Raven los había entrenado bien—. Tenéis… —Se miró el reloj del brazo—. Tenéis treinta y siete minutos hasta la reunión hombres. Y, hum, mujeres. No lleguéis tarde.

Los miembros del Puente Cuatro se marcharon, charlando entre ellos. Echo, Anya y Aden llegaron al poco tiempo, y su esposa dedicó a Bellamy una sonrisa pícara al ver que volvía a mirarse el reloj que llevaba en el brazo. La tormentosa mujer había conseguido que empezara a llegar pronto a sus citas con solo ceñirle un aparato al brazo. El hijo de Fen subió también a la plataforma y saludó a Bellamy con calidez.

—Tenemos habitaciones para vosotros, más arriba del templo donde vamos a reunirnos. Eh… bueno, sabemos que no las necesitáis, porque podéis volver a casa en un momento por la Puerta Jurada, pero…

—Las aceptamos encantados, hijo —dijo Bellamy—. Me vendrá bien refrescarme un poco y tener espacio para pensar.

El joven sonrió. Bellamy jamás podría acostumbrarse a aquellas cejas picudas. Bajaron de la plataforma y un guardia thayleño dio su visto bueno. Una escriba informó por vinculacaña de que podía tener lugar la siguiente transferencia. Bellamy se quedó a mirar. Un minuto más tarde hubo un fulgor repentino que rodeó de luz la Puerta Jurada. Los dispositivos de transporte se usaban casi sin interrupción en los últimos tiempos. Ese día lo operaba Malata, a quien se asignaba ese deber cada vez con más frecuencia.

—¿Tío? —dijo Anya al ver que se rezagaba.

—Es solo curiosidad por ver quién viene ahora.

Los recién llegados resultaron ser un grupo de mercaderes thayleños con pomposos ropajes. Bajaron por la rampa más ancha, rodeados de guardias y acompañados de porteadores que cargaban con enormes cofres.

—Más banqueros —dijo el hijo de Fen—. El silencioso colapso económico de Roshar continúa.

—¿Colapso? —preguntó Bellamy, sorprendido.

—Los banqueros de todo el continente se han estado retirando de las ciudades —dijo Anya, y señaló—. ¿Ves ese edificio de ahí abajo que parece una fortaleza, al frente del distrito antiguo? Es la Reserva Thayleña de Gemas.

—Los gobiernos locales van a tener problemas para financiar sus tropas después de esto —añadió el hijo de Fen con una mueca—. Tendrán que escribir aquí desde vinculacañas autorizadas y que les envíen las esferas. Va a ser un suplicio logístico para todo el que no esté cerca de una Puerta Jurada.

Bellamy frunció el ceño.

—¿No podríais animar a los mercaderes a quedarse y apoyar las ciudades en las que estaban?

—¡Señor! —replicó él—. Señor, ¿someter a los mercaderes a la autoridad militar?

—Haz como si no hubiera preguntado —dijo Bellamy, y cruzó la mirada con Echo y Anya. Echo sonrió con cariño ante lo que probablemente era una gran metedura de pata social, pero Bellamy sospechaba que Anya estaba de acuerdo con él. Seguro que ella habría embargado los bancos y los habría usado para financiar la guerra.

Aden se quedó un poco atrás, mirando a los mercaderes.

—¿Cómo de grandes son las gemas que traen? —preguntó.

—¿Brillante señor? —dijo el hijo de Fen, buscando apoyo con una mirada a Bellamy—. Serán esferas normales y corrientes.

—¿Hay alguna gema de mayor tamaño? —preguntó Aden. Se volvió hacia ellos—. ¿En algún lugar de la ciudad?

—Claro, muchas —dijo el hijo de Fen—. Tenemos algunas piezas bonitas de verdad, como en todas las ciudades. Esto… ¿por qué, brillante señor?

—Por nada —dijo Aden. No quiso dar más explicaciones.

Bellamy se lavó la cara con agua de una palangana, en sus habitaciones de una mansión que se alzaba más arriba del templo de Wells, en la parte superior de la ciudad, el distrito real. Se secó la cara con la toalla y extendió su mente hacia el Padre Tormenta.

—¿Te vas sintiendo mejor?

Yo no siento como los hombres. No enfermo como los hombres. Yo soy. El Padre Tormenta atronó. Pero podría haber sido destruido, astillado en mil pedazos. Si vivo es solo porque el enemigo teme exponerse a un ataque de Cultivación.

—Entonces, la tercera diosa aún vive, ¿no?

Sí. La has conocido.

—¿La he…? ¿De verdad?

No lo recuerdas. Pero suele estar escondida. Cobardía.

—O sabiduría, quizá —dijo Bellamy—. La Vigilante Nocturna…

No es ella.

—Sí, ya me lo habías dicho. La Vigilante Nocturna es como tú. Pero ¿hay otros spren como tú o la Vigilante? ¿Spren que son sombras de dioses?

Hay… un tercer hermano. No está con nosotros.

—¿Se oculta?

No. Dormita.

—Dime más.

No.

—Pero…

¡No! Déjalo en paz. Ya le hiciste bastante daño.

—Bien —dijo Bellamy.

Dejó la toalla y se apoyó en la ventana. El aire olía a sal y le recordaba algo que aún no terminaba de estar claro en su mente. Una última laguna en su memoria. Una travesía por mar. Y su visita al valle.

Miró la cómoda que había junto a la palangana y vio un libro escrito en desconocidos glifos thayleños. Una nota que había al lado, en glifos alezi, rezaba: «Senda. Rey.» Fen le había dejado un regalo, un ejemplar de El camino de los reyes en thayleño.

—Lo he hecho —dijo Bellamy—. Los he unido, Padre Tormenta. He cumplido mi juramento y he juntado a los hombres en vez de dividirlos. Quizá eso compense, aunque sea solo un poco, el dolor que he causado.

El Padre Tormenta retumbó en respuesta.

—¿A él le… importaba lo que sentíamos nosotros? —preguntó Bellamy—. Me refiero a Honor, al Todopoderoso. ¿De verdad le importaba el dolor del hombre?

Le importaba. Entonces no comprendía por qué, pero ahora sí. Odium miente al otorgarse el dominio exclusivo sobre la pasión. El Padre Tormenta calló un momento. Recuerdo, al final… que Honor se obsesionó más con los juramentos. Hubo tiempos en los que el propio juramento importaba más que el significado que traía detrás. Pero nunca fue un monstruo desapasionado. Amaba a la humanidad. Murió defendiéndola.

Bellamy encontró a Echo conversando con Gustus en la zona común de la mansión.

—¿Majestad? —dijo Bellamy.

—Puedes llamarme Vargo, si quieres —dijo Gustus, paseándose sin mirar a Bellamy—. Es como me llamaban de joven.

—¿Algo va mal? —preguntó Bellamy.

—Solo estoy preocupado. Mis académicos… No es nada, Bellamy. Nada. Tonterías. Hoy… hoy estoy bien. —Dejó de andar y cerró con fuerza los ojos de color gris claro.

—Eso es bueno, ¿verdad?

—Sí. Pero hoy no es buen día para ser insensible. Así que me preocupo.

¿Insensible? ¿A qué se refería?

—¿Prefieres saltarte la reunión? —le preguntó Echo.

Gustus se apresuró a menear la cabeza a los lados.

—Venid. Vayamos yendo. Estaré mejor… cuando hayamos empezado. Seguro.

Cuando Bellamy entró en la cámara principal del templo, descubrió que tenía ganas de que empezara la cumbre. Qué revelación tan extraña. Había pasado la mayoría de su juventud y los años posteriores aborreciendo la política y el incesante parloteo de las reuniones. Y ahora hasta se emocionaba. Alcanzaba a vislumbrar los contornos de algo grandioso en aquella sala. La delegación azishiana saludó con fervor a la reina Fen, y la visir Noura incluso le hizo entrega de un poema que había escrito en agradecimiento a la hospitalidad thayleña. El hijo de Fen se molestó en sentarse con Aden y darle conversación. El emperador Yanagawn parecía cómodo en su trono, rodeado de aliados y amigos. El Puente Cuatro bromeaba con los guardias del alto príncipe Roan mientras Madi, la Danzante del Filo, escuchaba con la cabeza ladeada subida a un alféizar cercano. Además de las cinco exploradoras de uniforme, otras dos mujeres con havahs se habían unido al Puente Cuatro. Llevaban cuadernos y lápices y tenían cosidos parches del Puente Cuatro en los hombros de sus vestidos, donde las escribas solían llevar la insignia de su pelotón. Altos príncipes alezi, visires azishianos, Caballeros Radiantes y almirantes thayleños, todos en la misma habitación. El Supremo de Emul hablaba de táctica con Roan, que había estado ayudando a su atribulado país. El general Khal y Teshav conversaban con la princesa de Yezier, que lanzaba miradas furtivas a Halam Khal, el hijo mayor de ambos, de pie junto a la puerta con la armadura esquirlada de su padre. Se hablaba de una posible unión política. Sería la primera que se producía en siglos entre un principado alezi y uno makabaki.

Únelos. Una voz susurró la palabra en la mente de Bellamy, con los mismos ecos resonantes que meses atrás, cuando habían empezado sus visiones.

—Eso hago —susurró Bellamy en respuesta.

Únelos.

—Padre Tormenta, ¿eres tú? ¿Por qué me estás repitiendo lo mismo?

Yo no he dicho nada.

Empezaba a costarle distinguir entre sus propios pensamientos y los que procedían del Padre Tormenta. Las visiones y los recuerdos competían por el espacio en el cerebro de Bellamy. Para aclararse la mente, recorrió la periferia de la sala circular del templo. Los murales de las paredes, que él mismo había restaurado con sus poderes, representaban al Heraldo Wells en varias de sus numerosas últimas resistencias contra los Portadores del Vacío. Montado en una pared había un mapa enorme del mar de Tarat y sus inmediaciones, con marcadores que indicaban las posiciones de su flota. La sala quedó en silencio mientras Bellamy se acercaba a estudiarlo. Lanzó un breve vistazo por las puertas del templo, hacia la bahía. Ya habían llegado algunos de los barcos más rápidos de la flota, bajo banderas de Kharbranth y Azir.

—Excelencia —dijo Bellamy a Yanagawn—. ¿Puedes darnos noticias de tus efectivos?

El emperador cedió la palabra a Noura. La flota principal estaba a menos de un día de distancia. Su vanguardia, o sus naves de exploración, como ella las llamaba, no había visto ninguna señal de avances enemigos. Habían temido que el enemigo aprovechara aquel intervalo entre tormentas para desplegarse, pero de momento no parecía el caso. Los almirantes empezaron a discutir la mejor forma de patrullar los mares sin descuidar la seguridad de Ciudad Thaylen. Bellamy se alegró de oírlo, sobre todo porque los almirantes parecían opinar que el verdadero peligro para Ciudad Thaylen había pasado. Un alto príncipe veden había enviado un explorador de infantería que había logrado acercarse lo suficiente a Marat para contar los barcos de los muelles. Había bastantes más de cien embarcaciones esperando en las distintas calas y puertos de la costa. Por el motivo que fuese, aún no estaban listos para zarpar, lo que era una suerte. La reunión siguió adelante con Fen dando una tardía bienvenida a todos los presentes. Bellamy cayó en la cuenta de que debería haberle permitido presidir el encuentro desde el principio. La reina describió las defensas de Ciudad Thaylen y mencionó la preocupación de sus líderes gremiales por las tropas de Amaram. Al parecer, se habían dedicado a festejar. Amaram se crispó al oírlo. Por muchos defectos que tuviera, le gustaba dirigir su ejército con mano firme. Cerca de agotarse ya esa conversación, Bellamy reparó en que Aden se removía incómodo en su asiento. Mientras los escribas azishianos empezaban a detallar su código de normas y pautas para la coalición, Aden se excusó con voz áspera y abandonó la sala. Bellamy miró a Echo, que parecía afligida. Anya se levantó para seguir a Aden, pero se lo impidió una escriba que le llevó un fino fajo de documentos. Anya los aceptó y se trasladó al lado de Echo para que pudieran leerlos juntas.

«¿Llamo a un receso?», pensó Bellamy, mirando el reloj de su brazo. Solo llevaban una hora y el entusiasmo de los azishianos con sus pautas era palpable.

El Padre Tormenta retumbó.

«¿Qué?», pensó Bellamy.

Se avecina… algo. Una tormenta.

Bellamy se levantó y miró por toda la sala, medio esperando que atacaran unos asesinos. Su movimiento súbito llamó la atención de un visir azishiano, un hombre de poca estatura con un sombrero muy grande.

—¿Brillante señor? —dijo el intérprete a instancias del visir.

—Eh… —Bellamy podía sentirlo también—. Algo va mal.

—¿Bellamy? —dijo Fen—. ¿De qué estás hablando?

De pronto empezaron a iluminarse vinculacañas por toda la sala. Una docena de rubíes brillando. El corazón de Bellamy dio un vuelco. A su alrededor se alzaron expectaspren, banderines que aleteaban desde el suelo, mientras las distintas escribas sacaban las luminosas vinculacañas de cajas o cinturones y las preparaban para que empezaran a escribir. Anya no se dio cuenta de que una de las suyas estaba activada. Parecía demasiado distraída por lo que estaban leyendo Echo y ella.

—La tormenta eterna acaba de llegar a Shinovar —explicó por fin la reina Fen, leyendo por encima del hombro de una escriba.

—¡Imposible! —exclamó Ialai Sadeas—. ¡Solo hace cinco días desde la última! Vienen con intervalos de nueve días.

—Bueno, pues creo que tenemos confirmación más que suficiente —dijo Fen, señalando las vinculacañas con el mentón.

—Esa tormenta es demasiado nueva —dijo Teshav. Se arrebujó en su chal mientras leía—. No la conocemos lo suficiente para estimar con exactitud su comportamiento. Los informes de Steen dicen que esta vez es particularmente violenta y avanza más deprisa que antes.

Bellamy se quedó helado.

—¿Cuánto tardará en llegar aquí? —preguntó Fen.

—Aún quedan horas —dijo Teshav—. La alta tormenta puede tardar un día entero en cruzar Roshar de lado a lado, y la tormenta eterna es más lenta. Por lo general.

—Pero está acelerando —replicó Yanagawn a través de su intérprete—. ¿A qué distancia están nuestros barcos? ¿Cómo vamos a cobijarlos?

—Paz, excelencia —dijo Fen—. Los barcos están cerca, y los nuevos muelles que tenemos a kilómetros de aquí están resguardados por el este y el oeste. Solo tenemos que enviar la flota derecha hacia ellos, en vez de que paren aquí para desembarcar tropas.

La sala vibró con las conversaciones a medida que los distintos grupos recibían informes de sus contactos en Tashikk, que a su vez estarían transmitiendo información procedente de Iri, Steen o incluso Shinovar.

—Deberíamos hacer un breve receso —propuso Bellamy. Los demás lo aceptaron, distraídos, y se dividieron en corrillos por toda la sala. Bellamy se reclinó en su asiento y liberó el aliento que había contenido—. No es tan grave. Podemos sobreponernos.

No era eso, dijo el Padre Tormenta. Atronó y su voz preocupada se volvió muy suave al añadir: Hay más.

Bellamy se levantó de un salto y sus instintos lo urgieron a extender la mano a un lado, con los dedos separados, para invocar una hoja que ya no poseía. El Puente Cuatro respondió al instante, soltando la comida en la mesa de vituallas y cogiendo sus lanzas.

Nadie más pareció darse cuenta.

Pero… ¿de qué tenían que darse cuenta? No llegó ningún ataque. Las conversaciones siguieron por todas partes. Anya y Echo seguían muy juntas, leyendo. Echo dio un leve respingo y se llevó la mano segura a la boca. Anya miró a Bellamy con los labios convertidos en una fina línea.

«Ese mensaje no era sobre la tormenta», pensó Bellamy, y acercó su asiento a ellas.

—Muy bien —susurró, aunque estaban lo bastante lejos de otros grupos como para poder hablar en privado—, ¿qué ocurre?

—Ha habido un gran avance en la traducción del Canto del alba —susurró Echo—. Los equipos de Kharbranth y los monasterios de Jah Keved han llegado a lo mismo por separado, valiéndose del estribo que les proporcionamos a partir de las visiones. Por fin estamos recibiendo traducciones.

—Pero eso es bueno, ¿no? —dijo Bellamy.

Anya suspiró.

—Tío, la parte que las historiadoras tenían más ganas de traducir se llama el Eila Stele. Según varias fuentes, es antiguo, quizá el documento más viejo que se conserva, y se dice que lo escribieron los Heraldos en persona. Por la traducción que al fin ha llegado hoy, las tallas parecen ser el relato de alguien que presenció la mismísima primera llegada de los Portadores del Vacío, hace mucho, mucho tiempo. Incluso antes de la primera Desolación.

—Por la sangre de mis padres —dijo Bellamy. ¿Antes de la primera Desolación? ¡Pero si la última había sido hacía más de cuatro mil años! Estaban hablando de acontecimientos perdidos en las brumas del tiempo—. ¿Y sabemos lo que dice?

—«Vinieron de otro mundo —leyó Echo de su papel—, empleando poderes a los que se nos ha prohibido acceder. Poderes peligrosos, de los spren y las potencias. Destruyeron sus tierras y vinieron a nosotros suplicando.

»"Los acogimos, como ordenaban los dioses. ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Eran un pueblo abandonado, sin hogar. Nuestra piedad nos destruyó, pues su traición se extendió incluso hasta a nuestros dioses: a spren, piedra y viento."

»"Cuidado con los venidos de otro mundo. Con los traidores. Con los de dulces lenguas pero mentes sanguinarias. No los aceptéis en vuestras casas. No los auxiliéis. Con razón se los llamó Portadores del Vacío, pues portaban consigo el vacío, el pozo hueco que absorbe toda emoción. Un nuevo dios. Su dios."

»"Estos Portadores del Vacío no conocen canciones. No pueden oír a Roshar y, allá donde van, llevan el silencio. Parecen blandos, sin caparazón, pero son duros. Tienen solo un corazón, y jamás podrá vivir."»

Echo bajó la página.

Bellamy arrugó la frente.

«Son bobadas —pensó—. ¿Afirma que los primeros parshmenios que llegaron para invadirnos no tenían caparazón? Pero ¿cómo sabía la autora que debían tenerlo? ¿Y qué es eso que dicen de canciones y…?»

Encajó.

—Esto no lo escribió un humano —susurró Bellamy.

—No, tío —dijo Anya en voz baja—. El autor fue un Cantor del Alba, uno de los habitantes originales de Roshar. Los Cantores del Alba no eran spren, como ha postulado a menudo la teología. Ni tampoco eran Heraldos. Eran parshmenios. Y la gente a la que acogieron en su mundo, los extranjeros…

—Éramos nosotros —susurró Bellamy. Se notó frío, como si lo hubieran sumergido en agua helada—. Nos llamaron a nosotros Portadores del Vacío.

Anya suspiró.

—Llevaba un tiempo sospechándolo. La primera Desolación tuvo lugar cuando la humanidad invadió Roshar. Llegamos aquí y arrebatamos esta tierra a los parshmenios, después de arrasar sin querer nuestro anterior mundo usando la potenciación. Esa es la verdad que destruyó a los Radiantes.

El Padre Tormenta atronó en la mente de Bellamy, que seguía mirando el papel que tenía Echo en la mano. Qué pequeño y trivial parecía, para haber abierto tal hueco en su interior.

«Es cierto, ¿verdad? —pensó, dirigiéndose al Padre Tormenta—. Tormentas, no somos los defensores de nuestro hogar. Somos los invasores.»

Cerca de ellos, Gustus discutía en voz baja con sus escribas. Al terminar, se levantó. Carraspeó y los distintos grupos guardaron silencio poco a poco. El contingente azishiano hizo que los sirvientes devolvieran sus asientos con los demás y la reina Fen volvió a su sitio, aunque no se sentó. Cruzó los brazos, con aire consternado.

—He recibido noticias desconcertantes —dijo Gustus—. Por vinculacaña, ahora mismo. Relacionadas con el brillante señor Griffin. No deseo ser grosero…

—No —dijo Fen—. Yo también lo he oído. Necesitaré una explicación.

—Coincidimos —dijo Noura.

Bellamy se levantó.

—Comprendo que esto resulte inquietante. Yo… tampoco he tenido tiempo de asumirlo. Quizá podríamos posponerlo y tratar antes de la tormenta, ¿os parece? Hablaremos de esto después.

—Quizá —dijo Gustus—. Sí, quizá. Pero es un problema. Creíamos librar una guerra justa, pero esta revelación me tiene patidifuso.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Fen.

—¿La noticia de los traductores veden? ¿Los textos antiguos que afirman que los humanos procedemos de otro mundo?

—Bah —dijo Fen—. Libros polvorientos e ideas filosóficas. ¡Yo pregunto por ese asunto del alto rey!

—¿Alto rey? —dijo Yanagawn mediante un intérprete.

—Tengo aquí un ensayo de Zetah la Sonora —dijo Fen, dándose un golpe con los papeles en la palma de la otra mano— que afirma que antes de que el rey Finn partiese hacia Alezkar, juró a Bellamy que lo reconocería como emperador.

Noura la visir se levantó de un salto.

¿Perdón?

—¡Llamarlo emperador es exagerar! —exclamó Bellamy, tratando de reorientarse ante aquel ataque inesperado—. Es un asunto interno de los alezi.

Echo se puso en pie a su lado.

—Se reduce a que mi hijo estaba preocupado por su relación política con Bellamy. Tenemos preparada una explicación por escrito para todos vosotros, y nuestros altos príncipes pueden confirmaros que no pretendemos expandir nuestra influencia a vuestras naciones.

—¿Y esto? —dijo Noura, levantando unas páginas—. ¿También estáis preparando una explicación para esto?

—¿Qué es? —preguntó Bellamy, preparándose para un nuevo golpe.

—Crónicas de dos visiones que no compartiste con nosotros —dijo Noura—. En las que, supuestamente, te reuniste y confraternizaste con un ser conocido como Odium.

Detrás de Bellamy, Madi se sobresaltó. Bellamy miró hacia ella y los hombres del Puente Cuatro, que estaban murmurando entre ellos.

«Esto es malo —pensó Bellamy—. Es demasiado. Y va demasiado rápido para que pueda controlarlo.»

Anya se levantó de sopetón.

—Es evidente que se trata de un intento concentrado de aniquilar nuestra reputación. Alguien ha hecho circular a propósito toda esta información al mismo tiempo.

—¿Es verdad? —preguntó Noura en alezi—. Bellamy Griffin, ¿has hablado con nuestro enemigo?

Echo le cogió el brazo. Anya hizo una sutil negación con la cabeza: «No contestes a eso.»

—Sí —respondió Bellamy.

—¿Te dijo que tú destruirías Roshar? —preguntó Noura, imperiosa.

—¿Y qué hay de este documento de la antigüedad? —dijo Gustus—. Afirma que los Radiantes ya habían destruido un mundo. ¿No es eso lo que los llevó a desbandarse? ¡Temían que sus poderes fueran imposibles de controlar!

—Yo aún estoy intentando asimilar esta idiotez del alto rey —dijo Fen—. ¿Cómo va a ser solo «un asunto interno de los alezi» si has permitido que otro rey te jure lealtad?

Todos se pusieron a hablar a la vez. Echo y Anya tomaron la iniciativa y respondieron a los ataques, pero Bellamy se hundió en su asiento. Todo se estaba desmoronando. Se había hundido una espada, tan afilada como cualquiera de un campo de batalla, en el corazón de su coalición.

«Esto es lo que temías —pensó—. Un mundo que girara no por la fuerza de los ejércitos, sino por los intereses de escribas y burócratas.»

Y en ese mundo, alguien muy diestro acababa de flanquear a Bellamy.