112. PARA LOS VIVOS

Estoy convencida de que hay nueve Deshechos. Hay muchas leyendas y nombres que puedo haber malinterpretado, fusionando dos Deshechos en uno. En la siguiente parte, comentaré mis teorías al respecto.

De Mítica de Hessi, página 266

Raven recordó el beso de una mujer.

Harper había sido especial. Era la hija ojos oscuros de un ayudante de intendencia y se había criado ayudando a su padre en el trabajo. Aunque era alezi hasta la médula, prefería los vestidos a una antigua moda thayleña, con la parte delantera parecida a un delantal, tiras sobre los hombros y falda hasta justo debajo de la rodilla. Por debajo se ponía una camisa abotonada, a menudo de colores vivos, más vivos de lo que podía permitirse la mayoría de los ojos oscuros. Harper sabía aprovechar al máximo sus esferas. Ese día, Raven había estado sentada en un tocón, descamisada, sudando. La tarde empezaba a refrescar a medida que el sol bajaba hacia el horizonte, y Raven disfrutó de su última calidez. Con la lanza reposando en el regazo, jugueteaba con una piedra blanca, marrón y negra. Colores que se alternaban. El calor del sol se reflejó en el de una mujer que abrazó a Raven desde detrás, envolviéndole el pecho con los brazos. Raven apoyó su mano callosa en la delicada de Harper, envuelta en su aroma a uniformes almidonados, cuero nuevo y otras cosas limpias.

—Acabas pronto —dijo—. Creía que hoy ibas a vestir a unos novatos.

—He puesto a la nueva a terminar lo que faltaba.

—Me sorprendes. Sé cuánto te gusta esa parte.

—Tormentas —dijo Harper, pasando delante de ella—, es que se cohíben mucho cuando los mides. «Tranquilo, chico, que no me estoy insinuando por ponerte una cinta de medir contra el pecho.» Si es que… —Alzó la lanza de Raven y la estudió con ojo crítico, comprobando su equilibrio—. Ojalá dejaras que te solicite una nueva.

—Me gusta esa. Tardé muchísimo en encontrar una lo bastante larga.

Harper miró a lo largo del arma para asegurarse de que estaba recta. Jamás confiaría en esa lanza, ya que no había pedido ella en persona que se la asignaran. Ese día llevaba la camisa verde metida en una falda marrón y el cabello negro recogido en una coleta. Algo rellenita, de cara redondeada y constitución firme, Harper tenía una belleza sutil, como la de una gema sin tallar. Cuanto más veías de ella, cuanto más descubrías sus facetas naturales, más la amabas. Hasta que un día caías en la cuenta de que nunca habías conocido nada tan maravilloso.

—¿Algún chico joven entre los novatos? —preguntó Raven, levantándose y guardando en el bolsillo la piedra de Tien.

—No me he fijado.

Raven gruñó y saludó a Gol, otro líder de escuadra como ella.

—Sabes que me gusta ver si hay chicos que puedan necesitar un poco más de atención.

—Lo sé, pero estaba muy ocupada. Hoy ha llegado una caravana de Kholinar. —Harper se pegó a ella—. Había harina de verdad en un paquete. Me he cobrado algunos favores. ¿Recuerdas que quiero que pruebes el pan thayleño que hace mi padre? Había pensado que vinieras esta noche.

—Tu padre me odia.

—Está entrando en razón. Además, le cae bien cualquiera que halague su pan.

—Tengo entrenamiento esta tarde.

—Pero si acabas de entrenar.

—Acabo de calentar. —Raven la miró e hizo una mueca—. Organicé yo la práctica de esta tarde, Harper. No puedo saltármela. Además, creía que tú estarías ocupada. ¿Qué tal mañana para comer?

Le dio un beso en la mejilla y recuperó su lanza. Solo se había alejado un paso cuando ella habló.

—Me marcho, Rav —dijo Harper desde detrás.

Raven trastabilló y dio media vuelta.

¿Qué?

—Me traslado —dijo ella—. Me han ofrecido un puesto de escriba en Cripta de la Pena, para la casa del alto príncipe. Es una buena oportunidad, sobre todo para alguien como yo.

—Pero… —Raven movió los labios—. ¿Te marchas?

—Quería decírtelo en la cena, no aquí a la intemperie. Es una cosa que tengo que hacer. Mi padre se hace mayor y tiene miedo de que lo acaben destinando a las Llanuras Quebradas. Si yo encuentro trabajo, podrá venir conmigo.

Raven se puso una mano en la cabeza. Harper no podía marcharse y ya está, ¿verdad?

Harper fue hacia ella, se puso de puntillas y le dio un suave beso en los labios.

—¿Podrías… no irte? —preguntó Raven.

Ella negó con la cabeza.

—Quizá podría pedir yo un traslado —dijo Raven—. A la guardia de la casa del alto príncipe, tal vez.

—¿Lo harías?

—Eh…

No. No lo haría.

No mientras llevara esa piedra en el bolsillo, no mientras el recuerdo de la muerte de su hermano siguiera fresco en su memoria. No mientras los altos señores ojos claros hicieran matar a chicos en sus trifulcas mezquinas.

—Oh, Rav —susurró Harper, y le apretó el brazo—, a lo mejor algún día aprenderás a estar presente para los vivos, no solo para los muertos.

Después de que Harper se mudara, Raven recibió dos cartas suyas en las que le hablaba de la vida en Cripta de la Pena. Pagó a alguien para que se las leyera. Pero no las respondió. Porque era tonta, porque no quería entender. Porque las mujeres cometen errores cuando son jóvenes y están furiosos.

Porque ella había tenido razón.

Raven se echó el arpón al hombro, en cabeza del grupo a través del extraño bosque. Habían hecho parte del trayecto volando, pero tenían que conservar la poca luz tormentosa que les quedaba. De modo que llevaban dos días andando. Árboles y más árboles, con vidaspren flotando entre ellos y, de vez en cuando, el alma flotante de algún pez. Syl no dejaba de decir que tenían suerte de no haber encontrado ningún furiaspren ni otros depredadores. Para ella, el bosque tenía un extraño silencio, una extraña soledad. La selva de árboles había dejado paso a otros más altos e imponentes, con troncos de un intenso carmesí y ramas de cristal rosa oscuro que, en las puntas, estallaban en pequeñas colecciones de minerales. El accidentado terreno de obsidiana presentaba valles profundos e interminables colinas altas. Raven empezaba a temer que, pese a la infalible guía de un sol inmóvil, se hubieran equivocado de dirección.

—Tormentas, muchacha del puente —dijo Clarke, que remontaba la pendiente tras ella—. ¿Nos tomamos un descanso?

—En la cima —dijo Raven.

Sin luz tormentosa, Lexa era la que más atrás se quedaba siempre, acompañada de Patrón. Los agotaspren volaban en círculos sobre ella, con forma de grandes pollos. Aunque Lexa le ponía empeño, no era soldado, y a menudo obligaba a los demás a aflojar el ritmo. Claro que, sin su habilidad como cartógrafa y su recuerdo de la posición exacta de Ciudad Thaylen, no habrían tenido ni la menor idea de hacia dónde ir. Por suerte, no había señales de que estuvieran persiguiéndolas. Pero aun así, Raven no podía dejar de preocuparse por lo despacio que avanzaban.

Debía estar «presente para los vivos», como le había dicho Harper.

Las alentó a ascender por la falda, dejando atrás una zona de suelo quebrado en la que la obsidiana se había fracturado como capas de crem mal endurecido. La inquietud lo impulsaba hacia delante. Paso tras paso, implacable. Era imperativo que llegara a la Puerta Jurada. No fracasaría como en Kholinar.

Un solitario y brillante vientospren se iluminó a su lado mientras coronaba la colina. Al otro lado se extendía un mar de almas. Millares y millares de llamitas de candil cabeceaban en el siguiente valle, sobre un inmenso océano de cuentas de cristal.

Ciudad Thaylen.

Clarke llegó a su lado, y al poco tiempo se les unieron Lexa y los tres spren. Lexa suspiró y se sentó en el suelo, tosiendo un poco por el esfuerzo del ascenso. Entre el mar de luces había dos spren gigantescos, muy parecidos a los que habían visto en Kholinar. Uno centelleaba en infinidad de colores, mientras el otro titilaba, negro como la brea. Ambos estaban muy erguidos, empuñando lanzas tan largas como edificios. Eran los centinelas de la Puerta Jurada, y no parecían corrompidos. Por debajo de ellos, el dispositivo en sí se manifestaba como una gran plataforma de piedra con un amplio y extenso puente blanco que cruzaba sobre las cuentas hasta la orilla. El puente estaba defendido por un todo un ejército de spren enemigos: centenares, quizá miles de soldados.