I-14. MARCUS

Marcus podía funcionar.

Uno aprendía cómo hacerlo. Aprendía a mantener activas las partes normales de su vida para que la gente no se preocupara mucho. Para no ser demasiado poco de fiar. A veces tropezaba. Eso iba mermando la confianza, hasta el punto en que se le hacía difícil seguir convenciéndose a sí mismo de que podía arreglárselas. Sabía en el fondo de su alma que terminaría solo de nuevo. Los hombres del Puente Cuatro se hartarían de sacarlo de embrollos. Pero de momento, Marcus funcionaba. Saludó con la cabeza a Malata, que operaba la Puerta Jurada, y se llevó a sus hombres cruzando la plataforma y rampa abajo hacia Urithiru. Eran un grupo hundido. Pocos de ellos comprendían del todo el significado de lo que habían descubierto, pero todos sentían que se había producido un cambio crucial. Para Marcus tenía todo el sentido del mundo. No iba a haber algo fácil, claro que no. ¿Cómo iba a haberlo en su tormentosa vida?

Un recorrido serpenteante por los pasillos y un tramo de escalera los llevaron de vuelta al nivel de sus barracones. Mientras caminaban, apareció una mujer en el pasillo al lado de Marcus, más o menos de su altura, brillando con una suave luz blanca azulada.

Tormentosa spren. Marcus se contuvo para no mirarla.

Tienes Palabras que pronunciar, Marcus, dijo ella en su mente.

—A la tormenta contigo —musitó él.

Tú has emprendido este camino. ¿Cuándo vas a contar a los demás los juramentos que has hecho?

—Yo no he…

De repente la spren se volvió, alarmada, y miró por el pasillo hacia los barracones del Puente Cuatro.

—¿Qué pasa? —Marcus se detuvo—. ¿Algo va mal?

Algo va muy mal. ¡Corre deprisa, Marcus!

Salió a la carrera por delante de los hombres, que gritaron a su espalda. Llegó a la puerta del acuartelamiento y la abrió de un empujón. De inmediato lo asaltó el olor de la sangre. La sala común del Puente Cuatro estaba revuelta y el suelo ensangrentado. Marcus gritó y corrió por la habitación para encontrar tres cadáveres casi al fondo. Soltó su lanza y cayó arrodillado junto a Roca, Bisig y Eth.

«Aún respira —pensó Marcus, con dos dedos apretados contra el cuello de Roca—. Aún respira. Recuerda el entrenamiento de Raven, imbécil.»

—¡Comprobad a los otros! —gritó cuando llegaron más hombres del puente. Se quitó el abrigo e hizo presión con él sobre las heridas de Roca. El comecuernos estaba bien rebanado, con una docena de cortes que parecían de cuchillo.

—Bisig está vivo —informó Jasper—. Pero… ¡tormentas, esta herida es de hoja esquirlada!

—Eth… —dijo Nyko, arrodillado junto al tercer cuerpo—. Tormentas…

Marcus vaciló. Eth era el portador de la hoja de Honor ese día.

Muerto.

«Venían buscando la hoja», comprendió.

Huio, que era mejor médico de campaña que Marcus, lo sustituyó atendiendo a Roca. Con sangre en las manos, Marcus retrocedió trastabillando.

—Necesitamos a Aden —dijo Jasper—. ¡Es lo mejor para Roca!

—Pero ¿dónde ha ido? —preguntó Lyn—. Estaba en la reunión, pero se ha marchado. —Miró a Laran, una de las otras exmensajeras, la más veloz de todas—. ¡Corre a la garita de guardia! ¡Deberían tener una vinculacaña para contactar con la Puerta Jurada!

Laran salió a la carrera de la sala. Cerca de Marcus, Bisig gimió. Sus párpados temblaron y se abrieron. Tenía el brazo entero de color gris y el uniforme atravesado.

—¡Bisig! —exclamó Jasper—. Tormentas, ¿qué ha pasado?

—Creía… que era de los nuestros —murmuró Bisig—. No lo he mirado bien… hasta que ha atacado. —Bajó la espalda con un quejido y cerró los ojos—. Llevaba una casaca de hombre del puente.

—¡Padre Tormenta! —dijo Jackson—. ¿Le has visto la cara?

Bisig asintió.

—No lo conocía. Era bajo, alezi. Casaca del Puente Cuatro, con nudos de teniente en el hombro.

Nyko frunció el ceño y miró de soslayo a Marcus. El asesino se había disfrazado con una casaca de oficial del Puente Cuatro. La casaca de Marcus, que había vendido semanas antes en el mercado. Para sacarse unas esferas. Retrocedió a tropezones mientras los demás se afanaban alrededor de Roca y Bisig y salió huyendo, a través de unos vergüenzaspren que caían, hacia el pasillo.