QUINTA PARTE
NUEVA UNIDAD
114. EL PRECIO
CINCO AÑOS Y MEDIO
Bellamy volvió en sí, jadeando, en la cabina de un carro de tormenta. Con el corazón martilleando, rodó, apartó botellas vacías a patadas y alzó los puños. Fuera, los coletazos de una tormenta bañaban las paredes de agua. Por el décimo nombre del Todopoderoso, ¿qué le había pasado?
Un momento antes se había tumbado en su catre, y al siguiente ya había… bueno, no lo recordaba bien del todo. ¿Qué le estaba haciendo ahora la bebida?
Alguien llamó a su puerta.
—¿Sí? —dijo Bellamy, con voz ronca.
—La caravana se prepara para marcharse, brillante señor.
—¿Ya? La lluvia ni siquiera ha parado aún.
—Creo que, hum, tienen ganas de librarse de nosotros, señor.
Bellamy abrió la puerta. Fuera estaba Felt, un hombre menudo con bigote largo y lacio y la piel pálida. Debía de tener algo de sangre shin, a juzgar por sus ojos. Aunque Bellamy no había concretado lo que pretendía hacer allí lejos, en Hexi, sus soldados parecían saberlo. Bellamy no sabía si enorgullecerse de su lealtad o escandalizarse por la facilidad con que aceptaban su visita a la Vigilante Nocturna. Pero a fin de cuentas uno de ellos, el propio Felt, ya había recorrido antes ese camino. Fuera, los trabajadores de la caravana enjaezaron sus chulls. Habían aceptado dejarlo allí porque les pillaba de camino, pero se negaban a llevarlo más al interior del valle.
—¿Podrás guiarnos por lo que queda de camino? —preguntó Bellamy.
—Claro —dijo Felt—. Estamos a menos de un día.
—Pues dile a nuestro buen jefe de caravana que nos llevaremos nuestros carros y nos separaremos aquí. Págale lo que pidió, Felt, y añade un poco.
—Como quieras, brillante señor, pero opino que llevar consigo a un portador de esquirlada debería ser pago suficiente.
—Explícale que, en parte, estamos comprando su silencio.
Bellamy esperó a que la lluvia remitiera casi del todo, se puso la casaca y salió con Felt, que caminaba por delante de los carros. Ya no le apetecía estar enjaulado. Había esperado que aquel terreno se pareciera a las llanuras alezi. Al fin y al cabo, los llanos ventosos de Hexi no eran muy distintos a los de su tierra natal. Pero por extraño que resultara, no había ni un rocabrote a la vista. El suelo estaba cubierto de arrugas, como ondulaciones de un estanque congeladas, de unos seis o siete centímetros de profundidad. Estaban costrosas por el lado expuesto a las tormentas, cubiertas de liquen. En la parte a sotavento, la hierba se extendía por el suelo, aplanada. Los escasos árboles que había eran cosas raquíticas y retorcidas, con hojas serradas. Sus ramas se encorvaban tanto a sotavento que casi tocaban el suelo. Era como si un Heraldo se hubiera paseado por allí doblándolo todo a un lado. Las faldas de las montañas cercanas estaban yermas, arrasadas y limpias hasta la piedra.
—Ya no falta mucho, señor —dijo Felt. El soldado apenas llegaba a la altura de medio pecho de Bellamy.
—Cuando viniste la otra vez —dijo Bellamy—, ¿qué… qué viste?
—Si te soy sincero, señor, nada. Ella no vino a mí. No visita a todo el mundo, ¿sabes? —Dio una palmada y se sopló las manos. Había estado haciendo tiempo de invierno—. Tienes que entrar después de que anochezca. Solo, señor. Ella evita a los grupos.
—¿Sabes por qué no te visitó?
—Bueno, supuse que no le gustarían los extranjeros.
—Eso podría darme problemas a mí también.
—Tú eres un poco menos extranjero, señor.
De pronto, delante de ellos unas pequeñas criaturas oscuras salieron de detrás de un árbol y alzaron el vuelo en bandada. Bellamy se quedó impresionado por lo veloces y ágiles que eran.
—¿Pollos? —dijo. Negros y pequeños, del tamaño de un puño.
Felt dio una risita.
—Sí, los pollos salvajes se extienden tan al este como estamos. Pero no sé qué hacían en este lado de las montañas.
Los pollos eligieron otro árbol encorvado y se aposentaron en sus ramas.
—Señor —dijo Felt—, perdona que pregunte, pero ¿estás seguro de que quieres hacerlo? Ahí dentro estarás en su poder. Y no podrás elegir el precio.
Bellamy no respondió. Sus botas aplastaron matojos de hierbas que temblaban y se sacudían al tocarlas. Cuánto espacio vacío había allí, en Hexi. En Alezkar, no se podía marchar un día o dos sin topar con algún pueblo de granjeros. Caminaron más de tres horas, durante las que Bellamy sintió a la vez una angustia por terminar de una vez y una renuencia a seguir adelante. Había disfrutado teniendo un objetivo por primera vez en mucho tiempo. Pero por otra parte, su decisión le había proporcionado una excusa. Si iba a visitar a la Vigilante Nocturna de todos modos, ¿para qué resistirse a la bebida?
Había pasado la mayor parte del viaje ebrio. Pero con el alcohol a punto de acabarse, las voces de los muertos parecían darle caza de nuevo. Eran peores cuando intentaba dormir, y Bellamy notaba un dolor amortiguado detrás de los ojos por no haber descansado bien.
—¿Señor? —dijo Felt al cabo de un tiempo—. Mira ahí. —Señaló una fina franja de verde en la falda montañosa batida por el viento.
Cuando siguieron avanzando, Bellamy pudo verla mejor. Las montañas dejaban un valle entre ellas y, dado que su entrada apuntaba al noreste, su interior estaba resguardado de las altas tormentas. Y en consecuencia, la vida vegetal había medrado en el valle. Enredaderas, helechos, flores y hierbas creían juntos en un muro de sotobosque. Los árboles se alzaban por encima, y no eran los resistentes tocopesos de su país. Eran nudosos, altos y retorcidos, con ramas que se enmarañaban. Estaban cubiertos de musgo y enredaderas que colgaban, y rodeados por una multitud de flotantes vidaspren. Todo se apilaba sobre lo demás, juncos y ramas asomando en todas las direcciones, helechos tan saturados de enredaderas que se inclinaban bajo su peso. A Bellamy le recordó a un campo de batalla. Un gran tapiz que representaba a guerreros enzarzados en combate mortal, todos bregando por ganar ventaja.
—¿Cómo se entra? —preguntó Bellamy—. ¿Cómo puede atravesarse eso?
—Hay algunos senderos, si se buscan bien —dijo Felt—. ¿Acampamos aquí, señor? Así mañana podrás salir a explorar para encontrarlos y terminar de decidirte.
Bellamy asintió y sus hombres instalaron el campamento casi en el límite del valle, tan cerca que se olía la humedad de dentro. Colocaron los carros a modo de barrera entre dos árboles y montaron las tiendas con presteza. Tardaron poco en encender una hoguera. El lugar daba como una… sensación. Como si se pudiera oír crecer a todas aquellas plantas. El valle se estremecía y crujía. Cuando soplaba el viento, era cálido y húmedo. El sol se puso por detrás de las montañas, sumiéndolos en la
oscuridad. Poco después, Bellamy echó a andar hacia el interior. No podía esperar otro día. Los sonidos del valle lo tentaban. Las enredaderas susurrando al moverse cuando diminutos animales correteaban por ellas. Las hojas enroscándose. Los hombres no lo llamaron; comprendían su decisión. Entró en el mohoso y húmedo valle y las enredaderas empezaron a rozarle la cabeza. Apenas veía en la oscuridad, pero Felt había estado en lo cierto y se revelaron unos senderos cuando las enredaderas y las ramas se apartaron de él, permitiéndole entrar con la misma reticencia que los guardias abriendo el paso a un desconocido a la presencia de su rey. Había esperado que la Emoción le fuese de ayuda. Aquello era un desafío, ¿no? Pero no sintió nada, ni un atisbo.
Avanzó esforzado por la penumbra y de repente se sintió estúpido. ¿Qué estaba haciendo en ese lugar? ¿Perseguir una superstición pagana mientras los demás altos príncipes se congregaban para castigar a los asesinos de Gavilar? Debería estar en las Llanuras Quebradas. Ahí era donde podría cambiar, donde sería de nuevo el hombre que había sido. ¿Quería escapar de la bebida? Solo tenía que invocar a Juramentada y buscar un adversario contra el que luchar.
¿Quién sabía lo que aguardaba en ese bosque? Si él fuese un bandido, desde luego allí es donde se establecería. Tenía que llegar gente a borbotones. ¡Condenación! No le extrañaría que alguien se hubiera inventado todo aquello solo para atraer a objetivos incautos.
Un momento, ¿qué era eso? Un sonido distinto de los golpeteos de patitas en el sotobosque y las enredaderas retirándose. Se quedó quieto, escuchando. Era…
Un sollozo.
«Oh, Todopoderoso, no.»
Escuchó llorar a una niña, rogando por su vida. Sonaba como Clarke. Bellamy se apartó del sonido y buscó en la penumbra. Otros chillidos y súplicas se unieron al primero, los de personas muriendo en las llamas. En un instante de pánico, dio media vuelta para volver corriendo por donde había venido. Al momento, tropezó con los matorrales. Cayó contra madera podrida y enredaderas que se retorcieron bajo sus dedos. Los bramidos y los aullidos de la gente resonaron por todo su alrededor en la oscuridad casi absoluta. Frenético, invocó a Juramentada, se levantó con torpeza y empezó a dar tajos para abrirse espacio. Esas voces… ¡estaban por todas partes!
Pasó junto al tronco de un árbol, hundiendo los dedos en el musgo y la corteza mojada. ¿La entrada estaría por allí?
De pronto se vio a sí mismo en las Montañas Irreclamadas, combatiendo contra esos traidores parshmenios. Se vio a sí mismo matando, mutilando, asesinando. Vio su propia voracidad, sus ojos muy abiertos y sus dientes apretados en una espantosa sonrisa. La sonrisa de un cráneo. Se vio a sí mismo estrangulando a Finn, que nunca había poseído la entereza ni el encanto de su padre. Bellamy ascendía al trono. Debería haber sido suyo, de todos modos. Sus ejércitos invadían Herdaz y luego Jah Keved. Bellamy pasaba a ser rey de reyes, un poderoso conquistador cuyas gestas empequeñecían con mucho a las de su hermano. Forjaba un imperio vorin unificado que se extendía por medio Roshar. ¡Un logro sin par!
Y los vio arder.
Cientos de pueblos. Miles y miles de personas. Era la única manera. Si una localidad se resistía, había que reducirla a cenizas. Había que exterminar a todo el que se resistiera, y dejar los cadáveres de sus seres queridos para alimentar a los carroñeros. Había que enviar el terror por delante como una tormenta, hasta que todo enemigo se rindiera. La Grieta sería solo el primero en una larga sucesión de ejemplos. Se vio a sí mismo de pie sobre los cadáveres amontonados, riendo. Sí, había escapado de la bebida. Se había convertido en algo prodigioso y terrible.
Ese era su futuro.
Bellamy tomó una sonora bocanada de aire, cayó de rodillas en el bosque oscuro y permitió que las voces se arremolinaran a su alrededor. Oyó a Evi entre ellas, llorando mientras ardía hasta morir, sin nadie que la viera, sin nadie que lo supiera. Sola. Bellamy dejó que Juramentada resbalara de entre sus dedos y se deshiciera en bruma.
Los llantos se desvanecieron en la distancia.
Hijo de Honor… El viento traía un nuevo sonido, una voz que recordaba al crepitar de los árboles.
Abrió los ojos y se encontró en un claro diminuto, bañado por la luz de las estrellas. Una sombra se movió en la tiniebla detrás de los árboles, acompañada del sonido de las enredaderas curvándose y el viento entre la hierba.
Hola, humano. Hueles a desesperación. La voz femenina era como cien susurros superpuestos. La silueta alargada se movía entre los árboles que circundaban el claro, acechándolo como un depredador.
—Dicen… que puedes cambiar a una persona —dijo Bellamy, agotado.
La Vigilante Nocturna pareció materializarse a partir de la oscuridad. Era una neblina de color verde oscuro, con la forma difuminada de una persona reptando. Extendió unos brazos demasiado largos para moverse, flotando sobre el suelo. Su esencia, como una cola, se extendía muy por detrás de ella, serpenteando entre los árboles y perdiéndose en el bosque. Indefinida y vaporosa, fluía como un río, como una anguila, y la única parte de ella que tenía algún detalle era su rostro liso y femenino. Resbaló hacia él hasta que su nariz estuvo a meros centímetros de la de Bellamy y lo miró con ojos negros y sedosos. Brotaron unas manos diminutas de los lados brumosos de su cabeza. Se abrieron hacia él, le cogieron la cara y la tocaron con un millar de frías pero amables caricias.
¿Qué es lo que deseas de mí?, preguntó la Vigilante Nocturna. ¿Qué don te atrae, Hijo de Honor, Hijo de Odium?
Empezó a dar vueltas a su alrededor. Las minúsculas manos negras siguieron tocándole la cara, pero los brazos se extendieron tras ellas, convertidos en tentáculos.
¿Qué te gustaría?, preguntó. ¿Renombre? ¿Riquezas? ¿Habilidad? ¿Querrías ser capaz de blandir una espada sin cansarte jamás?
—No —susurró Bellamy.
¿Hermosura? ¿Seguidores? Puedo alimentar tus sueños, envolverte en gloria.
Las oscuras nieblas de la Vigilante Nocturna lo envolvieron. Los diminutos zarcillos le hicieron cosquillas en la piel. Volvió a acercar su cara hasta casi tocar la de Bellamy.
¿Cuál será tu don?
Bellamy parpadeó para quitarse las lágrimas, escuchando los sonidos de los niños muriendo en la lejanía, y susurró una sola palabra:
—Perdón.
Los zarcillos de la Vigilante Nocturna huyeron de su cara, como dedos estirándose. La mujer de niebla retrocedió e hizo un mohín.
Quizá sean posesiones lo que deseas, dijo. Esferas, gemas. Esquirlas. Una hoja que sangre oscuridad y no pueda derrotarse. Puedo concedértela.
—Por favor, dímelo —rogó Bellamy, e hizo una inspiración entrecortada—. ¿Alguna vez… se me podrá perdonar?
No era lo que había pretendido pedir.
No recordaba qué había querido pedir.
La Vigilante Nocturna se combó a su alrededor, agitada.
El perdón no es un don. ¿Qué debería hacerte? ¿Qué debería concederte? Pídelo, humano, y…
YA ES SUFICIENTE, NIÑA.
La nueva voz los sobresaltó a los dos. Si la Vigilante Nocturna sonaba como el viento susurrante, aquella eran piedras derrumbándose. La Vigilante Nocturna rehuyó a Bellamy con un movimiento brusco. Vacilante, Bellamy se volvió y en la linde del claro encontró a una mujer de piel castaña, del color de la corteza de nogal. Tenía la complexión corpulenta de una matrona y llevaba un largo vestido marrón.
¿Madre?, dijo la Vigilante Nocturna. Madre, ha venido a mí. Iba a bendecirlo.
GRACIAS, NIÑA, PERO ESTE DON TE SUPERA, dijo la mujer. Centró su atención en Bellamy. PUEDES DIRIGIRTE A MÍ, BELLAMY GRIFFIN.
Atontado por el espectáculo surrealista, Bellamy se irguió.
—¿Quién eres tú?
ALGUIEN DE QUIEN NO POSEES AUTORIDAD PARA HACER PREGUNTAS. La mujer regresó entre los árboles con paso firme y Bellamy la siguió. Atravesar el sotobosque parecía más fácil que antes, aunque las enredaderas y las ramas se inclinaban hacia la mujer extraña en vez de rehuirla. Su vestido parecía fundirse con todo lo demás, la tela marrón convertida en corteza o hierba.
La Vigilante Nocturna se arrastró junto a ellos, su niebla oscura fluyendo a través de los huecos del matorral. Bellamy la encontraba muy perturbadora.
DEBES PERDONAR A MI HIJA, dijo la mujer. ES LA PRIMERA VEZ DESDE HACE SIGLOS QUE VENGO EN PERSONA PARA HABLAR CON UNO DE VOSOTROS.
—Entonces, ¿no es esto lo que pasa siempre?
POR SUPUESTO QUE NO. PERMITO A MI HIJA RECIBIR ATENCIONES AQUÍ. La mujer pasó los dedos por el pelo neblinoso de la Vigilante Nocturna. LA AYUDA A COMPRENDEROS.
Bellamy frunció el ceño, intentando encontrar sentido a todo lo que estaba presenciando.
—¿Qué…? ¿Por qué has elegido salir ahora?
POR LA ATENCIÓN QUE TE PRESTAN OTROS. ¿Y QUÉ TE HE DICHO DE HACER PREGUNTAS?
Bellamy cerró la boca.
¿POR QUÉ HAS VENIDO AQUÍ, HUMANO? ¿ACASO NO SIRVES A HONOR, ESE AL QUE LLAMÁIS TODOPODEROSO? VE A ÉL BUSCANDO EL PERDÓN.
—Se lo pedí a los fervorosos —dijo Bellamy—. No obtuve lo que quería.
OBTUVISTE LO QUE MERECÍAS. LA VERDAD QUE OS HABÉIS LABRADO PARA VOSOTROS MISMOS.
—En ese caso, estoy condenado —susurró Bellamy, dejando de andar. Aún oía las voces—. Sollozan, Madre.
Ella giró la cabeza para mirarlo.
—Las oigo cuando cierro los ojos. Por todo mi alrededor, suplicándome que las salve. Me están volviendo loco.
La mujer lo observó mientras la Vigilante Nocturna rodeaba sus piernas, luego las de Bellamy y regresaba a ella. Esa mujer… era más de lo que Bellamy veía. Las enredaderas de su vestido se hundían en la tierra y lo impregnaban todo. En ese momento supo que no la estaba viendo a ella al completo, sino un fragmento con el que podía relacionarse. Aquella mujer se extendía en la eternidad.
ESTE SERÁ TU DON. NO VOY A HACER DE TI EL HOMBRE QUE PUEDES LLEGAR A SER. NO VOY A CONCEDERTE LA APTITUD, NI LA FUERZA, NI TAMPOCO TE RETIRARÉ TUS COMPULSIONES. PERO SÍ TE OTORGARÉ… UNA PODA. UNA EXTIRPACIÓN METICULOSA QUE TE PERMITA CRECER. EL PRECIO SERÁ ALTO.
—Por favor —dijo Bellamy—. Lo que sea.
La mujer regresó hacia Bellamy.
AL HACER ESTO, LO PROVEO A ÉL DE UN ARMA. PELIGROSA, MUY PELIGROSA. Y SIN EMBARGO, TODAS LAS COSAS DEBEN CULTIVARSE. LO QUE ME LLEVO DE TI VOLVERÁ A CRECER EN ALGÚN MOMENTO. ESO FORMA PARTE DEL PRECIO. ME HARÁ BIEN POSEER UNA PARTE DE TI, AUNQUE EN ÚLTIMA INSTANCIA TERMINES SIENDO SUYO. SIEMPRE ESTUVISTE IMPELIDO A VENIR A MÍ. YO CONTROLO TODO LO QUE SE PUEDE HACER CRECER, TODO LO QUE SE PUEDE NUTRIR. ESO INCLUYE LAS ESPINAS.
La mujer se apoderó de él y descendieron los árboles, las ramas, las enredaderas. El bosque se plegó sobre él y se le metió por los huecos en torno a las cuencas oculares, bajo las uñas, en la boca y las orejas. En sus mismos poros.
UN DON Y UNA MALDICIÓN, dijo la Madre. ASÍ ES COMO DEBE HACERSE. ME LLEVARÉ ESAS COSAS DE TU MENTE. Y EN CONSECUENCIA, ME LA LLEVO A ELLA.
—Yo… —Bellamy intentó hablar mientras la vida vegetal lo envolvía—. ¡Espera!
Para su sorpresa, las enredaderas y las ramas se detuvieron. Bellamy se quedó colgando, atravesado por enredaderas que de algún modo le habían perforado la piel. No había dolor, pero sintió los zarcillos retorcerse dentro de sus mismas venas.
HABLA.
—¿Me quitarás…? —Hablaba con dificultades—. ¿Me quitarás a Evi?
TODOS TUS RECUERDOS DE ELLA. ESE ES EL PRECIO. ¿DEBO ABSTENERME?
Bellamy cerró los ojos con fuerza. Evi…
Nunca la había merecido.
—Hazlo —susurró.
La vegetación se abalanzó sobre él y empezó a arrancarle trozos de las entrañas.
Bellamy salió arrastrándose del bosque la mañana siguiente. Sus hombres corrieron hacia él, llevando agua y vendajes, pero él fue el primer sorprendido en no necesitar nada de ello.
Lo que sí estaba era cansado. Muy cansado.
Lo apoyaron a la sombra de su carro de tormenta mientras los agotaspren rodaban en el aire. Malli, la esposa de Felt, envió una nota rápida al barco por vinculacaña. Bellamy sacudió la cabeza, con los recuerdos borrosos. ¿Qué había sucedido? ¿De verdad había pedido el perdón?
Ni en mil vidas habría sabido decir por qué. ¿Tan mal se había sentido por fallarle a…? No le salía el nombre. Por fallarle a… Tormentas, a su esposa. ¿Tan mal se había sentido por fallarle al permitir que unos asesinos acabaran con su vida? Hurgó en su mente y descubrió que no lograba recordar qué aspecto había tenido. No halló ninguna imagen de su cara, ningún recuerdo de su tiempo juntos.
Nada.
Sí que recordaba aquellos últimos años de borracho. Y los anteriores, dedicados a la conquista. De hecho, todo su pasado parecía nítido excepto ella.
—¿Y bien? —dijo Felt, arrodillándose a su lado—. Supongo que… ha ocurrido.
—Sí —respondió Bellamy.
—¿Algo que debamos saber? Una vez me hablaron de un hombre que vino aquí y, desde ese momento, todo al que tocaba caía hacia arriba en vez de hacia abajo.
—No tenéis de qué preocuparos. Mi maldición me pertenece a mí solo.
Qué raro se le hacía rememorar momentos en los que ella había estado presente pero no recordar a… esto… ¡Que la tormenta se lo llevara, tenía un nombre!
—¿Cómo se llamaba mi esposa? —preguntó.
—¿Shshshsh? —dijo Felt. Salió como un borrón de sonidos.
Bellamy se crispó. ¿Se la habían llevado del todo? ¿Había sido ese… el precio? Sí. La aflicción lo había hecho sufrir esos últimos años. Se había venido abajo al perder a la mujer que amaba. Bueno, estaba dando por hecho que la había amado. Qué curioso.
Nada. Parecía que la Vigilante Nocturna se había llevado los recuerdos de su esposa y, al hacerlo, le había otorgado el don de la paz. Sin embargo, Bellamy seguía sintiendo lástima y remordimientos por haber fallado a Gavilar, así que no estaba curado del todo. Seguía queriendo una botella para embotar la pena de haber perdido a su hermano. Rompería con ese hábito. Cuando los hombres bajo su mando abusaban de la bebida, había concluido que la solución estaba en obligarlos a trabajar duro y no dejar que probaran vinos fuertes. Podía hacérselo a sí mismo. No sería fácil, pero lo conseguiría. Bellamy se relajó, pero sintió que faltaba otra cosa en su interior. Algo que no alcanzaba a identificar. Oyó a sus hombres levantando el campamento, bromeando al saber que por fin podían marcharse de allí. Más allá de eso, el sonido de las hojas. Y aún más allá, nada. ¿No debería oír…? Negó con la cabeza.
Todopoderoso, qué misión más absurda había sido. ¿De verdad había estado tan débil como para necesitar que una spren del bosque, nada menos, aliviara su pena?
—Necesito comunicarme con el rey —dijo Bellamy, levantándose—. Di a nuestros hombres del puerto que contacten con los ejércitos. Cuando llegue, quiero disponer de mapas de batalla y planes para la conquista de los parshendi.
Ya había lloriqueado bastante. No siempre había sido el mejor hermano posible, ni el mejor ojos claros. No había seguido los Códigos y eso había costado la vida a Gavilar.
Nunca más.
Se alisó el uniforme y miró a Malli.
—Di a los marineros que, ya que están amarrados, me busquen un ejemplar en alezi de un libro llamado El camino de los reyes. Me gustaría que volvieran a leérmelo. La última vez no estaba en mis cabales.
