115. LA PASIÓN EQUIVOCADA
Vinieron de otro mundo, empleando poderes a los que se nos ha prohibido acceder. Poderes peligrosos, de los spren y las potencias. Destruyeron sus tierras y vinieron a nosotros suplicando
Del Eila Stele
Una enérgica brisa marina entró por la ventana y revolvió el pelo de Bellamy, en su mansión de Ciudad Thaylen. El viento era muy fresco. Vigorizante. Lejos de remolonear, soplaba raudo en torno a él, pasando las páginas de su libro con un quedo siseo.
Huía de la tormenta eterna.
Carmesí. Furibunda. Ardiente. Las nubes de la tormenta eterna llegaban desde el oeste. Como sangre extendiéndose en agua, cada nuevo nimbo surgía del de detrás en una hemorragia de relámpagos. Y debajo de la tormenta, dentro de su sombra en aquel mar tempestuoso, los barcos surcaban las olas.
—¿Barcos? —susurró—. ¿Han navegado durante la tormenta?
La controla él, dijo el Padre Tormenta con una voz exánime, como el repiqueteo de la lluvia. La utiliza, como en otro tiempo Honor me utilizó a mí.
Adiós a sus planes de interceptar al enemigo en el océano. La incipiente armada de Bellamy había huido para refugiarse de la tormenta y el enemigo navegaba sin oposición. La alianza se había hecho añicos de todos modos. No defenderían la ciudad. La tormenta fue ralentizando su avance mientras oscurecía la bahía de Ciudad Thaylen y pareció detenerse del todo. Dominaba el cielo al oeste, pero por algún motivo no siguió adelante. Los barcos enemigos atracaron en su sombra, muchos de ellos incluso embistiendo costa arriba. Las tropas de Amaram salieron en tropel por los portones para tomar el terreno entre la bahía y la ciudad. No tenían suficiente espacio para maniobrar sobre la muralla. Los alezi eran ejércitos de tierra, y su mejor opción para la victoria radicaría en atacar a los parshmenios mientras desembarcaban. Detrás de ellos, las tropas thayleñas se desplegaron por las almenas, pero no eran soldados veteranos. Su fortaleza siempre había estado en su armada. Bellamy entreoyó al general Khal en la calle de abajo, gritando órdenes a corredores y escribas para que avisaran a Urithiru y llamando a filas a los refuerzos alezi. «Demasiado lento», pensó Bellamy. Desplegar tropas como era debido podía costar horas y, aunque Amaram estaba metiendo prisa a sus hombres, no iban a poder formar a tiempo para lanzar un asalto adecuado contra los barcos.
Y luego estaban los Fusionados, decenas de los cuales se lanzaron al cielo desde las embarcaciones. Bellamy imaginó sus ejércitos embotellados al salir de la Puerta Jurada, atacados desde el aire mientras intentaban abrirse paso luchando por las calles para llegar a la parte inferior de la ciudad. Todo cristalizaba con una temible belleza. Su armada huyendo de la tormenta. Sus ejércitos desprevenidos. La repentina evaporación del apoyo.
—Odium lo tenía todo planeado.
Es a lo que se dedica.
—Cultivación me advirtió de que mis recuerdos volverían. Dijo que iba a «podarme». ¿Sabes por qué lo hizo? ¿Era necesario que recordara?
No lo sé. ¿Es relevante?
—Depende de la respuesta a una pregunta —dijo Bellamy. Cerró el libro con reverencia en la cómoda que había junto a la ventana y pasó los dedos por los símbolos de su cubierta—. ¿Cuál es el paso más importante que puede dar alguien?
Se alisó el uniforme azul y cogió el tomo de la mesa. Con el reconfortante peso de El camino de los reyes en la mano, salió por la puerta a la ciudad.
—Con lo que nos ha costado llegar —susurró Lexa—, ¿y ya estaban aquí?
Raven y Clarke se habían quedado como estatuas a ambos lados de Lexa, sus rostros convertidos en idénticas máscaras de estoicismo. La Puerta Jurada se distinguía con nitidez: aquella plataforma redonda al final del puente tenía el tamaño exacto de los edificios de control. Había cientos y cientos de extraños spren en el lago de cuentas que reemplazaba en Shadesmar la costa de Ciudad Thaylen. Tenían un vago aspecto humanoide, aunque eran retorcidos y extraños, como de titilante luz oscura. O como los contornos garabateados de personas que había dibujado a veces estando enloquecida. En la costa, una enorme masa oscura de luz roja y viva surgía de todo el suelo de obsidiana. Era algo más aterrador que los spren, algo que hacía que le dolieran los ojos al mirarlo. Y por si no bastara, media docena de Fusionados llegaron desde arriba y aterrizaron en el puente que llevaba a la plataforma de la Puerta Jurada.
—Sabían que vendríamos —dijo Clarke—. Nos guiaron hasta aquí con esa condenada visión.
—Sé precavida —susurró Lexa— con cualquiera que afirme ser capaz de ver el futuro.
—No. ¡No provenía de él! —Raven las miró alternativamente, agitada, y luego se volvió hacia Syl buscando apoyo—. Fue como cuando el Padre Tormenta… quiero decir…
—Celeste nos previno contra esta opción —dijo Clarke.
—¿Y qué otra cosa podíamos hacer? —protestó Raven, y entonces bajó la voz y retrocedió con los demás a la sombría cobertura de los árboles—. No podíamos ir a los Picos Comecuernos, como quería Celeste. ¡El enemigo aguarda allí también! Todos dicen que sus barcos patrullan la zona. —Raven negó con la cabeza—. Esta era nuestra única alternativa.
—No tenemos bastante comida para volver —dijo Clarke.
—Y aunque la tuviéramos, ¿dónde iríamos? —susurró Syl—. Dominan Celebrant. Están vigilando esta Puerta Jurada, así que supongo que también vigilan las demás.
Lexa se derrumbó en el suelo de obsidiana. Patrón le puso la mano en el hombro, zumbando de preocupación. El cuerpo de Lexa anhelaba luz tormentosa que se llevara la fatiga. La luz podría crear una ilusión, transformar ese mundo en otra cosa aunque fuese por unos momentos, y así podría fingir que…
—Raven tiene razón —dijo Syl—. Ya no podemos dar media vuelta. Las gemas que nos quedan no aguantarán mucho más.
—Tenemos que intentarlo —convino Raven, asintiendo.
—¿Intentar qué, Rav? —preguntó Clarke—. ¿Enfrentarnos a un ejército de Portadores del Vacío nosotras solas?
—No sé cómo funciona el portal —añadió Lexa—. Ni siquiera sé cuánta luz tormentosa puede hacer falta.
—Intentaremos… algo —dijo Raven—. Seguimos teniendo luz tormentosa. ¿Una ilusión? ¿Una distracción? Podríamos llevarte a la Puerta Jurada para que… busques la forma de liberarnos. —Movió la cabeza a los lados—. Podemos conseguirlo. Tenemos que conseguirlo.
Lexa agachó la cabeza, oyendo zumbar a Patrón. Algunos problemas no podían resolverse con una mentira.
Anya dejó pasar a una unidad de soldados que corrían hacia la Puerta Jurada. La habían informado por vinculacaña de que en Urithiru se estaban congregando tropas para acudir en su ayuda. Por desgracia, pronto se verían obligados a reconocer lo que ella ya sabía.
Ciudad Thaylen estaba perdida.
El adversario había jugado demasiado bien sus cartas. Saberlo la enfurecía, pero mantuvo esa emoción a raya. Como mínimo, esperaba que la pandilla de descontentos de Amaram absorbiera flechas y lanzas el tiempo suficiente para que los civiles thayleños pudieran evacuar.
Un relámpago de la tormenta iluminó en rojo la ciudad.
Concentración. Debía concentrarse en lo que era capaz de hacer, no en lo que no había logrado. En primer lugar, debía asegurarse de que su tío no se hiciera matar participando en una batalla perdida. En segundo, debía ayudar en la evacuación de Ciudad Thaylen. Ya había avisado a Urithiru de que se prepararan para recibir refugiados. Ambos objetivos tendrían que esperar un poco mientras se ocupaba de un asunto aún más acuciante.
—Los hechos se alinean —dijo Marfil—. La verdad que siempre ha sido pronto se manifestará a todos. —Iba en el alto cuello de su vestido, minúsculo, agarrándose con una mano—. Tienes razón. Un traidor es.
Anya se desabotonó la manga de la mano segura y la fijó con alfileres, dejando a la vista el guante que llevaba debajo. Se había preparado vistiéndose con una havah amarilla y dorada de exploradora, que tenía las faldas más cortas y abiertas por los lados y delante, y pantalones debajo. Botas resistentes. Salió del camino de otro grupo de soldados que corrían entre maldiciones y subió con ímpetu la escalinata del templo de Pailiah'Elin. Concordando con la información que había recibido, dentro encontró a Aden Griffin de rodillas en el suelo, con la cabeza gacha. Solo. De su espalda se alzó un spren, rojo brillante, titilando como el calor de un espejismo. Era una estructura cristalina, como un copo de nieve, cuya luz fluía hacia arriba, hacia el techo. Anya llevaba en su bolsa un boceto del spren correcto de los Vigilantes de la Verdad.
Y aquel era otra cosa distinta.
Anya extendió la mano a un lado y, respirando hondo, invocó a Marfil como hoja esquirlada.
Venli saltó de la plancha improvisada del barco. La ciudad que se alzaba ante ella era otra maravilla que sumar a las que había visto. Construida en la ladera de una montaña, parecía casi tallada en la piedra, esculpida del mismo modo en que los vientos y la lluvia habían conferido su forma a las Llanuras Quebradas. Cientos de cantores la adelantaron a la carrera. Entre ellos caminaban enormes Fusionados, protegidos por caparazones tan impresionantes como cualquier armadura esquirlada. Algunos cantores ordinarios llevaban la forma de guerra, pero, al contrario que sus congéneres alezi, no habían recibido ningún entrenamiento en combate. Azishianos, thayleños, marati… Procedentes de un cúmulo de nacionalidades, esos cantores recién despertados estaban asustados, inseguros. Venli armonizó a Agonía. ¿La obligarían a marchar al frente? Ella tampoco estaba muy entrenada en combate, e incluso con una forma de poder, la harían picadillo.
«Como a mi gente en el campo de Narak, sacrificada para engendrar la tormenta eterna.» Odium parecía más que dispuesto a renunciar a las vidas tanto de oyentes como de cantores.
Timbre metió a Paz en su bolsa y Venli apoyó la mano en ella.
—Calla —susurró a Agonía—. ¡Calla! ¿Es que quieres que te oigan?
A regañadientes, Timbre suavizó sus latidos, aunque Venli aún sentía una tenue vibración en la bolsa. Y eso… la relajaba. Casi le parecía alcanzar a oír ella misma el Ritmo de la Paz. Uno de los descomunales Fusionados la llamó.
—¡Tú, oyente! ¡Ven aquí!
Venli armonizó al Ritmo de la Destrucción. No dejaría que la intimidaran, por muy dioses que fueran. Anduvo hacia el que la había llamado con la cabeza bien alta. El Fusionado le entregó una espada enfundada. Venli la cogió y armonizó a Sumisión.
—He usado el hacha alguna vez, pero no…
—Llévala —dijo él, con un suave brillo rojizo en los ojos—. Podrías tener que defenderte.
Venli no puso más pegas. Era fácil cruzar la línea entre la confianza respetuosa y el desafío. Se fijó la vaina al cinturón que ceñía su cuerpo delgado y deseó tener aunque fuese un poco de caparazón.
—Y ahora —dijo el Fusionado a Arrogancia—, tradúceme lo que dice este pequeño.
Venli lo siguió hasta un grupo de cantores en forma de trabajo que sostenían lanzas. Ella había hablado con el Fusionado en el idioma antiguo, pero los cantores hablaban thayleño.
«Voy a hacer de intérprete —pensó, relajándose—. Por eso me querían en el campo de batalla.» Armonizó a Mofa para dirigirse al cantor que había señalado el Fusionado.
—¿Qué era lo que querías decir al sagrado?
—No… —El cantor se lamió los labios—. No somos soldados, señora. Somos pescadores. ¿Qué estamos haciendo aquí? —Aunque sus palabras salieron impregnadas de un atisbo del Ritmo de la Ansiedad, su figura y su rostro encogidos eran mejores indicadores. El cantor hablaba y se comportaba como un humano.
Venli tradujo.
—Estáis aquí para hacer lo que se os ordene —replicó el Fusionado por medio de ella—. A cambio, seréis recompensados con futuras ocasiones de servir. —Aunque hablaba a Mofa, no parecía molesto, sino más bien en actitud de aleccionar a un niño.
Venli les transmitió el mensaje y los marineros se miraron entre ellos, removiéndose incómodos.
—Desean objetar —dijo Venli al Fusionado—. Se lo leo en los gestos.
—Que hablen —repuso él.
Venli se lo dijo y el líder de los cantores bajó la mirada un momento antes de hablar a Ansiedad.
—Pero es que… ¿Ciudad Thaylen? Este es nuestro hogar. ¿Se espera que lo ataquemos?
—Sí —respondió el Fusionado a la pregunta traducida por Venli—. Ellos os esclavizaron. Dividieron vuestras familias, os trataron como a animales estúpidos. ¿No anheláis la venganza?
—¿Venganza? —dijo el marinero, buscando apoyo en los suyos con la mirada—. Nos alegramos de ser libres, pero… o sea… algunos de ellos nos trataban bastante bien. ¿No podemos irnos a vivir a alguna parte y dejar en paz a los thayleños?
—No —respondió el Fusionado.
Venli trasladó la negativa al grupo y se apresuró a seguir al Fusionado cuando este se marchó.
—¿Grandioso? —llamó a Sumisión.
—Estos tienen la Pasión equivocada —dijo él—. Los que atacaron Kholinar lo hicieron con sumo gusto.
—Los alezi son un pueblo belicista, grandioso. No es de extrañar que se lo inculcaran a sus esclavos. Y también es posible que estos de aquí recibieran un trato más amable.
—Fueron esclavos demasiado tiempo. Tenemos que mostrarles un camino mejor.
Venli se mantuvo cerca del Fusionado, contenta de haber encontrado uno que fuese al mismo tiempo cuerdo y razonable. No gritaba a los grupos con los que iban hablando, muchos de los cuales compartían las mismas quejas. El Fusionado se limitó a hacer que Venli repitiera frases del mismo estilo:
«Debéis buscar venganza, pequeños. Debéis ganaros vuestra Pasión.»
«Si demostráis estar cualificados para un servicio mayor, se os ascenderá a regios y se os concederá una forma de poder.»
«Esta tierra os perteneció hace mucho tiempo, antes de que ellos la robaran. Se os ha entrenado para ser dóciles. Nosotros os enseñaremos a ser fuertes otra vez.»
El Fusionado conservó la calma, pero también la ferocidad. Era como un ascua. Controlado, pero presto a estallar en llamas. Al cabo de un tiempo, se unió a un grupo de los suyos. A su alrededor, el ejército cantor formó con desacierto, cubriendo el terreno justo al este de la bahía. Las tropas alezi estaban desplegadas a lo ancho de un campo de batalla corto, con los estandartes ondeando al viento. Tenían arqueros, infantería pesada y ligera y hasta algunos batidores a caballo.
Venli canturreó a Agonía. Aquello iba a ser una matanza.
De pronto sintió algo extraño. Era como un ritmo, pero opresivo, exigente. Sacudió el mismo aire, y el suelo bajo sus pies tembló. Los relámpagos de las nubes parecían brillar a ese ritmo, y por un momento el terreno que la rodeaba se llenó de unos spren fantasmagóricos.
«Esos son los espíritus de los muertos —comprendió—. Fusionados que aún no han elegido cuerpo.» La mayoría estaban tan deformados que apenas los reconoció como cantores. Dos de ellos tenían el tamaño aproximado de edificios.
Y otro los dominaba incluso a ellos, una criatura de violencia arremolinada, alto como una colina y, al parecer, compuesto solo de humo rojo. Venli los veía superpuestos al mundo real, pero de algún modo supo que serían invisibles para la mayoría. Podía ver en el otro mundo. A veces le pasaba justo antes de…
Un calor abrasador refulgió detrás de ella.
Venli se preparó. Normalmente solo lo veía durante las tormentas pero, a fin de cuentas, aquello era una tormenta.
Acechaba detrás, inmóvil, removiendo los mares.
La luz cristalizó al lado de Venli y compuso a un anciano parshmenio de cara jaspeada en oro y blanco, con un cetro real que llevaba como un bastón. Por una vez, su presencia no vaporizó a Venli al instante. Venli soltó un suspiro aliviado. Aquello era más una impresión que su auténtico ser. Aun así, el poder emanaba de él como los zarcillos de un lianabrote al viento, perdiéndose en el infinito.
Odium había llegado para supervisar esa batalla en persona.
Marcus se escondió.
No podía enfrentarse a los demás. No después de… lo que había hecho.
Roca y Bisig sangrando. Eth muerto. La sala destruida. La hoja de Honor robada.
«Llevaba… llevaba un uniforme… del Puente Cuatro…»
Marcus corrió desmañado por los pasillos de piedra, entre estallidos de vergüenzaspren, buscando un lugar donde nadie lo viera. Había vuelto a hacerlo, a otro grupo más que había confiado en él. Igual que con su familia, a la que había vendido en un confundido intento de rectitud. Igual que con su brigada en el ejército de Sadeas, a la que había abandonado por su adicción. ¿Y ahora… el Puente Cuatro?
Tropezó con una piedra desigual del pasillo oscuro y cayó, gruñendo y raspándose la mano contra el suelo. Dio un gemido y se quedó allí, dándose cabezazos contra la piedra. Ojalá pudiera encontrar algún escondrijo y apretujarse en su interior, para que jamás volviera a verlo nadie. Cuando miró arriba, ella estaba allí de pie. La mujer hecha de luz y aire, con rizos de pelo que se difuminaban en neblina.
—¿Por qué me sigues? —rezongó Marcus—. Ve a elegir a algún otro. ¡Becca! Escoge a cualquiera menos a mí.
Se levantó, pasó a través de la spren, que apenas tenía sustancia alguna, y siguió pasillo abajo. Por la luz que vio más adelante, supo que había llegado sin querer al anillo exterior de la torre, desde cuyas ventanas y terrazas se veían las plataformas de las Puertas Juradas. Se quedó parado en un umbral de piedra, jadeando, apoyado con una mano que sangraba por los nudillos.
—Marcus.
—No te intereso. Estoy estropeado. Elige a Nyko. A Roca. A Wallace. Condenación, mujer, yo…
¿Qué había sido eso?
Atraído por los débiles sonidos, Marcus entró en la habitación vacía.
¿Lo que se oía eran… gritos?
Salió a la terraza. Por debajo, unas figuras de piel jaspeada cruzaban en tropel una de las plataformas de las Puertas Juradas, la que llevaba a Kholinar. Se suponía que estaba bloqueada, inutilizable. Exploradores y soldados empezaron a dar voces de pánico fuera de la torre. Urithiru estaba bajo ataque.
Resoplando por la carrera, Echo subió con esfuerzo los últimos escalones y coronó la muralla de Ciudad Thaylen. Allí encontró al séquito de la reina Fen. «¡Por fin!»
Miró su reloj de brazo. Ojalá pudiera encontrar un fabrial que manipulara el agotamiento en vez de solo el dolor. Eso sí que sería un logro. Existían los agotaspren, al fin y al cabo. Recorrió con largas zancadas el adarve hacia Fen. Debajo, las tropas de Amaram enarbolaban el nuevo estandarte de Sadeas, el hacha la torre, en blanco sobre verde bosque. A su alrededor crecían expectaspren y miedospren, los eternos acompañantes en el campo de batalla. Los hombres de Sadeas todavía salían por los portones, pero ya estaban avanzando líneas de arqueros. Tardarían poco en hacer llover flechas sobre el desorganizado ejército parshmenio. Pero esa tormenta…
—El enemigo sigue incrementando sus filas —dijo Fen cuando sus almirantes dejaron espacio a Echo—. Pronto podré comprobar en persona lo merecida que es la fama de vuestras tropas alezi, cuando libren una batalla imposible.
—En realidad, estamos mejor de lo que parece —dijo Echo—. El nuevo Sadeas es un estratega de renombre. Sus hombres están bien descansados y, aunque les falte disciplina, son tenaces. Podemos atacar al enemigo antes de que acabe de desplegarse. Luego, si se sobrepone y aprovecha su ventaja numérica, podemos replegarnos a la ciudad hasta que lleguen refuerzos.
Kmakl, el consorte de Fen, asintió.
—Podemos salir victoriosos, Fen. Incluso quizá podríamos recuperar algunos de nuestros barcos.
El suelo se sacudió. Por un momento, Echo tuvo la sensación de estar en un barco zozobrante. Gritó y se agarró al almenar para conservar el equilibrio.
En la explanada, entre las tropas enemigas y las alezi, el suelo se desmenuzó. La piedra se partió con líneas y grietas, y un gigantesco brazo de piedra salió de bajo tierra, entre brechas que fueron delimitando su mano, su antebrazo y su codo. Un monstruo que debía de medir más de diez metros se izó desde la piedra, dejando caer lascas y polvo sobre el ejército de debajo. Era como un esqueleto hecho de roca, con cabeza en forma de cuña y ojos de un rojo profundo, fundido.
Venli tuvo el honor de ver despertar a los tronadores.
Entre los espíritus que aguardaban había dos masas más grandes de energía, almas tan distorsionadas, tan deformes, que no parecían cantores en absoluto. Una se hundió a zarpazos en el suelo de piedra y, de algún modo, la habitó como un spren instalándose en una piedra corazón. La piedra se convirtió en su forma. Entonces se arrancó a sí misma de la roca. A su alrededor, los parshmenios retrocedieron asombrados, tan sorprendidos que hasta atrajeron spren. El monstruo se irguió por encima de las fuerzas humanas mientras otro espíritu se enterraba en la piedra, pero el segundo no emergió de inmediato. Había otro, más poderoso aún que esos dos. Flotaba sobre el agua de la bahía, pero cuando Venli miró en el otro mundo, no pudo evitar echarle un vistazo. Si aquellas dos almas inferiores habían creado unos monstruos de piedra tan terroríficos, ¿qué haría aquella montaña de poder?
En el Reino Físico, los Fusionados se arrodillaron e inclinaron las cabezas en dirección a Odium. También ellos podían verlo, pues. Venli se apresuró a imitarlos y se golpeó las rodillas contra la piedra. Timbre latió a Ansiedad y Venli cogió la bolsa y la apretó. «Silencio. No podemos luchar contra él.»
—Turash —dijo Odium, apoyando los dedos de una mano en el hombro del Fusionado al que había seguido Venli—. Viejo amigo, tienes buen aspecto en ese cuerpo nuevo.
—Gracias, amo —dijo Turash.
—Tu mente permanece firme, Turash. Estoy orgulloso de ti. —Odium hizo un gesto hacia Ciudad Thaylen—. He dispuesto un gran ejército para nuestra victoria de hoy. ¿Qué opinas de nuestro botín?
—Una excelente posición de gran importancia, incluso sin la Puerta Jurada —respondió Turash—. Pero temo por nuestros ejércitos, amo.
—¿Ah, sí? —dijo Odium.
—Están débiles, mal entrenados y temerosos. Muchos se niegan a luchar. No ansían la venganza, amo. Incluso con el tronador de nuestra parte, quizá estemos superados en número.
—¿Estos? —dijo Odium, volviendo la cabeza para mirar a los cantores—. Ay, Turash. ¡Eres demasiado poco ambicioso, amigo mío! Estos no son mi ejército. Los he traído para que observen.
—¿Que observen qué? —preguntó Venli, alzando la mirada.
Se encogió aterrada, pero Odium no le hizo caso. Extendió los brazos a los lados, dejando atrás una estela de refulgente poder dorado, como un viento hecho visible. Más allá de él, en el otro reino, aquella energía rojiza y revuelta se hizo más real. Irrumpió del todo en el Reino Físico y el océano hirvió. Algo surgió con violencia del agua. Algo primitivo, algo que Venli había sentido pero jamás había conocido de verdad. Una neblina roja. Efímera, como una sombra vislumbrada en un día gris que se confunde con algo físico. Caballos rojos a la carga, furibundos y galopantes. Las siluetas de hombres matando y muriendo, derramando sangre y regocijándose en ella. Una colina de huesos apilados sobre la que los hombres forcejeaban. La neblina roja ascendió desde el oleaje y se extendió a una zona de orilla vacía, al norte. Imbuyó a Venli un anhelo por el campo de batalla. Una hermosa concentración, una Emoción por la lucha.
El spren más grande de todos, la masa bullente de luz roja, desapareció de Shadesmar. Raven dio un respingo y se acercó al límite de los árboles, sintiendo que ese poder abandonaba el lugar donde se hallaban y… ¿se trasladaba al otro?
—Está pasando algo —dijo a Clarke y Lexa, que seguían discutiendo lo que debían hacer—. ¡Puede ser nuestra oportunidad!
Las dos se adelantaron y miraron mientras el extraño ejército de spren empezaba a desvanecerse también, esfumándose en oleadas.
—¿La Puerta Jurada? —preguntó Lexa—. Quizá la estén usando.
A los pocos momentos, solo quedaban los seis Fusionados que vigilaban el puente.
«Seis —pensó Raven—. ¿Puedo derrotar a seis?»
¿Era necesario?
—Puedo provocarlos y distraerlos —dijo a los demás—. Quizá también podríamos usar unas ilusiones, ¿no creéis? Podemos alejarlos mientras Lexa cruza a escondidas y descubre cómo operar la Puerta Jurada.
—Supongo que no tenemos otra opción —dijo Clarke—, pero…
—¿Qué? —la apremió Raven.
—¿No os preocupa dónde ha podido ir ese ejército?
—Pasión —dijo Odium—. Aquí hay una gran Pasión.
Venli se sintió helada.
—He preparado a estos hombres durante décadas —dijo Odium—. Son hombres que no tienen mayor deseo que algo que romper, que la venganza contra quien mató a su alto príncipe. Que los cantores miren y aprendan. Hoy he traído un ejército distinto para que luche por nosotros.
En el campo de batalla, las filas humanas flaquearon y su estandarte vaciló. Los capitaneaba un hombre en rutilante armadura esquirlada, a lomos de un caballo blanco.
Dentro de su yelmo, algo empezó a brillar en rojo.
Los spren oscuros volaron hacia los hombres y encontraron cuerpos acogedores y carne dispuesta. La niebla roja los llenó de deseo, les abrió las mentes. Y los spren se vincularon con los hombres, irrumpiendo en esas almas voluntariosas.
—Amo, ¿has aprendido a habitar en humanos? —preguntó Turash a Sumisión.
—Los spren siempre han sido capaces de vincularse con ellos, Turash —dijo Odium—. Solo se requieren el estado mental y el entorno adecuados.
Diez mil hombres alezi con uniformes verdes empuñaron sus armas, mientras sus ojos empezaban a emitir un profundo y peligroso brillo rojo.
—Cargad —susurró Odium—. ¡Griffin os habría sacrificado! ¡Revelad vuestra ira! Matad al Espina Negra, que asesinó a vuestro alto príncipe. ¡Liberad vuestra Pasión! ¡Entregadme vuestro dolor y conquistad esta ciudad en mi nombre!
El ejército dio media vuelta y, encabezado por un portador de esquirlada con brillante armadura, atacó Ciudad Thaylen.
