116. EN SOLITARIO

Los acogimos, como ordenaban los dioses. ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Eran un pueblo abandonado, sin hogar. Nuestra piedad nos destruyó, pues su traición se extendió incluso hasta a nuestros dioses: a spren, piedra y viento

Del Eila Stele

Raven creyó entreoír el viento mientras salía de entre los árboles de obsidiana. Syl decía que allí no había viento, pero ¿eso era un tintineo de las hojas de cristal al moverse? ¿Estaba oyendo el susurro del aire fresco al rodearla?

Había llegado muy lejos en el último medio año. Se veía muy diferente a la mujer que cargaba con puentes contra las flechas parshendi. Esa mujer había dado la bienvenida a la muerte, pero ahora, incluso en los días malos, cuando todo se moldeaba en grises, la desafiaba. Se negaba a que la muerte se la llevara, pues aunque la vida era dolorosa, también era dulce. Tenía a Syl. Tenía a los hombres del Puente Cuatro. Y lo más importante de todo, tenía un propósito. Ese día, Raven protegería a Bellamy Griffin pasara lo que pasara.

Caminó con paso firme hacia el mar de almas que señalaba la existencia de Ciudad Thaylen en el otro lado. Muchas de esas almas, que estaban formando filas, se habían vuelto de un color rojo intenso. Se estremeció al plantearse lo que podía significar. Empezó a cruzar el puente sobre un revoltijo de cuentas y llegó al punto más alto de su arco antes de que el enemigo reparara en su presencia. Seis Fusionados se alzaron en el aire y se situaron en formación para recibirla. Alzaron unas largas lanzas y miraron a ambos lados, al parecer asombrados.

¿Una sola mujer?

Raven atrasó un pie, raspando con suavidad la punta de su bota contra el puente de mármol blanco, y adoptó una postura de combate. Se colocó el arpón bajo el brazo, sosteniéndolo con una sola mano, y exhaló un largo aliento. Entonces absorbió toda su luz tormentosa y estalló en luz. Al abrazo del poder, toda una vida de instantes pareció encajar en su sitio. Tirar a Monty al suelo bajo la lluvia. Chillar desafiante mientras cargaba al frente de un puente. Despertar en los terrenos de entrenamiento durante el Llanto. Luchar contra la asesina en la muralla de tormenta. Los Fusionados saltaron hacia ella, haciendo ondear tras ellos sus largas capas y túnicas. Raven se lanzó derecha hacia arriba y tocó el cielo por primera vez en lo que había sido, con mucho, demasiado tiempo.

Bellamy perdió el equilibrio cuando el suelo volvió a temblar. Fuera sonó una segunda secuencia de grietas. Estaba en una parte demasiado baja de la ciudad para ver por encima de la muralla, pero temía saber lo que significaba aquel ruido de piedra rota. Un segundo tronador.

Unos miedospren violetas brotaron de todas las calles mientras los civiles gritaban y chillaban. Bellamy había descendido a través de la parte central de la ciudad, la que llamaban el distrito antiguo, y acababa de llegar al distrito bajo, la zona de menor altitud y la más cercana a la muralla de la ciudad. Los peldaños que había dejado atrás estaban llenándose de gente que huía hacia arriba, hacia la Puerta Jurada. Mientras los temores remitían, Bellamy cogió el brazo de una madre joven que aporreaba histérica la puerta de un edificio. La envió corriendo hacia arriba con su hijo en brazos. Necesitaba a aquella gente fuera de la calle, a ser posible refugiada en Urithiru, para que no los atraparan los ejércitos en pugna. Bellamy se sintió viejo al correr frente a la siguiente hilera de edificios, todavía con El camino de los reyes bajo el brazo. Casi no llevaba esferas encima, lo que era un descuido por su parte, pero tampoco portaba hoja ni armadura esquirlada. Sería la primera batalla que librara en muchos, muchos años sin esquirlas. Había tomado la decisión de abandonar ese papel, y tendría que dejar que Amaram y los otros portadores de esquirlada comandaran el campo de batalla.

¿Cómo le estaría yendo a Amaram? La última vez que Bellamy había mirado, el alto príncipe estaba disponiendo sus arqueros, pero desde tan bajo en la ciudad no podía ver a las tropas en la explanada.

Una repentina sensación lo embistió.

Era concentrada y pasional. Una energía ansiosa, una calidez, una promesa de fuerza.

Gloria.

Vida.

Para Bellamy, aquella sed de batalla fue como las atenciones de una amante a la que hubiera rechazado mucho tiempo antes. La Emoción estaba allí. Su vieja y querida amiga.

—No —susurró, flaqueando contra una pared. La sensación lo sacudió con más fuerza que el terremoto—. No.

Qué atractivo era su sabor. Le susurraba que podía salvar la ciudad sin más ayuda. Si dejaba entrar a la Emoción, el Espina Negra podría regresar. No necesitaba esquirlas. Solo necesitaba aquella pasión, más dulce que cualquier vino.

«No.»

Empujó a un lado la Emoción y se puso de pie con esfuerzo. Pero mientras lo hacía, una sombra se movió al otro lado de la muralla. Un monstruo de piedra, una bestia salida de sus visiones, de unos diez metros de altura, más que visible por encima de la muralla de seis. El tronador juntó las palmas de las manos y trazó con ellas un arco bajo que las empotró contra el muro, haciendo volar trozos de piedra. Bellamy saltó a cubrirse, pero un peñasco que había salido despedido lo arrolló contra una pared.

Negrura.

Caída.

Poder.

Inhaló de golpe y la luz tormentosa fluyó a él. Despertó sacudido para encontrar su brazo preso por el peñasco, mientras las rocas y el polvo caían a una calle repleta de escombros. Y… no solo de escombros. Tosiendo, comprendió que algunos bultos eran cuerpos cubiertos de polvo, yaciendo inmóviles. Intentó sacar el brazo de debajo de la roca. Cerca, el tronador dio un puntapié a la muralla agrietada y abrió un hueco. Pasó a través de él, sus pisadas haciendo temblar el suelo, en dirección al saliente frontal del distrito antiguo. Un inmenso pie de piedra sacudió el suelo junto a Bellamy.

¡Tormentas! Bellamy tiró de su brazo, sin importarle el dolor ni el daño que haría a su cuerpo, y por fin lo liberó. La luz tormentosa lo curó mientras se alejaba casi a cuatro patas, agachado mientras el monstruo arrancaba el techo de un edificio al principio del distrito antiguo y hacía llover cascotes.

¿Era la Reserva de Gemas? El monstruo arrojó el techo a un lado y varios Fusionados que Bellamy no había visto antes, subidos a hombros de la criatura, se dejaron caer al interior del edificio. Bellamy no se decidía entre salir al campo de batalla fuera de la muralla o investigar lo que fuese que estaba sucediendo allí.

«¿Se te ocurre qué pueden andar buscando?», preguntó al Padre Tormenta.

No. Es un comportamiento extraño.

En una decisión instantánea, Bellamy sacó su libro de unos escombros cercanos y echó a correr de vuelta hacia arriba por las calles ya desiertas del distrito antiguo, peligrosamente cerca del tronador. El monstruo profirió un repentino y penetrante rugido, que sonó como un trueno. La onda de choque estuvo a punto de derribar otra vez a Bellamy. En un acceso de rabia, la titánica criatura atacó la Reserva de Gemas, destrozando las paredes y el interior, lanzando trozos hacia atrás. Un millón de brillantes trocitos de cristal reflejaron la luz del sol mientras caían sobre la ciudad, el muro y más allá.

«Esferas y gemas —comprendió Bellamy—. Todas las riquezas de Thaylenah, esparcidas como hojas al viento.»

El monstruo parecía cada vez más furioso mientras aporreaba la zona que rodeaba a la reserva. Bellamy pegó la espalda a una pared mientras dos Fusionados pasaban a la carrera, guiados por lo que parecía un spren amarillo brillante. Los dos Fusionados no parecían capaces de volar, pero se movían con una elegancia sorprendente. Recorrieron la calle de piedra sin esfuerzo aparente, como si el suelo estuviera engrasado. Bellamy fue tras ellos y pasó rozando a un grupo de escribas apiñadas en la calle, pero antes de poder alcanzarlos, los Fusionados atacaron un palanquín de los muchos que intentaban moverse entre la multitud. Lo derribaron, empujaron a los porteadores y metieron las manos dentro. Los Fusionados no hicieron ningún caso a los gritos de Bellamy. Se marcharon a una velocidad increíble, uno de ellos con un objeto voluminoso bajo el brazo. Bellamy absorbió luz tormentosa de unos mercaderes que huían y corrió el resto de la distancia hasta el palanquín. Entre sus restos encontró a una joven thayleña y a un anciano que parecía herido de antes, a juzgar por las vendas que llevaba. Bellamy ayudó a sentarse a la aturdida joven.

—¿Qué querían?

—¿Brillante señor? —dijo ella en thayleño. Parpadeó y le cogió el brazo—. La Lágrima del Rey… un rubí. Ya han intentado robarlo antes, ¡y ahora se lo han llevado!

¿Un rubí? ¿Una simple gema? Los porteadores acudieron a atender al anciano, que apenas estaba consciente.

Bellamy giró el cuello para mirar al tronador, que se retiraba. El enemigo no se había interesado por las riquezas de la Reserva de Gemas. ¿Por qué querrían un rubí concreto? Estaba a punto de pedir más detalles cuando le llamó la atención otra cosa. Desde aquella posición más elevada, podía ver a través del agujero que había hecho el tronador en la muralla. Fuera había unas figuras de brillantes ojos rojos situándose en el campo de batalla. Pero no eran parshmenios.

Llevaban uniformes de Sadeas.

Anya se internó en el templo, empuñando su hoja esquirlada, pisando con sigilo. El spren rojo que se había alzado de Aden, como un copo de nieve hecho de cristal y luz, pareció percibir su presencia, montó en pánico y desapareció dentro de Aden con un siseo.

Un spren es, dijo Marfil. El spren erróneo es.

Aden Griffin era un mentiroso. No era un Vigilante de la Verdad.

Ese spren es de Odium, dijo Marfil. Spren corrompido. Pero… ¿un humano, vinculado a uno? Esta cosa no es.

—Es —susurró Anya—. De algún modo.

Ya estaba lo bastante cerca para oír los susurros de Aden.

—No… mi padre no. No, por favor.

Lexa tejió luz.

Una ilusión sencilla, reclamada de las páginas de su cuaderno de bocetos: unos soldados del ejército, gente de Urithiru y algunos spren que había bosquejado en su viaje. Unos veinte individuos en total.

—Por las uñas de Wells —dijo Clarke mientras Raven salía disparada hacia arriba en el cielo—. La muchacha del puente se lo está tomando muy a pecho.

Raven se llevó a cuatro Fusionados, pero otros dos se quedaron atrás. Lexa añadió al grupo una ilusión de Celeste, y luego algunos alcanzadores que había dibujado. No le gustaba nada estar usando tanta luz tormentosa. ¿Y si no le quedaba suficiente para cruzar la Puerta Jurada?

—Buena suerte —susurró a Clarke—. Recuerda que no estaré controlando las ilusiones en persona. Solo van a hacer movimientos rudimentarios.

—Estaremos bien. —Clarke miró a Patrón, Syl y la spren de su espada—. ¿Verdad, chicos?

—Mmm —dijo Patrón—. No me gusta que me apuñalen.

—Sabias palabras, amigo mío, sabias palabras.

Clarke dio un beso a Lexa y salió corriendo hacia el puente. Syl, Patrón y la ojomuerto la siguieron, al igual que las ilusiones, que estaban ligadas a Clarke. Esa fuerza ofensiva atrajo la atención de los últimos dos Fusionados. Mientras estaban distraídos, Lexa llegó junto a la base del puente y descendió para meterse en las cuentas. Cruzó en silencio bajo el puente, usando su preciada luz tormentosa para crearse una plataforma sobre la que andar, con una cuenta que había encontrado en el Sendero de Honor. Puso pie en la pequeña planicie insular que representaba la Puerta Jurada en ese lado. Había dos spren gigantescos alzándose sobre ella. Por los gritos que se oían desde el puente, Clarke y los demás estaban cumpliendo con su tarea. Pero ¿podría Lexa cumplir la suya? Se acercó bajo los dos centinelas, altos como edificios, que recordaban a estatuas con armadura.

Uno era nacarado, el otro negro con un aceitoso centelleo multicolor. ¿Solo protegían la Puerta Jurada o, de algún modo, facilitaban su funcionamiento?

Sin saber qué otra cosa hacer, Lexa meneó la mano.

—Esto… ¿Hola?

Con movimiento constante, dos cabezas se inclinaron hacia ella.

En el aire en torno a Venli, que antes habían ocupado los espíritus de los muertos, solo quedaba una figura de arremolinado humo negro. Antes la había pasado por alto, ya que tenía el tamaño de una persona normal. Estaba cerca de Odium, y Venli no sabía qué representaba. El segundo tronador arrastraba unos brazos tan largos como su cuerpo, con manos como garfios. Cruzó la explanada hacia el este, en dirección a la muralla y el ejército humano traidor. Por detrás de Venli, al oeste, los cantores comunes formaban ante sus barcos. Estaban muy apartados de la neblina roja del Deshecho, que cubría la parte septentrional del campo de batalla. Odium estaba al lado de Venli, una fuerza rutilante de oro fundido. El primer tronador salió de la ciudad y dejó en el suelo a dos Fusionados, dioses de cuerpos cimbreños con escasa armadura. Rodearon el ejército traidor, resbalando por la roca con inexplicable gracilidad.

—¿Qué es lo que llevan? —preguntó Venli—. ¿Una gema? ¿Para eso hemos venido, por una piedra?

—No —dijo Odium—. Eso es una mera precaución, un añadido en el último momento para evitar un posible desastre. La recompensa que reclamaré hoy es mucho mayor, incluso más que la propia ciudad. El conducto hacia mi libertad. El flagelo de Roshar. Avancemos, niña. Hacia el hueco de la muralla. Quizá necesite que hables por mí.

Venli tragó saliva y echó a andar hacia la ciudad. La siguió el espíritu oscuro, el de la bruma turbulenta, el último que quedaba sin habitar un cuerpo.

Raven surcó el aire en aquel lugar de cielos negros, nubes tortuosas y un sol distante. Solo cuatro Fusionados habían salido en su persecución. Clarke tendría que encargarse de los otros dos. Los cuatro volaban con precisión. Usaban lanzamientos, igual que Raven, pero no parecían capaces de modificar su velocidad tanto como ella. Les costaba más progresar hasta grandes lanzamientos, lo que debería facilitar a Raven mantener la delantera. Pero tormentas, ¡cómo volaban! Qué elegancia. No quebraban en una u otra dirección, sino que fluían gráciles de un movimiento al siguiente. Usaban sus cuerpos enteros para esculpir el viento a su paso y controlar su vuelo. Ni siquiera la Asesina de Blanco había sido tan majestuosa como ellos, tan parecido a los propios vientos. Raven había reclamado el cielo, pero tormentas, parecía que había invadido un territorio sobre el que alguien tenía derechos previos.

«No tengo que enfrentarme a ellos —pensó—. Solo debo entretenerlos el tiempo suficiente para que Lexa descubra cómo activar el portal.»

Raven se enlazó hacia arriba, en dirección a aquellas nubes extrañas, demasiado planas. Giró en el aire y vio que tenía casi encima a un Fusionado, un varón con la piel blanquecina y una sola veta roja curvada, como humo soplado que le cruzaba las mejillas. La criatura intentó clavarle su lanza, pero Raven se lanzó a un lado justo a tiempo. Lanzarse no era volar, y eso formaba parte de su fuerza. Raven no tenía que estar orientada en ninguna dirección específica para desplazarse en el aire. Cayó hacia arriba y un poco al norte, pero combatió bocabajo, desviando la lanza enemiga con su arpón. El arma del Fusionado era mucho más larga, con los lados también afilados en vez de una sola punta aguzada. El arpón de Raven estaba en seria desventaja.

«Muy bien. Eso va a cambiar ya.»

Cuando el Fusionado volvió a atacar con la lanza hacia arriba, Raven extendió los dos brazos con las manos en el astil del arpón, poniéndolo de lado. Dejó que el asta enemiga pasara por la abertura entre sus brazos, su pecho y el arpón. Aplicó lanzamientos múltiples descendentes a su propia arma y la soltó. El arpón resbaló por la lanza y dio un trompazo contra los brazos del Fusionado. La criatura gritó de dolor y soltó su arma. En el mismo instante Raven se arrojó en picado, anulando todos los lanzamientos ascendentes y enlazándose hacia abajo en su lugar. El repentino y brusco cambio le revolvió el estómago y le dejó la visión en negro. Incluso con luz tormentosa, fue casi demasiado. Con los oídos pitando, apretó los dientes y soportó la ceguera momentánea hasta que, menos mal, pudo volver a ver de nuevo. Giró en el aire, ascendió y atrapó la lanza que caía hacia el suelo. Los cuatro Fusionados volaron en su persecución, más cautos. El aire que desplazaba le heló en la cara el sudor de casi haberse desvanecido.

«Mejor que no volvamos a intentar algo así», pensó Raven, sopesando su nueva arma. Había practicado con lanzas similares formando muros de picas, pero en combate individual a menudo resultaban demasiado largas. El vuelo cancelaría esa desventaja.

El Fusionado al que había desarmado descendió para coger el arpón. Raven movió el brazo como en una reverencia hacia los otros, palma hacia arriba, y salió volando hacia unos montes cercanos de obsidiana negra con bosques en las laderas, en la dirección desde la que habían llegado ella y los otros. Vio por debajo las ilusiones de Lexa entablando batalla con los dos Fusionados del puente.

«Mirada al frente», se dijo Raven mientras los otros cuatro salían en su persecución. Su sitio estaba en los cielos con aquellas criaturas.

Era el momento de demostrarlo.

El Aqasix Supremo Yanagawn I, emperador de toda Makabak, andaba arriba y abajo por el camarote de su barco. Empezaba a sentirse como un auténtico emperador. Ya no se cohibía hablando con los visires y los vástagos. Entendía gran parte de sus conversaciones, y no saltaba cuando alguien lo llamaba «majestad». Parecía mentira, pero empezaba a olvidar que una vez había sido un ladronzuelo asustado que se había colado en palacio. Pero incluso el mandato de un emperador tenía límites. Dio media vuelta y deshizo sus pasos. El gabán real de diseño azishiano lo lastraba, pero no tanto como el Yuanazixin Imperial, un vistoso sombrero de alas anchísimas. Se habría quitado aquel incordio de la cabeza, pero echaría en falta su autoridad al hablar con sus tres principales consejeros.

—Madi cree que deberíamos habernos quedado —dijo—. La guerra llega a Ciudad Thaylen.

—Solo estamos protegiendo nuestra flota de la tormenta —dijo Noura.

—Perdona, visir, pero eso es una bosta de chull como una casa y lo sabes. Nos hemos ido porque te preocupa que el enemigo esté manipulando a Griffin.

—No es el único motivo —intervino el vástago Unoqua. Era un viejo barrigón—. Siempre hemos tenido nuestras reservas con los Radiantes Perdidos. Los poderes que Bellamy Griffin desea blandir son peligrosos en extremo, como acaban de demostrar las traducciones de escritos antiguos.

—Madi dice… —empezó Yanagawn.

—¿Madi? —lo interrumpió Noura—. Le haces demasiado caso, majestad imperial.

—Es lista.

—Una vez intentó comerse tu fajín.

—Bueno, creyó que sonaba como a postre. —Yanagawn respiró hondo—. Además, no es lista de ese tipo. Lo es del otro.

—¿Qué otro tipo, majestad imperial? —preguntó la visir Dalski.

Su pelo blanco como la nieve asomaba bajo su sombrero formal.

—El tipo que sabe cuándo está mal traicionar a un amigo. Creo que deberíamos volver. ¿Soy el emperador o no?

—Eres el emperador —dijo Noura—. Pero majestad, recuerda tus lecciones. Lo que nos diferencia de las monarquías del este, y del caos que sufren, es que nuestro emperador tiene cortapisas. Azir puede soportar un cambio de dinastía, y lo hará. Tu poder es absoluto, pero no lo ejerces tú todo. Ni debes.

—Fuiste elegido por el mismísimo Titus —añadió Unoqua—, para dirigir…

—Fui elegido —lo cortó Yanagawn— porque nadie lloraría ni un poco si la Asesina de Blanco viniera a por mí. No nos engañemos, ¿vale?

—Hiciste un milagro —dijo Unoqua.

Madi hizo un milagro, usando unos poderes que ahora decís que son demasiado peligrosos para confiar en ellos.

Las dos visires y el vástago se miraron entre ellos. Unoqua era su líder religioso, pero Noura tenía el derecho de antigüedad por haber superado las pruebas de acceso al funcionariado a la impresionante edad de doce años. Yanagawn dejó de andar frente a la ventana del camarote. Fuera del casco, las olas batían revueltas, haciendo cabecear el barco. Era una nave pequeña, que se había unido a la flota principal y se había refugiado con ella en la cala de Vtlar, en la costa thayleña. Pero los informes recibidos por vinculacaña afirmaban que la tormenta eterna, por increíble que pareciera, se había detenido cerca de Ciudad Thaylen. Llamaron a la puerta. Yanagawn dejó que Dalski, la consejera de menor antigüedad pese a sus años, la abriera. Yanagawn se sentó en su regio asiento mientras entraba un guardia de piel marrón clara. A Yanagawn le pareció reconocer al hombre, a pesar de que sostenía una tela contra un lado de su cara e hizo una mueca al hacer la inclinación formal requerida por hallarse en presencia del emperador.

—¿Vono? —dijo Noura—. ¿Qué ha pasado con tu protegida? Debías tenerla ocupada y entretenida, ¿verdad?

—Debía, excelencia —dijo Vono—. Pero me ha dado una patada en las esferas y me ha metido bajo la cama. Eh… excelencia, de verdad que no sé cómo ha podido moverme. No es que sea una grandullona precisamente.

«¿Madi?», pensó Yanagawn. Estuvo a punto de exigir respuestas a voces, pero hacerlo habría avergonzado a aquel hombre.

Yanagawn se contuvo a duras penas y Noura le reconoció con un asentimiento la lección aprendida.

—¿Cuándo ha ocurrido eso? —preguntó la visir.

—Justo antes de zarpar —dijo el guardia—. Lo siento, excelencia. He estado postrado desde entonces, acabo de recuperarme ahora mismo.

Yanagawn se volvió hacia Noura. Después de eso, la visir tendría que reconocer lo importante que era volver. La tormenta aún no había avanzado. Podrían regresar si…

Alguien más llegó a la puerta, una mujer con la túnica y los estampados de una escriba del segundo nivel, séptimo círculo. Entró e hizo a toda prisa las inclinaciones formales a Yanagawn, tanto que se saltó sin querer el tercer gesto de obediencia servil.

—Visires —dijo, inclinándose hacia ellas y luego hacia Unoqua—. ¡Noticias de la ciudad!

—¿Son buenas? —preguntó Noura, esperanzada.

—Los alezi se han vuelto contra los thayleños y ahora pretenden conquistarlos. Estaban aliados con los parshmenios desde el principio. ¡Excelencias, al huir hemos evitado por los pelos una trampa!

—Deprisa —dijo Noura—. Separad nuestros barcos de cualquiera tripulado por tropas alezi. ¡No debemos dejarnos coger desprevenidos!

Se marcharon, dejando a Yanagawn solo con la docena de jóvenes escribas que eran las siguientes de la cola para regocijarse en su presencia. Se acomodó en su asiento, inquieto y asustado, notando el estómago revuelto. ¿Los alezi eran unos traidores?

Madi se había equivocado. Él se había equivocado. Que Titus los bendijera. En verdad había llegado el fin del mundo.

Somos los guardianes, dijeron los dos inmensos spren a Lexa, hablando con voces que se superponían como si fuesen una sola. Aunque no movieron las bocas, sus voces reverberaron por todo el cuerpo de Lexa. Tejedora de Luz, no tienes permiso para utilizar este portal.

—Pero necesito cruzar —les gritó Lexa desde abajo—. ¡Tengo luz tormentosa para pagaros!

Tu pago se rechazará. Estamos bloqueados por orden del padre.

—¿Vuestro padre? ¿Quién es?

El padre está muerto.

—Y entonces…

Estamos bloqueados. El tránsito hacia y desde Shadesmar se prohibió durante los últimos días del padre. Estamos obligados a obedecer.

Detrás de Lexa, en el puente, Clarke había urdido una táctica astuta. Estaba comportándose como una ilusión. Sus personas falsas tenían instrucciones de actuar como si lucharan. Pero sin la atención directa de Lexa, eso significaba quedarse plantados por ahí y dar tajos al aire. Para no revelarse, Clarke estaba haciendo justo eso mismo, lanzar ataques aleatorios con su arpón. Patrón y Syl la imitaban, bajo los dos Fusionados que flotaban sobre ellos. Una de ellos se cogía un brazo herido, pero ya parecía estar sanando. Sabían que en aquella muchedumbre había alguien real, pero no podían determinar quién era. Lexa tenía poco tiempo. Alzó la mirada de nuevo hacia los guardianes.

—Por favor. La otra Puerta Jurada, la de Kholinar, me ha permitido el paso.

Imposible, dijeron ellos. Estamos obligados por Honor, por normas que los spren no podemos incumplir. El portal está cerrado.

—Entonces, ¿por qué habéis dejado pasar a esos otros, al ejército que había aquí antes?

¿Las almas de los muertos? Ellas no necesitaban nuestro portal. El enemigo las ha llamado y las ha llevado por antiguos senderos hacia anfitriones dispuestos a recibirlas. Los vivos no podéis hacer lo mismo. Debéis buscar la Perpendicularidad para trasladaros. —Los enormes spren ladearon las cabezas al mismo tiempo—. Nos disculpamos. Hemos estado… solos mucho tiempo. Nos gustaría volver a abrir el paso a los hombres. Pero no podemos hacer lo que se nos prohibió.

Octavia la Rompedora del Cielo levitaba por encima del campo de batalla.

—¿Los alezi han cambiado de bando, aboshi? —preguntó.

—Han visto la verdad —dijo Nin, flotando a su lado. Solo estaban mirando ellos dos; Octavia no sabía dónde habían ido los demás Rompedores del Cielo.

La tormenta eterna atronó, descontenta. Unos relámpagos rojos cruzaron su superficie, pasando de una nube a la siguiente.

—Este mundo pertenecía a los parshmenios desde el principio —dijo Octavia—. Los míos no esperaban el regreso de un enemigo invasor, sino a los dueños de la casa.

—Así es —dijo Nin.

—Y tú pretendías detenerlos.

—Sabía lo que debía ocurrir si volvían. —Nin se volvió hacia ella—. ¿Quién tiene jurisdicción sobre esta tierra, Octavia-hija-Netura? Todo hombre puede gobernar su hogar hasta que el consistor le exija pagar impuestos. El consistor controla sus tierras hasta que, a su vez, el alto señor llega exigiendo un diezmo. Pero el alto señor debe obedecer al alto príncipe si estalla la guerra en sus territorios. ¿Y el rey? El rey debe responder ante Dios.

—Dijiste que Dios está muerto.

Un dios está muerto. Otro ganó la guerra por derecho de conquista. Los dueños originales de esta tierra han regresado con las llaves de la casa, por extender tu diestra metáfora. Así que dime, Octavia-hija-Netura, tú que te dispones a jurar el Tercer Ideal, ¿qué ley deberían obedecer los Rompedores del Cielo? ¿La de los humanos o la de los verdaderos propietarios de esta tierra?

No parecía haber elección. La lógica de Nin tenía fundamento.

No había elección en absoluto.

No seas tonta, dijo la espada. Luchemos contra esos tipos.

—¿Los parshmenios? Son los legítimos gobernantes del territorio —dijo Octavia.

¿Legítimos? ¿Quién puede tener un derecho legítimo sobre la tierra? Los humanos siempre estáis reclamando cosas, pero nadie pide su opinión a esas cosas, ¿o sí? Bueno, pues yo no soy posesión de nadie. Me lo dijo Vivenna. Soy mi propia espada.

—No tengo elección.

¿Eso crees? ¿No decías que te pasaste mil años cumpliendo las órdenes de una piedra?

—Fueron algo más de siete años, espada-nimi. Y no obedecía a la piedra, sino las palabras de quien la tenía en su poder. Yo…

¿… no había tenido elección?

Pero nunca había sido nada más que una piedra.

Raven voló hacia abajo en arco y pasó por encima de las copas de los árboles, haciendo tintinear las hojas de cristal y dejando una llovizna de esquirlas atrás. Ascendió en paralelo a la ladera de la montaña, añadiendo otro lanzamiento a su velocidad y luego otro más. Cuando superó el bosque, se lanzó más cerca de la roca y voló con la obsidiana a escasos centímetros de la cara. Usó los brazos para esculpir el viento a su alrededor, desviándose hacia una grieta en la lustrosa piedra negra donde se unían dos montañas. Vivo de luz y viento, le daba igual si los Fusionados estaban ganándole terreno o no.

Que miraran.

Tenía mal ángulo para pasar por la grieta, así que se aplicó un lanzamiento para apartarse de la montaña e iniciar un gigantesco bucle, cambiando los lanzamientos en rápida sucesión. Trazó un círculo en el aire que lo cruzó a toda velocidad con los Fusionados y lo llevó directo a la grieta, tan cerca de sus paredes que las notó pasar. Salió por el otro lado, entusiasmada. ¿No se le debería haber acabado ya la luz tormentosa? No la agotaba tan deprisa como en sus primeros meses de entrenamiento.

Raven voló hacia abajo siguiendo las faldas de las montañas mientras tres Fusionados emergían de la grieta para seguirla. Los llevó en torno a la base de la montaña de obsidiana y luego viró hacia la Puerta Jurada para ver cómo andaban Lexa y los demás. Sin dejar de avanzar hacia ellos, se dejó caer entre los árboles, todavía moviéndose a una velocidad abrumadora. Se orientó como si estuviera precipitándose por los abismos. Esquivar aquellos árboles no era tan distinto. Serpenteó entre ellos, usando más su cuerpo que los lanzamientos para controlar la dirección. Dejó a su paso una melodía de cristal rompiéndose. Salió del bosque de repente y encontró al cuarto Fusionado, el que llevaba su arpón, esperando. La criatura intentó golpearla, pero Raven esquivó y cruzó el terreno hasta volar sobre el mar de cuentas. Una mirada rápida le mostró a Lexa en la plataforma, moviendo las manos por encima de la cabeza. Era la señal que habían acordado para indicar que necesitaba más tiempo. Raven se alejó por el mar y las cuentas reaccionaron a su luz tormentosa, traqueteando e inflándose como una ola tras ella. El último Fusionado frenó hasta quedar flotando y los otros tres salieron despacio del bosque. Raven trazó otra curva amplia y las cuentas se alzaron por los aires tras ella como una columna de agua. Su arco la llevó contra el Fusionado del arpón. Raven apartó el arma del parshmenio de un manotazo y levantó la contera de su lanza, que golpeó el arpón por el astil mientras ella propinaba una patada a su enemigo en el pecho.

El arpón salió hacia arriba. El Fusionado salió hacia abajo.

La criatura se detuvo en el aire con un lanzamiento y se miró las manos estupefacto, mientras Raven atrapaba el arpón con la mano que tenía libre. El enemigo desarmado vociferó algo, negó con la cabeza y desenfundó su espada. Flotó hacia atrás para reunirse con los otros tres, que se acercaban con las túnicas revoloteando. Uno de ellos, el varón de la cara blanca con la curva roja, avanzó en solitario, señaló a Raven con su lanza y dijo algo.

—No hablo vuestro idioma —respondió Raven a voz en grito—. Pero si eso era un desafío de tú contra mí, lo acepto. Encantada.

En ese momento, su luz tormentosa se agotó.

Echo por fin logró desatascar la roca y la sacó de entre los restos de la entrada. Cayeron otras piedras a su alrededor, abriéndole el camino hacia la muralla.

Lo que quedaba de ella.

A unos cinco metros de donde estaba, el muro terminaba en un agujero abrupto e irregular. Echo tosió y se recogió un mechón de pelo que había escapado de su trenza. Habían corrido a cubrirse dentro de una garita de piedra de la muralla, pero un lado se había derrumbado con la sacudida. Había caído sobre los tres soldados que habían llegado para proteger a la reina. Pobres. Detrás de Echo, Fen sacó de los escombros a su consorte, que se tapaba un corte en el cuero cabelludo. Otras dos escribas se habían resguardado con Echo y la reina, pero la mayoría de los almirantes habían corrido en sentido opuesto para buscar cobijo en el siguiente baluarte. Ese baluarte ya no existía. El monstruo lo había barrido. La criatura estaba avanzando a pisotones por la explanada de fuera, aunque Echo no podía ver qué había llamado su atención.

—La escalera —dijo Fen, señalando—. Parece que ha sobrevivido.

Los peldaños descendentes estaban rodeados por completo de piedra, y los llevarían a un pequeño puesto de guardia en la parte de abajo. Quizá allí encontraran soldados que pudieran ayudar a los heridos y buscar supervivientes entre las ruinas. Echo abrió la puerta y dejó que Fen y Kmakl encabezaran el descenso. Dio el primer paso para seguirlos, pero vaciló. Condenación, la vista al otro lado del muro era hipnótica. La tormenta de rojo relámpago. Los dos monstruos de piedra. Y la bullente y arremolinada neblina roja en la costa, a la derecha. No tenía una forma definida, pero por algún motivo daba la sensación de caballos a la carga con la carne arrancada. Un Deshecho, sin duda. Un antiguo spren de Odium. Algo más allá del tiempo y la historia. Y estaba allí. Una compañía de soldados acababa de entrar en la ciudad por el hueco. Otra estaba formando fuera para pasar a continuación. Echo se quedó cada vez más helada mientras los miraba. Ojos rojos. Con un quedo respingo, se apartó de la escalera y recorrió el adarve con paso inseguro hasta llegar al borde roto de piedra. «Oh, querido Todopoderoso, no…»

Las filas de fuera se abrieron para dejar pasar a una sola parshmenia. Echo entornó los ojos, intentando determinar qué tenía de especial. ¿Sería una Fusionada? Tras ella, la niebla roja se infló y envió zarcillos que se internaron entre los hombres, incluido el que llevaba armadura esquirlada y montaba a lomos de un brillante semental blanco. Amaram había cambiado de bando. Se incorporó a una fuerza abrumadora de Portadores del Vacío de todas las formas y tamaños. ¿Cómo podían combatir contra eso? ¿Cómo podía nadie combatir contra eso jamás?

Echo cayó de rodillas sobre el borde roto de la muralla. Y entonces vio otra cosa. Algo incongruente, que al principio su mente se negó a aceptar. Un hombre solitario se las había ingeniado para rodear las tropas que ya habían entrado en la ciudad. Estaba cruzando los cascotes, vestido con un uniforme azul y llevando un libro bajo el brazo.

Sin ayuda e indefenso, Bellamy Griffin entró en el hueco de la muralla derruida, y allí se enfrentó a la pesadilla en solitario.