120. LA LANZA QUE NO SE ROMPE

Si el viaje en sí es la parte más importante, más que el mismo destino, entonces no viajé para rehuir mi deber, sino para encontrarlo.

De El camino de los reyes, epílogo

Raven se alzó al cielo, rebosante de luz tormentosa.

Por debajo, Bellamy caminaba hacia la bruma roja. Aunque había extendido zarcillos entre los soldados del ejército de Amaram, casi toda ella estaba arremolinada más cerca de la costa, a la derecha de la bahía y los muelles destruidos. Tormentas, qué bien sentaba volver a estar en el mundo real. Incluso con la tormenta eterna oscureciendo el sol, el lugar parecía muchísimo más brillante que Shadesmar. Un grupo de vientospren voló a su alrededor, aunque el aire estaba relativamente calmo. Quizá fuesen los que habían acudido a él en el otro lado, a los que había fallado.

Raven, dijo Syl, lo último que necesitas es otro motivo para flagelarte.

Tenía razón. Tormentas, a veces podía ser dura consigo misma.

¿Sería el defecto que le había impedido pronunciar las Palabras del Cuarto Ideal?

Por algún motivo, Syl suspiró. Oh, Raven.

—Luego hablaremos de eso —dijo ella.

De momento, se le había concedido una segunda oportunidad de proteger a Bellamy Griffin. Con luz tormentosa bullendo en su interior y el cómodo peso de la lanza-Syl en la mano, se lanzó hacia abajo y aterrizó contra las piedras, cerca de Amaram.

El alto señor, por su parte, cayó de rodillas.

«¿Cómo?», pensó Raven. Amaram estaba tosiendo. Echó atrás la cabeza, con la celada alzada, y gimió.

¿Acababa de tragarse algo?

Clarke se tocó el abdomen. Por debajo del corte en su uniforme, solo palpó una piel suave y nueva. No sentía el menor dolor. Durante un tiempo, había estado segura de que moriría. Ya le había pasado antes. Unos meses atrás, lo había sentido cuando Sadeas se había retirado, dejando a las tropas Griffin solas y rodeadas en las Llanuras Quebradas. Pero esto otro había sido distinto. Mirando aquel cielo negro y aquellas nubes antinaturales, sintiendo una repentina y espantosa fragilidad. Y entonces, la luz. Su padre, el gran hombre al que Clarke jamás podría igualarse, de algún modo había encarnado al mismísimo Todopoderoso. Clarke no podía evitar decirse que no había sido digna de entrar en esa luz.

Pero allí estaba de todos modos.

Los Radiantes se separaron en cumplimiento de las órdenes de Bellamy, aunque Lexa se arrodilló junto a Clarke.

—¿Cómo te encuentras?

—¿Sabes lo mucho que me gustaba esta chaqueta?

—Oh, Clarke.

—En serio, Lexa. Los cirujanos deberían tener más cuidado con la ropa que cortan. Si una mujer va a sobrevivir, querrá su camisa. Y si muere, en fin, por lo menos debería ir bien vestida en su lecho de muerte.

Ella sonrió y volvió la cabeza hacia las tropas de ojos rojos.

—Ve —dijo ella—. Yo estaré bien. Salva la ciudad. Sé Radiante, Lexa.

Ella la besó, se giró y se levantó. Su ropa blanca pareció brillar, en vistoso contraste con el pelo rojo, mientras la luz tormentosa emanaba de ella. Patrón apareció como hoja esquirlada, con una tenue, casi invisible celosía a lo largo del filo. Lexa tejió su poder y todo un ejército salió del suelo a su alrededor. En Urithiru, había creado una unidad de una veintena de miembros para distraer a la Deshecha. Allí, a su alrededor tomaron forma centenares de ilusiones: soldados, tenderos, lavanderas, escribas, todos ellos procedentes de las páginas de su cuaderno. Brillaron con fuerza, emitiendo luz tormentosa, como si todos ellos fuesen Caballeros Radiantes. Clarke se levantó y se encontró cara a cara con una ilusión de sí misma vestida con uniforme Griffin. La Clarke ilusoria brillaba de luz tormentosa y flotaba a unos centímetros del suelo. Lexa la había convertido en Corredor del Viento.

«Eso… no lo soporto.» Se volvió hacia la ciudad. Su padre se había centrado en los Radiantes y no había dado ninguna tarea específica a Clarke. Así que quizá podría ayudar a los defensores de dentro.

Clarke cruzó entre los escombros y atravesó la muralla rota. Anya estaba en el interior, con los brazos en jarras, como si contemplara el estropicio que habían armado unos niños revoltosos. El hueco llevaba a una plaza cualquiera de ciudad, dominada por barracones y almacenes. Los soldados caídos con uniformes de Thaylen o Sadeas indicaban un encontronazo reciente, pero el grueso del enemigo parecía haber seguido adelante. Sonaban gritos y golpes metálicos en las calles próximas. Clarke bajó el brazo hacia una espada caída, se detuvo y, sintiéndose estúpida, invocó su hoja esquirlada. Se preparó para un chillido, pero no llegó ninguno y la hoja cayó en su mano al cabo de diez latidos.

—Lo siento —dijo, alzando la reluciente arma—. Y gracias.

Corrió hacia uno de los combates cercanos, en el que había hombres pidiendo ayuda a gritos.

Octavia de los Rompedores del Cielo envidiaba a Raven, esa que llamaban Bendita por la Tormenta, el honor de proteger a Bellamy Griffin. Pero por supuesto, no iba a protestar. Había escogido su juramento.

Y haría lo que su amo le exigiera.

Aparecieron fantasmas, creados con luz tormentosa por la mujer de pelo rojo. Eran las sombras en la oscuridad, las que oía susurrándole sobre sus asesinatos. No sabía cómo los había devuelto a la vida aquella mujer. Aterrizó cerca de la potenciadora reshi, Madi.

—Bueno —le dijo la chica—, ¿cómo vamos a encontrar ese rubí?

Octavia señaló con su hoja esquirlada enfundada hacia los barcos amarrados en la bahía.

—La criatura que lo llevaba ha huido por ahí.

Aún había parshmenios congregados, bien dentro de la sombra de la tormenta eterna.

—Pues vaya —dijo Madi, y le lanzó una mirada—. No intentarás comerme otra vez, ¿verdad?

No seas tonta, dijo la espada que llevaba Octavia en la mano. Tú no eres malvada. Eres simpática. Y yo no como gente.

—No desenfundaré la espada —dijo Octavia—, a menos que tú ya estés muerta y yo decida aceptar también mi final.

—Eeestupendo —dijo Madi.

Se supone que tienes que llevarme la contraria, Octavia, dijo la espada, cuando digo que no como gente. Vasher lo hacía siempre. Creo que bromeaba. En todo caso, como portadora debo decir que no eres muy buena.

—No —dijo Octavia—. En lo que no soy buena es en ser persona. Es… un defecto que tengo.

¡No pasa nada! Tú sé feliz. ¡Pero parece que hoy tenemos mucho mal que destruir! Y eso es eeestupendo, ¿verdad?

Entonces la espada empezó a canturrear.

Las marcas de la frente de Raven le dolieron mientras se precipitaba hacia el suelo para atacar a Amaram. Pero el alto príncipe se recuperó enseguida de su ataque y bajó la celada de su yelmo. Rechazó la embestida de Raven con un antebrazo protegido por armadura. Aquellos ojos rojos daban un brillo rojizo al visor del yelmo.

—Deberías darme las gracias, chica.

—¿A ti? —replicó Raven—. ¿Por qué, por demostrarme que podía haber alguien incluso más detestable que los mezquinos ojos claros que gobernaban mi pueblo?

—Yo te creé, lancera. Yo te forjé.

Amaram apuntó hacia Raven su ancha hoja esquirlada terminada en gancho. Entonces extendió la mano izquierda e invocó una segunda hoja. Larga y curvada, su borde romo ondeaba como una sucesión de olas. Raven conocía bien aquella hoja. La había ganado, salvando la vida de Amaram, y luego se había negado a empuñarla. Porque cuando miraba su reflejo en aquel metal plateado, solo podía ver a los amigos que había matado. Cuánta muerte y destrucción había provocado esa sinuosa espada. Para Raven, simbolizaba todo lo que había perdido, sobre todo en la mano del hombre que le había mentido. El hombre que le había arrebatado a Tien. Amaram adoptó una postura de esgrima, sosteniendo dos hojas. Una adquirida con sangre, al coste de los compañeros de Raven. La otra, Juramentada. Una espada entregada en rescate del Puente Cuatro.

¡No te dejes intimidar!, susurró Syl en la mente de Raven. Por mucho pasado que tengáis, es solo un hombre. Y tú, una Caballero Radiante.

El brazal de la armadura de Amaram se iluminó de pronto en su antebrazo, como si algo lo estuviera empujando desde abajo. El brillo rojo del yelmo se intensificó, y Raven tuvo la nítida sensación de que algo envolvía a Amaram. Un humo negro. El mismo que Raven había visto en torno a la reina Aesudan al final, mientras escapaban de palacio. Otras partes de la armadura de Amaram empezaron a temblar o brillar, y de pronto se abalanzó con brío contra Raven, atacando con una hoja esquirlada y luego la otra.

Bellamy aflojó el paso cuando estuvo cerca del núcleo de la Emoción. La niebla roja bullía y giraba allí, casi sólida. Vio rostros conocidos reflejados en ella. Vio al viejo alto príncipe Kalanor cayendo desde la cima de una formación rocosa. Se vio a sí mismo solo en un campo de piedras, después de un alud. Se vio atrapar la pinza de un abismoide en las Llanuras Quebradas. Podía oír la Emoción, un latido vibrante, insistente, cálido. Casi como un redoble de tambor.

—Hola, vieja amiga —susurró Bellamy, y entró en la niebla roja.

Lexa extendió los brazos a los lados. La luz tormentosa se expandió a partir de ella por el suelo, un estanque de luz líquida, con una neblina radiante arremolinándose por encima. Se convirtió en un portal. De él emergió su colección. Todas las personas a las que había bosquejado jamás, desde las doncellas de casa de su padre hasta los honorspren que habían apresado a Syl, crecieron a partir de la luz tormentosa. Hombres y mujeres, niños y abuelos. Soldados y escribas. Madres y exploradores, reyes y esclavos.

Mmm, dijo Patrón como una espada en su mano. MMMMMMM.

—Estos los he perdido —dijo Lexa mientras Yalb el marinero salía de la neblina y la saludaba con la mano. Empuñó una lanza esquirlada formada a partir del aire—. ¡Estos dibujos los perdí!

Estás cerca de ellos, dijo Patrón. Cerca del reino del pensamiento… y más allá. Todas las personas con las que has Conectado a lo largo de los años

Emergieron sus hermanos. Había sepultado su preocupación por ellos al fondo de su mente. Retenidos por los Sangre Espectral…

Ninguna información de ninguna vinculacaña que hubiera probado…

Su padre salió de la luz. Y su madre.

Las ilusiones empezaron a fallar al instante, volviendo a derretirse en luz. Entonces alguien le cogió la mano izquierda.

Lexa dio un respingo. Quien se formaba de la niebla era…

¿Velo? Con el pelo largo, lacio y negro, ropa blanca, ojos castaños. Más sabia que Lexa, y más centrada. Capaz de trabajar en las partes pequeñas cuando Lexa se veía superada por la magnitud de su trabajo.

Otra mano cogió la derecha de Lexa. Radiante, en brillante armadura esquirlada granate, alta, con el pelo trenzado. Reservada y cauta. Asintió con la cabeza hacia Lexa con una mirada firme, decidida.

Otros bulleron a los pies de Lexa, intentando salir trepando de la luz tormentosa, sus manos resplandecientes tratando de agarrarle las piernas.

—No —susurró Lexa.

Con ellas era suficiente. Había creado a Velo y Radiante para que fuesen fuertes cuando ella era débil. Apretó con fuerza sus manos y dio un lento siseo. Las otras versiones de Lexa se retiraron a la luz tormentosa. Y más hacia fuera, una tremenda multitud de figuras surgieron del suelo y alzaron sus armas hacia el enemigo.

Clarke, acompañado por unas dos docenas de soldados, cargó por las calles del distrito bajo.

—¡Ahí! —gritó uno de sus hombres con fuerte acento thayleño—. ¡Brillante señora! —Señaló hacia un grupo de soldados enemigos que huía por un callejón de vuelta hacia la muralla.

—Condenación —dijo Clarke, e indicó a sus tropas que la siguieran para darles caza. Anya estaba sola en esa dirección, intentando defender el hueco. Corrió callejón abajo hacia…

Un soldado de ojos rojos voló de repente sobre ella. Clarke se agachó, preocupada por tener que enfrentarse a un Fusionado, pero era un soldado normal. El pobre desgraciado cayó con fuerza en un techo. ¿Qué estaba pasando?

Mientras llegaban al final del callejón, otro cuerpo se estrelló contra la muralla, al lado de la abertura. Con su hoja esquirlada en la mano, Clarke asomó un ojo por la esquina, esperando encontrar otro monstruo de piedra como el que había subido al distrito antiguo. Pero allí solo vio a Anya Griffin, con cara de desconcierto absoluto. Se estaba disipando una luminiscencia que tenía alrededor, distinta del humo de su luz tormentosa. Eran como formas geométricas que se ceñían a su forma…

Bien, pues. Anya no necesitaba ayuda. Clarke ordenó por señas a sus hombres que fuesen hacia el sonido de batalla a la derecha. Allí encontraron un pequeño grupo de acosados soldados thayleños, acorralados contra la base de la muralla, enfrentándose a una fuerza muy superior de hombres con uniformes verdes. Bueno, eso sí podía solucionarlo Clarke. Hizo retroceder a sus soldados y se lanzó a la carga en la postura del humo, blandiendo su hoja esquirlada. El enemigo se había amontonado para cobrarse su pieza, y le costó mucho adaptarse a la tormenta en miniatura que los embistió desde detrás. Clarke avanzó a través de la secuencia de tajos, sintiendo una satisfacción inmensa por ser capaz de hacer algo por fin. Los thayleños entonaron vítores mientras Clarke derribaba al último grupo de enemigos, sus ojos rojos volviéndose negros al quemarse. La satisfacción le duró hasta que, al mirar los cadáveres, la sorprendió lo humanos que parecían. Había pasado años luchando contra los parshendi. No recordaba haber matado a otro alezi desde… bueno, ni se acordaba.

«Sadeas. No te olvides de Sadeas.»

Cincuenta hombres muertos a sus pies, más las tres docenas que habría matado mientras reunía sus otras tropas. Tormentas, después de lo inútil que se había sentido en Shadesmar, aquello.

¿Qué parte de su reputación le pertenecía y cuánta de ella correspondía, siempre había correspondido, a la espada?

—¿Princesa Clarke? —llamó una voz en alezi—. ¡Alteza!

—¿Kdralk? —dijo Clarke mientras se destacaba alguien de entre los thayleños.

El hijo de la reina había tenido mejores días. Tenía las cejas ensangrentadas por un corte en la frente. Tenía el uniforme hecho trizas y llevaba la parte superior de un brazo vendada.

—Mis padres —dijo Kdralk— están atrapados en la muralla un poco más abajo. Estábamos avanzando hacia ellos, pero nos han arrinconado.

—Bien. Vamos allá, pues.

Anya pasó por encima de un cadáver. Su hoja se desvaneció con un estallido de luz tormentosa y Marfil apareció junto a ella, con preocupación en sus negros rasgos aceitosos mientras contemplaba el cielo.

—Este lugar es tres, todavía —dijo—. Casi tres.

—O tres lugares son casi uno —repuso Anya. Otra bandada de glorispren pasó flotando, y pudo verlos tal y como eran en el Reino Cognitivo: como extrañas aves de largas alas y una esfera dorada por cabeza. En fin, poder mirar en el Reino Cognitivo sin pretenderlo era de las cosas menos perturbadoras que le habían sucedido en lo que llevaba de día.

Dentro de ella palpitaba una cantidad increíble de luz tormentosa, más de la que había contenido jamás. Otro grupo de soldados atravesó las ilusiones de Lexa y embistió sobre los escombros hacia el agujero de la muralla. Anya movió la mano hacia ellos con gesto casi distraído. En otros momentos, sus almas le habrían opuesto una resistencia feroz. El moldeado de almas era difícil de practicar sobre cosas vivas. Solía requerir meticulosidad y concentración, además de los procedimientos y conocimientos correspondientes. Ese día, los hombres se deshacían en humo a su mero pensamiento. Era tan fácil que una parte de ella estaba horrorizada. Se sentía invencible, lo cual era un peligro en sí mismo. El cuerpo humano no estaba pensado para contener tantísima luz tormentosa. Se alzaba de ella como el humo de una hoguera. Sin embargo, Bellamy había cerrado su perpendicularidad. Se había convertido en la tormenta y, de algún modo, había recargado las esferas, pero, al igual que una tormenta, su efecto estaba pasando.

—Tres mundos —dijo Marfil—. Separándose otra vez poco a poco, pero de momento los tres reinos están cerca.

—Pues aprovechémoslo antes de que se vaya, ¿no crees?

Se adelantó frente a la parte derrumbada de muralla, un hueco tan amplio como una manzana pequeña de la ciudad.

Entonces alzó las manos.

Octavia de los Rompedores del Cielo encabezó la marcha hacia el ejército parshmenio, seguida por la niña Danzante del Filo. Octavia no temía el dolor, ya que ningún suplicio físico podía rivalizar con la agonía que ya soportaba. No temía la muerte. Esa dulce recompensa ya se la habían arrebatado. Temía solo haber tomado la decisión errónea. Octavia purgó ese miedo. Nin tenía razón. No se podía vivir tomando decisiones en cada encrucijada. Los parshmenios que había en la costa de la bahía no tenían ojos brillantes. Se parecían mucho a los parshendi que lo habían utilizado para asesinar al rey Gavilar. Cuando se acercó, varios de ellos salieron corriendo y subieron a bordo de un barco.

—Esos —dijo Octavia—. Sospecho que van a avisar a la que buscamos.

—Voy a por ella, caraloca —dijo Madi—. Espada, no te comas a nadie si no se te intentan comer a ti primero.

La chica salió resbalando a su manera ridícula, arrodillada y dando manotazos al suelo. Se deslizó entre los parshmenios. Cuando llegó al barco, de alguna manera subió por su costado y se escurrió por un diminuto ventanuco. Los parshmenios que estaban allí no parecían agresivos. Rehuyeron a Octavia, murmurando entre ellos. Octavia echó una mirada al cielo y distinguió a Nin, como una mota de polvo, que seguía observando. Octavia no podía reprochar al Heraldo su decisión, pues la ley de aquellas criaturas había pasado a ser la ley de la tierra. Pero… esa ley era producto de los muchos. A Octavia se la había exiliado por el consenso de los muchos. Había servido a un amo tras otro, la mayoría de los cuales la utilizó para cumplir objetivos terribles, o egoístas como mínimo. No se podía alcanzar la excelencia promediando a aquella gente. La excelencia era una misión individual, no un esfuerzo de grupo. Una parshendi voladora —«Fusionados», los había llamado Madi— salió disparada del barco, llevando el enorme rubí opaco que quería Bellamy. Madi siguió a la Fusionada hasta la borda del barco, pero no podía volar. Subió a la proa y soltó una ristra de improperios.

Hala, dijo la espada. Un vocabulario impresionante, para ser una niña. ¿Sabrá siquiera lo que significa eso último?

Octavia se lanzó al aire tras la Fusionada.

Y si lo sabe, añadió la espada, ¿crees que me lo explicaría?

La enemiga voló baja sobre el campo de batalla y Octavia la siguió, a escasos centímetros de las rocas. Pasaron a través de los combatientes ilusorios. Algunos parecían ser soldados enemigos, para incrementar la confusión. Una jugada inteligente. Sería menos probable que el enemigo se retirara si creía que muchos compañeros suyos seguían luchando, y también daba más realismo a la batalla. Solo que cuando la presa de Octavia pasó como una exhalación, su ropa aleteante atravesó y perturbó las ilusiones. Octavia la siguió de cerca, pasando a través de dos hombres combatiendo que sabía ilusorios. Aquella Fusionada tenía talento, más que los Rompedores del Cielo, aunque Octavia no se había enfrentado a los mejores de ellos. La persecución la llevó en un largo bucle, que terminó cerrándose de nuevo cerca de donde Bellamy estaba cruzando el borde de la bruma roja. Las voces susurrantes ganaron intensidad y Octavia se tapó las orejas con las manos mientras volaba. La Fusionada volaba fluida y elegante, pero le costaba más tiempo acelerar y frenar que a Octavia. Aprovechó esa ventaja y, previendo el movimiento de su enemiga, atajó a un lado mientras giraban. Octavia chocó contra su enemiga y las dos dieron vueltas por los aires. La Fusionada, con la gema en una mano, apuñaló a Octavia con un cuchillo de aspecto temible. Por suerte, gracias a la luz tormentosa, lo único que logró fue causarle dolor. Octavia las lanzó a ambas hacia abajo, cogida con fuerza, y las estampó contra la piedra. La gema salió rodando mientras la Fusionada gemía. Octavia se puso en pie con un ágil lanzamiento y flotó erguido hacia la gema. Recogió el rubí con su mano libre, la que no llevaba la espada envainada.

¡Hala!, dijo la espada.

—Gracias, espada-nimi —respondió Octavia. Restauró su luz tormentosa con las esferas y gemas que habían caído cerca.

Me refería a eso otro. A tu derecha.

Otros tres Fusionados descendían hacia ella. Al parecer, se había ganado la atención del enemigo.

Clarke y sus hombres llegaron a una escalera cubierta que subía hacia el almenar. Su tía Echo lo saludó desde arriba y le hizo un gesto de apremio. Clarke corrió escalera arriba y, al final, encontró un revoltijo de tropas Sadeas dando hachazos a la puerta.

—Creo que yo lo tendré más fácil para pasar —dijo Clarke desde detrás de ellos.

Al poco tiempo, salió al adarve dejando cinco cadáveres en los escalones. Esos no lo pusieron tan melancólico. Les habían faltado escasos minutos para llegar a su tía. Echo la abrazó.

—¿Finn? —preguntó, tensa.

Clarke negó con la cabeza.

—Lo siento.

Echo se apretó a ella y Clarke descartó su hoja para estrecharla mientras ella temblaba, derramando silenciosas lágrimas. Tormentas, sabía cómo se sentía. Ella no había podido tomarse tiempo para pensar desde la muerte de Finn. Había sentido la mano opresiva de la responsabilidad, pero ¿había pasado duelo por su primo?

Se abrazó más a su tía, sintiendo su dolor, reflejo del propio Clarke. El monstruo de piedra estaba arrasando la ciudad y los soldados gritaban por todas partes, pero en ese momento Clarke hizo lo que pudo para consolar a una madre que había perdido a su hijo. Se separaron y Echo se secó los ojos con un pañuelo. Se sobresaltó al ver el costado sanguinolento de Clarke.

—Estoy bien —dijo ella—. Aden me ha curado.

—He visto a tu prometida y a la mujer del puente abajo —dijo Echo—. ¿Habéis vuelto todos… menos él?

—Lo siento, tía. Es que… le fallamos. A Finn, y también a Kholinar.

Echo se limpió los ojos y se tensó, decidida.

—Vamos. Ahora debemos concentrarnos en impedir que esta ciudad sufra el mismo destino.

Se unieron a la reina Fen, que supervisaba la batalla desde las almenas.

—Estnatil estaba en el muro con nosotros cuando ha atacado esa cosa —estaba diciendo a su hijo—. Lo ha tirado y seguramente haya muerto, pero entre esos cascotes tiene que haber una hoja esquirlada. No he visto a Tshadr. ¿Quizá esté en su mansión? No me sorprendería encontrarlo reuniendo tropas en la parte de arriba.

Contaban portadores de esquirlada. Thaylenah tenía tres juegos de armadura y cinco hojas, un buen número de esquirlas para un reino de ese tamaño. Ocho casas iban dejándolas en herencia, de padre a hijo, y los ocho servían al trono como alta guardia. Clarke paseó la mirada por la ciudad, evaluando su defensa. Luchar en las calles era difícil: los hombres se separaban y era fácil flanquearlos o rodearlos. Por suerte, las tropas Sadeas parecían haber olvidado su entrenamiento en combate. No defendían bien el terreno; se habían disgregado en pandillas que merodeaban, como manadas de sabuesos-hacha, que recorrían la ciudad buscando pelea.

—Debéis reunir vuestras tropas —dijo Clarke a los thayleños—. Bloquear una calle de abajo y coordinar una resistencia. Luego…

Un sonido repentino de ventolera la interrumpió.

Retrocedió un paso mientras la muralla temblaba, y entonces el hueco que tenía se reparó. El metal creció cristalino para rellenar el agujero, materializándose a partir de una tempestad de aire embravecido, aullante. El resultado fue una hermosa sección de bronce pulido, fundida con la mampostería, cerrando el hueco por completo.

—¡Por las palmas de Wells! —exclamó Fen. Su consorte y ella se aproximaron al borde y bajaron la mirada hacia Anya, que estaba sacudiéndose las manos y las apoyó en sus caderas, satisfecha.

—Pues… cambio de táctica —dijo Clarke—. Con el hueco rellenado, podéis apostar arqueros para acosar al ejército de fuera y defender la plaza interior. Estableced un puesto de mando aquí, despejad la calle de abajo y luego conservad esta muralla a toda costa.

En la calle, Anya se alejó a zancadas de la maravilla que había creado, se arrodilló junto a unos escombros y ladeó la cabeza, escuchando algo. Apretó la mano contra los cascotes y se deshicieron en humo, revelando debajo un cadáver con una brillante hoja esquirlada al lado.

—Kdralk —dijo Clarke—, ¿qué tal dominas las posturas con hoja esquirlada?

—Bueno, las he practicado, como otros oficiales, y… o sea…

—Estupendo. Llévate a diez soldados, ve a coger esa hoja y rescata a ese grupo de tropas de ahí, en la base del distrito antiguo. Luego intenta rescatar a esos otros que luchan en la escalera. Apostad todos los arqueros que podáis aquí arriba, en la muralla, y poned a los demás soldados a vigilar las calles. —Clarke echó una mirada atrás. La distracción de Lexa estaba funcionando, por ahora—. No os extendáis demasiado, pero, a medida que rescatéis más hombres, coordinaos para cubrir todo el distrito bajo.

—Pero princesa Clarke —dijo Fen—, ¿qué vas a hacer tú?

Clarke invocó su hoja esquirlada y señaló con ella hacia el fondo del distrito antiguo, donde la gigantesca monstruosidad de piedra barrió a un grupo de soldados de un techo. Había otros intentando hacerlo tropezar con cuerdas, sin éxito.

—Parece que a esos hombres les vendría bien un arma diseñada con el objetivo concreto de cortar piedra.

Amaram luchaba con sorprendente furia, con una armonía frenética, en un asalto sin tregua de hojas esquirladas entrecruzándose y hermosas posturas. Raven bloqueó una hoja con la lanza-Syl y se quedaron trabados un momento. Un afilado cristal violeta salió del codo de Amaram a través de la armadura esquirlada, cuyas grietas brillaron con una suave luz interior. ¡Tormentas! Raven se echó hacia atrás mientras Amaram atacaba con su otra hoja, a punto de alcanzarla. Raven danzó para alejarse. No había entrenado mucho tiempo con la espada y nunca había visto a nadie usar dos hojas esquirladas a la vez. Habría dicho que sería poco práctico, pero Amaram lo hacía parecer elegante, hipnótico. El profundo brillo rojo dentro del yelmo de Amaram se volvió más tenebroso, sangriento, de algún modo incluso más siniestro. Raven paró otro golpe, pero su potencia lo envió resbalando hacia atrás en la piedra. Se había vuelto más ligera para el combate, pero hacerlo tenía repercusiones si se enfrentaba a alguien con armadura esquirlada. Resoplando, Raven se lanzó al aire para ganar algo de distancia. Aquella armadura le impedía usar los lanzamientos contra Amaram, y bloqueaba los ataques de la lanza-Syl. En cambio, si Amaram lograba acertarle a ella una sola vez, la inmovilizaría. Era posible sanar la herida de una hoja esquirlada, pero el proceso era lento y la dejaba horriblemente debilitada. Todo aquello se complicaba aún más por el hecho de que, mientras Amaram podía centrarse solo en su duelo, Raven debía tener un ojo echado a Bellamy por si…

¡Condenación!

Raven se lanzó a un lado y surcó el aire para enfrentarse a una Fusionada que había llegado flotando cerca de Bellamy. La mujer atacó a Raven con su lanza, pero Syl solo tuvo que transformarse en hoja a medio golpe para cortar la lanza en dos. La mujer canturreó furiosa y retrocedió levitando mientras desenvainaba su espada. Por debajo, Bellamy era una mera sombra en la cambiante nube carmesí. De ella surgían sanguinarios rostros chillaban de rabia, de furia, como el frente de una tormenta al inflarse. Estar cerca de la niebla dio náuseas a Raven. Por suerte, su enemiga tampoco parecía muy inclinada a entrar en ella. Se quedaron flotando fuera, mirando a Bellamy. Algunos otros ya habían intentado acercarse desde arriba, pero Raven había logrado expulsarlos. Aprovechó la ventaja que tenía sobre su actual adversaria, usando a Syl como lanza. La Fusionada era ágil, pero Raven rebosaba de luz tormentosa. En la explanada de abajo seguía habiendo una fortuna en esferas brillantes. Cuando estuvo a punto de alcanzar a la Fusionada con la lanza, en un golpe que cortó su túnica, la mujer salió volando para unirse a un grupo que perseguía a Octavia. Con un poco de suerte, la asesina podría mantenerles la delantera. A ver, ¿dónde se había metido Amaram? Raven miró hacia atrás, dio un gañido y se lanzó hacia atrás, dejando un rastro de luz tormentosa. Una gruesa flecha negra atravesó esas volutas y dispersó la luz.

Amaram estaba cerca de su caballo, del que había desenganchado un gigantesco arco esquirlado, que arrojaba flechas gruesas como el asta de una pica. Amaram lo alzó para disparar de nuevo y una línea de cristales le salió proyectada de todo el brazo, partiendo su armadura esquirlada. Tormentas, ¿qué le estaba pasando a ese hombre?

Raven voló fuera de la trayectoria de la flecha. Podría curarse de un impacto como aquel, pero la distraería y quizá permitiera que unos cuantos Fusionados la agarraran. Ni toda la luz tormentosa del mundo la salvaría si se limitaban a atarla y darle tajos hasta que dejara de sanar. Amaram lanzó otra flecha y Raven la paró con Syl, que se convirtió en escudo en su mano. Entonces Raven se lanzó en picado, invocando a Syl como lanza. Cayó hacia Amaram, que devolvió su arco a la silla del caballo y esquivó a un lado, moviéndose a una velocidad increíble. Amaram agarró la lanza-Syl mientras Raven pasaba junto a ella y la arrojó a un lado. Raven se vio obligada a descartar a Syl y perder velocidad, rodando y resbalando sobre el terreno hasta que su lanzamiento se agotó y cayó a tierra. Con los dientes apretados, Raven invocó a Syl como lanza corta y se abalanzó hacia Amaram, decidida a tumbar al alto señor antes de que los Fusionados volvieran para atacar a Bellamy.

La Emoción se alegró de ver a Bellamy.

Él la había imaginado como una fuerza malvada, maliciosa y artera, como Odium o Sadeas. Qué equivocado estaba. Bellamy anduvo a través de la bruma, y cada pisada fue una batalla que revivió. Las guerras de su juventud, para conquistar Alezkar. Las guerras de sus años intermedios, para preservar su reputación y saciar sus ganas de pelear. Y… vio momentos en los que la Emoción se retiraba. Como cuando Bellamy había cogido a Clarke por primera vez. O cuando había sonreído de oreja a oreja con Finn en la punta de una aguja rocosa en las Llanuras Quebradas. La Emoción contemplaba esos momentos con una triste mezcla de abandono y confusión. La Emoción no odiaba. Aunque algunos spren podían tomar decisiones, otros eran como animales, primitivos, guiados por una sola e irresistible directriz. Vivir. Arder. Reír.

O en este caso, luchar.

Anya existía a medias en el Reino Cognitivo, lo que lo convertía todo en un emborronado laberinto de sombras, almas de luz flotante y cuentas de cristal. Cien variedades de spren se arremolinaban y subían unos sobre otros en el océano de Shadesmar. La mayoría no se manifestaban en el mundo físico. Su voluntad creó unos peldaños mediante el moldeado de almas. Unos ejes individuales de aire se alinearon y se apiñaron, para luego transformarse en piedra. A pesar de la unión entre los reinos, resultaba difícil. El aire era amorfo, incluso en concepto. La gente lo consideraba el cielo, o un aliento, o una ráfaga de viento, o una tormenta, o simplemente «el aire». Le gustaba ser libre, difícil de definir. Y aun así, con una orden firme y el concepto de lo que quería, Anya hizo que aparecieran escalones bajo sus pies. Llegó al adarve de la muralla y encontró allí a su madre con la reina Fen y algunos soldados. Habían establecido un puesto de mando junto a una vieja garita. Había soldados fuera con sus picas apuntadas a dos Fusionados en el cielo. Qué incordio. Anya recorrió la crestería con paso firme, contemplando el batiburrillo de ilusiones y hombres que había en el exterior. Lexa estaba al final, rodeada de esferas ya agotadas en su mayoría. Estaba quemando luz tormentosa a un ritmo terrorífico.

—¿Malo? —preguntó a Marfil.

—Lo es —dijo él desde su cuello—. Lo es.

—Madre —dijo Anya, acercándose a la garita junto a la que estaban Fen y Echo—. Tenéis que reunir las tropas de dentro de la ciudad y despejarla de enemigos.

—Estamos en ello —dijo Echo—, pero… ¡Anya! En el aire.

Anya alzó una mano distraída, sin mirar, y formó un muro de negra brea. Un Fusionado dio contra el muro y lo atravesó, y Anya moldeó una pizca de fuego que lo envió chillando y dando manotazos, ardiendo con un humo terrible. Anya transformó el resto de la brea en humo y siguió adelante.

—Debemos aprovechar la distracción de la Radiante Lexa y purgar Ciudad Thaylen. De lo contrario, cuando llegue un nuevo asalto desde fuera, tendremos la atención dividida.

—¿Desde fuera? —preguntó Fen—. Pero tenemos la muralla arreglada y… ¡Tormentas! ¡Brillante!

Anya dio un paso a un lado sin mirar mientras un segundo Fusionado caía sobre ella. Las reacciones de los spren en Shadesmar le permitían juzgar su posición. Se volvió y lanzó un manotazo hacia la criatura. Marfil cobró forma a medio golpe y atravesó la cabeza del Fusionado al pasar, haciendo que el enemigo se plegara sobre sí mismo, con los ojos ardiendo, y saliera rebotando por el adarve.

—Al enemigo no va a detenerlo una muralla —dijo Anya—, y la brillante Lexa ya ha devorado casi todas las esferas recargadas por el tío Bellamy. A mí ya casi no me queda luz tormentosa. Tenemos que prepararnos para defender esta posición por medios convencionales cuando el poder se agote.

—Pero tampoco hay tantas tropas enemigas como para… —empezó a decir el consorte de Fen, pero calló al ver que Anya señalaba con Marfil, que volvió a materializarse para la ocasión, hacia los ejércitos parshmenios que esperaban. Ni la flotante neblina roja ni los relámpagos de la tormenta bastaban para ahogar los brillos rojos que empezaban a aparecer en los ojos de los parshmenios.

—Debemos defender esta muralla el tiempo necesario para que lleguen tropas desde Urithiru —dijo Anya—. ¿Dónde está Aden? ¿No tenía que ocuparse del tronador?

—Un soldado mío informa de haberlo visto —dijo Fen—. Lo han retrasado las multitudes. La princesa Clarke ha expresado su intención de ir a ayudar.

—Excelente. Confiaré esa tarea a mis primos y yo veré qué puedo hacer para impedir que mi discípula se haga matar.

Octavia esquivó haciendo quiebros entre los ataques de cinco Fusionados enemigos, con el enorme rubí opaco en la mano izquierda y la espada negra enfundada en la derecha. Intentó acercarse a Bellamy en la neblina roja, pero el enemigo cortó su avance y la obligó a girar al este. Se alzó sobre la muralla reparada y sobrevoló la ciudad hasta pasar por encima del monstruo de piedra. Lo vio arrojar varios soldados al aire, que durante un momento volaron junto a Octavia. Se aplicó un lanzamiento hacia abajo y descendió hacia las calles de la ciudad. Por detrás, los Fusionados pasaron a ambos lados del monstruo en su persecución. Octavia cruzó la puerta abierta de una pequeña casa vacía y oyó un golpetazo arriba cuando el cuerpo de un soldado cayó en el techo. Salió a toda velocidad por la puerta trasera y se lanzó hacia arriba, evitando por muy poco el siguiente edificio.

—¿Se supone que debía salvar a esos soldados, espada-nimi? —preguntó Octavia—. Ahora soy una Radiante.

Yo creo que habrían volado como tú en vez de caer, si hubieran querido que los salvaran.

Había un profundo enigma en esas palabras, que Octavia no tenía tiempo de plantearse. Los Fusionados eran diestros, más hábiles que ella. Avanzó en zigzag por las calles, pero siguieron tras su pista. Dio media vuelta, salió del distrito antiguo y voló hacia la muralla, intentando regresar a Bellamy. Por desgracia, un enjambre de enemigos se lo impidió. Los demás la rodearon.

Parece que estamos acorralados, dijo la espada. Es hora de luchar, ¿verdad? ¿Aceptar la muerte y morir matando a tantos como podamos? Por mí, perfecto. Hagámoslo. Seré un noble sacrificio.

No. Octavia no ganaba muriendo.

Arrojó la gema con tanta fuerza como pudo.

Los Fusionados fueron tras ella, dejándole un hueco por el que huir. Cayó hacia el suelo, donde las esferas brillaban como estrellas. Aspiró una profunda bocanada de luz tormentosa y entonces vio a Madi en la explanada, entre las combativas ilusiones y los parshmenios que esperaban. Octavia se posó con ligereza a su lado.

—He fracasado en llevar esta carga.

—No pasa nada. Esa cara tan rara que tienes ya es bastante carga para una sola mujer.

—Tus palabras son sabias —repuso ella, asintiendo.

Madi puso los ojos en blanco.

—Tienes razón, espada. No es muy divertida, ¿verdad?

Yo creo que de todas formas es guajuda.

Octavia no conocía esa palabra, pero hizo que Madi soltara una risotada divertida, que la espada imitó.

—No hemos cumplido las exigencias del Espina Negra —les espetó Octavia a las dos, soltando volutas de luz tormentosa por la boca—. No he podido mantener la ventaja sobre esos Fusionados el tiempo suficiente para entregar la piedra a nuestro amo.

—Sí, ya lo he visto —dijo Madi—. Pero tengo una idea. La gente siempre anda detrás de cosas, pero en realidad no les gustan las cosas, sino tener las cosas.

—Tus palabras son… no tan sabias. ¿A qué te refieres?

—Muy fácil. La mejor manera de robar a alguien es dejarlos pensando que no ha pasado nada…

Lexa se aferró a las manos de Velo y Radiante.

Hacía tiempo que había caído de rodillas, con la mirada al frente mientras sus ojos derramaban lágrimas. Crispada, con los dientes apretados. Había creado miles de ilusiones. Todas… todas eran ella.

Una porción de su mente.

Una porción de su alma.

Odium había cometido un error al imbuir en esos soldados tanta sed de sangre. Les daba igual que Lexa la alimentara con ilusiones: solo querían una batalla. De modo que se la concedió, y de algún modo sus ilusiones resistían cuando el enemigo las golpeaba. Creía que quizá estuviera combinando el moldeado de almas con su tejido de luz. El enemigo aullaba y cantaba, exultante en la refriega. Lexa pintó el suelo de rojo y salpicó al enemigo con sangre que daba sensación de real. Los arrulló con los sonidos de hombres chillando, muriendo, de espadas entrechocando y huesos partiéndose. Los absorbió en la realidad falsa y ellos se la tragaron, la bebieron a dos carrillos.

La muerte de cada ilusión le provocaba un pequeño impacto.

Una astilla de ella moría.

Iban renaciendo a medida que Lexa volvía a empujarlas al baile. Los Fusionados enemigos gritaban pidiendo orden, tratando de reunir sus tropas, pero Lexa amortiguaba sus voces con el ruido de chillidos y el metal contra el metal. La ilusión la tenía absorbida por completo, y perdió la pista a todo lo demás. Como cuando dibujaba. A su alrededor afloraron creacionspren a centenares, con la forma de objetos descartados. Tormentas. Qué hermoso era. Apretó más las manos de Velo y Radiante. Estaban arrodilladas a su lado, con las cabezas gachas en su tapiz pintado de violencia, su…

—Oye —dijo la voz de una chica—. ¿Podrías, esto… dejar de abrazarte a ti misma un momento? Necesito un poco de ayuda.

Raven cayó hacia Amaram, descargando su lanza con una mano. Solía ser buena táctica contra un espadachín con armadura. Su lanza dio justo donde pretendía, y se habría clavado en la axila de un adversario ordinario. Pero por desgracia, la lanza resbaló. La armadura esquirlada no tenía los puntos débiles habituales, aparte de la ranura del visor. Había que partirla con impactos repetidos, como el caparazón de un cangrejo. Amaram rio, con sorprendente y genuino humor.

—¡Tienes una forma excelente, lancera! ¿Recuerdas la primera vez que viniste a mí? Fue en aquel pueblo, cuando me suplicaste que te aceptara. Eras una niña farfulladora que quería ser soldado más

que nada en el mundo. ¡La gloria de la batalla! Se te veía el anhelo en los ojos, chica.

Raven aventuró una mirada a los Fusionados, que daban vueltas a la nube, reacios, buscando a Bellamy. Amaram soltó una risita. Con aquellos ojos de profundo rojo y los extraños cristales que le crecían del cuerpo, Raven no había esperado que sonara tanto como él mismo. Fuese el monstruo híbrido que fuese, aún tenía la mente de Meridas Amaram. Raven retrocedió un paso y, de mala gana, cambió a Syl en hoja, que sería más efectiva para agrietar la armadura esquirlada. Adoptó la posición del viento, que siempre le había parecido apropiada. Amaram volvió a reír y embistió contra ella mientras aparecía su segunda hoja esquirlada en su mano abierta. Raven esquivó a un lado, se agachó bajo una hoja y llegó a la espalda de Amaram, desde donde logró descargar un buen golpe contra la armadura, que la agrietó. Alzó la hoja para atacar de nuevo. Amaram dio un pisotón contra el suelo y la bota de su armadura esquirlada se hizo añicos, en una explosión de trocitos de metal fundidos. Por debajo, su calcetín roto reveló un pie sobre el que había crecido caparazón y unos cristales de color violeta oscuro. Mientras Raven se lanzaba contra él, Amaram dio un golpecito con el pie y la piedra de debajo se volvió líquida durante un momento. Raven tropezó y se hundió unos centímetros, como si la roca fuese fango de crem. Se endureció al instante, atrapando las botas de Raven.

¡Raven!, gritó Syl en su mente mientras Amaram descargaba sus dos hojas esquirladas en paralelo. Syl se transformó en alabarda en las manos de Raven, que bloqueó los golpes, pero su fuerza la tiró al suelo y le partió los tobillos.

Con los dientes rechinando, Raven sacó los pies doloridos de las botas y se apartó. Las armas de Amaram cortaron en el suelo detrás de ella, fallando por poco. Entonces la otra bota de la armadura explotó, partida por cristales desde dentro. El alto señor empujó con un pie y se deslizó por el suelo, a una velocidad increíble, acercándose a Raven y lanzando un tajo. Syl se transformó en un escudo enorme y Raven a duras penas bloqueó el ataque. Se aplicó un lanzamiento hacia atrás y salió del alcance de Amaram mientras la luz tormentosa le curaba los tobillos. Tormentas. ¡Tormentas!

¡Esa Fusionada!, exclamó Syl. Se está acercando mucho a Bellamy.

Raven maldijo y cogió una piedra grande del suelo. La arrojó por los aires con varios lanzamientos compuestos, lo que la envió como una exhalación a estamparse en la cabeza de la Fusionada.

Gritó de dolor y se retiró.

Raven cogió otra piedra y le aplicó un lanzamiento hacia el caballo de Amaram.

—¿Pegando al animal porque no puedes vencerme a mí? —preguntó Amaram. No pareció darse cuenta de que el caballo, al huir, se llevó su arco esquirlado.

«Ya maté a un hombre que llevaba esa armadura esquirlada —pensó Raven—. Puedo volver a hacerlo.»

El problema era que no se enfrentaba solo a un portador de esquirlada. Los cristales de amatista quebraron la armadura de Amaram por todos los brazos. ¿Cómo podría derrotar Raven a… lo que quiera que fuese esa cosa?

¿Puñalada en la cara?, sugirió Syl.

Merecía la pena intentarlo. Estaba combatiendo contra Amaram en el campo de batalla, cerca de la bruma roja, en la costa occidental pero entre el grueso de las tropas y los parshmenios que esperaban. La zona era bastante llana, salvo por algunas cimentaciones rotas. Raven se lanzó hacia arriba unos centímetros, para no hundirse en el suelo si Amaram volvía a intentar… lo que quiera que hubiera hecho. Entonces retrocedió con cautela hasta situarse de forma que a Amaram le conviniera saltar por unos cimientos derruidos si quería llegar hasta él. Amaram emprendió el paso con una suave risita. Raven alzó a Syl como hoja esquirlada, pero cambió de agarre, preparándose para el momento en que se transformaría en una fina lanza que pudiera meter por esa celada y…

¡Raven!, gritó Syl.

Algo impactó contra Raven con la fuerza de un peñasco cayendo y la arrojó a un lado. Su cuerpo se rompió y el mundo empezó a dar vueltas. Por instinto, Raven se lanzó hacia arriba y adelante, contrario a la dirección en que la habían tirado. Redujo su velocidad y liberó los lanzamientos justo cuando terminaba su impulso, tocó suelo y resbaló hasta detenerse sobre la piedra, con el dolor remitiendo al sanar su hombro y su costado. Un Fusionado corpulento, más alto incluso que Amaram con su armadura, soltó el garrote hecho astillas con el que había atizado a Raven. Tenía el caparazón del color de la piedra; debía de haber estado agachado cerca de aquellos cimientos y Raven lo había tomado por una piedra más de la explanada. Bajo la mirada de Raven, el caparazón marrón de la criatura le recubrió los brazos, bajó por su cara como un yelmo y creció hasta convertirse en una gruesa armadura en cuestión de segundos. Alzó los brazos y le crecieron pinchos de caparazón por encima y debajo de las manos.

Estupendo.

Clarke se izó desde el borde de un tejado rojo a una callejuela entre dos edificios. Había llegado a los distritos altos de la ciudad, los inmediatamente superiores al distrito antiguo. Allí los edificios estaban construidos casi unos sobre otros en hileras. El que tenía a su izquierda estaba aplanado del todo. Clarke avanzó despacio entre cascotes. A su derecha, una avenida principal llevaba hacia arriba, al distrito real y la Puerta Jurada, pero estaba repleto de gente que huía de las tropas enemigas desplegadas abajo. Completaban la estampa los guardias de los mercaderes locales y los pelotones de militares thayleños que intentaban avanzar contra la marea. Moverse por las calles era lentísimo, pero Clarke había encontrado un camino despejado. El tronador había cruzado el distrito antiguo, derribando edificios a patadas, y había subido a techos para escalar hasta los distritos altos. Esa huella de destrucción era casi un camino. Clarke se las había ingeniado para seguirlo, usando los escombros de escalera. Estaba ya en la sombra de la criatura. El cadáver de un soldado thayleño cayó desde un tejado cercano, enredado en cuerdas. Se quedó colgando y sus largas cejas rozaron el suelo. Clarke pasó junto a él y arriesgó una mirada entre dos edificios hacia una calle más grande. Allí luchaba un puñado de thayleños, intentando abatir al tronador. Las cuerdas habían sido muy buena idea, pero saltaba a la vista que el monstruo era demasiado fuerte para hacerlo tropezar así. En la calle que Clarke tenía delante, un soldado logró acercarse y trató de golpear la pierna del tronador con un martillo. El arma salió despedida. Aquello era piedracrem vieja y endurecida. El valiente soldado acabó aplastado de un pisotón. Clarke apretó los dientes e invocó su hoja esquirlada. Sin armadura, sería igual de blandita que todo el mundo. Tenía que ser cuidadosa, táctica.

—Esto es para lo que te diseñaron, ¿verdad? —preguntó Clarke en voz baja mientras la hoja caía en su mano—. Fue para combatir contra cosas como esa. Las hojas esquirladas sois muy poco prácticas en un duelo por la longitud, y la armadura es demasiado incluso en el campo de batalla. Pero contra un monstruo de piedra…

Sintió algo. Una alteración en el aire.

—Quieres luchar contra él, ¿verdad? —preguntó Clarke—. Te recuerda a cuando estabas viva.

Algo le hizo cosquillas en la mente, algo leve como un suspiro.

Una sola palabra: «Mayalaran.» ¿Sería un… nombre?

—Muy bien, Maya —dijo Clarke—. Vamos a tumbar a esa cosa.

Esperó a que se volviera hacia el grupito de soldados defensores y salió disparado por la calle en ruinas, derecho hacia el tronador.

Apenas le llegaba a la pantorrilla.

Clarke no adoptó ninguna postura de esgrima: se limitó a dar un tajo como si atacara una muralla, cortando justo por encima del tobillo del monstruo. Arriba sonó un fuerte estrépito, como de dos piedras chocando, cuando la criatura gritó. Clarke notó una oleada de aire cuando el monstruo se giró y lanzó la mano hacia abajo en su dirección. Esquivó a un lado, pero la palma del monstruo dio contra el suelo con tanta fuerza que levantó en el aire las botas de Clarke un momento. Descartó a Maya mientras caía y rodó. Se levantó resoplando sobre una rodilla con la mano extendida, invocando de nuevo a Maya. Tormentas, era como una rata dando mordisquitos en los dedos de las patas de un chull. La bestia la contempló con unos ojos que parecían tener roca fundida bajo la superficie. Había oído las descripciones de aquellas cosas en las visiones de su padre, pero mirándolo en persona, la sorprendió la forma de su cara y su cabeza.

«Un abismoide —pensó—. Se parece a un abismoide.» La cabeza, al menos. El cuerpo venía a ser como un grueso esqueleto humano.

—¡La princesa Clarke! —gritó uno de los pocos soldados que quedaban vivos—. ¡Es la hija del Espina Negra! ¡Proteged a la princesa! ¡Desviad la atención del monstruo de la portador de esquirlada! ¡Es nuestra única oportunidad de…!

Clarke se perdió el final mientras el monstruo barría el suelo con su mano. Lo esquivó por los pelos y se arrojó por el umbral de un edificio bajo. Dentro, saltó unos cuantos camastros, irrumpió en la siguiente habitación y atacó la pared de ladrillo con Maya, dando cuatro cortes rápidos. Embistió con el hombro contra la pared y salió por el agujero.

Al hacerlo, oyó un gimoteo detrás.

Clarke apretó los dientes. «Qué bien me vendría ahora uno de esos tormentosos Radiantes.»

Volvió a entrar en la casa, derribó una mesa y encontró a un niño pequeño que se había acurrucado debajo. Era la única persona que Clarke veía en el edificio. Sacó al chico en el mismo instante en que el tronador descargaba un puñetazo a través del techo. Con una nube de polvo saliendo tras ella, Clarke puso al niño en brazos de un soldado y los envió a los dos hacia la calle que había al sur. Ella echó a correr hacia el este, rodeando el edificio. Quizá pudiera escalar al siguiente nivel de los distritos altos y rodear a la criatura. Pero por mucho que las tropas quisieran distraer al monstruo, estaba claro que sabía en quién fijarse. Pisó la casa rota y lanzó un puño hacia Clarke, que saltó por la ventana de otra casa, apartó una mesa y salió por otra ventana abierta al fondo.

¡Pum!

El edificio se derribó a su espalda. El monstruo se estaba haciendo daño en las manos al atacar, con raspaduras blancas en las muñecas y los dedos. No parecía importarle, pero ¿por qué debería? Se había arrancado a sí mismo del suelo para crear aquel cuerpo.

La única ventaja de Clarke, aparte de su hoja, era su capacidad de reaccionar más deprisa que la criatura. El tronador dio un puñetazo al siguiente edificio que Clarke tenía delante para derribarlo antes de que pudiera entrar, pero Clarke ya había dado media vuelta. Se metió corriendo bajo el brazo que estaba sacando el monstruo y resbaló en las esquirlas y el polvo del suelo mientras el puño pasaba casi rozándolo. Eso lo dejó en posición de correr entre las piernas del tronador. Lanzó un tajo al tobillo que ya había cortado y hundió su hoja en la piedra, para luego sacarla por el otro lado. «Igual que con un abismoide —pensó—. Las patas primero.» Cuando la criatura volvió a pisar, el tobillo se partió con un sonido nítido y el pie quedó separado. Clarke estaba preparada para el trueno de dolor que llegó desde arriba, pero aun así hizo una mueca por la onda de choque. Por desgracia, el monstruo se equilibró sin problemas sobre el muñón de su pierna. Estaba un poco más torpe que antes, pero no corría peligro real de caer. Los soldados thayleños se habían reagrupado y reunido sus cuerdas, sin embargo, así que tal vez…

Una mano cubierta en armadura esquirlada salió de un edificio cercano, cogió a Clarke y tiró de ella al interior.

Bellamy extendió las manos a los lados, envuelto por la Emoción. Le devolvió los recuerdos de todo lo que odiaba de sí mismo. Guerra y conflicto. Las veces que había sometido a Evi a base de gritos. La ira que lo había llevado al borde de la locura. Su vergüenza. Aunque una vez se había arrastrado ante la Vigilante Nocturna para suplicarle una liberación, ya no deseaba olvidar.

—Te recibo con gusto —dijo—. Acepto lo que fui.

La Emoción le tiñó la vista de rojo, le infligió un profundo anhelo por la lucha, el conflicto, el desafío. Si los rechazaba, expulsaría la Emoción.

—Gracias —dijo Bellamy— por concederme fuerza cuando la necesité.

La Emoción tamborileó, complacida. Se acercó más a él, los rostros de la neblina roja sonrientes de entusiasmo y gozo. Los caballos a la carga chillaban y morían. Los hombres reían mientras les daban muerte. Bellamy caminaba de nuevo sobre piedra hacia la Grieta, con intención de asesinar a todo el que hubiera dentro. Sintió el calor de la furia. Un ansia tan poderosa que dolía.

—Yo fui ese hombre —dijo Bellamy—. Yo te comprendo.

Venli se alejó a hurtadillas del campo de batalla. Dejó a los humanos enzarzándose contra las sombras en un batiburrillo de ira y deseo. Se internó más en la oscuridad bajo la tormenta de Odium, sintiendo una extraña náusea. Los ritmos estaban enloqueciendo en su interior, fundiéndose y peleando. Un fragmento de Ansia se convirtió en Furia y luego en Escarnio. Dejó atrás a Fusionados que discutían sobre qué hacer ahora que Odium se había retirado. ¿Enviarían a los parshmenios a luchar? No podían controlar a los humanos, consumidos por uno de los Deshechos como estaban.

Los ritmos se amontonaron unos sobre otros.

Agonía. Arrogancia. Destrucción. Lo Perdido…

«¡Ese! —pensó Venli—. ¡Quédate con ese!»

Armonizó al Ritmo de lo Perdido. Se aferró desesperada a la cadencia solemne, al ritmo que se armonizaba para recordar a quienes se añoraba. A quienes ya habían desaparecido. Timbre vibró al mismo ritmo. ¿Por qué lo sentía distinto a las veces anteriores? Timbre estaba vibrando a través de toda la esencia de Venli.

Lo Perdido. ¿Qué había perdido Venli?

Echaba de menos ser alguien a quien preocupaba otra cosa aparte del poder. Conocimiento, favoritismo, formas, riquezas… para ella era todo lo mismo. ¿Cuándo se había descarriado?

Timbre latió. Venli cayó de rodillas. La fría piedra reflejó el relámpago de arriba, rojo y chillón.

Pero sus propios ojos… podía ver sus propios ojos en la roca húmeda y pulida.

No había ni el menor rastro de rojo en ellos.

—Vida… —susurró.

El rey de los alezi se había dirigido a ella. Bellamy Griffin, el hombre a cuyo hermano habían matado. Pero de todos modos él había extendido la mano desde su columna de glorispren y le había hablado.

«Puedes cambiar.»

—Vida antes que muerte.

«Puedes volverte mejor persona.»

—Fuerza antes… antes que debilidad…

«Yo lo hice.»

—Via…

Alguien agarró a Venli con brusquedad, le dio la vuelta y la tiró al suelo. Era un Fusionado con caparazón como la esquirlada. Miró a Venli de arriba abajo y, durante un instante de pánico, ella estuvo segura de que la mataría. El Fusionado cogió su bolsa, en la que se ocultaba Timbre. Venli chilló y le arañó las manos, pero él le dio un empujón y desgarró la bolsa.

Luego la volvió del revés.

—Habría jurado… —dijo en su idioma. Tiró la bolsa a un lado—. No has obedecido la Palabra de Pasión. No has atacado al enemigo cuando se te ha ordenado.

—Eh… estaba asustada —respondió Venli—. Y débil.

—No puedes ser débil estando a su servicio. Debes elegir a quién servirás.

—Y elijo —dijo ella, y gritó—: ¡Elijo!

El Fusionado asintió, sin duda impresionado por la Pasión de Venli, antes de regresar al campo de batalla. Venli se puso de pie y llegó hasta un barco. Subió por la pasarela a trompicones, aunque se sentía más fresca, más despierta, que en mucho tiempo. En su mente sonaba el Ritmo de la Alegría. Uno de los viejos ritmos que su pueblo había aprendido hacía mucho, después de expulsar a sus dioses. Timbre palpitó desde el interior de Venli. Estaba dentro de su gema corazón.

—Aún llevo una de sus formas —dijo Venli—. Había un vacíospren en mi gema corazón. ¿Cómo puede ser?

Timbre latió a Resolución.

—¿Que has hecho qué? —siseó Venli, llegando a la cubierta.

Resolución de nuevo.

—Pero ¿cómo puedes…? —Calló un momento, se agachó y habló en voz más baja—. ¿Cómo puedes mantener a un vacíospren cautivo?

Timbre latió a Victoria en su interior. Venli corrió hacia la cabina del barco. Un parshmenio intentó impedírselo, pero Venli lo sometió con una mirada furibunda y cogió la esfera de rubí de la lámpara que llevaba antes de entrar, dar un portazo y echar el cerrojo. Sostuvo en alto la esfera y, con el corazón agitado, se la bebió. Su piel empezó a brillar con una tenue luz blanca.

—Viaje antes que destino.

Clarke se vio ante un hombre con una reluciente armadura esquirlada negra y un enorme martillo sujeto a la espalda. El yelmo tenía unas cejas estilizadas como cuchillos hacia atrás, y la falda de la loriga tenía un patrón triangular de escamas entrelazadas.

«Cvaderln», pensó Clarke, recordando la lista de esquirlas thayleñas. Significaba, más o menos, «caparazón de Cva».

—¿Eres Tshadr? —preguntó Clarke.

—No. Hrdalm —dijo el portador de esquirlada con marcado acento thayleño—. Tshadr defiende plaza Tribunal. Yo vengo parar monstruo.

Clarke asintió. Fuera, el monstruo profirió su iracundo alarido, enfrentándose a las restantes tropas thayleñas.

—Tenemos que salir a ayudar a esos hombres —dijo Clarke—. ¿Puedes distraer al monstruo? Mi hoja puede cortar y tú puedes encajar golpes.

—Sí —convino Hrdalm—. Sí, bien.

Clarke ayudó a Hrdalm a desatar deprisa el martillo. Hrdalm lo sopesó y señaló hacia la ventana.

—Ve ahí.

Clarke asintió y esperó junto a la ventana mientras Hrdalm salía a la carga por la puerta y corría recto hacia el tronador, vociferando un grito de batalla thayleño. Cuando la criatura se volvió hacia Hrdalm, Clarke saltó por la ventana y lo rodeó a la carrera por el otro lado. Dos Fusionados llegaron volando por detrás de Hrdalm, lo embistieron con sus lanzas en la espalda y lo enviaron hacia delante. La armadura raspó contra la piedra cuando cayó bocabajo. Clarke corrió hacia la pierna del tronador, pero el monstruo se desentendió de Hrdalm y se centró en Clarke. Dio una palmada contra el suelo cerca de ella, obligándola a retroceder. Hrdalm se levantó, pero un Fusionado bajó en picado y volvió a derribarlo de una patada. La otra cayó en su pecho y empezó a aporrear su yelmo con un martillo hasta que lo agrietó. Mientras Hrdalm intentaba asirla y quitársela de encima, el otro descendió y usó su lanza para sujetarle la mano contra el suelo. ¡Condenación!

—Muy bien, Maya —dijo Clarke—, esto lo hemos practicado.

Echó atrás el brazo y arrojó la hoja esquirlada, que rodó en un brillante arco antes de clavarse en la Fusionada del pecho de Hrdalm y atravesarla de lado a lado. Sus ojos soltaron un humo oscuro al quemarse. Hrdalm se incorporó y envió por los aires al otro fusionado de un puñetazo mejorado por la esquirla. Se volvió hacia la muerta y giró la cabeza hacia Clarke con una postura que, de algún modo, expresaba asombro. El tronador gritó, enviando una oleada de sonido por la calle que agitó lascas de piedra. Clarke tragó saliva y empezó a contar latidos mientras se apartaba corriendo. El monstruo avanzaba con estrépito por la calle detrás de ella, pero Clarke tuvo que detenerse ante una enorme acumulación de escombros que le impedía el paso.

Tormentas, había corrido hacia donde no debía.

Gritó mientras daba media vuelta. La cuenta llegó a diez y Maya volvió a ella. El tronador se alzaba sobre Clarke. Dio otro manotazo y Clarke logró hacer estimaciones a partir de su sombra y esquivar entre dos dedos. Mientras la palma caía contra el suelo, Clarke saltó, intentando evitar que la derribara. Agarró un dedo gigantesco con la mano izquierda, manteniendo a Maya a un lado con la derecha, desesperada. Igual que antes, el tronador empezó a raspar el suelo con la palma de la mano, intentando triturar a Clarke contra las piedras. Ella se quedó cogida al dedo, con los pies levantados unos centímetros del suelo. El sonido era pavoroso, como si Clarke estuviese atrapada en un alud. En el instante en que el tronador acabó su barrido con la mano, Clarke se dejó caer, alzó a Maya con las dos manos y atravesó con ella el dedo. La bestia liberó un trueno de furia y retiró la mano. La punta de un dedo que no había partido alcanzó a Clarke y la lanzó hacia atrás.

Dolor.

La embargó como el fogonazo de un relámpago. Clarke dio contra el suelo y rodó, pero la agonía era tan intensa que apenas se dio cuenta. Se detuvo tosiendo y temblando, con el cuerpo agarrotado.

Tormentas. Tormentastormentastormentas… Cerró los ojos con fuerza ante el dolor. Estaba… Se había acostumbrado demasiado a la invencibilidad de la armadura esquirlada. Pero su juego estaba aún en Urithiru, o con un poco de suerte de camino con Gaval, su sustituto con la armadura. Clarke logró levantarse, aunque cada movimiento era una tortura en el pecho. ¿Costilla rota? Bueno, al menos los brazos y las piernas le funcionaban.

«Muévete.» Esa cosa seguía tras ella.

Uno.

La calle que tenía delante estaba llena de los restos de un edificio derribado.

Dos.

Renqueó hacia la derecha, hacia el saliente sobre la siguiente hilera de casas.

Tres. Cuatro.

El tronador la siguió dando unas pisadas que sacudieron el suelo.

Cinco. Seis.

Oyó el raspar de piedra justo detrás de ella.

Cayó de rodillas.

Siete.

«¡Maya! —pensó, desesperada del todo—. ¡Por favor!»

Por fortuna, cuando levantó las manos, la hoja se materializó. La hincó en la pared de piedra con la punta al lado, no hacia abajo, y rodó por el borde sin soltar la empuñadura. El puño del tronador cayó de nuevo, estrellándose contra la roca. Clarke pendía del puño de Maya más allá del borde, con una caída de unos tres metros hasta el tejado de abajo. Clarke apretó los dientes. El codo le dolía como para hacerle llorar los ojos. Pero cuando el tronador hubo arrastrado la mano por la piedra, Clarke se agarró al borde del precipicio con una mano y movió a Maya de lado, liberándola de la roca. Bajó el brazo y la clavó en la piedra más abajo, soltó la otra mano y se balanceó un momento en su nuevo asidero antes de descartar la hoja y caer el resto de la distancia hasta el techo. Su pierna chilló de dolor. Se derrumbó en el tejado, con los ojos llorosos. Mientras yacía allí atormentada, sintió algo, un tenue pánico en el viento. Se obligó a rodar a un lado y un Fusionado pasó volando y falló por poco con su lanza.

«Necesito… un arma…»

Empezó a contar otra vez y, tiritando, se puso de rodillas. Pero el tronador se alzó en la hilera superior y clavó el muñón de su pierna en el centro del techo donde estaba Clarke. Clarke cayó en un revoltijo de piedra rota y polvo y dio fuerte contra el suelo de piedra en el interior, con el traqueteo de los trozos de roca a su alrededor. Todo se volvió negro. Clarke intentó coger aire, pero sus músculos eran incapaces de hacer los movimientos. Solo pudo quedarse allí tirada, gimiendo con suavidad. Una parte de ella fue consciente de los sonidos del tronador al sacar su muñón de la casa destrozada. Esperó a que la aplastara, pero al ir recobrando poco a poco la vista, lo vio bajar de aquella hilera superior a la calle de fuera. Al menos… no seguía avanzando hacia la Puerta Jurada. Clarke se movió. Cayeron de él lascas del techo destruido. Su cara y sus manos sangraban por una docena de rasguños. Recuperó el aliento entre respingos de dolor e intentó moverse, pero su pierna… Condenación, cómo dolía.

Maya rozó su mente.

—Ya intento levantarme —dijo entre dientes rechinantes—. Dame un segundo. Tormentosa espada.

Tuvo otro ataque de tos y por fin salió rodando de entre los cascotes. Se arrastró hasta la calle, medio esperando que Cikatriz y Drehy estuvieran allí para ponerla en pie. Tormentas, echaba de menos a esos hombres del puente. La calle estaba vacía a su alrededor, aunque a unos seis metros de distancia había un embotellamiento de gente que intentaba ponerse a salvo más arriba. Daban voces y gritos de miedo y apremio. Si Clarke corría hacia allí, el tronador la seguiría. Había demostrado que estaba decidido a acabar con ella. Hizo una mueca burlona al inmenso monstruo y, apoyado en la pared de la pequeña casa en la que había caído, logró ponerse en pie. Maya cayó en su mano. Aunque ella estaba cubierta de polvo, la espada resplandecía. Se equilibró, empuñó a Maya con sus dos manos ensangrentadas y adoptó la posición de la piedra. La postura inamovible.

—Ven a por mí, hijo de puta —susurró.

—¿Clarke? —dijo una voz conocida desde detrás—. ¡Tormentas, Clarke! ¿Qué estás haciendo?

Clarke se sobresaltó y miró hacia atrás. Una figura brillante se abrió paso entre el gentío de la calle. Aden llevaba una hoja esquirlada, y su uniforme del Puente Cuatro estaba inmaculado.

«Ya era hora.»

Al acercarse Aden, el tronador dio un paso atrás, como si le tuviera miedo. Bueno, eso ayudaría. Clarke apretó los dientes, intentando contener su suplicio. Se tambaleó y logró equilibrarse.

—Muy bien, vamos a…

—¡Clarke, no seas temeraria! —Aden le cogió el brazo. Una oleada de sanación cruzó el cuerpo de Clarke como agua fría en sus venas, haciendo retroceder el dolor.

—Pero…

—Vete de aquí —dijo Aden—. No llevas armadura. ¡Vas a matarte luchando contra esa cosa!

—Pero…

—Puedo ocuparme, Clarke. ¡Tú vete! Por favor.

Clarke retrocedió a trompicones. Nunca había oído hablar con tanta energía a Aden, y eso era casi más asombroso que el monstruo. Para mayor sorpresa de Clarke, Aden se lanzó a la carga contra él. Un repiqueteo anunció la llegada de Hrdalm, que descendía desde el nivel superior con el yelmo de su armadura agrietado, pero en buen estado por lo demás. Había perdido su martillo, pero llevaba una lanza de los Fusionados y el puño de su armadura esquirlada estaba cubierto de sangre.

¡Aden! Él no llevaba armadura. ¿Cómo iba a…?

La mano abierta del tronador cayó sobre Aden y lo aplastó.

Clarke dio un chillido, pero la hoja esquirlada de su hermano cortó a través de la palma y luego separó la mano de la muñeca. El tronador barritó de rabia mientras Aden salía de los escombros de la mano. Parecía sanar más deprisa que Raven y Lexa, como si que lo machacaran no fuera ni una simple molestia.

—¡Excelente! —exclamó Hrdalm, y rio dentro de su yelmo—. Tú descansa. ¿Bien?

Clarke asintió, conteniendo un gemido de dolor. La curación de Aden le había quitado el dolor de las entrañas y ya podía apoyar peso en la pierna, pero aún tenía los brazos doloridos y algunos cortes no se habían cerrado. Cuando Hrdalm dio un paso hacia el combate, Clarke lo cogió por el brazo y alzó a Maya.

«Ve con él por ahora, Maya», pensó Clarke.

Casi deseó que la espada objetara, pero la vaga sensación que recibió fue de resignada aceptación. Hrdalm soltó su lanza y cogió la espada con reverencia.

—Gran Honor en ti, princesa Clarke —dijo—. Gran Pasión en mí por esta ayuda.

—Ve —dijo Clarke—. Yo veré si puedo ayudar a defender las calles.

Hrdalm se lanzó a la carga. Clarke eligió una lanza de infantería de entre los escombros y fue hacia la calle de detrás.

Octavia de los Rompedores del Cielo, por suerte, habían entrenado con las diez potencias. Los Fusionados entregaron el enorme rubí a una de ellos capaz de manipular la Abrasión, una mujer que se deslizaba por el terreno como Madi. La mujer infundió el rubí, haciéndolo brillar con su versión de un lanzamiento. Eso lo volvería increíblemente resbaladizo e imposible de llevar para todos salvo la propia Fusionada. La mujer parecía pensar que sus enemigos no tendrían experiencia en ello. Por desgracia para ella, Octavia no solo había llevado una hoja de Honor que concedía ese poder, sino que también había practicado con patines sobre hielo, un ejercicio de entrenamiento que imitaba en cierta medida los movimientos de un Danzante del Filo. Y por ello, mientras corría en pos de la gema, Octavia dio a la Fusionado multitud de ocasiones de subestimarla. Le permitió esquivar y tardó en volver a orientarse, y se hizo la sorprendida cuando ella resbalaba a un lado y a otro. Cuando la Fusionada estaba segura de tener controlada aquella carrera, Octavia atacó. La mujer saltó de un saliente de piedra, alzándose un momento por los aires, y Octavia la embistió con una repentina sucesión de lanzamientos. Colisionó contra ella justo cuando llegaba al suelo. Cuando la cara de Octavia tocó su caparazón, le aplicó un lanzamiento ascendente. La Fusionada salió volando por los aires con un chillido. Octavia puso los pies en el suelo y se dispuso a seguirla, pero renegó al ver que a la Fusionada se le escapaba la gema de la mano. Octavia se quitó la chaqueta de un tirón mientras la piedra empezaba a caer. Aunque un Fusionado volador dio una pasada para agarrarla, el rubí le resbaló de entre los dedos. Octavia lo atrapó con la chaqueta, que tenía cogida como un saco. Había sido un golpe de suerte: había supuesto que tendría que atacar otra vez a la Fusionada para quitarle la gema de las manos. Y ahora, la verdadera prueba. Se lanzó hacia el este, en dirección a la ciudad. Allí había una caótica mezcolanza de soldados combatiendo en un campo de batalla pintado. La Tejedora de Luz era buena. Hasta los cadáveres parecían auténticos. Un Fusionado había empezado a congregar soldados de ojos brillantes que eran reales y a ponerlos de espaldas a la muralla de la ciudad. Habían formado filas con las lanzas erizadas hacia fuera y gritaban a los soldados que se unieran a ellos, pero tocaban a todo el que se acercaba. Las ilusiones que intentaban colarse quedaban distorsionadas. El enemigo tardaría poco en sobreponerse a aquella

distracción, reagruparse y concentrar sus esfuerzos en atravesar la muralla.

«Haz lo que te ha dicho Bellamy. Llévale esta gema.»

El rubí por fin había dejado de brillar y ya no resbalaba. Desde el cielo, muchos Fusionados volaban para interceptar a Octavia. Parecían satisfechos de jugar a su juego, pues mientras la gema fuese cambiando de manos, no acababa en la de Bellamy. Cuando el primer Fusionado se abalanzó sobre ella, Octavia bajó al suelo, rodó y anuló su lanzamiento ascendente. Chocó contra una roca y se hizo la aturdida. Entonces sacudió la cabeza, recogió su saco con el rubí y se lanzó de nuevo al aire. Le dieron caza ocho Fusionados y, aunque Octavia esquivó entre ellos, al final uno pudo acercarse lo suficiente para asir el saco y arrancárselo de los dedos. Se marcharon volando en bandada y Octavia descendió flotando poco a poco y aterrizó junto a Madi, que salió de la roca ilusoria. Tenía un fardo envuelto en ropa, la verdadera gema, que había sacado de la chaqueta de Octavia durante su colisión fingida. Los Fusionados tenían un rubí falso, una piedra tallada con hoja esquirlada para darle su forma aproximada y cubierta por una ilusión.

—Ven —dijo Octavia. Cogió a la chica, le aplicó un lanzamiento hacia arriba y tiró de ella para volar hacia el lado norte de la explanada. La zona más cercana a la bruma roja había quedado a oscuras, ya que la Corredora del Viento había consumido toda la luz tormentosa de las gemas del suelo. Luchaba contra varios enemigos cerca de allí.

Oscuridad sombría. Palabras susurradas. Octavia redujo el paso hasta detenerse.

—¿Qué pasa? —preguntó Madi—. ¿Caraloca?

—Yo… —Octavia tembló y unos miedospren bulleron en el suelo—. Yo no puedo entrar en esa niebla. Debo alejarme de este lugar.

Los susurros.

—Yo me ocupo —dijo ella—. Tú vuelve y ayuda a la pelirroja.

Octavia dejó a Madi en el suelo y se apartó. Aquella arremolinada neblina roja, aquellas cajas descomponiéndose y volviéndose a formar y chillando. ¿Y Bellamy seguía allí dentro, en algún lugar?

La chica del pelo largo paró un momento al borde de la niebla y luego se adentró en ella.

Amaram chillaba de dolor.

Raven combatía contra el Fusionado que tenía el extraño y enorme caparazón, y no pudo permitirse ni una mirada. Estimó a partir del chillido que estaba lo bastante lejos de Amaram para no recibir un ataque inmediato.

Pero tormentas, la desconcentraba.

Raven dio un tajo con la hoja-Syl y atravesó los antebrazos del Fusionado. Al hacerlo, separó los pinchos del todo y le inhabilitó las manos. La criatura retrocedió, gruñendo con un ritmo suave pero furioso. Los chillidos de Amaram se aproximaron. Syl se convirtió en escudo, anticipándose a la necesidad de Raven mientras este la alzaba a un lado para bloquear una serie de amplios espadazos del vociferante alto señor.

«Padre Tormenta.» El yelmo de Amaram estaba partido por las feroces y afiladas amatistas que le salían de los lados de la cara.

Sus ojos seguían emitiendo un fuerte brillo, y de algún modo el suelo de piedra ardía bajo sus pies cubiertos de cristal, que dejaban huellas llameantes. El alto príncipe aporreó el escudo-Syl con dos hojas esquirladas. Ella, por su parte, creó una celosía en la parte exterior, con partes que sobresalían como las púas de un tridente.

—¿Qué haces? —preguntó Raven.

Improvisar.

Amaram atacó de nuevo y la espada de Helaran se quedó atrapada en las púas. Raven giró el escudo y arrancó la espada de la mano de Amaram. Se deshizo en humo.

Y ahora, a aprovechar la ventaja.

¡Raven!

El corpulento Fusionado cargó contra ella. Los brazos cortados de la criatura habían vuelto a crecer e, incluso mientras descargaba su ataque, en ellas se formó un enorme garrote de caparazón. Raven situó a Syl para pararlo justo a tiempo.

No le valió de mucho.

La fuerza del golpe lateral del garrote envió a Raven contra los restos de una pared. Gruñó y se aplicó un lanzamiento hacia el cielo, mientras la luz tormentosa la sanaba. Condenación. La zona en la que estaban luchando se había vuelto oscura y sombría, sus gemas agotadas. ¿Tanta luz había usado?

Oh, oh, dijo Syl, volando a su alrededor como una cinta de luz. ¡Bellamy!

La niebla roja se infló, funesta en la penumbra. Rojo sobre negro.

En su interior, Bellamy era una sombra asediada por dos Fusionados voladores.

Raven gruñó otra vez. Amaram estaba caminando hacia su arco, que había caído de la silla del caballo a cierta distancia.

Condenación. Raven no podía derrotarlos a todos.

Bajó disparada al suelo. El inmenso Fusionado fue a por ella y, en vez de esquivar, Raven permitió que la criatura le atravesara el estómago con una espuela parecida a un cuchillo. Gruñó al saborear la sangre, pero no se encogió. Cogió la mano de la criatura y la lanzó hacia arriba y en dirección a la niebla. El Fusionado pasó frente a sus compañeros en el aire, gritando algo que sonaba como una petición de ayuda. Los demás salieron volando tras ella. Raven cojeó hacia Amaram, pero sus pasos fueron ganando firmeza mientras sanaba. Absorbió un poco más de luz tormentosa de unas gemas que no había visto antes y se lanzó al cielo. Syl se convirtió en lanza y Raven voló hacia abajo, haciendo que Amaram diera la espalda al arco, al que aún no había llegado, para seguir su trayectoria. Los cristales habían atravesado su armadura por todos los brazos y la espalda. Raven hizo una pasada a la carga. Pero no estaba acostumbrada a volar con lanza y Amaram apartó la lanza-Syl con una hoja esquirlada. Raven se elevó por el otro lado y pensó qué hacer a continuación.

Amaram saltó al aire.

Se alzó con un brinco increíble, mucho más alto y recorriendo mucha más distancia de lo que le habría permitido incluso una armadura esquirlada. Y se quedó en el aire un momento, llegando cerca de Raven, que esquivó hacia atrás.

—Syl —susurró mientras Amaram caía—. Syl, eso era un lanzamiento. ¿En qué se ha convertido?

No lo sé. Pero no tenemos mucho tiempo antes de que vuelvan los Fusionados.

Raven descendió y tocó tierra, acortando a Syl como alabarda. Amaram giró hacia ella, y los ojos dentro del yelmo dejaron una estela de luz roja.

—¿Puedes sentirla? —preguntó a Raven—. ¿La belleza de la lucha?

Raven se agachó por dentro del ataque y descargó a Syl hacia el agrietado peto de Amaram.

—Qué glorioso podría haber sido —dijo Amaram mientras desviaba el ataque—. Tú, yo, Bellamy. Juntos en el mismo bando.

—El bando equivocado.

—¿Es equivocado querer ayudar a los auténticos dueños de esta tierra? ¿Acaso no es honorable?

—Ya no estoy hablando con Amaram, ¿verdad? ¿Quién, o qué, eres tú?

—No, no, soy yo —dijo Amaram. Descartó una espada y se cogió el yelmo. Con un tirón de la mano, por fin se hizo añicos, que salieron despedidos con un estallido y revelaron el rostro de Meridas Amaram… rodeado de cristales de amatista, que brillaban con una luz suave y, si tal cosa era posible, oscura. Amaram sonrió—. Odium me prometió algo grandioso, y ha cumplido esa promesa. Con honor.

—¿Todavía te atreves a hablar de honor?

—Todo lo que hago es por honor. —Amaram trazó un arco con una sola hoja, obligando a Raven a esquivar—. Fue el honor lo que me llevó a trabajar por el retorno de los Heraldos, de los poderes y de nuestro dios.

—¿Para así poderte unir al otro bando?

Un relámpago iluminó el cielo detrás de Amaram, una luz roja que proyectó largas sombras mientras él invocaba su segunda hoja.

—Odium me mostró en qué se han convertido los Heraldos. Dedicamos años a intentar que volvieran. Pero estaban aquí desde el principio. Nos abandonaron, lancera.

Amaram, cauto, trazó un círculo en torno a Raven con sus dos hojas esquirladas.

«Espera a que los Fusionados vengan a ayudar —pensó Raven—. Por eso ahora va con tanto cuidado.»

—Me dolió, una vez —dijo Amaram—. ¿Lo sabías? Después de verme obligado a matar a su escuadra, me… dolió. Hasta que lo comprendí. No era culpa mía. —El color de sus ojos brillantes se intensificó a un bullente carmesí—. Nada de esto es culpa mía.

Raven atacó, pero por desgracia apenas sabía a qué se enfrentaba. El suelo titiló y se hizo líquido, casi atrapándola otra vez. Los brazos de Amaram dejaron una estela de fuego mientras descargaba las dos hojas esquirladas. De algún modo, por unos instantes encendió el mismo aire. Raven bloqueó una hoja y luego la otra, pero no tuvo ocasión de atacar. Amaram era rápido y brutal, y Raven no osaba tocar el suelo por si le atrapaba los pies en la piedra licuada. Tras unos intercambios más, Raven se vio obligada a retroceder.

—Estás superada, lancera —dijo Amaram—. Ríndete y convence a la ciudad de que capitule. Será para bien. No hay necesidad de que hoy haya más muertes. Permíteme ser piadoso.

—¿Igual que fuiste piadoso con mis amigos? ¿Igual que lo fuiste conmigo, cuando me pusiste estas marcas?

—Te dejé vivir. Te perdoné la vida.

—En un intento de aplacar tu conciencia. —Raven se lanzó contra el alto príncipe—. Un intento fallido.

—¡Yo te creé, Raven! —Los ojos rojos de Amaram iluminaron los cristales que le bordeaban la cara—. Yo te di esa voluntad de granito, esa pose de guerrera. ¡Esto, la persona en la que te has convertido, fue mi regalo!

—¿Un regalo hecho a expensas de todos mis seres queridos?

—¿Y qué más te da? ¡Te hizo fuerte! Tus hombres murieron en nombre de la batalla, para que el más fuerte se quedara con el arma. Cualquiera habría hecho lo mismo que yo, incluso el propio Bellamy.

—¿No decías que habías renunciado a ese dolor?

—¡Sí! ¡Soy inmune a la culpa!

—Entonces, ¿por qué te sigue doliendo?

Amaram se encogió.

—Asesino —dijo Raven—. Has cambiado de bando para hallar la paz, Amaram. Pero no la tendrás jamás. Él nunca te la concederá.

Amaram rugió y se lanzó a la carga con sus hojas esquirladas. Raven se lanzó hacia arriba y, mientras Amaram pasaba bajo sus pies, se retorció y descendió de nuevo, lanzando un poderoso mandoble a dos manos. En respuesta a una orden tácita, Syl se convirtió en un martillo que impactó contra la espalda de la armadura de Amaram. El peto de coraza, que era todo de una sola pieza, explotó con una fuerza inesperada que empujó a Raven hacia atrás por la piedra. Encima de ellos, el relámpago rugió. Estaban del todo bajo la sombra de la tormenta eterna, que volvió incluso más horroroso lo que había sucedido a Amaram. Todo el pecho del alto príncipe se había hundido hacia dentro. No había ni rastro de costillas u órganos internos. En su lugar, un gran cristal violeta palpitaba en su cavidad torácica, recubierto de venas oscuras. Si había llevado uniforme o ropa acolchada bajo la armadura, había sido consumida. Se volvió hacia Raven, con el corazón y los pulmones reemplazados por una gema que brillaba con la luz oscura de Odium.

—Todo lo que he hecho —dijo Amaram, parpadeando con sus ojos rojos—, lo he hecho por Alezkar. ¡Soy un patriota!

—Si eso es verdad —susurró Raven—, ¿por qué te sigue doliendo?

Amaram chilló y cargó contra ella.

Raven alzó a Syl, que se convirtió en hoja esquirlada.

—Lo que voy a hacer hoy es por los hombres que mataste. Soy la mujer en la que me he convertido por ellos.

—¡Yo te creé! ¡Yo te forjé! —Amaram saltó hacia Raven, impulsándose desde el terreno y luego manteniéndose en el aire.

Y al hacerlo, entró en los dominios de Raven.

Raven se abalanzó hacia Amaram. El alto príncipe dio un espadazo, pero los mismos vientos se enroscaron en torno a Raven, que anticipó el ataque. Se lanzó hacia un lado, esquivando por muy poco una hoja. Unos vientospren pasaron volando junto a ella mientras evitaba la otra por un pelo. Syl se convirtió en lanza en su mano, adaptándose a sus movimientos a la perfección. Raven rodó y alcanzó con ella la gema que era el corazón de Amaram. La amatista se agrietó y Amaram flaqueó en el aire… y cayó. Dos hojas esquirladas se deshicieron en niebla mientras el alto príncipe caía más de cinco metros hasta el suelo.

Raven descendió flotando hacia él.

—Si diez lanzas van a la batalla —susurró— y nueve se parten, ¿ha sido la guerra la que ha forjado la que queda? No, Amaram. Lo único que ha hecho la guerra es identificar la lanza que no se rompe.

Amaram logró ponerse de rodillas, aulló con un sonido bestial y asió la parpadeante gema de su pecho, que se apagó del todo, sumiendo la zona en la oscuridad.

¡Raven!, gritó Syl en su mente.

Logró esquivar en el último momento mientras dos Fusionados pasaban volando y sus lanzas fallaban por poco a su pecho. Llegaron dos más por la izquierda y otro por la derecha. Un sexto cargaba con el Fusionado corpulento, rescatado del lanzamiento de Raven. Habían ido a buscar amigos. Parecía que los Fusionados habían comprendido que la mejor manera de detener a Bellamy era retirar antes a Raven del campo de batalla.

Aden resopló mientras el tronador se derrumbaba, aplastando casas en su caída pero partiéndose el brazo también. Echó hacia arriba el brazo que le quedaba, balando un grito lastimero. Aden y su compañero, el portador de esquirlada thayleño, le habían cortado ambas piernas por las rodillas. El thayleño se acercó con paso pesado y dio a Aden una cuidadosa palmada en la espalda con la mano cubierta por armadura.

—Muy bien peleado.

—Yo solo lo he distraído mientras tú le cortabas trozos de las piernas.

—Has hecho bien —dijo el thayleño. Hizo un gesto con la cabeza hacia el tronador, que se puso de rodillas pero resbaló—. ¿Cómo terminar?

¡Te temerá!, exclamó Glys desde dentro de Aden. Se irá. Haz que se vaya.

—Veré qué puedo hacer —dijo Aden al thayleño, y recorrió la calle con cuidado hasta el nivel superior para tener mejor vista de la cabeza del tronador—. Bueno, Glys, ¿qué hago?

Luz. Harás que se vaya con luz.

El monstruo se levantó entre los escombros de un edificio destruido. La piedra raspó contra piedra mientras su gigantesca cabeza con forma de cuña giraba hacia Aden. Sus ojos fundidos palpitaron en sus cuencas como un fuego chisporroteante.

Estaba dolorido. Podía sentir dolor.

¡Se irá!, prometió Glys, emocionado como siempre.

Aden alzó el puño y convocó luz tormentosa. Brilló como una poderosa antorcha. Y…

Los ojos rojos fundidos perdieron intensidad ante esa luz, y la criatura se vino abajo con un último y extinguido suspiro.

Su compañero thayleño se acercó con el suave tintineo de la armadura esquirlada.

—Bien. ¡Excelente!

—Ve a ayudar en la lucha —dijo Aden—. Yo tengo que abrir la Puerta Jurada en persona.

El hombre obedeció sin hacer preguntas y echó a correr hacia la avenida principal que bajaba al distrito antiguo.

Aden se quedó un momento con aquel cadáver de piedra, atribulado. «Tendría que haber muerto. Me he visto a mí mismo morir…»

Negó con la cabeza y emprendió el camino hacia la parte alta de la ciudad.

Lexa, Velo y Radiante tenían las manos cogidas en círculo.

Las tres fluían, sus caras cambiando, sus identidades fundiéndose. Juntas, habían alzado un ejército.

Que ahora estaba muriendo.

Un Fusionado de los corpulentos había organizado al enemigo.

Sus filas no se dejaban distraer. Aunque Velo, Lexa y Radiante habían creado copias de sí mismas para evitar que atacaran a las reales, esas copias murieron también.

Flaqueaba. Su luz tormentosa se agotaba.

«Nos hemos exigido demasiado», pensaron.

Se acercaban tres Fusionados, cruzando las ilusiones moribundas, marchando a través de luz tormentosa que se evaporaba. La gente caía arrodillada y desaparecía con una voluta de humo.

—Mmm… —dijo Patrón.

—Cansada —dijo Lexa con ojos somnolientos.

—Satisfecha —dijo Radiante, orgullosa.

—Preocupada —dijo Velo, mirando hacia los Fusionados.

Querían moverse. Necesitaban moverse. Pero dolía ver a su ejército morir y desintegrarse en la nada. Una figura no se fundió como las demás. Era una mujer de pelo muy negro que había escapado de sus habituales trenzas. Volaba libre mientras ella pasaba entre el enemigo y Lexa, Radiante y Velo. El suelo se hizo brillante, la superficie de la piedra transformada en aceite por moldeado de almas. Velo, Lexa y Radiante lograron echarle un vistazo en el Reino Cognitivo. Con qué facilidad cambiaba. ¿Cómo podía lograrlo Anya?

Anya moldeó una chispa a partir del aire, que encendió el aceite y creó un campo de llamas. Los Fusionados se protegieron las caras con las manos y retrocedieron.

—Eso debería ganarnos unos momentos. —Anya se volvió hacia Radiante, Velo y Lexa. Cogió a Lexa del brazo, pero Lexa se distorsionó y desapareció. Anya se quedó muy quieta y luego se volvió hacia Velo.

—Aquí —dijo Radiante, cansada, levantándose a duras penas. Era la que Anya podría sentir. Parpadeó para quitarse las lágrimas—. ¿Eres… real?

—Sí, Lexa. Lo has hecho bien aquí fuera. —Tocó el brazo de Radiante y echó una mirada a los Fusionados, que empezaban a aventurarse en el fuego pese al calor—. Condenación. A lo mejor, debería haber abierto un pozo bajo sus pies.

Lexa torció el gesto mientras los últimos restos de su ejército se desvanecían, como la luz hecha jirones de un sol poniente. Anya le ofreció una gema, que Radiante se bebió con fruición. Las tropas de Amaram habían empezado a formar de nuevo.

—Ven —dijo Anya tirando de Velo hacia la muralla, donde crecieron peldaños de la misma piedra.

—¿Moldeado de almas?

—Sí. —Anya subió al primer escalón, pero Lexa no la siguió.

—No deberíamos haberlo ignorado —dijo Radiante—. Deberíamos haber practicado con esto. —Por un instante, alcanzó a ver Shadesmar sin pretenderlo. Las cuentas rodaban y creaban olas por debajo de ella.

—No te internes demasiado —le advirtió Anya—. No puedes llevar tu cuerpo físico al reino, como una vez creí que podrías, pero allí hay cosas que pueden devorarte la mente.

—Si quiero moldear el aire… ¿cómo?

—Deja estar el aire hasta que tengas más práctica —dijo Anya—. Es muy conveniente, pero difícil de controlar. ¿Por qué no intentas convertir piedra en aceite, como he hecho yo? Podemos encenderlo mientras vamos subiendo, y así retrasamos más al enemigo.

—Es… —Cuántas cuentas, cuántos spren, revolviéndose en el lago que era el reflejo de Ciudad Thaylen. Era demasiado.

—Esos escombros que hay cerca de la muralla serán más fáciles que el mismo suelo —dijo Anya—, ya que podrás tratarlos como unidades diferenciadas, mientras que el suelo se ve a sí mismo como un todo.

—Es demasiado —dijo Lexa, con agotaspren rodando a su alrededor—. No puedo, Anya. Lo siento.

—Está bien, Lexa —respondió Anya—. Solo quería verlo porque parecía que usabas el moldeado de almas para dar peso a tus ilusiones. Pero claro, la luz tormentosa concentrada tiene una mínima masa. En cualquier caso, tira para arriba, niña.

Radiante empezó a subir los peldaños de piedra. Detrás de ella, Anya movió una mano hacia los Fusionados que se acercaban y se formó piedra a partir del aire, encerrándolos por completo. Fue brillante. Cualquiera que lo hubiera visto solo en el Reino Físico ya estaría impresionado, pero Radiante alcanzaba a ver mucho más. Veía a Anya absolutamente al mando y confiada. Veía la luz tormentosa apresurándose a cumplir su voluntad. El mismo aire respondía como a la voz del propio Dios. Lexa se quedó boquiabierta, maravillada.

—Te ha obedecido. El aire ha cumplido tu orden de transformarse. Cuando yo intenté hacer que cambiara un solo palito, se negó.

—El moldeado de almas es un arte que requiere práctica —dijo Anya—. Arriba, arriba. Sigue andando. —Fue cortando los escalones a medida que los superaban—. Recuerda, no debes dar órdenes a las piedras, porque son más tozudas que los hombres. Usa la coacción. Háblales de libertad y movimiento. Pero para solidificar un gas, debes imponerle disciplina y voluntad. Cada Esencia es diferente, y cada cual tiene sus ventajas y sus inconvenientes cuando se emplea como sustrato en el moldeado de almas. —Anya miró atrás, hacia el ejército que se congregaba.

»Y tal vez… Este es un momento en el que no es aconsejable una lección. Con todo lo que me quejo por no querer discípulas, debería ser capaz de resistirme a instruir a la gente en momentos inoportunos. Sigue adelante.

Sintiéndose agotadas, Velo, Lexa y Radiante remontaron los últimos peldaños y por fin llegaron a las almenas de la muralla.

Después de lo mucho que había costado a Aden el ascenso para luchar contra el tronador, después de la eternidad que había pasado atrapado entre la multitud, había esperado tener que esforzarse para recorrer la última distancia que lo separaba de la Puerta Jurada. Sin embargo, la gente ya avanzaba más deprisa. Los de arriba debían de haber despejado las calles, ocultándose en los muchos templos y edificios del distrito real. Aden pudo desplazarse con el flujo de personas. Cerca de la hilera superior, se metió en una casa y fue hacia la parte de atrás, pasando junto a unos mercaderes apiñados. Casi todos los edificios de allí tenían una sola planta, por lo que utilizó a Glys para cortar un agujero en el techo. Luego vació unos asideros en la pared de piedra y subió encima. Desde el techo logró llegar a la calle que llevaba a la plataforma de la Puerta Jurada. No estaba acostumbrado a poder hacer cosas como aquella. No solo a usar la hoja esquirlada, sino al trabajo físico. Siempre le habían dado miedo los ataques que tenía, siempre lo preocupaba que un momento de fuerza pudiera volverse al instante en uno de invalidez. Viviendo así, se aprendía a quedarse atrás. Solo por si acaso. Llevaba un tiempo sin padecer ataques. No sabía si era coincidencia, pues podían ser irregulares, o si estaba curado, igual que de su mala vista. Y en efecto, veía el mundo distinto a todos los demás. Seguía inquietándolo hablar con gente, y no le gustaba que lo tocaran. Todos los demás veían en el resto cosas que él jamás podría comprender. Tanto ruido y destrucción y gente hablando y gritos pidiendo ayuda y narices sorbidas y murmullos y susurros todos como zumbidos, zumbidos. Al menos allí, en aquella calle cercana a la Puerta Jurada, la multitud no era tan densa. ¿Por qué sería? ¿No deberían hacer más presión allí, esperando escapar? ¿Por qué…?

«Ah.»

Una docena de Fusionados flotaban en el cielo sobre la Puerta Jurada, sosteniendo las lanzas ante ellos en posturas formales, su ropa cayendo por debajo de ellos y ondeando.

Doce. Doce.

Esto, dijo Glys, sería malo.

Un movimiento le llamó la atención. Una chica joven que estaba de pie en una puerta abierta y le hacía gestos. Aden fue hacia ella, preocupado por si los Fusionados se lanzaban en su ataque. Con un poco de suerte, su luz tormentosa, la mayoría de la cual había gastado luchando contra el tronador, no brillaría lo suficiente para atraer su ira. Entró en el edificio, otra estructura de una sola planta con una gran sala abierta al principio. Estaba ocupada por decenas de escribas y fervorosos, muchos de ellos agrupados en torno a una vinculacaña. Unos niños que Aden no podía ver llenaban las habitaciones traseras, pero sí alcanzaba a oír sus gemidos. Y oía el raspar, raspar, raspar de las plumas sobre el papel.

—Oh, bendito sea el Todopoderoso —dijo la brillante Teshav, apareciendo entre la masa de gente. Tiró de Aden hacia el interior de la sala—. ¿Traes alguna noticia?

—Mi padre me envía aquí arriba a ayudar —respondió Aden—. Brillante, ¿dónde están el general Khal y tu hijo?

—En Urithiru —dijo ella—. Se han trasladado de vuelta para reunir fuerza, pero entonces… Brillante señor, ha habido un ataque contra Urithiru. Hemos intentado obtener información por medio de la vinculacaña. Parece que alguna clase de grupo de asalto ha llegado con el advenimiento de la tormenta eterna.

—¡Brillante! —llamó Kadash—. La vinculacaña conectada con las escribas de Sebarial está escribiendo otra vez. Se disculpan por el largo retraso. Sebarial se ha replegado, cumpliendo órdenes de Roan, hacia los niveles superiores. Confirma que los atacantes son parshmenios.

—¿Y las Puertas Juradas? —preguntó Aden, esperanzado—. ¿Pueden llegar a ellas y abrir el camino hacia aquí?

—Improbable. El enemigo ha tomado la plataforma.

—Nuestros ejércitos tienen la ventaja en Urithiru, príncipe Aden —dijo Teshav—. Los informes coinciden en que la fuerza del enemigo no es ni por asomo suficiente para derrotarnos allí. Salta a la vista que es una táctica de demora para impedir que activemos la Puerta Jurada y traigamos ayuda a Ciudad Thaylen.

Kadash asintió.

—Esos Fusionados de encima de la Puerta Jurada se han quedado ahí incluso mientras el monstruo de piedra caía. Saben qué órdenes tienen: evitar que se active ese dispositivo.

—La Radiante Malata es la única forma de que nuestros ejércitos lleguen a nosotros por la Puerta Jurada —dijo Teshav—. Pero no logramos contactar con ella, ni con nadie del contingente de Kharbranth. El enemigo los ha debido de atacar primero. Sabían exactamente lo que tenían que hacer para dañarnos.

Aden respiró hondo, absorbiendo la luz tormentosa que llevaba Teshav. Su brillo iluminó la estancia y todos los ojos se alzaron de las vinculacañas y se volvieron hacia él.

—El portal debe abrirse —dijo Aden.

—Alteza —dijo Teshav—, no puedes enfrentarte a todos.

—No hay nadie más. —Se volvió para irse.

Para su sorpresa, nadie trató de impedírselo.

Lo habían hecho toda su vida. No, Aden. Eso no es cosa tuya.

No puedes hacer eso. No estás bien, Aden. Sé razonable, Aden.

Siempre había sido razonable. Siempre había hecho caso. Fue una sensación maravillosa y aterradora a la vez que nadie le planteara objeciones. Las vinculacañas siguieron raspando, moviéndose por sí mismas, incapaces de apreciar el momento.

Aden salió al exterior.

Atemorizado, marchó calle abajo, invocando a Glys como hoja esquirlada. Mientras se acercaba a la rampa que llevaba a la Puerta Jurada, los Fusionados descendieron. Cuatro aterrizaron en la rampa delante de él y le dedicaron un gesto no muy distinto a un saludo, canturreando una melodía frenética que Aden no conocía. Aden estaba tan asustado que temía mearse encima. No sería muy noble ni valiente, ¿verdad?

Ah… ¿Qué vendrá ahora?, dijo Glys, su voz vibrando a través de Aden. ¿Qué emerge?

Le dio un ataque.

No fue como sus viejos ataques, que lo debilitaban. Tenía otros nuevos, que ni él ni Glys podían controlar. A sus ojos, creció cristal por todo el suelo. Se extendió, formando entramados, imágenes, significados y sendas. Pinturas de cristal tintado, un panel tras otro. Siempre habían estado en lo cierto. Hasta ese mismo día, hasta que habían proclamado que el amor de Anya Griffin saldría derrotado. Leyó aquel último conjunto de imágenes en cristal tintado y notó que su miedo se esfumaba. Sonrió. Su expresión pareció confundir a los Fusionados mientras bajaban las manos con las que habían saludado.

—Os preguntáis por qué sonrío —dijo Aden.

No le respondieron.

—Tranquilos —prosiguió él—. No es que se os haya escapado nada divertido. Es… Bueno, dudo mucho que le veáis la gracia.

La luz estalló en oleada desde la plataforma de la Puerta Jurada. Los Fusionados gritaron en un idioma extraño y se lanzaron por los aires. Una muralla luminosa se expandió desde la plataforma en un anillo, que dejaba atrás una brillante imagen residual. Se disipó dejando a la vista una división entera de tropas alezi en azul Griffin sobre la plataforma de la Puerta Jurada. Entonces, como un Heraldo salido de las leyendas, un hombre se elevó en el aire sobre ellos. Brillando en blanco de luz tormentosa, el hombre barbudo llevaba una larga y plateada lanza esquirlada con un extraño saliente en forma de guarnición cerca de la punta.

Marcus.

Caballero Radiante.

Lexa se sentó con la espalda apoyada en una almena, escuchando a los soldados gritar órdenes. Echo le había dado luz tormentosa y agua, pero en ese momento estaba entretenida con los informes que llegaban de Urithiru. Patrón zumbaba desde un lado del abrigo de Velo.

—¿Lexa? Lo has hecho bien, Lexa. Muy bien.

—Una resistencia honorable —convino Radiante—. Una contra muchos y no hemos cedido terreno.

—Hemos aguantado más de lo que deberíamos —dijo Velo—. Ya estábamos agotadas.

—Seguimos pasando por alto demasiado —dijo Lexa—. Se nos está dando demasiado bien fingir.

Al principio, había decidido quedarse con Lexa para aprender. Pero cuando la mujer regresó de entre los muertos, en lugar de aceptar el entrenamiento, Lexa había huido de inmediato. ¿En qué estaba pensando?

En nada. Estaba intentando esconder las cosas que no quería afrontar. Como siempre.

—Mmm… —dijo Patrón, preocupado.

—Estoy cansada —susurró Lexa—. No tienes que preocuparte. Cuando descanse, me recuperaré y volveré a ser solo una. De hecho… no creo que esté tan perdida como antes.

Anya, Echo y la reina Fen susurraban en corrillo un poco más allá, en el adarve. Los generales thayleños se unieron a ellas y los miedospren se congregaron a su alrededor. La defensa, en su opinión, iba fatal. A regañadientes, Velo se puso de pie y observó el campo de batalla. Las fuerzas de Amaram estaban reuniéndose fuera del alcance de los arcos.

—Hemos retrasado al enemigo —dijo Radiante—, pero no lo hemos derrotado. Seguimos teniendo un ejército apabullante al que enfrentarnos.

—Mmm… —dijo Patrón, agudo, inquieto—. Lexa, mira. Más allá.

Cerca de la bahía, miles y miles de tropas parshmenias frescas habían empezado a descargar escaleras de sus barcos para usarlas en un asalto total.

—Di a los hombres que no den caza a esos Fusionados —dijo Aden a Nyko—. Debemos defender la Puerta Jurada, antes que nada.

—Ya me va bien —dijo Nyko, lanzándose al cielo en dirección a Marcus para transmitirle la orden.

Los Fusionados se enfrentaron al Puente Cuatro en el aire sobre la ciudad. Aquel grupo de enemigos parecía más diestro que los que Aden había visto abajo, pero más que pelear, estaban defendiéndose. Iban apartando más y más el combate de la ciudad, y Aden temía que estuvieran apartando al Puente Cuatro de la Puerta Jurada a propósito. La división alezi marchó al interior de la ciudad entre voces de alabanza y júbilo de la gente que los rodeaba. Dos mil no iban a suponer una gran diferencia si aquellos parshmenios de fuera se unían a la batalla, pero era un principio. Y además, el general Khal había traído no uno, sino tres portadores de esquirlada. Aden explicó la situación de la ciudad tan bien como pudo, pero se avergonzó al tener que decir a los Khal que no conocía el estado de su padre. Mientras se reunían con Teshav y convertían el puesto de escribas en uno de mando, Roca y Lyn aterrizaron al lado de Aden.

—¡Ja! —exclamó Roca—. ¿Qué ha pasado a uniforme? Necesita mi aguja.

Aden se miró la ropa destrozada.

—Me ha dado una piedra enorme. Veinte veces. De todas formas, mira quién habla. ¿La sangre de tu uniforme es tuya?

—¡Es nada!

—Hemos tenido que cargar con él desde el barracón hasta la Puerta Jurada —dijo Lyn—. Intentábamos traértelo a ti, pero ha empezado a absorber luz tormentosa nada más hemos llegado.

—Raven está cerca —dijo Roca—. ¡Ja! Yo doy de comer a ella. Pero aquí, hoy, ella da de comer a mí. ¡Luz!

Lyn miró a Roca.

—El tormentoso comecuernos pesa como un chull. —Negó con la cabeza—. Kara luchará con los demás. No se lo digas a nadie, pero lleva practicando con la lanza desde niña, la muy tramposa. Pero Roca se niega a luchar, y yo solo manejo la lanza desde hace unas semanas. ¿Sabes dónde nos quieres?

—Yo… hum… no estoy al mando ni nada así…

—¿En serio? —dijo Lyn—. ¿Esa es tu mejor voz de Caballero Radiante?

—¡Ja! —exclamó Roca.

—Creo que ya he irradiado todo lo que tenía que irradiar hoy —dijo Aden—. Esto… Operaré la Puerta Jurada y traeré más tropas. Vosotros dos podríais ir abajo y ayudar en la muralla. ¿Quizá sacar heridos del frente?

—Es buena idea —dijo Roca.

Lyn asintió y salió volando, pero Roca se quedó y atrajo a Aden a un cálido, sofocante e inesperado abrazo. Aden hizo lo que pudo para no revolverse. No era el primer abrazo de Roca que soportaba, pero tormentas, se suponía que la gente no te cogía así, sin más.

—¿Por qué? —preguntó Aden cuando el comecuernos lo soltó.

—Parecías persona que necesitaba abrazo.

—Te aseguro que eso nunca lo parezco. Pero, hum… me alegro de hayáis venido. Me alegro muchísimo.

—Puente Cuatro —dijo Roca, y se lanzó al aire.

Aden se sentó en unos escalones, temblando por todo lo ocurrido pero sonriendo de todos modos.

Bellamy se dejó llevar por el abrazo de la Emoción.

Una vez creyó haber sido cuatro hombres en su vida, pero en esos instantes comprendió que se había quedado muy corto. No había vivido como dos, cuatro ni seis hombres, sino como millares, pues cada día se convertía en alguien un poco diferente. No había cambiado en un salto gigantesco, sino en un millón de pequeños pasitos.

«Y el más importante es siempre el próximo», pensó mientras iba a la deriva en la neblina roja. La Emoción amenazaba con llevárselo, controlarlo, desgarrarlo y triturarle el alma con sus ganas de complacerlo. Amenazaba con entregarle algo que la emoción jamás comprendería que era peligroso.

Una mano pequeña cogió la de Bellamy.

Se sobresaltó y miró abajo.

—¿Madi? No deberías haber entrado aquí.

—Pero soy la mejor yendo a sitios donde no debería. —La chica le puso algo en la mano.

El enorme rubí.

«Muchísimas gracias.»

—¿Qué es? —preguntó ella—. ¿Para qué quieres ese pedrusco?

Bellamy buscó entre la niebla con los ojos entornados. «¿Sabes cómo capturamos los spren, Bellamy? —le había dicho Gustus—. Hay que atraer al spren con algo que adore. Tienes que proporcionarle algo familiar que lo haga acercarse, algo que conozca íntimamente.»

—Lexa vio a una de los Deshechos en la torre —susurró Bellamy—. Al acercarse, la spren se asustó, pero no creo que la Emoción sea capaz de comprender como hacía ella. Verás, solo puede derrotarla alguien que la entienda en profundidad, sinceramente.

Alzó la gema sobre su cabeza y, por última vez, abrazó la Emoción.

Guerra.

Victoria.

La competición.

La vida entera de Bellamy había sido una competición, un forcejeo de una conquista a la siguiente. Aceptaba lo que había hecho. Siempre formaría parte de él. Y aunque estaba decidido a resistirse, no apartaría a un lado lo que había aprendido. Era ese mismo anhelo por el combate, la lucha, la victoria, lo que también lo había preparado para rechazar a Odium.

—Gracias —susurró de nuevo a la Emoción— por concederme fuerza cuando la necesité.

La Emoción se arremolinó más cerca de él, arrullada y exultante por su alabanza.

—Y ahora, vieja amiga, es hora de descansar.

«Sigue moviéndote.»

Raven esquivó e hizo quiebros, evitando algunos ataques y curándose de otros.

«Mantenlos distraídos.»

Intentó elevarse hacia el cielo, pero los ocho Fusionados la rodearon y la devolvieron hacia abajo a golpes. Cayó contra el suelo de piedra y se lanzó en lateral para alejarse de las lanzas que intentaban clavarle y los garrotes con los que trataban de aplastarla.

«En realidad, no puedo escapar.»

Tenía que conservar su atención. Si lograba escabullirse, los ocho se volverían contra Bellamy.

«No tienes que derrotarlos. Solo tienes que aguantar el tiempo suficiente.»

Esquivó a la derecha, volando a escasos centímetros del suelo. Pero una Fusionada de los cuatro corpulentos contra los que estaba luchando la agarró por un pie. La estampó contra el suelo y creció por sus brazos un caparazón que amenazaba con retener a Raven contra la piedra. Se la quitó de encima con una patada, pero otro la cogió por el brazo y la arrojó a un lado. Los voladores descendieron y, aunque se protegió de sus lanzas con el escudo-Syl, su costado palpitó de dolor. Estaba sanando más despacio que antes. Otros dos Fusionados pasaron volando, recogiendo las gemas cercanas y dejando a Raven en un círculo de oscuridad en expansión.

«Tú gana tiempo. Bellamy necesita tiempo.»

Syl cantó en su mente mientras Raven giraba, se transformó en lanza y se clavó en el pecho de una de los Fusionados grandotes. Esos podían curarse a menos que se los apuñalara en un punto exacto del esternón, y Raven había fallado. De modo que convirtió a Syl en espada y, con el arma aún insertada en el pecho de la mujer, la sacó hacia arriba a través de la cabeza, haciendo que sus ojos ardieran. Otro Fusionado corpulento le lanzó un golpe, pero mientras el garrote (que formaba parte de su cuerpo) conectaba, Raven usó buena parte de su luz tormentosa restante para lanzar al hombre hacia arriba y estrellarlo contra un Fusionado volador. Otro embistió desde un lado y envió rodando a Raven. Al caer con la espalda contra el suelo, vio un relámpago rojo. Invocó a Syl como lanza de inmediato, apuntando directa hacia arriba. Al hacerlo, empaló al Fusionado que descendía para atacarla, partiéndole el esternón y haciendo que sus ojos ardieran. Otro la agarró por el pie y la levantó para empotrarle la cara en el suelo. Raven se quedó sin aliento. El monstruoso Fusionado le dio un tremendo pisotón en la espalda con su pie rodeado de caparazón y le destrozó las costillas. Raven chilló y, aunque la luz tormentosa sanó todo lo que pudo, la última que tenía vaciló en su interior.

Y se desvaneció.

Detrás de Raven se alzó un repentino sonido, como de ventolera pero acompañada de gemidos de dolor. El Fusionado retrocedió a trompicones, murmurando a un ritmo rápido y preocupado. Entonces sorprendió a Raven al dar media vuelta y correr. Raven se retorció para mirar atrás. Ya no distinguía a Bellamy, pero la misma bruma había empezado a revolverse. Inflándose y palpitando, se movía de golpe a un lado y a otro como presa de un poderoso viento. Huyeron más Fusionados. El gemido ganó intensidad y la niebla pareció rugir mientras mil caras se extendían tirando de ella, con las bocas abiertas en agonía. Volvieron a absorberse juntas, como ratas de cuyas colas hubieran tirado. La neblina roja hizo implosión y desapareció. Todo quedó a oscuras y la tormenta de encima amainó. Raven estaba tendida en el suelo, destrozada. La luz tormentosa le había sanado las funciones vitales. Seguro que tenía los órganos intactos, pero sus huesos fisurados la obligaron a ahogar gritos de dolor cuando intentó incorporarse. Las esferas de alrededor estaban opacas y la oscuridad le impedía comprobar si Bellamy seguía con vida. La niebla había desaparecido del todo. Eso parecía buena señal. Y en la oscuridad, Raven distinguió algo que salía de la ciudad. Brillantes luces blancas volando por los aires. Le llegó un sonido rasposo desde cerca, y entonces una luz violeta se encendió en la penumbra. Una sombra se puso en pie con dificultades, la oscura luz latiendo viva en su cavidad pectoral, vacía salvo por aquella gema. Los ojos rojos brillantes de Amaram iluminaron una cara deformada: se había roto la mandíbula al caer y los cristales le habían empujado los lados de la cara en ángulos extraños, haciendo que la barbilla colgara laxa de su boca y cayera baba por un lado. Trastabilló hacia Raven, su corazón de gema palpitando de luz. Una hoja esquirlada cobró forma en su mano. Era la misma que había matado a los amigos de Raven hacía tanto tiempo.

—Amaram —susurró Raven—. Puedo ver lo que eres. Lo que has sido siempre.

Amaram intentó hablar, pero de su mandíbula colgante salían solo saliva y gruñidos. A Raven la asaltó el recuerdo de la primera vez que había visto al alto señor en Piedralar. Tan alto y valeroso. Tan perfecto en apariencia.

—Lo vi en tus ojos, Amaram —susurró Raven mientras aquella carcasa de hombre seguía avanzando con torpeza hacia ella—. Cuando mataste a Coreb, a Hab y a mis otros amigos. Vi la culpabilidad que sentías. —Se lamió los labios—. Intentaste que me derrumbara siendo esclava. Pero fracasaste. Ellos me rescataron.

«A lo mejor es el momento de que alguien te salve a ti», le había dicho Syl en Shadesmar. Pero ya lo había hecho alguien.

Amaram alzó la hoja esquirlada.

—Puente Cuatro —susurró Raven.

Una flecha se clavó en la cabeza de Amaram desde detrás, le atravesó el cráneo y asomó por su boca inhumana. Amaram tropezó hacia delante y soltó la hoja esquirlada, con la flecha todavía en la cabeza. Hizo un sonido de ahogamiento y se volvió justo a tiempo para encajar otra flecha en el pecho, que atravesó su vacilante corazón de gema. La amatista explotó y Amaram cayó hecho una piltrafa desmoronada al lado de Raven. Había una silueta brillante sobre unos cascotes, más allá de Amaram, sosteniendo su enorme arco esquirlado. El arma parecía encajar con Roca, alto y refulgente, un faro en la oscuridad. Los ojos rojos de Amaram se apagaron mientras moría, y Raven tuvo la nítida sensación de que un humo oscuro escapaba de su cadáver. Junto a él se materializaron dos hojas esquirladas que cayeron contra la piedra con sendos tintineos.

Los soldados dejaron espacio a Radiante sobre la muralla mientras se preparaban para el asalto enemigo. El ejército de Amaram formó filas de asalto mientras los parshmenios transportaban escaleras, dispuestos a lanzarse a la carga. Era difícil caminar por el adarve sin pisar algún miedospren. Los thayleños susurraban sobre la pericia bélica alezi, recordando historias como la de cuando Hamadin y sus cincuenta habían resistido ante diez mil veden. La de su capital era la primera batalla que los thayleños habían visto en una generación, pero las tropas de Amaram estaban curtidas por la guerra constante en las Llanuras Quebradas. Miraban a Lexa como si ella pudiera salvarlos. Los Caballeros Radiantes eran la única ventaja con la que contaba la ciudad. Su mejor esperanza de sobrevivir.

Y eso la aterrorizaba.

El ejército enemigo se lanzó a la carga contra la muralla. Sin pausa, sin un solo respiro. Odium seguiría arrojando fuerzas contra aquel muro el tiempo que hiciera falta hasta abrirse paso en Ciudad Thaylen. Hombres sanguinarios, controlados por…

Las luces de sus ojos empezaron a apagarse.

El cielo encapotado lo hacía inconfundible. Por toda la explanada, el rojo desapareció de los ojos de los soldados de Amaram. Muchos cayeron de rodillas al instante y vomitaron en el suelo. Otros trastabillaron, conservando un precario equilibrio gracias a lanzas que flaqueaban. Era como si les hubieran absorbido la misma vida, y fue algo tan súbito e inesperado que Lexa tuvo que parpadear varias veces antes de que su mente aceptara que, en efecto, estaba ocurriendo. Estallaron vítores por toda la muralla mientras los Fusionados, inexplicablemente, se retiraban hacia sus barcos. Los parshmenios se apresuraron a seguirlos, igual que muchas de las tropas de Amaram, aunque algunos se quedaron allí, tirados en la piedra rota. Letárgica, la tormenta negra se disipó hasta reducirse a una mera mancha nubosa, titilando con perezosos relámpagos rotos. Por último, cruzó la isla impotente, desprovista de viento, y desapareció hacia el este.

Raven absorbió luz tormentosa de las gemas de Nyko.

—Menuda suerte que el comecuernos estuviera buscándote, gon —dijo Nyko—. Los demás habíamos pensado en luchar y ya está, ¿sabes?

Raven lanzó una mirada a Roca, que estaba de pie sobre el cuerpo de Amaram, mirando hacia abajo, su enorme arco sostenido sin fuerza en una mano. ¿Cómo había podido tirar de la cuerda? La luz tormentosa proporcionaba una resistencia asombrosa, pero no mejoraba en mucho la fuerza.

—Hala —dijo Nyko—. ¡Gancho, mira!

Las nubes se habían diluido y la luz solar asomaba por ellas, iluminando el campo de piedra. Bellamy Griffin estaba arrodillado a poca distancia, sosteniendo entre las dos manos un rubí que brillaba con la misma luz fantasmagórica que los Fusionados. La chica Reshi estaba de pie con la mano apoyada en su hombro.

El Espina Negra sollozaba, acunando la gema.

—¿Bellamy? —dijo Raven preocupada, trotando hacia él—. ¿Qué ha pasado?

—Se acabó, capitana —respondió Bellamy. Entonces sonrió. ¿Eran lágrimas de alegría, pues? ¿Por qué había parecido tan apenado?—. Se acabó.