Prólogo 2: El final del segundo año.


A diferencia de lo que cualquier persona podría pensar, Harry Potter se encontraba solo, mirando hacia el horizonte en la Torre de Astronomía, pensando en cómo la soledad comenzaba de nuevo a ser parte de su vida, como debió serlo siempre… Quizás… Mucho más aún después de los eventos ocurridos tan sólo unas horas atrás…

Luego del rescate de Ginny en la Cámara de los Secretos, Harry pasó mucho tiempo dando explicaciones tanto a la familia Weasley como al mismo Dumbledore, quien parecía querer saber incluso lo que no había vivido en esa experiencia. Ni siquiera tuvo tiempo para preocuparse de sus propias heridas cuando Lucius Malfoy apareció y utilizó el tiempo necesario en recuperarse para liberar a Dobby de tan malvado dueño. No se arrepentía de ello, pero sentir sus heridas ardiendo todavía le molestaba más que de costumbre… Y no es que no estuviese acostumbrado al dolor, o a que otras personas se olvidasen de revisar su estado físico y mental, pero lo que vivió en la Cámara fue más cansador que cualquiera de sus experiencias con los Dursley, y eso era decir poco…

Y, claro, aún faltaba volver a la torre de Gryffindor donde lo esperaban sus compañeros llenos de cuestionamientos y ansias de saber cómo había salvado nuevamente el día. Si no fuese por los gemelos y Neville, él no podría haber siquiera ido a los baños a sacarse la ropa mugrosa y cubierta por la sangre del basilisco, y no habría tenido el tiempo para revisar cuánto más daño había recibido. Afortunadamente, la intervención de aquellos que consideraba eran sus amigos fue agradecido y pasó bastante tiempo limpiándose y buscando curar sus propias heridas, tal como había aprendido en un curso de primeros auxilios al que asistió en la primaria.

Luego, ya limpio y con ropa aceptable, se dispuso a salir a la Sala Común, sólo para encontrar a Ron hablando a toda la casa.

— No voy a permitir que Potter siga cerca de mi familia, ¡por su culpa, mi hermanita casi muere! ¡Compañeros de nuestra propia Casa fueron petrificados y, si no existiesen las mandrágoras, los habríamos perdido para siempre! — exclamó airado.

Unos murmullos de acuerdo se escucharon, mientras otros parecían protestar ante las palabras del pelirrojo.

— ¿Cómo sabemos que eso es verdad? ¿Qué no es porque, para variar, estás celoso de lo que consigue Harry, con o sin tu ayuda? — preguntó una de las jugadoras del equipo de quidditch, a quien no él pudo identificar por permanecer escondido en la escalera que baja de los dormitorios de los varones.
— ¡Si no le hubiese pedido que fuese a buscar a mi hermana, de seguro se habría quedado aquí! — respondió Ron, con rabia: — A la única persona que parece escuchar es a Hermione, pero como no está aquí… Pero como no está aquí… — y se escuchó lo que parecían ser sollozos de su parte.

Con ese acto, parecía que los murmullos aumentaban y muchos más parecían a favor del pelirrojo que los que estaban a favor de Harry, lo cual pareció molestarlo a más no poder. En verdad parecía que lo único que quería la mayoría es que él terminase muriendo por ellos para que así le creyesen… Y, pese a que ese fuera su deseo, definitivamente no era el suyo.

— ¿Y cómo sabes eso? — preguntó Harry, dejándose mostrar finalmente: — ¿Acaso sabes leer mentes? ¿O crees que, un año después de conocerme, sabes absolutamente todo de mí? ¿Estás seguro de que, si no hubiese utilizado mis habilidades, habrías podido siquiera intentar rescatar a Ginny? ¡El único aporte que hiciste fue tener una varita rota que ayudó a que Lockhart no se saliera con la suya y que causó que él mismo terminara desmemorizado!
— ¿Y de quién es la culpa que mi varita se hubiese roto? ¡Si no fuese porque tenía que salvarte el trasero trayéndote en el auto de papá, te habrías quedado lamentándote de no poder venir a Hogwarts! — insistió el otro, molesto.

El intercambio de palabras entre los dos que se llamaban amigos hizo que todos se quedasen mudos. Ni siquiera Percy, que aún estaba tratando de lidiar con toda la información que había vivido en las últimas horas, parecía encontrar la forma de hacerlos callar, mucho más cuando los gemelos parecían anotar detalladamente lo que estaban diciendo, que incluía los eventos ocurridos en el año anterior.

— ¿Sabes qué? ¡Lamento haberte buscado en el tren para ser tu amigo! — finalizó Ron.

La declaración pareció confundir a todos, en especial a Harry, quien parecía realmente dolido por la declaración del que fue su mejor amigo.

— Y yo lamento no haber extendido mi mano a Malfoy… Que al parecer tenía razón en todo lo que dijo — y, sin esperar más respuesta, salió de la Sala Común de Gryffindor, con rumbo desconocido, dejando más murmullos a su paso…

Y así fue como había llegado hasta ese momento, lamentándose en lo alto de la Torre de Astronomía, porque sabía que, si regresaba a su Casa, seguiría siendo cuestionado, o bien, recibiría un puñetazo de parte de Ron, quien parecía creer que lo que no salía a su favor, debía resolverlo a golpes. Y, mirándolo bien, no lo hacía tan diferente de Dudley.

Suspiró. Ahora sí que sería aburridísimo regresar a los Dursley ese año…

Era cierto. Aunque eran pocos, había gente apoyándolo en su postura: Neville, los Gemelos y los demás integrantes del equipo de quidditch junto a Lee Jordan. Pero el resto de la que debía ser su segunda familia, según expresaba la profesora McGonagall, parecía querer apoyar las palabras de Ron y, aunque dolía, no era algo de lo cual extrañarse, ya que ellos mismos, siendo de su Casa, creían firmemente en que era el heredero de Slytherin.

Suspiró. Pese a que lo esperaba más dolor y soledad, prefería irse lo antes posible de ahí. Ya no quería estar en Hogwarts.

— No te preocupes, ya no lo estarás — se escuchó una tímida voz desde la entrada de la Torre, pero con la resonancia entre las piedras pudo escucharse claramente hasta arriba.

El de ojos verdes tuvo que salir de su escondite para ver quién le había hablado, y se sorprendió ante la vista.

Era una niña de la edad de Ginny, con cabello rubio muy claro, casi llegando al color de la plata. Llevaba puesta una corbata con los colores de Ravenclaw, pero pese a todo se notaba claramente que ella no llevaba zapatos.

Y, aunque él estaba ahogándose en su propia tristeza, no pudo evitar sentir compasión por alguien que parecía estar más dañada que él.

Ella lo miró extrañada, pero sonrió sin apartar su mirada.

— Ahora veo porque Lady Magia pareciera querer cuidarte más que nunca. Sé cuánto sufres, pero has priorizado preocuparte por mí en lugar de continuar lamentándote, y eso te hace ser una persona de un corazón mucho más noble y puro. Y creo que por eso mismo te recompensará más que a nadie — habló y Harry sintió que las palabras de la niña estaban cargadas de misterio y de poder.

Harry pensó que preguntaría demasiado rápido ¿por qué dices eso?, pero sintió en su corazón que, de todas las cosas que había experimentado hasta ese entonces, ese había sido el momento más mágico que había vivido. Por primera vez había sentido que la Magia parecía estar viva y era más cercana a él de lo que creía. Lo más semejante fue cuando sintió la curación de las lágrimas de Fawkes, hace unas horas atrás, pero esto era absolutamente diferente.

— Pero tú… ¿Estás bien? ¿Por qué estás sin tus zapatos? — preguntó, todavía preocupado de lo que ocurría a la niña.
— Estoy bien… A los Nargles les gusta quedarse con mis cosas, pero supe dónde encontrarlas ahora a fin de año… Sólo me queda encontrar mis zapatos que están… Aquí — y, pasando a un lado de Harry, se dirigió a buscar un par de zapatos que, pese a que aún se notaba que tenían poco tiempo de uso, estaban cortados en varias partes.

Harry se acercó a ella y, recordando lo que hizo Hermione por él en el primer año, sacó su varita y realizó el encantamiento Reparo en ellos. Los zapatos parecieron arreglarse, pero no fue por completo, porque algunos cortes parecían estar hechos por magia que probablemente pertenecía a alguien de cursos superiores. ¿Quién es capaz de tanta maldad?, se preguntó, con pesar.

Sin embargo, pese a no quedar perfectas, la chica pareció más feliz que nunca por la preocupación del muchacho.

— Muchas gracias. Mi papá puede arreglar lo que tú no lograste, así que todo estará bien, ¿de acuerdo? — dijo ella, sus ojos grises brillando de alegría.
— ¿Y cómo te llamas? — preguntó Harry.
— Me llamo Luna, pero mis compañeros me dicen Loony — respondió, como si fuese algo natural.
— Ese no es un nombre muy cordial — dijo el de ojos verdes: — ¿Por qué te molestan tanto?
— Creo que es porque ellos nos pueden ver lo que yo veo. Una pena. Siendo tan inteligentes, pero sin tener verdadera inteligencia — y se encogió de hombros: — Deberías volver a tu torre, dejar listas tus cosas para mañana y disfrutar del banquete de fin de año. Mira que mañana tu vida se volverá muy ajetreada como para que te sigas lamentando. Nos vemos… Por ahí…

Y se marchó, dejando a Harry más confundido que nunca. Pero, viendo cómo anochecía y se acercaba la hora del banquete de fin de año, prefirió hacer caso a la chica, deseando con todo su corazón que la predicción se hiciese realidad… No es que esperara con ansias lo que serían sus clases de Adivinación, pero la sensación de la presencia de la magia en aquellos momentos con ella sería algo que se convertiría en algo inolvidable.


Notitas de autor

Holis

Bueno, no es que pueda colocar mis expresiones habituales. Estoy esta vez (y espero que la única) desde el trabajo, pero igual quería estar al día con esta historia.

¡Y apareció Harry! Y, lo mejor, ya conocimos a Luna. Espero que sólo sea un prólogo (valga la redundancia) de lo que se viene después

Gracias por darse el tiempo de leerlo. Nos vemos el próximo capítulo