CAPITULO 32
Una Inesperada Visita
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Ese invierno fue más largo de lo que Hinata hubiese querido o pensado. Antes de que se diera cuenta Konoha estaba cubierto de blanco, los árboles estaban desnudos y la ropa abrigada volvía a su armario. Largas bufandas adornaban su cuello, guantes de lana calentaban sus manos y gruesos abrigos de gamuza la cubrían del frío.
A pesar de ello, parecía que nada le devolvía la tibieza que había experimentado en la seguridad que le ofreció Konoha durante los años de infancia. Ya no experimentaba ese cosquilleo en su corazón que le indicaba alegría, ni sus labios sonreían cuando algo le parecía gracioso, ni la embargaba el deseo de llorar cuando algo parecía ser triste. La comida sabía insípida, la nieve no tenía olor y el canto de las águilas mensajeras no le llamaban la atención mientras limpiaba las jaulas en que permanecían apostadas.
A veces pasaba horas mirando el horizonte, esperando que una mancha apareciera que le indicara que un nuevo mensaje venía en camino. Un mensaje de Sasuke. Un mensaje de Naruto. Algo que le dijera que las dos personas más importantes para ella estaban a salvo en los caminos que habían elegido en sus vidas.
Generalmente se llevaba muchas desilusiones y las aves mensajeras sólo traían documentos importantes para la Hokage, lo cual le partía el corazón.
—¿Ha llegado un mensaje de Kakashi sensei hoy? —le preguntó a uno de los encargados del equipo de mensajería llamado Koueh, un día especialmente ocupado en que cuatro águilas arribaron.
—Lo siento Hyūga-san, tampoco hay noticias hoy —le respondió el joven con una semi sonrisa, dejando que su cabellera castaña fuera picada por un cuervo mientras lo alimentaba.
Los días eran generalmente así cuando le tocaba trabajar limpiando jaulas y alimentando aves. Ansiosa esperaba por noticias de alguien querido, pero nunca llegaban. Era como si todos se hubiesen olvidado de su existencia y el invierno no sólo hubiese llegado a Konoha, sino que también a su solitaria vida.
El frío de la estación había llegado mucho antes de lo que ella había anticipado el día en que Sasuke Uchiha se paró frente a ella despidiéndose hasta su próximo encuentro debido a un viaje que debía realizar. Una bufanda roja envolvía su cuello, sus manos mantenían guantes de gruesa lana que ella misma había tejido y sus hombros eran cubiertos por una capucha de color beige. Portaba el protector de frente en una bandana a través de su cabello que lucía mucho más largo que de costumbre ahora que había decidido que eso no lo hacía parecerse a su hermano mayor.
Hinata cerró los ojos un momento y recordó su rostro ese día, sonriendo con melancolía.
Se veía tan distinto, mucho más adulto que el niño con quien había entrenado todos esos años. Había algo que lo había hecho crecer de golpe y los días de infancia parecían quedar atrás. Sus hombros eran más anchos, medía al menos diez centímetros más que hacía un año, su voz se había vuelto más ronca y sus manos más grandes.
Lo envidió; ella también quería avanzar con él, crecer, ser una adulta… pero siempre egoísta, Sasuke no la había llevado con él a ese lugar en que los juegos de niñez quedaban olvidados. Había crecido solo mientras que ella se miraba al espejo y no encontraba diferencia alguna con la pequeña niña que le temía a todo.
—Quiero ser un experto en kenjutsu también —le había dicho ese día mientras se despedía sin mirarla, con el rostro fijo en algo en el horizonte—. Los únicos que me pueden ayudar a dominar la espada son los samuráis del país del hierro. Por eso debo ir a ese lugar. Es parte de mi camino.
—¿Por qué no puedo ir contigo entonces? Somos un equipo.
—Porque… es algo que debo hacer solo. Cada uno de nosotros tiene cosas que hacer en esta vida, metas que cumplir. Intenta buscar la tuya… algo que sea sólo tuyo, y entenderás —se dio la vuelta sin dejarla responder—. Naruto me pidió que te cuidara mientras no estaba aquí, pero… me he dado cuenta que no necesitas que nadie te cuide. Eres la mejor kunoichi que conozco —las mejillas de Hinata se sonrojaron—. Nos volveremos a ver pronto, Hinata. Entrena para que no sea tan fácil vencerte —dijo en forma de burla.
No obstante, estaba casi segura que había tristeza en su voz. Una melancolía que intentó cubrir con un velo de bromeo, burlándose de ella como solía hacerlo.
No lo había visto en cinco meses ya y desde ese día no sólo le faltaba un pedazo a su corazón, sino dos: Sasuke y Naruto.
Nunca pensó que perder a alguien que la trataba tan pobremente como Sasuke fuese a hacerla sentir tan vacía, pero lo hacía. Nada tenía el mismo sabor, las cosas que realizaba día a día no le parecían suficiente y muchas veces deseó tener a su derecha a Sasuke, aunque no dijese nada y pareciera molesto con ella.
Se sentía realmente sola.
Su vida se resumía en entrenar en el dojo junto a Neji o Hanabi, ayudar a Shikamaru en la Academia, realizar misiones con otros genin, limpiar las jaulas de las aves mensajeras y completar sus estudios de ninjutsu médico junto a Tsunade.
En esto último encontró una leve fuerza que le ayudó a sobrellevar su soledad. A diferencia de Ino y Sakura que parecían naturalmente buenas cuando se trataba de aprender complicados ninjutsus médicos para sanar prácticamente cualquier cosa, su habilidad se enfocó en la creación de medicinas, ungüentos, jarabes y píldoras. De alguna forma que ni si quiera Hinata podía explicar, era buena en ello. Muy buena. Quizás era por su amor a la botánica y su afinidad para poder reconocer casi cualquier planta y saber sus propiedades, pero Tsunade pronto encontró en ella una aprendiz modelo de lo que significaba poder sanar un paciente a través de medicinas naturales y no ninjutsu. Desde entonces la llenaba día a día de antiguos escritos y manuales sobre medicina, raíces, hojas, flores, hierbas, cortezas, árboles, frutos, animales y cualquier cosa que los shinobis hubiesen descubierto sobre los usos de estos productos para la creación de medicamentos.
Se encontraba leyendo anaqueles antiguos del clan Senju sobre las propiedades de las raíces cuando de pronto alguien se paró al otro lado de la puerta de papel de su habitación, haciendo que se sentara derecha en su escritorio y mirara en esa dirección esperando saber qué sucedía para que interrumpieran sus estudios.
—Hinata-sama. Hay alguien esperando en la sala de té por usted —dijo una voz masculina.
—Muchas gracias Ko, iré enseguida —respondió Hinata cerrando los apuntes con cuidado y soplándolos para dispersar el polvo con que estaban cubiertos.
Se puso de pie con cuidado, se miró al espejo para asegurarse de que se veía lo suficientemente decente para recibir una visita y se dirigió calmadamente por los largos pasillos de la mansión Hyūga. Los pisos de madera rechinaban con cada paso que daba, hasta que llegó frente a la puerta de madera y papel que la separaba del salón del té. La corrió hacia un costado y se sorprendió mucho de ver a un cierto pelinegro en su casa.
—Shikamaru-kun… —susurró asombrada, para luego hacerle una reverencia—. Bienvenido a mi hogar, ¿Puedo servirle algo de té?
—No es necesario —dijo un tanto incómodo con la formalidad de Hinata—. Tsunade-sama me mandó.
—¿Sí? ¿Su-sucede algo? —le preguntó un poco confundida.
—Vengo a traerte el libro del clan Nara en que se estudia las propiedades de las píldoras que consume el clan Akimichi —le explicó Shikamaru apuntando sobre la mesa al gigantesco libro—. Tsunade-sama desea que lo leas.
—Muchas gracias Shikamaru-kun, lo leeré cuanto antes y te lo devolveré.
—Ah… no te preocupes por ello. Hazlo cuando puedas —dijo poniéndose de pie para salir de la habitación.
—¿Ya te vas?
—Sí, tengo una molesta misión —respondió un tanto desanimado.
—Puedo preguntar, ¿qué misión te asignaron?
La curiosidad era justificada. Shikamaru era el único chūnin entre los chicos de su edad. Parecía interesante saber qué tipo de cosas tenía que hacer. Además, sus propias misiones habían consistido en barrer nieve, hojas, proteger techumbres, alimentar aves, cuidar niños y muchas otras cosas que difícilmente se asemejaban a lo que una kunoichi debió haber estado haciendo. Más bien, parecía que la llamaban cada vez que necesitaban mano de obra para limpiar o reparar algo.
—Me asignaron para darle la bienvenida a un grupo de personas que viene desde la aldea de la Arena. Realmente no quería participar en ella después de lo ocurrido en el torneo chūnin, pero no hay nada que pueda hacer al respecto —dijo suspirando.
—¿De qué se trata? —preguntó Hinata sorprendida, recordando aquellos días que pasó en el Hospital de Sunagakure con el brazo herido. Cuando hacía frío, aún le dolía el lugar en donde Samehada había rasurado su piel y portaría una fea cicatriz en el lugar el resto de su vida.
—Debo darles la bienvenida y mostrarles la aldea. Nada especial ni muy complicado, pero la Hokage desea que todo salga a la perfección pues el Kazekage estará en la comitiva del país del viento. Una mujer muy molesta estará con él y no me agrada para nada la idea de compartir mucho tiempo a solas con ella —dijo suspirando.
—¿Podría preguntarte algo un tanto incómodo?
—Algo me dice que estás a punto de pedirme algo problemático.
—¿Po-podrías incluirme en dicha misión? —preguntó Hinata sintiéndose sonrojar—. No he tenido nada que hacer en tres semanas. B-bueno, aparte de limpiar jaulas.
—Estaba formando el grupo que me acompañará. Iba a pedirle a Neji que me ayudara, pero si tú quieres ir y ayudar, me quitarías un peso de encima —dijo tomándose la frente—. Tengo la impresión que no le agrado mucho a tu primo.
Hinata negó sonriendo y moviendo la cabeza de un lado a otro. Neji y su rostro de pocos amigos siempre causaban esa impresión, pero no era realmente como si odiara a todos.
—Él es así con t-todos, descuida —dijo tapándose la boca para no reír.
—Como sea, nos vemos mañana a las siete de la mañana en la puerta de Konoha —dijo Shikamaru poniendo sus manos dentro de los bolsillos y caminando hacia la entrada de la habitación.
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No había nada que Gaara odiara más que el frío. Estaba acostumbrado al clima cálido de Sunagakure, al viento, a la arena, a esa sequedad que hacía que la piel se quebrara y que las noches fueran como el día, calurosas, húmedas. En cambio ese lugar cubierto de nieve lo hacía sentir como un completo extraño, como un pez fuera del agua. Extrañaba la arena, el sonido del viento, las calurosas tardes mirando el horizonte desde su ventana. Se imaginaba lo hermosos que debían ser esos bosques en primavera, pero en invierno, eran una tortura.
Viajar al país del fuego un año después de su misión con Sasuke Uchiha y Hinata Hyūga lo llenó de una sensación de paz que no pensó descubrir. Había hecho amigos esos días y aquello lo mantenía con una leve sensación de nerviosismo ante la expectativa de volver a verlos. Se preguntaba si Sasuke seguiría siendo el tipo hostil y extraño que había conocido, recorriendo ese camino de venganza que lo llevaba a una extraña autodestrucción; tal vez Hinata seguía siendo esa misma niña dulce que le ofreció comida en medio de la noche, cuya admiración por Naruto era comparable con la suya.
Volver a verlos sin duda era algo que había estado anticipando con ansias durante los meses anteriores mientras planificaba ese viaje junto al consejo de Sunagakure.
Sólo, que Gaara del desierto no volvía como un chūnin, sino como el Kazekage del país de la Arena.
—¿Estás bien Gaara? —le preguntó Temari a su lado cuando lo escuchó suspirar.
—Sí.
Su hermana había insistido en ir con él, aunque no hacía falta. Con él era más que suficiente para poder cuidarse durante el arduo camino hasta Konoha. No obstante, no sólo Temari había insistido en ir, a su derecha Kankuro se mantenía en silencio, acompañándolos expectante e intentando calentar sus manos del frío que los había cubierto.
Ninguno de sus hermanos estaba muy feliz de volver a Konoha después de su misión fallida. Antes habían sido enemigos del país del Fuego, pero ahora volvían como aliados y aquello los ponía más ansiosos que de costumbre. Ninguno lo habría admitido, Temari por orgullo, Kankuro por soberbia, pero podía ver que estaban incómodos de volver a ese lugar.
Gaara también estaba nervioso. Para él había mucho más en juego; era su primera labor oficial como el Kazekage de la Arena. Estaba demostrándoles a sus compatriotas que podía ser un chico normal; había encontrado su camino hacia el resto apartándose de esa ruta de intensa soledad que había recorrido tanto tiempo. Pero no era un chico normal, ahora debía comportarse como un adulto y poder representar la voluntad de los cientos y miles que vivían atrás de las altas murallas de la aldea de la Arena.
Las puertas de Konoha se hicieron visibles y entonces vio al pequeño grupo de shinobis que los esperaban, entre ellos, un rostro conocido que casi le saco una suave sonrisa. Pero no lo hizo. Permaneció estoico e inexpresivo como siempre observándola mientras se acercaban a ellos.
—Bienvenidos a Konoha —dijo el muchacho con que Temari había luchado en los exámenes Chūnin. Si no se equivocaba su nombre era Shikamaru—. Tsunade-sama me pidió que les mostrara la aldea antes de llevarlos con ella.
—Ah. Gracias —respondió Gaara observando como Temari de pronto se ponía tensa.
Conociendo a su hermana como lo hacía, estaba seguro de que aún no había olvidado la forma en que ese hombre la había vencido frente a todas esas personas. Su orgullo como kunoichi se vio ridiculizado ese día y de seguro aquello no se había borrado de sus pensamientos tan fácilmente. Así era Temari, una depredadora por naturaleza que no aceptaba que un hombre la menoscabara, menos en público. Aunque finalmente hubiese ganado porque el chico se había rendido, aquella sería una espina que la joven llevaría por siempre en su memoria.
—¿El Kazekage no venía con ustedes? —preguntó Shikamaru.
—Lo estás observando —respondió Temari con seriedad.
—Gaara es el quinto Kazekage de la aldea de la Arena —añadió Kankuro con una sonrisa astuta.
Gaara permaneció inmóvil e inexpresivo, quitándole su atención a Shikamaru y caminando hacia la persona que realmente quería saludar de la pequeña comitiva que se había formado para recibirlo. Entremedio de varios shinobis que no conocía y que realmente no tenía interés en conocer aparecía un par de ojos opalinos que lo observaban con sorpresa y al mismo tiempo felicidad.
—Hinata-san —dijo mientras Temari y Shikamaru intercambiaban palabras que parecían un tanto hostiles—. Me alegra que nos encontremos nuevamente.
—Gaara-kun… di-digo, Kazekage-sama —expresó emocionada y hasta sorprendida de verlo nuevamente, ahora hacia arriba—. Está… distinto.
—¿Distinto?
—Más alto —dijo ella sonrojando levemente.
No se había percatado del paso del tiempo en él. Era cierto que ya no era un niño y que haber asumido el puesto de Kazekage lo había hecho madurar de golpe, pero no esperó que alguien a quien no veía hace tanto lo notara.
Ella también estaba cambiada. Su cabello era largo, su rostro había perdido la redondez de la infancia y su cuerpo tomaba forma del de una mujer. Lo único que no cambiaba aún a sus ojos era la forma en que vestía con ropa mucho más grande de su talla y ese leve sonrojo en sus mejillas que evidenciaban su timidez.
—Tu cabello ha crecido. Recuerdo que era más corto —dijo con suavidad sintiendo esa complicidad y confianza que le daba la heredera de los Hyūga. Era una joven amable y gentil, ideal para conversar después de tantos días caminando en silencio.
—Lo deje crecer —respondió ella tocándose las puntas un tanto avergonzada.
—Ya veo.
Miró entre las personas esperando encontrar el rostro amargado y desconfiado de Sasuke, pero no lo vio. Aquello era extraño, él seguía a su compañera como una sombra todo el tiempo y esperaba que de un momento a otro llegara entre ambos con algún comentario desagradable listo para intervenir en su acercamiento.
—¿Dónde está Sasuke? —preguntó mirando entre los rostros desconocidos.
—Él no se encuentra en Konoha —respondió Hinata con una sonrisa un tanto forzada.
Notó que decirlo le trajo tristeza. Era muy buena escondiendo sus sentimientos, pero el brillo en sus ojos que había mostrado cuando lo vio se apagó con la mera mención del nombre de su compañero, aunque seguía sonriendo.
—¿Y Naruto? —preguntó Gaara, mucho más interesado en el paradero de éste que el de Sasuke Uchiha.
—A-aún no he tenido noticias de él.
La sonrisa desapareció por completo. El dolor de aquellas palabras era imposible de esconder. Gaara se percató entonces que algo sucedía que la joven no estaba diciendo. Que Naruto y Sasuke se encontraran fuera de la aldea al mismo tiempo mientras ella estaba ahí era extraño. Konoha no dividía así como así a sus grupos genin.
No obstante, el Equipo Siete no era como los demás. Naruto era un chico especial que escondía un gran secreto dentro de él (al igual que Gaara) y Sasuke era el último miembro vivo de un clan legendario cuyas proezas habían alcanzado incluso al país del Viento, sin mencionar que Hinata era la heredera de uno de los clanes más importantes de Konoha y quizás de todo el país del Fuego. El equipo siete tenía personas importantes dentro de él y quizás el trato que recibieran de parte de las autoridades de Konohagakure fuese distinto también.
—Me gustaría poder decirle dónde están o cómo están, pero no lo sé —continuó Hinata juntando sus manos a la altura de su vientre—. No han llegado noticias de ninguno de los dos —repitió escondiendo su melancolía con una sonrisa vacía.
—Ya las tendrás —le aseguró Gaara cerrando los ojos y caminando con ella siguiendo a Shikamaru y Temari.
—Por casualidad… tú… ¿No lo has visto? A... a Naruto-kun
—No —respondió Gaara.
Que más le hubiese gustado que sentarse y agradecerle a Naruto por abrir sus ojos ante el verdadero significado de ser un shinobi, conversar sobre lo difícil que había sido poder ganarse la confianza de aquellos a quienes había odiado con tanta intensidad y convertirse en una herramienta útil para su propia Villa tomando el puesto de Kazekage.
—No he sabido nada de él —respondió finalmente luego de un meditado silencio.
—Entiendo.
—Espero poder verlo pronto —dijo Gaara estoicamente, dejando escapar una mueca parecida a una sonrisa, algo que Hinata pareció notar, pues también sonrió.
—También yo.
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Los días en que Gaara, el Kazekage del país de Viento, pasó en Konoha fueron divertidos para Hinata. Al ser parte de la comitiva de bienvenida pasó bastante tiempo con él, Shikamaru, Temari y también el extraño hermano de Gaara a quien llamaban Kankuro y con el cual no había tenido mucho tiempo de compartir cuando visitó la aldea de la Arena.
Acompañados de Shikamaru, pasaron sus ratos libres en la barbacoa, patinando sobre el hielo, jugando con la nieve e incluso hubo una ocasión en que Temari fue lo suficientemente amable para entrenar junto a Hinata mientra Shikamaru y Gaara se reunían con Tsunade y Kankuro aprovechaba de conocer Konoha.
—Este lugar es bastante frío en el invierno —dijo de pronto Temari clavando su enorme abanico contra el hielo.
El entrenamiento había acabado. Temari era la vencedora.
—Un poco… —respondió Hinata intentando ponerse de pie luego de haber sido barrida con fuerza por los jutsus de viento.
La mujer caminó hacia ella con las manos en las caderas mirándola con severidad. Su temple era tan solemne y agraciado que Hinata no pudo evitar sonrojarse ante su propia debilidad. Temari podía ser descrita como una persona cruel, pero sólo entonces notaba que tan cierto era aquello. Realmente la intimidaba con esos ojos firmes y su postura corporal altanera, siempre con la cabeza en alto, nunca mirando a nadie como un superior.
—Sigues siendo tan transparente como la última vez que nos vimos —dijo finalmente después de analizarla un momento—. Te dije que una kunoichi no debe mostrar sus sentimientos. Tal vez todo esto te frustra, pero intenta ocultarlo en lo más profundo de ti. Un enemigo tomaría ventaja de tus sentimientos en combate –sus palabras eran frías y duras. Hinata las recibió como nuevos golpes.
—Intento mejorar, p-pero…
—¿Pero qué?
—Sigo siendo arena.
En su estancia en el país del viento, Temari le había dicho que debía volverse tan dura como una roca o terminaría siendo arena. La había recriminado por mostrarse tan transparente en lo que sentía y le había recalcado que no por ser mujer debía comportarse como tal en el mundo shinobi.
…¿Sabes de que está hecha la arena? De rocas que se volvieron blandas por el golpe del viento…
—Entonces vuélvete una roca —dijo sonriéndole con alegría. Hinata se sorprendió al verla estirar su mano en su dirección para ayudarla a ponerse de pie.
—¿A-Acaso la arena puede volverse una roca, Temari-san?
—No, la arena nunca puede volverse una roca —dijo Temari sin hesitarlo un momento—. Pero tú no eres arena. Sólo necesitas encontrar la forma de vencer el viento. Creo que en el fondo lo sabes, pero necesitas que alguien te lo recuerde de vez en cuando. Hinata. No deberías necesitar que alguien te recuerde que vales más que esto.
El entrenamiento llegó hasta ahí y Temari se pasó el resto del día dándole consejos sobre cómo vencer su propia debilidad, recalcando que lo más importante estaba ya sembrado en su interior y eso era el ánimo de mejorar y querer volverse una de las kunoichis más grandiosas de Konoha. Ese era el destino que ella misma estaba forjando con entrenamiento.
Pronto los días pasaron y la visita de la comitiva del País del Viento llegó a su final.
La familia Hyūga recibió al Kazekage como una visita de honor cuando éste fue a tomar té con Hinata antes de volver a Sunagakure, demostrando toda la opulencia con la cual vivían. Hinata se sintió levemente avergonzada con ello. Nunca antes su familia había recibido con tantos lujos a ninguno de sus amigos, pero claro, ni Sasuke ni Naruto eran la persona más importante de un país completo.
A pesar de ello, hubo miradas llenas de recelo cuando la comitiva de Sunagakure entró al complejo Hyūga. Al parecer, los familiares de Hinata no habían olvidado del todo el incidente en que la aldea de Konoha casi fue destruida por ellos. Ahora ambos países eran aliados, no obstante aquello, roces eran innegables y la tensión crecía con cada momento en que Gaara, Temari y Kankuro tomaban té sentados en el amplio salón de los Hyūga, rodeados por ojos opalinos.
—Es un placer recibirlo en mi casa, Kazekage-sama —dijo Hiashi Hyūga haciendo una reverencia mientras entraba al salón seguido por Hanabi quien usaba un kimono que alguna vez había pertenecido a Hinata.
—El placer es mío —respondió Gaara.
—Espero que el té sea de su gusto —expresó mientras tomaba asiento frente a Gaara y justo al lado de Hinata.
—Lo es.
El resto del té pasó en un extraño silencio. Temari era quien más incómoda parecía frente a toda esa opulencia y sus hombros se veían notablemente tensos a pesar de que sus modales eran tan refinados como podían serlo. Shikamaru la observaba de reojo, tal vez preguntándose cómo era posible que alguien a quien se le había descrito como la kunoichi más cruel conocida pudiese ser tan fina para sostener una taza y llevarla a sus labios.
Gaara intercambió un par de palabras con Hiashi Hyūga sobre el comercio del país del Viento, medidas de seguridad y alabanzas por la organización efectiva del clan Hyūga. Hinata se sentaba al lado de su padre observando los ojos cian del joven, su rostro levemente más cuadrado, su cabello un tanto más largo y lo ancho que ahora se veían sus hombros. El tiempo había cambiado a Gaara sin duda, por lo cual se preguntó si a los ojos de éste, ella también ahora luciría como una mujer o seguiría siendo la misma chica de antes.
De pronto éste la miró de vuelta, sorprendiéndola en su análisis.
No pudo evitar sonrojar y hundir sus labios nuevamente en el té.
—¿Qué tal si le muestro los jardines Kazekage-sama? —preguntó de pronto Hiashi bajando su taza.
Gaara sólo asintió en silencio, levándose de la mesa junto al líder del clan, quien le dio una mirada a su hija indicándole que era momento de que ella también lo siguiera.
Hinata se puso de pie rápidamente y los siguió junto a Temari, más atrás de Hanabi quien caminaba junto a Shikamaru y Kankuro. Recorrieron los pasillos exteriores del complejo Hyūga escuchando la historia de Hiashi sobre como el clan se había allegado tempranamente a Konoha y la forma en que se hacían las cosas desde entonces. Para Hinata quien ya conocía la historia de memoria resultó algo tedioso, pero no imaginó que también lo era para Temari, quien de pronto se detuvo junto a ella tomándola del brazo.
—Hay algo que me ha dado vueltas en la cabeza Hinata —dijo justo cuando el resto pareció levemente más alejado de ellas—. Tu grupo se conforma por Naruto y Sasuke, ¿no?
—Así es, y Kakashi sensei —respondió sintiendo el frío del exterior golpeando sus mejillas.
—No obstante, tú estás aquí. Sola. Divirtiendo una comitiva de personas —la dureza de la voz de Temari la hizo sentir más frío que el clima—. ¿No debería una genin aprovechar su tiempo entrenando? Tienes mucho que hacer aún si quieres subir de rango eventualmente.
—He entrenado y estudiado también… co-con Tsunade-sama en el hospital —explicó Hinata rápidamente mientras veía cómo Shikamaru observaba de reojo a ambas desde adelante.
No pudo evitar sentir un poco de vergüenza. Temari estaba cuestionándola sobre sus habilidades como ninja frente a un compañero que ya era un Chūnin, mientras que ella seguía siendo genin, básicamente porque había rechazado realizar el examen sin Naruto en el equipo, aunque Sasuke había insistido en ello varias veces.
—Pero no es ninjutsu médico a lo que te dedicas como tu especialidad, a diferencia de la compañera de Shikamaru y esa tal Sakura Haruno —dijo Temari mientras observaba las fuentes de agua congelada—. Tu gran ventaja son tus ojos, ¿no?
—Supongo… —respondió Hinata levemente incómoda.
—¿Por qué no entrenar con ellos entonces en vez de perder tiempo en esto?
La pregunta dio vueltas en su cabeza el resto de la velada, inclusive cuando caminaba con el resto hacia la entrada de Konoha para despedir a los visitantes.
Era cierto, su especialidad era el dojutsu con el cual había nacido, el byakugan. No obstante, nadie le estaba enseñando cómo utilizarlo, cómo mejorar con éste, ni las formas en que los Hyūga aprovechaban esa ventaja en batalla.
Kakashi sensei había intentado hacerla mejorar cuando se trataba de su velocidad y realmente se lo agradecía, Gai sensei la había ayudado a moverse con la gracia de un usuario experto en taijutsu, Sasuke la había hecho correr como si su vida dependiese de ello para mejorar su estamina, pero nada de eso servía si nadie le estaba ayudando a mejorar con su dojutsu.
Mientras caminaba por las calles nevadas junto a Gaara, no pudo evitar pensar en que Naruto estaba entrenando con un legendario shinobi, Sasuke estaba aprendiendo kenjutsu con los maestros de la espada, los samurái, pero ella… ella estaba muy atrás sólo esperando que ellos volvieran sin hacer nada por mejorar aparte de entrenar de vez en cuando con Neji.
—Tu casa es bonita —dijo de pronto Gaara, irrumpiendo sus pensamiento— y tu familia hospitalaria.
—Gracias Kazekage-sama —respondió intentando ocultar su preocupación, tratando de pensar en algo más alegre. No quería despedir a Gaara luciendo tan triste.
—Los Hyūga son respetados como grandes shinobis incluso en Suna —dijo parando en el puente que había sobre el río Naka en medio de la ciudad—, y tú serás la heredera de todo ello.
—Espero poder mantener el honor de mi familia como se espera de mí —le respondió Hinata mirando el río congelado sobre la barandilla del puente, deteniéndose junto a Gaara.
—¿Ese es tu sueño? —preguntó un tanto dubitativo. De seguro no quería incomodarla.
—¿Mi sueño?
—Sí.
—Es uno de ellos —respondió con una suave sonrisa melancólica—. Quiero ser una líder fuerte para los míos. Por eso entreno la mayoría del tiempo —Hinata le sonrió con más fuerza dejando de lado su timidez—. No nací siendo naturalmente talentosa en nada… e-excepto tal vez prensar flores. Por lo cual debo esforzarme el doble que el resto y hasta el triple, para así poder alcanzar mis propias metas y sueños.
Gaara la miró de reojo un momento para luego asentir en silencio. El ruido de la nieve cayendo y el viento soplando los cubría como un suave manto.
—¿Hay algo molestándote, verdad? —preguntó finalmente el Kazekage de la arena.
Observó a Temari y Kankuro con fijeza; entre ellos parecieron comprenderse, pues continuaron avanzando por el camino sin detenerse a esperar por él. Gaara era una persona muy privada con sus asuntos personales y tal vez la conversación que estaba a punto de tener con Hinata era algo que no deseaba compartir con sus hermanos.
Cuando estuvieron aparentemente solos, Hinata se atrevió a responder su pregunta, sin saber por qué ese chico le daba la confianza para abrir su corazón y compartir su gran temor.
—Naruto-kun y Sasuke-kun avanzan sin mí —respondió finalmente observando como la nieve caía como plumas del cielo—. Pero, a pesar de mis esfuerzos, pareciera que no estoy cerca de alcanzarlos. Naruto-kun solía decir que… s-sólo con trabajo duro podemos alcanzar nuestros sueños y que no hay atajos para ello, y realmente sigo sus palabras, no obstante… no es suficiente.
—Y tiene razón —dijo Gaara lentamente poniendo una mano sobre la baranda, observando la nieve que caía con detenimiento—. No hay atajos para lograr nuestras metas.
—Quiero avanzar con ambos. No quiero quedarme atrás —Hinata bajó el rostro con tristeza.
—Lo estás viendo mal —dijo Gaara mirando las aguas congeladas del río.
—¿Mal? ¿Por-por qué?
—Porque aunque tengan la oportunidad de hacerlo, ni Naruto ni Sasuke avanzarían sin ti —explicó Gaara, haciendo que Hinata lo observara con sorpresa—. Si ambos se están volviendo fuertes a través del entrenamiento, es por ti. Para Naruto, Sasuke y tú son las personas que desea proteger, sin importar qué. Eso me dijo cuándo luche con él hace años. Y Sasuke… te protege como si fueras su única familia. Ninguno de ellos estaría dispuesto a ir por un camino donde tú no seas parte de él.
Esas simples palabras de alguien que apenas la conocía le trajeron más paz de la que hubiese sentido los últimos cinco meses. Cerró los ojos con cuidado, puso una mano en su pecho y sonrió. No importaba lo lejos que estuviesen Sasuke y Naruto… estaban ahí con ella porque los llevaba en su corazón y también en sus pensamientos. No la dejarían atrás, porque ella correría si era necesario para alcanzarlos. Sasuke y Naruto eran su familia, sus amigos, las dos personas más importantes en su vida. No los dejaría avanzar sin ella y estaba decidida a hacer lo que fuera para caminar junto a ellos.
Sabía exactamente lo que tenía que hacer.
De pronto escucharon pasos atrás de ellos. Se voltearon lentamente y descubrieron a Temari y Kankuro observándolos con una sonrisa llena de complicidad.
—Gaara, ¿cuánto tiempo más vas a congelarte en medio de la nieve? —le preguntó Temari.
—Nunca antes te vimos tan entusiasmado por morir de frío —dijo Kankuro con media sonrisa.
—No es de su incumbencia —respondió el pelirrojo con su voz ronca.
—Tenemos que partir pronto de vuelta o nos quedaremos atrapados en la tormenta que se avecina —insistió Temari.
—Ah… eso —dijo Gaara mirando el cielo—. Partiremos entonces.
—No quería interrumpir, pero estos dos insistieron… —dijo Shikamaru levemente incómodo por la cercanía entre ellos.
—No interrumpen —dijo Gaara sin inmutarse.
El grupo comenzó a caminar hacia la entrada de Konoha, listos para las despedidas. El mundo de Hinata volvería lentamente a volverse gris ahora que las personas que habían traído un rayo de luz a su vida volvían nuevamente a sus hogares. Pero era inevitable, Gaara y sus hermanos no pertenecían a la aldea de Konoha y sus responsabilidades estaban esperándolos de vuelta en Sunagakure.
Kotetsu e Izumo estaban en la entrada de la aldea, luciendo muertos de frío en la puerta. Shikamaru se acercó a ellos dándoles las instrucciones necesarias para informar que el Kazekage y su comitiva regresaban a su aldea.
Hinata escuchó con melancolía la forma en que los chūnin se despedían de los visitantes, pensando que hubiese sido grandioso si se hubiesen podido quedar tan sólo un poco más. Tal vez si hubiese tenido una mujer tan fuerte como Temari en la aldea como un ejemplo a seguir, su entrenamiento se hubiese vuelto mucho más efectivo. Una maestra como ella no era fácil de conseguir, por algo se decía que Temari era una de las kunoichis más letales de las cinco grandes naciones shinobi.
Posó su mirada en el camino, preguntándose qué era lo que esperaba a Gaara adelante, cuando de pronto vio dos figuras acercarse.
En un comienzo pensó que serían dos shinobis más que regresaban de alguna misión, pero cuando las figuras comenzaron a aclararse en la niebla su corazón se detuvo.
—Kakashi-sensei… Sa-Sasuke-kun —susurró.
Definitivamente su corazón se detuvo entonces ante la claridad que le otorgaban sus ojos. No era una ilusión, realmente eran ellos que volvían a Konoha después de cinco meses de ausencia.
Sus piernas comenzaron a caminar hacia ellos, lentas en un comienzo, corriendo al segundo siguiente como si su vida dependiera de ello, con la sonrisa más sincera que hubiese mostrado en meses. Su maestro y su mejor amigo estaban ahí, tan cerca que podría haber estirado su mano para tocarlos, estaban vivos, estaban sanos y en una pieza. No cabía más espacio para el júbilo que comenzaba a experimentar olvidándose por completo de la melancolía de tener que despedir a Gaara.
Se paró frente a ellos a unos tres metros, deteniéndose, casi sin aliento por el frío. Las nubes de vapor de su respiración abandonaban sus labios evidenciando que el clima no mostraba compasión ese invierno.
—¡Hola Hinata! —la saludó Kakashi con una actitud casual, como si la hubiese visto sólo horas antes—. Luces más alta.
—No es cierto —dijo Sasuke mirándola sin expresión en su rostro—. Luce exactamente igual.
—Creo que está más alta.
—Es porque nunca te fijas en nosotros Kakashi.
Entonces, los ojos de Hinata se posaron en los de Sasuke. Su corazón comenzó a latir con fuerzas y sus mejillas se sonrojaron en una sonrisa que no pudo ocultar. Su nariz cosquilleaba ante la idea de comenzar a llorar de felicidad por verlo nuevamente. Su amigo, su compañero estaba ahí nuevamente con ella. No tendría que volver a estar sola porque él había vuelto a su lado. Podía sentir nuevamente el significado de lo que era estar feliz luego de meses en que esa sensación parecía escaparse de ella.
Sasuke por su parte permaneció inmóvil, luciendo frío como siempre, inexpresivo y un tanto incómodo por el desplante de sentimientos que se evidenciaban en el rostro de su compañera. Puso una mano en su cuello y esperó que ella dijera alguna cosa para quebrar ese incómodo silencio entre los tres.
—Han… han vuelto —susurró Hinata pasando su puño por los ojos, secando rápidamente las lágrimas que amenazaban con recorrer sus mejillas.
—Claro, no podíamos irnos para siempre —respondió Kakashi con alegría.
—No me perdería tu cumpleaños —dijo Sasuke y media sonrisa se formó en su rostro—. Imaginarte pasando ese día en el cementerio se me hizo un tanto patético.
—¿Mi cumpleaños?
—Mañana es tu cumpleaños —expresó el pelinegro levantando una ceja.
Era cierto. Al día siguiente celebraría su cumpleaños, aunque celebrar no era precisamente la palabra que hubiese empleado. Sasuke tenía razón, durante ese día la familia Hyūga visitaba la tumba en la cual Hizashi Hyūga había sido enterrado. No obstante, Sasuke se había acordado de ese día y había vuelto para que no estuviese sola… no la había abandonado, había estado todo ese tiempo pensando en ella tal como Hinata había estado pensando en él. Ese conocimiento hizo que su estómago cosquilleara de felicidad.
—Sasuke-kun…
Quizás fue que no lo había visto en meses o tal vez que hubiese vuelto justo en la época en que más sola se sentía… pero sus piernas se movieron casi por instinto en su dirección para rodearlo con sus brazos.
—¿Qué haces? —exclamó Sasuke intentando liberarse—. ¡Ya suéltame! Que molesta eres Hinata.
Continuó intentando empujarla, separarse de ella, pero los brazos de Hinata apretaron con más fuerza. Su cuerpo se sentía mucho más firme que antes, más ancho, más alto… Sasuke se estaba convirtiendo en un hombre y ella se había perdido los últimos meses de ello. No quería volver a perdérselo, no quería que él se volviera a alejar de ella. Quería pasar el resto de su vida juntos sin importar lo que pasara, para siempre, por siempre. No permitiría que el equipo se volviera a separar y cuando Naruto volviese serían nuevamente invencibles, serían una familia y ella los mantendría unidos, pasara lo que pasara.
—Dije que me soltaras… ¿Qué tipo de bienvenida es esta? Te estás comportando como esas acosadoras y…
Sasuke calló. Lentamente su cuerpo se fue paralizando y Hinata lloró de alegría contra su pecho cuando sintió una de las manos de su compañero posarse sobre su cabeza. Lo apretó con más fuerza, sintiéndose ese aroma masculino que emanaba de él, su corazón latiendo con rapidez, su cuerpo relajándose entre sus brazos.
Y ante los ojos de Gaara, Kakashi, Kankuro, Temari y Shikamaru… Sasuke Uchiha la abrazó de vuelta cuando se dio cuenta que no habría forma de que ella lo dejara ir.
—Sigues siendo una gran molestia, Hyūga.
