CAPITULO 33
EL NINDO DE HINATA
๑
๑
๑
—¡Asombroso Sasuke nii-chan! —exclamó Konohamaru con asombro dejando escapar una pequeña nube de vapor por su boca debido al frío.
—Hn —fue la única respuesta de Sasuke Uchiha, quien no veía nada fuera de lo común en lo que acababa de hacer.
Volvió a poner su chokuto en el lugar que ocupaba alrededor de su cadera y vio como caían todas las cabezas de los muñecos de práctica de la Academia sobre la espesa nieve. A pesar del frío, sus manos se movían con una precisión quirúrgica, tal como se había entrenado a sí mismo para actuar en cualquier clima o condición.
—¡Genial! —gritó Udon.
—Que fuerte es… —susurró una niña mirándolo con ojos de enamorada.
—Es un Uchiha —murmuró otra pequeña suspirando con un leve sonrojo en su rostro.
Su trabajo en el país del Hierro había rendido sus frutos. Podía decir con absoluta certeza luego de memorizar la mayoría de los movimientos de los samuráis con su sharingan, que era un experto en kenjutsu. Había sido el entrenamiento más duro por el cual había pasado, pero se sentía sumamente satisfecho con los resultados. Ni si quiera Kakashi se le acercaba si tenía una espada en su mano y el raikiri activo en la otra.
Parándose derecho nuevamente, movió el rostro en dirección a Hinata. La observó de reojo un momento para que no se hiciera tan evidente que había estado pendiente de ella toda la mañana. A lo lejos, la joven corregía la posición de brazos de Moegi para que pudiera lanzar un kunai con más precisión, mostrándole la forma correcta de sostener el arma. Estaba completamente enfocada en su labor de enseñar con una gran disposición a responder todas las preguntas que la pequeña tuviera para ella, aunque la concurrencia a su alrededor no fuera tan numerosa como lo era con él; tenía al menos a cinco niños rodeándolo y preguntándole todo tipo de cosas cada vez que los mandaban a ayudar en la Academia.
Ignorando las voces infantiles a su alrededor que le preguntaban una y otra vez sobre su kenjutsu, se enfocó en observar a su compañera y suprimir el deseo que surgía en él de acercarse a ella y tomar su mano para sacarla de ahí.
Sacudió su cabeza, obligándose a sí mismo a actuar como un hombre y se enfocó en la nieve que había a sus pies. Era humillante sentirse así, perdido por la amabilidad de alguien más.
Hacía un tiempo esa sensación lo habría horrorizado y se habría puesto del peor de los humores insultando a Hinata mentalmente, manteniéndose lo más lejos posible de ella. Habría estado de pésimo humor culpando a Naruto por todas sus desgracias para finalmente terminar maldiciendo a ambos. Se habría dado la media vuelta y marchado, esperando en el fondo que ella lo siguiera como usualmente lo hacía sin decir palabra alguna.
Eso quedaba atrás. No estaba dispuesto a seguir actuando de esa manera ahora. Ambos habían cumplido catorce y ese nuevo año que comenzaba lo hacía sentirse mucho más adulto que antes. No tenía tiempo ni deseos de ser el mismo mocoso inmaduro que había sido antes. Un hombre se hacía cargo de sus propios problemas y eso era exactamente lo que estaba haciendo.
¿Había algo malo en mirar a Hinata? Era un hombre y ella era una mujer. Los hombres eventualmente se sentían interesados por las mujeres, de lo contrario su padre no se hubiese casado con su madre. Hasta un Uchiha podía sentirse atraído por una joven y al parecer él no era la excepción. No era un problema si no permitía que se convirtiera en uno y ahora que sabía exactamente cuál era su situación podía ponerle remedio.
Había pensado con mucho detenimiento en el asunto y había llegado a la solución más lógica de todas. Si tan sólo pasaba mucho tiempo con ella, eventualmente, se terminaría aburriendo de su presencia. Si buscaba defectos en su compañera se daría cuenta que no era la imagen perfecta que se había idealizado en su mente durante los últimos cinco meses de ausencia y todo el resto de ese invierno. Estaba seguro que nuevamente podría verla como esa torpe y rara chica con la cual había tenido la infortuna de ser compañero de equipo. Tenía que creer eso, porque a pesar de aceptar sus sentimientos hacia ella, aquello no significaba que estuviese completamente de acuerdo con estar más pendiente de una chica que de su entrenamiento y su eventual venganza. Era vergonzoso y hasta humillante sentirse así por alguien como Hinata.
—¿Dónde aprendiste eso? —preguntó Konohamaru sacándolo de sus pensamientos.
—Entrenando en el País del Hierro —respondió con simpleza.
—¿Puedes enseñarme? —lo cuestionó emocionado.
—Ni si quiera sabes lanzar un kunai con precisión y quieres aprender kenjutsu —se burló Sasuke dándole la espalda y caminando hacia el lugar en donde Hinata se encontraba.
—¡Naruto nii-chan me enseñaría! —se quejó Konohamaru siguiéndolo.
—Eso es porque Naruto es un perdedor.
Sasuke ignoró el resto de lo que Konohamaru decía. No iba a ponerse a la altura de un chico menor que él que ni si quiera salía de la Academia aún. Por el contrario, su atención se concentró en Hinata quien felicitaba a Moegi por lograr que su kunai diera en uno de los blancos que estaba frente a ella.
—Felicítala cuando golpee la cabeza o el pecho. Un kunai en una pierna no es suficiente para detener a alguien que quiera matarla —dijo con frialdad.
—Está recién aprendiendo, Sasuke-kun —respondió Hinata parándose derecha y sonriendo en dirección a Moegi.
—¿No es hora de irnos ya? —le preguntó parándose a su lado.
—Sí —respondió Hinata acomodando una hebra de su cabello atrás de su oído.
El gesto no pasó desapercibido para Sasuke, ¿cómo era posible que haciendo algo tan cotidiano una kunoichi se viera tan frágil y vulnerable? Quizás era eso lo que le llamaba la atención de Hinata Hyūga, era una caja de cosas que no podía descifrar por mucho que lo intentara. No obstante, anotó ese gesto en la lista de defectos que estaba enumerando en su mente, como algo más que lo irritaba de ella, la forma en que jugaba con su cabellera justo después de terminar de entrenar.
Debería preocuparse más de guardar los kunais en vez de estar arreglando su cabello— pensó frunciendo levemente el ceño.
Se dio la media vuelta asumiendo que Hinata lo seguiría y así fue. Esa era parte de la dinámica entre ambos. Él caminaba, ella seguía hasta alcanzarlo y posicionarse a su lado. Poder avanzar de esa forma al lado de su compañera lo hacía sentirse verdaderamente en casa después de meses de ausencia. Había algo cotidiano en toda esa rutina que llevaban a cabo que se le hacía gratamente familiar, como la calidez que se siente al estar cerca de una fogata o la sensación que se experimenta al comer onigiris recién hechos.
Sacudió su mente de ese tipo de pensamientos y sólo se concentró en una cosa: volverse más fuerte. Ese era el único medio que tenía en ese momento para aguantar el invierno y la soledad que sentía al saber que un nuevo año pasaba sin sus padres en casa, sin que nadie lo esperara allí y con Itachi vivo dando vueltas por el mundo.
—¿Vamos a entrenar? —le preguntó finalmente cuando salieron de la Academia.
—Podemos entrenar en el dojo. La nieve está demasiado alta en el bosque —respondió Hinata.
—¿Quién lo diría? —se burló—. Un poco de nieve asusta a Hinata-hime.
—La nieve no me asusta, p-pero con este frío, ¿no sería más cómodo entrenar bajo el techo del dojo? Comenzará a nevar.
—Cuando pelees por tu vida no será dentro de un dojo.
Eso finalizaba la discusión. Se haría lo que él quisiera, como siempre.
Eran pequeñas cosas como esa la que lo hacía sentir una afinidad con su compañera de equipo. No importaba cuanto quisiera hacer algo, siempre terminaba cediendo para que él se saliera con la suya. Era su naturaleza tranquila y dulce la que le cedía las discusiones sin volver a alegar.
No obstante sentirse satisfecho, intentó buscar una forma de volver esa cualidad en un defecto. Tenía que encontrar fallas en Hinata para dejar de sentirse como un tarado todo el tiempo. Decidió en ese momento mientras caminaba que el carácter de su compañera era demasiado suave y lo anotó en su mente en la lista que venía haciendo de cosas por las cuales la joven Hyūga no era la adecuada para él ni para nadie. Especialmente para Naruto.
—¿Sucede algo Sasuke-kun? —le preguntó Hinata cuando notó que su mirada había estado fija en ella demasiado tiempo.
—No es nada —respondió él con rapidez y siguió avanzando sin volver a observarla.
—¿No se ven lindas las calles adornadas para San Valentín? —preguntó ella con una sonrisa.
Todo estaba decorado con listones rojos, corazones y flores de papel. El día de san Valentín llegaría en cualquier momento y como siempre las personas de la Villa exageraban el asunto. El comercio se veía activo mientras decenas de chicas salían de las tiendas con bolsas de chocolates para regalárselas a sus enamorados.
Sasuke notó mientras caminaba que muchas de las miradas de esas jóvenes ilusionadas se dirigían a él. Se preguntó cuándo entenderían —después de años de rechazo hacia ellas— que odiaba el chocolate. Odiaba cualquier cosa que fuese dulce y empalagosa.
Podía imaginarse San Valentín ese año. Estaría todo el día escondido en el bosque intentando escaparse de las decenas de tarjetas y cajas con chocolates que usualmente recibía, irritado cada vez que alguna lo encontrara y tuviese que decirle que desapareciera de su vista antes de que la llenara de kunais como un alfiletero viviente.
—¿Por qué no nos vamos de la aldea para San Valentín? —le preguntó de pronto a Hinata, exteriorizando lo que sentía.
—No podemos irnos si no es con permiso exclusivo para realizar una misión —respondió la joven con una sonrisa—. Anímate Sasuke-kun, no creo que sea tan malo este año.
—Será peor que malo —el pelinegro suspiró—. Al menos tú no me darás chocolates, ¿o sí? —miró de reojo a Hinata, divirtiéndose con el sonrojo que aparecía en sus mejillas heladas.
—Cla-claro que no Sasuke-kun. Sé que odias los cho-chocolates y…
—¿Por qué tan nerviosa? —le preguntó de pronto frunciendo el ceño.
—Ahm… yo…
—Ya lo sé —dijo metiendo sus manos dentro de los bolsillos buscando algo de calor—. ¿Tienes planeado darme algo de cualquier modo, no? —la conocía demasiado bien. Venía haciéndole presentes desde que se formó el equipo siete.
—Yo…
—Eres tan transparente.
—Era u-una sorpresa —susurró Hinata un tanto avergonzada.
—La mejor sorpresa que podrías darme es que hoy uno de tus golpes logre acertarme.
Hinata suspiró con suavidad, bajando levemente el rostro con la mirada perdida. Fue entonces que entendió que había herido sus sentimientos. Para las chicas, esas estupideces eran importantes. Se aseguró de anotar mentalmente que Hinata no era distinta a los demás, sino que era como cualquier mujer en Konoha, se volvía cursi para San Valentín y eso era un defecto con el cual no podría vivir si decidía algún día tener una novia.
—Pensé que eras distinta a las demás, pero te encanta toda esta porquería de los chocolates y el amor —dijo Sasuke un tanto irritado.
—¿Eso es malo? —preguntó rápidamente luciendo confundida—. A muchas personas les gusta recibir chocolates en un día especial. A mí me gustan.
Las mejillas de Hinata tomaron color nuevamente y sus ojos ilusionados mostraron ese destello que sólo había ahí cuando pensaba en la persona que realmente amaba. Por supuesto, no estaba pensando en él, sino en Naruto. A ese perdedor de hecho le gustaba toda esa porquería.
Debió sentirse aliviado de que los chocolates en un futuro cercano no estarían dirigidos hacia él, pero no pudo evitar sentir celos de ello. No quería que Hinata anduviese repartiendo chocolates por ahí. De pronto, no le importó qué fuese lo que ella regalara para San Valentín, sólo que él fuese quien lo recibiera.
—¿Qué me ibas a dar? —le preguntó intentando alejarla a la fuerza del recuerdo de Naruto.
—E-es una sorpresa Sasuke-kun —respondió ella visiblemente incómoda.
—Vamos, sabes que odio las sorpresas, sobre todo las tuyas —murmuró un tanto avergonzado, pero intentando ocultarlo con su estoicismo—. Sólo dímelo.
—Tu chokuto no tiene una vaina. Mande a hacer una para ti—dijo Hinata jugando con sus dedos que estaban cubiertos en gruesos guantes de lana.
—¿Una… vaina?
—Sí.
No pudo evitar sentir mariposas en el estómago. Su chokuto, la espada sin curva que había encontrado en las ruinas del combate entre su hermano y Orochimaru, se había vuelto rápidamente en una extensión de su propio cuerpo. Había aprendido esa importante lección en el país del Hierro y ahora fuese donde fuese la mantenía cerca de él.
Los samurái pensaban que sus katanas eran la extensión de sus almas. Él no llevaba esa idea tan lejos como eso, pero consideraba que su chokuto era parte de su brazo y un medio de acortar distancias entre él y su enemigo. Cuando empuñaba su espada, se volvía alguien peligroso y lo sabía. Sólo pensar que Hinata le daría algo para envolver su espada lo hizo querer sonreír, no obstante, no lo hizo. Terminó asintiendo con disimulada indiferencia.
Hinata suspiró un tanto aliviada con la aprobación de Sasuke y continuaron caminando uno al lado del otro por las calles nevadas de Konoha, sin palabras innecesarias, sólo dejando que el viento helado los arrullara. No importaba el frío que hiciera, estar cerca de ella lo hacía sentir calidez en el pecho y aquello nuevamente se estaba volviendo irritante, pero podía soportarlo. Tenía que hacerlo. Debía actuar como un hombre y afrontar ese problema.
De pronto, miró de reojo sobre su espalda y dijo lo que venía siendo evidente por los últimos cinco minutos.
—Nos están siguiendo.
—Lo sé —indicó Hinata sonriendo suavemente.
—¿No haremos nada al respecto? —preguntó irritado.
—Seguramente quieren preguntarnos algo…
—No se los haré tan fácil.
Habían estado toda esa mañana con Konohamaru, Udon y Moegi en la Academia. No entendía qué era lo que estaban haciendo siguiéndolos por Konoha. Bueno, quizás sí lo sabía. Konohamaru estaba empecinado en aprender a usar una espada como él. No obstante, a diferencia de Naruto, él no veía el talento natural del chico Sarutobi, por el contrario, sólo lo consideraba una molestia que no dejaba de hacerle preguntas e insistir en aprender jutsus que estaban muy fuera de su dominio.
Por otro lado, que fueran tan torpes para esconderse al seguirlos le pareció más que prueba suficiente para decir que no estaban listos para ser shinobis aún, y por lo mismo, no podían estar preparados para aprender jutsus de gran dificultad. El kenjutsu no era un juego y se había demorado cinco meses en aprenderlo con los mejores maestros del mundo.
—Corramos —dijo Sasuke.
—¿Ah?
—Corre conmigo.
Tomó la muñeca de Hinata con algo de rudeza y la tiró hacia él mientras corría. Saltó al techo más próximo y volvió a dar un brinco para caer en la techumbre inmediatamente más arriba. En ese punto se detuvo y miró de reojo hacia abajo, observando que los tres estudiantes de la Academia veían con frustración que su blanco se les escapaba de las manos.
—Eso les enseñará —dijo con una sonrisa bastante infantil.
Sólo entonces se dio cuenta de que Hinata lo miraba sonrojada. No entendió muy bien por qué lo observaba así, hasta que bajó el rostro y se dio cuenta que aún estaba sujetándola, su mano descubierta apretando su muñeca desnuda. Piel con piel, calor con calor.
La soltó como si su brazo hubiese sido una braza ardiente. Por instinto la hubiese empujado de no haberse encontrado en el techo de un edificio. Ambos se miraron un momento sin saber qué decir hasta que Sasuke no soportó el silencio y volvió a saltar, ahora dirigiéndose hacia el techo aledaño.
๑
๑
๑
Hinata se quedó inmovilizada, dejando que el frío viento del invierno la envolviera revoloteando su larga cabellera azulada. Se hundió un momento entre sus hombros y negó con el rostro sonriendo.
Pensamientos muy extraños habían pasado por su mente cuando él la sujetó de esa forma, entre ellos, la calidez que había sentido cuando Sasuke la tocó. Había bastado un momento para que esa misma tibieza subiera a sus mejillas haciéndola sentir nervios en el estómago de que él notara lo incómoda que la ponía que alguien más la tocara.
Desde ese beso frente a Ichiraku Ramen, cualquier contacto con él la hacía recordar la tibieza de sus labios y la torpeza con que había reaccionado. No debía tener ese tipo de pensamientos hacia su compañero de equipo, pero no podía evitarlo. Después de todo, Sasuke era un chico muy gentil y apuesto, era difícil a veces recordar que eran sólo amigos.
—¡Sa-Sasuke-kun! —le gritó desde el techo.
Él no se detuvo, sólo siguió saltando de una techumbre a otra hasta desaparecer de su vista. Si lo conocía bien, seguramente se dirigía al campo de entrenamiento que siempre utilizaban. Sólo pensar estar ahí todo el día practicando sus movimientos entre la nieve la hacía tiritar de frío.
No obstante, Sasuke tenía razón. Cuando se enfrentaran nuevamente al riesgo de morir no sería dentro de un cómodo dojo ni en la calidez de su hogar. Verían su enemigo en un campo de batalla, en el bosque, en la arena, en el barro, en la nieve, en medio del sol o de la lluvia. Un shinobi debía estar listo para afrontar cualquier situación sin importar lo difícil que fuese y ella no era la excepción.
Saltó hacia el techo más cercano y comenzó a seguir los pasos de Sasuke, pensando o más bien agradeciendo tener a su compañero ahí. Muchas veces perdía el camino y la dirección, pero él le recordaba —a veces no muy amablemente— lo que significaba ser un ninja. Ese era el destino que había elegido para ella o al menos quería creerlo así. Hacía tiempo había dejado de pensar que su padre era la única razón por la cual seguía con la idea de convertirse en una kunoichi.
Por muchos años, su norte, su estrella que brillaba con fuerza en la oscuridad, había sido Naruto. Ver lo mucho que le costaba mantenerse a flote a pesar de la hostilidad hacia él, sus constantes fracasos y también su perseverancia, la hicieron creer de todo corazón que ella también podría, eventualmente, dejar de ser sólo un fracaso en todo lo que hacía. Su vida no se sintió tan solitaria al saber que había alguien más afuera de las altas paredes del complejo Hyūga que estaba luchando por ser reconocido.
No obstante, esa noche oscura se había llenado lentamente de nuevas luces. Junto a Naruto y brillando con la misma intensidad estaba Sasuke y también Kakashi. Su compañero y su maestro eran sin duda dos motivos para querer superarse, seguir avanzando y mejorar. Sasuke estaba solo, pero verlo día a día con esa obsesión de volverse más fuerte la habían hecho querer lo mismo para ella. No importaba qué tan sola se sintiera en casa, había alguien que llegaba a la suya para no encontrar a nadie ahí. Había hallado una cierta complicidad con él al saber que ambos eran seres que no debían depender de nadie excepto ellos mismos y al mismo tiempo, levantarse y caminar uno junto al otro. Tenerlo junto a ella la hacía sentir seguridad en sí misma.
Cuando llegó al campo de entrenamiento observó que Sasuke ya estaba retirando su pesado abrigo y vendando sus manos para poder moverlas con más soltura. Recuperó el aliento desde la rama en que se encontraba y se sentó sobre el tronco congelado mirándolo prepararse.
Sin entender del todo por qué, la cálida sensación en su estómago la hizo sonreír. Sin importar lo que pasara, ambos crecerían juntos para convertirse en grandes shinobis. Confiaba plenamente en ello. Y cuando eso ocurriera se voltearía hacia Sasuke y le daría las gracias por estar con ella todo ese tiempo.
—¿Vas a quedarte ahí mirándome todo el día o vamos a entrenar? —preguntó de pronto.
Se veía tan diferente de espalda. Era como si el frío no tocara sus brazos desnudos, sino que los fortaleciera en medio de la nieve. Parecía un samurái salido de los antiguos cuentos que Ko solía contarle cuando era una niña.
—De inmediato —le contestó.
Saltó de la rama y sus pies se hundieron hasta sus rodillas en la nieve. Caminó con esfuerzo entre el espesor blanco, sintiendo como sus tobillos se mojaban producto del hielo derritiéndose contra su piel tibia. Era desagradable entrenar entre esas condiciones, pero había que hacerlo. A diferencia de los otros genin, ellos no tenían la suerte de poder realizar misiones muy difíciles con frecuencia y cuando no estaban paleando nieve, limpiando calles o buscando mascotas perdidas, el tiempo debía emplearse en entrenar. Por otro lado, Kakashi pasaba la mayoría del tiempo fuera de la aldea y entrenar caía exclusivamente en sus manos.
Su torso se enfrió de inmediato cuando dejó caer su pesada chaqueta lila que la protegía del frío. Tuvo que respirar profundamente para controlar el deseo de abrazarse a sí misma para buscar calor. No obstante, observar a Sasuke caminar entre la nieve con su chokuto en mano sin inmutarse por la temperatura la hizo darse nuevos ánimos para seguir ahí. No podía mostrarse débil ante la persona que tanto respetaba como compañero y rival de entrenamiento.
—¿Cómo lo haces? —preguntó Hinata mientras sacaba las vendas de sus manos.
—¿Qué cosa?
—Aguantar este frío con tan poca ropa.
—Esto no es nada comparado con el país del Hierro —respondió Sasuke sin mirarla, estabilizando su espada horizontalmente para medir su hoja—. Allá hace tanto frío que los huesos duelen, los dedos se entumecen y los pies se congelan. Muchos hombres que conocí no tenían dedos o les faltaba pedazos de sus cuerpos que habían perdido en el invierno. Es un frío tan profundo que duele si quiera respirar.
Hinata se imaginó ese país lejano al cual no había podido ir. Ese viaje había pertenecido sólo a Sasuke.
Mientras lo esperaba se había imaginado muchas veces el país del Hierro como un hermoso lugar sacado de alguna leyenda antigua, pero nunca lo visualizó como el infierno de hielo que Sasuke describía.
—¿Qué le sucedió a tus manos? —la interrumpió él en sus pensamiento.
—No es nada —respondió Hinata bajando la mirada, observando las vendas ensangrentadas que cubrían sus nudillo y escondiéndolos para que él no se diera cuenta.
Sasuke se acercó a ella, le tomó la muñeca con brusquedad y la tiró hacia él retirando las vendas para exponer sus manos. De inmediato frunció el ceño y gruñó cuando su piel quedó expuesta.
Sus palmas estaban cubiertas en heridas, sus nudillos estaban desgastados y se veía la piel abierta. Una de sus uñas se había perdido y dos de sus dedos estaban morados producto de un esguince que había sufrido. Esas no eran las manos de una dama, eran más bien las manos de una kunoichi. Aquello la enorgullecía en un sentido extraño, se sentía acercarse a su propio sueño.
—Maldición Hinata —dijo Sasuke frunciendo el ceño, agachándose para tomar un puñado de nieve y colocarlo en las zonas que peor se veían—. No sirve de nada que entrenes hasta herirte si después no tratas esas herida, ¿de qué sirve saber ninjutsu médico si no lo ocupas en ti misma? —Hinata arrugó su rostro ante la sensación que el frío le producía contra su piel herida—. Puedes afectar tu flujo de chakra.
—Sasuke-kun —lo interrumpió retirando sus manos—. Dije que no es nada.
Bajó la mirada en silencio dejando que la nieve que Sasuke había puesto sobre sus manos volviera a caer al suelo. El viento sopló con fuerza entre ellos, silbando como si hubiese un lobo corriendo con la brisa helada. Sasuke frunció los labios, cruzó sus brazos y la observó con intensidad intentando quebrarla con su mirada.
Cuando fue evidente que no lo lograría volvió a hablar.
—¿Qué tramas? —le preguntó con sequedad.
—Es algo-algo personal —era la forma educada de responderle que no era de su incumbencia—. Algo que debo hacer sola, como tu viaje al país del Hierro. Esto es… es algo mío.
—Dime la verdad —una de las manos de Sasuke se dirigió a su brazo, apretándoselo levemente.
—¿Por qué? —preguntó Hinata, sintiendo un leve dolor en la zona que él estaba sujetando.
—Porque… porque… —Sasuke buscaba las palabras, pero hasta Hinata se daba cuenta que decir que se preocupaba por ella le resultaba casi imposible.
—No soy una niña —respondió Hinata con amabilidad, intentando no sonar grosera ante su nerviosismo—. No necesito que me cuides —tomó el brazo de Sasuke lo retiró lentamente del suyo—. Puedo cuidarme sola.
—Haz lo que quieras. No creas que me importa —dijo con frialdad—. ¿Al menos puedes luchar con las manos así?
Hinata asintió y de inmediato Sasuke estiró su mano para intentar golpearle un hombro. Interceptó su golpe de un manotazo haciendo que su extremidad se desviara hacia un costado.
—Nada mal —dijo Sasuke levantando una pierna y golpeándola en el costado con rapidez—, pero tampoco nada bien.
Los ojos de Hinata se agudizaron, mostrando las pequeñas venas alrededor de éstos. Su byakugan estaba activo.
Por su parte, los iris de Sasuke se volvieron rojos y tres aspas aparecieron en ese lugar girando con velocidad. Hinata sabía que con el sharingan activo se complicaba muchísimo cualquier movimiento de taijutsu que intentara realizar. Tenía que depender ahora de su velocidad y también de las técnicas secretas del clan Hyūga. El problema era, que aparte de algunas cosas que había logrado hacer por su cuenta no había muchos movimientos del puño gentil que pudiese tener efecto sobre él. El sharingan leía los movimientos y los sellos de quien estuviese al frente antes de que los pudiera hacer.
—¿Rindiéndote tan rápido? —preguntó Sasuke.
Sus manos se dirigieron rápidamente a formar los sellos retrocediendo alrededor de cinco pasos de ella. Sus manos se movían con tanta rapidez a pesar del frío que le pareció que estaba a años luz de poder igualarlo. Ni si quiera podía ver con precisión los sellos que realizaba.
—Katon: goukakyuu no jutsu.
Una enorme bola de fuego se comenzó a formar justo delante de ella. Apenas logró esquivarla saltando hacia las ramas de los árboles, pero al parecer eso era exactamente lo que Sasuke había querido, pues tan pronto como pisó la rama la mano del Uchiha le tomó el hombro desde atrás con un kunai rozando su cuello.
Hinata movió lentamente su rostro hacia un costado para observarlo y se dio cuenta que el Sasuke que permanecía abajo era sólo un clon que se deshacía en una nube de humo.
—Uno a cero —dijo Sasuke suavemente sobre su oído.
—No me di cuenta —se excusó Hinata.
—Lo sé —respondió él sin moverse, respirando profundamente sobre su cabellera, como si hubiese estado intentando percibir su aroma.
—¿Sasuke-kun? —preguntó Hinata de pronto, sintiendo un extraño cosquilleo en su piel, justo en la zona en donde la respiración de Sasuke la acariciaba.
—¿Segunda ronda?
La segunda, tercera, cuarta y quinta ronda fueron para Sasuke.
No era como si Hinata no se estuviese esforzando, pero la velocidad con que se movía, la inteligencia para usar jutsus bastante sencillos, la forma en que utilizaba su chokuto y también la capacidad de leer sus movimientos hacían de Sasuke un rival completamente superior a ella.
Sintió ese amargor llenarle el estómago nuevamente. Era la misma sensación que experimentaba cada vez que se paraba frente a un tronco y lo golpeaba hasta que sus nudillos sangraran preguntándose por qué Sasuke estaba tan lejos cuando entrenaban juntos. Sí, él era un genio y ella alguien que debía entrenar sin descanso, pero no le parecía justo que ni si quiera pudiese ganarle una vez. También se estaba esforzando, también había estado trabajando sin descanso todo ese tiempo intentando volverse tan fuerte como sus compañeros, ¿entonces por qué seguía siendo débil? ¿Por qué él la derrotaba con tanta facilidad?
La Chokuto de Sasuke estaba en su mano derecha. La había sacado en su tercera ronda y Hinata ya tenía un corte poco profundo en su brazo producto de intentar defenderse de ella.
Se paró derecha y lo dejó atacarla, no dejaría que nuevamente le ganara. Enfrentaría esa espada de frente tal como Gai le había enseñado.
—¡Muévete! —le ordenó Sasuke cuando vio que no esquivaría el ataque y que él tampoco se detendría.
—No —respondió Hinata levantando sus manos y tomando la hoja con éstas.
La sangre de inmediato salpicó la nieve y cubrió la hoja de la espada de Sasuke, quien la miraba como si de pronto hubiese perdido la razón. Con manos temblorosas, Hinata movió la chokotu hacia un costado, anulando el movimiento de Sasuke y golpeándolo con una de sus piernas en el estómago. La espada saltó lejos y se clavó en el hielo, mientras que Sasuke cayó tres metros más atrás arrastrándose sobre la nieve.
Levantó el rostro extrañado, viéndola como si fuese la primera vez que se hubiesen encontrado en el camino del otro.
—¿Perdiste la cabeza? —le preguntó poniéndose de pie.
—Tal vez —respondió Hinata respirando profundamente—, pe-pero… esta ronda va para mí —una sonrisa llena de orgullo se formó en su rostro.
—Sólo porque tuve que frenarme para no cortarte en dos —alegó Sasuke molesto. Odiaba perder y Hinata lo sabía.
—E-ese fue tú error.
Sasuke la observó fastidiado. Saber que Hinata había anulado su kenjutsu lo golpeaba en el orgullo. No obstante, luego de un minuto sin hablarse, negó con el rostro y media sonrisa ladina adornó sus labios.
La imagen de Sasuke en medio de la nieve la hizo sentirse completamente confundida. ¿Qué era esa emoción que estaban reflejando sus ojos? ¿Acaso era aprobación?
—Sácate los pesos Hinata —le ordenó de forma seca.
—Gai sensei dijo que sólo debo sacármelos para dormir o para luchar en serio con un…
—Vamos a luchar en serio ahora —le dijo sacando su chokuto de la nieve—. No me detendré nuevamente.
๑
๑
๑
El jardín del complejo del clan Hyūga estaba completamente cubierto de nieve a pesar de que esa mañana habían barrido el lugar de entrenamiento justo en el patio central. A pesar de ser de noche, el hielo seguía cayendo como un fino manto de plumas blancas; ya le estaba llegando a las rodillas a Hinata. Los arroyos en donde habían habitado los peces Koi estaban congelados y el agua no subía y bajaba de la fuente de bambú, pues el frío se había encargado de volver todo hielo. Hermosas estalagmitas de agua congelada colgaban de las ramas de los árboles y también del borde de las techumbres, brillando con intensos fulgores cuando la luz del fuego del interior del complejo las iluminaba.
Para Hinata, quien se encontraba en medio de todo esto, retirarse a dormir aún no era una opción. A pesar de que la temperatura la hacía tiritar y que apenas podía sentir sus propios dedos y la punta de la nariz, no dejaba de lado su entrenamiento nocturno y la esperanza de que finalmente su padre saliera de su oficina y le dedicara algo de su tiempo. Aunque tuviese que estar ahí por horas hasta que él saliera a verla.
Mientras golpeaba la madera del poste, dejaba que el dolor se apaciguara con su firme determinación de volverse más fuerte. Pensaba en Sasuke entrenando en el duro invierno del país del Hierro y en Naruto deambulando por el mundo, conociendo nuevas personas, nuevos jutsus y viviendo aventuras, volviéndose mucho más fuerte de lo que ya era. Sus compañeros avanzaban a pasos gigantes y ella los seguía desde atrás.
Algún tiempo pensó que su misión era mantenerlos unidos. Eso la reconfortaba. Su labor no era ser extremadamente rápida, fuerte o ágil, sino ser el medio de concordia entre Sasuke y Naruto. Sentía que lo había logrado hasta cierto punto. A pesar de que sus dos compañeros pelearan muy a menudo, el equipo había logrado funcionar de una u otra forma. Sin embargo, ahora que Naruto no estaba ahí, se había visto un poco perdida en cuál era su función dentro del equipo siete. Veía a Sasuke avanzar con una rapidez envidiable mientras que ella seguía logrando pequeñas cosas. Ya no era suficiente saber un par de técnicas del puño gentil, así como no era suficiente saber un poco de ninjutsu médico. Quería más. Quería ser una roca y no arena, tal como había dicho Temari.
De pronto, escuchó pasos sobre la nieve atrás de ella lo cual la hizo voltear sobre su hombro, jadeando levemente.
Vio la figura de su padre, estoico como siempre, brazos cruzados y rostro cansado. Usaba un hermoso kimono blanco que le llegaba hasta los tobillos. Su semblante lo dignificaba incluso con ese frío al no mostrar un atisbo de los síntomas propios del clima. Sonrió levemente, ansiosa por ese encuentro; lo había estado aguardando por horas, días, quizás desde que se despidió de Gaara ese día en que Sasuke volvió a la aldea.
—Ko dijo que me estabas esperando —dijo su padre mientras que el viento movía su larga cabellera castaña.
—Sí —respondió Hinata intentando controlar lo ansiosa que se sentía.
—La noche se hizo para dormir, no para entrenar—la sermoneó mirándola con severidad—. ¿Qué quieres?
¿Qué quería? Esa era una excelente pregunta, ¿qué era lo que realmente quería de él? Lo tenía decidido y había repetido las palabras una y otra vez en su mente, pero ahora que lo tenía frente a ella las cosas no salían como lo hubiese deseado. El discurso que tenía en la punta de la lengua comenzó a desaparecer de su consciencia y pronto lo único que conservó en su lugar fueron nervios. Su corazón comenzó a latir con fuerza, su respiración a descontrolarse y sus manos a temblar.
—Algo… a-algo que… que…
Bajó el rostro; no podía seguir manteniéndole la mirada. Era demasiado peso sobre sus hombros y sus rodillas se sentían hechas de mantequilla, ¿por qué su padre tenía ese efecto sobre ella? Había estado en situaciones mucho más atemorizantes sin titubear, pero cuando se trataba de él, ni si quiera podía sacar la voz.
—Sigues tartamudeando después de tanto tiempo —dijo el hombre suspirando con pesar—. Habla claro de una vez.
Su padre tenía razón. No era momento para que se le enredara la lengua, sino para mostrar fortaleza. Debía enseñarle que ya no era la misma niña asustadiza que se escondía atrás de sus piernas cada vez que algo la atemorizaba o la ponía incómoda. Podía hablar claramente cuando lo necesitaba, podía pararse derecha y mirarlo a los ojos, podía andar con la cabeza en alto. No era un error de la naturaleza como él había dicho ese día en que Kakashi la tomó como su discípula… era Hinata del clan Hyūga, la próxima líder del clan.
—Cuando era niña pensaba que no era lo suficientemente fuerte ni digna para ser su hija. Todo lo que hacía resultaba en un fracaso —sus ojos se encontraron con los de su padre, manteniéndole la mirada con firmeza—. La mera idea de liderar el clan Hyūga me horrorizaba al punto de querer correr muy lejos de este lugar y esconderme. Pero eso ha cambiado —había conocido personas que la habían forzado a cambiar, a volverse más confiada y segura de sí misma: Naruto, Kakashi y en especial Sasuke quien la había mortificado por tartamudear desde el primer día en que lo conoció en el equipo siete—. Yo he cambiado. Puedo hablar sin titubear cuando un asunto es lo suficientemente importante para que así lo haga.
Algo dentro de ella no podía creer que había dicho todas esas palabras sin que su voz vacilara un momento. Se sintió extrañamente orgullosa de sí misma. Podía convertirse en una kunoichi fuerte y decidida, estaba segura de eso, pero volverse una mujer resuelta frente a su padre, el hombre que más miedo le daba en el mundo, era otra cosa.
—No me gusta repetirme —dijo de pronto Hiashi Hyūga—. ¿Qué es lo que quieres Hinata?
—Quiero aprender los movimientos secretos del clan Hyūga —las palabras salieron tan rápido que por un momento tuvo la intensión de taparse la boca, pedirle perdón por su imprudencia y correr. Pero no lo haría, esa era una batalla que debía luchar y ganar—. Quiero que usted me los enseñe y antes de que diga que no estoy preparada, por favor… ¡Pelee conmigo! Estoy preparada para aprender de usted el legado de los Hyūga. Lo he estado por mucho tiem…
—¿Quieres pelear contra mí? —la interrumpió con lentitud, pronunciando cada palabra con incredulidad.
Hinata tomó aire, dio un paso al frente, juntó sus manos ensangrentadas sobre su regazo y asintió sin mostrar ningún gesto de estarse arrepintiendo. Si lo escuchaba viniendo de su padre, claro que sonaba como una locura, pero no le importaba. Si tan sólo él veía que no era la misma niña débil a quien hacían pelear contra su hermana menor, entonces quizás, tuviera más fe en ella. Necesitaba que su padre tuviese fe en ella. Necesitaba que le mostrara aceptación y cariño, que la rodeara con los brazos sobre los hombros y le dijera por primera vez en su vida que estaba orgulloso de ella. Tan sólo un minuto de su tiempo, era todo lo que necesitaba para mostrarle que no era débil y que podía aprender las técnicas secretas del clan.
—¿Por qué ahora? —preguntó su padre observándola confundido, como si la estuviese viendo por primera vez en mucho tiempo— ¿Por qué no mostrabas esta determinación antes?
—Porque he encontrado mi propio nindo.
Un camino que no involucraba a nadie más que ella y que solamente ella se podía forzar a seguir. No lo estaba haciendo porque amara a Naruto, porque sintiera lástima de quedarse sin Sasuke o porque deseara superar a Neji. Era la ruta que debía andar que eventualmente la llevaría a ellos, sin mirar sus espaldas, sino que corriendo para alcanzarlos en el lugar en donde tres caminos distintos se unieran.
Tres sueños, tres vidas, tres caminos, que se volvieran sólo uno. Había logrado comprender que no debía seguir a Sasuke y a Naruto por sus caminos, sino que tenía que forjar uno propio, uno para sí misma.
—Quiero liderar a los Hyūga —dijo con una sonrisa, sintiendo mariposas en el estómago, como si pudiese tocar su propio sueño con la punta de los dedos—. Sé que no soy naturalmente talentosa, pero me esforzaré, aunque me lleve toda la vida, aunque no duerma, aunque mis puños constantemente sangren. No soy débil, otō-sama, y deseo demostrárselo.
Hiashi Hyūga la observó de reojo un momento, se dio la vuelta y comenzó a caminar de vuelta al complejo con pasos lentos y firmes sobre la nieve.
Los hombros de Hinata cayeron suavemente y su sonrisa comenzó a desaparecer. Al menos lo había intentado. Era sólo la primera vez que se lo pedía, quizás en un par de meses él accediese a entrenarla. El fracaso era un sentimiento al cual estaba acostumbrada, curiosamente y a pesar de su optimismo ante su negativa tácita, nunca antes había dolido tanto.
—Comenzaremos mañana. Temprano. En el dojo —dijo el hombre con algo de severidad.
Su voz la hizo respingar y levantar el rostro con sorpresa. Su corazón comenzó a latir con fuerza y no pudo evitar llevar una mano a su pecho y contener la emoción que sentía ante lo que acababa de escuchar. Se había preparado mentalmente para su negativa, por lo cual escuchar que efectivamente decía que sí, que la entrenaría personalmente, era sin duda la sensación más intensa que hubiese experimentado en su vida. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sonrió con completa felicidad.
Espérenme… Naruto-kun… Sasuke-kun… pronto nuestros caminos se unirán y caminaremos realmente juntos.
๑
๑
๑
Recorrer las tumbas en invierno no era muy acogedor ni agradable, pero a él no le importaba. El frío de la noche de Konoha era agradable, al menos mucho mejor que ese calor húmedo de verano. Andar con la ropa húmeda y pegoteada contra el cuerpo sí que era un fastidio.
La última vez que había visitado ese lugar había comprado flores, no obstante, sus manos estaban vacías esta vez. Era la primera ocasión en mucho tiempo que entraba ahí solo, sin ella, a visitar a sus padres. Había tenido deseos de verlos y ahora parado frente a sus lápidas se preguntó qué era lo que realmente hacía ahí.
Tenía muchas teorías al respecto mientras se paraba en medio de la nieve sin expresiones en su rostro. Quizás se sentía solo, aunque no era precisamente ese el motivo que lo había llevado hasta ese lugar. Tal vez se sentía culpable, pero tampoco era esa una motivación para haber salido de su rutina diaria y visitar el cementerio de Konoha a esa hora de la noche. El verdadero motivo por el cual estaba ahí era otro, y lo sabía, aunque no quisiera aceptarlo.
Observó las rocas gravadas con el nombre de Mikoto y Fugaku Uchiha sin alterarse, pero recordando con pesar la última vez que los había visto vivos esa mañana.
Su madre le había dado un obento de comida para su práctica y él había insistido que no era una simple práctica, sino que iba a entrenar de verdad. Cuanto deseaba ahora haber podido abrazarla y darle las gracias antes de salir.
—No sé qué hago aquí realmente… —dijo metiendo sus manos dentro de los bolsillos—. No. Estoy mintiendo. Sí sé que hago aquí —suspiró con pesar ante la confesión que acababa de hacer—. Deben estar decepcionados de que nunca venga a visitarlos. Aunque, creo que entienden por qué no lo hago. Aún no he podido… vengar sus muertes.
El rostro de Itachi vino a su mente. Recordó la forma en que lucía tan apático frente a los cuerpos muertos de sus padres esa noche fatídica, como si en vez de haber asesinado a sus padres estuviese alistándose para beber una taza de té e irse a dormir.
Tuvo que contenerse un momento para no terminar quebrándose frente a las lápidas de sus padres. Lo último que deseaba era terminar quemando alguna cosa por culpa de su hermano mayor.
—Visité el país del Hierro hace poco. Aprendí a usar la espada con precisión, aunque no les hacía mucha gracia que usara una chokuto en vez de una katana como lo hacen ellos —suspiró recordando esos días y terminó por sentarse sobre la nieve prendiendo una varilla de incienso sobre la tumba de su madre—. Sé que no me habrían dejado ir. Otō-san se habría negado y Kaa-san habría dicho que era una locura. Pero tenía que salir de Konoha. Se me hacía insoportable quedarme aquí un día más —frunció los labios y bajó levemente el rostro—. Seguramente saben por qué fui, ¿no?
Sonrió con gracia, levantando la mirada hacia el cielo. Los copos de nieve lo rodeaban cayendo sobre su cabeza y en lo único que podía pensar era en lo estúpido que había sido pensando que la distancia aminoraría lo que sentía por ella, la forma en que su estómago se tensaba cuando la tenía cerca o esa extraña sensación de querer sonreír cada vez que ella hacia una de las tantas cosas que consideraba irritante. Cada vez que estaba solo y levantaba la vista al cielo, lo único que podía ver era a Hinata. Cuando cerraba sus ojos, era su voz la que escuchaba. Cuando despertaba, era ella en quien pensaba.
—Lo sé. También me ha tomado por sorpresa —confesó prendiendo una segunda varilla de incienso sobre la tumba de su padre—. No es como si me agradara sentirme así por ella, pero no lo puedo evitar, ¡y créanme que lo he intentado! Es decir es humillante, todo esto es humillante —se tomó el rostro como si de pronto comenzara a dolerle la cabeza—. Es decir, Es…¡Es Hinata! Es… no es… no es como si fuera alguien… digo, siempre tiene tierra en las uñas. Además, juega con sus dedos de forma irritante cada vez que está nerviosa, tartamudea y sinceramente tiene un problema grave cuando se trata de confiar en sí misma. Es igual que todas las otras mujeres para algunas cosas, quiere chocolates para San Valentín y se pone como idiota cada vez que alguien la invita al Hanami. Además, es torpe, lenta y tiene pésimo gusto. Está enamorada de un perdedor que ni si quiera sabe que ella lo ama —bajó suavemente los párpados sintiendo un leve dolor en el pecho—. Siempre huele a canela y a miel y yo odio los dulces. Es entrometida y su preocupación por mí en ocasiones realmente me irrita. Todo esto es absurdo…
Su semblante lentamente comenzó a suavizarse.
Sí, Hinata tenía muchos defectos, pero era lo más cercano que tenía. Era su amiga, su confidente y también alguien por la cual hubiese muerto sin pensarlo dos veces. Era dulce al punto que llegaba a ser irritante. Era gentil al límite que muchas personas abusarían de ello si él no hubiese estado cerca para mandarlos al diablo. Era ingenua, aun creyendo que las nubes estaban hechas de algodón de azúcar si alguien se lo decía o que había una olla de oro al final del arcoiris. Realmente no entendía cómo alguien como ella podía encontrar ferocidad cuando se trataba de proteger a los que quería, pero cada vez que había estado en peligro la había visto transformarse de esa amable criatura en alguien completamente temeraria con su propia seguridad y vida.
Por él, por Naruto, por Kakashi, Hinata se había convertido en una kunoichi y ese día habían empatado en su entrenamiento cuando al sacarse los pesos Hinata le dio un golpe en el rostro sin que pudiese evitarlo.
No era débil. Era la persona más fuerte que conocía, no porque fuese una máquina de matar sino porque podía enfrentar cada obstáculo que encontraba con una sonrisa. No era un manojo de nervios cuando debía ser audaz. No era una niñita asustadiza cuando debía pelear. Sus ojos mostraban esa chispa de vida que nadie más a su alrededor poseía. Esa gentileza, aunque irritante, lo cautivaba sin que pudiese evitar desear estar cerca y lejos de ella al mismo tiempo.
Lo peor de todo… lo que más le costaba admitir era… que su olor a canela y miel era realmente agradable.
—Pero… creo que a ustedes les agradaría Hinata —terminó diciendo con una sonrisa melancólica—. A pesar de que es un constante fastidio.
Sí, era un fastidio, pero había descubierto con pesar de que no deseaba cambiar nada de ella y que todos esos defectos que venía anotando mentalmente eran más razones para gustar de Hinata Hyūga.
