CAPITULO 34
Armas Mortales
La tentación es el arma de una mujer y la excusa de un hombre
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—¿Qué sucede que vas tan apurado, Sasuke-kun? —preguntó una melodiosa voz desde su espalda.
No, no iba apurado. Como todos los días a esa hora iba a una velocidad completamente normal, claro, hasta que la vio doblando por la esquina junto a la irritante Yamanaka y decidió apurar el paso con el deseo de dejar a ambas atrás.
No había resultado. Aún así, ignoró a Sakura Haruno completamente, metió las manos dentro de los bolsillos de sus pantalones y siguió caminando. Debía reportarse lo antes posible con Kakashi para dar inicio a la misión de ese día y a pesar de que la primavera estaba frente a ellos las mañanas aún eran bastante frías en Konoha y sus dedos se sentían mucho más hábiles si los mantenía tibios.
—¿Qué quieren? —preguntó cuándo se percató del sonido de los pasos que lo seguían.
—Sólo desearte los buenos días —respondió Sakura con una gran sonrisa, colgándose de su brazo para caminar junto a él.
Rodó los ojos pensando la forma en que podía meterle en su cabeza pelirrosa que no estaba interesado en que lo tocara. Sus gestos neutros se volvieron un tanto más fastidiados y la miró de reojo deteniendo su andar.
Sin importar qué hiciera o intentara, Sakura Haruno seguía pensando que podía acercársele y empezar con el mismo patético intento de llamar su atención cada vez que se veían. No importaba cuanto le hubiese dicho que no estaba interesado en ella y que la rechazara constantemente, con el pasar del tiempo su irritante estatus de fangirl se había convertido en un perpetuo coqueteo de jovencita enamorada: suspiros, miradas intensas, mejillas sonrojadas y sonrisas tiernas. Sí, le seguía pareciendo molesto, pero Sakura tenía más dignidad que en la Academia. Por lo menos su infatuación no era tan evidente y no insistía en que eran novios.
No obstante, algo se sentía extraño esa vez, su otro brazo estaba demasiado libre.
Ino no lo estaba tocando.
Extrañado, miró a la rubia, quien los observaba con una sonrisa que sólo podría haber sido descrita como forzada. Eso era raro. La irritante Yamanaka no se había colgado de él exigiéndole a Sakura que lo dejara ir porque "era suyo" o porque "ella lo había visto primero". De hecho, ahora que lo pensaba, no había visto a Ino en bastante tiempo y no era como si la hubiese estado evitando apropósito. Tenía mejores cosas que hacer que estar evitando a mujeres en la calle.
Analizándolo con cuidado mientras la mirada, se dio cuenta de que Ino ya no lo perseguía con excusas, no se colgaba a él ni lo abordaba con sutiles comentarios. Parecía más compuesta y distante, hasta desinteresada en su presencia. Aquello era extraño, pero aparte de una mirada en dirección a la rubia, no hizo nada para mostrar curiosidad en el comportamiento de la jovencita.
—¿Podrías soltarme, Sakura? —le pidió empujando su cuerpo en una pelea de tirones y empujes que ya era cotidiana cada vez que se veían. Intentaba no insultarla como antes ni rechazarla de forma que pudiese herirla, pero a veces la situación simplemente lo superaba—. Que molesta eres. Ya suéltame.
—Vamos Sakura, llegaremos tarde —dijo Ino tomando el brazo de su amiga y separándola finalmente de Sasuke—. Hasta luego, Sasuke-kun.
—Nos veremos pronto, Sasuke-kun.
—Hn.
Observó la escena un tanto perplejo. Eso había sido anormal. Ino Yamanaka sin pelear con Sakura para colgarse de él era algo que no se hubiera esperado. Quizás finalmente hubiese entendido que no estaba interesado en ella y que nunca lo estaría.
¿Quién lo hubiera dicho? Tal vez las personas de esa Aldea sí maduraran después de todo.
Miró cómo ambas se retiraban por las calles de Konoha, riendo y peleando por alguna cosa como usualmente lo hacían. Por un momento ínfimo, recordó que así actuaba él con Naruto cuando debían decidir dónde comer o entrenar. Un tanto pasmado, pensó que seguramente también se veían así de ridículos. Se prometió a sí mismo en ese instante que nunca volvería a comportarse de forma tan poco digna en público y cuando Naruto volviera le daría una paliza si lo avergonzaba en la calle.
Sacudió el rostro para despejar su mente de cosas tan insignificantes, suspiró y siguió su camino.
No pasó mucho para que sus pasos lo llevaran hasta la entrada de Konoha, lugar en donde se tenía que encontrar con Kakashi y Hinata. Habían recibido una desagradable misión el día anterior y al parecer, como siempre, era el primero en llegar al punto de encuentro. Tampoco era como si se hubiese adelantado a propósito para salir de Konoha, habían acordado verse ahí a las nueve de la mañana y eran exactamente las nueve.
Se acercó caminando con las manos en los bolsillos hasta el pequeño kiosco en donde Kotetsu e Izumo se encontraban "resguardando" la seguridad de la entrada de la aldea. A decir verdad, Sasuke nunca había visto a dos chūnin más deprimentes que ellos. Kotetsu tenía los pies sobre la mesa frente al kiosco y su compañero estaba leyendo un libro que le pareció bastante similar a los horribles icha icha que leía Kakashi. Lucían tan aburridos que hasta sintió lástima por ellos.
—Necesito la autorización para salir de la Aldea del Equipo Siete de Kakashi —dijo Sasuke acercándose a ambos mirando hacia las calles, esperando ver a Hinata acercarse.
No se molestó en saludar o perder tiempo con más informaciones que esa. Aprovecharía que había llegado primero para completar los trámites que autorizaban a los genin a salir de la aldea. No era necesario más indagación que esa; los chūnin de la entrada estaban al tanto de todas las misiones que se habían repartido el día anterior.
—Aquí tienes. El permiso de ausencia para el Equipo Siete —respondió Izumo sin mirarlo, entregándole un papel que estaba colgado junto a muchos otros en la parte superior del aparador. Al final del documento estaba la firma de Tsunade y se describía con detalle con que propósitos abandonaban la aldea y cuál era la misión que debían realizar.
—Buena suerte —agregó Kotetsu medio dormido.
Sasuke miró la simple hoja de papel con la autorización expresa de parte de la Hokage para que los miembros del Equipo Siete pudieran abandonar Konoha en lo que durara la misión rango C que les había sido asignada. No era nada que requiriera mucho trabajo, sólo tenían que ayudarle a un campesino que vivía a unas dos horas de distancia a arreglar el tejado de su caballeriza. La paga por dicha misión era ridícula y casi no valía la pena ir tan lejos por tan poco, pero como genin, las misiones a las que eran enviados no eran precisamente de vida o muerte. Era necesario para su ficha ninja realizar el máximo de misiones posibles, ¿para qué? Sasuke no tenía idea. Estaba comenzando a pensar que Tsunade los enviaba a las misiones más sencillas de manejar simplemente por amargarle la existencia.
De pronto, se sintió observado y escuchó murmullos provenientes desde el kiosco. No se volteó, no hizo falta, pero escuchó perfectamente lo que esos dos shinobis hablaban. Su oído no era tan bueno como el de Kakashi o el de Kiba, pero se sentía bastante orgulloso de esa habilidad ninja.
—¿Acaso ese no era…?
—Sí, el hermano menor de Itachi. Al que dejó vivo.
—Se parecen mucho, ¿no crees?
—Sí.
Frunció los labios y su puño se apretó casi por instinto, arrugando levemente la hoja de papel que llevaba en la mano. A pesar de que venía escuchando ese tipo de comentarios desde que era un niño, no dejaban de resultarle increíblemente ofensivos. Que hablaran de él como si no estuviese presente era una cosa, pero que además lo compararan con el bastardo de su hermano era otra. Estaba a punto de voltearse y decirle a esos dos lo que pensaba de ellos, cuando divisó la figura de Hinata que corría rápidamente en su dirección.
—Genial…
En un primer momento entrecerró los ojos, molesto, olvidándose por completo del mal rato que acababa de experimentar. Prefería gastar sus energías dándole un sermón a esa Hyūga por hacerlo esperar. Sin embargo, entre más se acercaba a él, comenzaba a notar pequeños detalles que a la vista de otra persona habrían parecido insignificantes, pero que para él resultaban en un revelador anuncio: sus manos estaban vendadas, tenía ojeras bajo sus ojos, no traía cerrado el cierre de su abrigo y traía una manzana aferrada entre sus dedos como si sólo en ese momento fuese a comer algo.
Se había quedado dormida.
—¡Lo siento Sasuke-kun! —dijo rápidamente parando frente a él, recuperando el aliento—. Yo… yo estaba…
—Te quedaste dormida —terminó Sasuke por ella, examinándola más de cerca.
—¿Ah? N-No… no es eso —Hinata bajó la mirada escapando de los ojos de Sasuke.
—¿Entonces? —preguntó con seriedad.
—No es nada —respondió Hinata subiendo levemente los hombros y sonriendo mientras sacaba de su bolso un onigiri envuelto en nori para Sasuke.
—Como quieras —dijo éste, tomando la comida que le daba para luego darle la espalda y caminar hacia las bancas en la entrada.
Si Hinata no quería decirle, tampoco insistiría más en eso. No quería mostrarse tan interesado en lo que ella hacía o dejaba de hacer. Esos confusos sentimientos que experimentaba hacia su compañera podían resultarle molestos y hasta insoportables en ocasiones, pero cuando se trataba de realizar una misión Sasuke era completamente profesional y dejaba de lado ese tipo de pensamientos para enfocarse en lo que debía hacer. No era momento de mostrarse más interesado de lo común en una niña tonta. Podía quedarse con sus secretos si así lo quería. Él tenía cosas más importantes en las cuales enfocarse en ese momento.
Se apoyó contra el árbol que le daba sombra a una de las bancas y permaneció así, mirando el horizonte y esperando que Kakashi apareciera. Por su parte, Hinata caminó lentamente hacia la banca, se sentó en el lugar que daba el sol y siguió comiendo su manzana luciendo extrañamente feliz.
Así permanecieron ambos, cubiertos por luz y sombra, uno junto al otro, Hinata sonriendo alegremente y Sasuke luciendo una mueca de desagrado.
Pasaron exactamente cincuenta y dos minutos para que Kakashi apareciera, sentado sobre el árbol y leyendo su usual Icha Icha. Lucía más desinteresado que de costumbre y ambos genin notaron que para su instructor, ese tipo de misiones más que ser un trabajo, eran una excusa para poder disfrutar de su lectura.
A veces, Sasuke no comprendía por qué el jōnin se mostraba tan aburrido con ellos. Conociendo sus hábitos, ser el instructor de un grupo de genin incompleto era mucho menos trabajo que si ellos hubieran sido promovidos a chūnin y estuviesen los tres ahí. Al menos sólo tenía que liderar de vez en cuando las tontas misiones en que los mandaban y aprovechaba de leer mientras Hinata y él hacían todo el trabajo. Por otra parte, eran contadas las ocasiones en que se tomaba la molestia de entrenarlos y por lo general él y Hinata lo hacían por su cuenta recorriendo los distintos lugares de entrenamiento que ofrecía Konoha.
—Buenos días —dijo Kakashi saltando frente a ellos sin mirarlos, aún con su ojo visible sobre las páginas de su libro naranjo—. ¿Están listos?
—Aquí está el permiso para abandonar Konoha —respondió Sasuke entregándole el papel a Kakashi, quien lo tomó sin si quiera verlo mientras comenzaba a caminar frente a ellos saliendo por las grandes puertas de la aldea.
Sasuke y Hinata lo siguieron un poco más atrás, advirtiendo que ese sería un largo día de trabajo. Al menos poco a poco el sol había cobrado más fuerza y la fría mañana primaveral se había vuelto en un día agradable, ideal para una caminata por el sendero del bosque que estaban siguiendo.
No llevaban más de veinte minutos caminando cuando de pronto escucharon un ave sobre ellos. Era una de las formas en que la aldea se comunicaba, mandando aves para entregar mensajes que no podían esperar y esa era para Kakashi. Se citaba con urgencia al jōnin a la frontera norte del País del Fuego porque había ocurrido un incidente que requería de su presencia allá. No se especificaban más detalles que ese, pero cuando la aldea mandaba águilas significaba sólo una cosa: los problemas eran graves.
Los tres se miraron entre sí al haber comprendido el mensaje esperando las instrucciones de Kakashi. El jōnin cerró su libro y lo metió en su portaherramientas, listo para partir.
El corazón de Sasuke comenzó a latir con más intensidad, aunque mantuvo su expresión seria y centrada. Había estado esperando una misión emocionante hacía bastante y al parecer se estaba presentando una situación en la que por fin podría demostrar todo el avance que había tenido esos meses con su kenjutsu y su ninjutsu. Desde su encuentro con Itachi, no había dejado de entrenar con la esperanza de que la próxima vez que se encontrara con su hermano pudiese derrotarlo. Sabía que su nivel se acercaba mucho al de un jōnin y estaba ansioso de poder comprobar por sí mismo qué era capaz de hacer.
—Debo marcharme a la frontera. Ustedes tendrán que terminar esta misión solos —dijo Kakashi.
—¿Qué? —preguntó Sasuke rompiendo su inexpresividad, para mostrarse molesto—. ¿No iremos contigo?
—No —respondió el hombre con firmeza—. No en esta ocasión. Tú liderarás el equipo Sasuke. Vuelvan a la aldea una vez completen la misión.
—Pero estamos listos para…
Antes de que Sasuke pudiese terminar su idea, Kakashi desapareció en una nube de humo dejando a sus dos discípulos en medio del bosque.
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Los ojos de Hinata se movieron lentamente a la figura de Sasuke. Lo observó en silencio, intentando encontrar las palabras precisas para consolar a su compañero. Sin que se dijeran palabra alguna entendía lo que el pelinegro estaba experimentando. Lo podía notar por la forma en que su puño se cerraba y se abría y por la manera en que su mandíbula se mostraba tensa. Su pelo negro cubría levemente su mirada y todo a su alrededor parecía oscurecerse lentamente tan sólo con su presencia.
Su frustración era tan palpable que Hinata hubiese deseado poder cargar con parte de ella y así evitar dicho peso sobre los hombros de Sasuke. Quería liberarlo de las voces que susurraban en su oído diciendo que no era lo suficientemente fuerte, rápido o inteligente para acompañar a un jōnin en una misión. Las mismas voces crueles y frías que lo atormentaban susurrándole que nunca estaría a la altura de su hermano mayor. Itachi Uchiha a esa edad ya era el líder de ANBU, en cambio Sasuke, seguía siendo un genin que iba en misiones que no requerían fortaleza o habilidad como shinobi.
Ella no experimentaba dicha frustración. Sabía que no estaba ni si quiera cerca del nivel de un jōnin y que sólo estorbaría en una batalla de ninjas de ese nivel. Se alegraba sabiendo que tenía pequeños avances, victorias que a los ojos de cualquiera hubiesen parecido insignificantes pero para que ella significaban todo, como poder hablar con su padre sin titubear, enfrentarse a su hermana sin ser vencida y desarrollar su byakugan cada vez más.
Por lo cual, aunque intentase comprender a Sasuke y consolarlo, no podía hacer más que pararse a su lado y esperar en silencio a que esa sombra pasara y que su compañero volviese a ella. Para esa altura, conocía tanto al Uchiha que simplemente sabía que cualquier palabra para intentar animarlo resultaría en una reacción hostil hacia ella. Cualquier cosa que hiciera o dijera sólo aumentaría su rabia, por lo que esperó hasta que él pareció digerir su amargura y seguir caminando.
Lo hicieron en silencio, uno junto al otro. Las palabras sobraban en dicha situación y Hinata comprendía que Sasuke no estaba de humor para conversar. Se había acostumbrado a ello. En cierta forma, hasta lo apreciaba. No se consideraba a sí misma una persona demasiado extrovertida o interesante como para entablar una amena plática, tener temas divertidos para discutir o poder expresarse de forma que interesara a alguien más. Por ello, que Sasuke no quisiese hablar la hacía sentir aliviada. Se sentía cómoda en ese silencio entre ambos con el cual llevaban tanto tiempo conviviendo.
Después de dos horas caminando por el bosque, un pequeño prado se abrió ante ellos en una planicie que parecía perderse en el horizonte. El pasto llegaba hasta sus rodillas y el olor a hierba fresca hizo que suspirara intentando inhalar las plantas que estaban comenzando a brotar luego de pasar duros meses bajo la nieve. La primavera estaba llegando al país del Fuego y aquello hacía que su corazón cosquilleara con suavidad preguntándose cuanto faltaría ahora para que Naruto volviese a ella.
—La casa del hombre que pidió la misión está unos kilómetros más adelante —dijo Sasuke mirando hacia el horizonte como si con su mirada buscase la vivienda que debían reparar— ¿Podrías revisar?
Hinata asintió juntando sus dedos para activar su dojustu, intentando volver a concentrarse, borrando la sonrisa de su compañero ausente de su mente. Las venas alrededor de sus ojos se hicieron visibles en su delicada piel mientras la sangre de su cuerpo se dirigía hacia sus pupilas, dándole una visión más allá de la que poseía un shinobi normal.
Cada ser vivo a su redonda se hizo visible para ella. Cada animal e insecto tenía su distintiva marca de chakra mientras su visión se adentraba y profundizaba cada vez más. Las plantas, los árboles, las rocas, todo se volvía transparente para ella y la distancia parecía ser insignificante para su técnica. Todo era visible para un Hyūga y se sentía bastante orgullosa de lo mucho que había logrado dominar esa técnica después de años de duro entrenamiento.
—Tres kilómetros hacia el noreste —dijo relajando su visión y bajando las manos, con un extraño sentido de orgullo.
Sasuke asintió y comenzó a atravesar el pastizal. Ella lo siguió con la satisfacción de haberle sido de utilidad a su compañero. Tal vez no era la mejor en nada, y era muy probable que nunca lo fuese, pero mientras estuviese con el Uchiha siempre sería sus ojos. Vería donde él no pudiese hacerlo. Esa era parte de su misión en el equipo siete y se lo tomaba muy en serio. No quería defraudar a Sasuke.
Estaba caminando con una leve sonrisa en su rostro atrás del pelinegro cuando de pronto la voz de su compañero la sacó de sus pensamientos.
—¿Por qué te quedaste dormida hoy?
La pregunta la tomó un tanto desprevenida. A pesar de que estaba entrenando con Sasuke casi a diario, no le había comentado que durante las noches lo hacía con su padre.
Había sido bastante duró para ella al principio poder dar lo máximo de sí misma en sus prácticas diarias y además mantener el ritmo en las noches para no decepcionar al líder del clan Hyūga que finalmente había accedido a enseñarle los jutsus secretos del clan. En muchas ocasiones consideró reservar todas sus energías para la noche, pero no podía rechazar a Sasuke cuando él la pasaba a buscar en las mañanas para comenzar a entrenar. Su compañero la necesitaba y ella no iba a darle la espalda. Quería que ambos crecieran juntos y si para eso debía dormir sólo un par de horas por día, estaba dispuesta a sacrificarse para que ambos pudiesen encontrar su camino en el mundo. Estaba esforzándose, realmente estaba haciéndolo para poder alcanzar a Sasuke. Había caminado tres horas ya con los pesos que Gai había puesto en sus tobillos y a pesar de que estaba acostumbrada a ellos para esa altura, sus muslos quemaban con cada paso que daba intentando seguir la velocidad de Sasuke. Y a pesar de esto, lo hacía sin quejarse ni mostrar los signos de agotamiento que sentía.
Estaba haciendo todo eso para hallar su propio camino, uno en donde pudiese encontrarse con Sasuke y Naruto, uno en donde pudiese mirarlos como su igual y no como la jovencita a la cual ambos debían proteger. Se negaba a estar tras bambalinas cuando llegase la hora en que el Equipo Siete tuviese que defender a Konoha.
—Quiero ser una roca. No arena —respondió con serenidad y una determinación que hizo que Sasuke la mirara sobre su hombro mientras seguía caminando.
—¿Qué se supone que significa eso? —preguntó levantando una ceja.
¿A-Acaso la arena puede volverse una roca, Temari-san?
No, la arena nunca puede volverse una roca. Pero tú no eres arena. Sólo necesitas encontrar la forma de vencer el viento.
Hinata negó con el rostro, sonriendo para sí misma. Estaba haciendo todo lo posible para volverse más fuerte y ser la persona que necesitaba ser para liderar el clan Hyūga. Ese era su futuro y uno que estaba dispuesta a abrazar. Iba a vencer el destino que decía que había nacido sin talento, como un fracaso y alguien de la cual avergonzarse. Se convertiría en la mejor líder que los Hyūga hubiesen visto. No sólo porque quería honrar a su clan, sino porque deseaba que Naruto y Sasuke tuviesen una compañera de la cual pudiesen sentirse orgullosos. Deseaba protegerlos, pelear lado a lado junto a ellos por el bienestar de sus amigos, de su clan, de su villa y su nación. Y sólo entonces, podría reunirse realmente con Sasuke y Naruto, en ese lugar en donde tres caminos distintos se volviesen sólo uno. En donde los tres dejaran de ser fracasos y pudiesen levantar su rostro con orgullo. En donde los tres pelearan por hacer de Konoha un lugar seguro en donde vivir.
Naruto sería el Hokage. El Hokage más joven de todos los tiempos, encargado de traer paz a Konoha y de formar alianzas duraderas con los demás países del mundo. Sería el mejor Hokage de todos los tiempos y comenzaría una nueva época de prosperidad para el mundo shinobi.
Sasuke sería el líder de la policía de Konoha, por supuesto. Se encargaría de poner los pies de Naruto sobre la tierra cada vez que él comenzara a soñar demasiado. Lo ayudaría con la seguridad de la villa y seguiría el legado de los Uchiha dentro de Konoha, formando nuevamente su clan y haciéndolo prosperar.
Y ella… ella se encargaría de que ambos no se mataran uno al otro.
Cuando fuese la líder del clan Hyūga aboliría la regla del sello del byakugan y eliminaría la familia principal y secundaria, haciendo una nueva regla en que el líder del clan fuese el shinobi más destacado y no el siguiente de la línea sucesoria. Cuidaría de que Naruto no se alimentara sólo de ramen y de que tuviese ropa limpia para asistir a sus reuniones con los demás Hokages. Se encargaría de que Sasuke saliera de su casa y sociabilizara con el resto de Konoha. Haría todo lo posible por ver a ambos sonreír y que su amistad durara para siempre. Sólo entonces, cuando los tres cumplieran sus sueños, podrían encontrar un nuevo sueño, algo que pudiesen alcanzar juntos.
—No volveré a quedarme dormida, Sasuke-kun —respondió sintiendo una extraña calidez en su pecho—, aunque quizás debas esperar un poco más por mí.
Era la calidez de saber que era lo que quería de su vida. Deseaba permanecer junto a Naruto y Sasuke por siempre.
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Cuando la misión de reparar el tejado llegó a ellos Sasuke pensó que como mucho tendrían que poner un par de tablas en el techo, arreglar algún que otro imperfecto y asegurarse de que las caballerizas de esa granja estuviesen en buen estado y que de esa forma las lluvias primaverales no arruinaran el contenido dentro de la estructura.
—Debes estar bromeando —se quejó cuando vio la edificación que debían "reparar"—. Esto es más de los daños descritos en el pergamino —se quejó con el granjero, un tal Mishiko.
—Sé que se ve peor de lo que dije, pero…
—Tuvo que mentir porque no tiene dinero para pagar lo que realmente debemos reparar —terminó Hinata con una sonrisa un tanto incómoda.
—No voy a realizar un trabajo que no está… —comenzó Sasuke para ser interrumpido.
—Siento mucho haber mentido. Las circunstancias me obligaron a ello —se disculpó el hombre sacándose el sombrero de paja que traía, mostrando su cabello blanco y las grandes áreas desnudas en su cabeza que indicaban su edad—. Soy un hombre viejo y ya no tengo fuerza para reparar esto. Las cosechas este verano no fueron lo que esperábamos y… si no reparó el granero, no podré subsistir este invierno que se aproxima. Mis caballos necesitan donde pasar las nevadas y mis huesos viejos ya no me permiten hacer esto por mi cuenta.
—Aún así no debió mentir —dijo Sasuke con un tono neutro. La historia no lo conmovía en nada—. Realizar esto nos llevará todo el día y quizás también parte del siguiente y sólo tenemos permiso de ausencia para un día. Tendremos que dar explicaciones innecesarias cuando volvamos, sin mencionar que este trabajo tiene un precio que debe ser cancelado a la oficina de reparto de misiones de Konoha.
—Entiendo… sé que he hecho mal —dijo el hombre con su voz ronca y envejecida—. Pero les pido, por favor, que me ayuden —la cabeza del granjero se hundió entre sus hombros mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Era extraño ver a un hombre con tal grado de frustración por haber llegado a una edad en que dependía de otros para subsistir.
Nada de eso movía el pecho de hielo de Sasuke. De hecho, estaba a punto de tomar sus cosas para irse sin darle mayores explicaciones ante su negativa de hacer el trabajo para el cual habían sido asignados. No era alguien interesado en la caridad y las palabras del anciano no causaban nada en él. Sin mencionar, que mientras ellos estaban realizando una misión tan insignificante como esa, en la cual no había riesgo alguno, el resto de los equipos de Konoha eran designados en misiones rango B y hasta A. No obstante, Sasuke no consideró que no era el único shinobi presente.
—Lo haremos. No debe preocuparse más del asunto. Repararemos el granero —dijo Hinata con determinación mirando las ruinosas estructuras.
—¿Qué? —interrumpió Sasuke—. No tienes facultad para decidir tal cosa. Kakashi me puso a cargo de esta misión. El hombre no tiene los medios para pagarnos.
—Entonces, yo lo pagaré —la suave voz de Hinata se contrapuso ante el rostro sorprendido del granjero y su compañero—. Un shinobi debe ayudar a sus semejantes, y realizar su misión, sin importar lo que cueste. Si es necesario, pagaré esta misión.
—Que molesta eres Hyūga —exclamó Sasuke con desagrado—. No te corresponde pagar algo por lo cual te contrataron. Es ridículo, ¿Qué sigue? ¿Vas a pagar también cuando nos manden a buscar gatos perdidos?
—No me molesta pagar este servicio. Si no ayudamos a Mishiko-san, no podrá arar sus tierras y cultivar arroz para Konoha. Es necesario para la subsistencia de todos que esta granja siga funcionando.
—Muchas gracias jovencita —dijo el anciano haciendo una reverencia mientras sus hombros temblaban ante el esfuerzo—. No sabe lo que esto significa para mí y para mi esposa… nosotros… nosotros no acostumbramos pedir caridad, pero…—hizo una pausa cuando su voz se quebró—. Le prometo que algún día le pagaremos por esto.
—Estoy segura que lo hará —respondió Hinata sonriente y avanzando, lista para comenzar.
Sasuke la observó desde su posición sin moverse. Como líder de la misión tenía la autoridad para hacerla volver, pero algo le dijo en sus entrañas que aún ordenándole que lo hiciera, aquel sería un mandato que su compañera no seguiría. Era demasiado blanda y siempre daba el brazo a torcer cuando veía a alguien en problemas. Aquella era una de esas cosas que detestaba de Hinata Hyūga, esa amabilidad inherente a ella de la cual cualquiera podía aprovecharse, pero que al mismo tiempo…
—Está bien —dijo suspirando—. Tú pagarás esto.
No podía dejar de admirar.
Un extraño e irritante cosquilleo se expandió por su pecho cuando la vio ayudar al hombre a caminar mientras entraban al granero. Detestaba sentirse así, vulnerable y expuesto ante esas sensaciones que nunca había experimentado pero que ya se estaban volviendo rutina. Odiaba admirar aquellas cualidades en su compañera, que para él no eran más que signos de debilidad. Apretó la mandíbula, se ordenó a sí mismo componerse y actuar como un shinobi, e ignoró por completo lo que estaba experimentando jurando que algún día haría pagar a Hinata por lo que provocaba en él.
Tan pronto entró al granero junto a Hinata y se detuvieron a analizar lo que debían hacer, se dieron cuenta que la estructura estaba cayéndose a pedazos y ni si quiera tenía caballos dentro (aunque aún olía a estiércol). Ambos miraron –Hinata con entusiasmo, Sasuke con desanimo– todo el trabajo que debía hacerse mientras el granjero les sonreía y les indicaba donde estaban los materiales que necesitarían, intentando ser lo más amable posible para que los shinobis no se dieran la vuelta y lo dejaran con aquel problema sin solucionar.
Hinata se mostró más activa que costumbre y fue la primera en comenzar a levantar las tablas y los baldes con clavos, indicándole al hombre que no se preocupara, pues dejarían aquel lugar en condiciones para que sus caballos pudieran habitar en él.
Pasaron el resto del día poniendo tablas, clavando y asegurándose de que el trabajo quedara bien hecho. Levantaron vigas, remplazaron otras y se aseguraron de que las paredes no tuviesen agujeros por los cuales entrara el viento. El proceso no era refinado como el de un constructor y mucho menos armónico, como lo habría sido si alguno de los dos tuviese conocimientos de arquitectura y edificación, pero pronto el lugar comenzó a tomar forma, viéndose más aceptable de lo que había estado cuando llegaron.
Aún así, tan pronto comenzó a caer el sol en el horizonte supieron que de ninguna forma el tejado estaría listo ese día y que seguramente tendrían que pasar la velada ahí.
—Si trabajamos toda la noche es probable que terminemos al amanecer —dijo Hinata mientras le pasaba una nueva tabla a Sasuke para que la pusiera sobre las vigas y pudiese martillarla.
—Estás más irritante que de costumbre Hyūga —respondió Sasuke molesto por el optimismo de su compañera—. Pon esa tabla aquí.
Levantó su mirada para observar que Hinata estuviese haciendo bien su trabajo, posicionando la tabla de forma precisa junto a la que estaba clavando contra las vigas. En ese momento, cuando sus ojos se posaron sobre la figura de su compañera, notó como los últimos rayos de sol caían sobre la figura de Hinata. Para cualquiera, la heredera del clan Hyūga se habría visto desastrosa con su cabello desordenado por el viento, las mejillas sonrojadas por el esfuerzo, su piel sudada y sucia, sus manos heridas y su ropa manchada por polvo y tierra. No obstante, lo que Sasuke veía era distinto. Para él, nada se acercaba más a la perfección que esa imagen suya bajo el atardecer primaveral. La observó un tanto embelesado, sin palabras, mientras la joven se agachaba para posicionar la tabla.
Fue entonces, cuando Hinata inclinó el torso hacia abajo, que sus dos grandes atributos se hicieron visibles por el hueco que había entre su cuello y la cremallera. Las mejillas de Sasuke se sonrojaron de inmediato mientras sus ojos lo traicionaban sin poder dejar de observar los senos de la joven, los redondos, exuberantes y perfectos senos que en más de una ocasión lo habían mantenido despierto maldiciendo durante la noche preguntándose en qué momento habían crecido tanto.
De pronto, sin que se diera cuenta, el martillo golpeó su dedo en vez del clavo.
Y entonces Sasuke Uchiha aprendió una lección muy importante en la vida de un shinobi. Las kunoichis tienen armas más peligrosas que los kunais, shurikens, senbons o katanas, tan mortales y eficaces que podían desarmar e incluso herir a alguien considerado un genio.
