CAPITULO 36

Festival de las Estrellas (Parte 1)

El banco del río celestial es un lugar solitario en el cual esperar…

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Definitivamente era un buen día. Por primera vez en años no escuchó nada más que el sonido de las avecillas afuera de su ventana al despertar mientras rodaba enredándose entre las sábanas. No había ladridos fastidiosos, ni mujeres histéricas gritando. Nadie le estaba lanzando cosas por la cabeza para que despertara ni tampoco tuvo que escuchar la rutinaria comparación que su madre le hacía con el inútil de su padre; tan sólo estaban Akamaru, su cama y él.

Era el primer día de Julio, el verano estaba en su apogeo y pronto sería su cumpleaños número catorce (y también el de Akamaru); todo un hito en la vida de un hombre y su fiel mascota. Curiosamente, su aniversario era el mismo día del Tanabata, el séptimo día, del séptimo mes. Todo un presagio para alguien con fortuna como él.

Su madre y su hermana habían sido llamadas para una misión bastante importante en la cual servirían para rastrear a un grupo de criminales que se había visto en la frontera, atraídos por la visita que harían las distintas e importantes figuras de todo el país hasta Konoha a celebrar la noche de los siete dioses. Por lo que sabía, tanto Kurenai sensei como Kakashi Hatake habían sido convocados también en dicho grupo de élite, lo cual le daba el día libre al equipo ocho. Y al parecer, también al equipo siete (o lo que quedaba de éste, pues Naruto había estado fuera de la Villa por bastante tiempo ya).

Por ello, Hinata y él habían acordado practicar sus líneas para la obra, aprovechando que no tenían nada oficial que hacer durante el día.

Al principio, notó que su coprotagonista se veía un tanto insegura respecto a juntarse con él para poder ensayar, no obstante, debido a su gran insistencia y su inquebrantable ánimo de ser el mejor actor que esa aldea hubiese visto, Hinata terminó cediendo a su petición, acordando que se reuniría con él durante la mañana para que pudiesen interactuar uno con el otro durante las escenas más complicadas de la obra que iban a interpretar en tan sólo siete días.

El lugar que habían escogido para ensayar era la mansión Hyūga, pues al parecer había muchos lugares dentro del recinto en el cual nadie los interrumpiría. Además, Sakura, Ino y Shino se dedicarían a terminar de confeccionar el vestuario durante el día y también la escenografía, imposibilitándoles poder practicar en el anfiteatro de la aldea.

―Buen día Akamaru ―dijo sentándose sobre la cama para rascarle la cabeza a su perro―. ¿Qué te parece si nos levantamos? Debemos encontrarnos con Hinata. De seguro ya nos debe estar esperando, muchacho.

Caminar por su casa sin sentirse observado ni angustiado por la mirada de su madre era una de las mejores sensaciones posibles. No le diría que era irresponsable, ni tampoco tendría que escuchar que era un debilucho y que si seguía así se volvería un bufón en vez de un shinobi, tal como su padre. Tampoco tendría que escuchar a su hermana decirle que Akamaru estaba demasiado atrasado en su progreso como perro ninja y que si no se tomaba en serio su rol como entrenador terminaría con un perro perezoso e inútil.

Entró al baño con una sonrisa de oreja a oreja; por primera vez en años no se encontró con cabellos largos por todo el suelo, ni con productos de higiene femenina a la vista de cualquiera, ni tampoco con maquillaje desparramado por todo el lava manos. Finalmente podría sentarse en el trono del rey de la casa sin escuchar que se apurara del otro lado de la puerta; aquello le sacó la más placentera sonrisa.

―Tú y yo tenemos una cita el día de hoy, hermosura ―dijo apuntando al excusado, para luego sentarse y ponerse a leer el libreto de la obra de teatro en la cual él era protagonista.

El guión era bastante complicado en algunas partes y sus líneas contenían palabras difíciles de recordar y hasta algunas que no tenía idea qué significaban. No obstante, no le importaba que tan difícil fuese todo ello. Les demostraría a todos en la aldea que al igual que cualquier otra actividad en la que participase, él destacaría como actor.

¿Está amainando el latido de mi corazón al tener en mi presencia tu diáfana mirada? ―dijo en voz alta mientras leía una de sus líneas― Que cursi, ¿Por qué no pudieron simplemente escribir algo más realista Akamaru? De seguro esto lo escribió una mujer… ebria.

Después de utilizar el excusado y tomar un rápido baño se dirigió a la cocina y se preparó un suculento trozo de carne para él y uno para Akamaru. Era un deleite poder comer carne tan temprano, pero aún mejor, era saber que nadie daría vuelta la mesa ni lo arrojaría contra una pared por estar ocupando su tiempo en alimentarse.

¡Oh Orihime! Las estrellas lloran ante tu belleza y el firmamento es opacado por el brillo de tus ojos. Tu sonrisa es el motivo por el cual desde ahora en adelante latirá mi corazón―exclamó mirando a Akamaru, el cual ladró dando su aprobación ante la línea que Kiba estaba recitando―. ¡Soy el mejor actor del mundo! ―exclamó emocionado al ver que recordaba a la perfección una de sus líneas―. ¡Que tarde es Akamaru! Deberíamos apurarnos.

Enrolló el libreto, caminó hasta la puerta colocándose su pesado abrigo y salió de la casa seguido por su perro. El sol brillaba sobre la montaña de los kages, lo cual de alguna forma lo hacía sentirse más animado. Algún día su rostro estaría tallado en esas laderas rocosas y podía imaginarse a sí mismo con el sombrero rojo y blanco con el símbolo del fuego, inaugurando el día nacional de las mascotas y la carne.

Toma mi mano ahora, guíame por los prados en los cuales tus pies descalzos pisan… ―tuvo que leer la línea nuevamente desde el guión para recordar lo que venía―…. pisan la hierba, pues es el único lugar en el cual podré sentirme completo.

Las personas no parecían notar que Kiba Inuzuka iba pasando, recitando cursis líneas de amor. Todos estaban demasiado ocupados arreglando la aldea para que se viese lo más presentable posible para recibir a los kages de las distintas naciones, incluso a lo lejos observó como Gai Sensei y Lee llevaban cajas y cajas de guirnaldas de colores una encima de otra, animándose a entrenar mientras lo hacían.

El evento de Tanabata iba a ser algo que daría de qué hablar por mucho tiempo y él quería asegurarse de que nadie olvidara su rostro ni tampoco su nombre.

Haz conmigo lo que la primavera hace con los cerezos, mi hermosa princesa ―dijo entusiasmado pasando debajo de los adornos de papel que colgaban en las calles―. Desde hoy en adelante, no tengo ojos para otra mujer que no seas tú.

Guardó el libreto cuando se aproximó a la entrada del recinto de los Hyūga. El lugar se veía bastante decorado, con grullas y serpentinas de brillantes colores colgando desde los árboles aledaños. Algunos niños de ojos perlados se encontraban amarrando guirnaldas y distintos papeles con deseos, lo cual lo hizo reír. Él también tendría que escribir alguna cosa luego para poder colgarlo junto a Akamaru.

A diferencia de muchas otras personas, Kiba no pidió permiso para entrar ni preguntó dónde se encontraba Hinata. Tan sólo caminó mirando de un lado a otro mientras curiosos ojos se enfocaban en él y en su perro, hasta que finalmente escuchó el típico sonido de personas entrenando. Cuando se acercó al lugar en donde parecía estar llevándose a cabo un duelo estilo sparring, notó que una pequeña niña de cabello castaño se encontraba utilizando el singular estilo de pelea de los Hyūga en contra del prodigio del clan, Neji Hyūga.

―¡Oi! ¡Neji! ―gritó saludándolo animadamente, lo cual hizo que tanto la niña como él se voltearan, interrumpiendo su entrenamiento―. ¿Has visto a Hinata?

Neji lo observó con bastante seriedad, mostrándose un tanto ofendido de que Kiba se dirigiese a su prima menor de forma tan poco formal. No obstante, la niña corrió hacia él con una sonrisa cálida al ver a Akamaru.

―¡Que lindo! ―dijo enternecida mientras le acariciaba la cabeza―. ¿Su nombre es Akamaru, no?

―Sí ―respondió Kiba un tanto confundido―. ¿Cómo lo sabes?

―Onee-san me habló de él ―respondió mientras Akamaru se paraba en dos patas para lamerle la cara.

―Hanabi-sama, deberíamos continuar ―sentenció Neji observando con molestia a Kiba―. Hinata-sama se encuentra en el dojo, Kiba.

―Ah, ¿Y dónde queda eso? ―preguntó un tanto despreocupado mientras miraba de lado a lado.

―Sólo sigue recto sin desviarte de la puerta a la derecha, por el corredor, hasta la última puerta en medio del pasillo ―le respondió Neji un tanto incómodo. Al parecer, no le agradaba mucho que Hinata estuviese recibiendo visitas.

Kiba comenzó a caminar en la dirección que Neji le indicó, seguido por Akamaru quien no parecía muy feliz de alejarse de la pequeña que lo había acariciado con tanta familiaridad.

A pesar de que Neji había dado instrucciones que parecían difíciles de malinterpretar, a Kiba se le hizo eterno avanzar por ese corredor con tantas puertas.

Mientras caminaba, se imaginaba qué habría detrás de cada una de ellas y se sorprendió de que los Hyūga fuesen tan poderosos como para tener un complejo de semejante tamaño ahí. Extrañamente, comenzó a sentirse incómodo y mal vestido para estar en un lugar así.

―Y pensar que Hinata heredará todo esto… ―dijo asombrado.

Cuando finalmente encontró el dojo, o al menos la última gran puerta, sintió que no debía abrirla, como si atrás de ésta hubiese un gran secreto que nadie debía ver. No obstante, antes de que pudiese armarse de valor para abrirla y anunciarse, Hinata la abrió haciendo una pequeña reverencia con una sonrisa.

―Buenos días, Kiba-kun ―dijo la joven, haciendo que su cabellera azulada cayera por sus hombros hacia adelante.

―Oi Hinata. Disculpa la demora ―dijo rascándose la cabeza para luego mirar de lado a lado el enorme dojo de madera―. Vaya, este lugar es enorme. Debes ser muy rica ¡Genial! ¿Entrenas aquí?

―A veces ―respondió Hinata hundiéndose un poco entre sus hombros―. Cuando Otou-sama no lo utiliza para entrenar junto a Hanabi.

―Pues, es realmente grande ―sentenció el Inuzuka cruzándose de brazos―. Si tuviese algo así para entrenar junto a Akamaru nunca saldría de mi casa, aunque seguramente mi madre reclamaría por algún motivo u otro ―comenzó a reír sin notar lo incómoda que comenzaba a sentirse Hinata, caminando hacia un costado para ver la colección de Katanas que había colgadas en las paredes―. ¡Mira esto Akamaru! ¡Acero antiguo! Nunca pensé ver katanas como estas en Konoha.

―Eran de mis antepasados ―respondió Hinata observándolas también con algo de respeto―. Alguna vez las usaron, mucho antes de que se formara Konoha. Pero son sólo adornos ahora. Nuestro estilo de pelea ha evolucionado bastante desde esa época.

―Deben tener por lo menos mil años, ¿Siguen afiladas? ―preguntó Kiba con deseos de sacar una y comprobarlo por sí mismo.

―Supongo que sí ―la joven Hyūga parecía perdida en recuerdos del pasado―. Otō-sama dice que lo están.

Ambos guardaron silencio un momento entonces. Era extraño, pues Kiba había estado a solas mucha veces con Hinata y siempre había algo de lo cual conversar, reír o bromear. Pero era diferente en esa ocasión. Estaban a punto de comenzar a practicar líneas cursis y románticas, debiendo sentirse completamente en confianza el uno con el otro, interpretando estar profundamente enamorados.

―¿Dónde quieres hacerlo? ―le preguntó Kiba hundiendo los ojos en el libreto que llevaba enrollado.

―¿Q-Qué? ―exclamó Hinata casi ahogándose en sus propias palabras.

―¡Me refiero a practicar las líneas! ―se excusó rápidamente Kiba enrojeciendo hasta las orejas.

Ambos miraron hacia un costado con el rostro sonrojado. El joven se rascaba la cabeza y Hinata jugaba con sus dedos, mientras Akamaru miraba de un lado a otro esperando una reacción por parte de ellos. Era evidente que se sentían tensos por estar en esa situación, a solas, por lo cual Kiba tragó saliva y decidió romper el silencio.

―Escucha, esto no tiene por qué ser raro ―dijo riendo un tanto incómodo―. Es sólo una obra, como aquellas que interpretábamos en la Academia para navidad. No es gran cosa.

―Lo sé ―respondió Hinata observando a Kiba con timidez―. Quiero esforzarme todo lo posible para que salga bien. Todos han trabajado muy duro y no quiero decepcionarlos. Es sólo que…

―No lo harás ―respondió Kiba sonriéndole―. Sólo debes confiar en ti misma y las líneas fluirán con naturalidad.

―Es un tanto difícil porque… bueno…

―Sí ―Kiba tragó saliva y suspiró―. Pretender que estamos enamorados es raro. Nunca tuvimos que hacer algo así en las obras de Navidad.

―S-sí.

―A decir verdad, yo ni si quiera sé que es eso ―se sentó sobre la madera del dojo tomando más confianza―. Sólo intento comportarme como lo hacen los adultos en San Valentín ―pensó que ese chiste quebraría un poco lo incómodo de la situación y rió un tanto fuera de lugar―. Para ti es mucho más fácil ―se quejó―. Sólo necesitas imaginarte a Naruto mientras dices las líneas y ya ―las mejillas de Hinata ardieron mientras lo observaba horrorizada. Kiba casi se ahogó al notar que quizás había hablado de más―. Lo siento, es sólo que… bueno… pensé que no era un secreto que tú…

―¿Es… es tan evidente? ―preguntó ella tapándose el rostro por la vergüenza.

―Lo siento… ―susurró avergonzado ― No es tan evidente. Sólo… si hubiese tenido que pasar todo el día entrenando, viajando y realizando misiones con dos personas como Naruto y Sasuke me habría enterrado una de estas katanas en medio del pecho. Incluso Sakura es un lecho de rosas comparada con esos dos. Tú pareces adaptarte bien a ambos y… bueno… sólo una mujer enamorada podría hacer algo así. Y como nadie en este mundo, aparte de Sakura, podría amar a un sujeto como Sasuke, me imagino que… ahm… ―era muy complicado hablar así. Realmente lo odiaba. Sólo podía hacerlo porque convivía con dos mujeres altamente hormonales y temperamentales―. Que tu sonrisa se debe a Naruto.

Hinata suavizó sus facciones y extrañamente llevó su mano al pecho, como si estuviese buscando algo que sólo ella parecía conocer. Kiba subió una ceja, se rascó la cabeza y rodó los ojos. Al menos se había zafado de su comentario desubicado.

Fue entonces que la sonrisa de Hinata pareció esfumarse y una extraña melancolía la rodeó. Para Kiba que sólo observaba, pareció como si de pronto la luz a su alrededor que brillaba tan fuerte como la del sol, fuese opacada por un suave claro de luna.

―No es tan malo como parece ―dijo la peliazul apenas más fuerte que un susurro―. Sasuke-kun. No lo es.

Había golpeado las rocas del acantilado toda la mañana perfeccionando el chidori, manipulando su forma y su velocidad. Había trotado dos horas alrededor de la aldea justo antes del alba intentando mejorar su estamina. Había practicado con el sharingan lanzando kunais y shurikens. Llevaba despierto desde mucho antes que saliera el sol, intentando deshacerse de ese exceso de energía y frustración que inundaba su cuerpo.

Había exagerado un poco en su entrenamiento ese día pues, hiciera lo que hiciera, no conseguía parar de dar vueltas en la cama intentando hacer desaparecer de su cabeza la imagen de Hinata junto a Kiba.

Kiba… susurrándole palabras de amor, rozando sus labios contra los lóbulos aterciopelados que escondía bajo su azulada cabellera. Kiba…mirándola a sus ojos nacarados que transmitían calidez incluso en los días más fríos de invierno. Kiba…tocando su piel de porcelana con la punta de sus dedos, trazando caminos en su cuello virginal, sin apreciar la perfección de su piel sin cicatrices a pesar de ser una kunoichi. Kiba…acercando lentamente su rostro lleno de baba de perro para finalizar en un beso sobre aquellos labios que sólo él antes había probado.

Alguien como Kiba no estaba a la altura de Hinata. Quizás nadie lo estuviese.

Ese pensamiento lo irritaba al punto que uno de los árboles frente a él fue reducido a pequeñas astillas cuando un rayo de electricidad salió de su mano para cortarlo. Apoyó las manos en sus muslos agachándose levemente para respirar. Podía ver algunas gotas de sudor caer al suelo desde su frente. Estaba tan molesto que todo su cuerpo se tensaba cada vez más, pues se sentía como un hermano celoso y sobreprotector, cuando lo que menos debió interesarle era precisamente quien besaba o no a Hinata Hyūga. Quizás esa era la labor de Neji, pero definitivamente no la suya. Él no era así y todo eso era humillante.

Pero no podía evitarlo. Estaba fastidiado. Ya tenía la edad suficiente para poder admitírselo a sí mismo, aunque no por ello se sentía menos frustrado por ello. Lo último que hubiese querido era sentir celos de su compañera de equipo, y aún así, no podía hacer nada para evitarlo. Le era imposible no odiar a cualquiera que se atreviera a acercarse a ella, a tocarla, a añorarla, a mirarla con otros ojos que los de un compañero…

La imagen de Kiba besando a Hinata atormentaba sus sueños desde el día en que le entregaron el guión de la obra y leyó lo que ese bastardo tendría que hacer junto a ella. Había intentado convencerla de que todo eso era una estupidez y que no debían ser parte de ello, aunque se llevaran una sanción por no participar en la obra. Había discutido con ella sobre lo ridículo que sería tener que actuar diciendo líneas que parecía haber sido escritas por Tsunade mientras estaba intoxicada con sake o algo peor. Era una obra patética, rosa, dulzona, cursi y predecible; de ninguna forma alguien con dignidad se habría prestado para interpretar algo como eso. Le había dicho lo avergonzado que estaría su padre y todo el clan Hyūga cuando la vieran interpretando algo como eso y que quizás ahora sí la terminaría desheredando.

No obstante, nada había funcionado para convencerla de dejar de lado la obra.

Lo peor era tener que estar ahí presente mientras Kiba y Hinata leían el guión junto al resto. Era repulsivo ser testigo de algo así. Cada vez que Kiba la miraba a los ojos y exageraba sus líneas gritando cuanto la amaba, quería saltarle encima y golpear su rostro hasta que nadie lo pudiese reconocer. En cada ocasión que se acercaba a ella poniendo las manos encima de sus hombros, sentía que la mandíbula se le tensaba y que el estómago se le oprimía.

Sabía que en más de una ocasión quizás, tal vez, había sentido algo parecido a los celos cuando se trataba de Hinata, pero ahora era mucho peor. Le resultaba insoportable. Era como si alguien hubiese recreado su peor pesadilla y la estuviese interpretando frente a él una y otra vez hasta el cansancio. Sólo habría sido peor si en vez de Kiba, hubiese tenido que ver a Naruto en el rol de un idiota enamorado.

El sonido de pasos hizo que se parara derecho. No necesitaba si quiera ver de quien se trataba, pues había aprendido a reconocer el sonido que ella emitía al caminar.

Hinata llegó a la zona cuarenta y cinco de entrenamiento un poco después de medio día. Vestía su usual polerón lila y sus pantalones azules a medio tobillo. Traía consigo una bolsa con comida, conteniendo dos bentos para ellos, o al menos eso pensó Sasuke al verla aproximarse.

―Llegas tarde Hyūga ―fue lo único que le dijo, sin prestarle más atención mientras ella se sentaba sobre el pasto sacando la comida y los palillos―. ¿Qué haces?

―Almorzar ―respondió ella un tanto confundida―. Momo-chan hizo gyozas y onigiris, así que aproveché de pedirle que pusiera algunas en un bento para que los dos pudiésemos almorzar. Me imaginé que tampoco has comido, Sasuke-kun ―la miró con seriedad mientras ella sacaba las cosas de la bolsa, poniéndolas sobre las verdes hierbas que a esa hora del día lucían un tanto azuladas―. Estuve tan enfocada practicando las líneas con Kiba-kun que me olvidé de comer.

―Sácate los pesos de los tobillos y comencemos ―le ordenó con severidad al escucharla mencionar a Kiba. Su voz era fría como el acero y tan amenazante como una katana.

―¿No sería mejor que comamos antes de entrenar? ―le preguntó con una sonrisita nerviosa. De seguro ya había notado que estaba del peor de los humores.

No le respondió. Odiaba repetirse. Tan sólo activó el sharingan.

Hinata lo observó un tanto extrañada, sin embargo accedió a su petición y se sacó con cuidado los pesos que Maito Gai le había indicado usar, para luego ponerse de pie en posición ofensiva. Sasuke podía ver con su sharingan que las palmas de la joven rebosaban con un chakra azulado listo para utilizar la técnica de los Hyūga, el aclamado puño suave.

Los ojos de Hinata activaron el byakugan y sin esperar más, Sasuke se lanzó contra ella.

No se estaba midiendo, quería golpearla. La expresión de sorpresa de Hinata le indicó que ella también había comprendido sus intenciones.

No obstante, no le resultaba tan fácil como antes. A pesar de poder predecir sus movimientos, la velocidad de Hinata para esquivar había cambiado sustancialmente los últimos meses, haciendo que sus velocidades se equipararan levemente si él se descuidaba. Tan pronto su mano se acercó a la chica, ésta la golpeó con su palma desviando su trayectoria y expulsando un fuerte flujo de chakra contra su puño.

Dolía. Y dolería mucho más cuando terminaran. Pero no le importaba, pues su sharingan le había mostrado que ese sería el movimiento de Hinata; bajó con rapidez su otra mano sujetando la muñeca del brazo con el cual lo había golpeado, infundiendo su propio chakra en ella para desestabilizar su puño gentil.

La reacción fue inmediata en Hinata, quien observó su mano incrédula mientras él la lanzaba con fuerza hacia el suelo, haciendo que se golpeara el torso contra éste.

―¿Eso es todo? ―le preguntó saltando hacia atrás, mirándola con indiferencia, sintiéndose extrañamente divertido y complacido de escucharla gemir por el golpe que se había dado―. Deja de pensar en esa estúpida obra y concéntrate.

Cuando Hinata levantó el rostro, vio que el labio le sangraba. Muchas veces antes habían entrenado al punto de herirse, pero nunca en el primer golpe.

―No me mediré esta vez ―respondió ella secándose la sangre del labio con el dorso de su manga, luciendo más seria que de costumbre.

―Me decepcionaría si lo haces ―le dijo cortante.

La velocidad con que se paró y se abalanzó contra él fue tal que a pesar de mover su torso de costado, no logró impedir el golpe de la Hyūga, quien descargó un palmazo de chakra a presión contra él. Fue expulsado algunos metros hacia atrás hasta que cayó al suelo también, tosiendo con fuerza por el evidente daño en sus órganos. Quizás podía soportarlo en ese momento y seguir peleando, pero le dolería toda la noche.

―¿Estás bien? ―le preguntó Hinata bajando las manos.

―No es nada ―dijo él tosiendo nuevamente al sentir como el aire se le escapaba del cuerpo sin que pudiese volver a inhalar.

No le daría el privilegio de escucharle decir lo adolorido que estaba. Había practicado tantas veces con el puño suave y aún así no dejaba de sorprenderle lo que ella podía hacer con un pequeño roce de su palma. A pesar de contar con el sharingan que podía ver adelantadamente como ella se movería y también el chakra que expelía su cuerpo, lograr contrarrestarla era difícil.

Se puso de pie intentando fingir que no le dolía el pecho, forzando a su cuerpo respirar como fuese. La observó con la firme determinación de volver a golpearla y recibió de vuelta una mirada suave y preocupada de parte de ella. No quería que lo mirase así, como si fuese patético, como si fuese alguien como ella o Naruto. Él era un Uchiha, un shinobi de Elite. Un fracaso como ella no podía observarlo de esa forma.

―Tu chakra se ha vuelto demasiado inestable Sasuke-kun. El golpe interrumpió el flujo hacia tus brazos y piernas. Es mejor que nos detengamos hasta que vuelva a su curso normal. Tomará al menos un día ―dijo Hinata bajando las manos con delicadeza y desactivando el byakugan―. ¿Quieres practicar taijutsu?

―No. Quiero que vuelvas a activar tu dojutsu y que intentes golpearme tal como lo hiciste hace un momento ―respondió él, inhalando con cuidado, pues hasta respirar le dolía.

―Pero podrías lastimarte si intentas realizar ninjutsu―respondió Hinata frunciendo las cejas―. Y si vuelvo a golpearte podrías…

―Eso es algo de lo cual yo debo preocuparme, no tú. Si ni quiera puedo vencerte a ti, ¿Cómo esperas que venza a Itachi?

―Pero Sasuke-kun…

―Dijiste que me ayudarías. Lo prometiste. Cuando quise irme a entrenar por mi cuenta, me quedé en Konoha porque Naruto y tú dijeron que me ayudarían a vencer a mi hermano, ¡Lo prometieron! ―Hinata bajó el rostro entonces―. Siempre perdiendo el tiempo en misiones estúpidas, en obras ridículas, en eventos que no traen ningún beneficio a nadie… ¿Hanami? ¿Cumpleaños? ¿Vacaciones? Ni quiera nuestro instructor se toma la molestia de entrenarnos ¿Cómo podré volverme más fuerte si lo único que hacemos es perder el tiempo? ―la joven no dijo palabra alguna, sólo observó el suelo que estaba pisando―. ¡Respóndeme! ―le exigió Sasuke, sintiendo que las manos le temblaban.

Fue entonces que ella cerró los ojos y caminó hacia él con calma. Sasuke la observó sin entender qué era lo que estaba haciendo. Lucía tan serena, como una flor pequeñísima entre el prado golpeada con fuerza por el viento. Su mera presencia lograba hacer que esa rabia dentro de él se fuera apaciguando, inspirando un respeto casi reverencial, como si estuviese ante la presencia de una deidad milenaria perdida en el transcurso del tiempo. Cuando ella lo observaba así, con esa elegancia y dignidad en sus facciones, era como si no estuviese frente a Hinata, sino ante una completa extraña.

Sabía que estaba moviendo su brazo hacia él, pero no le prestó atención, sólo siguió viéndola a los ojos preguntándole con la mirada qué era lo que ella le estaba haciendo, exigiendo que le respondiera cómo era posible que con su mera presencia lograse traer esa paz que tanto había anhelado desde el momento en que observó a sus padres muertos frente a su hermano.

Sintió la punta de los dedos de Hinata recorrer la piel de su brazo, realizando un pequeño camino desde su codo hasta su hombro. Un nudo se formó en su garganta y se obligó a sí mismo a abrir la boca entonces para preguntarle qué era lo que estaba haciendo, pero no pudo formular palabras, pues ella misma respondió sin la necesidad de pregunta alguna.

―El golpe bloqueó tu flujo de chakra hacia el brazo. Esto debería ayudar para que sigamos entrenando ―dijo con suavidad e impavidez, con una extraña tristeza que le heló el pecho.

―No recuerdo haberte pedido que…

―Podremos entrenar de esta manera ―puso la punta de su dedo índice sobre el hombro de Sasuke y entonces él sintió algo cosquillear. Miró el lugar que ella tocaba y se percató de que estaba realizando una infusión de su propio chakra para liberar el punto que había cerrado―. Ya está ¿Se siente bien?

―Sí… ―susurró, sin estar del todo seguro si se refería a su brazo o a lo que sentía por su tacto.

―Siento estar más pendiente de la obra que de entrenar. Te prometí ayuda y estoy fallándote ―dijo ella suspirando, intentando no mirarlo a los ojos, con ese aire triste que hacía que todo a su alrededor pareciese gris y muerto―. Siempre he sido tan insegura en todo lo hago. Quiero que al menos esta vez, la confianza que depositaron todos en mí, se vea recompensada.

―Entiendo ―extrañamente, al observar los gestos de Hinata, sabía que todo lo que ella decía era cierto. Estaba angustiada y nerviosa por su desempeño en esa tonta obra. Rodó los ojos y dijo algo que no pensó podría salir de su boca―. Todo saldrá bien. Deberías dejar de preocuparte tanto con ese asunto.

Hinata subió el rostro sorprendida, como si dudase que aquellas palabras amables hubiesen salido de la boca de su compañero de equipo. Se observaron sólo un instante que a Sasuke le pareció eterno, pero por primera vez en mucho tiempo, sintió que los ojos de la Hyūga sólo lo veían a él.

Hacía bastante no la observaba así, dándose el privilegio de absorber cada detalle de su rostro. Generalmente, cuando la miraba, lo hacía de reojo para que ella no se diera cuenta de su interés. Cuando comenzó a ser consciente de lo que hacía, se obligó a sí mismo a dejar de verla detenidamente buscando sus facciones, sus detalles, las diferencias que la estaban convirtiendo lentamente en una mujer; pero en esta ocasión no pudo forzarse a voltear la mirada.

Aprovechó ese instante para poder verla; realmente verla. Ya se lo había preguntado antes, pero ahora la duda era incluso más fuerte, ¿En qué momento Hinata había pasado de ser una molesta niña, a una hermosa joven? ¿Por qué su pecho se agitaba y se calmaba con tanta frecuencia sólo por estar cerca de ella? ¿Sería consciente del poder que tenían sus ojos, para hacer que tan sólo con su mirar alguien como él olvidara todo lo que lo rodeaba? ¿Acaso el resto se daba cuenta que bajo ese flequillo azulado se escondía el mayor enigma de la aldea?

―Gracias ―susurró ella, sonriendo, tomando sus mejillas un adorable color rosa.

Fue entonces que Sasuke se alejó. Si seguía observándola podía hacer algo de lo cual se arrepentiría el resto de su vida.

En cambio, prefirió tratar de calmarse un poco, olvidar todo aquello, comportarse como su compañero de equipo. Caminó hacia el lugar en donde estaba la bolsa con los bentos dejando su katana de lado. Sin mucho cuidado se sentó sobre el pasto con desinterés observando el guión que se encontraba al lado de la bolsa.

―Además, estoy seguro que ya te debes saber tus líneas mejor que la propia ebria que escribió esto―dijo, sujetando el guión, observando el color amarillo con el cual Hinata había destacado sus diálogos.

―Aún me falta mucha práctica ―respondió ella suspirando.

―Entonces practiquemos… ¿Qué sucede, Orihime, que tus ojos lloran estrellas? ―Sasuke lo dijo casualmente, mientras sacaba un pedazo de salmón y lo metía a su boca. No obstante, podía sentir como enrojecía de vergüenza por decir algo tan cursi.

―¿Te sabes las líneas Sasuke-kun? ―le preguntó Hinata emocionada mientras se sentaba frente a él tomando otro bento― ¿Realmente quieres ayudarme a practicar?

―Sólo mientras comemos. No pienses que perderé la tarde diciendo estas tonterías.

―Sí ―respondió sonriente―. Sólo escuchaba el balido al otro lado del río de plata que brilla…

―Que destella ―la corrigió Sasuke―. Vamos Hyūga, puedes hacerlo mejor que eso.

Sólo escuchaba el balido al otro lado del río de plata que destella en el firmamento. Es el canto del pastor que me ha hecho quebrar en llanto, ¿Qué hay al otro lado de la vía láctea que tanto me inquieta, otou-sama?

Tragedia y miseria, nada más ―dijo Sasuke con neutralidad, no estaba actuando, sólo repitiendo las líneas como si las estuviese leyendo―. Un destino que te hará caer en desgracia, como usualmente ocurre con aquellos que se enamoran perdidamente de otro.

―Te sabes mejor las líneas que Chouji y yo juntos ―dijo Hinata absorta, destapando su comida.

―Hemos practicado toda la obra tres veces ya. Me sorprende que ustedes no sepan sus líneas aún ―respondió sacando una rebanada de tomate.

―No todos tenemos tu memoria ―Hinata sonrió y ante el comentario, Sasuke bufó con gracia.

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Cuando andas o reposas, cuando cantas o duermes, cuando sufres o sueñas, siempre… cuando estás cerca o lejos, siempre… eres mía, mi Orihime ―dijo Kiba exageradamente, haciendo que Ino subiera su mirada irritada.

―¿Podrías dejar de moverte? ―le preguntó con un alfiler en la boca, intentando ajustar el vestuario que estaba preparando para él.

Dio una puntada con la aguja pinchándolo a propósito, haciendo que Kiba se quejara. Se sintió más tranquila cuando éste dejó de lloriquear y moverse.

―Juntarte tanto con Sakura te ha hecho contagiarte de su simpatía ―respondió Kiba también molesto, rodando los ojos. Akamaru aulló.

―Me sorprende que no estés nervioso ―dijo la rubia aplicando un poco de polvo en el rostro de Kiba, lo cual lo hizo toser.

―Un ganador como yo no conoce ese sentimiento.

Había llegado el momento. Los telones abrirían dentro de quince minutos para así poder presentar la obra. La mayoría de los invitados estaba en el anfiteatro de Konoha, bajo los faroles de papel al aire libre. De sólo imaginárselo, el estómago de Ino se revolvía.

Observó como Sakura ayudaba a los niños de la Academia que estaban disfrazados de estrellas, con enormes trajes dorados que desprendían destellos de metal al moverse.

Por otro lado, por mucho que les había dicho a los dos que llegaran a tiempo, Ino podía imaginar dónde estarían Shikamaru y Chouji en ese momento, pues no era un secreto para ella que seguramente el Nara había llevado a ese gordinflón a comer algo en la BBQ para así animarlo a actuar y que no se arrepintiera a ultimo hora.

No obstante, no tenía idea por qué Hinata y Sasuke aún no llegaban, cuando la joven era siempre responsable y puntual cuando se trataba de sus compromisos. Quizás algo los había demorado más de la cuenta… no estaba segura. Pero si no llegaban de una buena vez se volvería loca. No quería si quiera imaginar qué les diría Tsunade si la obra era menos que perfecta.

―Bien Kiba, creo que ya está ―dijo Ino mirándolo de pie a cabeza con algo de orgullo.

A pesar que el rol de Kiba era el de un simple pastor, se había esforzado muchísimo junto a Shino para diseñar algo llamativo, de colores vivaces que pudiese ser visto por todos los que se presentarían a la obra, pero también manteniendo la elegancia que se solicitaba para tan formal ocasión en que importantes figuras de todos los países estarían presentes. Shino había aportado con su forma metódica de hacer las cosas y ella por otro lado había prestado su ayuda en coser, cortar y diseñar los patrones que usarían.

Estaba bastante conforme con el resultado, pues a pesar de ser Kiba quien usaba su diseño, parecía un príncipe salido de las antiguas historias de los samurái. Observó a Shino quien en su mutismo asintió, indicándole que al parecer ya estaban listos.

―¿Puedo ver ahora? ―preguntó Kiba impaciente.

―Sí, pero no te muevas mucho para que no lo arrugues ―le respondió Ino mientras observaba como el joven caminaba hacia el espejo.

―¿Por qué mi disfraz no tiene tantas cuentas doradas como el de Chouji? ―preguntó irritado al ver su reflejo― ¡También quiero que mi ropa se vea genial! ¿Y por qué tiene que ser de este color verdoso horrible?

― Chouji interpreta a un dios y tú a un pastor ―respondió Shino ajustándose los lentes oscuros que llevaba―. La tela tiene el color más neutral que encontramos en la tienda. No podías ir vistiendo tonos amarillos, dorados, negros o azules, pues los demás utilizarán dichos colores en sus vestuarios.

―¡Pero yo soy el protagonista! ―gritó Kiba molesto, a lo cual Akamaru asintió con un ladrido.

―Espera, aún falta algo ―dijo Sakura con una sonrisa maliciosa, poniéndole un sombrero de paja como los que usaban aquellos que cultivaban arroz en los campos y dejando en su mano un palo largo que se enroscaba en la punta, como un bastón―. Perfecto.

―¡¿Qué?! ―exclamó Kiba horrorizado―. ¡No me pondré esto! Si creen que saldré luciendo así en frente de cientos de personas están locos, los tres.

―¿Y cómo crees tú que luce un pastor, idiota? ―le preguntó Ino irritada―. Ese es tu vestuario y no habrá cambios. No tenemos tiempo para eso. Estamos a minutos de comenzar, ¡¿Y Dónde está Hinata?

―Lo siento ―la vocecilla de la Hyūga apareció atrás de ellos, venía junto a su primo Neji y el resto del equipo Gai―. Es el cumpleaños de Kiba-kun y nos detuvimos a comprar un pastel.

―Yo quería el de curry, pero Tenten escogió el de cerezas ―dijo Rock Lee dando un signo positivo con su pulgar―. Feliz cumpleaños Kiba-kun, ¡Disfruta de la primavera de tu juventud!

Chouji y Shikamaru entraron al salon ese momento, como si la palabra pastel hubiese llamado a su compañero, con el evidente olor a carne asada que los acusaba por su ausencia.

―¿No se ve genial mi atuendo? ―preguntó Chouji feliz apuntándose a sí mismo, mientras las cuentas dorada titilaban con la luz.

―¿No te avergüenza usar eso? ―le preguntó Neji un tanto desconfiado.

―¡Dije que se ve genial! ―respondió Chouji comenzando a molestarse, lo cual hizo que Shikamaru interviniera.

―Sí, se ve genial Chouji ―dijo sonriente, lo cual calmó de golpe a su mejor amigo.

―Pues yo creo que se ve gord…―tan pronto Kiba estuvo a punto de pronunciar dicha palabra, Ino saltó sobre él y le tapó la boca.

―Esa palabra es tabú ―le susurró horrorizada.

―¿Qué dijo? ―preguntó el Akimichi con aire de despistado.

―Que te ves grandioso ―respondió Ino nerviosa.

―Ah… también lo creo.

Mientras Chouji se miraba al espejo haciendo distintas poses exageradas recitando sus diálogos, Ino golpeó a Kiba en la cabeza. No era secreto para nadie que esa palabra era extremadamente ofensiva para Chouji y que se enfurecía cuando alguien lo insultaba precisamente con su peso.

Fue entonces que Tenten se puso frente a todos con un hermoso pastel de cereza bellamente adornado y con muchas velas, parándose frente a Kiba quien sonreía de oreja a oreja… sin imaginarse los desafortunados incidentes que tan inocente y bello postre causaría.

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