CAPITULO 44
Una Verdadera Kunoichi
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El sacrificio es una parte inevitable de nuestras misiones. ¿Acaso no recibiste entrenamiento emocional?
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El sol del País del Viento siempre había sido un motivo para sentirse irritada. Cada vez que se encontraba en una misión, tener que lidiar con el viento, el calor, el frío y la falta de agua era un problema. Si a esto se le agregaba que a diferencia de otros lugares, los poblados del país eran escasos y estaban dispersos entre ellos, moverse por el desierto resultaba en sí mismo toda una aventura. Quizás por lo mismo había tantas ciudades abandonadas en la arena, así como otras destruidas en las fronteras. Muchas de ellas habían sido invadidas durante las guerras shinobi anteriores para nunca más ser habitadas y servían muy bien para todo tipo de terroristas que encontraban refugio en ellas.
Era precisamente por ese motivo que Temari se encontraba patrullando, en estado de alerta, en una pequeña villa abandonada en la frontera al sur de Ishigakure. Ella y otros diez de los mejores shinobis de Sunagakure habían avanzado hasta ese lugar a modo preventivo por decisión del Consejo de la Aldea. Los informes de la inteligencia de Suna hablaban de la inestabilidad de la zona y los altos mandos de defensa y espionaje habían concluido que podían esperar un ataque desde el norte si las noticias del secuestro de Kazekage eran conocidas.
Ya antes había ocurrido algo similar cuando el tercer Kazekage había desaparecido; un número considerable de Shinobis había abandonado la aldea en su búsqueda y sus enemigos se habían aprovechado de ese momento de desorden y caos para atacarlos en su vulnerabilidad. El consejo no permitiría que pasara algo así nuevamente. Por ello, Temari estaba ahí en vez de liderado un grupo de búsqueda y rescate.
Como shinobi, esperaba que los ninjas renegados que habitaban Ishigakure no descendieran en un ataque sorpresa si se llegaba a expandir el rumor de lo ocurrido en Suna (pues tenían seguridad de que muchos criminales estaban habitando los alrededor de ese lugar). Como hermana, lo único que hubiese deseado era buscar a Gaara y dejar que todo ese territorio, que de por sí estaba destruido y en ruinas, afrontara la tormenta por su cuenta. Lo último que Kankuro le había pedido mientras agonizaba era que salvara a su hermano.
No obstante, Temari era una kunoichi.
No en el sentido que entendían las chicas de Konoha que debía ser una Kunoichi, al usar su protector de frente de forma decorativa y basar muchas de sus decisiones en sentimentalismos. La joven era una verdadera Kunoichi, no un proyecto de tal. Su mente no era la de una adolescente, sino la de una mujer decidida, firme e inquebrantable, al punto que muchos que la conocían la habían descrito como alguien increíblemente cruel; Ella prefería pensar en sí misma como una mujer de mente fría, racional y sin cargo de consciencia. Una kunoichi no podía enfrentar su deber y luego sentir culpa por quienes asesinaba, robaba o espiaba. Si le hubiese preocupado algo como el honor y lo correcto ―moralmente hablando― habría emprendido su camino al País del Hierro y se hubiese aliado con los Samurai.
Temari seguía ordenes de sus superiores, el reglamento shinobi que era el código de conducta para todos aquellos que habían llevado una vida dentro de la Aldea como tal y ya está. Si le decían mata, mataba. Si le ordenaban robar, robaba. Si le pedían espiar, espiaba. Ya fuese una estupidez como servir de agente diplomático o algo grave como asistir a Konoha en el asesinato de varios Ninja del País del Sonido, ella tomaba su misión y la cumplía. No dejaba de dormir pensando en los que habían muerto bajo el viento inclemente de su abanico o la afilada guadaña de Kamatari. Si había que hacer algo, se hacía y ya, por duro o doloroso que pudiese ser. Había entrenado toda su vida para no cuestionar ni sentir remordimientos.
Temari era una Kunoichi y su trabajo consistía en asesinar, espiar y defender. Para otro tipo de trabajos como la política, el comercio y las buenas relaciones internacionales había todo un séquito de hombres capaces al servicio del Señor Feudal. Y después de todo, era el señor Feudal, el Daimyo del País del Viento, el que los mantenía ahí viviendo en la Aldea oculta entre la Arena, les proporcionaba seguridad, estabilidad, alimento y todo lo que necesitaban para sobrevivir. Antes de eso, por generaciones, las muchas familias Shinobi que se encontraban ahí habían vagado sin hogar ni rumbo, como nómades, peleando las incesantes guerras con otros clanes Shinobi. En la aldea que se construyó en la Arena habían encontrado algo de paz para ver a sus hijos crecer a pesar de ser de familias Shinobi y eso era más de lo que personas como ellos podían pedir.
Para Temari, todo pensamiento, decisión y camino a tomar no se basaba en tonterías, sino que en lo que habría hecho un shinobi de Sunagakure para defender su Aldea y a su País. Había un sentido del deber que la llenaba más allá de emociones o decisiones inmaduras, apresuradas o incluso irracionales; su única obligación como jōnin de Sunagakure era defender el país y al Daimyo del Viento ahora que el Kazekage había sido secuestrado. No importaba lo mucho que le doliera el pecho, aunque quisiera quebrarse a llorar por Kankuro o deseara abandonar su puesto y correr en búsqueda de su hermano… cuando sus fuerzas flaqueaban se recordaba a sí misma su entrenamiento y suprimía cualquiera gesto de dolor de sus facciones.
Ella era una kunoichi.
Quizás por eso a su corta edad ya era una de las kunoichis más respetadas de Sunagakure, jōnin y líder de su unidad de patrullaje, experta en elemento viento, la mano derecha del Kazekage y representante de Suna en misiones diplomáticas. Ninguna mujer en todo el mundo ninja había escalado tal grado de honores y responsabilidad a su edad. Y no se debía a que fuese una princesa del País del Viento―y lo era―, o porque su padre y hermano hubiesen sido kages, sino porque la joven era talentosa, inteligente y decidida en lograr cada una de sus metas sin aceptar un no por respuesta o un fracaso en sus resultados.
En un mundo gobernado por hombres, Temari era una mujer temida, respetada y admirada. Si ella no daba el ejemplo en ese momento de crisis, ¿Entonces, quién?
No obstante, aunque el semblante de la jōnin era inquebrantable frente a su equipo, mientras patrullaba a solas esa tarde, se encontró a sí misma preguntándose una y otra vez en su mente si lo que debía hacer era dejar su puesto de vigilancia e ir por el Kazekage. No porque fuese precisamente el Kazekage, sino, porque era su hermanito menor el que había sido capturado. Y ese pensamiento la destruía porque sabía que era su corazón el que estaba ganando en ese momento, no su mente. Por primera vez en su vida, su entrenamiento se estaba poniendo realmente a prueba y la ansiedad la carcomía por dentro. Se cuestionó si actuar de la forma en que lo hacía anteponiendo a la aldea y no sus deseos personales era algo que pudiese hacer. Nunca antes había titubeado. ¿Por qué ahora perdía lentamente su convicción y firmeza, cuando más la necesitaba?
Tenía un mal presentimiento que le apretaba el estómago, que la hacía ponerse inquieta y que sus manos temblaran ligeramente. Si Gaara moría, ¿Cómo podría perdonárselo?
Intentó mantenerse calmada, recordando que un grupo de Shinobis de la aldea había sido desplegado ya en búsqueda de Gaara, además de los equipos de Konoha. Aún así, sentía que era ella quien debió haber liderado dicha misión. Con uno de sus hermanos muertos, Gaara era la única familia que le quedaba. ¿Por qué no podía permitirse un momento de flaqueza y egoísmo, e ir por su hermano? ¿Acaso no habían sufrido ya demasiado? Eran huérfanos, eran hijos de un kage que los había forzado a convertirse en shinobis desde pequeños y habían tenido que llevar en sus hombros todo el peso que significaba mantener a salvo la aldea desde que tenían uso de razón.
No tenía ni quince años cuando la Aldea le ordenó llevar a Gaara a Konoha y esperar órdenes para la invasión, sabiendo que planeaban utilizar a su hermano como un arma. En esa ocasión ella no había estado de acuerdo, creyendo que su tratado de paz con Konoha les traía mayores beneficios que una nueva guerra, pero como la kunoichi que era, siguió sus órdenes. En vez de reclamar lo peligroso que era eso para su hermanito pequeño y lo perjudicial que sería para la Aldea, aceptó la misión sin titubear porque eso era lo que se esperaba de un shinobi. Gaara era su mejor arma y había sido ordenada llevarlo hasta Konoha para que fuese empleado como tal.
Sintió que el pecho se le apretaba al pensarlo así. Incluso ella, su propia hermana, había visto a un pequeño niño como un arma, como alguien que debía ser utilizado, destruido de ser necesario si eso significaba cumplir con su misión. Toda su familia había vivido sabiendo que Gaara sería empleado cuando el momento llegase y seguramente el monstruo que vivía dentro de él lo mataría. Su pequeño cuerpo infante no podría resistir ese estrés. Su padre así lo había dispuesto y había crecido toda su vida sabiendo que ese era el destino de Gaara, aprender a contener esa bestia o morir en el intento, siendo convencida que llegaría el momento en que tuviesen que sacrificarlo por la Aldea. Siempre había tenido problemas para acercarse a él por lo mismo, pues al crecer, cada vez que lo miraba de lejos, sabía que no debía encariñarse con el pequeño. Era sólo un arma, un día moriría y ya. No podía quererlo…
Pero lo hacía. Sentía miedo de Gaara, pero era su pequeño hermano. Cuando lo llevó a Konoha intentó cuidarlo lo mejor posible, incluso abandonando en parte el ataque para ponerlo a salvo después de que Naruto Uzumaki lo venció en combate.
Había sido Kankuro quien la hizo abrir los ojos y acercarse a Gaara cuando le mostró que no era un arma, no era una cosa que debían guardar para utilizar cuando necesitaran fuerza, ni un monstruo al cual debían temer… Gaara era su hermano. Su pequeño e inocente hermano que ella había mantenido alejado por miedo a que la pudiese herir, al cual había mirado con frialdad mientras crecía.
Aún recordaba cómo Kankuro la había sujetado de los brazos mirándola directamente al rostro, para decirle palabras que deambularían en su mente hasta el día de su muerte: "Tiene un monstruo dentro de él, pero él no es el monstruo. Es un niñito, solo, asustado y desesperado porque alguien, cualquiera, rompa su soledad. Si nosotros que somos sus hermanos no podemos hacerlo, ¿Entonces, quién?".
Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras apretaba el puño, recordando habérselo dicho ese día, al verlo partir en una misión por primera vez con shinobis que aceptaban trabajar con él. Revolviendo su cabello frente a todo su equipo le dio una gran sonrisa llena de ternura: "Vuelve a salvo, hermanito menor". Aún recordaba la sorpresa en sus ojos y el suave sonrojo mientras sonreía asintiendo.
―Kankuro… Gaara ―susurró desde una torre de piedra semi-destruída, observando el horizonte en silencio―. Lo siento…
Suspiró y borró de su rostro la melancólica expresión que tenía para ser remplazada por un semblante serio. Ya tendría tiempo cuando muriera de pedirle perdón a Kakuro y algún día cuando sintiese que podía hacerlo, le pediría disculpas a Gaara por haberlo llevado a Konoha para destruir dicha aldea a costa de su vida. Pero no era ese el momento para pensarlo. Ellos eran shinobis; entendían. Kankuro había muerto intentando encontrar al Kazekage, cumpliendo su misión; había sido una muerte honorable. Gaara había defendido la ciudad de un ataque explosivo masivo, evitando una catástrofe. Ambos habían hecho su labor y ahora le tocaba a ella defender aquello por lo cual sus hermanos habían caído. No importaba el costo. Ahora sólo quedaba ella para proteger la Aldea de la Arena y el país del Viento. Su primera preocupación se encontraba en asegurar la supervivencia de Sunagakure.
Desde la muerte de su padre venían esforzándose por estabilizar el país mostrando fuerza y unidad, pero cualquier otra flaqueza podía ser aprovechada por las otras naciones ninjas para invadirles. Que hubiesen robado a su Jinchūriki ya decía mucho sobre el lúgubre futuro que se avecinaba para ellos.
Suspiró mientras el viento aullaba a lo lejos. La arena se levantaba con la brisa en nubes que difuminaban lo que veía en el horizonte. Seguía teniendo un mal presentimiento de estar ahí, como si perdiese el tiempo. Abrió una botella con agua y se mojó levemente el rostro, quitándose de encima el sudor y el polvo.
Por algún motivo, cuando el agua levemente salada le tocó los labios y miró una sola nube lejana en el horizonte cerca de la cordillera, pensó en Shikamaru Nara. Habían pasado mucho tiempo juntos mirando el horizonte mientras hablaban y resolvían los problemas logísticos entre Konoha y Suna para desarrollar en conjunto los exámenes chūnin. Se preguntó qué habría hecho él en su situación. ¿Se habría mantenido firme en su puesto o habría abandonado todo por un asunto personal? Habían hablado tanto sobre las diferencias entre Suna y Konoha, cómo mejorar algunos aspectos de las relaciones entre sus países e incluso había sido invitado a su casa a beber té, no por Shikamaru, sino por su madre.
Suspiró con pesar. Las cosas parecían tan simples y sencillas hacía tan poco. Le hubiese gustado pasar un poco menos de tiempo viajando entre países y haber aprovechado más su tiempo con Kankuro. Quizás si ella hubiese estado en la aldea cuando todo ocurrió, su hermano no habría muerto envenenado. Tal vez habrían podido encontrar a Gaara juntos y traerlo de vuelta a casa… o muy probablemente, habrían muerto ambos, pero juntos. Ese habría sido un final que hubiese querido para su carrera como kunoichi, junto a los que amaba.
Pero el destino tenía otros planes para ella.
De pronto escuchó pasos apresurados desde su retaguardia, lo cual hizo que sus facciones volvieran a endurecerse.
―¿Qué sucede? ―preguntó secamente cuando vio a Nonota corriendo en su dirección con un trozo de papel en su mano.
―Noticias del grupo de avanzada que envió a recorrer las aldeas aledañas.
―¿Y bien? ―preguntó mientras estiraba su mano para recibir el papel.
Nonota ni si quiera tuvo que decir nada. El papel era claro.
Estaban siendo atacados desde Ishigakure y la pequeña aldea orfebre llamada Tatsumi, a una hora de distancia de ahí, estaba en llamas.
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La noche era hermosa y silenciosa. Se escuchaba a los grillos cantando una armoniosa melodía que le traía paz al corazón. El manto oscuro del firmamento fulgía con cientos de estrellas que se movían lentamente sobre el horizonte. No sabía por qué veía todo aquello, sin estar ahí, como si fuese tan sólo parte del aire, del agua, de los árboles que se movían suavemente con la brisa. ¿Era un sueño? Así se sentía. Estaba flotando sin forma, observando, simplemente viendo algo que por algún motivo se aparecía a reconfortarla. ¿Por qué si quiera sabía que era un sueño? Usualmente, cuando dormía y soñaba, no podía distinguir que había sido un sueño hasta que abría sus ojos y se encontraba en su habitación. No obstante, estaba perfectamente consciente de lo que pasaba. Estaba soñando. No era un genjutsu o algo por el estilo, estaba en su propia mente flotando, siendo acurrucada por algo parecido a chakra que ni si quiera podía comprender.
Una enorme luz de pronto iluminó las cortezas de los árboles haciéndolos temblar. Todo el mundo tranquilo y pacífico en que estaba aulló. Algo se acercaba por el cielo, silbando mientras rasgaba la atmósfera en una estela de fuego. Por un momento tuvo miedo de lo que estaba cayendo sobre la tierra, pero luego, ya no. No podía tenerlo. ¿Cómo podía aquella explosión lastimarla si tan sólo era un sueño?
Cuando la destrucción se disipó, el polvo cayó al suelo y el cielo volvió a verse estrellado, observó un enorme cráter que había dejado una cicatriz en la imagen que antes contemplaba. En medio de todo eso, había tan sólo un pequeño brote que crecía rápidamente hasta formar un alto árbol, de una prolongada corteza que se entrelazaba entre sí, que subía hacia el firmamento como si quisiera alcanzar las estrellas también.
El tiempo empezó a moverse muy rápido, y el árbol ahí seguía, inalterable, mientras que a lo lejos comenzaban a llegar campesinos a cultivar arroz, levantando chozas, una junto a la otra, hasta formar pequeñas villas... y pronto los hombres luchaban unos con otros, con espadas, lanzas y flechas. Los niños nacían, crecían y morían. Las estaciones se sobreponían una a la otra. Las estrellas del firmamento recorrían el cielo por el horizonte. Y aún así, el árbol seguía inamovible mientras los hombres se seguían matando entre sí.
¿Dónde estaba? ¿Por qué ese árbol era su única compañía mientras observaba a la distancia como todos morían? Se sentía sola y perdida en medio del bosque, entre los árboles, mientras descendía desde el aire flotando ligera como un pluma. ¿Qué era esa sensación en su pecho al ver ese verdor? ¿Por qué empezaba a amar ese lugar al punto que todo otro pensamiento se borraba de su cabeza? ¿Por qué sentía una calma que la cobijaba mientras buscaba el árbol con sus ojos?
Lo quería proteger. Quería ese lugar para ella. No era una tundra de hielo o fuego, ni un lugar llano y muerto… había vida ahí que la había conmovido. Había algo que la hacía sentirse segura y en armonía.
Cerró un segundo los ojos y ya no era esa hermosa mujer que caía flotando en búsqueda de su destino. Era alguien más, ajena, una observadora invisible que veía a esa luminosa figura con reverencia, asombro, incredulidad de que hubiese un rostro así de elegante y hermoso entre las mujeres. No sabía si ella la veía, pero estaba tan absorta en contemplarla que pronto no pudo permanecer más tiempo en silencio.
―¿Hola? ―la saludó, pero la mujer no miró en su dirección.
Hinata vio su semblante indescifrable, sereno, duro; No era la primera vez que lo veía. Lo había visto reflejado en casi toda su familia cada día de su vida. Era el mismo semblante de su padre, de su abuelo, de Neji, de Hanabi… ojos dignos, mirada dura, indescifrable, inalcanzable… superior. La figura de la dama de blanco destellaba en la oscuridad cubierta por una tenue luz fría.
―¿Quién eres? ―susurró embelesada con su visión, pero no hubo una respuesta mientras la desconocida caminaba por el bosque, descalza, sin rumbo, con atuendos ceremoniales que se arrastraban con sus pasos que casi parecían flotar sobre el húmedo suelo. De pronto, mientras veía su larga cabellera iluminada que caía por su espalda, se preguntó si acaso…―. ¿Kaa―san? ―la siguió, ¿era su madre la que necesitaba mostrarle algo? ¿Era eso? ¿Estaba soñando con aquella madre que apenas recordaba? ― ¡Kaa―san! ―le gritó, pero no hubo respuesta. No se volteó, mientras la luz a su alrededor se disipaba y sólo el brillo de las estrellas nocturnas la iluminaban en medio del bosque.
―¡Es-espera! ¡Por favor! ―le pidió Hinata mientras la seguía, pero ella no se volteó―. ¡Kaa-san! ¿Me recuerdas? ―le preguntó. Sabía que lo que estaba viendo podía ser importante porque era un sueño que tenía consciencia de estar experimentando. ¿Qué era lo que su madre deseaba que viese?
Como si aparecieran suavemente entre el tiempo onírico, dos figuras pequeñas surgieron de la tierra, de los árboles, de la grama y las estrellas, cada una al lado de ella, tomando sus manos blancas. Eran niños, o quizás, niñas. Desde atrás, podía ser Neji y ella, o Hanabi, alguien… no lo sabía, era borroso entre más se alejaban y no podía distinguirlo en esa oscuridad. Eran niños de estrellas, pero también, de todo lo que esa mujer amaba de la tierra que había decidido proteger. Ella les había regalado parte del firmamento que ahora residía en su interior.
―¡Kaa-san! ―gritó esta vez para que se detuviera, para que le dijera qué era lo que deseaba mostrarle.
Sólo entonces la mujer dejó de caminar y la miró sobre el hombro, con el alto árbol detrás, a la distancia. Ver el byakugan en ese rostro desconocido, pálido y sereno le provocó un escalofrío mientras se detenía en seco. ¿Quién era esa mujer que le causaba semejante impresión? Lo único que veía con claridad en la oscuridad de la noche era el byakugan que la observaba como si estuviese desnuda, sin que le pudiese guardar un solo pensamiento. Sintió que su madre la veía de verdad, leyendo cada uno de los recuerdos que tenía. Por un instante, quiso correr y abrazarla; pero no pudo al ver el desconsuelo y sufrimiento en su mirar.
Lloraba. Lloraba con su corazón roto. Lloraba sin esperanza. Sus lágrimas parecían de plata al reflejarse el fulgor de las estrellas sobre ella.
¿Por qué lo hacía? ¿Por qué al verla llorar con semejante melancolía sentía que su corazón se rompía también mientras uno de los niños desaparecía en la tierra y el otro, en el firmamento?
―La cosecha… ―escuchó que una voz masculina le susurraba en el oído, pero cuando volteó a ver, sólo pudo observar la luna―… antes de eso…
Hinata…
Hinata…
¡Hinata!
Hinata despertó entonces, sentándose de golpe sobre el pasto. Naruto dormía cerca, al igual que la abuela Chiyo. Sasuke, en cambio, estaba junto a ella con sus manos sobre sus brazos y la sacudía. Sus ojos punzaban y notó que su byakugan estaba activo. Al ver los ojos de Sasuke, no pudo evitar notar que también él había activado su dojutsu y la observaba preocupado.
―¿Tuviste una pesadilla? ―le preguntó seriamente―. Estabas gimiendo, como si algo te lastimara.
―¿Te he despertado, Sasuke-kun? ―le preguntó suave, intentando calmarse―. Lo siento…
―No dormía ―respondió soltándola lentamente―. ¿Qué soñabas?
―Con mi madre, creo ―respondió Hinata mirándose las manos. Temblaba. Estaba sudando. Nunca un sueño se había sentido así. Disipó su dojutsu y aun así sentía que algo latía en sus ojos.
―¿Te encuentras bien? ―le preguntó Sasuke posicionando sus ojos también en sus manos temblorosas, luciendo extrañado. Había dormido con Hinata bastantes veces y sabía lo tranquilo que era su sueño. Verla actuar así le debió parecer extremadamente fuera de lugar―. Tu chakra se ve extraño. Como si algo lo hubiese perturbado. Fluye demasiado rápido.
―S-sí. También lo siento así ―dijo mientras se abrazaba las rodillas―. Fue muy extraño. Todo el tiempo sabía que era un sueño y no podía despertar.
Sasuke suspiró y se puso de pie nuevamente, alejándose de ella. Hinata observó el símbolo del clan Uchiha en su espalda, con un extraño presentimiento aún rondando en su pecho.
Sólo fue un sueño, cálmate ―pensó mientras inspiraba lentamente.
―Vuelve a dormir ―escuchó que decía Sasuke de pronto, sentándose al otro lado de la fogata―. Amanecerá pronto.
―S-sí ―dijo Hinata, recostándose nuevamente, cerrando los ojos.
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Los lindes entre el país del Viento y el país de los Ríos solía ser muy tranquilo cuando caía la noche. De vez en cuando, a lo lejos, se escuchaba algún búho ulular, junto al incesante sonido de los grillos cantando en la oscuridad. Aparte de los ronquidos de Naruto, el campamento que habían improvisado también estaba en silencio. Sasuke observaba el fuego, aún despierto, mientras pensaba en todo lo que había ocurrido durante ese día. Le habría resultado imposible conciliar el sueño cuando tenía el recuerdo de los ojos de su hermano impregnados en la mente y esa angustiante preocupación sobre lo que estaba ocurriendo.
Hinata también dormía, aunque no podía dejar de verla de reojo desde que había tenido que despertarla en medio de la noche. Su compañera había recibido un golpe bastante fuerte en el abdomen y por mucho que dijera que estaba bien, Sasuke tenía sus dudas. Le inquietaba que se hubiese lastimado, no quisiera decir nada al respecto para no preocuparlos y que se hubiese estado quejando así mientras dormía por el dolor que sentía en el pecho.
A él no lo engañaba con la actitud desentendida que mostró cuando la cuestionaron sobre su estado físico, ya que mientras avanzaban la había visto moverse un poco más lento de lo usual. Aquello le indicaba que no estaba del todo compuesta para seguir, pero como siempre, se negaba a ser una carga diciéndoles que necesitaba reposo. En ese aspecto no sentía demasiadas preocupaciones por Naruto, ya que su capacidad de regenerarse era absurdamente rápida. Sabía que aunque recibiera la paliza de su vida, Naruto podía sacudírselo rápidamente. No así Hinata, lo cual lo hacía preguntarse si le habría mentido diciendo que tenía un sueño con su madre cuando en verdad quizás era sólo dolor lo que estaba manifestándose en sus quejidos mientras dormía.
Aun así, supuso que un poco de descanso le devolvería a Hinata su fuerza. Además, también estaba preocupado por Naruto, quien lucía increíblemente angustiado desde que su hermano lo había hecho caer en un genjutsu.
―Creo que es suficiente descanso ―dijo de pronto Kakashi desde la espalda de Sasuke, apareciendo desde la cima de un árbol. Al igual que él, el jōnin tenía dificultades cuando se trataba de dormir durante una misión.
―Sí ―asintió, poniéndose de pie.
Sasuke no pudo evitar notar la seriedad en el rostro de Naruto mientras se sentaba sobre el pasto, desperezándose, mirando el fuego. Por un momento, pareció que estaba en otro lugar lejano, sumido en sus propios pensamientos. El pelinegro frunció el ceño extrañado de su silencio, ya que no era normal en él. Su mejor amigo solía estar alegre, canturreando al despertar, haciendo alguna cosa exagerada y escandalosa a modo de llenarse de energía para comenzar el día, buscando agua hervida para poder comer su cup-ramen. Que Naruto ni si quiera estuviese hablando le indicaba lo angustiante que era para él todo lo que estaba ocurriendo.
No sólo él lo notaba. Desde el rabillo de su ojo derecho se fijó en la manera melancólica en que Hinata posaba sus ojos sobre Naruto también. Cuando ambos se miraron uno al otro, comprendieron sin palabras que pensaban lo mismo: Naruto no estaba del todo bien. Había algo muy distinto en su mirada… algo siniestro que no era común en su persona. Sasuke se preguntó si realmente era su amigo, o esa cosa en su interior lo estaba manipulando, intentando abrirse paso a arañazos al exterior.
―Vamos ―dijo el rubio mientras saltaba hacia las ramas de un árbol aledaño y comenzando a moverse.
Lo siguieron en silencio, ya que no habían tenido oportunidad de preguntarle qué era lo que le ocurría. No obstante, durante el trayecto en la oscuridad y mientras rayaba el alba, tanto Hinata como Sasuke no pudieron dejar de preguntarse qué era lo que ocurría con Naruto.
Sasuke creía entenderlo a medias, ya que habían hablado con la abuela Chiyo sobre la inminente muerte de un Jinchūriki si el Bijū en su interior era extraído; seguramente Naruto estaba angustiado porque se le acababa el tiempo para intentar ayudar a Gaara. Si no llegaban a él pronto, inevitablemente, moriría.
Hinata no pensaba lo mismo que Sasuke mientras observaba con preocupación la figura del chico del cual había estado enamorada la mitad de su vida. Creía que su semblante lleno de rabia era por un motivo diferente; Naruto era el tipo de persona que se preocupaba del resto más que de sí mismo. Gaara no era sólo un shinobi que debía rescatar. Naruto se veía reflejado en él.
Gaara era un Jinchūriki al igual que Naruto. Ambos habían experimentado la soledad, el rechazo y el odio de aquellos que temían lo que había dentro de ellos. Por mucho que Hinata o Sasuke hubiesen intentado comprender los sentimientos de Naruto, no lo habrían conseguido, pues nunca habían vivido una situación como él. Claro, ella era menospreciada y odiada por algunos miembros de su familia, Sasuke había conocido el desprecio de personas de su clan… pero nunca estuvieron completamente solos, ni fueron odiados por todos los ojos que miraban en su dirección. Ese dolor, esa pena y angustia, sólo la conocía Naruto. Y para Naruto, Gaara también lo hacía. Ambos entendían lo que era tener un monstruo en su interior y ser odiados por ello, vivir siendo marginados y la lucha por lograr la aceptación.
Gaara lo había logrado y ahora era el Kage de Suna. Naruto había encontrado el respeto, cariño y amistad de todos los chicos de su edad. Ambos sabían lo que era luchar por demostrarle al resto que no eran definidos simplemente por el Bijū en su interior. Y ahora que estaban tan cerca de ser reconocidos por los demás como personas, la vida de Gaara se acercaba tristemente a un súbito final.
Hinata creía que para Naruto, salvar a Gaara, era tan importante como salvarse a sí mismo, no sólo de Akatsuki, sino del miedo que le provocaba vivir con un monstruo dentro de él que podía poner en peligro a todos los que amaba y los sueños que tenía de ser finalmente aceptado por la Aldea. Rescatar a Gaara era fundamental para mantener viva esa esperanza que tenía de evitar un trágico destino que flotaba a su alrededor por ser el portador de un Bijū.
Naruto no quería morir. Y tampoco quería que Gaara muriese, solo, como lo había estado desde el momento en que sellaron a ese monstruo en su interior. Salvar a Gaara, era salvarse a sí mismo de esa oscuridad que lo rodeaba, que susurraba en su oído que debía odiar a todos, que liberara el poder dentro de sí, que se vengara por todo el sufrimiento que había tenido que pasar durante esos años de parte de las personas de Konoha. Si Gaara había logrado vencer completamente al monstruo dentro de él para convertirse en un Kage, Naruto también podía cumplir ese sueño. Era su esperanza. Gaara era quien él quería ser un día.
Tenía que salvarlo o la esperanza de sobrellevar al Kyūbi dentro de él… moriría.
Desde su posición, Hinata observó como Naruto apretaba su puño y se movía aún más rápido. Frunció el ceño con preocupación y tristeza, sin saber cómo más podía ayudarlo. No era el momento tampoco para dejarse llevar por sus emociones, pues estaban quizás en la misión más importante de sus carreras, pero ver a Naruto así le quebraba el corazón.
―¡No nos dejes atrás, idiota! ―le gritó Sasuke, apresurándose también, intentando alcanzarlo.
―¿Qué le ocurre? ―preguntó la abuela Chiyo.
―Está preocupado por Gaara. Lo único que hay en su mente ahora es que debe salvarlo ―dijo Hinata.
―¿Por qué? ¿Por qué le importaría lo que suceda con un chico de otra aldea? ―volvió a cuestionar la abuela.
―No le importa Sunagakure. Le importa Gaara ―dijo Kakashi―. El kazekage es un Jinchūriki, al igual que él.
―Me enteré hace poco, escuchando una conversación entre Naruto y el chico Uchiha, que sellaron al Kyūbi en él. Quizás la princesa Tsunade debió explicarle un poco más sobre lo que tiene en su interior. Parece bastante confundido y perdido al respecto. Y en mi experiencia, eso nunca es bueno cuando se trata de un Jinchūriki. Algunos dan amargos momentos cuando se descontrolan ―dijo la anciana.
Hinata pareció sorprendida de que la abuela supiese lo del Kyūbi y que Kakashi sensei se lo estuviese confirmando tan abiertamente cuando ese tipo de temas debió ser de máximo secreto dentro de la Aldea. No obstante, la representante del Consejo de Suna era mucho más vieja que todos ellos juntos. Su perspectiva de las cosas venía de un lugar de experiencia y comprendió que si ponía atención, quizás pudiese aprender algo que ayudaría a Naruto en el futuro.
Sasuke y Naruto iban tan adelante que casi los perdían de vista, a pesar de que todos se habían apresurado intentando alcanzarlos. Supuso que no tenía caso intentar detener a Naruto cuando desbordaba esa angustia. Hasta Kakashi sensei los había dejado adelantarse sin reclamar, seguramente, porque al igual que ella entendía lo que estaba sintiendo en ese momento y lo inútil que habría sido intentar detenerlo.
―¿Hay alguna manera de extraer al Kyūbi de Naruto-kun… sin lastimarlo? ―preguntó Hinata. Si tan sólo hubiesen podido hacerlo, quizás él estaría a salvo de esas personas que intentaban capturarlo.
―No. Si es retirado de su cuerpo, morirá ―Hinata sintió como si algo le atravesara el pecho―. Y si se descontrola e intenta liberarse por su cuenta, Naruto también morirá.
―¿Cómo lo sabe? ―preguntó Hinata con curiosidad.
La abuela Chiyo permaneció en silencio un momento para luego suspirar. Su expresión lucía cabizbaja y culpable.
―Porque cuando extraía al Shukaku de un Jinchūriki para sellarlo en otro, siempre morían.
―¿Usted? ―Hinata sintió algo helado en la espalda y una molestia en el pecho que no comprendió del todo―. ¿Usted puede… usted era quien…?
―Sí. Yo era la encargada de cuidar de nuestra mejor arma y sellarlo en personas adecuadas para soportar tener un Bijū dentro ―Hinata frunció los labios y un amargor se le sembró en la lengua―. Yo fui quien selló al Shukaku dentro de Gaara. Por eso sé lo que digo. Deben procurar que Naruto nunca pierda el control o lo que tendrán frente a ustedes no será el jovencito que conocen, sino, el Kyūbi intentando salir de su cuerpo, destrozándolo en el proceso. Y nadie puede razonar con un Bijū. Dicen que sólo el primer Hokage consiguió calmarlos lo suficiente como para apresarlos. El kazekage a veces lograba utilizar la fuerza de Shukaku… quizás Naruto pueda aprender a hacer lo mismo si…
―¿Por qué le hizo eso a Gaara-kun? ―la acusó sin poder soportarlo más. ¿Cómo podía decir con tanta tranquilidad que le había hecho algo así de terrible a un niño pequeño? Le había arruinado la vida y lo llamaba su mejor arma―. ¿Por qué sellar un monstruo así dentro de un niño?―preguntó con cuidado de no sonar demasiado ofensiva, pero no podía evitarlo. Estaba enojada. Por personas como esa Naruto y Gaara habían llevado el dolor de la soledad, el rechazo y el odio la mayor parte de sus vidas―. ¿Acaso sabe todo lo que Gaara-kun ha sufrido por su culpa?
―Lo sé ―dijo la abuela, sorprendiendo a Hinata.
Ni si quiera estaba intentando defenderse. Quizás no debió decir nada, pero no podía callar. Ella había visto el sufrimiento del Kazekage y no comprendía cómo alguien podía dormir con su consciencia tranquila después de arruinarle así la vida a otro, a un niño pequeño e inocente. ¿Cómo era posible que lo viesen sólo como un arma sin sentimiento, al servicio de una Aldea? Gaara era un joven valiente, que intentaba acercarse al resto a pesar de esa enorme pared que habían interpuesto entre él y los demás al sellar su vida junto a la de un monstruo que en cualquier momento podía destrozarlo. El pobre ni si quiera podía dormir, aterrado de que ese poder lo consumiera. ¿Cómo esa señora podía decir tan tranquilamente que sabía el dolor que había causado sin inmutarse si quiera?
―El Kazekage proviene de un linaje especial cuya fuerza vital permitió que lo selláramos en él, sin que muriese. El antiguo Jinchūriki estaba muy viejo y moriría en cualquier momento. No podíamos arriesgarnos a que el Shukaku se liberara y destruyera todo a su paso si su Jinchūriki moría. Por ello, el cuarto Kazekage aceptó sellar al Ichibi dentro de su hijo. Aunque podía morir en el proceso, como Shinobi, su primera labor era asegurarse de la sobrevivencia de la Aldea. Era el Kage y miles de personas dependían de ello. Tomó una elección. Estábamos en una Guerra y no podíamos darle espacio a otros Países para que nos atacaran. Ya habíamos perdido demasiado. Por el bien de Suna, y el País del Viento, El Kazekage sacrificó a su hijo… y yo lo ayudé ―respondió para luego mirar a Kakashi―. La última vez que Suna habló de utilizar al Bijū dentro de Gaara fue hace tres años. Dije que esa invasión era una estupidez pero nadie quiso escucharme ―suspiró la anciana para volver a fijarse en Hinata―. Algún día, cuando seas mayor y veas los horrores de una Guerra, entenderás que a veces debemos hacer cosas horribles por proteger nuestro hogar. Cosas que nos destruyen y que cargamos el resto de nuestras vidas. Eso es lo que hace un shinobi o una kunoichi por su País y su Aldea.
Hinata pensó que nadie tenía derecho a hacerle algo así a otro, que siempre había otra forma de defender a la Aldea. ¿De qué servía vivir en un mundo en donde los más fuertes sacrificaran a los más débiles para sentirse seguros? Ella no quería vivir en un mundo así.
―Hace un tiempo estuve en una misión junto con Gaara-kun, antes de que se convirtiera en Kazekage ―dijo Hinata, recordando la fría noche desértica en que ella y Gaara se sentaron sobre una roca a hablar de Naruto―. A pesar de lo que su Aldea le hizo, él deseaba hacer todo lo posible para ser alguien que pudiese cuidar de ustedes. Él deseaba demostrarles que no era sólo un arma o un monstruo. Naruto-kun le enseñó eso. Y estoy segura que ahora, Naruto-kun lo volverá a salvar. Él nunca retrocede en su palabra.
―Un shinobi de Konoha y uno de Suna, siendo amigos ―la abuela sonrió―. El mundo parece avanzar en una dirección que ni si quiera entiendo ―Hinata observó con una cierta frialdad a Chiyo, compadeciéndose de sus viejas costumbres y los actos crueles que había cometido en nombre de su aldea.
El mundo que estaban creando todos ellos ya no necesitaba personas así.
Estaba segura que un día cuando Naruto fuese el Hokage, nunca más pasarían cosas como las que él y Gaara habían tenido que vivir. Él cuidaría de que un niño inocente no fuese sacrificado de esa forma para fortalecer una posición o ser empleado como un arma. Estaba segura que todos podrían verlo y sentir respeto por él. Su corazón le decía que Naruto trataría a cada una de las personas de Konoha como si fuesen sus hermanos, sus hijos, sus padres… porque ese era el tipo de hombre en que seguramente se convertiría. Konoha iba a ser un lugar radiante en donde todos se sintieran a salvo observando la sonrisa del joven que ella amaba.
Todo el corazón de Hinata Hyūga, completamente, creía en eso. Así como también estaba segura que cumpliría su promesa hacia ella de cambiar las horribles costumbres del clan Hyūga un día, cuando ella fuese la nueva líder de la familia más poderosa de Konoha. También tenía certeza de que ayudaría a Sasuke a formar nuevamente la Policía de Konoha, para que juntos pudiesen portar la estrella de la institución en sus brazos cuando derrotaran a Itachi y le diesen justicia al clan Uchiha.
Veía el futuro de sus compañeros y experimentaba la tranquilidad de saber que las cosas ya nunca más serían como en la época arcaica y dolorosa en que shinobis como esa mujer habían arruinado por generaciones los sueños y vidas de tantos con sus guerras, sus discordias y ansias de poder.
Ese era el pensamiento de Hinata Hyūga.
No obstante, Chiyo, al igual que Temari, era una verdadera kunoichi. Quizás por lo mismo Hinata no comprendía del todo por qué le habrían hecho algo tan cruel a Gaara, porque la joven era demasiado gentil para comprender lo que era tener una determinación así de fuerte por su Aldea, algo que superara el amor que le tenía a un hermano, a un amigo, a su propia familia.
Seguramente, en la misma situación, no habría podido actuar así. Se hubiese odiado a sí misma de haber tenido que entregar a Hanabi por el bien de su Aldea u observar a Neji morir por el clan. No habría tenido ni el corazón ni la fuerza de hacer algo como eso. Era su naturaleza amable que le impedía ser la kunoichi brillante del clan Hyūga que debió haber sido ya, como sí lo era Neji y hasta en cierta medida su hermana menor, Hanabi. Ellos parecían haber heredado la fortaleza ancestral de su gente, mientras que ella era el eslabón débil y delicado que creía incondicionalmente en la bondad del resto y en las cualidades hermosas de los seres humanos que la rodeaban.
Ni Naruto ni Sasuke podrían haber dicho que Hinata era débil. Sasuke creía firmemente que Hinata era la joven más fuerte que conocía, no porque fuese la más rápida o la más talentosa de todas ―y de seguro no la más inteligente si estaba enamorada de alguien como Naruto― sino porque había algo en ella que la hacía levantarse una y otra vez cada vez que caía, que sonreía sin importar lo triste que se sentía y que estaba siempre dispuesta a dar todo de sí misma si deseaba algo con convicción. Naruto la veía como una fuente inagotable de apoyo, gentileza y amistad; una joven que lo motivaba a creer en sí mismo cada vez que titubeaba, una fuerza descomunal que lo levantaba cada vez que él carecía de la fortaleza para hacerlo por su cuenta. Quizás, ella creía más en él que él mismo. Aquello, a ojos de Naruto, la hacían una chica genial.
Quizás, esa fuese precisamente la fortaleza ―y al mismo tiempo debilidad― de Hinata Hyūga: ser tan distinta de lo que se suponía debía ser. Las decisiones de Hinata se basaban en su propio sentido de moral, de compañerismo y lealtad, de lo que estaba bien y lo que estaba mal. Un shinobi no se guiaba por esos conceptos, sino, por quien pagaba su servicio. Y Hinata nunca podría haber actuado así sin sentir que estaba traicionando su corazón, por lo cual, aún no se había convertido de verdad en lo que era una verdadera Kunoichi.
Y tal vez, el destino de Hinata era precisamente no serlo.
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NOTA DE SASHA
Gracias a todos los que aún siguen este fic. Estoy con más tiempo este verano de escribir y tenía como 15 mil palabras escritas y decidí cortar el capítulo en partes para poder expresarme mejor en sus distintos conceptos y que tanta información no sea demasiado... En todo caso gracias por seguir y perdon por demorarme tanto en actualizar; la vida nos alcanza a nosotros los viejos T.T. Estoy publicando aquí y en wtpd así que si quieren tener un contacto más directo conmigo o mandar mensajes que conteste más rápido, por allá ando más ligera porque es más user friendly jajajaa. Igual leo todo por acá si quieren escribir. Un abrazo y feliz año!
