CAPÍTULO 51
TONERI
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Son tres ―susurró Toneri, dejando de respirar, mientras intentaba imaginar cómo lucirían esas pequeñas marionetas que limpiaban todo el palacio―. Tú ―dijo con solemnidad y lejanía, apuntando con su dedo índice a la figura más cercana, tornándose su tono de voz en algo bastante autoritario para un niño de su edad―. Juega conmigo.

La marioneta detuvo su accionar y se paró derecha en medio del refinado y silencioso cuarto. Las paredes estaban decoradas con enormes retratos de cuerpo completo de doncellas y famosos guerreros de la familia Ōtsutsuki a la cual el niño pertenecía, enmarcados con elaboradas decoraciones que denotaban la elegancia de todo el lugar. Cada pequeño detalle del salón estaba cuidadosamente pensando para representar la opulencia de su familia, del poder de su clan y de la importancia que le daban a su propia misión.

No obstante, todo alrededor de Toneri era sombras sin forma ni belleza, ya que no contaba con su visión. Incluso la marioneta que caminaba hacia él era tan sólo una imagen indefinida que intentaba imaginar a través del sonido que emitía. La pequeña figura no era más alta que él, creada para reflejar idénticamente a un niño de la edad de Toneri, de grandes ojos celestes y cabello rojizo.

Las marionetas del palacio se movían y pensaban gracias al chakra infundido dentro de ellas a través de un poder que su padre llamaba Tenseigan. No obstante, de vez en cuando el pequeño Toneri irrumpía en su flujo de chakra ordenándoles cómo actuar y hasta qué decir con su mente y fuerza vital, que era bastante superior a lo normal dentro de su familia, o al menos eso había dicho su padre. Su chakra cubría como un manto todo lo que había a su alrededor, aprovechándose del poder que ejercía el Tenseigan sobre el palacio, para así darle vida y movimiento a los sirvientes.

La pequeña marioneta que Toneri llamaba Yu caminó hacia él, hizo una reverencia y lo miró con grandes ojos inexpresivos.

―¿Qué desea jugar hoy, Toneri-sama? ―preguntó con una voz infantil y apática.

―¿Conoces algún juego, Yu? ―le preguntó Toneri con un aire regio, pero igual de infantil.

Todas las marionetas que interactuaban con él eran sólo una pequeña extensión de su propia personalidad que se manifestaban en diálogos consigo mismo para combatir su soledad. Solía hacerlo a menudo, sin importarle que en realidad no había nadie más ahí, excepto él y sus distintos amigos imaginarios que tomaban personalidad y forma gracias a su increíble, así como preciso, control de chakra

―Yu, quiero jugar algo divertido.

―¿Qué tal una carrera? ―sugirió la marioneta―. Podemos perseguir a las mariposas del bosque.

―Eres muy lento. Siempre te gano ―le respondió suspirando―. Y no quiero tener que descender hasta la superficie. Me pone muy triste caminar entre las ruinas ―bajó suavemente los párpados al recordar las historias que contaba su padre sobre la manera en que esas enormes ciudades habían visto su final―. Yu, ¿Sabes contar historias?

―No, pero puedo recitarle el Decreto Celestial, Toneri-sama ―respondió la marioneta mientras ambos caminaban juntos―. Nuestra noble misión es cuidar la Estatua Gedo y evitar que Kaguya despierte. Ella debe dormir mientras sus hijos y los hijos de sus hijos cuidan de ella, hasta que el impostergable día de La Cosecha llegue. Cuando eso suceda, pelearemos una vez más junto con nuestros hermanos en la Tierra para evitar ser...

―Esa parte triste no ―dijo Toneri con un poco de miedo, pensando en esa profecía apocalíptica de sus ancestrales ascendientes―. Háblame de la última parte.

―Soportamos la oscuridad y sacrificamos nuestros ojos para honrar el legado de Ōtsutsuki Hamura con un sentido de deber y honor. El clan de la Luna nunca intervendrá con el clan de ojos blancos o con el mundo del Sabio de los Seis Caminos, a menos que La Princesa del Byakugan vuelva y la tierra y la luna sean nuevamente uno para evitar la Cosecha. Si el mundo del Sabio de los Seis Caminos se descontrola, de la misma forma que detuvimos a Madre, detendremos a...

―Es suficiente ―dijo Toneri con algo de tristeza―. Ya no quiero escuchar más sobre el Decreto Celestial.

―¿Me contaría usted ahora una historia, Toneri-sama? ―le preguntó la marioneta―. Hábleme de la Princesa.

―Bien ―dijo el pequeño con una rígida elegancia, pero sonriendo infantilmente―. Te contaré la historia de los hijos de Hamura y sobre La Princesa ―apuntó su dedo hacia el cuadro que colgaba en medio del gran salón. Sabía que estaba ahí, porque su padre solía pararse en ese lugar y observar hacia la pared con melancolía―. ¿Sabes quién es ella? ―la marioneta negó―. Su nombre es Tsukiko, ojos de Luna a quien también llamaron La Princesa del Byakugan. Y junto a ella está el gran Asahi, el Prodigio, el más fuerte de los hijos de Hamura y a quien heredó toda su fuerza. Él aprendió a desarrollar los poderes del Tenseigan y los poderes que utilizamos, ¿lo sabías? ¿No suena como alguien asombroso?

―Suena como un genio de su época.

―Sí ―dijo con orgullo―. ¿Y sabías que los hijos de la Princesa fueron los que fundaron las distintas ramas de nuestro clan? Padre me lo dijo.

―¿Por qué el Decreto Celestial habla sobre el retorno de la Princesa?

Toneri subió el rostro y observó en la dirección en donde sabía estaba el cuadro. Se preguntó quién lo habría pintado hace tantos años ya. Seguramente alguien que la amaba profundamente y deseaba verla frente a él todo el tiempo. Podía entender esa sensación, por algún extraño motivo; una imagen se yuxtapuso en sus pensamientos y se vio a sí mismo sentado ahí, observando un retrato en la pared día y noche con un sentido de felicidad al hacerlo de una hermosa doncella de largo y azulado cabello.

―La Princesa desapareció, justo como la estatua ―Toneri sintió un profundo dolor al decirlo y su pecho se apretó mientras la imagen de la dama se difuminaba en su memoria.

―¿De nuevo contándole esa historia al pequeño Yu? ―la voz de su padre lo sobresaltó, haciendo que el control que ejercía sobre la marioneta se deshiciera y las piezas de ésta se desparramaran en el suelo. No obstante, lentamente, todas se volvieron a armar impulsadas por el Tenseigan y la estatua volvió a sus quehaceres, desprovista de la voluntad de Toneri―. Aún necesitas practicar más para usar el poder del Tenseigan.

―Lo lamento, Padre ―dijo con una voz dulce, bajando el rostro.

―¿Por qué decidiste jugar con Yu hoy? Hace mucho dijiste que sólo era una tonta marioneta ―dijo el hombre.

―Me sentía solo ―respondió Toneri mientras su padre lo tomaba en brazos.

―Lamento haberme tardado más esta vez ―dijo poniendo una mano sobre su cabeza―. Es difícil buscar la Estatua por mi cuenta sin irrumpir en el mundo del Sabio de los Seis Caminos.

―Lo comprendo. Otou-sama realiza una labor muy difícil por su cuenta, por lo cual no puedo quejarme. Es nuestra noble misión ―dijo Toneri con una melancólica sonrisa―. Cuando crezca ayudaré también.

―Sé que lo harás. Nadie se toma más en serio nuestro mandato ―dijo medio bromeando―. ¿Y ahora, qué puedo hacer para animar un poco a mi querido hijo? ¿Quieres entrenar tus habilidades conmigo hoy? ―Toneri negó con el rostro―. ¿Entonces, qué es lo que quieres?

―Otou-sama, ¿Me contarías la historia de Asahi y Tsukiko? ―pidió encogiéndose tiernamente entre sus hombros.

Toneri no solía pedir las cosas, ya que al crecer solo y complacido en todos sus deseos por las marionetas, no estaba acostumbrado a escuchar negativas y sus palabras siempre solían salir de él en forma imperativa; no obstante, esa vez lo pidió amablemente. Su padre le sonrió al notar que una vez más, su pequeño hijo deseaba llevar su imaginación a una época en la cual no estaba por su cuenta en ese enorme lugar.

―Está bien ―dijo el hombre con amabilidad mientras se sentaba en el enorme sofá frente al fuego―. Hace mucho tiempo, cuando Hamura aún vivía con sus hijos en la Luna, Asahi, su hijo mayor, le pidió permiso para visitar la tierra. Sorprendido, Hamura le preguntó por qué quería realizar dicha visita. Asahi le contestó que deseaba traerle un obsequio de cumpleaños a Tsukiko, su melliza, ya que deseaba hacerla feliz. Hamura le contestó que a ambos mellizos le concedería un obsequio aún mejor por su cumpleaños número dieciséis, y construyó un pasaje desde la Luna hasta la Tierra para que sus hijos pudiesen visitar a los hijos de Hagoromo, su hermano; él soñaba con que la familia pudiese permanecer unida a pesar de la distancia ―Toneri soltó un suspiro de anhelo―. Así que Asahi y Tsukiko visitaron la Tierra cuando cumplieron dieciséis años.

―¿Y qué pasó cuando lo hicieron? ―preguntó Toneri emocionado.

―Bueno, Tsukiko, ojos de Luna, fue reverenciada como la doncella más hermosa entre las damas que hubiesen pisado la Aldea de Hagoromo. Los terrícolas la veneraron como si fuese una diosa, la vistieron en seda, llenaron sus cabellos de perlas y sus manos de flores. Asahi nunca vio a Tsukiko más feliz que cuando el sol besaba sus mejillas y el viento desordenaba su largo cabello de plata. En agradecimiento, cada vez que ella recibía un obsequio, cantaba con su voz celestial sobre el destino de la persona que la miraba a los ojos. Todos quedaron embelesados con ella y su dulzura.

―Otou-sama, ¿Por qué el Decreto Celestial nos prohíbe interactuar con aquellos que están en la tierra si Tsukiko-hime y Asahi lo hicieron?

―No lo sé con seguridad. Supongo que es porque somos más fuertes que ellos y no debemos quebrar el delicado balance que tienen ―su padre bajó el rostro―. Ellos siempre están peleando por una u otra cosa, como lo que pasó aquí cuando las ramas del clan se enfrentaron. Aunque si me preguntas a mí, creo que las cosas van a cambiar muy pronto.

―Desearía que aprendieran a vivir en paz, como nosotros ahora ―dijo Toneri sonriente―. ¿Y... y qué sucedió cuando Tsukiko-hime y Asahi volvieron a la Luna después de su viaje?

―Bueno, la leyenda dice que le comunicaron a Hamura que ambos deseaban casarse. Hamura se los permitió al ver el gran amor que sentían uno por el otro ―Toneri sonrió emocionado, pues se imaginaba amar tanto a alguien―. El amor entre ellos fue tan, tan grande, que pronto la Luna se llenó de colores y alegría. Y para hacer a su Princesa feliz, Asahi comenzó a traer todo lo que ella amaba de la tierra hasta acá. Por eso tenemos árboles, flores, frutas, estaciones, animales e insectos... bosques, ríos, lagunas y mares. Todo eso fue construido por Asahi y su descomunal chakra, para ver a Tsukiko-hime sonreír.

―Asahi debió ser muy fuerte y amar muchísimo a Tsukiko-hime. Como Otou-sama y Oka-san ―Toneri suspiró con su eterna inocencia mientras su padre asentía―. Me pregunto si Tsukiko-hime pudo si quiera ver todo lo que Asahi le regaló... ―Toneri bajó el rostro con tristeza, ya que en su mundo no había colores, sólo texturas y matices de grises―. ¿Y luego qué pasó? ―preguntó con un susurro.

―Pues, lo que pasa cuando hay amor. La luna se llenó de alegría y felicidad. Y Hamura llenó de regalos a todos sus pequeños nietos, regalándoles este palacio, las ciudades en la superficie, el sol artificial y todo lo que el Tenseigan podía otorgarle a su descendencia, para que vivieran tan felices como él lo había sido en la tierra junto a su propio hermano, mientras llevaban a cabo su noble misión de custodiar la estatua ―su padre subió el rostro hasta los cuadros frente a él―. Asahi construyó para Tsukiko-hime un mundo perfecto y pacífico, en donde ella nunca más mirara con melancolía hacia la tierra.

―¿Nuestro mundo es igual a la tierra? ―preguntó Toneri sonrojando sus mejillas―. La tierra debe ser muy hermosa.

―Lo es ―dijo su padre mientras lo bajaba de sus piernas―. Creo que ya es suficiente sobre las historias de nuestros antepasados.

―Es-espere. Hay algo que desearía saber y que nunca me animo a preguntar ―dijo tomando valor para formular la pregunta―. ¿Por qué Tsukiko-hime se perdió, Otou-sama?

―Nadie lo sabe realmente ―su padre suspiró―. Un día, después de la muerte de Hamura, Tsukiko-hime desapareció. Su dolor fue tan grande al perder a su padre que lloró y lloró hasta que sus lágrimas se convirtieron en estrellas y su corazón se fundió con la luna. Al menos esa era la historia que contaba mi madre. Mi padre decía que su belleza causó que fuese robada y llevada a un lugar muy lejano a servir a los dioses.

―¿Y tú, Otou-sama, qué crees que sucedió con Tsukiko-hime?

―No lo sé con seguridad, pero sea lo que sea, le rompió el corazón a Asahi ―el pequeño no comprendió muy bien a que se refería su padre y ladeo el rostro con duda―. Ven Toneri, te llevaré ahora a la cama.

El niño soñó toda esa noche con la preciosa mujer del retrato. La veía corriendo entre los bosques que había en la Luna, rodeada por las luciérnagas que iluminaba su hermoso rostro mientras ella se perdía entre las sombras. Él la perseguía y le pedía que volviera, estirando sus pequeñas manos en su dirección sin nunca poder alcanzarla.

Soñar era lo más cercano que tenía de poder ver, por lo cual siempre se sentía afortunado cuando estaba en ese mundo en donde los colores y las figuras le mostraban lo que habría significado contar con su vista. Sabía que alguna vez había tenido ojos, pues sus cuencas vacías se lo indicaban. También estaba al tanto de que éstos habían sido removidos para ser agregados en el mismo lugar en que descansaban los ojos de todo su clan: alrededor del Tenseigan de Hamura. Su padre le explicó un día que para mantener el Tenseigan activo, éste utilizaba el poder de los Byakugan a su alrededor, como si fuesen su fuente de energía. Con esa fuerza la Luna se movía, el sol iluminaba el interior hueco de la Luna desde el cual conseguían su alimento y también funcionaban las marionetas. Pero eso no era todo; el Tenseigan era la fuente de energía de todo su mundo, lo que movía las mareas, lo que hacía crecer las plantas y proporcionaba con aire una pequeña y falsa atmósfera alrededor de la Luna. Incluso era la fuente de la gravedad que impedía que salieran flotando por ahí.

El Tenseigan de Hamura era la fuente de chakra, energía y vida en un ambiente en donde no debió existir nada. Y por lo mismo debía ser alimentado constantemente con el Tesoro de su clan, con el Byakugan.

Llevó sus pequeñas manos a su rostro y pasó sus yemas por los párpados intentando adivinar lo que se hubiese sentido tener visión. Lamentablemente, no había nada ahí. Cuando le preguntó a su padre por qué ellos debían soportar un destino tan cruel de ser privados de la visión y todo a su alrededor, éste le respondió que dicho sacrificio era necesario para cumplir su noble misión. Pero, había tenido miedo de seguir preguntando al sentir la tristeza emanando de él.

Suspiró un tanto apático y aburrido, caminando con pequeños pasos torpes en búsqueda de algo que hacer. Siendo un hijo único, sin hermanos con quien jugar, sin más niños con quien compartir, la vida se sentía realmente solitaria. Su madre había muerto en su parto y hacía un tiempo, las personas que aún vivían en el palacio también habían muerto. Sólo quedaban él y su padre ahí. Eran los últimos de los Ōtsutsuki. Cuando le preguntó por qué sólo quedaban ellos dos, éste le respondió que el resto había caído en el olvido defendiendo el Legado del Sabio de los Seis Caminos. No comprendió a qué se refería. Y nuevamente, no quiso preguntarlo. "La cosecha se acerca" había dicho su padre y él lo repetía intentando encontrar algún significado en dichas palabras. Concluyó que había un presagio ruinoso en esa frase y por lo mismo le temía tanto a ese día en donde todo se volviese simplemente alimento para la Estatua y ella volviese a posar sus ojos sobre el mundo, cosechando las semillas que había plantado mil años atrás.

De pronto escuchó pasos más firmes por el corredor, haciéndolo levantar el rostro. Esas pisadas correspondían a su padre, lo cual lo hizo sonreír con entusiasmo mientras corría en su dirección para alcanzarlo.

―Toneri-sama, por favor, no corra tan descuidadamente ―dijo la marioneta que hacía las funciones de crianza con él, su institutriz personal, una especie de ama de cría que había remplazado a su madre―. Podría tropezar.

―¡Otou-sama! ―exclamó el niño abrazándole las piernas a su padre―. ¿Vienes a jugar conmigo? ―le preguntó con el corazón latiendo fuerte.

―Te traigo un presente ―dijo de pronto agachándose hasta su posición y depositando algo entre sus manos―. Tómalo firmemente.

―¿Qué es? ―preguntó cuándo sus dedos rozaron la superficie lisa y esférica del obsequio de su padre.

―Es un juguete. Lo llaman pelota.

―¿Y qué hace? ―preguntó algo extrañado al experimentar esa textura flexible que al apretar, volvía a su posición.

―Pues, puedes lanzársela a otro, puedes patearla o incluso hacerla rebotar ―su padre parecía entusiasmado al decirlo―. ¿Quieres intentarlo?

―P-pero no la veré ―susurró con tristeza―. ¿Cuál es el punto?

―Puedes saber dónde está si escuchas con atención.

Toneri se pasó el resto del día haciendo rodar su pelota por los largos pasillos del palacio. La seguía, la escuchaba rodar, la hacía rebotar contras las paredes o por los largos escalones de las escaleras. Cada vez que lo hacía descubría la inesperada reacción de ese objeto; si aplicaba mucha fuerza rebotaba lejos de él. En cambio si lo hacía suave, la pelota golpeaba la pared y volvía rodando, lento por el suelo. Pronto descubrió que si la pateaba, necesitaba que alguien la pateara de vuelta o no tenía mucho sentido estar ahí, siempre escuchando como la pelota se alejaba lentamente.

―Yu, juega conmigo ―le ordenó a su marioneta favorita mientras ésta limpiaba un ventanal―. La patearé y tú debes atraparla. ¿Listo?

―Sí, Toneri-sama ―dijo Yu.

Se entretuvo toda esa tarde pateando la pelota hacia Yu y éste la atrapaba. Entonces, Toneri la hacía flotar de vuelta hacia él y repetía una y otra vez la acción. Pronto, el juego se convirtió en saber si Yu podía atrapar o no la pelota si la lanzaba con más fuerza, ya fuese con sus manos o con su pie.

Cuando llegó la hora de la cena, estaba sentado en los peldaños de las escaleras con la pelota junto a él, sin saber qué más hacer con ese juguete nuevo. A pesar de haberse divertido durante la tarde, pronto un sentido de tristeza lo embargó al desear compartir ese nuevo juego con alguien y no encontrarse con nadie más ahí.

―Me pregunto de dónde la habrá sacado Otou-sama ―murmuró Toneri con una triste mueca, haciendo que la pelota flotara frente a él, moviéndola con sus dedos como si fuese una marioneta―. ¿De dónde vienes? ―le preguntó, intentando imaginar que ese juguete quizás había pertenecido a un niño allá en ese lejano lugar que su padre usualmente visitaba en sus esfuerzos por encontrar la Estatua.

Pero por más que esperó una respuesta, la pelota no respondió. Por lo cual simplemente la lanzó con fuerza en dirección a Yu, cayendo lágrimas por sus mejillas. Con frustración se dio cuenta que por mucho que hubiese organizado a Yu para jugar con él, inventado reglas y creado dificultades a superar... sólo estaba jugando consigo mismo. No importaba si ganaba, ya que no tenía nadie con quien competir. No importaba si quería correr con los brazos en el aire porque había logrado darle cien botes a la pelota con su cabeza, porque nadie lo vería. Estaba solo, como siempre, sin importar todos los lujos y los juegos que tuviese.

Y estar solo no era divertido.

Estar solo era tan horrible como estar muerto.

Esa noche durante la cena, su padre le preguntó si había averiguado cómo emplear su pelota. Toneri levantó su rostro apáticamente, decidido a no mentir sobre lo que realmente sentía en su corazón.

―No es divertido jugar siempre solo ―dijo sin tocar su comida y suspirando―. Pero, encontré un nuevo uso para ella ―de pronto la pelota flotó alrededor de ellos mientras Toneri la movía con su mente―. Coloqué una orbe de chakra dentro de la pelota y ahora puedo moverla así. Me dediqué a lanzársela a las marionetas esta tarde y fue muy divertido verlas asustarse. Creo que me ayudará mucho a entrenar mis habilidades así.

―A pesar de que es una forma ingeniosa de entrenar, no es su finalidad, hijo ―dijo su padre sonriéndole con algo de gracia―. Es para que uses tus brazos y piernas con la pelota; moverla, patearla, botearla, correr atrás de ella. ¿No te parece eso más divertido que utilizarla como un arma?

―¿Para eso la utilizan los niños del lugar de dónde la trajiste, Otou-sama?

―A pesar de que tienen juegos en donde se golpean con la pelota también, principalmente, la utilizan para realizar distintas actividades que ellos llaman deportes ―dijo él con simpleza mientras bebía su vino―. En la Aldea en donde la encontré, vi que los niños la pateaban de un lado a otro intentando pasarla por una línea imaginaria. Cuando lo hacían, gritaban y se felicitaban. Lucían realmente felices jugando, por eso te conseguí una también.

―Suena como algo divertido ―dijo Toneri sonriendo, imaginándose a sí mismo jugar con la pelota de esa forma, rodeando de niños de su edad felicitándolo por su habilidad―. ¿Qué tipo de juegos tienen los niños allá? ¿Todos los niños juegan o forman equipos con sus marionetas? ―preguntó entusiasmado.

―No. Las cosas no funcionan así en la Tierra. Los humanos hacen las cosas por sí mismos o tienen otros sirvientes humanos. Su Kugutsu no Jutsu es muy básico y limitado ―respondió el hombre―. Pero los niños tienen grandes lugares para jugar, parques enteros en donde se balancean, se esconden, corren, trepan y saltan ―Toneri se lo imaginó, cabizbajo―. ¿Quieres que construya algo así para ti?

―¿Cuál es el punto si siempre jugaré solo? ―respondió suspirando y bajando los hombros.

Su padre pareció ver su tristeza ese día, pues se puso de pie y se paró junto a él, agachándose hasta la posición en que el niño estaba sentado. Toneri dejó de respirar, tenso por la cercanía y la seriedad que parecía haberse creado en el ambiente entre ellos.

―¿Crees que eres lo suficientemente fuerte para ir conmigo esta vez? ―le preguntó con un tono condescendiente―. A la Tierra.

―¿D-De verdad? ―Toneri casi se ahogó al escuchar la pregunta―. ¿Puedo ir también?

―Sí. Eres mi preciado hijo y el responsable de llevar a cabo nuestra misión cuando yo ya no esté. No quiero que seas infeliz, aunque eso signifique quebrar las reglas un poco. Por lo general, sólo se te hubiese sido permitido ir a la Tierra cuando cumplieses dieciséis, pero creo que ese tipo de cosas ya no importan. Sólo somos tú y yo ahora ―Toneri entreabrió los labios en sorpresa al saber que quizás era el primero en mil años que podría visitar la tierra sin la edad para eso, sintiendo culpa por estar quebrando el Mandato Celestial―. ¿Entiendes por qué te llevaré? ―Toneri negó con su rostro―. Mi tiempo se agota y quiero que te prepares para cumplir con tu propio rol. Naciste solo, Toneri. Pero no tienes por qué estarlo. Recuerda esto, ya sea la familia principal o los verdaderos líderes del clan; Los Ōtsutsuki nos complementamos con alguien más. Siempre es así. Incluso ellos... nos visitan siempre de a dos. Pudimos destruir a los últimos dos que nos amenazaron y sacrificamos todo para cumplir nuestro deber. Pero ya no tenemos la fuerza si ellos vuelven. Así que tendrás que buscar dicha fuerza para detenerlos... en la Tierra.

Escuchó a su padre tragar saliva al decirlo pero no le dio mayor importancia. Grabó sus palabras con cuidado en su mente infantil, sabiendo que ya no tenía tiempo para seguir jugando con marionetas y permaneciendo por siempre un niño si tenía una misión que cumplir para con su clan. De esa manera, Toneri acompañó por primera vez a su padre hasta la tierra, pasando por el pasaje que Hamura le había regalado a sus hijos mayores durante su cumpleaños dieciséis.

El pequeño notó que para ser un regalo que debía haberlos acercado con sus parientes de la Tierra, estaba bastante fortificado con obstáculos que impedían un contacto directo entre la Tierra y la Luna. Incluso a esa edad comprendió de inmediato que algún conflicto debió ocurrir para que el pasaje estuviese repleto de trampas, limitaciones y guardianes. Y se horrorizó cuando al salir del último obstáculo se encontró en medio de un templo en ruinas.

Cuando salieron, aún abrazado al torso de su padre, supo por el dulzor del aire que estaba en un lugar totalmente opuesto al que vivía, en donde incluso en medio de la noche se podía escuchar un hermoso sonido de algún insecto que parecía cantar y la suave brisa otoñal revolverle el cabello.

No se demoraron mucho en llegar a lo que su padre describió como su destino. Toneri podía escuchar desde la posición en donde estaban suspendidos en el aire la manera en que las personas hablaban, cómo había movimiento y vida bajo ellos; eran tantos los sonidos y ruidos que percibía que pronto se sintió sobrecogido por la cantidad de información que su cabeza filtraba al mismo tiempo. Debía haber cientos o quizás miles de personas viviendo en ese lugar y aquello lo sobrecogió.

Su corazón vibró ante la expectativa de que todas esas personas vivían en una Aldea, como antes había sido la vida en la Luna. Sintió sus mejillas sonrojarse de felicidad al saber que ahí, entre todas esas personas, había alguien esperando por él. Su corazón así lo decía.

―¿Dónde estamos? ―preguntó cuando el sonido de las voces fue cesando, siendo remplazado por un solemne silencio nocturno. Parecía que su padre lo había transportado a un lugar más quieto y pacífico en dónde sólo escuchaba un golpeteo de palmas contra madera. Una suave voz tierna y hermosa gemía luego de cada estocada―. Ya no hay tanto ruido como antes, sólo parece haber una niña allí. La escucho.

―Estamos en una aldea llamada Konoha. Aquí están nuestros familiares sanguíneos. Esa niña es parte de nuestra lejana familia.

―El clan de ojos blancos... ¿No? ―preguntó Toneri, sabiendo que el Decreto se refería a ellos.

―Se hacen llamar el clan Hyūga, pero originalmente fueron parte de alguna rama Ōtsutsuki ―le explicó su padre mientras ambos flotaban suspendidos en el aire, a una distancia pertinente del patio de entrenamiento de lo que parecía ser una gran mansión, aunque Toneri no lo veía―. Hace mucho tiempo ellos abandonaron la Luna y vinieron hasta acá. Aunque no conozco las circunstancias en que eso ocurrió.

―¿Por qué abandonarían la Luna? ―preguntó sorprendido.

―No lo sé con certeza, pero hay algo que debes saber sobre ellos. Los Hyūga protegen el Byakugan puro de Hamura con fiereza, mientras que nosotros protegemos el Tenseiga y tenemos en nuestros cuerpos una fuerza vital y chakra superior ―Toneri asintió, maravillado con esa nueva revelación. Esos lejanos parientes aún conservaban sus ojos―. ¿Lo entiendes? Los Hyūga y los Otsutsuki heredamos cada uno la mitad del poder de Hamura. Y cada clan puede llevar a cabo su misión con el poder que heredó.

―¿Cuál es la misión de los Hyūga? ―preguntó Toneri preocupado pensando que quizás esa pequeña niña que escuchaba estaba afrontando una misión tan difícil como la de ellos.

―Ellos han cuidado del balance en la tierra por mucho tiempo, supongo que cumpliendo esa parte del Decreto Celestial ―Toneri sabía que el Decreto exigía a los descendientes de Hamura que observaran y cuidaran a los Hijos del Sabio, que no se descontrolaran con el uso del Chakra al punto que pudiesen romper el sello de Kaguya. Quizás por eso su padre buscaba tan desesperadamente la Estatua―. Nuestra misión es aún más importante, Toneri. Es el motivo por el cual Hamura fue a la Luna y permaneció allá observando desde lejos su hogar ―dijo con solemnidad―. Nosotros custodiamos la estatua Gedo para que Kaguya Ōtsutsuki, nuestra Madre, no pueda volver a este mundo. Si ella rompiera el sello, se acabaría el mundo del Sabio de los Seis caminos.

―Pero... robaron la estatua...

―No la robaron, sino que la invocaron a este lugar. Y para hacer algo así, se requiere de alguien con un poder tan aterrador como el Tenseigan. Los únicos que tenían poder para hacerlo se encuentran en esta Aldea: Los descendientes de Hagoromo, el hermano de Hamura ―Toneri entreabrió los labios en sorpresa―. Por eso estamos aquí, vigilando, esperando el momento en que la Estatua Gedo sea invocada sin intervenir en el mundo de los que habitan este lugar. Supongo que por el mismo motivo nuestros hermanos del clan de ojos blancos están aquí.

―¿Cómo podemos saber cuándo alguien intente usar la estatua? ―preguntó Toneri, queriendo ayudar a su padre.

―Cuando suceda, lo sabrás. Sentirás el chakra de Madre. En ese momento intentaremos hacernos con ella de vuelta.

De pronto ambos voltearon el rostro cuando notaron que quien estaba entrenando, golpeando sus palmas contra el poste de madera, tropezaba y caía. Toneri sintió que algo se apretaba en su pecho al escuchar ese sonido seco contra el suelo, seguido del suave llanto que la pequeñita emitía.

―¿Por qué llora? ―preguntó Toneri deseando poder detener su tristeza.

―Está entrenando y se ha lastimado.

―Quiere volverse fuerte, me gustaría sanar sus heridas para ayudarle ―dijo Toneri pero su padre negó.

―No debemos interferir. No aún. Su nombre es Hyūga Hinata ―su padre puso ambas manos sobre los hombros de Toneri―. Entrena tú también. Concéntrate y siéntela bien. Reúne tu chakra en la frente y obsérvala. Podrás verla si utilizas tu chakra, aunque sea sólo una imagen en tu mente. Si haces eso, siempre podrás ver.

Toneri asintió y comenzó a llevar su chakra a su frente. En ese momento una imagen se formó en su cabeza, de una niña cubierta en un atuendo oscuro y ceremonial. Su tez era blanca y hermosa, aunque lo suficientemente rosada para lucir saludable en medio del frío nocturno. Su cabello azulado y corto remarcaba su rostro redondo y la manera adorable en que sus mejillas se sonrojaban. Era linda, al punto que lo hizo sonreír, pero lo más asombroso eran esos enormes ojos de luna.

Sin darse cuenta, suspiró en admiración.

―Lo... Lo logré ―susurró maravillado.

―¿Puedes verla ahora? ―preguntó su padre.

―Sí ―dijo suave y embelesado―. Es una niña muy linda. ¿Es una princesa?

―Lo es. Es la Princesa de su clan. Dentro de diez años, ven por ella ―su padre sonrió felizmente al decirlo, sorprendiendo a Toneri―. No importa lo que diga el Decreto, deseo que seas feliz. No quiero que seas el último de los Otsutsuki de la Luna. Ven a la Tierra, con los Hyūga y continúa con el legado de Hamura aquí. La cosecha se acerca y ella te ayudará a proteger nuestro legado.

―Ella... me ayudará ―dijo suave, porque veía su destino.

Era tan claro como nunca nada había sido en su vida. La imagen de una hermosa princesa a su lado, alta, ataviada en ropaje ceremoniales negros con encajes dorados, tomando su mano mientras caminaban hacia el altar matrimonial. Ella estaba unida a él por el destino. Ella iba a ser la persona a quien iba a amar el resto de su vida y lo sentía en su corazón. Era como si finalmente hubiese encontrado a su princesa Tsukiko en el lugar menos esperado.

―Su Byakugan es muy hermoso.

―Y muy puro ―agregó su padre―. ¿Lo sientes?

―Es parecido a la sensación de estar frente al Tenseigan.

―Un día, pediré su mano en matrimonio para ti y la convertiremos en tu novia ―Toneri no mostró sorpresa, porque ya lo sabía de alguna forma. Sabía que compartiría su vida con ella, lo veía en su mente―. ¿Qué dices? No quiero que estés solo si mi tiempo se termina. Ven a la tierra, haz amigos.

―Eso me haría muy feliz ―susurró memorizando el hermoso rostro de Hinata Hyūga.

Y de esa forma durante los siguientes años, él y su padre visitaron de vez en cuando a los Hyūga de Konoha. Aprendió mirando desde la distancia lo que significaba ser un shinobi, las distintas maneras en que ocupaban el chakra así como también la forma cruel en que sus habilidades habían empezado a ser utilizadas a cambio de dinero y ventajas. Las habilidades de su padre les impedían ser detectados y pronto aprendió a aparecer y desaparecer de un lugar a otro, flotando como si la atmósfera de ese lugar tuviese una superficie para que él se posara.

La verdad, no entendía ese mundo del todo. Comparaba lo que pasaba en la Tierra con lo ocurrido en la Luna, que había llegado prácticamente a la extinción de todo su clan producto de los conflictos y las guerras. Observó las mismas conductas y hambre de poder de algunos pueblos, incluído aquel en donde vivía Hinata. Debido al dolor de crecer solo y ver su mundo en ruinas, se había vuelto un pacifista, alguien que no utilizaría su poder para destruir sino para traer paz; esa era su misión en la vida. Por ello, veía con angustia la manera en que la tierra utilizaban el chakra para destruir, ya que en la Luna se había empleado el Tenseigan para traer muerte aplastando a todo aquel que se opusiera a los que podían manipularlo.

Sabiendo cómo acabaría todo si esos seres seguían en el mismo camino, no comprendía por qué los Terrícolas utilizaban como armas los regalos que habían recibido de parte de Hagoromo. Veía que ese mundo que los Hyūga habitaban pronto llegaría a su final, extinguiéndose los humanos lentamente y destruyendo toda su belleza en el proceso si seguían empleado el chakra para destruir y matarse entre ellos; y no lo deseaba. Debían permanecer juntos y unidos para poder luchar en contra de La Cosecha, no pelear entre ellos por cosas tan absurdas como territorio o poder.

Pronto perfeccionó la forma de ver a través de su chakra y las imágenes que deseaba percibir de ese mundo aparecían en su mente si se concentraba en ello. Su padre había sido de vital importancia al entregarle no sólo los conocimientos que necesitaba sobre las técnicas de su clan para manejar el Tenseigan de Hamura y la fuente de su poder, sino que aprendió sobre los sueños que tenía, la manera en que el destino se presentaba a él de manera profética, cómo hablar con otros a través del chakra e incluso pudo aprender sobre la fuerza vital y reanimar lo inanimado, sanar lo herido e intentar dar vida a lo que estaba muriendo.

Muchas veces, mientras veía a Hinata entrenar, su chakra le hablaba al de ella diciéndole que era fuerte, que no se rindiera, que era hermosa. Sonreía con las mejillas sonrojadas al verla ponerse de pie cada vez que alguien la hacía caer. Veía en ella las mejores cualidades de las mujeres de su clan y aquello lo llenaba de una suave emoción al saber que un día, Hinata Hyūga sería su esposa. En algunas ocasiones, sobre todo cuando logró la maestría en ello, se introducía en los sueños de la niña sólo para sentarse junto a ella y observar juntos el paisaje que creaba en su mente para hacerla feliz. Cuando ella se volteaba y le preguntaba quién era, sólo sonreía y le prometía que pronto iría por ella.

El pequeño Toneri que jugaba con las marionetas se volvió en un joven fuerte, muy apuesto, alto y talentoso. Su padre decía que era el miembro más talento que había visto el clan durante los últimos cien años. Y no sólo su cuerpo y fuerza cambió, sino que también evolucionó su sentido del deber y responsabilidad. Comprendía que si tenía esa fuerza debía significar algo y se tomó muy a pecho cumplir el Decreto Celestial y sus reglas. Por ello fruncía el ceño al darse cuenta de lo decadente del mundo del Sabio, sin comprender por qué tantos de los suyos habían muerto intentando defenderlo, manteniendo a salvo la estatua y a raya a aquellos bajos individuos de la familia principal del Clan, la verdadera y selecta familia que a él le daba escalofríos si quiera pensar.

La verdad, Toneri no entendía ese sistema shinobi del mundo de Hinata, la creación de esas aldeas ni por qué habían desviado tanto las enseñanzas del Sabio hasta convertirlas en algo tan decadente. Pero intentaba comprender. Lo hacía porque ese era el mundo de su Hinata y al observarla, intentaba entender a través de las experiencias de La Princesa Hyūga la importancia de ser shinobis y qué era lo que buscaban defender o destruir. Al verla a ella, no podía evitar amar de alguna forma la Tierra, a pesar de sus imperfecciones, de las personas crueles y malvadas, de las desigualdades o la injusticia. Porque también había personas como Hinata intentando desesperadamente de que ese mundo fuese un lugar mejor, en donde las personas confiaran unas en otras, en donde la amistad o el amor fuese lo que guiaba la vida y no sólo la destrucción.

Hinata personificaba todo lo bueno de ese lugar y no podía evitar conmoverse cuando al momento de enfrentarse contra la pequeña Hyūga que llamaban Hanabi, notaba que no la golpeaba a pesar de poder hacerlo o la manera en que amablemente saludaba a su primo a pesar del claro instinto asesino que emanaba hacia ella. Eso le indicaba el tipo de persona que era su Princesa. Alguien con un corazón genuino y puro, que tenía tanto amor dentro de ella que estaba dispuesta a cualquier cosa, incluso lastimarse, por proteger lo que amaba. Quizás ese poder de amar era lo que sus ascendientes habían intentado proteger con tantos sacrificios.

Y él quería hacer lo mismo.

La misión de aquella rama de su clan era importante y admiraba la tenacidad que ella mostraba cada vez que se levantaba al salir el sol para caminar hacia ese lugar que llamaban Academia. Siendo una princesa no necesitaba de algo así, pero se bajaba al nivel de esos plebeyos para entenderlos, estudiarlos e intentar igualarlos en sus talentos. A pesar de no encajar realmente por su dignidad y elegancia, incluso cuando muchas veces la observó quieta y sola, ella lo seguía intentando buscando en su interior la fuerza de su estirpe que Toneri sabía que poseía.

Aunque sus visitas se comenzaron a hacer menos frecuentes a medida que ambos crecían, cuando la veía desde lejos, solitaria y practicando los movimientos de sus manos en el jardín de entrenamiento de la institución, deseaba haber podido asistir también a esa Academia para hablarle y pedirle que fuesen amigos. Y ahí, flotando sin ser detectado debido a su increíble control de chakra, la admiraba en silencio imaginándose a sí mismo teniendo una conversación con ella. Oh, cuantas veces imaginó esa conversación.

Vio a esa pequeñita tímida y débil crecer junto con él hasta convertirse en una jovencita hermosa y decidida, que no paraba de entrenar e intentar volverse fuerte. Había un cierto fuego en ella que entibiaba su pecho cuando la visitaba y podía pasar horas y horas mirando cómo se paraba, se movía e intentaba mejorar esas posiciones de Taijutsu como si bailara con abanicos en una danza ancestral de su clan. Odió con todo su corazón a cada miembro de los Hyūga que la hizo llorar, que la menospreció o intentó decirle que no era fuerte... porque él veía el destino de la Princesa. Ella era alguien digna de su linaje.

En muchas ocasiones, Toneri deseó poder acercarse para ayudarla a entrenar y otorgarle un poco de su poder. Cada vez que la veía, sonreía con una extraña sensación cosquilleando en su pecho y cuando pasaba mucho tiempo en que no la encontraba en esa mansión entrenando durante la noche, se entristecía, esperando que pronto tuviesen la edad suficiente para casarse y nunca más estar lejos uno del otro. Y cuando así pensaba recordaba el decreto y volvía hacia él el sentido de la responsabilidad y deber, sabiendo que no podía interferir en el mundo de su princesa, por mucho que le hubiese gustado hacerlo. Cada uno de ellos tenía su propia misión, y aunque su padre le había dicho que un día ella podía ser su novia, sabía que si iba en ese camino estaría rompiendo el Decreto Celestial.

De la misma forma en que las estaciones cambiaban, él y ella lo hicieron, sin nunca intercambiar palabras, sólo hablándose en sueños a través del chakra.

Supo que estaba enamorado de Hinata Hyūga cuando su corazón latía con dolor los días en que no la podía ver y comprendió cuánto debió sufrir Asahi cuando Tsukiko se perdió. Así como podía ver atisbos del futuro, comprendió que ella y él estaban destinados a encontrarse hacía miles de años aunque aún no entendía el motivo para ello. Eran dos mitades de lo mismo y sólo estaría completo cuando ella estuviese junto a él. ¿Pero cómo, realmente, sin romper el Decreto? Esa era una pregunta que muchas veces le impidió dormir, acercándose a ella a través de los sueños compartidos en que podía mirarla al rostro en silencio.

Su padre murió cerca de su cumpleaños número doce.

Desde entonces vivió solo.

Desde entonces el conocimiento de que era el último lo embargó, haciendo de su misión algo que no podía dejar de lado. Utilizó muchos de sus días enfocado en la tierra, esperando que el chakra de Madre se presentara, pero a pesar de los años de espera, no percibía el poder de la mujer que tanto temían y al mismo tiempo, amaban.

Sus visitas a Hinata se hicieron cada vez menos frecuentes y lejanas, sabiendo que hasta que no cumpliese la misión de encontrar la estatua no podía seguir perdiendo su tiempo espiando a los Hyūga.

Se encontraba cerca de la superficie del Templo del Tenseigan meditando en su soledad cuando sintió un extraño chakra que perturbaba incluso la fuerza misma del Tenseigan desestabilizando las marionetas. Fue sólo un parpadeo, pero su chakra lo conectó de inmediato hacia el lugar en donde la estatua se estaba manifestando en un atisbo, en un parpadeo, como si abriera uno de sus ojos y el pecho se le hundió.

Llegó al lugar en donde lo había percibido viajando hacia la tierra y su sorpresa fue enorme cuando vio que justo ahí, su princesa estaba luchando desesperadamente por su vida contra alguien. Imaginó que ella también intentaba buscar la estatua y por primera vez en su vida desde la muerte de su padre, dejó de sentirse tan sólo sabiendo que ambos compartían la misma carga.

Respetando el Decreto de no intervenir, observó con frustración como ella peleaba contra ese hombre, ayudándola con su chakra, mostrándole su destino. Incluso en cierto momento desactivo los hilos de chakra de una de las marionetas más peligrosas que controlaba ese sujeto, momento en el cual su princesa la destruyó. La observó pelear con orgullo de saber que todo ese tiempo que intentaba volverse más fuerte había servido de mucho y hasta sintió deseos de perdonar a ese insolente Hyūga que había maltratado tanto a Hinata mientras crecían cuando lo vio asistirla y ayudarla a vencer.

Estaba a punto de retirarse cuando llegaron los jóvenes con ese peculiar chakra con los que ella se rodeaba bastante en Konoha. Eran lo que se llamaba el equipo de Hinata, un sistema extraño del mundo shinobi en donde los agrupan por afinidad de combate, pero... lo raro era notar el chakra de esos dos individuos. Uno era un Uchiha, el otro, un Uzumaki. Y él sabía lo que significaba aquello: Hinata estaba en medio de dos de los descendientes de Hagoromo por algún extraño motivo. Quizás para vigilarlos. Quizás para controlarlos. No lo tenía muy claro aún, pero el destino la ataba a ellos. Eso lo podía ver tan claro como podía ver su destino atado al de ella.

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Presente.
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―¿Ōtsutsuki, Toneri? ―repitió la joven luciendo extrañamente confundida, sin poder apartar sus ojos de él.

Toneri asintió quietamente, con un gesto elegante y solemne en medio de la nieve. Todo parecía haberse quedado extrañamente quieto, incluso los copos que en vez de caer, parecían flotar a su alrededor. Hinata entreabrió los labios para decir algo más, pero en vez de ello, sólo salió vapor de su boca.

Toneri bajó el rostro un tanto avergonzado, rebosando de felicidad. A sus dieciséis años, era la primera vez que hablaba con una mujer, o con alguien que no fuese de su propio clan o una marioneta. En su solitaria existencia, sin amigos o familia... Hinata Hyūga era la única existencia que validaba aún la suya y a quien estaba unido por un lazo inquebrantable; el destino.

En silencio, sonrió con el corazón cosquilleando, deseando dar esos tres pasos que lo separaban de ella y simplemente estrecharla entre sus brazos. Su dicha por ese momento era tan intensa que apenas podía contenerse y el deseo de reír lo invadió. Finalmente, estaba ahí frente a ella, después de una espera tan larga que se había sentido como siglos.

―Tengo la extraña sensación de que ya nos conocemos ―dijo la joven lentamente, algo impactada por el encuentro―. ¿Nos hemos visto antes?

Toneri negó con el rostro.

―Es la primera vez que hablamos así, frente a frente ―respondió intentando buscar palabras simples para que ella lo comprendiera, recordando que las habilidades de su clan no se habían manifestado sobre el clan de Hinata que había crecido bajo las enseñanzas del ninchu del Sabio―. Pero hemos hablado antes ―ella lo miró confundida, y él buscó rápidamente una manera de explicarse sin asustarla―. Hemos hablado a través de nuestro chakra. Me has hablado muchas veces, d-digo, tu chakra. Tu chakra se ha conectado con el mío. No sé explicarme muy bien. Lo lamento.

―Creo entender ―susurró, frunciendo levemente las cejas, como si comenzara a intuir la manera en que el destino había atado los cabos sueltos entre ellos―. Sentí un chakra extraño mientras combatía contra Sasori de las Arenas Rojas. Algo que me guiaba y me decía qué hacer, como si pudiese ver un paso adelante todo el tiempo. ¿Fue usted?

Toneri asintió. La Princesa bajó el rostro levemente, enfocando sus ojos perla sobre la nieve que cubría donde pisaba, meditando sobre las palabras que acababa de escuchar. Entreabrió los labios, dejando salir un suspiro trémulo. Toneri creyó que se derretía al escuchar esos sonidos salir de ella. Era tan adorable y hermosa.

―Sus habilidades son sorprendentes en ese caso ―concluyó con seriedad―. Lo que me hace preguntar, por qué estás aquí y qué buscas conmigo. ¿Eres un enemigo o un amigo?

―No soy un enemigo. Soy algo así como... un lejano pariente ―la Princesa frunció el ceño al escucharlo―. Me imagino que tienes muchas preguntas. También yo las tengo ―admitió con dificultad, pues Toneri no era una persona muy complaciente, sino que buscaba ser complacido todo el tiempo―. Intentaré responder sin confundirte y espero que tengas paciencia para escuchar mi historia.

Enfocó chakra en su frente para apreciar ese precioso rostro que venía contemplando a la distancia por años ya. Era un método para ver que su padre le había enseñado, curiosamente, en esa misma aldea y para observar a la misma persona que tenía delante de él. Desde que era un niño y comprendió que su destino estaba atado al de esa joven, la observaba, esperando ansiosamente el momento en que las estrellas se alinearan y el destino comenzara a hacer lo que debía.

Que hermosa es ―pensó sonriendo aún más sincero, dando un paso hacia adelante.

―Mi clan tiene muchas reglas que están contenidas en una tablilla de roca grabada en un templo. Las escribió el primero de nuestro clan, un hombre llamado Hamura Ōtsutsuki, hace miles de años ―Hinata abrió ampliamente los párpados―. Veo que has escuchado ese nombre antes.

―Recientemente, mi abuelo me mostró nuestro árbol genealógico.

―¿Lo hizo? ―preguntó Toneri emocionado―. Entonces, supongo que entiendes la manera en que nuestras familias se dividen ―Hinata asintió―. Las reglas de mi clan están contenidas en lo que llamamos El Decreto Celestial de Hamura. Entre ellas, se nos prohíbe acercarnos a los asuntos de los Hyūga a menos que llegue el día ―dijo algo más serio―. Y-Yo... Rompí el Decreto al ayudarte. No lo creí tan grave, sólo irrumpí un momento esa horrible marioneta y te indiqué con mi chakra la manera de que vieras el destino, un paso delante de él.

―¿Puedes hacer eso? ¿Ver el destino? ―preguntó Hinata sorprendida.

―Sí, a veces, puedo. Puedo enseñarte, si me lo permites ―sonrió con algo de vergüenza y permaneció en silencio un momento intentando saber cómo decirle lo que deseaba―. Yo... Realmente rompí El Decreto cuando sané tu cuerpo hace un par de semanas atrás ―Hinata frunció el ceño completamente sorprendida de escucharlo―. Mi clan tiene técnicas muy avanzadas de regeneración celular y las empleé en ti para que te recuperaras. Puedo enseñártelas algún día también, si quieres ―dijo rápidamente, intentando impresionarla de alguna manera. Quería que ella lo admirara, que supiera que estaba dispuesto a compartir su conocimiento con ella. ¿Por qué no hacerlo? Deseaba pasar el resto de su vida a su lado.

―¿Usted hizo eso por mí? ―Toneri asintió sonriendo suavemente.

―Sí. No pude permanecer sin hacer nada al verte sufrir asi, Hinata.

―Supongo que debería agradecerle por...

―No es necesario.

―¿No tendrá problemas con su clan por lo que hizo? Dijo que rompió unas reglas para hacerlo.

―Ya... no hay nadie que pueda sancionarme. Soy el último de mi clan ―dijo bajando el rostro con tristeza―. No fue una decisión fácil. Fue algo que mi padre me pidió antes de morir. Insistió en que yo... viniese a este lugar y buscara a los Hyūga. Que me quedara con ustedes y viviera lo que queda de mi vida aquí, intentando hacer amigos y quizás una familia. Ya no hay nadie más en el lugar de donde vengo. Soy el último.

―Lamento escuchar eso, Toneri-san ―dijo Hinata con honestidad.

―Rompí las reglas. Y las estoy rompiendo ahora al hablarte. Es una larga historia que comienza hace más de mil años ―Hinata subió los párpados en sorpresa cuando lo escuchó―. Pero no sé si la puedas comprender sin sentir miedo, y lo que menos desearía es asustarte. Si estoy aquí es porque el tiempo se agota y necesito tu ayuda. Yo... yo he esperado mucho por este momento.

Toneri dio un paso más hacia adelante y estiró sus manos, tomando las de Hinata. Por un momento titubeó si debía hacerlo, pero simplemente, decidió que no podía seguir parado ahí cuando estaba frente a la mujer que él había comenzado a amar desde la primera vez que la vio. Tenerla delante de él hacía que anhelara poder decirle todo lo que guardó en su corazón por ella, palabra por palabra, para hacerla entender que después de mil años de espera finalmente la tierra y la luna volvían a reunirse. ¿Cuántas noches se había dedicado sólo a observarla en la oscuridad, admirando su gracia, elegancia y belleza imaginando ese momento? ¿Cuántas veces había enviado algún sueño hermoso en su dirección para darle un buen descanso?

Hinata bajó sus manos, paralizada.

―¿Qué hace? ―le preguntó inquieta al ver sus manos unidas así.

―Hinata-hime ―dijo Toneri con solemnidad―. Nuestro destino fue escrito hace miles de años. ¿También lo sientes, no?

―Sí ―susurró Hinata confundida.

―¿De... de verdad? ―preguntó emocionado―. ¿Entonces lo entiendes?

―Creo que sí ―dijo Hinata con timidez, sonrojándose sus mejillas.

―Lo lamento, estoy siendo muy impulsivo hoy ―Hinata se hundió entre los hombros y ambos se soltaron las manos―. Yo... estoy aquí porque necesito tu ayuda. Y la ayuda del clan Hyūga.

―¿Ayuda, para qué?

―Para cumplir la misión que tenemos y evitar que nuestro mundo llegue a su final.

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NOTA
Muchas gracias por leer este nuevo capítulo de Team Seven. Espero pronto estar subiendo un nuevo capítulo. Por favor, no olviden comentar que es lo que ayuda que el fic sea leído por más personas y llegar a más lectores. Les agradezco seguir conmigo todo este tiempo.