Era jueves, la hora del almuerzo había llegado a la escuela secundaria de Dublith. Todos los profesores, se encontraban en su sala designada, exceptuando, una persona que siempre llegaba tarde a todos lados.

-Ven, Sebastián... Sientate con nosotros-

Ofreció la rubia ojiverde llamada Fedra. Él no quería sentarse con ellos y mucho menos, compartir el almuerzo. Esas personas no le agradaban, pero tampoco era un mal educado.

-Buenas tardes-

Saludó serio a los presentes, tomando asiento. Ellos respondieron igual. Por otro lado, una risueña muchacha, ingresaba a la sala con su amigo matemático. Tan sólo, fue por un vaso de agua, se despidió de su amigo y salió de allí, otra vez.

-Esa alquimista... Siempre hace lo mismo- el hombre recién llegado, la miró molesto -Es tan ermitaña y poco sociable- comentó, despectiva la rubia.

-Su nombre es Gaia y no le gusta que la llamen alquimista. Ella no tiene porque almorzar aquí, con nosotros, si no quiere-

-Es que, ni siquiera almuerza o al menos, no la he visto hacerlo... Se pasa la mayor parte del día en ese laboratorio... Es muy extraña-

Él se puso de pie, agradeció a los presentes y se fue con su almuerzo, hacía otro lugar, no quería saber nada con ellos. Ingresó al laboratorio y allí estaba, comiendo una manzana.

-¿Sólo comerás eso?-

Ella se asustó y cayó de la butaca donde estaba sentada con la manzana en su boca. Él la levanto por los hombros y la ubicó de nuevo en su lugar.

-¡No me asustes así, Sebastián!- reclamó golpeándolo en su brazo -No te escuché entrar ¿Eres cazador o algo?- preguntó, mordiendo su manzana.

-No contestaste a mi pregunta- dijo serio, mirándola fijamente -¿Comerás solamente eso?- ella asintió -Eso no esta bien, deberías alimentarte mejor- levantó sus hombros, indiferente -¡No hagas eso! ¡Estoy hablándote muy en serio!- la joven, siguió mirando por la ventana sonriendo burlona -¡Aaahhh! ¿¡Te estás burlando de mi!? ¡Ahora verás!- se acercó a ella y le quitó su manzana.

-¡Oye! ¡Es mi almuerzo!- exclamó divertida, intentando alcanzarla -¡Dámela!-

-¡Me la voy a comer toda! ¡Y no te dejare nada!- dijo, dándole un mordisco.

-¡Maldito! ¡Nadie toca mi comida!-

Por impulso o instinto, saltó sobre él y subió a su espalda. El pseudoprofesor de deportes, sacó la manzana de su boca y la levantó con su mano en alto, para que ella no la alcanzará.

-¡Que lástima! ¡Creo que perdiste esta vez!-

Mencionó burlón, mirándola de reojo de manera arrogante. Eso la puso furiosa, pero le divertía a la vez. No iba a rendirse, esa manzana sería suya.

-¡Gaia Curtís nunca pierde!- estiró su brazo aún más, todavía sobre su espalda -¡Es mi manzana! ¡Devuelvemela!- gritó riendo y él también -¡Dámela! ¡Keilot!-

Ambos quedaron estáticos, lo había llamado como a su esposo. Al darse cuenta de su error, apoyó su frente en la espalda de él y lo abrazó con fuerza. Estaba a punto de llorar, otra vez, pero no iba a hacerlo, ya no más. Él comprendió la situación y la sentó sobre una de las mesadas que había allí.

-¿Estás bien?-

Preguntó, mirándola a los ojos, los cuales estaban vacíos.

-¿Por qué?- murmuró, mirando hacía la nada -¿Por qué ahora vienen tantos recuerdos a mi mente?- mencionó en el mismo tono -No lo entiendo...Pensé que ya lo había superado-

-Ojala tuviera una respuesta para ti-

Le apartó un mechón de su cara y lo colocó detrás de su oreja. Ella sonrió triste y suspiró.

-Lo siento, no fue mi intención llamarte así... Tú no eres él, es que, nosotros jugábamos así... Casi todo el tiempo- retorcía sus dedos, nerviosa, mirando sus manos -Siempre me hacía reír y yo a él ¿Sabes?- levantó sus ojos para mirarlo -Eso es lo que más extraño- confesó, triste.

-Al menos...Tuvo la suerte de tenerte- le acarició el pómulo con su pulgar, para luego bajar a su barbilla -Yo hubiera dado cualquier cosa en la vida, para tener a alguien como tú-

Ahora le acariciaba los labios. Tenía tantas ganas de probarlos, besarla, aunque sea una vez, como tantas veces lo hizo en sus sueños.

-Sebastián...- habló nerviosa por su cercanía -¿Tienes algo que hacer esta tarde?-

Él volvió a la realidad y se apartó de golpe. Perdía la noción del tiempo y el espacio, cuando estaban juntos.

-Nada importante ¿Por qué?-

Le entregó la manzana que tenía en su otra mano.

-Yo sé que hace unos días, te dije que no quería que te acercarás a mi y eso no estuvo bien, tú me ayudaste- expusó, mordiendo su manzana -Quería agradecertelo...-

-Gaia, no tienes nada que agradecerme... Estabas enferma, tenía que hacerlo- se apoyó en la mesada junto a ella -Me asuste mucho, parecías que estabas muerta-

Ella rió, era cierto, siempre se ponía así cuando tenía fiebre.

-Si, me pongo pálida y mis labios se vuelven morados. Eso es extraño... Para alguien que tiene fiebre- rió una vez más -En fin, ¿Quieres ir con Ivi y conmigo a tomar un helado esta tarde? Si no quieres, esta bien-

Él asintió, claro que iría, deseaba conocer a esa niña.

-Por supuesto, ¿A que hora?-

-Cuando salgamos de aquí ¿Te parece bien? Podemos pasar por ella al jardín e ir a la heladería, juntos-

-Me parece perfecto- la hora del almuerzo, había terminado -Nos vemos en unas horas-

La besó en la mejilla por impulso y se fue a impartir su próxima clase.

Como todos los jueves, la pequeña Eyra y su madre, tenían la costumbre después de la escuela, ir a merendar a una cafetería a unas calles de allí. Pero ese día, la hechicera, no se encontraba de humor para compartir ese grato momento con dos personas más.

-Yo pediré... Un té y una rebana de pastel de fresas, por favor-

Ordenó Irene con su voz chillona e irritante a la mesera.

-Yo quiero pastel de chocolate y un vaso leche-

Pidió con su dulce voz de niña, la pequeña Eyra.

-Un café para mi esta bien, por favor- ordenó el hombre en la mesa y miró a la madre de su hija -Dea, ¿Tu no ordenarás nada?- ella negó en silencio, con su cara molesta -Bien, es todo... Gracias-

-Mami, ¿Estas enferma? ¿Por qué no comes con nosotros?-

Preguntó su pequeña, apoyando su manito en la frente de ella.

-No, hija. Es solo que, no tengo hambre-

Tomó su pequeño rostro entre sus manos y lo besó muchas veces. Amaba con toda su alma a su hija. El hombre frente a ellas las miraba orgulloso, Dea había criado y cuidado muy bien de esa niña. Por otro lado, la otra mujer en la mesa, no estaba muy feliz de estar allí. Ella era consciente que el vidente aún sentía algo por la hechicera frente a ellos.

-¡Basta, mami!- reía la pequeña -¡Me haces cosquillas!-

-No me importa- le hizo cosquillas una vez más y junto su frente con la de ella -Hija, mami ahora tiene que irse ¿Si?-

-¿A donde vas?-

-Al doctor-

-¡Pero dijiste que no estabas enferma!- exclamó, preocupada.

-Mami no se ha sentido muy bien estos dias-

Era cierto, comía como un pajarito y se sentía exhausta, todo el tiempo. Era algo anormal en ella sentirse así, algo no estaba bien. Él se preocupó, ella nunca iría al doctor si no se sentía realmente mal.

-¿Qué tienes?- preguntó.

Ella nunca le mentía, sabía que le diría la verdad.

-Sólo me siento muy casada e inapetente, algo muy extraño en mí-

-¿Puedo acompañarte?-

Olvidó que su prometida estaba a su lado. Ella lo observó ofendida y la castaña, incrédula.

-Por supuesto que no- negó rotundamente -Tú te quedaras aquí con Eyra. Luego pasaré por ella a la posada... Adiós, hija-

Besó a su pequeña y salió de la cafetería. Él estuvo a punto de ir tras ella, pero una mano lo detuvo.

-Dijo que no quería que la acompañaras, Lai- lo sentó de un tirón -Caín y yo, somos tu realidad ahora, conectate con ella-

No lo haría, él nunca se conectaría con ella y menos ahora. Dea se sentía mal y quería estar con ella, como lo hizo siempre.

En en el consultorio del doctor, las cosas no estaban tan bien como tendrían que estar.

-Doctor, ¿Tiene que haber un error?-

-No, Dea. No hay ningún error. Esto es algo muy común en personas de tu edad, pero tu caso es realmente critico- ella se asusto más de lo que estaba -Esta clase de anemia, que tu padeces, es normal entre las personas con déficit nutricionales como tú-

-Comprendo, ¿Qué se puede hacer al respecto?-

-Tendríamos que realizar transfusiones periódicas de sangre en ti- señaló -Pero el tipo que tu tienes, es extremadamente raro y llevará tiempo conseguir dadores para ti-

-Gracias Gaia por existir- musitó feliz -Mi hermana podría donar sangre, ella y yo somos gemelas-

-Eso es tener buena suerte, dentro de unos días, tendrían que volver aquí juntas para empezar el tratamiento-

-Perfecto, doctor. Muchas gracias-

Se incorporó dispuesta a marcharse.

-Espera, Dea. Hay algo mas de lo que debo hablarte...-

Tomó asiento frente a él y espero a que hablará, expectante.

La alquimista, junto con su pequeña y un hombre de cabello extraño y ojos azules, caminaban hacia la heladeria de la ciudad, para disfrutar de un delicioso helado.

-Dimé, Ivi ¿Qué edad tienes?-

Esa niña causaba una inexplicable ternura en él, como si fuera lo más adorable y hermoso del mundo. Era idéntica a su madre, pero tenía unos hermosos ojos verdes, muy similares a unos que él ya había visto antes.

-Cinco- respondió, mirando al hombre alto junto a ella -¿Tú?-

-Treinta, pero todos dicen que me veo mayor ¿Tú que crees?-

-Eres mayor que yo... Creo que eres grande- esa pequeña, era muy inteligente -De mi también lo dicen, muchos piensan que tengo seis años- él rió, esa niña era un sol.

La alquimista, estaba muy callada desde hacía unos momentos. Un sentimiento muy fuerte de angustia, la invadió, inexplicablemente. Algo estaba pasando con su hermana. Podía sentirlo.

-Gaia, estas muy callada ¿Te encuentras bien?- habló a la chica a su lado.

-Si, estoy bien...- hizo un gesto con su rostro -No lo sé, pero tengo el presentimiento, de que algo le sucede a mi hermana- tocó el dije de su cuello, pensativa -Lo siento, solo estoy divagando...- Negó con la cabeza -Seguramente, ella este bien-

Él asintió no muy convencido.

-¡Mira, mami! ¡Allí esta la heladería!- señaló hacia el frente.

-¡Bien, ve!-

La pequeña corrió hacia allí como una bala.

-Es una niña hermosa- la abrazó por los hombros de modo inconsciente -Estas haciendo un buen trabajo criándola tú sola-

Ella tomó la mano que él tenía apoyada en su hombro.

-Gracias, aprendí de la mejor-

En el parque de la ciudad, una hermosa hechicera de veintisiete años, se encontraba sumergida en el caos de su mente. No podía creer lo que ese doctor le había dicho, ¿Cómo podía ocultar una cosa así? Tan solo era cuestión de tiempo, para que se supiera la verdad, pero esperaba, que todo estuviera bien.

Ella nunca olvidará los acontecimientos de ese día, en toda su vida. Lo que pasó ese 11 de marzo, sería un antes y un después para todos.

-¡Basta de drama!- se regañó a ella misma, secando sus lágrimas -Tengo que ir por Eyra-

Caminó las calles que separaban el parque de la posada. Tenía que disimular su angustia, Lai era muy astuto para conseguir la verdad. Ingresó a la posada y se encaminó a la habitación 22, golpeó la puerta y su pequeña le abrió.

-¡Mami!- exclamó feliz.

-¿Estás lista, hija?- la niña, asintió -Despídete de tu padre y vámonos-

Indicó, seria. Había algo extraño en ella, el vidente podía verlo, la conocía bien. Como si se tratará de un imán, se acercó a ella, olvidando nuevamente a su prometida de cabellos rojos.

-Dea... Espera ¿Cómo te encontró el doctor?-

-No muy bien, tengo un tipo de anemia muy rara- No iba a mentirle, era su salud -Tienen que aplicarme transfusiones de sangre para que pueda curarme-

-¿Hay algo más? No te veo muy bien- no le había creído del todo, intento acercarse, pero ella se apartó -¿Qué te sucede? Dímelo, estoy preocupado por ti-

Confesó angustiado, moriría si algo le pasará a la madre de si hija. No podía evitarlo, su deber, siempre fue cuidar de ella, en esta vida y en la anterior.

-Ocúpate de tus asuntos, Lai- contestó cortante -Irene esta aquí, de ella es de quién debes preocuparte, no de mí-

Él la miró consternado, ella nunca le había hablado de esa forma. La hechicera, tomó la mano de su hija y sin despedirse de nadie, se encaminaron a la salida juntas.

-¡Al menos, alguien sabe cual es su papel aquí!-

Mencionó la pelirroja, irritada, por lo que acababa de presenciar. Él la ignoró y salió tras ella, sin decir nada.

Habían pasado una linda tarde, de hecho, ya había anochecido y la pequeña Ivette, estaba siendo llevada en brazos por el nuevo amigo de su madre. Estaba dormida.

-Yo puedo llevarla, Sebastián- ofreció -Estamos a unas pocas calles de llegar, damela-

-Esta bien, Gaia. Yo puedo hacerlo, ella me transmite paz así dormida-

Acarició la espalda de la niña que dormía en él.

-Esta bien, gracias-

Habían llegado a la casa y la pequeña, fue llevada a su habitación por su madre. Sebastián, se encontraba junto a la puerta, dispuesto a irse.

-Bien... Hemos pasado una linda tarde, creo que ya debo irme-

Ella lo ponía nervioso. Nunca podía expresarse bien cuando se encontraba tan cerca de él.

-Gracias por acompañarnos, a Ivi le agradas y eso es extraño- indicó sonriendo, él estaba por abrir la puerta -Espera, no te vayas ¿Quieres un café?-

-Si, claro- no tenía deseos de irse, todavía -¿Por qué dices eso de Ivi?-

-Ella es muy celosa y sobreprotectora, al igual que lo era su padre. No quiere que ningún otro hombre se acerque a mi-

-Eso tiene sentido, a mi tampoco me agrada la idea de que otro hombre se acerque a ti-

Ella colocó una cafetera en el fuego y se quedó allí, junto a la estufa, pensando. Él siempre decía esa clase de cosas y parecía no darse cuenta, era como algo natural e inconciente en él.

-¿Por qué siempre dices esa clase de cosas?-

Pregunto aún de espaldas a él.

-¿A qué te refieres?- indagó, mirandolando.

-A lo que acabas de decir- acusó volteando -No es la primera vez que dices algo como eso, ¿Por qué lo haces? ¿Es para perturbarme?-

Era ahora o nunca, tenía que decirle lo que sentía por ella, así lo mandará al diablo. Se acercó y apagó el fuego de la estufa, la miró intensamente a unos centímetros de su rostro.

-No lo sé...No sé porque digo esas cosas cuando estoy contigo- contestó, serio -No sé porque tengo está gran necesidad de protegerte y velar por ti. No sé porque cada vez que te veo, me invade una gran felicidad, que nunca antes había sentido...- la tomó del rostro, rosando sus labios. Ella estaba inmóvil -¿Sabés que es lo más perturbador de todo? Que antes de conocerte...Yo soñaba todas las noches contigo-

No pudo resistir la tentación, la besó, como quiso hacerlo siempre, como quiso hacerlo, desde el primer día en que la conoció. Lo menos inesperado de todo y que lo llenó de felicidad, es que ella, le respondió a ese beso con fervor. Ambos sabían que algo existía entre ellos, pero aún, no podían averiguarlo.

La hechicera, al salir de la posada, pidió un taxi para regresar a casa. La pequeña Eyra, estaba tan cansada que se durmió al instante, después de llegar. Por otro lado, su madre se encontraba en la cocina, bebiendo una tasa de té para tranquilizarse.

Un golpe en la puerta, la hizo levantarse y se encaminó a abrirla. Cuando lo hizo, un furioso vidente, entró sin permiso y cerró la puerta de golpe detrás de él.

-¡Dimé que es lo que pasa contigo!- exigió saber -¡Te conozco de toda la vida, sé que algo no anda bien en tí! ¡No quiero excusas y mucho menos mentiras! ¡Necesito saberlo! ¡Dímelo! ¡Ahora!-

Ella lo miró furiosa y temblaba por eso, ¿Con qué derecho le exigía algo como eso? Lloraba en silencio de rabia, nunca más podría deshacerse de él, después de eso.

-¡Esta bien! ¡Te lo diré!- gritó histérica -¡Pero cuando lo haga! ¡Te largaras de aquí!- señaló hacía la puerta -¡Seguro que esto te gustará! ¡Y te hará inmensamente feliz!- ironizó con todo el odio que podía tener dentro -¡Pues a mi no! ¡Nunca más podre deshacerme de tí!- limpió sus lágrimas de amargura -¡Felicitaciones, Lai...! ¡Estoy embarazada!-