Era la hora del receso en la escuela secundaria y una profesora de literatura, intentaba entablar una conversación con el profesor de deportes de la institución. Aunque habían pasado dos de sus clases y había desquitado su ira contra los alumnos, seguía furioso desde la primera hora. No podía creerlo, esa maldita alquimista, había estado o al menos, estaba con otro hombre.
-Sebastián, ¿Tú que crees?- preguntó la mujer delante de él, sonriendo -El baile de invierno es en dos semanas ¿No te parece genial mi idea?-
-¿Qué?- preguntó perdido, volviendo a la realidad -Lo siento, no estaba prestando atención ¿Qué decías?-
-Si, lo noté...- mencionó un poco molesta -Estas muy distraído hoy ¿Sucede algo? Puedes contarme si tu deseas...-
Se estiró y apoyó una de sus manos en él. En ese mismo momento, por la puerta de la sala de profesores, ingresaba una alquimista muy sería, después de tener una reunión con el director de la institución, por haber hecho explotar el laboratorio...Por tercera vez.
La observaba molesto, ahí estaba ella, la causante de todos sus males. No podía soportarlo, se merecía una explicación e iba a conseguirla, en ese mismo momento. Se levantó como un resorte, ignoró a la rubia que estaba con él y se dirigió a paso molesto hacía ella, que estaba a punto de servirse un café.
-Ven conmigo-
Sin darle tiempo a reaccionar, la tomó de un brazo y la encaminó al laboratorio. Cuando llegaron al lugar, la arrojó adentro y cerró la puerta detrás.
-¿¡Qué rayos te pasa, Sebastián!? ¿¡Acaso te volviste loco!?-
Reclamó molesta sobando su brazo. Él se acercó a ella con ganas de querer estrangularla y la arrinconó contra una de las mesadas, mirándola, rabioso.
-¡Mía!- exclamó, señalándose a si mismo. Ella lo miraba sin comprender nada -¡Mía! ¡Tu eres mía! ¿Comprendes?-
La tomó de sus brazos, aprisionándola con sus fuertes manos. Era el colmo, ese hombre, se estaba tomando atribuciones que no le corresponden. Eso la puso furiosa.
-¡Sebastián! ¡SUÉLTAME!- exigió -¡No sé quién te crees que eres! ¡Pero tú no eres nadie para decirme una cosa así!-
Tenía razón, él no era nadie en su vida, al menos no, hasta que le dijera la verdad. Pero aún así, estaba casado con ella, tenía todo el derecho de reclamarle lo que se le diera la gana.
-¿Quién es el tipo con el que estás saliendo? ¡Respóndeme!-
-¡Eso a ti no te importa!- gritó furiosa -¡No tengo porque darte explicaciones de lo que haga o no con mi vida privada!-
Él la soltó, frustrado. Caminaba delante de ella de un lado a otro, desordenado su cabello por la impotencia del momento, al no poder decirle la verdad. Se detuvo abruptamente y la miró a los ojos, esos ojos tan hipnóticos que tenía, esos ojos que le hacían bajar la guardia en cualquier momento. Dió unos pasos hacía ella y tomó su rostro con ambas manos con desesperación. No podía tolerar la idea de que estuviera con otro hombre.
-Por favor...- suplicó -Por favor... Aunque sea, dimé... Que no estás con otro hombre- rogó cerrando los ojos, apoyando su cabeza en ella -Sólo eso quiero saber...-
El dolor y la desesperación en las palabras de él, rompieron todas sus defensas y se digno a responder sus preguntas.
-No estoy saliendo con nadie, Sebastián- declaró resignada cerrando sus ojos-Hace años que no estoy con nadie-
-¿Y el hermano de Marcus?-
Se separó de ella para verla a la cara, tenía sus ojos cerrados. No pudo evitar, acariciarle los labios con su pulgar.
-Gabriel es una vieja historia. Él y yo, fuimos novios hace más de diez años. Fue el típico amor adolescente, sabes a lo que me refiero- Ella abrió sus ojos y él asintió -Ahora no significa nada para mí- apartó sus manos de ella -Nunca significó nada para mí, en realidad- se alejó de él, para ir a su butaca de siempre -Fue el primer hombre en mi vida, es cierto... Pero yo amé al último-
Confesó triste, como siempre, tomando su collar. Sus instintos fueron más grandes y la abrazó por detrás, como siempre lo hizo. Ella todavía lo amaba a pesar del tiempo y la tragedia que hubo entre ellos.
-Lo siento- apoyó su frente en la cabeza de ella -Me puse furioso al pensar, que todo lo que te confesé ayer en la noche, no significó nada para ti al estar con otro hombre... Discúlpame-
-Esta bien, luego hablaremos de eso...- suspiró mirando el parió donde estaban la mayoría de sus alumnos -Hoy es mi último día aquí...- mencionó triste.
-¿Qué?- preguntó sorprendido, mirándola de perfil -¿Te irás?-
-Si, me despidieron...- presionó con ambas manos los brazos que la rodeaban, necesitaba un abrazo -No sé que voy a hacer... Necesito este empleo, con el dinero que ganó aquí, Ivi y yo podemos mantenernos bien- escondió su rostro en los brazos de él -Además... Ese maldito viejo, quiso aprovecharse de mí...Mira-
Le enseñó la marca de cinco dedos en su muñeca. Él se posicionó frente a ella, le tomó la muñeca con cuidado, levantó su manga de nuevo y la marca, se veía peor que antes.
-¿Él te hizo esto?- preguntó sombrío y ella asintió -¿Te hizo algo más?-
Titubeó un poco, pero al fin, confesó.
-Intentó besarme y no conforme con eso, quiso... Propasarse, digamos- suspiró frotando su rostro -Desde que Keilot murió, siempre me ha pasado. Al verme sola y con una niña... Piensan que soy una necesitada, que haría cualquier cosa por dinero... A mi hermana Dea le pasa lo mismo-
Llevó sus rodillas a su pecho, aún sentada en la banca.
Él se puso de pie, lentamente, la tomó del mentón, levantó su rostro y la besó en la frente con delicadeza.
-Nunca más-
Hablo frío como el hielo y salió de allí, hacia la oficina del director. Ese hombre, había desatado en él un infierno que no iba a detenerse. Ella sonrió al verlo partir, ese viejo podrido, al fin tendría lo que se merecía.
La maestra de 4to grado, estaba esperando a su hermana fuera de la institución. Seguramente, se había quedado limpiando el laboratorio, eso explicaría el retraso. Sus compañeros ya se habían marchado a casa, al igual que los alumnos y por esa razón, esperaba sola allí.
Eyra e Ivi se encontraban con Lai tomando un helado. Fue idea de su pequeña, cuando su padre la fue a buscar a la escuela.
Desafortunadamente, reconoció a una cabellera pelirroja que caminaba furiosa en su dirección. No había a donde ir, ella era demasiado particular para esconderse. Espero a su encuentro un tanto nerviosa.
-¡Oye!- la empujó por un hombro y la hechicera, se quedó paralizada, no podía responder a ese empujón -Tú y yo tenemos un asunto que arreglar- la apuntó con su dedo.
-Te escucho-
Respondió con el mismo tono irónico de siempre. Se quedó allí parada, esperando que la mujer frente a ella hablará.
-¡Yo sé muy bien que pasó entre tú y mi (remarcó) prometido!- se señaló a ella misma -¡Y que aún sigue pasando! ¡Pero no te creas, que por ser la famosa Hechicera de la Luna, vas a quedarte con lo que me pertenece!- arremeda contra ella.
No le iba a permitir que dijera algo tan estúpido como eso. Ella jamás había peleado por hombre, pero ningún ser humano en este mundo, era propiedad de otro.
-Irene, ¿No te da vergüenza venir a interpretar esta escenita aquí?- las personas se detenían a ver su discusión -Además, Lai no es propiedad de nadie, es un hombre adulto y sabe elegir sus opciones- mencionó, socarrona.
-A mi no me da vergüenza... A la que debería darle vergüenza es a tí, que se enreda con un hombre comprometido, cada vez que él viene aquí-
Respiró profundo para no golpearla, pero esto no se quedaría así, las dos podían jugar sucio.
-Soy una mujer soltera y puedo hacer lo que quiera con mi vida. En todo caso, el que esta comprometido es él, no yo- respondió sin un ápice de vergüenza -Pero al menos, puedo decir que él es el verdadero padre de Eyra y estoy orgullosa de eso, en cambio tu... No puedes decir lo mismo- usó el mismo tono de siempre.
La mujer frente a ella palideció, pero aún así, se acercó furiosa y ella retrocedió hacía la cuneta. No quería empezar una riña de golpes, ninguna de las dos estaba en estado para hacerlo.
-¡Por supuesto que es el padre de Caín!- contestó indignada -¡Lo dices, porque quieres meterle ideas en mi contra en la cabeza, para que me abandone y esté contigo! ¡No sabes cuanto te desprecio!- escupió con veneno en su voz.
-No entiendo porque lo haces, yo nunca hice nada para que me odies de esa manera- se defendió -En cuanto a Lai, no necesitó darle ideas sobre ti. Él nunca quiere estar lejos de mi y he intentando alejarlo, hasta el hartazgo. No tengo nada que ver con que él no te ame, Irene-
-Por eso te desprecio, todo el mundo a ti te adora, todo el mundo a ti te ama... Sin que te esfuerces en conseguirlo y sin que te importe- la miraba con tanto odio y rencor, que parecía que iba a matarla allí, en cualquier momento -Nuestros maestros, compañeros, amigos, Lai ¡Todos!- su voz se quebró -Todo el mundo venera a la Hechicera de la Luna... Pero esto, termina aquí-
La empujó con fuerza, fuera de la calzada, en el mismo instante que un auto circulaba por allí. La hechicera castaña y de hermosos ojos avellanas, quedó inconsciente tendida en el suelo, después de que ese mismo vehículo, la arrolló al pasar. Por otro lado, la loca pelirroja salió de ese lugar, tranquilamente, como sino hubiera pasado nada. Deseando de una vez por todas, que esa maldita mujer que le había arruinado la vida y a quién tanto odiaba, muriera de una buena vez.
Mientras la discusión se desarrollaba en la calle, antes del incidente con la hechicera, su hermana alquimista, caminaba apresurada con una gran caja hacía la salida de la institución.
-¿Estás lista para empezar una nueva vida fuera de este lugar?-
Le sostenía la puerta para que ella pasará, a él también lo habían despedido por casi matar a golpes al director. Eso no le importó, había amasado una pequeña fortuna en estos últimos cinco años, prestando sus "servicios" como el Soldado del Invierno a personas importantes y a su vez, al haber hecho buenas inversiones con eso dinero. Podían vivir bien el resto de sus vidas, si lo deseaban.
-Si, vámonos-
Contestó nostálgica. Un escalofrío y una sacudida involuntaria, llegó a su cuerpo sin preverlo, fue extraño. Esa misma sensación, fue la que la invadió, cuando su hermana murió al salvarlos de Golum. Soltó la caja y corrió hacia la calle, lo que vió al salir casi la mata en ese instante. Dea estaba inconsciente en el suelo, junto a un auto y su rostro lastimado no dejaba de sangrar
-¡Gaia!- gritó al verla correr llena de pánico hacia su hermana -¿Cómo paso esto?- preguntó a la nada mirando el panorama -Lai se morirá-
A unas pocas calles de la escuela primaria, dos hermosas niñas disfrutaban de un delicioso helado, junto con un hombre de verde mirada. Él las adoraba, ellas eran como versiones miniaturas de sus madres, sólo que Eyra, no tenía el cabello rizado como la hechicera.
-¿Eyra?- la pequeña Ivi llamó a su prima, que miraba hacía la nada -Tío, Lai. Algo le pasa a Eyra-
Él sonrió mirando a su hija, sabía perfectamente que le estaba pasando.
-No te asustes, Ivi... Tu prima está usando su magia-
Era algo digno de ver, a su pequeña le cambiaba el color de los ojos, al igual que madre cada vez que tenía una visón. Su prima, la miraba sorprendida, siempre olvidada el poder que ella tenía.
-Tío, Lai. Mi mami dice que mis ojos cambian de color, cuando hablo con Levi ¿Es cierto?-
-No lo sé, cielo. Pero eres la hija de tu madre, es lo más seguro que ocurra- acarició el rostro de su niña -¿Estas bien, princesa?-
La mirada esmeralda de la niña, se llenó de lágrimas después de la visión.
-Mami- sollozó, cerrando sus ojitos.
