Capítulo uno
Experimento fallido.
…
En un laboratorio del área cincuenta y uno, cinco científicos estaban experimentando con un perro, para probar un supuesto suero que aumentaría las capacidades humanas.
—Por fin. Meses de trabajo por fin darán sus frutos. El suero que mejora las capacidades humanas, pronto estará listo —dijo un científico pelinegro, extrayendo sangre del perro con una jeringa.
—Si, y nos van a dar un reconocimiento —dijo un científico castaño, junto a él.
—Y las chicas nos amarán —dijo un científico rubio, mientras mezclaba sustancias en un recipiente de pruebas.
—No se desconcentren —ordenó con mirada seria, un científico calvo.
—Si, no se desconcentren —siguió el científico junto a él, que también estaba pelón.
—Ya, ya, calmense amargados —dijo él científico rubio, mientras vertía un líquido incorrecto a la sustancia.
—¡Imbecil, eso no se le echa la sustancia! —gritó el pelinegro, mientras corría hacia el científico rubio.
Una gran esplocion se ve a lo lejos, con ella un extraño humo verde. Regresando a lo que era un laboratorio: el lugar estaba hecho ruinas, abia fuego en todos lados, pero el fuego era de color verde.
En las ruinas se vio que se movía algo. Una mano salió de los esconbros, pero la mano era de color verde y la piel esta como podrida y quemada. Después salieron otras cuatro manos con la misma apariencia de la primera.
De ahí salieron los científicos, pero no parecían humanos: dos de ellos se les miraba la mandíbula; otro tenía abierto el cuello, y un ojo colgando, y los últimos dos, no tenían piernas, se arrastraban con sus brazos. Los ahora zombies, se empezaron a mover hacia afuera.
A quinientos kilómetros hacia el sur. Una pequeña familia de cuatro integrantes. Un niño y una niña de nueve y diez años, y los padres de treinta y cuarenta años.
—¿Papá nos compra un helado? —preguntó el niño con entusiasmo al pasar por una heladería.
—Claro campeón —respondió el padre al niño— ¿Y tu princesa? —Esta vez le preguntó a la niña.
—Si papi —respondió con alegría la niña.
El padre soltó una pequeña risa.
—Está bien, vamos niños.
—Ca… cariño, me… me siento muy mal —dijo la madre mientras se agarraba la cabeza.
El padre la volteó a ver.
—¿Amor te sientes bien? —preguntó con preocupación.
—¡Mamá! —gritaron los niños, al ver que la piel de su mamá se estaba poniendo verde y se estaba pudriendo.
La madre se puso como aquellos científicos. Se quedó quieta por unos segundos.
—¿Mamá? —preguntó el pequeño.
La madre atacó a la familia. Comenzando con el niño. Con su mano golpeó en la cabeza al pequeño. Aunque el golpe no fue relativamente fuerte, pero para un niño es suficiente para dejarlo muy aturdido.
Lo suficiente para que se cayera de espaldas. Ya que estaban frente a la heladería, el niño se golpeó fuertemente con una orilla de la banqueta, provocando que de la cabeza del chico, saliera mucha sangre, pintando la acera de rojo.
Un gran silencio se dio alrededor, solo se escuchaba la respiración y los gruñidos del zombie, hasta que.
—¡Aaaaa!
Fueron los gritos de terror de los niños que vieron el incidente. El zombie se abalanzó hacia el padre, mordió su cuello con fuerza y le quitó gran parte de él. El padre murió segundos después. De ahí atacó a la niña, mordiendo su cuello y matándola al instante.
Después le dio una pequeña mordida al cadáver del niño. Todos alrededor empezaron a correr por todos lados.
—¡¿Qué está pasando?!
—¡El fin del mundo está aquí!
—¡¿Qué es eso?!
Eran unos cuantos de lo que gritaban las personas. El cuerpo del niño, la niña, y el padre, se empezaron a mover se les empezó a poner la piel como el zombie.
—Groouur. —Se escuchó de los cadáveres al levantarse, viéndose que también se volvieron zombies.
El caos se propagó. Los cuatro zombies mordían a las personas, pero algunas personas las mordían y no se convertían en zombies, sin embargo, morían por la pérdida de sangre. De cuatro zombies fue aumentando hasta ser decenas de ellos.
—¿Estás seguro que puedes quedarte solo el fin de semana? —pregunta un señor castaño a un chico albino de trece años.
—Papá. Yo puedo cuidarme solo, ya tengo trece años. No soy un niño —respondió el chico de pelo blanco.
—Está bien Lincoln, te quedarás solo, mientras vamos con la tía Ruth —aceptó el señor, con una mirada derrotada.
—Gracias papá —agradeció el joven loud.
Lincoln Loud, un chico recién entrado en la puerta, de cabello blanco un poco largo, de piel blanca y ojos azul marino. Tenía puesta su ropa casual: una camisa naranja, unos jeans azules y unos tenis blancos.
La razón de que Lincoln se quedará solo, es porque la familia Loud se quedaría un fin de semana con la tía Ruth en su casa de verano.
Y como Lincoln no quería ir, convenció a sus padres de quedarse en la casa para cuidarla, y evitar que un ladrón entrara y robe algo.
No fue fácil convencerlos para que Lincoln se quedará en casa, pero después de que "Él Maestro del Convencimiento" entrará en acción, el resto fue solo recordarcelos.
—Bueno Lincoln, en el refrigerador hay comida, te dejamos doscientos dólares por si los necesitas —indicó el padre de la familia loud.
—Sí papá.
El señor Loud le siguió dando indicaciones a Lincoln por unos minutos, después la familia Loud se fue en vansilla.
—Adiós —le decían a Lincoln mientras se alejaban de la casa y Lincoln les decía adiós con la mano. Cuando los dejo de ver, se metió a su casa.
—Bueno, un sueñito, no haría mal —dijo entre bostezos y subiendo por las escaleras.
Mientras tanto, a los alrededores de Royal woods, varias personas se estaban acercando con lentitud
