Advertencias: Ya saben, cosas generales. Estoy escribendo desde mi teléfono y subiendo el capítulo desde el mismo, así que cualquier dedazo me avisan. Además, mi internet no es el mejor. En cuanto pueda responderé sus comentarios -corazóncorazón-.
Namasté
Esa mañana fue igual que cualquier otra de un día viernes. Grimmjow se levantó y después de asearse superficialmente, comenzó una rutina de ejercicios entre el espacio de la sala y la cocina. Conectó y encendió el hervidor mientras se dirigía a la ducha y una vez acabó, se vistió con unos pantalones cortos y una camiseta holgada. Esa mañana, sin embargo, tenía el ceño fruncido. Normalmente no era una persona enojada con el mundo por las mañanas, le gustaba relajarse en ellas y era difícil que se le complicara dormir o mantenerse animado.
Pero junto con su habiidad nata para ser un bastardo, iba de la mano su ineficiencia en la gestión de la culpa y la ira, por supuesto.
Sin cesar, las palabras de Orihime volvían a él como una maldición, y eso lo estaba desesperando. Ya era la segunda vez que le costaba concentrarse en sus cosas a causa de alguien más en menos de una semana.
Ése día no tenía mucho que hacer, y lo más probable era que no se encontraría con Shūhei por horario, a menos que los dos decidieran ir a comer.
Cuando acabó la única clase que tenía a medio día, Grimmjow tomó todas sus cosas y se dirigió al casino. A pesar de que no coincidía con el horario de Shūhei completamente, siempre podían estar Ichigo, Rukia y Nelliel. Lo cual era un verdadero incordio teniendo problemas de sueño y básicamente a un suspiro del fin de semana.
—Buenos días, señorita Mara —Saludó a la mujer que atendía la mayor parte de la semana. Estaba lejos de ser una señorita en el literal sentido de la palabra, Grimmjow sabía que estaba casada y que pasaba los cuarenta y ocho años. Aún así, le gustaba referirse de esa forma a ella, y ella cada vez que lo hacía parecía abrazar su propio ego y reír alegremente—. ¿Cómo estamos este viernes?
—Oh cariño, no te imaginas lo bien que me siento. En cuanto llegue a casa me consentiré como nunca, y nadie podrá evitarlo, ni siquiera un tornado que pase por sobre la ciudad sin aviso y se lleve mi techo.
—Me alegra que esté tan animada.
—Animada es poco. Pero también estoy preocupada —Frunció levemente el ceño mientras Grimmjow le pasaba el dinero—. ¿Lo de siempre o el almuerzo de hoy, lindo?
—¿Qué tienes hoy?
—Para ti lo mejor —Sonrió—. Carne a la olla y ensalada rusa.
—Me lo quedo —respondió, apoyándose con los antebrazos sobre el espacio que quedaba entre la caja y el borde del mesón—. ¿Por qué estás tan preocupada? Pensé que nada iba a evitar que estuvieras bien hoy.
—Ah. Nono no y no —dijo—. Dije sobre consentirme más tarde, pero no puedo no preocuparme si me entero de que estuviste peleando con tu amigo por lenguas cizañeras. Eres demasiado impulsivo, y sé que te enoja escucharlo, pero es hora de que hagas algo con ello.
Grimmjow simplemente guardó silencio, ya menos a gusto ante la mención de lo que todo el mundo denominaba problemas de ira. No les quitaba razón, pero ellos debían dejar de ser tan estúpidos también. Excepto Mara, porque era la mujer más centrada y franca que había conocido en la vida.
—Eres ya un adulto con responsabilidades y no vas a arreglarlo todo con golpes. Te lo digo, mi esposo era un matón y ahora le habla al perro como si fuera un bebé.
—Eso no tiene mucha relación entre sí... Y me parece una tontería eso de que el amor cambia a las personas —dijo, sabiendo a qué estaba intentando llegar.
—Es que no es solo el amor lo que te cambia, no es la persona que tienes al lado quién te lo pide. Por ti mismo vas a desear estar menos metido en peleas cuando la encuentres y quieras ser alguien constante y sano en su vida, o no. Puedes querer salir de ahí sin necesitar de nadie para darte cuenta de ello.
—No tiene mucho sentido para mí.
—Cariño, tu mundo está lleno de calma y luego abrupto y absoluto desastre. Es literalmente un tornado que pasa y que nadie vio venir. No entiendo cómo nada tiene sentido para ti además de tu rutina si está tan claro.
—Entonces, carne con ensalada rusa y de postre un bote entero de entra en razón.
Mara soltó una risa.
—No es entrar en razón, estoy segura de que cada vez que golpeas a alguien te genera algo amargo-.
—Ayer golpeé a un imbécil por acosar a una chica —dijo bruscamente—. No me arrepiento.
—Pero lo hiciste por un buen motivo —Sonrió—. Si ella no te agradeció, que no lo creo; te agradezco en su nombre por ser un muchacho tan amable —Estiró la mano y tocó con cariño su mejilla por un instante.
Grimmjow volvió a fruncir el ceño.
—Deme mis malditas papas.
—Oh vamos, eres de los pocos con quien disfruto una conversación productiva. Dame un poco de tiempo. Ya irás a ver a tu chica en un rato.
—No tengo una chica.
—Entonces no me explico por qué pareces tan incómodo sobre tus propios pies —Soltó una risa—. Esa incomodidad en ti solo podría causarla la estabilidad en una relación o sarpullido en el trasero. Y dudo que tu trasero tenga sarpullido realmente.
—Mara, por favor...
—Oh, cariño —Soltó una carcajada—. Pasa con Sybill para que te de tu almuerzo —Sonrió con un poco de burla—. Espero que tu sarpullido se vaya pronto.
—No tengo sarpullido —gruñó.
—Entonces que pena por ti...
Grimmjow pasó sin decir nada hacia la sección donde otra mujer repartía los almuerzos, mientras se ajustaba la correa de la mochila en el hombro. Sybill era todo lo contrario a Mara. Una mujer de cuarenta años que parecía tener al menos sesenta, que lo odiaba profundamente por lo que suponía había escuchado en sus conversaciones con Mara, y que cada vez que lo tenía en frente parecía estar comiendo el limón más amargo del mundo. Eso no lo hacía bien a sus arrugas, solía pensar.
Sybill no dijo nada cuando le pasó el envase envuelto en aluminio de su almuerzo. Y Grimmjow tampoco le agradeció esa vez. Solía hacerlo con una sonrisa petulante, pero ese día no tenía los ánimos necesarios para usarlos con ella..
Cuando se dirigió a sentarse, inevitablemente su vista se desvió a una en la que Ichigo y las otras dos chicas estaban sentadas. Pudo notar que ellos se quedaban en silencio y lo miraban también. No sabría decir cómo, porque él regresó a ignorarlos y se sentó tres mesas más allá, de frente a sus tres expectadores. Volvió a mirarlos y esa vez les sonrió como una hiena fastidiosa. Le gustaba que la gente lo mirara y criticara su descaro en silencio o a gritos, le gustaba el hecho de que todos debían siempre estar hablando de los demás para sobrevivir, sin prestar atención a sus propios problemas. Grimmjow no le prestaba mucha a sus problemas con los puños, pero tampoco echaba las consecuencias de ello sobre su círculo cercano, y no hablaba de Ichigo ni de nadie con tal cizaña.
Iba por la mitad de su almuerzo, metido en la música que resonaba en sus audífonos cuando sintió una presencia a su costado. Se quedó un rato en lo que había estado haciendo y luego subió la mirada.
Orihime lo miraba con una enorme sonrisa y las mejillas tan sonrojadas que se preguntó si no había estado cantando en voz alta una de esas canciones algo vulgares que tenía por ahí.
—Hola.
Grimmjow enarcó una ceja y subió la mano izquierda para quitarse los audífonos y guardar la mitad del cable en el bolsillo de su chaqueta.
—Hola —respondió con duda— ¿Qué mierda estás haciendo?
Entonces Orihime pareció notar el hecho de que se estaba sentando confianzudamente con un desconocido que simplemente había visto un par de veces y que, aunque la había ayudado la noche anterior, no significaba que quisiera que se sentara junto a él en el casino.
—Yo uhm... Creí que haríamos lo que dijo Shūhei-kun.
—Ah —dijo—. Pareces bastante interesada en hacer algo tan reprochable para parecer tan inofensiva.
Ella bajó la mirada un segundo, nerviosa. Entonces Grimmjow notó que había pedido las legumbres que quedaban de ayer. Benditas legumbres en vez de ensalada rusa y deliciosa carne. Esa mujer no podía seguir estando a su lado. A Grimmjow no le molestaban las legumbres, le gustaban, pero entre carne y eso, prefería mil veces la carne.
—No es que... —Apretó los labios y suspiró—. Quiero saber qué ocurre con Kurosaki-kun, ¿sabes? N-no hago cosas así todos los días —Grimmjow asintió. Francamente desde el primer minuto dudó que lo hiciera—. ¿Te molesta?
Quiso decirle que lo había estado molestando hace como tres días. Pero ella no iba a entenderlo y él no estaba dispuesto a explicar que se había quedado pensando la mayor parte de esos tres días en ella, y lo que restaba en el cabrón que los estaba mirando desde tres mesas más allá como si quisiera ponerse de pie y molerlos con la mesa. Aunque no creia que ese sentimiento estuviera dirigido hacia ella... Y de todas formas, Orihime no hablaba de eso.
Se encogió de hombros.
—No me molestaría tener a una chica linda yendo por aquí y por allá conmigo —Le dedicó una sonrisa. Orihime enrojeció con ganas, pero a los segundos también sonrió.
—Grimmjow —murmuró, volviendo a su expresión de inseguridad.
—¿Si?
—Lo lamento.
Grimmjow borró su gesto de inmediato al entender por qué estaba pidiendo disculpas.
—N-no debí pedirte eso. No sé qué estaba pensando, yo...
—No estabas pensando —contestó—. Pero supongo que nadie está en sus cinco sentidos después de una situación traumática, haya sido lo que haya sido.
Ella lo vio encogerse de hombros y después suspiró.
—De todas formas, fue atrevido de mi parte —susurró mientras se mordía el labio con fuerza.
Grimmjow igualmente suspiró al verla de reojo y soltó su tenedor un momento. Apoyó su mano en el borde de la mesa un momento, e hizo una mueca, pero finalmente despejó su duda y la subió hasta el cabello de la chica, a la altura de su nuca.
—Está bien. Solo eres una víctima —respondió—. En realidad esperaba algo mucho peor.
—¿Algo peor?
—Sí... —murmuró. Justo después se dio cuenta de su error— Pero no pienses en eso. No es importante.
—¿Qué es algo peor para ti? —Enarcó una ceja y frunció los labios. Grimmjow creyó que era el ser más lindo de ese maldito planeta, pero se deshizo cruel y rápidamente de esa línea de pensamiento.
—Ya te dije, no tiene importancia —gruñó, apartando su mano cuando se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo tocándola. Volvió a tomar su tenedor y siguió comiendo lentamente.
Orihime también comió un poco, hasta que lo miró otra vez.
—¿Algo como invitarte a cenar?
Grimmjow se atragantó con un trozo de carne cuando el fastidio se le echó encima al darse cuenta de que seguía intentando averiguar qué era lo que había pensado. Pero ni en un millón de años le iba a decir que pensó que se iba a desmayar y caer de su moto, o que pensó que iba a querer otro tipo de contacto físico además de un abrazo de por lo menos cinco minutos. Pero claro, la chica que se sonrojaba con la palabra follar no se le iba a tirar encima después de ser acosada y probablemente abusada. Era ilógico y nada más que culpa de su sucia mente.
—¿Por qué demonios invitarme a comer es peor que el que me hayas pedido que durmiera en tu casa? —masculló por lo bajo, mirándola con escepticismo.
—Porque... ¿implica que aceptaste hacerlo?
Grimmjow la miró con la boca abierta durante unos segundos.
—Eres una maldita lunática.
—¡L-lo siento! —rió nerviosamente— Pero eso sería lo único peor, ¿no? Que hayas dormido ahí, creo...
—Estamos hablando de ti, maldita sea. No de mí.
Orihime ladeó un poco la cabeza, y a Grimmjow se le hizo increíblemente acertado el apodo que le había puesto. Finalmente la vio sonreír con algo de arrepentimiento.
—Perdón, fue lo único que se me ocurrió.
Grimmjow suspiró y negó con la cabeza.
—Ya te dije, da igual. Deja de pensar en eso —Miró con disimulo a la mesa de Kurosaki por un breve momento—. Entonces, ¿cómo quieres que sea la trampa para Kurosaki?
Orihime frunció el ceño ante su forma de decirlo, pero no se quejó.
—¿Debo decidirlo yo?
—No lo sé. A mí me da igual cualquier maldita cosa, tú eres la que tiene sus límites marcados. Lo cual es bastante extraño, considerando que aceptaste esto cuando ni siquiera quedamos en hacerlo realmente... Para ser una santurrona, tu consciencia y remordimiento respecto a esto dejan bastante que desear.
—No soy una santurrona. Puedo con lo que escojas —respondió con decisión, ignorando probablemente sin quererlo que no negó lo dudoso de su moral.
Grimmjow alzó las cejas un momento, sin creerlo en absoluto.
—Me dijiste que no fuera directo al referirme al sexo. ¿Cómo es posible que puedas con lo que quiera hacer si ni siquiera puedes oír coger sin sonrojarte? —preguntó.
—¡P-puedo hacerlo! —Se mordió el labio, luchando por no pedirle que evitara decirlo una vez más.
—Bien. ¿Entonces podrías besarme en este momento y fingir que es tan normal como respirar? —volvió a preguntar, fijándose en la determinación que hacía brillar sus ojos. A pesar de ver eso, Grimmjow también era consciente de que su rostro parecía ser el de una persona que había visto a sus padres coger —o como él imaginaba que sería—; tan avergonzado como asustado.
—N-no he... —carraspeó— No estoy preparada. Tengo que mentalizarme.
—Ni siquiera has besado a alguien —gruñó con aburrimiento.
—¡C-claro que sí!
—No puedes engañarme. Estoy seguro de que es lo que ibas a decir. E incluso si no, es bastante obvio, cachorrito.
Orihime se mordió el labio y lo miró con enfado.
—Puedo hacerlo...
—¿Qué es lo que puedes hacer?
Shūhei soltó su mochila sobre la mesa y se sentó frente a los dos, justo en medio. Grimmjow lo agradeció, gracias a eso ya no sentía tanto la mirada de Kurosaki sobre él.
—N-nada.
Shūhei miró a Grimmjow con serias dudas sobre si creerlo o no. Él simplemente regresó la vista a su comida, que ya casi se acababa. Pero no guardó silencio.
—Dice que-.
—¡G-Grimmjow!
—¿Entonces...? —pregunta Shūhei.
Grimmjow sonrió.
—Que te lo diga ella, no quiero que me traten de bocón después.
Los tres estuvieron en un largo silencio hasta que Orihime se llevó las manos al rostro, dejando la cuchara en el plato y suspirando.
—Shūhei-kun... Y-yo... yo no he besado a nadie antes —Apretó sus labios—. Así que Grimmjow dice que no podría besarlo para que Kurosaki-kun lo vea. Lo cual es verdad, creo. ¡Pero podría intentarlo! —dijo con la voz cada vez más aguda.
Lo peor no era que ella no hubiera besado a alguien alguna vez en su vida —eso era realmente un dato irrelevante para él—, sino que el hecho de que dijera reiteradamente que podría besarlo. A él. Ella debía estar fanfarroneando.
Shūhei frunció levemente el ceño, más confundido que otra cosa.
—Entonces hazlo.
A su lado, Grimmjow vio a Orihime con las mejillas a punto de estallar. Podía ver la maldita cuenta regresiva en su rostro.
Orihime apretó las manos y los ojos, mientras que Grimmjow miró a Shūhei, que le devolvió la mirada. Finalmente se encogió de hombros y quiso regresar a lo suyo, sin embargo sintió un calor y tacto ajeno desde su derecha. El pecho de Orihime acarició su brazo por un momento y Grimmjow sintió sus labios en su mejilla al segundo después.
Cuando ella se apartó rápidamente, Grimmjow volteó a mirarla muy sorprendido.
Ella no podía hacerle eso, demonios.
—N-nos vemos después...
Tan rápido como pudo, tomó todas sus cosas, dejando el envase del almuerzo detrás. Shūhei se quedó mirándola, al igual que Grimmjow, que eventualente volteó hacia su compañero.
—¿Eso es normal?
—Eso lo es en una chica a la que pareces gustarle aunque sea un poco... creo —Ladeó levemente la cabeza.
Shūhei soltó un suspiro y alargó la mano hasta el almuerzo que Orihime había abandonado. Grimmjow lo vio comerse lo que quedaba con gusto.
—Eso es una tontería —gruñó, llevándose una última carga de comida a la boca y lanzando el tenedor dentro del plato sin cuidado—. Ni siquiera me conoce.
—No conoces a las chicas con las que te acuestas —replicó al instante.
Grimmjow frunció el ceño.
—No es lo mismo.
—¡Ah! —Levantó el utensilio apuntándolo hacia él— Sí que lo es.
Grimmjow negó con la cabeza como si no tuviera absoluto sentido insistir, y se apoyó en la mesa sin quitarle la vista de encima a Shūhei, que había vuelto a comer con esmero.
Inconscientemente, Grimmjow se pasó el resto de la tarde rascando su mejilla como si se le hubiera pegado la sarna o como si estuviera sufriendo una reacción alérgica enfocada solo en ese lugar.
—Quién hubiera pensado que eras un cursi.
—¿De qué mierda estás hablando? —Volteó a mirarlo bruscamente.
Shūhei se encogió de hombros, poniéndose de pie y dejando la fuente de snacks en el sillón. Grimmjow regresó su atención a la pantalla plana de su sala y siguió jugando.
—Nunca te pregunté cómo habías conseguido comprar tantas cosas. ¿No que eras huérfano? —preguntó Shūhei desde la cocina, decidiendo cambiar el tema de la conversación tan pronto como la había iniciado, mientras buscaba algo en los cajones y echaba un breve vistazo al hervidor a punto de acabar.
—Huérfano. No imbécil.
—Eso tiene mucho sentido —dijo con ironía—. En realidad quería saber los detalles.
—¿De cuándo te importa saber los detalles de cada maldita cosa?
Shūhei soltó una risa incrédula.
—Desde que aparentemente somos amigos, no solo compañeros de clase. No quise preguntar antes, pero tengo algún tipo de beneficio si estoy aquí, ¿no?
Grimmjow sabía que se refería al hecho de que estaba en su casa. Él no era el tipo de persona que llevaba a cualquier idiota al lugar en el que comía y dormía, a menos de que se tratara de alguna chica, pero ellas no pasaban más tiempo del necesario ahí —y ninguna había regresado sin preguntar, hasta el momento. Nunca había permitido que Nelliel pisara ese departamento, y Orihime fue una excepción porque aunque no lo quisiera, era hermosa, y Grimmjow además de todo era débil contra los deseos de Rangiku. Rangiku era la persona más caritativa que había conocido cuando se trataba del alcohol. Él le debía mucho, incluídos los meses que le permitió quedarse en su casa antes de poder conseguir su departamento. Así que decirle que no a Rangiku cuando entraba a alguien era tan difícil como lo sería sacar a Shūhei si seguía dándose atribuciones.
Grimmjow lo consideraba su amigo, sí, pero se estaba volviendo exasperantemente curioso. Al parecer se había guardado un montón de cosas que no había querido soltar por cierta empatía hacia él en un principio. Y lo agradecía. Pero creía que ya lo estaba compensando suficiente con dejar que se bebiera todo su maldito café.
De todas formas, se limitó a rodar los ojos y seguir jugando. No hacía realmente un mal que lo supiera, y Grimmjow tampoco estaba interesado en alejarlo. El tipo le agradaba, por más que dijera agresivamente que debían importarle una mierda los detalles de su vida.
—Me gané el favor y el cariño de una mujer. Estuve visitándola desde los quince y cuando murió descubrí que me dejó todo lo que tenía, a los veinte.
—O sea que este departamento...
—No. Tenía dinero de lo que trabajé, aunque era para pagar la univsersidad, y arrendé la casa de ella para sacarle algo. También dejó estipulado que podía hacerme con su dinero guardado de toda la vida, así que me quedé con Rangiku, lo junté todo, y seguí trabajando. Luego pude comprarlo, no estaba tan caro después de todo, más que nada por cosas de estética y la conexión del agua, y el tipo quería deshacerse de él.
—¿Así que lo arreglaste?
—Sí.
—¿Y las cosas?
—Comencé a arrendar la casa sin muebles.
—¿Los vendiste?
Grimmjow frunció el ceño.
—Me quedé un par de cosas... y un cuadro. El que está al lado de la ventana.
—Para ser una mujer a la que le tuviste aprecio...
—Odiaba esa maldita casa, ella lo mencionó un montón de veces cuando estuve pasando mi tiempo ahí. Su único maldito hijo era del tipo que obtiene dinero y desaparece de la faz de la Tierra, olvidándose de su propia madre. Su maldito esposo abusaba de ella en esa casa hasta que murió, cosa que le tomó bastante al muy desgraciado. No tenía muy buenos recuerdos en general —replicó, poniéndole pausa al videojuego y mirando a su compañero.
Shūhei se quedó regresándole la mirada desde la cocina. Había dejado un poco de lado su taza de café. Estaba inclinado sobre la emcimera, con los antebrazos soportando su peso.
—Bien. Lo entiendo —murmuró—. ¿Todavía tienes esa casa o...?
—La tengo.
—Sí que tuviste suerte.
—Fue mi carisma —Lo corrigió con una sonrisa. De inmediato su gesto desinteresado desapareció—. Algo te tiene que dar el maldito universo porque tus padres se murieran o te abandonaran. Alguna mierda debe darte ser huérfano además de los putos inútiles problemas, en su mayoríaemocionales —gruñó por lo bajo.
—Ah —susurró—. Pues tienes razón.
Shūhei simplemente se encogió de hombros para sí mismo una vez Grimmjow volteó hacia la pantalla otra vez. Pero no pasó desapercibido el suave susurro íntimo que salió de sus labios gracias al silencio del videojuego.
—Maldita vieja mañosa —y su casi inperceptible sonrisa.
En realidad su vida había sido bastante jodida, realmente era digna de una película de matones o algo así, había pensado Shūhei cuando lo conoció. Eso hasta que llegaban al punto en que, por algún motivo, la vida de Grimmjow era tan incorrecta como correcta, aunque pocos se dieran el tiempo de pensar en ello. Desde ahí, distaba un montón de la vida de un verdadero matón sin otro deseo que de romper narices. Grimmjow adoraba romperlas, cuando lo creía necesario. Mientras tanto ayudaba a chicas incapaces de defenderse frente a hombres que le sacaban dos cabezas, mientras visitaba a una anciana que lo había amado tanto como para darle algo de estabilidad y algo de consuelo, mientras mantenía su cuerpo tan sano como podía por nada más que su propio bien, mientras ayudaba a tipos desamparados en la carretera porque no se habían dado el tiempo de estudiar ni un poco de mecánica antes de tomar el volante. Shūhei lo había oído insultarlos más veces de las que quería contar, pero no había dejado de arreglar sus problemas.
Shūhei, sin creerse en absoluto en el derecho de hacerlo, creía a veces que lo hacía porque era incapaz de arreglar otros de los que era perfectamente consciente, pero que se había cansado de intentar descifrar.
Grimmjow era la persona más sana que había conocido, solo hasta llegar al mundo de sus emociones. Hacerlo sentir traicionado era equivalente a estar charlando con él y luego clavarle un puñal nada más se distrajera lo suficiente. Y después de eso, tener el descaro y los huevos de rayar su motocicleta.
Shūhei nunca en la vida había visto a la dichosa Nelliel. Sin embargo, estaba seguro de que había merecido aunque fuese un poco el rechazo que Grimmjow tenía hacia ella. Solo un poco, porque también era consciente de que Grimmjow exageraba sin evitarlo en absoluto.
—¿Vienes o qué? No te conté sobre eso para que te pusieras a analizarlo todo el puto día.
Shūhei volvió a mirarlo, y simplemente hizo un ruido con la garganta para responderle. Terminó de preparar su café y regresó con Grimmjow, que masticaba unas papas lentamente. Shūhei se sentó, soltando un suave suspiro, y le dio el primer sorbo a su café con gran placer.
—¿Cuándo vas a ir de compras?
Shūhei apartó su taza y lo miró enarcando una ceja.
—¿De qué hablas? —Se hizo el desentendido.
—Ya sabes, por tomarte mi tarro de café y por venir solamente a comer, puto doméstico —gruñó.
—Ah claro —Rodó los ojos—. Deja de llorar por un café.
—Es dinero de mi bolsillo, bastardo.
—Pues el siguiente será del mío, ¿cuál es el problema? —Se encogió de hombros.
—El problema es que es mío.
—Ugh. Cierto, había olvidado la posesividad —murmuró con gesto inperturbable—. No deberías ser así. No va a funcionar con Orihime.
—Estamos hablando de una jodida lata de café, no de una persona. ¿Qué tan enfermo crees que soy? —exclamó, poniéndole pausa otra vez y volteando hacia Shūhei, que sonreía muymuy divertido— Idiota.
—Sí, sí —rió—. Lo siento.
Grimmjow gruñó una maldición a sus pelotas y regresó a jugar. Sin embargo, Shūhei lo detuvo.
—Pero hablaba en serio —dijo, obteniendo su atención al instante—. ¿Estás seguro de que no quieres conocer a Orihime?
—Tu plan horrible le dio consecuentemente la idea de que podía ir y engañar a Kurosaki. No la voy a condenar por eso, porque también quiero saber qué mierda pasa, pero se está dando atribuciones que deben desaparecer —Entrecerró los ojos, como si lo amenazara para que tomara parte en eso y la detuviera.
Shūhei hizo una mueca, pensativo.
—Grimmjow —comenzó—, ¿sabes lo que necesitas para conocer a alguien?
Él sonrió.
—¿Alcohol y los peores momentos?
—Podría ser —asintió—. Pero no era lo que iba a decir. Necesitas tiempo.
—Bien, ¿y?
—¿Sabes qué has hecho durante dos días y vas a seguir haciendo si pretendes engañar a Kurosaki? —dijo como si lo animara a adivinar. Pero antes de que respondiera, Shūhei se adelantó— Pasar maldito tiempo con ella. Básicamente estás condenado.
Grimmjow frunció el ceño pero no dijo absolutamente nada. Se quedó pensando en ello un momento, y odiaba decir que era verdad, aunque no iba a permitir que fuera más allá. Le desagradaba la idea tanto como ver la puta cara horrible de Kurosaki y Nelliel, pero por primera vez iba a ser quién pondría límites.
—Yo decido cuándo estoy condenado —dijo finalmente con decisión.
Shūhei asintió, mostrándose de acuerdo.
—Sí —masculló con sarcasmo—. Qué tontería. Mientras más peleas contra la corriente, peor te sale.
—¡No es la maldita corriente!, es una jodida ingenua que no hace más que decir y hacer tonterías. O en su defecto, no hacer. Porque cuesta como un demonio que hable cuando debe.
Shūhei se quedó mirándolo, pasmado.
—Debes dejar de tomarte las cosas tan literal —aconsejó.
—Vete a la mierda —dijo rápidamente.
—Bien.
Grimmjow lo vio ponerse de pie y tomar su mochila tranquilamente. Pero no dejó en ningún minuto la taza con la mitad del café por ahí cerca.
—Deja la maldita taza.
—No la necesitas —argumentó.
—Yo soy quién decide qué putas necesito y qué no.
El moreno suspiró pesadamente. Tampoco iba a llevársela, debía ir en un autobús e ir con una taza de café sería algo molesto. Simplemente le encantaba incordiar a Grimmjow siempre que podía. Finalmente la dejó en la mesa de la cocina y se dispuso a caminar hacia la puerta.
—Oye —Volteó para ver a Grimmjow y simplemente escuchó unas llaves que, cuando las vio, rápidamente volaron hacia él. Las tomó antes de que chocaran más allá de su cabeza, en la puerta, y las miró. Aunque no necesitaba comprobar que le estaba dando las llaves de su moto, no las de su vivienda. Claro que para Grimmjow darle cualquiera de las dos a alguien era malo—. Bajo en cinco minutos. Déjala lista.
—Vale. Gracias.
—Agradéceme cuando no tengas a un idiota intentando asaltarte.
Shūhei lo creía poco probable, y para Grimmjow no parecía ser relevante que supiera pelear y defenderse a la perfección. Nunca lo decía, pero de todas formas agradecía un montón que cuidara de su rededor de esa manera, y a su vez ser parte de él. Habían oído un montón de veces de los accidentes de tránsito que sufría la línea de autobuses que necesitaba para ir a casa, y de los deportistas de karate, mai tai o policias de civiles que habían sido asesinados en medio de robos. Ninguno era más rápido o experimentado frente a un arma, salvarse de la mira de una pistola a mano limpia la mayor parte del tiempo era una especie de milagro. Shūhei no le tenía especial miedo a eso, pero estaba claro que las películas mentían, y él se creía afortunado por tener un amigo que pensara en ello y lo solucionara rápidamente; estuviera enojado por su café o el tema de Orihime, o no.
Antes de tomar el pomo de la puerta, Shūhei recordó algo y volvió a hablar.
—Por cierto, ¿qué me puedes decir de Rangiku?
Para Grimmjow, Rangiku realmente era intocable. Podía abrazarla por el hombro durante media hora viendo una película o bromear con ella mientras cocinaba y se limitaba a ser observado. Podía haber vivido con ella durante mucho tiempo y ser tan cercanos como para dormir en la misma cama cuando ella estaba ebria y él no tenía ganas de buscarse una chica. Sin embargo, el solo pensar en la posibilidad de acabar cogiendo con ella le provocaba un agujero en el estómago y un malestar general digno de su primera resaca.
Así que, aunque no culpó a Orihime por pensarlo, la odió mucho —además de su constante presencia en su cabeza— por mencionarlo, porque en ese momento estaba descubriendo que era incapaz de ver a Rangiku sin recordar sus palabras.
—Cariño, ¿qué es esa cara de que te has tragado mil babosas?
Rangiku sonreía como una estrella, brillaba, y Grimmjow solo veía al objeto recién hallado de su peor pesadilla.
—Mi viernes fue similar a un puto tornado... —masculló, llevando rápidamente la mano hasta su vaso y tragando su licor con deseos de estar bebiendo de una botella recién abierta.
Tampoco era del todo mentira. Orihime había sido tan impredeciblemente predecible como desde que la conoció, y había conseguido besarlo. No en los labios, y lo agradeció, porque su mejilla acabó irritada y no quiso imaginar lo mucho peor que hubiera sido si hubiera cumplido al pie de la letra. A Grimmjow no le hubiera sorprendido si lo encontrara atractivo, si no fuera ella. Estaba tan empeñada en descubrir lo que aquejaba a la pobre y desorganizada mente de Kurosaki que dudaba que no siguiera enamorada de él, como había dado a entender miserablemente. Estaba seguro de que la situación del casino había sido una reacción natural por esa determinación que sacaba a relucir brevemente cuando se enojaba y su escapada apresurada la consecuencia de su vergüenza.
Aunque su teoría se tambaleaba porque comenzaba a pensar que su vergüenza era descaradamente selectiva. Lo cual era contradictorio y molesto. Él no necesitaba ponerse a intentar descifrar uno y mil acertijos para poder entablar una conversación o para hacer rabiar a Kurosaki acercándose a una de sus aparentemente no tan estimadas amigas. Necesitaba que fuera tan simple como lo debía ser en realidad y Orihime no se lo ponía fácil.
—Es una comparación algo curiosa... —murmuró Rangiku.
—¿Por qué?
Ella simplemente se encogió de hombros.
Grimmjow echó un vistazo al rededor. Las Noches, tan desabrido y serio, le recordaba a su maldito dueño. De adolescente le había parecido el hombre más imponente del mundo; lo más cercano a un mafioso del que había estado en su vida. Por milésima oportunidad se preguntó qué demonios estaba haciendo en ese lugar, qué hacían él, Rangiku, y cualquiera ahí.
En parte le había mentido a Shūhei, y la culpa por callar lo tenían atornillado al taburete más lejano a Ulquiorra que había encontrado, con ella, que había sugerido ir por medio de una llamada a las seis de la tarde al día siguiente. En ese entonces, Grimmjow estaba sometiendo a su departamento a una limpieza intensiva, y dos horas después se había dado una ducha y vestido, colgándose para finalizar su larga chaqueta para evitar tanto como fuera posible el viento.
El dinero que la vieja le había dejado no era demasiado tampoco. Suficiente para entrar en la carrera pero no para salir de ella sin prepcupaciones. Habría tenido que seguir trabajando mientras estudiaba para soñar con siquiera pagar la mitad del año restante, eso considerando que no debía comer ni gastar demasiada agua o electricidad viviendo en ese lugar. Así que, en realidad, ser despedido y tener un jefe como Aizen le había venido más que bien, en un principio. Grimmjow tampoco era muy fan de la condición impuesta para trabajar en Las Noches, pero no pensaba que era algo que tuviera que importarle a la hora de servir tragos la mitad de la noche y luego golpear y echar a patadas a cualquier borracho demasiado molesto para su salud la mitad que quedaba.
En ese tiempo, sus ideales flaqueaban con el salario que recibía cada quince días, y su garganta era un nído de groserías y asco cada vez más creciente en lo que respectaba a su jefe y su trabajo. Si Grimmjow había pensado que Aizen era lo más cercano al mafioso de cine que tenía al lado en la vida real; Aizen era más como lo que realmente era un mafioso, en su vida real. Dinero, armas, una silla de cuero negra en su escritorio de ébano, subordinados tan peligrosos como sus motivos egoístas y la idea de el bien común y el fin justifica los medios pegada a todos como un parásito. Solo que el bien común era el bien de Aizen, y el fin sus planes.
No eran esas cualidades, sin embargo, lo que lo hicieron llegar a donde estaba en ese momento. Era lo preciados que Aizen pensaba que eran los favores. Un día te lo daba todo y, entonces, debías pagar por ello cuando a él más le conviniera. Te condenara o no, tuvieras que tirarte por un barranco o disparar contra tu propio padre.
Gracias al cielo, Grimmjow no tenía padre, y lo más cercano que tenía a una madre, estaba en el cementerio de la ciudad.
—¿Alguna vez te preguntaste algo acerca de mí?
Rangiku volteó, extrañada por la pregunta.
A Grimmjow no le gustaban las preguntas personales si venían de un desconocido, por el mismo motivo que odiaba que le mintieran en la cara y fingieran ser sus amigos. Si algo bueno había aprendido de Aizen, era que todo lo que decía o hacía podía ser usado en su contra.
—Bien... Varias veces me he preguntado si ese color es natural —Indicó si cabello—, o si te falta dinero, considerando que soy yo la que tiene que invitarte a beber.
A pesar de que esperaba una respuesta seria, su sentido común agradeció que Rangiku se lo tomara a la ligera.
—Es en teoría natural —respondió sin inmutarse—. Caí a un tarro con cloro de pequeño, aunque mi compañero de habitación alcanzó a tomar mi pie. Así que aquí estoy.
Rangiku entrecerró los ojos, un poco molesta por la broma de mal gusto.
—¿Entonces tu vello púbico es negro?
—¿Qué te hace pensar que es negro?
Rangiku suspiró, un poco exasperada.
—Muy rubio no te imagino.
—¿Tampoco pelirrojo? —Enarcó una ceja.
—Por dios, no —Sonrió como si fuera lo más terrible que hubiera oído—. Además te gustan las chicas pelirrojas, sería muy extraño que tu cabello lo sea también. Y probablemente sea complicado mantener ese color teniéndolo así.
Grimmjow le concedió que, para ser una teoría algo tonta, era desgraciadamente notable que la mayoría de gente pelirroja no buscaba a alguien igual. Así como la mayoría de rubias preferían los hombres morenos y las castañas estaban bien con cualquiera, pero preferían los pelirrojos. No eran datos comprobados, solo algo de varios días aburrido sin querer coger y observando a toda la gente en el bar.
Recordó entonces a Orihime.
Volvió a maldecirla.
—¿Has conocido a alguien que escapa de tu lógica?
Rangiku guardó silencio por un momento.
—Si hablas de Orihime, esto está mal.
Grimmjow frunció el ceño y apartó el vaso para recargarse en la mesa. Debió saber que Rangiku lo atraparía de inmediato.
—¿Qué mierda dices? —gruñó.
—Grimmjow —dijo seriamente—, nunca hablas de alguien con esa mirada perdida y ese tono desanimado. Creo que esto es lo más cercano al diálogo de una película que he oído. Entonces, si estás hablando de Orihime, esto está mal...
Probablemente ella dijo algo más, pero Grimmjow llevó toda su atención por un segundo al rostro del cantinero que no se parecía en nada a Ulquiorra, pero que le causaba tanto o más repelús que él.
—¿De acción?
Rangiku se quedó pasmada un segundo.
—Romántica. Por eso te digo que está mal.
Grimmjow frunció el ceño, pero a penas le quedaba concentración para responder bien.
—No estoy hablando de ella. Y no estoy malditamente desanimado —murmuró, volviendo a mirarla.
—Hm —Rangiku hizo una mueca—. Tampoco pareces muy convencido.
—Insisto, no sé de qué hablas —Rodó los ojos—. Es la persona más insufrible del mundo.
—¿Y eso te hace enojar?
—Sí.
—¿En serio?
Grimmjow miró atentamente la sonrisa que había aparecido en el rostro de Rangiku, mientras sentía que lo atravesaba con sus ojos azules, como si supiera algo que él no. Se removió incómodo en su lugar e hizo una mueca.
—Sí, por todos los infiernos, Rangiku.
—Hm —decidió dejar de insistir.
—Deberíamos irnos.
Normalmente las cosas que lo enfadaban eran cosas que no podía ver sin querer destruir o tan lejos de él como fuera posible. Rangiku lo sabía y por ello hacía esas preguntas. Y sí, Grimmjow pensaba que Orihime era una mujer exasperante y lo que menos necesitaba alrededor en ese momento. Pero tal como a Shūhei le había mentido, porque mientras eso inundaba su mente, también pensaba en Orihime cuando había besado su mejilla o la incontable cantidad de veces que había visto su sonrojo. O cuando había sentido sus manos aferrarse a él y su cuerpo entero a tan miserable distancia mientras la llevaba a casa después del mal rato en Las Noches.
Ella era...
Era malditamente hermosa. No había dejado de creerlo. Y cuando sus labios tocaron su mejilla, Grimmjow sintió la sensación más cercana que experimentaría en la vida a inmolarse.
Y después recordó la mirada de Shūhei junto con la lejana de Kurosaki. Y que se congeló, porque vio algo reflejado que desde su lugar, desde sus zapatos; no podía ni quería ver. La sorpresa, el leve horror. Él, jodidamente sonrojado, quemándose como si fuera las alas de Ícaro y regenerándose, en bucle. En ese momento y durante su viernes y su sábado, e incluso mientras bebía con Rangiku.
