Advertencias: OoC.

Lamento haber tardado tanto, me quedé dando vueltas por mucho tiempo el final del capítulo. Finalmente, estoy satisfecha.


Namasté


Gin era el tipo de hombre que parecía un chiste, pero que podía quitarte la cabeza de su lugar en cualquier momento. Grimmjow lo sabía bien. Rangiku también era consciente de ello, de hecho era la persona más apta para decirlo.

A veces, Gin iba y hacia el trabajo del cantinero. Por pura diversión. Y sabía hacer el trabajo, más que bien. Además de eso, era capaz de reconocer la mayoría de rostros que estaban en la barra. Sin embargo, pasó el tiempo, y Grimmjow sabía que ni Rangiku ni él habían recibido una mirada directa de su parte.

Se centró en la expresión de ella, que seguía hablando. Quizás demasiado, quizás muy rápido, quizás de tonterías sobre comprar la mercancía del mes. Así que supo que estaba evitando pensar en el tema, evitando pensar que estaba siendo rotundamente ignorada por Gin.

Grimmjow nunca había entendido ni preguntado cómo era que ella había acabado enamorada de ése tipo. Pero había ocurrido, y era obvio que a pesar de que ya no hablaran, ella deseaba recibir alguna clase de atención de él. Cosa que desde el primer momento no iba a suceder.

—Deberíamos ir a casa —repitió Grimmjow.

Vio a Rangiku asentir y sonreír brevemente, sin esforzarse en absoluto por parecer feliz.

—Mañana te acompañaré a comprar, ¿si?

Grimmjow no tenía idea de si era algo que se le había ocurrido decir en el momento o si realmente debía hacerlo, y normalmente no prestaba atención a lo que Rangiku decía cuando estaba nerviosa, siendo que el cien por cien era para distraerse a sí misma y desviar el tema tanto como le fuera posible. Esta vez decidió decir algo al respecto, sabiendo que si tocaba cualquier punto sobre Gin ella comenzaría a temblar y se rompería justo ahí.

Esa noche no dejo propina para el cantinero y sacó a Rangiku del lugar abrazándola por los hombros.

Grimmjow era consciente de que no podía protegerla de eso, pero al menos iba a ayudarla a sentirse acompañada y a empujarla hacia arriba cada vez que mirara el suelo, preguntándose qué había hecho mal.

Por esa razón era que Grimmjow había echado a volar a Shūhei de su casa cuando preguntó por Rangiku. Vio el interés, supo de inmediato lo que había querido decir.

—¿Rangiku está soltera?

—Ni siquiera lo pienses. Es suicidio.

Y no era ninguna mentira.


Grimmjow tocó el timbre del portón, esperando pacientemente al guardia de seguridad que debía asegurarse de que era un invitado. Normalmente no le importaría esperar, pero pronto comenzaría a llover y no quería estar fuera para entonces.

Rangiku tenía un pequeño cacharro que estacionaba frente al edificio de departamentos en donde vivía. En ese momento estaba justo a sus espaldas. Grimmjow recordaba que lo tenía desde que la conoció, y no parecía estar planeando deshacerse de el en un futuro cercano. Solía usarlo para cosas puntuales y muy necesarias, lo que se podía traducir como prácticamente nada, porque ella siempre encontraba una forma de quitarle importancia a todo. Le había tocado un montón de veces convencerla de usarlo cuando la acompañaba a comprar cosas o la llevaba al médico en caso de emergencia, a pesar de que lo tenía ahí a su disposición.

Suponía que era algo importante. Un recordatorio de algo que no estaba decidida a abrazar o rechazar. Grimmjow nunca había preguntado, igual que con muchas otras cosas.

—Buenos días —El guardia finalmente salió, asintiendo levemente con la cabeza para acompañar su saludo. Grimmjow se lo devolvió en un murmuro—. Supongo que vienes por la señorita Matsumoto.

No tardó ni un segundo en abrir el portón desde dentro, provocando un sonido horrible. Grimmjow no estaba acostumbrado a que mencionara a Rangiku de inmediato, pero no quiso pensar mal sobre ello y se adentró en el edificio.

—Por cierto, antes de que vayas —le dijo cuando cerró la puerta tras él, llamando su atención. Grimmjow lo vio irse tras su escritorio y rebuscar algo por los cajones—. Alguien dejó esto antes de que llegaras. Normalmente se lo daría a la señorita Matsumoto en cuanto la vea, pero no la he visto bajar la basura y me solicitó explícitamente que no acudiera a su puerta con el correo. Tampoco es que sea realmente mi trabajo, así que lo agradezco.

Grimmjow lo vio enderezarse y ofrecerle la caja del tamaño de dos manos. Era más o menos grande, pero no muy alta. Estaba perfectamente sellada, y no traía ningún dato o mensaje por fuera, solo el nombre y apellido de Rangiku.

—Bien. Gracias —dijo—. ¿Necesitas que marque mi entrada?

—Sí, por favor.

Grimmjow dejó la caja un segundo en la superficie del escritorio para escribir en el registro que había puesto frente a él a penas lo mencionó. Solo requería su nombre y su firma, y entonces podía entrar. Dejó el lápiz encima y volvió a tomar la caja.

—Nos vemos.

—Claro, gracias.

Grimmjow siguió su camino por el pasillo, hasta que giró a la derecha para tomar las escaleras. Eran dos pisos hasta el departamento de Rangiku. Fuera de su puerta había un tapete que tenía borrado bienvenido, dejando leer solamente casa.

Una vez ahí, limpió un poco sus zapatos con el mismo y tocó la puerta un par de veces. Dos veces más. Quiso intentarlo una tercera, pero estaba autorizado a entrar cuando le diera la gana si es que ella no abría. Aunque normalmente eso tenía una razón más oscura que el simple hecho de que Rangiku lo quisiera tanto como para permitirle mantener su llave. Rebuscó entre los bolsillos de su chaqueta y finalmente sacó el llavero partido por la mitad con solo dos llaves.

Quitó el seguro en un segundo y entró, observando el solitario salón de inmediato. Justo después, mientras cerraba la puerta, escuchó unos pasos descalzos que venían del lado del baño.

—¿Grimmjow? —Rangiku se veía sinceramente confundida por su presencia. Se fijó de inmediato en que había estado dándose una ducha, por la toalla rodeando su cuerpo y su cabello estilando. Miró a un costado, asegurándose de que no había movido el mueble cercano a la puerta, y dejó la caja ahí.

—Buenos días. No te preocupes por mí, termina de bañarte —dijo, dirigiéndose hasta la cocina mientras se sacaba su chaqueta y la dejaba sobre el respaldo de un sillón en el camino—. Ibas a ir a comprar mercadería, ¿recuerdas?

—Ah —musitó—. Sí, sí. Dame unos minutos.

—Tarda lo que quieras, mientras no enfríes el desayuno.

Grimmjow escuchó una breve risa a lo lejos, mientras preparaba todo para hacerle de comer. Sabía que lo más seguro era que ella hubiera puesto un pie fuera de la cama hace poco, y que por supuesto, no había comido nada. La ducha era lo primero que estaba en su rutina, antes que cualquier cosa.

Preparó el desayuno como lo hacía normalmente, sin siquiera tomarse pausas largas para darle tiempo ni nada parecido. Ella no solía tardar mucho, lo único que podía causar su demora era secar su cabello, que era bastante largo y voluptuoso, así que estaría un buen rato secando, peinando y volviendo a secar, seguramente.

Cuando pasaron más minutos de los esperados, Grimmjow decidió ir a verla. Cruzó desde la cocina, por el salón, hasta llegar al baño, y tocó levemente.

—Pasa.

Cuando abrió, la vio peinándose frente al espejo, aún con solo la toalla rodeándola. Al costado tenía el secador, en el borde de la encimera, y parecía un poco frustrada por su cabello. Soltó un jadeo en un pequeño y repentino nudo que se cruzó en su camino.

—Vamos —murmuró Grimmjow mientras entraba al baño y se posicionaba tras ella. Le ofreció su palma, moviendo levemente los dedos—. Dámelo.

Sin decir nada, obedeció.

Grimmjow comenzó a peinar su cabello. Primero desde la mitad hacia abajo, buscando desatar nudos, y después desde su coronilla hasta el final. Lo tenía más o menos seco, pero aún quedaba bastante para que dejara de estar húmedo. Una vez acabó, cambió el cepillo para el cabello de mano y volvió a mostrarle la mano, esperando a que le alcanzara el secador.

Un par de minutos después, Grimmjow tenía el cabello de Rangiku prácticamente seco. Detuvo el secador y se lo regresó al tiempo que dejaba el cepillo en el otro borde de la encimera. Se volvió a enderezar tras ella, mirándola a través del espejo.

—¿Todo bien? —preguntó mientras ponía las manos respectivamente en los brazos de Rangiku.

Rangiku asintió, un poco insegura.

—Vamos a desayunar entonces. Tu café se enfría —Acarició levemente su piel descubierta y se alejó para regresar al salón, donde había puesto una taza para cada uno, la cesta del pan y unos pequeños panqueques de avena y plátano que había hecho para ella, junto con un par de frascos de aderezos.

Grimmjow atravesó el pasillo y se dirigió hasta su chaqueta, sacando de uno de los bolsillos su teléfono móvil, con el que esperó pacientemente a Rangiku sentado en el sofá mientras ella se vestía.

Lo primero que leyó fueron un montón de notificaciones que ignoró deliberadamente, hasta que llegó a la de un mensaje de Shūhei. Tenía un par de mensajes de otras personas, sin embargo decidió ver qué era lo que su compañero quería. Rápidamente lo leyó, frunciendo el ceño cada vez más mientras avanzaba. Alguien había publicado el vídeo de Kurosaki y él peleándose en el gimnasio, y lo había nombrado Kurosaki versus un perro rabioso.

No era el sobrenombre más ofensivo que Grimmjow había oído o leído dirigido a su persona, ni el mejor título que se le pudo haber ocurrido, de hecho dejaba bastante que desear; lo menos que esperaba era que sonara gracioso, pero de todas formas lo hizo enfurecer. Los malditos idiotas no tenían absolutamente nada mejor que hacer que joderle las pelotas metiéndose donde no los llamaban. No era la primera vez que lo grababan peleándose, y Grimmjow sabía que no sería la última incluso si se enteraba de cuál de todos los imbéciles había querido ponerse la soga al cuello subiéndolo a internet. Al menos lo tranquilizaba el hecho de que siempre los había encontrado, y el nuevo temerario no sería la maldita excepción.

Sintió a Rangiku arrastrarse por el pasillo con el característico sonido de sus pantuflas de zorritos grises. La miró de reojo por sobre el teléfono, y ella de inmediato enarcó una ceja.

—¿Qué ocurrió?

—Nada nuevo —gruñó mientras bloqueaba el teléfono y se ponía de pie—. Te preparé unos panqueques.

Al instante la vio sonreír. Grimmjow sabía que adoraba los panqueques, y cada vez que podía se los preparaba.

Rangiku se dejó caer en una de las sillas, mirando con emoción el plato con al menos diez de ellos.

—¿No es demasiado?

—Creí que querrías comer en la tarde. Pretendía guardarlos en el microondas —respondió, sentándose a su lado mientras la miraba.

Ella suspiró.

—Quiero casarme contigo.

Grimmjow solo pudo sonreír. Nunca había escuchado una frase tan hilarante como esa.

—¿Ah sí?

—Sí.

—No. Yo creo que no —rió, acercándole el frasco de la mermelada y el manjar. Ella se decidió por la mermelada.

—¿Crees acaso que es una locura? Si dejas de tenerle alergia a tener novia, probablemente serías el novio perfecto. Considerado, alto, apuesto, buen cocinero y nivel diamante en la cama. Eres saludable, un gran deportista y un excelente amigo para una chica. Podría pedirte que me compres tampones y ahí irías tú, traerías la marca exacta y de paso traerías algo delicioso para comer. Ni una sola mujer en su sano juicio rechazaría eso —indicó mientras rellenaba un panqueque de mermelada.

Grimmjow la vio enrollarlo sin dejar de sonreír.

—Rangiku, creo que te caíste de la cama hoy.

—¿Y me golpeé la cabeza, dices? —Alzó las cejas, incrédula— Seguramente de bebé lo hice, pero no, no esta vez, cariño.

—Olvidas algo importante.

—Ah, claro. Que adoras pegarte con cualquier idiota que se te cruza —Se encogió de hombros—. Ve a un psicólogo, entonces.

Grimmjow borró su sonrisa.

—¿Disculpa?

—O a un programa de manejo de ira. Lo que es yo, no creo que seas una enorme bestia de ira, como casi todo el mundo dice. Solo tienes dificultades para enfrentar tus problemas y gestionar un par de cosas.

—No tengo malditos problemas —Se defendió.

Rangiku se detuvo, descansando los brazos a cada lado de su taza mientras en una mano sostenía el panqueque hecho.

—Todos los seres humanos tenemos nuestras mierdas, y no nos hacemos mejores por ignorarlas. Y alguien que se está pegando en la cara con alguien cada vez que puede, pues...

—Cierra la puta boca. No es como lo pintas.

Rangiku rodó los ojos, y decidió dejar el tema hasta ahí.

—Y gracias a eso le he salvado el culo a mucha gente. Y no es que quiera que me agradezcan, pero los malditos idiotas son unos maleducados.

—¿Sabes cuál es el primer y más importante signo de educación? —dijo entonces, después de masticar el primer trozo que había sacado al panqueque. Grimmjow simplemente la miró con desconfianza—. Diálogo.

—El puto diálogo pueden metérselo en el culo, tú y todo el mundo—gruñó—. Intentar dialogar no me ha servido una mierda diez de diez veces.

—Tal vez porque en ninguna oportunidad lo has usado... —Rangiku intentó aguantarse una carcajada burlesca, escondiéndose tras el rollo de mermelada.

—Rangiku —Frunció el ceño—, no quieres hacerme enfadar.

—No, no —Negó con la cabeza para enfatizarlo, sin dejar de sonreír—. Claro que no, señor modales. No te preocupes.

Grimmjow suspiró.

—Come.

—Sí señor... —canturreó.


Hacer las compras no era un tema extraño para él. Era una actividad que lo relajaba. Con Rangiku, sin embargo, Grimmjow era consciente de que podía resultar algo frustrante.

—Ya sabes que no me gusta el arroz.

Grimmjow rodó los ojos.

—Debes mantener una dieta equilibrada.

—¿Eres nutricionista o mecánico?

—Lo que sea necesario —gruñó. Se volteó y tomó un paquete del estante, mostrándolo—. Si me dices que no comes salmón, me encargaré personalmente de que mueras.

Rangiku apretó los labios.

—Soy alérgica, en realidad. A los mariscos en general. Así que sí, te estarías encargando bien de eso.

—Puta madre.

—Tampoco me gustan un carajo.

Grimmjow soltó el aire que contuvo por un segundo con brusquedad. Acomodó nuevamente sus manos en la manilla del carro y siguió avanzando, seguido por Rangiku al costado.

—Legumbres.

—¿Sabe alguien en el mundo hacer esas cosas?

—Rangiku, estás acabando con mi paciencia —masculló, deteniéndose abruptamente a mirarla.

Ella alzó las cejas, y justo después sonrió.

—Ouh, no te imaginas cuánto te extraño. Amaba tener un hombre cocinando en casa y no lo sabía, jamás lo aprecié.

—Y no volverás a apreciarlo.

—Qué malo —susurró, frunciendo los labios—. Eres tan malvado, Grimmjow-kun.

Él la maldijo al instante.

—No seas así, yo sé que me amas. ¿Me vas a decir que no me extrañas, Jow-jow?

Grimmjow decidió ignorarla y seguir con su camino, empujando el carro hasta la mitad del pasillo.

—¡No me dejes atrás, cariño! —sonrió.

Se detuvo abruptamente en el pasillo, consiguiendo que Rangiku se chocara con su espalda por ir mirando de reojo los estantes.

—¡Grimmjow! —se quejó.

Se alejó de su espalda y se movió al costado de Grimmjow, que seguía de pie. Sin pensarlo mucho, Rangiku miró al frente también, encontrándose con Orihime, que había volteado al escuchar el nombre. De inmediato sonrió, aunque le dedicó una mirada a Grimmjow antes de ir hacia ella.

La miraba como si fuera le peor pesadilla, o quizás algo demasiado bueno que no quería tocar. No estaba segura, aunque probablemente cualquiera de las dos opciones calzaba bien.

—¡Orihime! —sonrió de nuevo y caminó hasta ella. Llevaba un canasto con un par de cosas dentro colgando de su brazo.

—Rangiku-san —saludó, de inmediato vio a Grimmjow a su espalda, y un poco dudosa alzó la mano para saludarlo.

—¿Estás haciendo las compras de la semana? —preguntó, llegando donde ella, bajándole y rodeándole el brazo.

—U-uhm, sí. Algo así —asintió, tomando un par de paquetes de legumbres.

—Deberías aprender de ella —dijo Grimmjow, acercándose un poco.

Rangiku rodó los ojos y Orihime alternó la mirada entre ambos.

—Qué idiota... —murmuró—. Hime, eso se ve pesado. Deja que Grimmjow lo lleve en el carro.

Sin preguntar ni esperar una respuesta, Rangiku tomó el canasto de entre sus manos y lo dejó dentro del carro, bajo la atenta mirada de Grimmjow.

—Puedo llevarlo por mí misma —replicó segundos después, acercándose para inclinarse y tomarlo. Sin embargo cuando estaba estirando el brazo ella la detuvo.

—Y Grimmjow solo tiene que empujar el carro aburridamente. Déjalo —dijo.

—También tengo que soportar tus tonterías aburridamente.

—Sabes que nunca te aburres conmigo —Le guiñó un ojo.

Grimmjow hizo un ruido desinteresado con la garganta y miró a Orihime un segundo, que le devolvió la mirada después de lo que Rangiku había dicho.

De inmediato Rangiku carraspeó.

—Olvidé que tengo que llevar algo de carne a casa.

—Vamos.

—No —Rangiku detuvo el carro a penas lo movió un milímetro—. Ustedes sigan buscando las cosas de Orihime mientras, y un shampoo, acondicionador y unos paquetes de galletas para mí —Apuntó con una sonrisa.

—Podemos ir contigo —protestó Orihime.

—Ah sí, pero está del otro lado. Es más fácil y rápido si voy sola.

Grimmjow frunció el ceño. Ni siquiera estaba intentando esconder sus intenciones, y él no iba a pelear con ella en ese mismo momento por más que quisiera tomarla del cuello de la blusa y arrastrarla con ellos. Miró de reojo a Orihime, que seguía intentando darle motivos a Rangiku inútilmente para que fueran los tres juntos. Ella parecía rechazar mucho más la idea de que quedarse sola con él por al menos diez minutos, si es que había alguna fila en el lado de la carnicería. Suponía que estaba luchando por eso con uñas y dientes porque la última vez que se habían visto, había besado su mejilla. No era gran cosa, pero viniendo de una persona fácil de avergonzar, era algo que esperaba.

Grimmjow tampoco podía decir que estaba muy tranquilo con eso, incluso si era una tontería.

Había hecho cosas más atrevidas con una y varias chicas, pero Orihime había conseguido sorprenderlo aunque no lo había hecho al pie de la letra. Además, a pesar de todos los contras que conllevaban su personalidad y acciones, Grimmjow no podía dejar de verla como el ser más atractivo y apetecible del universo. Era un hombre desgraciadamente simple sobre eso, no era que se acostara con las personalidades de las chicas. Pero había decidido no acostarse con Orihime ni tampoco tocarla, principalmente porque iba a traerle más problemas al final del día y ya tenía varios; entre Kurosaki, Nelliel, seguir centrándose en estudiar, despertar en completa tranquilidad cada mañana y hacer todo lo posible por mantenerse alejado de las mosquitas muertas.

Entre otras cosas también estaba Aizen, y preocuparse de ayudar a Rangiku sin que se diera cuenta tan pronto, para que fuera la misma al final de todo; cuando superara al imbécil de Gin.

—Camina, cachorrito —masculló, empujando el carro para avanzar. Rangiku había conseguido escaparse de ella y ahora solo se le veía la espalda en el pasillo de más adelante—. No vas a conseguir nada con esa mujer.

—La conoces mucho, ¿no? —preguntó suavemente.

Grimmjow la sintió ponerse a su lado y llevarle el ritmo mientras se disponía a ir al pasillo de la mercadería de baño que estaba más cerca.

—No puedes simplemente ignorarla. Además, viví con ella poco más de un año. No es tan difícil de entender.

—Ah, ya veo...

—¿Por qué todavía piensas que somos más que amigos? —preguntó de pronto, tomándola por sorpresa. La miró de reojo mientras giraba en el pasillo, y vio perfectamente sus mejillas rojas que intentó inútilmente esconder. No sabía ser en absoluto sutil.

—Bueno...

—Está bien —Detuvo el carro abruptamente y se enderezó, mirándola directamente a los ojos—. Voy a hacer lo que odio hacer, pero es que odio más que sigas pensando esa tontería. Desde que lo mencionaste me ha provocado pesadillas, así que ya basta.

Orihime lo miró de vuelta, un poco cohibida y sin entender lo que quería decir.

—Solo somos amigos con Rangiku. Ella es increíble y me ha hecho enormes favores de los que voy a estar toda una vida agradecido, pero jamás la tocaría ni con un palo de la forma en que estás pensando —indicó—. Tú, maldita mosca muerta, eres una pervertida. Vas a dejar de pensar en ello, porque no puedes evitar abrir la boca y repetirlo y en serio no quiero más sueños desagradables.

—L-lo siento —Agachó levemente la cabeza, avergonzada.

—En vez de decir lo siento, hazme un favor y mueve el trasero —Suspiró—. ¿Qué te falta?

Orihime miró el canasto dentro del carro por un momento, pensativa, mientras Grimmjow comenzaba a caminar de nuevo lentamente.

—Ya sé —dijo de pronto, poniendo la mano en su brazo.

Grimmjow se tensó y volteó a verla de inmediato. Al segundo se arrepintió. Esa sonrisa enorme en su rostro no podía significar nada bueno para él.

—¿Qué te parece si te invito la cena? —preguntó. Cuando Grimmjow enarcó una ceja, ella reaccionó— Quiero decir, estaba pensando también en preguntarle a Shūhei-san y Rangiku-san también. Podríamos comer algo delicioso, como pulpo, o quizás solo una pizza casera...

—Rangiku es alérgica a los mariscos.

La expresión de Orihime decayó en un segundo.

—¿Pero es un sí? —preguntó— Me gustaría devolverte el favor. Ya sabes, cuando fui sin preguntar a tu departamento... no tenías que invitarme a comer. Y... para disculparme también.

—No, no tenía por qué —murmuró, inseguro sobre mencionar que lo había hecho porque se había sentido ligeramente obligado, e ignorando deliberadamente que quería disculparse.

Grimmjow la miró a los ojos, y por un fugaz segundo recordó el por qué de su reciente desorden mental. Sintió sus manos arder cuando se aferró inconscientemente con más fuerza a la barra del carro. Orihime le devolvía la mirada esperanzada, parecía que realmente deseaba que aceptara su invitación.

No iba a hacerlo, no era tan idiota.

Se mordió la lengua antes de responder.

—Bien —gruñó.

Orihime rió, feliz, y en vez de quitar por completo la mano de su brazo, la deslizó y lo entrelazó con el suyo.

—¿Qué te parece si compramos jamón, champiñones y piña?

—No vas a echarle piña a la maldita pizza —dijo decidido, removiendo sutil y lentamente el brazo en un intento por conseguir que lo soltara.

—Oh, está bien. ¿Y salmón?

Grimmjow detuvo sus intentos por reconquistar su brazo para mirarla como si tuviera una segunda cabeza

—¿En qué mundo vives?

Ella solo se encogió de hombros sin dejar de sonreír.

—Puedes ponerle lo que quieras a tu parte, solo... —exhaló fuertemente, moviendo el brazo solo una vez más antes de rendirse y comenzar a caminar otra vez, empujando el carro para ir al siguiente pasillo.

—Está bien —sonrió, entendiendo su punto.

Se mantuvieron en silencio mientras iban buscando lo que faltaba. Orihime lo había soltado finalmente, pero de vez en cuando regresaba la mano a su brazo.

—Uhm, hoy Kurosaki-kun... —Comenzó mientras parecía buscar un paquete de jamón en específico en el frigorífico— me preguntó algunas cosas.

Grimmjow la miró de reojo, un poco interesado.

—Ah, ¿en serio?

—Sí.

Apretó los labios levemente.

—¿Fue a tu casa?

Ella detuvo el dedo que buscaba incesantemente el paquete. De inmediato le pareció que se volvía más pequeña y se encorvó levemente, aunque intentó enderezar su espalda lo poco que se había movido.

—Solo por mensaje.

Grimmjow notó que parecía más resignada que decepcionada. Empezaba a pensar realmente que el trato que estaba recibiendo Orihime era tan interesante como cruel, para ser de parte de alguien como Kurosaki.

¿Acaso había perdido la cabeza? Grimmjow lo había oído quejarse muchas veces de su desconsideración y egoísmo con bastante sutileza, pero por algún motivo se estaba comportando de la misma forma con ella. Era algo que le parecía irónico, sobre todo porque él estaba descubriendo que era incapaz de no prestarle atención a Orihime aunque deseara dejarla atrás y no mirarla hasta su muerte.

Los papeles parecían haberse intercambiado, y mientras Kurosaki parecía sacar su peor lado con ella... él simplemente era un idiota.

—¿Qué quería saber?

—Preguntó desde cuándo éramos tan cercanos y... —Grinmjow notó que su voz demostraba muy bien lo nerviosa que se sentía hablando del tema. Por cómo había escogido sus palabras, suponía que Kurosaki había caído realmente en esa estúpida trampa.

—¿Y?

—P-prefiero no decirlo.

—¿Qué dijo? —insistió, extendiendo la mano hasta el brazo de Orihime para incitarla a voltear y mirarlo. Cuando le devolvió la mirada al instante la desvió a algún lugar interesante en el cuello de su chaqueta.

Observándola atentamente había notado que era débil contra la mirada de alguien con más seguridad que ella. Lo que significaba que constantemente podía empujarla a decirle todo lo que quería, y Orihime solo se resistiría por un momento al sentirse presionada. Luego lo soltaría todo, o al menos la mayoría.

—Fueron... fueron palabras muy feas. Preferiría no-.

—Sobre mí —asumió.

Le regresó la mirada solo para decirle silenciosamente que tenía razón.

—¿Te preguntó cómo te había convencido de que sería bueno pasar tiempo juntos? ¿O quizás si ya te había preguntado si querías acostarte conmigo?

Cuando Orihime volvió a mirarlo, diciendo sin querer que estaba en lo correcto una vez más, Grimmjow solo pudo sonreír. Le alegraba que finalmente Kurosaki no cambiaba del todo, al menos sabía qué esperar. Agradecía nunca haberle contado mucho sobre él más allá de lo básico y las dudas por cortesía y regla. Su cerveza favorita, si bebía tragos fuertes, si le gustaban los coches además de las motos, en dónde vivía, si conocía a Nelliel a fondo...

Pensándolo bien, quizás Kurosaki simplemente no era bueno captando el sarcasmo. Y cuando le había dicho que la conocía muy a fondo, seguramente el rostro rojo de Rukia mientras le comentaba algo al oído a su novio había tenido algo que ver en que finalmente se haya hecho la idea de que sí le agradaba la idiota de Nelliel.

Nunca lo había pensado, pero era posible que la comunicación entre los tres hubiera fallado estrepitosamente por eso.

—La próxima vez dile que sí. Tal vez así se digne a preguntármelo en la cara —dijo al ver que Orihime no estaba segura de cómo responder a eso sin dejar de avergonzarse por su significado o por la opinión que tenían de él.

—¿Estás seguro...? —preguntó.

—Claro que sí, amor —sonrió con molestia. Pensar en Kurosaki lee provocaban unas tremendas ganas de golpear algo.

Finalmente, Orihime tomó dos paquetes de los más baratos y los dejó en la cesta.


—Creo que va a tardar una hora entera —murmuró Orihime mientras veía a Rangiku subirse al coche.

—¿Te molesta?

—No. Creí que te molestaría a ti —murmuró—. Quiero decir, a la mayoría de chicos les molesta.

Grimmjow hizo una mueca.

—Si quiere tardar una hora decidiendo qué suéter va a usar, bien por ella. De todas formas no será la que cocine.

—E-es cierto —dijo, mirando sus manos un segundo.

Grimmjow la miró de reojo, justo después de ver que Rangiku encendía las luces del coche. En ese momento, una brisa helada recorrió la calle y la hizo estremecerse.

—Vamos, está bajando más la temperatura —dijo con un leve movimiento de cabeza cuando ella le dirigió la mirada—. ¿Llevas todo en tu bolso?

—Está el jamón, los champiñones, la salsa, el queso... —enumeró en voz baja mientras Grimmjow echaba un vistazo en busca de una parada de autobús. El rostro de Orihime se iluminó y asintió—. Creo tener todo.

—Bien, si necesitas algo luego solo dilo. Puedo ir en mi motocicleta —mencionó.

Orihime frunció el ceño y lo miró con curiosidad.

—¿Pero no la llevas contigo, no?

—No, amor. Si no, ya estaríamos de camino a casa. Le diré a Shūhei que la traiga. Iba a estar en mi casa a las dos de la tarde para estudiar —respondió, no tan gruñón como ella esperaba. Inevitablemente se sintió incómoda, era extraño no obtener casi ningún indicio de comodidad, molestia, inquietud o frustración. La perturbaba, no sabía que decir o hacer—. Vamos antes de que te congeles. El autobús no debe tardar.

La invitó a moverse, esperando su reacción sin dejar de mirarla. Orihime no pudo no mirarlo a los ojos un segundo, pero de inmediato se obligó a quitarle la mirada y moverse, considerando que era la segunda vez que le pedía que se fueran.

—Está bien —murmuró y se puso a su lado para caminar por la vereda, hasta que tuvieran que cruzar la calle.

Grimmjow llevaba la mayor parte de las cosas en una mano, mientras que ella llevaba una sola bolsa. Ambos siguieron en silencio, mientras Grimmjow miraba de vez en cuando más allá de la calle para ver si se acercaba el autobús.

—¿Shūhei-san está solo en tu casa? —Lo miró, aprovechando su distracción.

Él la miró directamente, ocasionando que ella desviara la mirada un poco, justo entre sus cejas.

—Sí, no tiene buena señal de internet en la suya.

—De verdad son grandes amigos —sonrió.

—Solo era porque nos soportábamos en un inicio, creo. Pero sí, supongo que ya somos amigos, aunque lo haces sonar extraño.

—¿De qué forma?

—Ya sabes. Como... son mejores amigos por siempre —agudizó la voz y justo al acabar de decirlo, sonrió cuando vio el ceño fruncido de Orihime.

Además de fruncir las cejas, ella frunció levemente los labios al hablar.

—Qué tonto eres... —susurró, girando la cabeza lejos de Grimmjow.

—¿Eso crees? —enarcó una ceja, sabiendo que no pretendía que lo oyera. Sin embargo, estaba justo a su costado, era casi imposible no hacerlo, además de que tenía buen oído— Que decepción, creí que era más que un tonto. Quiero decir, conseguí que me besaras, aunque no bajo las condiciones que-.

Orihime se elevó con las puntas de sus pies y le cubrió la boca con la mano. Grimmjow vio que sus mejillas estaban rojas por más que simplemente el frío, y no pudo evitar sonreír tras la suave y pequeña mano de ella

Alzó su mano para apartar un poco la de Orihime y se inclinó un poco hacia ella.

—Si quieres callarme, vas a tener que comerme la lengua.

—C-claro que no —dijo finalmente, deslizando su muñeca de la mano de Grimmjow. No la estaba tomando realmente fuerte ni sosteniendo con firmeza, así que a penas hizo el movimiento, él la dejó ir sin problemas.

—Entonces nunca lo conseguirás.

Orihime apartó la mirada, haciendo imposible que pudiera ver su rostro desde su posición. Aunque podía ver parte de su nariz y mejilla. Tras mantener la mirada en ella por unos segundos, Grimmjow volteó para asegurarse de que no se acercaran coches por ningún lado.

—Vamos —dijo, regresando su atención a ella.

Pero Orihime no se movió ni dijo nada, por lo que sin dudar ni un segundo la tomó por la muñeca y la arrastró.

—G-Grimmjow...

—No te esperaré toda la noche, amor —dijo sin detenerse.

En cuanto estuvieron del otro lado, la soltó y caminó hasta la parada de autobuses. Orihime apretó los labios y la bolsa entre sus manos, y se acercó lentamente hasta volver a estar junto a él.

Durante unos segundos, lo único que se escuchaba eran los sonidos de los coches.

—Lo siento —dijo finalmente.

Grimmjow volteó a verla.

—¿Por qué crees que necesitas disculparte?

—Has estado con muchas chicas, ¿cierto?

Lo seguía desconcertando su forma de ser tan directa a veces, cuando menos lo esperaba. Al principio esperaba que dudara ante cada cosa, pero podía asegurar que era mucho más divertido así. Era hasta emocionante no saber qué era lo que diría a continuación cuando sus ojos brillaban con determinación y se formaba una pequeña arruga en su entrecejo.

—Cierto.

—Me imagino que la mayoría son chicas que piden lo que quieren sin vergüenza ni remordimientos.

—Por no decir todas —respondió.

Orihime se mordió el labio con nerviosismo.

—¿Crees que si fuera como ellas, tendría lo que quisiera? —preguntó, ya no tan segura como antes.

Suponía que se había percatado de lo ridícula que sonaba diciendo eso.

Grimmjow simplemente la miró, mientras que ella era incapaz de mirarlo de vuelta. La vio intentar esconderse en su bufanda, pero no le sirvió de mucho.

—Si te refieres a Kurosaki... No. No lo creo. Solo los dioses saben lo que pasa por la cabeza de ese idiota.

Orihime lo miró de reojo por un momento. Cuando se topó con él, regresó su vista al suelo intentando pretender que estaba todo calculado.

—¿Y si es cualquiera?

Grimmjow pensó en su pregunta. Si fuera otra chica, pensaría que se refería a él. Pero todo eso lo hacía pensar en que el autoestima de Orihime se había visto afectada con el rechazo silencioso y muy notorio de Kurosaki, por lo que sería natural para una mujer joven pensar que, si el chico que le gustaba no la quería, tal vez el error era de ella. Le parecía un pensamiento muy estúpido, pero se imaginaba que algo así podría pasar por la mente de cualquier chica inexperta, o sin la guía necesaria de una madre. Orihime poseía ambas características.

—En este punto supongo que sabes que suavizar las cosas no entra en mis habilidades, así que si me lo preguntas a mí, imagino que no esperas un consejo cursi —murmuró, metiendo las manos a los bolsillos fe su chaqueta—. Tu personalidad es un problema, más para ti que para los demás. Eso porque hay hombres increíblemente egoístas, que creen que pueden llevarse a una chica a un lugar alejado sin pedirle permiso, y tu personalidad los incita a pasar por encima de tus deseos. Si fueras una chica más segura, más directa y capaz de defenderte como sea, habrían menos probabilidades de que eso pase, pero pasaría igualmente, porque seguirías siendo una chica, y además increíblemente atractiva. Si fueras como esas chicas, aún no podrías tener todo lo que quieres. No podrías evitar toparte con tipos así. No podrías tener a Kurosaki, y tampoco a algún hombre que no le gusten las mujeres directas. La cosa es que tampoco podrías ser como aquellas mujeres nunca, porque el carácter se forma con experiencias, y no siempre es lindo pasar por ellas.

Grimmjow movió sus pies, hasta que estuvo frente a Orihime.

—De alguna forma te criaste en una burbuja. Lo cual es de admirar, considerando que lo hiciste sola, ¿verdad?

Algo aturdida, asintió.

—No seas estúpida —dijo. Ella lo miró sin comprender la naturaleza del insulto—. No necesitas a ningún idiota, menos a Kurosaki. Ya pasaste la parte más difícil de la vida sola. Si quieres tener todo lo que quieres, debes luchar por eso, pero también tienes que saber que hay batallas ya perdidas. Cuando eso pasa, solo puedes hacer se arrepientan. ¿Entiendes?

—E-entiendo.

—Entonces, ¿cuál es la moraleja de hoy? —preguntó.

Ella lo miró atentamente, pensando en la respuesta.

—¿H-hacer que se arrepienta?

—¿No querías ser una mujer más segura?

—D-debo trabajar para conseguir lo que quiero y hacer que se arrepienta —Repitió con más seguridad.

Grimmjow asintió.

—Y si se preocupa por ti cuando besas a otra persona, no merece ni siquiera que lo mires —agregó.

Orihime guardó silencio, viendo el destello de resentimiento en los ojos de Grimmjow, que volteó la mirada hacia la calle cuando se escuchó el ruido del autobús acercándose.

Él volvió a mirarla.

—Que desee nunca haberte menospreciado, cachorrito.

El autobús se detuvo y Grimmjow se movió a un costado para dejarla subir primero. En cuanto Orihime pudo reaccionar, se acercó y subió los peldaños, siendo seguida inmediatamente por Grimmjow.

Mientras se sentaba en el primer asiento que pudo reconocer, no podía dejar de pensar en la intensidad con la que la mirada de Grimmjow la había atravesado. Inmediatamente se sonrojó, avergonzada por haber sentido mariposas en el abdomen aún cuando él se había tomado más que en serio la tarea de responderle.