Advertencias: Las groserías de siempre con Grimmjow, y todo lo de siempre también.
¡Había estado estancada con este capítulo! Pero al final lo saqué a flote, aprovechando las vacaciones de la universidad. Espero que aún haya alguien aquí, y que lo disfruten.
Namasté
El sexo hacía que las personas dijeran cosas que, normalmente, no dirían. La gente podía decir muchas cosas estúpidas, incluso declarar amor o confesar sus más resguardados deseos. Aunque a veces era mejor no confiar en lo que se decía estando con la cabeza nublada por el placer.
Orihime no le había declarado su amor, pero había gritado que deseaba que fuera el único que estuviera dentro de ella en ese momento. Si hubiera venido de cualquier otra mujer, si hubiera visto lo mismo que vio en Orihime cuando volteó, Grimmjow habría hecho que llegara a su orgasmo y se hubiera deshecho más que rápido de ella, porque le incomodaba el solo hecho de pensar en que quizás tenía mala suerte ese día, y la chica en cuestión no iba a irse por las buenas.
De cualquier forma, Orihime no le estaba declarando nada al decir eso, simplemente su cabeza estaba nublada por la cantidad obscena de sensaciones, no era una desconocida, y él había insistido directamente en que lo hiciera y ahora se veía muy avergonzada.
—Cachorrito, no hay nada de malo con eso.
—Y-yo no diría esas cosas como si fueran... Como si...
—Entiendo —respondió cuando se dio cuenta de que no iba a llegar a ningún lado—. No eres la única a la que le ha pasado. En cualquier caso es lo que yo quería, y eso es lo que quieres, ¿no? Por eso nos hemos acostado dos veces ya. Dijiste que querías tomar lo que querías.
Orihime lo miró, dejando un pequeño hueco por sobre la manta para encontrarlo. Grimmjow le regresaba la mirada con infinita atención.
No habían sido sus palabras exactas, pero sí. Eso era todo el asunto. Quería hacer las cosas que deseaba y pensaba. Había pensado en que deseaba eso más que nada en ese minuto, cuando Grimmjow preguntó. Y lo había gritado. Pero una vez pasó la niebla que escondía sus inhibiciones, Orihime había regresado a avergonzarse como nunca antes.
Después de que Grimmjow la ayudó a limpiar lo que de por si había ensuciado, Orihime no había encontrado nada mejor que buscar esconderse en algún lado. Cuando él se dio cuenta intentó detenerla un par de veces con una leve y malvada sonrisa, y de algún modo habían jugado una especie de las traes por el pasillo hasta que Orihime se cubrió con las mantas de su cama como una niña.
Estaba por regresar la tela que la cubría hasta su coronilla cuando Grimmjow se adelantó y tiró con fuerza, hasta dejarla a la deriva sobre su cama.
—¡Grimmjow! —exclamó, el reclamo volviendo su voz más aguda.
Él sonrió. En lugar de decir alguna pesadez, podía hacerlo más divertido.
—Eso es, amor. Deberías estar orgullosa —dijo—. Ya puedes gritar el nombre de tu amante a todo el edificio. Al menos el recepcionista ya no se quedará mirando como un idiota cuando vengas a visitarme.
Orihime enrojeció, quitándole las mantas de la mano para regresar a su zona de confort. Sin embargo, Grimmjow lo impidió y en un ágil movimiento ya estaba sobre ella en la cama, tomando sus muñecas por sobre su cabeza.
—Aún no me respondes si te gusta cómo te lo hago.
Ella apretó los labios, cerrando los ojos un momento para, aparentemente, tranquilizarse. De todas formas, sus intentos se frustraron al mismo segundo en que su mirada chocó con la suya. Grimmjow se acomodó entre sus piernas, rozando sus muslos desnudos con los de ella.
—¿P-por qué necesitas saber eso? —musitó, nerviosa.
—No lo necesito —respondió con simpleza, ocasionando que frunciera levemente el ceño—. Deseo que me lo digas. Ahora.
—Es... Vergonzoso —Se mordió el labio, notando que Grimmjow se acercaba un poco a su rostro.
Sin decir nada, solo dedicándole una penetrante mirada, Grimmjow consiguió que Orihime acabara cediendo.
—Y-yo-uhm, bueno... No tengo ninguna referencia además de... Esto —dijo, sintiendo que se ahogaba al obligarse a decir las palabras—. P-pero... Me... Me gusta. M-mucho —susurró.
Sin darle ni un respiro, Grimmjow siguió la conversación.
—¿Qué te gusta?
Orihime inhaló profundo. Grimmjow no iba a permitir que se detuviera, imaginaba. Incluso ella reconocía que había sido todo un paso reconocer eso en voz alta.
—Me gusta... Uhm-yo —Se removió ligeramente bajo el cuerpo de él— Cada vez que lo hemos... Hecho —musitó—... Me miras como si —Se mordió el labio.
—¿Como si...? —insistió.
—C-como si fuera... Una mujer.
Grimmjow enarcó una ceja mientras observaba con cuidado su expresión.
—¿No lo eres? Ha sido todo puesto a prueba bajo el método empírico. Lo he visto en primer plano, lo he tocado y-.
A cada palabra que decía, Orihime parecía aún más una bomba de tiempo por explotar. Podía incluso imaginarse los números en rojo pasando. Se detuvo.
—¿Vas a explicarme esa estupidez que dijiste?
—N-no lo sé...
—Sí lo sabes.
—Es solo que... Cada vez que me —Hizo el intento de regresarle la mirada directamente— miras... Siento que r-realmente me deseas.
Grimmjow decidió soltarle las muñecas, y de inmediato las llevó cerca de su pecho, algo confundida. Él puso la palma de su mano junto a su rostro y la otra la deslizó hasta su cintura.
—Eso es t-todo —Tragó en seco al sentir su tacto en su piel— lo que quería. Saber que alguien podía hacerlo —dijo con un poco más de firmeza.
—Sabes que muchas personas te desean, ¿no? No eres una tonta para no darte cuenta —dijo.
Orihime simplemente rio nerviosamente.
—P-pero... Me hacen sentir...
—Incómoda —completó, viendo que ella asentía.
Grimmjow se quedó mirándola un rato al mismo tiempo en el que pensaba sobre ello.
—Así que te hago sentir como una mujer. No como una niña —Dedujo, pensando en el trato que recibía de sus amigos.
Orihime sacudió la cabeza positivamente.
—La buena noticia es... —Comenzó al mismo tiempo en que movía la mano en su cintura por su abdomen, subiendo, y luego hacia su espalda. El sostén deportivo tenía un broche como uno común, que ayudaba a asegurar en su totalidad el elástico contra su cuerpo. Sintió las piernas de Orihime presionar un poco las suyas cuando soltó los pequeños ganchos— Amor, que voy a hacerte sentir como la impresionante mujer que eres hasta que te aburras de mí y te conviertas en lo que tanto deseas. Y entonces... Vas a conseguir todo lo que quieras.
Antes de que él bajara hasta su pecho, Orihime se preguntó si sería siquiera posible aburrirse de Grimmjow y si realmente podría conseguirlo. Ella no tenía experiencia en una relación, mucho menos en una que se tratara de sexo. Y cuando estaba en el instituto eso estaba lejos de ser lo que quería cuando pensaba en tener pareja. Pero en ese entonces aún no caía en cuenta de lo enjaulada que estaba, y tampoco conocía a Grimmjow.
Una vez más, Grimmjow golpeó la puerta con el tapete a medio borrar frente a ella. Había hecho un espacio ese día en la tarde para poder hacer lo que Shūhei había sugerido. Después de todo, tratar con Rangiku podía ser considerado algo de alta prioridad y cuidado.
Grimmjow sabía mejor que nadie cómo actuaba, cómo se desenvolvía y lo que los recuerdos hacían en ella. La afectaban de una forma en que su dolor podía ser equiparado a cortarse cada maldita extremidad sin cauterización alguna. Eso la convertía en una mujer esquiva en extremo, aumentaba su hábito alcohólico y la degradaba hasta convertirse en menos que su sombra.
Sabía que tenía muchos problemas, pero existía uno que había terminado por empeorarlo todo. El maldito Gin, por supuesto, al que hubiera deseado partirle la cara esa última vez en Las Noches y cada día de su vida por simple deporte.
Cada vez que pensó en tener una relación estable durante el tiempo que vivió con ella —a pesar del asunto de Nelliel—, miraba a su costado recordando cuando Rangiku era menos que un estropajo envuelto en lágrimas y deshaciéndose en sus brazos por un estúpido amor que, él bien sabía, no le convenía.
Había cosas muy distintas en tenerlo a él de amigo, trabajando en Las Noches, a tener una pareja. Grimmjow veía todos los días a Gin hacer cosas cuestionables sin inmutarse.
Esperó un minuto.
Entonces rebuscó en su chaqueta y escogió la llave de Rangiku.
En cuanto abrió y notó las cortinas cerradas cuando aún eran las cinco de la tarde y quedaba sol fuera, se maldijo una y mil veces por ser tan estúpido. Su único consuelo era que, de hecho, Rangiku no quería ser encontrada, así que cuando la había llamado había sonado como si todo marchara a la perfección. Pero eso no hacía su falta menos grave, por más que lo deseara.
Cerró la puerta con cuidado tras su espalda, y dio un vistazo rápido a la sala. El aire estaba pesado, con un horrible olor a departamento encerrado por días. Lo primero que hizo fue caminar hasta la ventana de la sala y abrir la ventana y las cortinas. Se quitó la chaqueta y la tiró sobre el sofá cuando iba de vuelta, y luego se adentró en el breve pasillo que daba a la puerta del baño. Frente a esta, estaba a su vez la habitación de Rangiku.
Normalmente era piadoso.
Ese día, ya fuera por sus propios errores por no darse cuenta de lo lejos que estaba Rangiku de él, o porque ver un lugar tan depresivo lo ponía de malas; no iba a serlo.
Sobre todo, porque estaba seguro de que no valdría para nada.
Cuando antes golpeaba la puerta con precaución, ahora simplemente la abrió haciendo todo el ruido posible. Dentro se encontró a Rangiku tirada en la cama, solo iluminada por la escasa luz que venía de la sala que entraba por la puerta. A su costado, en el mueble, había tres botellas de alcohol y en el suelo del lado izquierdo, había un vaso en pedazos que apenas brillaban por el reflejo.
Si no estaba muerta ya, él iba a encargarse de que lo estuviera.
Caminó hasta el costado de la cama, escaneando la superficie de esta, encontrándose un envoltorio café, una caja con el timbre de recibido y envolviendo con sus dedos, un pedazo de papel. Había otro par de cosas más. Una chapa, un vaso de chupitos con detalles en blanco y negro y una pulsera de cuero oscura.
Grimmjow no recordaba haber visto esas cosas antes, y aunque una parte de él lo hiciera, era incapaz de hacer memoria porque el fastidio le nubló el juicio. De un movimiento, tomó a Rangiku del brazo y la alzó en su hombro como un simple saco de papas, agarrando la hoja para soltarla en la cama descuidadamente.
Ella no se movió en ningún momento mientras cruzaba de la habitación al baño.
Encendió las luces y rápidamente la dejó con cuidado de que no se golpeara en la tina. Tomó la regadera y antes de abrir el agua helada notó que llevaba una de sus poleras viejas que había dejado cuando se mudó. Sin demorar más, abrió la llave y la roció desde el cuello hasta los pies, recibiendo una reacción inmediata.
Rangiku respiró profunda y sonoramente mientras se enderezaba en la tina del solo impulso.
—¡Ahhh! —gritó, agarrándose de lo primero que su mano encontró para no irse hacia atrás: el antebrazo de Grimmjow.
—Bienvenida de vuelta —gruñó, tirándole agua al rostro, ocasionando que frunciera el ceño y escupiera el agua que le entró a la boca.
—¿Siempre tienes que ser tan extravagante? —Cuando se recuperó lo suficiente para hablar, su voz salió arrastrada, como quien hablaba con tedio y dos botellas de alcohol en el sistema. Hubiera sido mucho peor si despertaba sin agua que la hiciera reaccionar.
—No nos metamos en tu materia, ¿quieres? —Grimmjow se movió para cerrar la llave y se estiró para colgar la regadera.
Regresó a hincarse y se apoyó en el borde de la tina, mirando a Rangiku que había descansado la espalda en la superficie de loza y se cubría los ojos con una mano de la forma más diva que Grimmjow había visto nunca para una borracha.
Ella suspiró, con mucho frío, pero aún demasiado aletargada como para moverse y salir. Grimmjow guardó silencio mientras la observaba, sin expresión alguna en el rostro.
—Aggh —soltó, quitando la mano que mantenía sus ojos en la oscuridad. Cuando le dio la luz del baño tuvo una leve reacción de desagrado.
—¿Qué era lo que tenías?
—¿De qué demonios hablas? —preguntó ella, como si le hubiera preguntado algo que la ofendía.
Grimmjow se puso de pie, ofreciéndole la mano para ayudarla. Ella la aceptó enseguida, poniéndose de pie dentro de la tina y estilando el agua de su cuerpo. Tenía el cabello suelto, enredado y húmedo en las puntas.
—La caja que tenías. Fue la que el guardia me dio para ti —dijo frunciendo levemente el ceño—. ¿Qué demonios es?
Rangiku lo miró por un segundo con culpa, pero de inmediato desvió la mirada y cuando volvió a fijarla en él, chasqueó la lengua.
—No sé de qué estás hablando, me puse a beber y recordé que no la había abierto. Son unas cosas que me envió mi amiga del orfanato.
—Así que del orfanato —susurró sin creerle en absoluto—. Mírame —Indicó su rostro—. ¿Tengo cara de estúpido?
Rangiku rodó los ojos.
—Claro que no. Eres muy guapo e inteligente, ¿cuántas veces tengo que decírtelo? —Desvió el tema—. Eres un hombre muy fuerte también, me trajiste hasta la ducha aun cuando peso ochenta y seis kilos. Hablando de hombres fuertes... ¡Tu cita con Orihime! —Dijo como si hubiera recordado un dato de suma importancia. Grimmjow ya comenzaba a impacientarse— ¿Te dije? Ambos me llamaron para pedirme consejo —Comenzó a reír escandalosamente—. Quiero decir, me halagan, y fue muy tierno. Orihime se negó a decirme que iba a salir contigo, aún no le he mencionado que lo sé, no hablo con ella desde-.
—¡Rangiku! —masculló, con el ceño tan fruncido que hizo a su amiga silbar.
—Alguien se levantó con el pie izquierdo. ¿No has tenido acción, muchacho? Más te vale, porque a Orihime no me la tocas hasta-.
Él la tomó de la nuca y con la otra mano cubrió la parte inferior de su rostro.
—¡Maldita sea, cierra la boca!
Rangiku alzó las cejas, ligeramente sorprendida.
—Deja de cambiar el puto tema, no estoy jugando, Rangiku. Intenta hacerlo una vez más y vas a arrepentirte. No voy a decirte nada de lo que sucedió si no cooperas —La chantajeó.
Ella lo miró, esta vez muy ofendida.
—¿Entendido?
Rangiku hizo un gruñido salvaje bajo su mano y asintió, llevando sus manos a la de Grimmjow para apartarla. Pero antes de que lo hiciera él la soltó y deslizó los brazos por debajo de su trasero, rodeándola para elevarla y sacarla de la tina. Dobló las rodillas un poco para dejar que sus pies tocaran el suelo, justo donde estaba la alfombra.
Mientras ella lo miraba, Grimmjow tomó una toalla de uno de los muebles y la rodeó con la tela.
—La cabeza me está matando.
—Tómalo como tu karma, mujer.
—No creo en el karma. Necesito una píldora —contestó.
Grimmjow asintió.
—No la tendrás —aseguró.
—Eres malvado, Grimmy —dijo con voz melosa.
Él la ignoró para darse la vuelta y salir del baño. Mientras Rangiku veía su espalda alejarse hasta el umbral de su habitación y desaparecer un momento, se acomodó la toalla, acurrucándose un poco contra ella. Pronto Grimmjow regresó con ropa suya y la dejó caer en la tapa del inodoro.
—Prefiero hacerlo en mi habitación —mencionó.
—¿Sí? —preguntó— No me importa. Voy a arreglar tu desastre. Por si no lo recuerdas en algún punto tiraste un vaso contra la pared, así que- —Rangiku abrió la boca para protestar—. Intenta discutir y voy a patear tu trasero hasta el cansancio.
Rangiku frunció el ceño.
—Sabes que soy vanilla.
Una vez más Grimmjow la ignoró y, sin más, salió y cerró la puerta, dejándola sola para que se cambiara.
Se quedó fuera de la puerta, esperando, hasta que escuchó que Rangiku comenzaba a maldecirlo. A sus atropelladas palabras las acompañó el sonido amortiguado de la toalla moviéndose bruscamente. Grimmjow finalmente se alejó para arreglar la habitación.
Tras unos minutos había dejado el suelo impecable, quitando todos los rastros de vidrio que podría haber, incluso los que volaron hasta el espacio bajo la cama y la mesa de noche. Recogió las botellas, cerrándolas apropiadamente, y las guardó en un estante en la cocina.
Después recogió todo lo que había en la cama, juntándolo en la caja. Cuando tomó el papel doblado, Grimmjow se quedó observándolo un momento, como si pudiera leer a través de él. Finalmente soltó un bufido y lo metió para cerrar el paquete y dejarlo en el escritorio, junto al portátil.
Había estirado la cama y se encontraba repasando la habitación cuando Rangiku entró. Se volteó a mirarla, notando que llevaba la polera azul holgada y los pantalones cortos que solía llevar en la comodidad de su departamento y que le había dado. También se había amarrado el cabello en un moño bajo.
—Me imagino que no has comido.
—Comí legumbres —se burló.
Grimmjow simplemente entrecerró los ojos con profundo hastío.
—Siéntate.
Rangiku inhaló con fuerza, acercándose y dejándose caer en la parte inferior de la cama, cerca de él. Grimmjow se movió menos de un metro para quedar frente a ella, con los brazos cruzados y la mirada examinando con meticulosidad su expresión.
Era una gran actriz.
Para los estúpidos.
—¿Quién envió la caja?
—¿Por qué importa? —masculló, molesta.
—Porque te comportas como una idiota depresiva, otra vez. Hay una sola cosa que lleva toda tu mierda al límite y te hace comportarte así —dijo, cruel e implacable. Se inclinó levemente, acercándose a su rostro—. Ambos sabemos que es Gin, así que deja de escupirme en la puta cara y dime qué demonios ocurre.
Rangiku desvió la mirada, sin dejar de comportarse como si le estuviera dando una cátedra de buen comportamiento.
Grimmjow no consideraba que tuviese amigos en realidad, no acostumbraba a catalogar a nadie con ninguna etiqueta. Ni amigos, ni familia, ni pareja. Podía parecer una práctica que aplicaba para someterse a un auto aislamiento con el propósito de evitar problemas —para evitar que lo jodieran. Y en parte es lo que era.
Problemas de los que no escapaba muy bien pues eso era justo lo que tenía frente a él, y eso era justamente a lo que se había sometido en múltiples oportunidades cuando, a pesar de no catalogar a Rangiku como su familia, acudía a ella para sacarla de toda la mierda y evitar que los destruyera a ambos. Grimmjow solo necesitaba a una persona para sobrevivir sin convertirse en un auténtico hijo de puta sin corazón. Esa era Rangiku. Que a su vez era el mejor ejemplo de que el amor era una estupidez que solo te destruía hasta transformarte en un recipiente vacío.
Rangiku desvió la mirada y se encogió de hombros.
—Rangiku —gruñó, llevando una mano a su barbilla y tomándola para que le permitiera ver sus ojos—. Esto se te está saliendo de las manos. Deja de comportarte como una adolescente estúpida y olvídate de una buena vez de la existencia de ese maldito intento de ser humano.
Ella frunció el ceño, tirando de su rostro y llevando una mano a su muñeca para apartarlo.
Grimmjow la observó.
Aún tenía la disposición de defenderlos a ambos, lo que lo hacía pensar una vez más en que eso se tornaba insano.
Dos años. Los mismos que vivió con ella. Todo ese tiempo estuvo enamorada de ese imbécil, y Grimmjow apostaría que en ese entonces ya llevaba más años así. De hecho, por eso fue que la conoció. Ella estaba en Las Noches, Grimmjow la había estado mirando con curiosidad beber en la barra mientras hacía su trabajo cerca de la puerta. De vez en cuando Gin se acercaba y le sonreía, y cuando se iba, ella se quedaba pegada con los ojos por el lugar donde había desaparecido.
Rangiku había estado la mayor parte de las noches ahí, bebiendo, cumpliendo el mismo bucle, sin recibir nada más que breves y poco confidentes sonrisas de parte de Gin.
Por eso Grimmjow estaba empeñado en que eso era más como una obsesión, siendo que Gin no le daba ninguna señal, hasta donde sabía. Además de que era terriblemente dañino para su estado emocional.
Ambos se miraron fijamente, hasta que Rangiku se cansó y suspiró.
—Dios sabe que lo he intentado...
—Tendrás que intentarlo con más fuerza.
Ella frunció el ceño.
—¿Eres estúpido? No puedes hacerlo así como así, toma tiempo.
—¿Más de dos años?
—Bien —Rodó los ojos—. Tú ganas.
—No me interesa ganar —respondió con enfado—. Quiero que te olvides de Gin. Y vas a hacerlo por las buenas o por las malas.
Rangiku lo miró, profundamente ofendida por la forma en que lo había dicho. Aun así, aunque lo que menos deseara era olvidarse de Gin, ella sabía lo malo que su enamoramiento era para su vida. La mantenía en números negativos, y si era sincera, eso la molestaba.
—¿Tienes alguna idea de cómo hacerlo?
—Lo tienes fácil, solo tienes que verlo por lo que realmente es —dijo con tono burlón.
—Ugh.
Rangiku hizo una mueca antes de ponerse de pie, dispuesta a dejar la habitación.
Orihime miró el reloj. Llevaba diez minutos sonando muy notoriamente, tras tomarse la pastilla del día después que Grimmjow le había llevado muy temprano, antes de ir a la Universidad. Ella simplemente la había tomado, agradecida, y dejado en la mesa prometiendo ingerirla en cuanto regresara a casa.
Había algo extraño en su pecho, al tomarla se había sentido demasiado consciente de las consecuencias que realmente podría tener por lo que estaba haciendo. Había sido irresponsable, y aunque le había llevado la pastilla —que por cierto ella había olvidado por completo—, Grimmjow también.
Aun así, prometió que no volvería a ocurrir.
Soltó un suspiro, sentándose en el sofá con cuidado y mirando sus propias manos, mientras movía los dedos ansiosamente.
Entonces miró a la esquina, a ese lugar en donde antes había estado el antiguo televisor de Sora que ella se había visto obligada a vender. Ahora solo estaba el vacío, incluso porque ya no lo usaba para esconderse en sí misma, lamentarse y preguntarse qué era lo que no tenía tras la caja del aparato; qué era lo que debía hacer para dejar de sentirse como una carga.
Recordó a Rangiku, quién la encontró uno de esos tantos días. Por más que Orihime hubiera sentido la necesidad de ponerse de pie y sonreír, eso solo consiguió empeorarlo todo, y en lugar de abrirle le gritó que usara la llave de repuesto bajo el macetero.
Entonces Rangiku la consoló y la ayudó a salir de su rincón, ayudándola emocionalmente mucho más de lo que podría imaginar.
El hecho de saber que Grimmjow estaba con Rangiku solo la estaba matando, porque mientras él veía cómo estaba, ella solo podía quedarse sentada, esperando que lo resolviera solo. Había dicho que lo había hecho un montón de veces, lo que significaba que Rangiku la había ayudado aún cuando luchaba con sus propios problemas.
Sintió remordimiento, pero sabía que si Rangiku no había querido mostrarse de esa forma ante ella, no había sido porque no confiara.
Se mordió el labio, pensativa, de pronto comenzando a fruncir un poco el ceño.
Quería ayudarla.
Rangiku la había ayudado, ella también quería hacerlo. No tan solo como una forma de agradecerle, también para tener la certeza de que iba a estar bien.
Rápidamente tomó sus cosas, las metió dentro de una pequeña cartera y salió de casa, esperando encontrar locomoción en cuanto saliera a la calle principal.
Llegó en quince minutos. El recorrido del autobús pasaba por la calle perpendicular a la del edificio de Rangiku, así que solo debía caminar un poco hasta el portón.
—Señorita —El guardia la saludó de inmediato, estaba en el pequeño jardín delantero, regando las plantas. Rápidamente dejó los implementos en el suelo y se dirigió a la puerta para quitar el seguro.
Orihime le agradeció y prometió anotar su nombre en la plantilla de ingreso como cada una de las veces anteriores. Llegó al piso correspondiente y tocó la puerta, moviendo una vez más sus dedos, mientras mantenía la correa de la cartera entre ellos.
Soltó un suspiro y pronto la puerta se abrió.
Grimmjow la miró del otro lado, achicando los ojos.
—Hola —Lo saludó, alzando la mano un momento.
—Hola —Respondió.
A pesar de que parecía querer preguntar o decir algo, se apartó para dejarla pasar. Justo después cerró la puerta a su espalda, siguiéndola con la mirada y a su ritmo cuando se apresuró hacia Rangiku y la abrazó sin esperar a que se pusiera de pie.
—Orihime.
Rangiku suspiró, poniéndose de pie sin apartar los brazos de la chica y le regresó el abrazo con afecto.
—Lo siento mucho, Rangiku-san —sollozó, mordiéndose el labio contra el hombro de ella.
Suspiró, poniéndose de pie y acomodando la barbilla en el hombro de Orihime. No era exactamente como un abrazo para consolarla, ya que de manera natural ambas habían tomado su posición: Orihime acurrucada contra su pecho y Rangiku acariciando su cabello.
No era exactamente lo que Orihime debía tener pensado, pero era más que solo suficiente.
Rangiku sabía lo confortante que era abrazar a Orihime, pero no que podía ayudarla a sentirse mejor después de sentirse hundida en un agujero del que ni Grimmjow podía sacarla.
Grimmjow caminó con resguardo, acercándose sin quitar la mirada de Orihime hasta que Rangiku lo miró de vuelta. El hecho de que sus ojos brillaban era un buen motivo para no acercarse demasiado y dejarlas ser por un rato.
Un suspiro profundo, cerrar los ojos y dejar escapar la pequeña sonrisa que deseaba expresar tras sentir a Orihime junto a ella, era lo que le faltaba para relajarse. Pronto se preguntaría qué estaba haciendo realmente, cuando volviera a su estado normal, lejos de la esponjosa nube que representaba su amiga. Qué era lo que estaba haciendo respecto a Gin.
—Vamos.
—Puedo ir a casa en autobús.
Grimmjow se detuvo un segundo, antes de enganchar su casco a la moto. Le dirigió la mirada.
—¿Hay algún problema?
Orihime se tensó. No creía que fuera a preguntarle directamente el por qué había dicho eso, porque en realidad no tenía ningún motivo horrible para ello. Simplemente creía que podía no depender de él para llegar a casa cada vez que se veían.
—N-no... —musitó.
Como Grimmjow vio que se había quedado con la palabra en la boca, simplemente terminó de voltear y descansó su posición frente a ella, esperando.
—En realidad... ¿No crees que es una molestia? —Se mordió el labio— Me refiero, a llevarme cada vez que me ves a casa...
—No es que sea una obligación.
Grimmjow entrecerró los ojos, fijándose en su expresión complicada. Estaba haciendo su mejor esfuerzo para simplemente dejar sus molestos hábitos que solo habían conseguido aislarla en su pequeña casa. Le tenía lástima, pero también tenía la certeza de que iba a conseguir lo que deseaba. Si no lo pensara, no estaría metido en eso en primer lugar. Aprovecharse sin más de lo que ella ofrecía parecía algo como de su estilo a ojos de cualquiera, pero no era del todo cierto, y al menos esperaba que sacara algo de utilidad de entregarle su cuerpo a alguien que no quería su corazón.
—Me aseguro de que llegues bien a casa —Respondió al final—. Pero si no quieres que lo haga, solo tienes que decirlo.
Orihime le devolvió la mirada, apenada, antes de no tardar ni medio segundo más en sacudir la cabeza.
—¡N-no, está bien! —rió nerviosamente— Te lo agradezco.
Grimmjow asintió, se subió sin decir nada a la motocicleta y después de encenderla, encajó el casco en su cabeza, poniendo el seguro bajo su barbilla.
Cuando la miró de reojo, estaba intentando ponerse el suyo. Después de todas las veces que la había llevado, podía apañárselas sola para estar lista y subir. Incluso había encontrado la forma de que el cabello no se le metiera en la zona del rostro cuando encajara el casco.
Una vez que estuvo lista, subió y posicionó sus manos a los costados en su ropa.
—Abrázame.
—¿Eh?
Grimmjow le tomó las manos y las rodeó en su cintura, ocasionando que ella se pegara más a su espalda, pero no tanto como para que le incomodara al manejar.
Por lo desorientada que había sonado, Orihime aún no terminaba de comprender que estaba junto a un desgraciado oportunista.
Mientras preparaba ambas tazas con café, escuchaba los leves sonidos provenientes del teléfono de Grimmjow, que había tomado asiento en su sofá.
Tras dejar a Rangiku descansar en casa, y luego del recorrido en moto hasta la suya, Orihime había notado demasiado pronto el hecho de que Grimmjow no planeaba tomarse un segundo antes de irse.
Simplemente quería verlo un rato más, así que había sido impulsiva y le había ofrecido un café antes de que se fuera. Por obra de algún dios, Grimmjow lo pensó y finalmente aceptó. Orihime no quería saber qué había pasado por su cabeza, solo estaba segura de que lo agradecía.
Habían intercambiado un par de preguntas en el transcurso hasta ese momento, pero nada demasiado elaborado.
Orihime suspiró.
Dejó de prestar atención a los sonidos de la sala, mientras se disponía a buscar algo en sus muebles.
En eso, Grimmjow se acercó a ella, dejando un espacio entre ambos, pero lo suficientemente cerca para alertarla y sorprenderla.
—¿Quieres ayuda?
Orihime lo miró un segundo, luego indicó el mueble de su lado.
—Busca canela, por favor.
—Vale —dijo él, dejando escapar un resoplido divertido.
Un sonrojo cubrió sus mejillas antes de que siguiera buscando. Grimmjow descartó el mueble que le había indicado, por lo que siguió revisando los demás. Finalmente la encontró en el armario superior.
—Aquí está —Tomó el frasco y se lo dio en la mano, al mismo tiempo en que cerraba la puerta.
—Gracias.
En silencio, se quedó observando cómo terminaba de preparar ambos cafés.
—Si hubiera sabido que eras alguien que podía hacer sentir mejor a Rangiku... Te hubiera buscado antes.
Orihime se detuvo y luego volteó, encontrándose con su expresión divertida.
Le dedicó una leve sonrisa, antes de agachar la cabeza y decidir que quería expresar sus sentimientos con alguien, con él, precisamente, que estaba al tanto de la situación de su amiga.
—Yo no sabía... Que Rangiku-san se sentía así —murmuró—. Ella me ayudó muchas veces, pero no supe ver lo mal que se sentía.
—No te culpo. Es buena ocultándolo —Respondió—. Yo no tendría idea de no ser porque viví con ella.
Orihime se quedó mirando el vapor que salía de las tazas, y asintió levemente, aunque comprendía a la perfección ese punto. Rangiku había elegido esconderse, tal como ella en el hueco de la televisión. Por lo tanto, no era su culpa no haberlo visto. Ella pudo no contestar cuando Rangiku tocó su puerta. Era netamente una decisión personal.
—Gracias por ir.
Regresó a mirarlo, un poco sorprendida por sus palabras.
Él simplemente le regresaba la mirada, tan intensamente como de costumbre, tan imponente y, esta vez, puede que un poco más suave.
—No hubiera conseguido animarla lo suficiente por mi cuenta.
Inevitablemente sonrió, aceptando con felicidad sus palabras, aunque un poco avergonzada porque estaba claro que no planeaba dejar de mirarla.
—¿Podríamos decir que me debes una? —En el mismo segundo en que lo soltó, tan rápido que sus palabras salieron atropelladas, se arrepintió.
Grimmjow soltó una risa.
Y Orihime simplemente se vio obligada a sostenerse sutilmente con una mano en el mesón. Llevaba días en los que cosas pequeñas le provocaban escalofríos y aquella caliente sensación cerca de ingle que ya conocía.
Si lo pensaba, ninguna de esas sensaciones se había relacionado nunca con Ichigo. Hubiera sido, en cualquier caso, atrevido de su parte.
Aunque de igual forma, estaba segura de que nunca podría haber tenido ese trato con él.
—Me pregunto qué más podrías querer de mi —dijo en voz baja, con clara ironía y provocación.
Una pequeña risa nerviosa rompió el breve silencio en que estuvieron tras la respuesta de Grimmjow.
Entonces un sonido ajeno a ellos comenzó a hacer eco dentro de la casa. Grimmjow murmuró una maldición, enderezándose en su lugar. Mientras buscaba las llaves de su motocicleta, el sonido de las gotas de lluvia comenzó a intensificarse en menos que segundos, y parecía que iba a dejar un enorme agujero en el techo gracias a la velocidad con que caía.
—Hay un pequeño techo tras la casa —dijo ella en cuanto lo vio dudar en su lugar—. Puedes pasar por el pasillo del costado. ¿Quieres que lleve algo para secarla?
—Te lo agradecería mucho, amor.
Sin esperar más se movió en dirección a la salida, cerrando la puerta de inmediato tras salir.
Grimmjow terminaba de empujar la motocicleta bajo el techo cuando Orihime se acercó, saliendo por la puerta trasera. Llevaba dos paños en su mano, mientras con la otra tapaba una gota de agua que se escurría por una gotera, amenazando con caerle en la cara. Se acercó a él, ofreciéndole uno de los paños.
—Gracias —dijo, deteniéndose un segundo mientras la veía secar el cuero del asiento. En cuanto notó que se desplazaba hacia el armazón, volvió a hablar—. No...
Ella lo miró de inmediato.
—¿Hice... Algo mal?
—No —Respondió sin dudar—. No necesitas secar más que el asiento. No va a pasarle nada por un poco de agua. Solo es realmente molesto sentarse en un lugar húmedo —explicó—. Y si se queda por mucho rato fuera, probablemente le pase algo a largo plazo.
Orihime parpadeó.
—¿Entonces funcionará bien?
—Sí —Asintió—. Podría irme ahora, solo tendría que llegar a casa a tomar una ducha.
Grimmjow apoyó levemente las manos en la motocicleta, mientras Orihime volvía a secarla por un momento. No duró demasiado, su mirada se quedó enganchada a la de él
—... ¿Vas a ir, entonces?
Sonrió de lado al escucharla. Hizo un leve movimiento con la cabeza, apartando un mechón de cabello que estilaba cerca de su cara. Había bastado un minuto o menos para que, al salir, quedara casi completamente empapado. El cuello de la camiseta estaba arrugado y pegado a sus clavículas, y su chaqueta se notaba completamente brillante sobre todo en sus hombros.
—Posiblemente.
Orihime estaba por decir algo cuando un sonido atravesó el lugar, haciéndose notar por sobre la lluvia. Como cuando saltan chispas y explotan aleatoriamente varios cables de los postes de luz. Simultáneamente, las luces interiores de la casa se apagaron completamente, pero sin aparentes señales de regresar.
—Oh dios... —murmuró, mortificada, dejando caer el paño en la motocicleta y deslizando su mano levemente, a punto de entrar para ver si volvería o no. Quizás había algo en el circuito de su casa que, después de todo, le evitara esos problemas, pero era una idea soñadora.
—Deberías llamar a un electricista en cuanto se detenga un poco la lluvia. Aunque seguramente alguien más llame a la compañía.
Orihime lo miró un momento y luego asintió.
—¿Quieres secar tu ropa? —musitó.
—Entonces no podré irme.
Una sonrisa la hizo rascarse el cuello nerviosamente.
—Es... ¿Un problema?
Sin decir nada, Grimmjow se alejó de la motocicleta y la rodeó para acercarse a ella. Enganchó el brazo por sobre sus hombros y tiró con suavidad para llegar cerca de su cabeza.
—Eres una gran aprendiz.
Grimmjow la hizo entrar primero, y tras echar un vistazo a la motocicleta por una última vez, cerró. De inmediato se hizo notar el tiempo que estuvo abierta. Si antes estaba cálido dentro, ahora aún podía sentir una brisa congelada después de cerrar.
Se mordisqueó el labio, un poco molesto e incómodo. Llevaba días con la cabeza totalmente dispersa, y no le tomó mucho tiempo notar qué era lo que lo causaba.
Soportar era una palabra que describía muy bien su actitud frente a Orihime. La soportaba dentro de lo posible, ya que había aceptado ayudarla en su travesía. Eso al menos en un inicio.
Luego había pensado en que era preciosa y lo atractiva que era para él.
Después simplemente... Había notado algo diferente con el pasar del tiempo. Cada vez que pensaba en ella recordaba su cuerpo, y lo que era más preocupante, cada vez que bajaba la mirada y cada vez que sonreía. A veces cuando recordaba las veces que su barbilla descendía tímida o nerviosamente, el yo de su cabeza se acercaba y tomaba su rostro para hacer que le regresara la mirada.
Grimmjow odiaba que la gente no mirara a los ojos, le causaba desconfianza, a pesar de que sabía que los mentirosos muchas veces se plantaban cara a cara.
Sin embargo, cuando se trataba de Orihime, deseaba que lo mirara por otro motivo. Odiaba que bajara sus ojos porque solo quería que estuvieran pegados a los suyos, que lo mirara tal como lo hacía cuando lo miraba atentamente cocinar, preparar las tazas de café para el desayuno e incluso, cuando observaba con curiosidad cuando una chica se le acercaba en el comedor de la universidad.
Grimmjow sabía lo que eso significaba. Y en realidad nunca le había temido, pero iba en contra de todo lo que había deseado antes de que ella se apareciera.
Él realmente no quería que alguien dependiera emocionalmente de sus decisiones, o viceversa. Quería coger con quién le diera la gana, aunque pocas veces se había visto excesivamente atraído por una chica al punto de convertirse en un animal, sin ningún tipo de remordimiento ni rastro de conciencia. Simplemente le gustaba la sensación que recorría su pecho cada vez que lo hacía, y disfrutaba de ver un bonito trasero desde atrás. Precisamente porque odiaba a la gente mentirosa, jamás cogería con alguien en un bar si ya tenía a alguien con quién hacerlo y que además apreciaba la monogamia. O más bien, si tenía pareja.
Traicionar a alguien de esa manera no estaba dentro de sus planes, y jamás haría algo parecido, sabiendo lo horrible que se sentía el hecho de que jugaran con los sentimientos hasta el punto de ser doloroso. Por eso le había dejado en claro a Orihime la naturaleza de la relación que tenían, y ella parecía comprenderlo demasiado bien.
Podía decirse que Orihime era realmente una buena alumna. Había aprendido en cada ocasión a liberarse un poco más y a disfrutar las maravillas del sexo. Y ahora, tenía una forma muy inocente de hacer que se quedara con ella y quitarle la ropa a la vez.
La miró de reojo.
Aunque probablemente estaba pensando demasiado en eso, dándole vueltas y otorgándole una intención cuando, en realidad, Orihime solo estaba siendo Orihime. Ofreciéndole café, secando su ropa, prestándole la que parecía ser de su hermano, y luciendo en exceso hogareña mientras acomodaba las prendas en el pequeño tendedero. Eso mientras lo miraba de reojo demasiadas veces para ser normal, sobre todo mientras se cambiaba.
—Grimmjow...
—¿Sí?
Hace nada se había acomodado la camiseta de pijama. El hermano de Orihime había sido algo más delgado que él, así que se le ajustaba al cuerpo. Y el pantalón le quedaba un poco corto.
—Sé que... Quizás —carraspeó, nerviosa, sin siquiera voltear a mirarlo. Hasta que la escuchó dar una pronunciada respiración, y entonces volteó. Él no pudo hacer otra cosa que mirarla con genuino interés—. ¿C-crees que puedas... Quedarte?
—¿Por qué? —preguntó de inmediato.
—No quiero que... Te vayas —Se mordió el labio, sin saber muy bien qué respuesta iba a recibir y nerviosa por ello.
—¿Estás siendo sincera?
Orihime lo miró un poco sorprendida.
—T-también... Quisiera saber cómo es pasar el rato con alguien en una tormenta.
—¿Crees que esto es una puta película?
A pesar de su tono seco, ella lo miró y vio una divertida sonrisa haciendo un hoyuelo en su mejilla izquierda. Una risa nerviosa se le escapó. Rápidamente se detuvo, moviendo sus dedos contra los de la otra mano en un gesto ansioso.
—Acércate.
Observó cómo se acomodaba en el sofá e indicaba el espacio entre sus piernas.
Orihime dudó un segundo, hasta que él enarcó una ceja y acomodó los brazos en el respaldo del sofá. Se mordió el interior del labio, intentando no ponerse roja por lo atractivo que se veía a pesar de llevar las prendas de su hermano.
O lo que en la actualidad era en realidad uno de sus pijamas.
Decidió hacer caso omiso a las preocupaciones y preguntas de la Orihime de su cabeza, y se acercó rápidamente. En cuanto se inclinó para sentarse en donde le había indicado, Grimmjow deslizó los brazos del sofá y llevó las manos hasta su cintura. La ayudó a apegarse lo mayor posible a su cuerpo, y luego ubicó una de sus manos en su abdomen, cerca de sus pechos, obligándola a enderezarse. Después fue hasta arriba, cerca de su cuello, y la hizo tocar su espalda con su pecho.
En silencio, solo podían escuchar la respiración del otro.
Descubrió entonces algo interesante cuando apartó la mano y la regresó a su cintura. Podía ver a la perfección el escote de su camiseta desde su lugar.
—Relájate.
—Estoy... Relajada.
—Estás respirando como si estuvieras en pleno iron man —Comentó—. No voy a repetirlo. Tranquilízate.
Ella asintió suavemente.
Le tomó unos segundos, mientras oían el sonido de la lluvia.
—Eso es... Buena chica —murmuró mientras apoyaba con ligereza la barbilla cerca de su cabeza.
Su pecho se movía pausadamente ahora, no como antes, que comenzaba a volverse insano para él. Ver cómo se movía de esa manera evocaba recuerdos recientes que posiblemente le convenía evocar solo en la privacidad de su departamento.
—¿Qué crees que esté haciendo Rangiku-san ahora? —susurró Orihime.
—No lo sé. Tampoco me importa siempre que esté viva.
Ella presionó sus labios, pensativa, casi ignorando su respuesta. De pronto había comenzado a pensar en Rangiku, buscando en parte olvidar el caliente pecho de Grimmjow apegado a ella.
—¿Por qué está tan triste?...
—Rangiku es el perfecto ejemplo de que obsesionarte con alguien es un error.
—¿Obsesionar?... —Ella frunció el ceño— Estoy segura de que quieres decir amar.
—Llámalo como mierda quieras.
Hizo una pausa.
—Solo piensa que al menos Kurosaki es un poco más decente.
Orihime intentó voltear, buscando su rostro, pero él la detuvo con solo usar su barbilla.
—¿Rangiku-san está enamorada de alguien malvado?
—Depende de a quién le preguntes.
—No creo que sea tan malo...
—No lo sabes —sentenció.
Orihime hizo un pequeño sonido, resignada. Después de todo Grimmjow tenía razón, no sabía quién era, pero él parecía tener vasto conocimiento sobre eso. Vivió con ella dos años, seguramente sabía también de quién estaba enamorada.
Se mordió el labio.
¿Realmente el amor podía ocasionar tanto dolor?
Ella no estaba segura, solo había visto películas en las que los protagonistas vivían felices para siempre tras un par de problemas. A la señora Miyagi que había vivido un romance tranquilo y hermoso con su difunto esposo, y le había recomendado encontrar al suyo pronto. Había creído en algún punto de su vida que podía ser Ichigo, pero simplemente no había sido así.
No estaba segura de si debía agradecerlo o no, pero lo hacía de todas formas. Se sentía mejor sabiendo que Grimmjow no iba a romper su corazón.
La señora Miyagi no estaría de acuerdo, sin embargo. Había sido muy insistente con entregar su flor a su esposo y a nadie más que su esposo, si supiera de Grimmjow, probablemente iba a darle un infarto o algo parecido.
—¿Crees que reparen pronto el cableado?
—Deberán esperar a que pase la lluvia —respondió—. Así que estarás sin electricidad hasta mañana al menos.
Orihime suspiró.
Dejó caer nuevamente la cabeza en él. Podía sentir la vibración de su voz cada vez que hablaba, era tan relajante.
Grimmjow se limitó a observarla. ¿Por qué todo lo que hacía se volvía tan lascivo?
Sonaron tres golpes firmes en la puerta principal, ocasionando que Orihime se enderezara de repente, sin darle tiempo siquiera a detenerla.
—Maldita sea.
Orihime lo miró un momento, sonrojándose al ver la situación desde fuera de la burbuja.
—Dame un segundo...
Se dirigió a la puerta, rascando con nerviosismo su cuello. Miró por el ojo de la puerta, quedándose paralizada un segundo.
—¿Vas a abrir? —preguntó Grimmjow desde su lugar, aburrido.
—A-ah, sí.
Quitó el seguro y abrió, abrazándose con su brazo libre al sentir el intenso frío del exterior.
—Ah.
El hombre que estaba de pie tras el umbral llevaba solo una chaqueta, parecía que había salido un poco atolondrado, y se cubría los lentes con una mano para que no se mojaran demasiado.
—Disculpa la molestia. Mi nombre es Hoshiki, me estoy quedando en el vecindario por unas semanas en casa de mi bisabuela, la abuela Miyagi, que me envía para saber si estás bien. Me ha contado algunas cosas sobre ti, por favor, siéntete en la libertad de pedirme lo que quieras.
Acto seguido hizo una leve reverencia.
—¡Ah! Mucho gusto, soy Orihime —respondió, sin saber muy bien qué decir—. ¿Está bien la abuela?
—Sí. Aunque le gustaría que fueras más seguido.
—E-es que... He estado ocupada...
Tambaleó los dedos levemente en el borde de la puerta, un poco incómoda.
—¿Puedo... Pasar un momento?
—P-pues...
—No. En realidad, no puedes.
Orihime sintió la mano de Grimmjow presionar por un momento en el hombro que cubría con la puerta, y se posicionó del otro lado, permitiendo a Hoshiki verlo completamente.
—A-ah, disculpen, no creí que...
—Sabes que vive sola. ¿Crees que es una buena idea pedirle eso a una chica que recién te conoce?
—L-lo siento, yo-.
—Disculparte no hará que seas menos imbécil.
—Grimmjow... —Orihime frunció el ceño en su dirección, aunque más parecía avergonzada que molesta con su intervención.
—Está bien, tienes razón. Fue imprudente y maleducado, espero que me perdones. Pero no tenía malas intenciones, pensé que podría serte de ayuda.
—No... No hay problema —murmuró ella.
Grimmjow chasqueó la lengua, alejándose de ellos para ir tras la puerta, donde él no podía verlo. Orihime lo miró un segundo mientras se apoyaba en la pared con los brazos cruzados, y regresó hacia Hoshiki.
—Lo siento. Mi bisabuela no mencionó que tenías novio... No hubiera pensado que necesitabas ayuda de saberlo.
—N-no te preocupes.
—Llamamos a la empresa de electricidad, vendrán en cuanto pase la lluvia.
Hubo un momento de silencio, y entonces él sonrió levemente.
—Es un gusto haberte conocido, mi bisabuela siempre habla mucho de ti cuando hablamos por teléfono. Te agradezco que estés pendiente de ella cuando está sola.
—Es un placer.
Él asintió.
—Nos vemos.
Tras verlo alejarse, Orihime cerró la puerta. De inmediato miró a Grimmjow, sintiéndose avergonzada porque para Hoshiki, él parecía su novio.
—¿En qué estábamos? —murmuró— Ah, cierto —Hizo una señal con su dedo para que se acercara. Cuando estuvo a su alcance, la tomó de la cintura y cambió de lugar con ella, consiguiendo que se apegara a la pared con cuidado—. Ése idiota. Por su culpa tendré que hacer que entres en calor de nuevo.
Orihime lo miró sorprendida, sintiendo expectación y ansias.
Grimmjow subió una de sus manos y la puso en la parte descubierta de su pecho que lo había mantenido atrapado todo el tiempo mientras estaban en el sofá. Orihime suspiró suavemente al sentir el tacto caliente de su piel contra la suya, que se había enfriado rápidamente. En realidad, no se había percatado de eso hasta que sintió a Grimmjow cerca.
—¿No te... Molesta?
—¿El qué?
—Que haya creído que eres mi novio... —susurró.
Grimmjow guardó silencio un momento, sin apartar la mirada de su cuello y pecho.
—Déjame quitarte la camiseta —pidió.
Recién entonces la miró a los ojos. De inmediato Orihime asintió.
Con cuidado, Grimmjow puso las manos en su cadera, y mientras las subía por su cuerpo, fue subiendo también la prenda. Delineó la figura de sus pechos y cuando llegó a sus axilas, tomó sus brazos. Obedientemente, Orihime los subió a la más mínima fuerza ejercida por él.
Le quitó la camiseta y vio cómo su cabello caía por su cuerpo cuando regresó a su lugar.
—No veo por qué debiera molestarme. ¿Crees que debería?
—N-no quieres tener pareja, así que...
—Si tuviera una, me aseguraría de que fueras tú, cachorrito.
Orihime ahogó un gemido cuando la tomó de la cintura tras dejar caer la prenda de ropa. La apegó a su cuerpo tanto como pudo, y ella deslizó las manos hasta su pecho por un momento.
—A menos que a ti te moleste.
—No —respondió al instante.
Grimmjow sonrió, incitándola con una leve presión de sus dedos en su brazo a que enganchara las manos tras su cuello.
—La lluvia tardará. ¿Quieres-?
—Sí.
Grimmjow soltó una risa, divertido con la urgencia en su respuesta. Ella se sonrojó, pero no apartó la mirada de la suya.
Así exactamente era como le gustaba que lo mirara, diablos.
¿Que si le importaba si creían que eran pareja? Una mierda. Esperaba que se murieran de envidia al pensar en que tenía a Orihime para él solo. Después de todo, no era verdad, no pretendía que lo fuera, pero eso no quitaba que se la cogía cuando les daba la gana.
—No dejes de mirarme —ordenó mientras se acercaba a su cuello.
—Hmhm —gimió, respondiendo afirmativamente mientras sentía la nariz de Grimmjow recorrer su piel con lentitud.
