Hola hola! Cómo están? Espero que súper bien :)
Tal y como les prometí -aunque demoré un día más de lo que les dije- aquí estoy de regreso con otro capítulo de esta eteeeeeeeerna locurita mía. Me costó muchísimo escribir estos últimos caps, y estimo que los siguientes también van a ser difíciles. Así que desde ya les advierto que probablemente vuelta a tardar un tiempo en actualizar, sepan disculpar…
Bueno, sin más para comentar por ahora les invito a leer el VEINTITRÉS en paz y les pido que por favor me digan qué les pareció en los reviews.
Todos los personajes pertenecen a su autora Naoko Takeuchi, yo sólo los tomé prestados.
Abajito me despido,
Bell.-
:: Capítulo Veintitrés ::
Durante las siguientes semanas estuve bastante deprimida y con un humor de perros. Para lo único que tuve energías fue para sostener mi rutina diaria, ir de mi departamento al trabajo y del trabajo a mi departamento. No tenía ganas de ver a nadie, ni siquiera a las chicas. Sobre Darien y lo que pasó entre nosotros no me sentí con ánimos para explicarles nada. Con lo que él les había adelantado aquella tarde en la cafetería bastó para que comprendieran que tenía motivos suficientes para estar triste y evitar verlas o hablar. Incluso se los pedí, les dije directamente que no me sentía bien y que necesitaba estar sola por un tiempo hasta reponerme. De todos modos ellas estaban muy ocupadas con sus asuntos, Mina con su nuevo proyecto laboral y los preparativos de su boda, y Lita también con su trabajo que últimamente la tenía más ocupada que nunca.
Por otro lado, sumado a mi lamentable situación amorosa, las cosas con el proyecto de diseño que habíamos intentado llevar a cabo con Diamante tampoco habían terminado muy bien. Y como él era el amigo más adorable y amoroso del mundo -después de las chicas, por supuesto-, intentó por todos los medios hacer lo que sea para levantarme el ánimo. Hasta que un día, tras insistirme muchísimo y amenazarme con no volver a hablarme nunca más en la vida si no asistía, acepté su invitación a una exposición fotográfica. Dicha muestra tendría lugar en el mismo sitio que me había invitado unos meses antes y que él no se había presentado. Una galería de arte que formaba parte de un prestigioso centro cultural que había sido inaugurado hacía poco tiempo. Y hacia allá fui.
Cuando llegué, algo más tarde de la hora acordada, noté que la vernissage ya había dado inicio hacía rato. Aún así se encontraban varias personas en el lugar, las luces eran bastante tenues y unos músicos, que tocaban guitarra y cajón, ambientaban la muestra. Recorrí toda la sala buscando a Diamante y no logré encontrarlo por ningún lado. Intenté llamarlo algunas veces pero parecía tener el celular apagado. Decidí dejar de insistir en rastrearlo, probablemente algo lo habría retrasado, así que me dispuse a observar con detenimiento algunas de las fotografías expuestas.
Había trabajos realmente interesantes de distintos autores y con diferentes estilos y técnicas. Cuando me detuve unos instantes frente a una imagen que me llamó la atención noté que alguien había llegado a mi lado. —Buenas noches, señorita.
Apenas volteé a ver quién me saludaba, creyendo que se trataría de Diamante, sentí una alegría inmensa al confirmar quién era en realidad. —¡Zafiro! —exclamé contenta—. ¡Hola!
Sin darme tiempo a reaccionar, se me adelantó y esta vez fue él quien me abrazó efusivo. —Hola, Serena, ¡al fin llegas! —dijo muerto de risa.
Yo también lo abracé y eché a reír. —Oye, ¿qué te pasa? —le pregunté sorprendida—. ¿Por qué tanto entusiasmo?
—Lo siento —dijo avergonzado al separarse un poco pero sin soltarme—, es que pensé que ya no vendrías y cuando te vi… —echó a reír de nuevo y volvió a abrazarme—. Qué bueno que pudiste venir, tenía muchas ganas de verte… —quise separarme pero no me dejó, sino que me abrazó con más fuerza todavía y comenzó a acariciar mi cabello—. Gracias por estar aquí, Serena —murmuró con dulzura en mi oído.
Demoré en responder. Me llamaba muchísimo la atención, y en cierta forma me resultaba muy tierno, que actuara así conmigo. Siendo que pocas veces se comportaba tan demostrativo. —De nada… —dije en voz baja.
Permanecimos así por un buen rato, abrazados en silencio, hasta que lentamente nos separamos. Cuando quedamos enfrentados Zafiro me regaló una de sus más bonitas sonrisas y acarició con suavidad mi rostro. —¿Viniste con mi hermano? —volvió a preguntarme.
—No —respondí extrañada—, supuestamente me encontraría aquí con él y Rubeus —y miré hacia todas las direcciones para buscarlos—. Pero parece que aún no llegan.
—¿En serio? A mí me dijo que vendrían contigo.
—Qué raro, y a mí no me dijo que tú también vendrías.
—No es raro, Serena —dijo repentinamente molesto y aceptó una copa de vino que un mesero que pasaba cerca nuestro le ofreció—. Lo hizo a propósito —bebió apurado—. De nuevo —vació la copa y supuse que no era la primera que tomaba.
—¿A propósito? —repetí y enseguida recordé cuando me explicó que Diamante solía inventarse este tipo de artilugios y estrategias para hacer que Zafiro y yo nos acercáramos—. Oh, claro.
—¿Cómo no me di cuenta antes? —dijo apenado—. Espero que no te incomode.
—No, para nada —respondí segura. Jamás, desde que lo conocía, me había sentido incómoda estando a solas con él. Y las "sutilezas" de su hermano a esta altura ya me tenían sin cuidado.
Al verme sonreír Zafiro pareció relajarse. —De verdad tenía muchas ganas de verte —dijo también sonriendo—, es muy importante para mí que estés aquí esta noche. ¿Diamante te comentó algo de la muestra de hoy?
—Nada en particular, ¿por qué?
Agrandó su sonrisa y me tomó de la mano. —Ven, quiero enseñarte algo —y juntos comenzamos a atravesar la sala esquivando las personas y paneles que estaban distribuidos por el lugar.
—¿Qué cosa? —pregunté curiosa.
—Es una sorpresa —dijo con picardía. Cuando llegamos al otro extremo de la sala y nos detuvimos frente a una enorme fotografía expuesta en un muro finamente iluminado, me miró expectante—. ¿Y? ¿Qué te parece?
Me dediqué a observar con mucha atención la imagen que teníamos enfrente, se trataba de una llamativa y muy prolija foto nocturna de la ciudad. —Es bellísima —dije con franqueza.
—¿Lo dices en serio?
—Absolutamente. Los contrastes, la perspectiva, los colores —estaba absorta ante la imponente y al mismo tiempo delicada imagen, me transmitía una sensación de calma y de calidez muy familiar. Miré a Zafiro y creí comprender lo que pasaba—. ¿No me digas que… —él asentía con una enorme sonrisa confirmando mis sospechas—. ¿Esta fotografía es tuya?
—Así es —respondió riendo nervioso.
—Vaya, no sabía que eras fotógrafo.
—No lo soy, empecé a tomar clases hace poco y jamás imaginé que participaría de una exposición tan pronto.
—¿En serio hace poco que haces esto? —y volví a prestarle atención a la foto, que para nada daba la impresión de que la había tomado un principiante—. No parece el trabajo de un novato.
—¿Recuerdas la exposición que hubo hace unos meses aquí? ¿De aquella fotógrafa amiga de Diamante? Bueno, después de eso él me contó que ella estaba por dictar un taller para principiantes con una propuesta muy novedosa e interesante y me insistió muchísimo para que lo intentara. Y pues, lo hice.
—Es fantástico, ¡te felicito! ¿Por qué no me contaste nada?
—Es que me daba mucha vergüenza.
—¿Vergüenza?
—Sí, porque no estoy acostumbrado a este tipo de cosas, jamás me he dedicado a algo creativo y divertido en toda mi vida. No tienes idea de lo que me costó animarme a hacerlo e integrarme con mis compañeros —rió entusiasmado y volvió a tomarme de la mano—. Ven, quiero presentártelos.
Me resultaba muy divertido verlo tan animado y descontracturado, en verdad se mostraba muy feliz con el evento. Y aunque no esperaba encontrarme con él esa noche, siendo que en realidad debí haberme reunido con su hermano, me di cuenta de que quería seguir pasando tiempo con él, que tenía ganas de que volviéramos a compartir un lindo momento juntos como lo hicimos otras veces. Porque estar con Zafiro era sumamente agradable y relajante para mí, porque con él podía sentirme tan cómoda y a gusto como si lo conociera de toda la vida. Siempre era muy respetuoso y atento conmigo. Se había convertido en un amigo muy cercano y querido para mí, me hacía sentir muy tranquila y despreocupada. Y eso me gustaba…
Cuando llegamos al sector donde se encontraba la mayoría de la gente, cerca de los músicos, nos acercamos a un grupo de personas que deduje que se trataría de sus compañeros. Zafiro me los presentó uno por uno. Era un grupo muy diverso. Había hombres y mujeres de todas las edades, de distintas profesiones y oficios, y se notaba que entre todos se habían complementado muy bien. Él estaba cada vez más parlanchín y gracioso, y yo disfrutaba mucho de verlo así cuando siempre se había comportado muy reservado y tímido. Se notaba que en verdad disfrutaba de esta nueva experiencia y que haya querido compartirlo conmigo me pareció un gesto muy dulce y adorable de su parte.
Nos quedamos un buen rato platicando con ellos y entre todos me explicaron fascinados de qué se trataba el taller: Además de clases teóricas y prácticas sobre cuestiones técnicas, composición e iluminación, también realizaban lo que la profesora llamaba "safaris fotográficos" que consistían en viajes y caminatas por distintos lugares con cámara en mano para captar diferentes experiencias y desarrollar la creatividad. Aunque Zafiro hasta ahora sólo había participado de una caminata nocturna por el centro de la ciudad, de allí eligió la única fotografía suya que se atrevió a exponer, me comentaba que se sentía cada vez más motivado y seguro. Y yo lo regañé -varios de sus compañeros también, ya que estaban completamente de acuerdo conmigo- por no haberse animado a exponer más trabajos como los demás.
Momentos más tarde, cuando ya muchas personas comenzaban a retirarse, Zafiro y yo nos trasladamos al bar que estaba junto a la sala de exposición y pertenecía al mismo centro cultural. Nos sentamos en una mesita del patio, ordenamos un par de copas de vino más y continuamos conversando entre nosotros.
—¿Y tú cómo has estado? —me preguntó.
—Más o menos… —respondí afligida—. ¿Diamante no te contó nada?
—¿Sobre qué?
—Sobre nuestro cliente. Después de las mil idas y vueltas, correcciones y reformulaciones del proyecto, Diamante se hartó y lo mandó al diablo. Y por supuesto el hombre se ofendió y suspendió todo.
—No me había comentado nada, lo siento.
—Sí, fue una lástima que las cosas terminaran así. Y en parte me siento responsable por lo que pasó, pienso que de alguna manera fue por mi culpa por ser una novata inexperta, por no ser lo suficientemente creativa. Siento que decepcioné a Diamante.
—No lo creo.
—Me había hecho muchas ilusiones con este trabajo, con empezar a dedicarme a lo que en verdad me apasiona. Pero es evidente soy muy mala para esto.
—¿Por qué lo dices?
—Porque el cliente rechazó directamente todos mis diseños, en cambio a los de Diamante sólo les hizo correcciones y modificaciones parciales. Por lo tanto la única que fracasó de verdad fui yo.
—No digas eso, no seas tan dura contigo. El tipo era demasiado exigente, no fue tu culpa.
—No lo sé, Diamante me dijo lo mismo, que no debo sentirme culpable por lo que pasó. Y ahora está insistiendo en que lo intentemos otra vez con un cliente nuevo. Pero no me animo, no me siento preparada para lidiar con algo así otra vez, temo volver a echar todo a perder. Así que le pedí que me diera un poco de tiempo para pensarlo.
—Comprendo. Quizás para ti fue difícil tener que pasar por esto la primera vez que lo intentas y tal vez te haría bien esperar un poco. Pero no creo que debas rendirte si cuentas con el apoyo de Diamante. Pueden volver a intentarlo, no tienes por qué esperar que se repita la misma situación. Tuvieron mala suerte, eso fue todo.
—Sí, tal vez tengas razón.
—Y ya que vas a tomarte un tiempo antes de emprender un nuevo proyecto, ¿por qué no lo aprovechas para hacer otras cosas? ¿Otras actividades? ¿Algo diferente?
—¿Algo como qué?
—Algo que te guste, que te sirva para despejarte y darle rienda suelta a tu creatividad, a tu imaginación. Estoy seguro de que eres muy creativa y talentosa, por algo mi hermano te eligió. Así que me parece que deberías intentar insistir en desarrollar todo ese talento que tienes, ese don que él vio en ti.
—Algo diferente… —me parecía una idea interesante, pero no se me venía nada a la cabeza—. Me gusta cocinar.
—Pero en eso ya eres toda una experta —me aduló y me hizo reír con su exagerado cumplido—. Piensa en algo que te guste pero que no hayas hecho nunca antes.
—¿Y qué podría ser? —se me ocurrió que una actividad interesante podría ser la escritura. Como era tan aficionada a las novelas románticas -sumado a mi idealismo inconmensurable- tenía muchas historias que podría volcar en texto. Pero opté por descartar esa absurda idea de inmediato, ese tipo de novelas no habían hecho más que ocasionarme problemas.
—Un taller como el que estoy haciendo yo, por ejemplo —dijo Zafiro.
—¿Fotografía?
—Sí, ¿por qué no? Quizás te haga bien, te sirva para relajarte, para divertirte.
—No lo sé —no me convencía la idea.
—Si no piensa en otra cosa que sea algo por el estilo. No lo sé, dibujo, por ejemplo . Claro, ésa puede ser una buena opción: dibujo, que está muy relacionado con el diseño y te puede servir mucho para eso, para plasmar tus ideas en imágenes de una forma creativa y lúdica.
—¿Dibujo? Pues nunca antes lo intenté formalmente.
—Claro, con una buena guía, con un buen profesor que sepa comunicarse y llevarte quizás puedas desarrollar tu habilidad y descubrir que eres buena en eso. O no. Es cuestión de probar.
—Puede ser. Lo voy a pensar.
—Sí, absolutamente. Si quieres averiguaré con mi profesora y mis compañeros si conocen a alguien y luego te paso el dato.
—De acuerdo. Yo también le preguntaré a Diamante.
—Genial.
En eso se acercaron unos compañeros de Zafiro para despedirse. Conversamos un poco con ellos antes de que se fueran y cuando se alejaron nos quedamos callados por unos instantes. Yo me distraje observando todo a nuestro alrededor, quedaban pocas personas en las demás mesas, en su mayoría parejas, y pensé que seguramente nosotros nos veríamos como una. Aunque me resultó curioso que en ningún momento nadie lo insinuó ni lo dio por sentado, incluso Zafiro siempre me presentó como una amiga. Sin embargo por momentos me sentía como si estuviéramos en una cita o algo por el estilo, porque toda la situación era muy especial y la atmósfera era bastante romántica.
Me sentí algo incómoda y sorprendida de mí misma al pensar en esto, ¿cómo se me ocurrían semejantes disparates? Yo no estaba precisamente atravesando un buen momento sentimental como para fantasear con este tipo de cosas, mucho menos con Zafiro. Él sólo era un muy querido y buen amigo para mí. Ya lo habíamos aclarado cientos de veces. Y, dicho sea de paso, si consideraba que éramos tan buenos amigos debía contarle lo que me estaba pasando. Así que decidí hacerlo.
Pero demoré en volver a hablar. Porque aunque me sentía muy cómoda y en confianza con él, éste no dejaba de ser un tema algo difícil para mí. Sin embargo sabía que al hablar al respecto quizás podría llegar a superarlo de una buena vez o al menos empezar a aceptar lo que me pasó para poder soltarlo definitivamente y dejarlo atrás.
—Hay algo más —dije al fin.
Él pareció no escucharme con claridad. —Disculpa, no te oí.
Suspiré con pesar. —Que no sólo estoy desanimada por lo de Diamante, pasó algo más.
—¿Algo más?
—Sí —sin poder evitarlo mi tono de voz se hacía cada vez más débil—. Darien y yo —me costaba mucho pronunciar estas palabras— nos separamos.
Zafiro no dijo nada por un buen rato. Y yo no me atrevía a mirarlo. —¿Qué pasó? —preguntó preocupado tras una larga pausa.
—Eso, que ya no estamos más juntos, que terminamos —no entendía bien por qué, pero hablar de esto con él me resultaba muy doloroso—. Bueno, en realidad fui yo quien terminó con él, pero era algo inevitable, creo…
—¿Por qué? ¿Qué sucedió?
—Nada en especial. Quiero decir, no es que haya sucedido algo en particular, sino que en realidad han sido muchas cosas que fueron sobreviniendo y llevándome a que tomara esa decisión. Y él no se opuso ni me pidió otra oportunidad ni nada, entonces… —sí, definitivamente hablar de esto me estaba costando muchísimo, tanto que de nuevo identificaba ese punzante dolor en mi pecho que no me dejaba en paz—. ¿No sabías nada?
—No —respondió y ahora sí me atreví a mirarlo. Estaba muy serio, pero su mirada era tan cálida y comprensiva como siempre—. ¿Quieres contarme?
Reflexioné por unos breves instantes para intentar ordenar las ideas y volví a hablar. —Las cosas venían mal hacía tiempo. Ya sabes, él siempre muy reservado y calmado y yo todo lo contrario, tan impaciente y explosiva. Tuvimos algunos problemas, intentamos encontrar alguna manera de solucionarlos y hacer que funcionara, aún con nuestros ritmos y modos tan diferentes, pero no lo conseguimos. Además… Lo que pasó en realidad fue que me mintió. Me ocultó algo bastante serio por casi dos meses y me dolió mucho que lo hiciera. No pude soportarlo.
—¿Qué te ocultó?
—Que había tenido un problema muy grave en su trabajo, lo despidieron. Y jamás me dijo nada, se encerró en sí mismo, quiso resolverlo por su cuenta y no involucrarme. Por lo que estuvo mintiéndome y ocultándome cientos de cosas como si yo jamás me diera cuenta de nada. ¿Cómo no iba a darme cuenta? ¿Si actuaba tan distante y frío conmigo? ¿Si estábamos cada vez más alejados?
—Pero al final te lo dijo, ¿o cómo te enteraste?
—Me enteré por las chicas, él jamás tuvo intenciones de decírmelo, y todo el mundo estaba al tanto de lo que pasaba menos yo. Fue muy doloroso tener que enfrentarlo y pedirle explicaciones, reprocharle su distancia, su desconfianza. Porque eso fue lo que más sentí, que no confió en mí, que no quiso compartirlo conmigo y por ende no me dejó acompañarlo en lo que estaba viviendo, ayudarlo de alguna forma, apoyarlo. Yo lo habría hecho incondicionalmente, pero no confió en mí.
De nuevo nos quedamos callados por largo rato. —Comprendo —dijo tras otra pausa—. ¿Y cómo estás?
—No lo sé —respondí. Era muy movilizante para mí hablar de todo esto con él, pero me daba cuenta de que necesitaba desahogarme y aliviarme aunque sea un poco—. Trato de no detenerme a pensar mucho al respecto, quiero dejar todo atrás de una buena vez y seguir con mi vida. O mejor dicho tratar de retomar mi vida como era antes de todo esto, cuando estaba sola y tranquila sólo dedicándome a mi trabajo, mis amigos y mi familia, nada más y nada menos que eso. Pero…—volví a suspirar—. Estoy muy desilusionada, decepcionada.
—No es para menos.
—Pero no es Darien quien me desilusionó, bueno en parte sí lo hizo. Sino que me refiero a que estoy decepcionada de mí misma.
—¿De ti?
—Si, por haberme hecho tantas ilusiones en vano. Por poner muchas expectativas en algo que ni siquiera estoy segura que en realidad deseaba para mí. Por ser una orgullosa, una niña caprichosa que sólo se dedica a perder la cabeza en cientos de fantasías absurdas e irrealizables, para no aceptar la realidad tal como es y no hacerme cargo de que no soy más que una completa idiota.
—¿Por qué dices eso?
—Porque eso pienso, porque estoy muy enojada, muy decepcionada. Me comporté como una tonta. Me obsesioné con conseguirme un novio, un futuro esposo y padre de mis hijos, y todas esas cosas tan absurdas sobre el hombre ideal que esperaba conocer. Quise encontrar a esa persona especial con quien vivir un amor de película y no sé cuántas fantasías irrealizables más. Cuando en la vida real nada de eso sucede, porque no existe nadie así de perfecto, porque no puedo ser tan ingenua como para creer que conoceré a alguien con todas esas increíbles cualidades.
—Bueno, pero quizás…
Estaba totalmente desbordada, ya no tenía más filtro, decía cada cosa que se me venía a la mente sin medir mis palabras. —Me enfoqué tanto en mis expectativas, en cómo deseaba que se dieran las cosas, que perdí de vista lo que en verdad ocurría frente a mí. Como si mi criterio de realidad se hubiera alterado, como si estuviera delirando. Estaba convencida de que quería conocer una persona especial y enamorarme, para no estar más sola, alguien que me importara y que se preocupara por mí, que me cuidara y me dejara cuidarlo, que me consolara cuando estuviera triste, que me hiciera reír cuando estuviera aburrida, que aguantara mi mal carácter, que le gustara lo que cocine para él. Alguien con quien construir algo real y sólido, tener sueños y proyectos en común, ser felices y… Y no sé cuántas ridiculeces más. Yo antes ni me preocupaba por estos asuntos —seguí divagando—, no tenía esa mirada tan infantil, romántica e idealista de las relaciones, no me gustaba pensar así y tener esos propósitos para mi vida. Y acabé convirtiéndome en la típica jovencita ilusa que sueña con conocer al amor de su vida, a un príncipe encantador con quien tener un final feliz de cuento de hadas.
—No me parecen ridiculeces, yo creo que…
—¡Claro que es ridículo! ¡Es una locura! —lo corté furiosa y ahora empezaba a elevar el tono de mi voz—. Es absurdo, ese tipo de amor no existe, es un concepto completamente idealizado y disparatado, el hecho de estar con alguien de esa forma no es más que un acto de supremo egoísmo, porque todas las relaciones sólo se reducen a la mera cosificación de las personas.
—¿De qué estás hablando?
—Y eso es lo que viví con Darien. Todo lo que hice fue arrebatarme lo mejor de mí para entregárselo, para que se lo llevara con él, haciéndome sentir que el amor sí estaba hecho para mí, que era correspondida. Pero ahora la realidad y el amor son cuestiones completamente contradictorias para mí, ya no puedo creer más en todo eso. ¿Porque qué significa 'el hombre adecuado'? —dije casi gritando—. ¿'El amor de mi vida'? ¡Nada, no significa nada! ¡No es más que un concepto absurdo! ¡La simple idea de que sólo podemos sentirnos completos con otra persona es… es ridícula! —y sin poder contenerme más comencé a llorar.
—Hey, tranquila.
—Yo… —inspiré hondo y continué—. Yo pienso que en realidad no me enamoré de Darien —sentencié determinada intentando convencerme a mí misma de lo que decía—. Aunque debo admitir que eso creía al principio y estuve segura de que así era por mucho tiempo. Pero ahora puedo darme cuenta de que lo que sentí no fue más que una infantil ilusión. Que lo estuve idealizando como lo buena cabeza hueca y soñadora que soy. Creí que él era el indicado para mí, que era 'el amor de mi vida', y hasta fantaseaba con la idea de que a él le pasaba lo mismo que a mí. Pero me demostró todo lo contrario, fue muy injusto conmigo al actuar como lo hizo, al desconfiar de mí y esconderme cosas. Y yo fui una estúpida al esperar que fuera diferente. Y sinceramente ya estoy muy cansada de todo esto, no quiero pensar más en lo que pasó, quiero olvidarme de todo, no arrepentirme de mi decisión, no extrañarlo más… —pero aún no lo conseguía.
Zafiro tomó mis manos y las apretó con fuerza intentando consolarme, transmitirme algo de tranquilidad, demostrarme que me comprendía. —Lo siento —dijo con calma.
—Rayos… —maldije al percatarme de que había desvariado más de la cuenta en voz alta—, no quería ponerme así delante tuyo, lo siento —solté sus manos, me sequé apurada las lágrimas con las manos e inspiré profundo otra vez para tratar de reponerme y dejar de llorar.
—No hay problema, no te disculpes. En todo caso te agradezco por confiar en mí y decirme lo que te pasa.
—Debes pensar que estoy loca, ¿verdad?
—No, claro que no. Lo que pienso es que en el fondo no te crees nada de lo que acabas de decir. Que sólo lo haces para no hacerte cargo de lo que en verdad sientes.
—¿Y qué se supone que siento? —pregunté incrédula.
—Estás triste, Serena —dijo esbozando una leve sonrisa y yo sentí cómo el punzante dolor de mi pecho estalló en una horrible angustia que me recorrió entera—. Así es, estás muy triste y enojada también. Y es lógico que te sientas así, pusiste muchas expectativas en esa relación y no funcionó y eso te duele —volvió a tomar mis manos—. Mira, yo creo que en sí misma una pareja no debería estar pensada para que automáticamente nos dé felicidad. La pareja está para compartir, para acompañarnos, para crecer. A veces sí nos experimentamos felices en la relación, claro que sí. Podemos tener la suerte de vivirla como algo grato, como un camino de desarrollo, de creatividad y de apertura, de plenitud y de encuentro. Cuando se reúnen algunos de estos ingredientes, incluyendo también los momentos complicados y difíciles, logramos sentirnos felices y colmados. Si esa conexión se da, es maravilloso. Si no, no hay nada que hacer.
—No, ya no hay más nada que pueda hacer —dije con resignación.
—Yo pienso —continuó— que lo que todos deseamos, lo que más anhelamos es poder sentirnos plenos, en completa sintonía con nosotros mismos y nuestra vida. Y eso es totalmente independiente de si tenemos o no pareja. No podemos pretender encontrar la felicidad allí. Como tampoco es lo más adecuado acusar de nuestras desgracias a la pareja. Es cierto que necesitamos el contacto, los vínculos, las relaciones y el sentido de pertenencia. Pero también es importante que sepamos y podamos estar solos.
Era muy profundo y realista su punto de vista. Como siempre me impresionaba y conmovía la elocuencia de sus palabras. Y como consideraba que sus consejos siempre me fueron de gran ayuda, intenté reflexionar sobre lo que me decía. —Yo creí que sabía estar sola. Lo estuve por años, aunque no me sentía plena y feliz, y pensé que si encontraba a mi "príncipe azul" lo conseguiría, pero no fue así —comprendí que tenía razón, que todo este tiempo no hice más que atribuirle a otros la responsabilidad de hacerme feliz, más precisamente a Darien, de quien esperé mucho más de lo que el estaba dispuesto a darme—. Puede que tengas razón, jamás lo había visto de esa forma.
—Hablé demasiado —dijo algo avergonzado, como si se hubiese arrepentido de lo que dijo—, no me hagas caso.
—Pero es muy cierto lo que me dices, me sirven mucho tus consejos.
—Sólo quiero apoyarte, Serena —dijo acariciando mis manos—. Lamento mucho por lo que estás pasando. Ten paciencia, estas cosas llevan tiempo, pero de a poco te sentirás mejor.
—Gracias…
Tras escuchar tan sinceras palabras y confirmar una vez más lo increíble, comprensivo y maravilloso que era este chico, ya no me angustié más, pero sí comencé a sentirme inquieta, confundida. Creía tener bien en claro que se trataba de un verdadero y desinteresado amigo dispuesto a aconsejarme, brindarme todo su apoyo y su comprensión, ayudarme a sentirme mejor. Compartir cosas tan íntimas con él me resultaba tan fácil, me sentía muy cómoda, no me costaba, porque su modo de ser tan amable y tranquilo me transmitía mucha calma, me relajaba tanto, teníamos una conexión tan especial que…
—Yo también hace mucho que estoy solo —dijo de repente interrumpiendo mis pensamientos y soltó mis manos—. Pero ahora estoy conociendo a alguien.
Toda mi inquietud se potenció de repente. Al escucharlo sentí como si acabara de arrojarme un balde de agua helada en la cabeza. —¿Qué?
—Bueno, es alguien que ya conozco hace un tiempo —me explicó—, una colega que solía trabajar antes con Rubeus y hace unas semanas pasó por nuestro estudio y conversamos bastante y me invitó a salir.
—¿Ella te invitó?
—Sí, me tomó totalmente desprevenido por su forma tan directa y me sentí algo presionado, no voy a mentirte. Pero no lo pensé demasiado y acepté su invitación.
—Vaya…
—Es una chica interesante. Es dulce, graciosa y muy bonita. Me recuerda un poco a ti —dijo con timidez—. Sólo salimos una vez y no tengo idea en qué podrá resultar. Pero quiero intentarlo.
—Es… es fantástico, Zafiro —dije riendo como tonta, sin comprender lógicamente por qué esta noticia no me había caída para nada bien. Pero debía disimularlo a toda costa—. Eres un chico increíble, alguien como tú no debería estar solo. Ya te merecías tener una novia, ¡te felicito!
—No es mi novia, sólo nos estamos conociendo.
—Como sea, me parece una noticia maravillosa, estoy muy feliz por ti, de verdad.
—Gracias, Serena.
Por fortuna otra vez nos interrumpieron un par de personas que se acercaron a nosotros. Eran otros compañeros de Zafiro que nos avisaban que como el bar estaba por cerrar se trasladarían a la casa de uno de ellos para continuar la reunión allí. Todos se veían muy animados, hasta comentaron que habría karaoke, así que seguramente se armaría un divertido ambiente de fiesta. Pero ya se había hecho bastante tarde y la verdad que yo no estaba con mucho humor para fiestas…
Me disculpé con todos y Zafiro me acompañó afuera a tomar un taxi. Mientras esperábamos a que pasara alguno, seguimos bromeando, riendo y platicando sobre temas ligeros. Por fortuna ya me había olvidado del asunto de su nueva novia y de lo poco contenta que me sentí al enterarme de su existencia. Aparentemente todo volvía a ser natural y cómodo entre nosotros como siempre. Lo cual me alegraba y aliviaba mucho. Hasta que por fin un auto se detuvo, entonces las risas cesaron y nos quedamos un momento en silencio antes de que yo partiera.
—Bueno… —me costaba mucho encontrar la manera adecuada de despedirlo—. Lo pasé muy bien hoy —dije rompiendo el silencio que comenzaba a ponerse tenso—. Gracias por invitarme.
—Gracias a ti por haber venido —dijo él con una dulce sonrisa. Se acercó un poco más a mí, otra vez tomó mis manos entre las suyas y se puso muy serio—, ¿estarás bien?
Bajé la mirada. No sabía bien por qué, pero me ponía nerviosa que me viera a los ojos con tanta intensidad. —Sí, no te preocupes.
Se hizo una nueva pausa pero más distendida. —Serena, quería decirte que… —me tomó de la barbilla para que volviera a mirarlo—. Bueno —parecía no encontrar las palabras correctas—, ya sabes que puedes contar conmigo para lo que sea, porque yo… —se calló de repente y más nerviosa me puse al percibir tanta seguridad y determinación en su mirada—. Serena, yo… —sentí mucho miedo de lo que fuera que estuviese por decirme y retrocedí unos pasos para alejarme un poco. Él suspiró y volvió a hablar—. Recuerda que en mí puedes encontrar un buen amigo —dijo con más firmeza en su voz— y los amigos están para apoyarse, para contenerse y ayudarse.
Pero esta vez sus palabras no me tranquilizaron, sino que hicieron que de nuevo me sintiera… ¿confundida? No quise que lo notara, así que alcé la vista y sonreí. —Lo sé, gracias.
Zafiro también volvió a sonreír. —Ven aquí —dijo al tirar de mi mano obligándome a acercarme más a él y sin darme tiempo a nada me abrazó.
Cerré los ojos y también lo abracé. Y por esos breves segundos que me resultaron interminables pude volver a reconocer esa reconfortante sensación que hacía tanto no tenía… Al estar entre sus brazos logré por fin tranquilizarme de verdad, sentirme inmensamente aliviada y contenida como necesitaba, no puedo explicar cuánto. Sólo él era capaz de hacerme sentir de esta forma, porque era un chico sensible, dulce, protector y yo cada vez lo quería más. Como amigo, claro…
"¿Como amigo?" me pregunté para mis adentros. Y la confusión se me hizo más evidente todavía. Mucho más cuando él volvió a suspirar y la tibieza de su respiración cerca de mi cuello hizo que se me erizara la piel. ¿Qué me estaba pasando? ¿Qué eran estos nuevos y confusos sentimientos que comenzaban a invadirme? ¿Acaso me pasaba algo más con él? ¿Me atraía? ¡¿Me sentía atraída por Zafiro?! No, no y no. No podía estar pensando en semejante locura. Lo único que existía entre nosotros era una profunda y sincera amistad. Cualquier otro tipo de sentimiento era absolutamente inadmisible para mí.
Las cosas entre nosotros estaban bien como estaban, todo en términos amistosos como siempre. A pesar de que en el pasado me haya confesado que sentía algo diferente por mí en dos ocasiones y yo le había dejado en claro que no me sucedía lo mismo que a él. Y aunque ahora empezaba a dudar, debía mantener la distancia y frialdad necesarias para no mezclar ni confundir más las cosas, para no exponerme a cometer un error. Eso era lo mejor para todos. Lo más conveniente y también lo más… ¿difícil?
—Bueno —dije al separarme rápidamente al comenzar a alarmarme—, tengo que irme —pero aunque me costaba tener que partir y dejarlo, por el momento creí que sería lo más correcto.
Zafiro se acercó de nuevo. —Buenas noches, Serena… —dijo en voz baja y me dio un tierno beso en la mejilla.
Reconocí que un tibio regocijo inundó mi pecho al recibir ese beso y mis alarmas se dispararon al mil. —Buenas noches… —dije con una forzada sonrisa, no quería que notara lo nerviosa que me sentía.
Me subí al taxi apurada y apenas el auto se alejó lo suficiente sacudí la cabeza tratando soltar los pensamientos y recuperar algo de lucidez. Pero comencé a caer en la cuenta de que una vez más cientos de preguntas se imponían en mi mente e infinidad de emociones encontradas se removían en mi interior. Me sentía totalmente perdida y desorientada, pero estaba tan agotada física y mentalmente que decidí dejar de pensar y preocuparme, al menos por esta noche.
Solté un largo y pesado suspiro y busqué mi celular para chequear la hora, seguramente sería tardísimo y maldije entre dientes al recordar que al día siguiente tenía que ir temprano a trabajar. Apenas encendí la pantalla sentí que el corazón se me detuvo cuando vi cuatro llamadas perdidas de Darien. Cuatro. Después de semanas de estar completamente incomunicados. No supe cómo interpretar esas inesperadas llamadas ni pude reaccionar de forma alguna. Sólo apagué el teléfono, lo guardé en mi bolso y dirigí mi atención hacia la calle. No quería pensar más. Sólo tenía que aceptar la realidad por más confusa que fuera y confiar en que con el paso del tiempo podría volver a encontrar la estabilidad y la entereza que hacía tanto había perdido.
.
.
.
Los días pasaron. Afortunadamente mis ánimos habían mejorado muchísimo. Después de tanto tiempo de asilamiento social y depresión aguda, volvía a estar tan contenta y de buen humor como hacía mucho no me pasaba. Me sentía plena, llena de energías, capaz de llevarme el mundo por delante sin nada que me detuviera.
Por fin había logrado superar el dolor que me causó la ruptura con Darien. O eso creía… Porque pensaba que estaba pudiendo aceptar que no compartíamos los mismos sentimientos y eso no era ni su culpa ni la mía. No tenía sentido buscar culpas en nadie, lo único que conseguiría era hacerme más daño. En cambio lo que debía hacer era simplemente aceptar todo lo que pasó y dar vuelta la página. Así que ya casi ni pensaba en él, porque intentaba tener mi mente y mi tiempo ocupados en otras cosas, en mis cosas. En el trabajo, en mis padres, en mis amigos y en la búsqueda de alguna actividad nueva como me había sugerido Zafiro.
Estaba convencida de que debía sacar el lado positivo de esta situación. ¿Y qué había de bueno en que hayamos terminado nuestra relación? Pues muy sencillo, ahora podía pensar y ocuparme más en mí misma, en mis verdaderas necesidades y mis deseos más genuinos. Sí, admitía que hubo buenos momentos compartidos, que seguro me habrían servido como un importante y profundo aprendizaje, pero por ahora sólo los congelaría para una futura relación, si es que la tendría… Porque lo que más quería por sobre todas las cosas era trabajar mucho mi autoestima, quererme más y sacar lo mejor de mí buscando siempre aquello que me hiciera feliz de verdad. Eso es lo que haría. Claro que sí.
Lo que más me había ayudado a llegar a pensar de esta forma y volver a sentirme bien, fue cortar todo tipo de contacto con Darien. Durante ese tiempo evité por todos los medios reencontrarme con él. Igualmente sabía que ya había partido hacia Osaka para instalarse en lo de sus padres como me había dicho, lo cual me simplificaba mucho las cosas. Y aunque me había llamado por teléfono en varias ocasiones, fui fuerte y lo ignoré todas y cada una de esas veces. Admito que fue bastante difícil para mí tener que actuar con tanta indiferencia, pero creí que sería lo mejor para los dos.
Hasta que un día, después de pensarlo y analizarlo mucho, decidí devolverle la llamada. No porque me estuviera echando atrás con mi decisión, sino porque era una fecha especial, su cumpleaños, y me parecía que sería muy antipático de mi parte no saludarlo. Además pensaba que podría ser una buena oportunidad para distender un poco los ánimos, limar asperezas, volver a tratarnos con normalidad. Porque tarde o temprano volveríamos a hablarnos e interactuar entre nosotros, al fin y al cabo teníamos amigos en común y nuestros encuentros volverían a ser recurrentes inevitablemente.
Era un sábado por la tarde. Yo estaba en mi departamento terminando de alistarme para salir y reunirme con mis padres que hacía mucho no veía y me habían invitado a merendar a su casa. Una vez que terminé de cambiarme y de revisar y ordenar las cosas de mi bolso, busqué el teléfono, me senté en el sofá para estar cómoda, inspiré hondo para reunir valor y llamé.
Darien demoraba en atender, cuando creí que ya no lo haría y estuve a punto de cortar, finalmente escuché su voz del otro lado de la línea. —Serena, hola —dijo algo agitado, se oía nervioso.
—Hola, Darien —lo saludé cortés.
Él carraspeó para acomodar su garganta. —Disculpa que demoré en atender —dijo con la voz más clara y pausada—, es que vi que eras tú quien llamaba y busqué un lugar tranquilo para poder hablar a solas.
—Claro… —sin poder evitarlo mi determinación empezó a tambalear un poco al volver a escucharlo después de tanto tiempo.
—¿Cómo estás? —me preguntó enseguida.
Nuevamente inspiré profundo intentando recuperar mi seguridad. —Bien, estoy bien —respondí más repuesta y firme—. ¿Tú cómo estás?
—Bien también, acostumbrándome de a poco a vivir de nuevo con mis padres —dijo riendo.
—Claro.
—Estoy ayudándolos con la productora —contó—, ordenando documentos, asesorándolos con cuestiones impositivas, ya sabes, ese tipo de cosas. Justo ahora estaba reunido con su contador.
—Ah, ¿estás ocupado? Puedo llamarte en otro momento así no te interrumpo.
—¡No! —dijo apresurado—. No, está bien, no me interrumpes para nada.
—De acuerdo.
Demoró en volver a hablar. —Cuéntame algo de ti, ¿cómo has estado? —preguntó temeroso.
—Bueno, no hay mucho para contar —respondí airosa—. Sigo yendo al consultorio y a los chicos mucho no los estoy viendo, están todos muy ocupados.
—Me enteré que Mina ya se mudó a lo de Kun.
—Sí, así es. Y están esperando a que regreses para celebrar todos juntos. Pero no creo que organicen nada especial, están muy atareados con los preparativos de la boda.
—Es cierto, no queda mucho tiempo, pusieron fecha demasiado pronto —dijo riendo otra vez. La boda sería en dos meses.
—Ellos son así —dije también riendo—, no se andan con vueltas y hacen todo rápido —pero el tono que usé para decir esto último hizo que mis palabras sonaran más a reproche que a otra cosa.
Por supuesto Darien no dijo nada y de nuevo demoró en volver a hablar. —Nef se mudó a mi departamento.
—¿Ah, sí? No lo sabía.
—Sí, le ofrecí que fuera allí hasta que encuentre otro lugar.
Desde que se había instalado en Tokio y había comenzado a trabajar con Lita, Neflyte se había instalado en la casa de Kunzite. Pero como Mina se mudó con él, el pobre Nef tuvo que irse a otro lugar. Y recién ahora me enteraba que había ido a lo de Darien.
—Ya veo. ¿Y tú cuándo regresarás?
—Supongo que pronto, en uno o dos meses máximo, antes de la boda seguramente —hizo una nueva pausa—. Estoy pudiendo sentirme un poco mejor —dijo con la voz apagada, por lo cual no sonaba muy convincente—, y tengo algunas ideas más claras sobre lo que quiero hacer una vez que vuelva.
—Comprendo. Eso es bueno —dije con un forzado tono gentil.
—Sí, lo es —dijo él con la voz más apagada—. Mira, Serena, he estado pensando mucho sobre lo que sucedió y me gustaría… —volvió a carraspear—. Quiero hablar contigo, por eso te he estado llamando.
—Oh, sí, claro —me incomodaba un poco que mencionara sus dichosas llamadas—. Disculpa que no te haya atendido, he estado muy ocupada.
—Descuida, tal vez no fui oportuno al insistir en que hablemos tan pronto —¿había oído bien? ¿dijo "tan pronto"? ¡¿cómo que "tan pronto"?! si ya había pasado un mes desde que rompimos, ¡un mes entero!—. Pero… en realidad yo… pensé que si… —siguió balbuceando como idiota y yo comencé a exasperarme.
—¿Qué pensaste, Darien? —pregunté impaciente.
—Pensé que podríamos volver hablar sobre lo que pasó —dijo temeroso—, para aclarar las cosas y…
—No creo que haya nada para aclarar —lo interrumpí molesta.
Otra vez se quedó callado. —Mira, Serena —dijo con voz sombría tras otra larga pausa—, sé que las cosas no terminaron bien entre nosotros la última vez que hablamos, pero quizás…
—No terminaron ni bien ni mal —lo interrumpí de nuevo—, simplemente terminaron.
—Bueno, pero…
—¿Y sabes qué? Yo también quiero que hablemos. Hay algo que tengo que decirte.
—Claro, te escucho.
—Bueno —volví a tomar aire para poder ser lo más clara posible y hablar sin titubear—. Sé que las cosas no fueron fáciles mientras estuvimos juntos. Que tú no te comportaste como esperaba que lo hicieras y casi llegué a odiarte por eso. Que yo insistí como la buena cabeza hueca que soy en hacer que la relación funcionara y que eso puede haber llevado a que en realidad se fuera desgastando. Pero también admito que fui muy exigente y desconsiderada contigo al pretender que lo comprendieras y actuaras diferente. Y quiero pedirte perdón por eso.
—No, Serena, no eres tú quien debe disculparse…
—Déjame continuar, por favor —lo corté y él volvió a guardar silencio—. Aunque soy consciente de que me dolió mucho que todo se acabara entre nosotros, también reconozco que siento una gratitud muy grande por lo que viví junto a ti. Sé que a pesar de que me hayas desilusionado, el hecho de conocerte y estar contigo, por más breve que haya sido lo nuestro, fue lo mejor que me pasó en mucho tiempo. Porque en esos meses sentí… —se me hizo un nudo en la garganta que casi me impedía hablar, pero debía continuar—. Todo lo que sentí fue muy increíble y hermoso, y eso es algo muy valioso para mí, lo atesoraré en mi corazón toda mi vida… Y creo que después de todo el tiempo que pasó y de que al fin hemos vuelto a hablar, me gustaría mucho que podamos ser amigos de nuevo y llevarnos bien como antes. Sobre todo porque seguiremos encontrándonos, compartiendo cosas con los chicos, nuestros mejores amigos y… —me tomé unos segundos para repasar en mi mente todo lo que acababa de decir y consideré que había sido más que suficiente—. Y eso es todo —concluí.
Darien estaba mudo. Y esta vez demoró tanto en volver a hablar que por un momento pensé que se había cortado la llamada. —¿Eso es todo? —repitió con voz de ultratumba.
—Sí.
Otra pausa.
—Está bien —dijo al fin—. Seamos amigos como al principio, es lo mejor para todos.
Usualmente me irritaba esa actitud tan fría y desafectivizada que él acostumbraba a tomar, pero esta vez no me afectó de forma alguna. —Además tú lo dijiste aquella vez, las cosas quedaron en buenos términos entre nosotros. Y me parece importante que cuidemos eso —agregué.
—Absolutamente.
—Me alegra que comprendas.
—Y a mí me alegra poder hablar contigo otra vez —no sonaba muy convencido, pero opté por creerle—. Gracias por llamar.
Yo traté suavizar un poco el tono de mi voz para no sonar tan dura. —Feliz cumpleaños, Darien.
Él suspiró largamente. —Gracias, Serena —dijo más tranquilo.
—Adiós.
—Adiós.
snif..
