Buenas noches, chikistrikis del amorrrrrr! Cómo están? Tanto tiempo sin leernos! Me extrañaron? Yo sí les extrañé, muchísimo :´)

Para no perder la costumbre, aquí estoy de regreso después de otra larguísima ausencia. En esta ocasión les traigo un nuevo cap de mi eterna locurita donde habrá una importante revelación: sabremos quién es el valiente caballero que le propuso matrimonio a Serena en el primer capítulo. Así que se abren las apuestas: de quién creen que se trate? de ése? de aquel? o de aquel otro? :P No quiero decir nombres para no sugestionarles, pero las opciones son bastante evidentes…

En fin, lo importante es que hoy se devela el misterio y con ello nos vamos acercando cada vez más al final de esta historia. Pero si les soy sincera todavía no tengo idea de cuánto falta para que acabe. Porque se me siguen ocurriendo cosas, a pesar de que escribo más lento que patada de monja, y todavía tengo material para varios capítulos más.

Bueno chikis, sin más preámbulos, les invito a leer el VEINTISIETE en paz. Espero que lo disfruten.

Todos los personajes pertenecen a su autora Naoko Takeuchi, yo sólo los tomé prestados.

Abajito me despido,

Bell.-


:: Capítulo Veintisiete ::

Una tarde, después de haberme desocupado más temprano de lo que esperaba, fui a la cafetería de Lita para juntarme con las chicas. Ya habían transcurrido varias semanas desde la boda de Mina y hacía tiempo que no volvíamos a reunirnos las tres. Las echaba mucho de menos y tenía muchas ganas de compartir una merienda con ellas como acostumbrábamos hacerlo antes. Pero lamentablemente a los pocos minutos que llegué, Mina nos avisó que estaba muy demorada con su trabajo y no podría ir.

Así que Lita y yo nos pasamos un buen rato conversando en nuestra mesa de siempre, lo cual me vino bien porque necesitaba hablar con alguien de confianza sobre lo que me pasaba. Mientras bebíamos un delicioso té de rosas, que ella me sirvió afirmando que me ayudaría a relajarme, le conté lo que ocurría.

Resultaba ser que esa misma tarde me había reunido con Diamante en su estudio para hablar sobre un nuevo proyecto de trabajo que me había propuesto y después de mucha insistencia acepté. Pero por una situación familiar bastante compleja que se presentó a último momento, la idea acabó por truncarse. Me contó que a Esmeralda, la hermana de Rubeus, le diagnosticaron un problema de salud por el que tendrían que operarla casi de urgencia en los próximos días. Si bien todo parecía indicar que tenía buen pronóstico, Rubeus estaba muy preocupado y afligido, y Diamante quería estar 100% disponible para acompañarlo en este momento tan delicado. Por lo que había decidido no emprender nuevos proyectos de trabajo y también posponer la boda por tiempo indefinido.

—Me siento muy desanimada… —dije suspirando con pesar—. Me enoja tanto que todo se arruine después de darle mil vueltas y por fin animarme a intentar de nuevo emprender un proyecto con él. Es muy frustrante.

Hacía un buen rato que estaba quejándome y dando un concierto de lastimosos suspiros por estar atravesando otra de mis incontables crisis existenciales. Y Lita me estaba teniendo una paciencia de oro al soportar mi verborrea sin sentido, sin dudas era una amiga incondicional. —Bueno, pero tienes que comprenderlo —intentaba calmarme—, es por un motivo de fuerza mayor, está más que justificado.

—Lo sé, claro que lo sé. Entiendo perfectamente lo que están viviendo, es una situación bastante dura para ellos —intenté mostrarme sensata, aunque en realidad no lo estaba siendo ni un poco—. Pero no es eso lo que me molesta, por supuesto que no.

—¿Entonces qué es lo que tanto te molesta?

—Que no podamos llevar a cabo un proyecto juntos —continué protestando—. Siempre fue un sueño para mí dedicarme a algo vinculado al diseño de interiores y cuando por fin se me presenta una oportunidad para poder hacerlo realidad con la persona que más admiro en el mundo, todo acaba arruinándose.

—Bueno, pero…

—Ya nos pasó la primera vez con aquel cliente insoportable y quisquilloso —recordé con dramatismo—. Y ahora ocurre esto, que claro, es un motivo de fuerza mayor, lo entiendo, pero me da mucha rabia porque de nuevo mis propósitos se vienen a pique. Porque nada me sale bien, nada de lo que me propongo se concreta, siempre pasa algo que me excede, que no puedo controlar y todo acaba arruinándose a largo o corto plazo, estoy harta.

—Tranquila, Serena, no te pongas así —dijo Lita mientras me servía más té.

Le di unos cuantos sorbos para tratar de reponerme. —Es que estoy enojada, amiga, estoy muy enojada —seguí quejándome—. Sobre todo conmigo misma. Por no ser capaz de encontrar un rumbo definido en mi vida. Porque en todos y cada uno de los objetivos que me he planteado durante todo este año fallé como la mejor. Todo se truncó, todo se arruinó, no puedo llevar a cabo nada de lo que me propongo, siempre se echa todo a perder.

—No es cierto, no todo ha salido tan mal. Conseguiste un buen trabajo, te mudaste, hiciste nuevos amigos —Lita se esforzaba por buscar motivos que me dieran ánimos—. También empezaste el taller de dibujo que te gusta mucho, eso ha sido algo positivo.

—Ya no asisto más a ese taller —dije de mala gana.

—No sabía nada, ¿por qué lo dejaste? —preguntó sorprendida—. Estabas tan entusiasmada.

—Porque también lo arruiné —fue todo lo que dije. Jamás le contaría la verdadera razón, que fue luego del confuso encuentro que tuve con Zafiro y el retrato que le regalé que decidí mandar al diablo ese taller—. Porque soy una cabeza hueca. Porque hago todo mal. Y estoy muy decepcionada de mí misma. Siento que estoy en el mismo lugar donde empecé cuando me despidieron hace ya casi un año atrás.

Recordé mi lamentable estado anímico en el que me encontraba en ese entonces. Estaba tan deprimida y furiosa conmigo misma que no quería ver a nadie ni hablar con nadie. Sólo deseaba estar sola, para reflexionar y evaluar por mí misma cuál pésimo había sido mi desempeño como para acabar así. Y sobre todo para pensar en qué podía hacer a partir de ese momento. Por eso decidí encerrarme y atrincherarme en mi departamento hasta aclarar mis ideas, ordenar mis pensamientos, despejar mi cabeza. Pero muchos días habían transcurrido y si no fuera por las chicas vaya uno a saber cuánto tiempo más permanecería en ese estado tan lamentable y patético. Y últimamente me sentía tan mal que en verdad temía volver a pasar por todo eso.

—Me parece que debes calmarte —volvió a hablar Lita—. Intenta no ser tan impulsiva, no esperar que todo resulte como quieres rápidamente, no apresurar y forzar situaciones que deben seguir su propio ritmo. Tienes que ser más paciente, tolerar la frustración, de eso se trata madurar.

—Lo intento, te juro que lo intento, pero no lo consigo.

—Mira, durante gran parte de mi vida yo hice justamente todo lo contrario. Sólo me empeciné en permanecer igual, en mantener el mismo estado de las cosas, en no querer cambiar nada. Siempre me comporté de una forma muy rígida y estructurada, negándome y no permitiéndome mi propios sentimientos, mis deseos más genuinos. Eso también es ir en contra del flujo natural de las cosas. Al fin de cuentas es la misma actitud tozuda y cerrada que la tuya, solo que al revés, ¿entiendes?

—Sí, creo que sí —era un tanto confusa su explicación, pero creía comprender cuál era su punto.

—Relájate, Serena —insistió—, baja un poco el nivel de tus expectativas, sé más libre, déjate sorprender. Creo que deberías plantearte nuevos objetivos, intentar tener una vida lo más sencilla y armoniosa posible, sin mayores altibajos ni contratiempos y ser feliz con cosas simples, viviendo el día a día como se vaya dando, experimentando cada instante como algo totalmente nuevo, sin pensar ni reflexionar demasiado al respecto.

—Sí, tienes razón —sus palabras lograban conmoverme y levantarme el ánimo—. Estoy cansada, necesito cambiar de actitud, ya me harté de desilusionarme una y otra vez, de no poder hacer realidad mis propios deseos, de estamparme contra la pared infinidad de veces.

—Así es, creo que deberías…

—Lo mejor es disfrutar de un poco de calma después tanto esfuerzo y dolores de cabeza en vano. No quiero hacerme más mala sangre por asuntos que no valen la pena, ni desperdiciar más energías en querer alcanzar metas imposibles motivada por desmedidas y absurdas ambiciones. Ya que siempre fui una total pretenciosa y la verdad es que me cansé de vivir insatisfecha.

—Sí, puede ser, pero también…

—Por eso es que ahora lo que más quiero es sumergirme en lo incierto, no preocuparme por lo que esté por venir, quiero vivir el momento, no planificar más nada, no tener expectativas ni sueños imposibles, no esperar nada de nadie, no tener la necesidad de cambiar ni superarme a mí misma.

—Bueno, bueno, no te exaltes —Lita me cortó impaciente—. Todo esto que dices es cierto, en parte. Pero lo más importante es que te tomes las cosas con más calma y no te precipites ni en tomar decisiones ni en sacar conclusiones apresuradas. Todo a su tiempo, todo a su ritmo, sin apurar ni interrumpir nada, y que sea lo que tenga que ser.

Lita tenía razón. Hacía prácticamente un año entero, desde mi despido, que vivía así, insatisfecha todo el tiempo, tropezando y cometiendo errores una y otra vez por no saber tener una mirada más realista de las cosas, sin poder lograr nada de lo que me proponía. Y estaba cansada. Necesitaba llevar una vida más pacífica para poder estar tranquila. Porque después de tantos tropiezos y fracasos lo mejor era llegar a alcanzar la estabilidad y paz interior que hacía tanto no experimentaba.

Lita tenía razón, sí. Debía tomarme las cosas con más calma. —Está bien, lo intentaré —dije un poco más tranquila.

Ella me tomó de las manos. —No te apresures, no te sobre exijas tanto. Tómate este tiempo para llevar una vida más tranquila y pensar con algo de objetividad sobre tus metas, lo que realmente quieres para tu vida.

—Si Mina estuviera aquí probablemente citaría este refrán: "La prisa es mala consejera" —declamé imitando a nuestra histriónica amiga y ambas reímos.

—Pero en vez de 'la prisa' seguro diría 'mi prima' o algo por el estilo.

—Es cierto. Gracias, amiga —dije cuando dejamos de reír—. Ya me siento mejor.

—No hay de qué, sabes que cuentas conmigo para lo que sea —dijo con dulzura.

Repasando en todo lo que acabábamos de hablar, reparé en el paso del tiempo. —Qué increíble —comenté melancólica—, ya no falta casi nada para que el año se acabe.

—Es cierto, cómo vuela el tiempo.

—¿Tú qué harás? ¿Tienes planes para esas fechas?

—Iré a visitar a mis abuelos como todos los años —su única familia eran sus abuelos maternos, ya que perdió a sus padres cuando tenía 14 años, en la época que se transfirió a mi escuela y la conocí—. Neflyte me acompañará.

—¡¿En serio?!

—Sí, les hablé de él y quieren conocerlo.

—Vaya, no sabía nada, ¡qué emocionante! —exclamé efusiva y ella asintió con timidez—. Y cuéntame, ¿cómo marchan las cosas entre ustedes?

—Muy bien —respondió esbozando una emotiva sonrisa—. Por suerte muy bien.

—¿Y tú cómo te sientes?

—Me siento… feliz, estoy… Muy enamorada…

—¡Oh, amiga! —la abracé con fuerza haciéndola reír otra vez, me conmovía hasta los huesos lo que me contaba—, me alegra tanto verte así.

—Gracias…

Oportunamente apareció Neflyte desde el otro extremo del bar. —¡Ma cherie! —me saludó mientras se acercaba a la mesa y cuando llegó me regaló un beso en cada mejilla—. Mademoiselle Kino —dijo al sentarse al lado de Lita pero cuando intentó besarla ella no lo dejó. Entonces la tomó de la mano y comenzó a besarla en el dorso—. Quand tu n'es pas là mon coeur est en èmoi (cuando no estás aquí mi corazón está confuso) murmuraba frases cursis en francés a medida que recorría su brazo regalándole cortos y ruidosos besos—. Tu es toute ma vie, mon bonheur et ma joie (eres toda mi vida, mi felicidad y mi alegría) —continuó el trayecto de besos hasta llegar a su cuello.

Lita reía muerta de vergüenza y roja como un tomate. —Ya cálmate, ¿quieres? —intentaba resistirse—, estamos en un lugar público.

Nef no le hizo el menor caso y empezó a besar alternadamente sus mejillas entre frase y frase. —Je veux tout de toi. Tes bisous, tes paroles, tes câlins et ton coeur (quiero todo de ti. Tus besos, tus palabras, tus abrazos y tu corazón) —se detuvo, tomó su rostro entre sus manos y la miró fijamente a los ojos—. Je t'aime beaucoup, mon amour… (te amo mucho, mi amor…) —y le dio un cálido y tierno beso en los labios.

Yo los observaba embelesada y me esforzaba por no echar a reír al verla a Lita tan avergonzada y a la vez fascinada con la forma en que él la trataba.

Cuando cortaron los arrumacos, Neflyte volvió a tomarla de la mano entrelazando sus dedos y se sumó a nuestra conversación. —¿Cómo están, señoritas? ¿De qué estaban hablando? —y le dio un sorbo a la taza de té de Lita.

Yo me adelanté en responder para evitar mencionar el verdadero tema del que veníamos hablando y llevar la plática hacia otro rumbo. —De que Mina nos avisó que no vendrá.

—Oh. Entonces supongo que mi hermano tampoco vendrá.

—¿Kunzite? No sabía que vendría —pensé que sería una reunión sólo de chicas.

—Sí, supuestamente iban a venir junto con Darien, pero él también me avisó hace un momento que tampoco vendrá porque está muy ocupado estudiando para otro examen.

—¿Ya empezaron las fechas de sus exámenes? —preguntó Lita.

—Así es, la semana pasada ya rindió y aprobó el primero de varios a los que va a presentarse. Está muy entusiasmado tras retomar sus estudios y avanzar con la carrera. Planea graduarse en 9 meses.

Todo lo que sabía de Darien era a través de nuestros amigos. Después de la boda de Mina y Kunzite nos vimos poco y nada y casi ni cruzamos palabra. Todo parecía continuar en buenos términos y muy cordiales entre nosotros, pero nos comportábamos algo tensos y esquivos. Yo por mi parte estaba tranquila con eso, con mantener cierta distancia y no interactuar demasiado. Consideraba que era lo mejor para los dos, para todos. Para evitar incomodidades innecesarias. Al menos por un tiempo.

—Bueno, pero aunque no estén todos presentes —por fortuna Nef interrumpió mis pensamientos cambiando de tema—, no queremos dejar de hacer un anuncio muy importante para nosotros.

—¿Ahora? —dijo Lita repentinamente nerviosa.

—Sí, ¿por qué no? —dijo él con soltura.

—Bueno…

—¡Ay, ¿qué pasa?! ¿Qué tienen que anunciar? Díganmelo, ¡díganmelo! —les supliqué impaciente.

Ma cherie —dijo Nef en tono misterioso—, tienes el inmenso privilegio de ser la primera en enterarse de que… después de las fiestas… a inicios del año próximo… Mademoiselle Kino y yo… vamos a…

—Ay, por dios, ¡ya dilo de una vez! —lo apresuró Lita.

—¡Vamos a vivir juntos! —soltó al fin.

—¡Oh, dios mío! —exclamé asombrada—. ¡Qué maravillosa noticia! —y salté sobre ellos para abrazarlos.

—Muchas gracias, ma cherie —dijo Nef con voz temblorosa.

Sin poder evitar dejarme contagiar de su melosa efusividad, comencé a besuquearlos y ambos reían contentos. —Estoy muy feliz por ustedes —dije emocionada—. Me alegra tanto que su amor se esté afianzando cada día más y más. Se merecen toda la felicidad del mundo mundial, ¡los quiero mucho! —y volvía abrazarlos.

—Gracias, amiga —dijo Lita también emocionada.

Cuando nos separamos, Neflyte volvió a tomar a Lita de la mano. —Cuando hayamos regresado de visitar a sus abuelos —explicó—, dejaré el departamento de Darien y me mudaré con ella —desde que Mina vivía con Kun, Nef se había instalado en lo de Darien de forma provisoria mientras se debatía entre regresar a Francia o encontrar un espacio propio—. Ya dejaré de deambular sin rumbo de aquí para allá, porque ya no estoy más a la deriva —dijo al mirarla a los ojos y acarició su rostro con ternura—. Porque por fin encontré mi lugar en el mundo, mi hogar… Contigo, mon amour… —y la besó.

—Eres tan cursi… —susurró Lita cuando se separaron.

Yo me esforzaba por contener mis lágrimas al presenciar tan hermosa y romántica escena. No podía sentirme más feliz. —¡Hay que festejar! —dije eufórica y ambos volvieron a reír.

Neflyte llamó a uno de los meseros para pedir otra ronda de té y algunos dulces para celebrar. Y entre brindis, bromas y risas los tres continuamos conversando el resto de la tarde.

.

.

.

Finalmente el turbulento y vertiginoso año terminó. Los primeros días de enero fueron muy fríos y durante ese tiempo mi rutina otra vez se redujo a ir de mi departamento al trabajo y del trabajo a mi departamento. Después de tantos tropiezos y fracasos personales, por fin estaba llevando la vida pacífica -y bastante monótona- que tanto añoré y que sin dudas me daba mucha tranquilidad.

Era un viernes por la tarde, afuera estaba helado. Desde hacía varios días amenazaba con nevar en cualquier momento, pero aún no sucedía. Estaba plácidamente desparramada en el sofá de mi sala cubierta con unas mullidas cobijas terminando de leer las últimas páginas del capítulo final de un libro. Más precisamente una de las nuevas novelas románticas que acababa de incluir en mi colección y cuya lectura furiosa retomé en estos tiempos. Justamente este libro me tenía fascinada y muy movilizada por cómo concluía la historia, ya que tenía un final agridulce: La protagonista, que hasta el último minuto se estuvo debatiendo entre dos pretendientes, finalmente había tomado la decisión de no elegir a ninguno y continuar con su vida sola, mejor dicho sin pareja.

Ese final me llamó mucho la atención, era el desenlace más realista que había leído hasta ahora. Y sin poder evitarlo me puse a reflexionar -sí, otra vez- sobre mi propia situación sentimental: ¿Y si tal vez ése podría ser un buen final para mí también? ¿De verdad quería o necesitaba estar en pareja? ¿Aún creía en el amor romántico y el sueño del príncipe azul? Quizás debía asumir que prácticamente yo había terminado de la misma forma que esta protagonista, aunque no estaba muy segura de haberlo decidido así. Lo más probable era que en mi caso todo acabó siendo tan confuso e indefinido no por elección sino por no haber sabido lidiar con este engorroso asunto de una manera más madura. Pero en realidad de lo único que estaba segura a esta altura era de que todo seguía siendo muy incierto para mí. Aunque de alguna forma era un tema que ya no me preocupaba demasiado, sino que por fortuna me sentía bastante más tranquila y en paz con cómo estaba siendo mi vida ahora.

Decidí dejar de pensar en todas estas cosas. Suspiré, dejé el libro a un lado y luego de desperezarme y bostezar largamente, me levanté y fui a la cocina a ver qué podría preparar para la cena. Tenía mucha hambre y por desgracia muy pocas alternativas en las alacenas, entonces opté por algo simple y rápido: Espaguetis con salsa roja y parmesano.

Encendí la radio para que la música me hiciera compañía y cuando estaba a punto de comenzar con los preparativos de la comida, oí que golpeaban a mi puerta. Antes de atender revisé mi celular para chequear si alguien me había avisado que pasaría, si tenía algún mensaje o llamada perdida. Pero para variar el teléfono estaba apagado porque se había descargado la batería. Así que fui hacia la entrada de mi departamento asumiendo que habrían golpeado sin querer o se habían confundido de puerta. Pero apenas abrí, me llevé una inesperada sorpresa.

—¡Oh, por dios! —exclamé al reconocerlo—. ¿Qué haces aquí?

—Hola, Serena.

—¡No puedo creerlo! —dije riendo y sin dudarlo lo abracé efusiva—. ¡Zafiro, hola! —él también rió—. No puedo creerlo —repetí—. ¿Qué haces aquí?

—Tanto tiempo sin verte —dijo profundizando el abrazo y cuando nos separamos un poco, me enseñó la botella de vino que traía con él—. ¿Me invitas a cenar? —preguntó con una cálida sonrisa.

—Claro, pasa —ambos entramos.

—Perdona que haya venido sin avisar —se disculpó—. En realidad intenté llamarte varias veces antes, pero no logré comunicarme.

—Es que tenía el celular sin batería —expliqué—. Ya sabes, siempre he sido muy despistada con eso.

—Pero no quiero importunarte —como siempre, Zafiro se empecinaba en mostrarse amable y respetuoso, lo cual jamás dejó de impresionarme—, ¿estás ocupada? No quiero interrumpirte ni molestarte.

—Nada de eso —respondí riendo—. Ya deja de disculparte, me alegra mucho que hayas venido. Ha sido una agradable sorpresa, es lindo volver a reunirnos —dije con franqueza.

—A mí también me alegra volver a verte.

Nos quedamos callados unos instantes sin dejar de mirarnos fijamente y por una mínima fracción de segundos tuve la sensación de que había cierta tensión entre nosotros. No quise darle mucha importancia y le pedí que me entregara su abrigo.

—Justo estaba por empezar a cocinar —dije al recibirlo y colgarlo en un perchero—. Ven, acompáñame.

—Con permiso —y fuimos a la cocina.

Mientras yo retomada los preparativos de la comida y él destapaba la botella de vino para servir en un par de copas, conversamos del clima, el frío de esos días y algunas tonterías más.

Y me daba cuenta de que me alegraba muchísimo volver a verlo, no podía negarlo. Después de la última vez que hablamos, las cosas quedaron relativamente bien entre nosotros. Aunque sólo nos comunicamos por teléfono, siempre nos tratamos en buenos términos. Sin embargo desde entonces jamás volvimos a vernos ni conversar sobre lo que sucedió entre nosotros. Yo simplemente asumí que todo estaba bien, que seguíamos siendo amigos como siempre y que él pensaba igual que yo.

—¿Cómo estás? —me preguntó mientras observaba cómo cocinaba—. ¿Cómo van tus cosas? Hace tanto que no hablamos, no he sabido casi nada de ti —dijo al entregarme una copa.

—Estoy bien —respondí—. Muy bien, aunque demasiado ocupada últimamente.

—¿Estás con mucho trabajo?

—Sí, bastante. Resulta que Kunzite, mi jefe, tiene intenciones de incorporar a más profesionales en su consultorio, ya que cuenta con espacio disponible que nadie usa. Entonces me pidió que lo ayudara dándole ideas para hacer algunas reformas.

—Vaya, es fantástico.

—¿Verdad que sí? No es una remodelación muy extraordinaria que digamos, pero me entusiasmó su propuesta y estoy muy contenta. Definitivamente adoro todo lo relacionado al diseño de interiores, así sólo sea elegir de qué color pintar las paredes.

—Es una buena oportunidad.

—Sí, totalmente —me daba mucho gusto que, como siempre, se interesara tanto en mis cosas—. Y como al sumarse más profesionales también habrá más pacientes —seguí contándole entusiasmada—, Kun contrató una nueva secretaria a quien estoy capacitando. Así que estoy con muchísimo trabajo —lo cual me venía bien para mantener mi cabeza ocupada—. Salgo muy tarde casi todos los días y siempre termino tan cansada que no tengo tiempo ni ganas de hacer nada más. Así que eso es todo lo que hago últimamente, trabajar.

—Comprendo. Bueno, pero no dejan de ser excelentes noticias —alzó su copa para invitarme a brindar—. Me alegra saber que estás bien.

—Gracias —dije contenta y brindamos—. ¿Y tú qué cuentas? ¿Cómo estás?

—También con mucho trabajo, como Rubeus no está yendo al estudio.

—Cierto —recordé el delicado asunto familiar que estaban viviendo—, ¿cómo está su hermana? Lo último que supe fue que después de la cirugía, que por suerte salió muy bien, ya había iniciado los tratamientos.

—Así es. Comenzó hace unas semanas, pero lamentablemente los efectos secundarios son bastante fuertes. Tuvieron que internarla un par de días para estabilizarla, ayer le dieron el alta.

—Qué duro… Pobre Rubeus, debe ser muy difícil para él.

—Sí, está muy preocupado. La verdad es que nunca lo había visto tan mal, ni siquiera cuando perdió a su madre —comentó afligido—. Él y Diamante están permanentemente pendientes de ella y apoyando a su esposo. Son momentos difíciles los que están atravesando, pero los médicos insisten en que tiene muy buen pronóstico, que deben confiar en los tratamientos y sus resultados.

—Sí, seguro que así será.

—Esmeralda es una mujer muy fuerte, sé que saldrá adelante y lo superará —permaneció en silencio un instante con la mirada fija en su copa y tras una breve pausa alzó la vista y sonrió ensimismado—. Vivir tan de cerca una situación como ésta te hace pensar.

—¿A qué te refieres? —pregunté extrañada y cuando volvió a mirarme de nuevo percibí esa sutil tensión de momentos antes.

—Ya sabes, te hace pensar sobre muchas cosas —respondió un tanto evasivo y no me atreví a volver a preguntar—. Lo bueno es que en el estudio se incorporó Petz para ayudarme con los clientes. ¿Recuerdas que te hablé de ella? Es una colega que solía trabajar antes con Rubeus.

Para mi sorpresa, me incomodó bastante escucharlo. —Sí, lo recuerdo —dije con disimulo. También recordé lo inquieta que me sentí cuando tiempo atrás me contó que tuvo una cita con ella, pero por supuesto no lo mencioné.

—Me está ayudando muchísimo, y por suerte nos llevamos muy bien, nos estamos haciendo buenos amigos.

—Genial —acoté con fingido interés y de nuevo nos quedamos callados. Otra vez esa inexplicable tensión amenazaba con instalarse entre nosotros. Y mi incomodidad se incrementaba, por lo cual debía hacer algo, lo que fuera, para impedirlo—. ¿Puedo decirte algo?

—Sí, te escucho.

—Después de… —carraspeé nerviosa—. Después de todo el tiempo que pasó y de que al fin hemos vuelto a encontrarnos, me alegra mucho que podamos ser amigos de nuevo y llevarnos bien como antes —concluí solemne. Creyendo ingenuamente que con estas palabras todo volvería a la normalidad y las cosas se aclararían entre nosotros. Pero por supuesto mis predicciones jamás se harían realidad…

Zafiro sólo asintió serio y se quedó callado otra vez con la mirada clavada en su copa. Ninguno de los dos dijo nada más por un buen rato. Pero antes de que los ánimos se tensionaran más, enseguida me repuse y retomé mi parloteo superficial mientras continuaba con los preparativos de la comida. Prefería volver a hablar del clima o alguna otra tontería con tal de evitar que cualquier mínimo atisbo de tensión surgiera entre nosotros nuevamente.

Cuando estuvo casi todo listo y dejé las cacerolas a fuego lento en la cocina, nos sentamos junto a la barra del desayunador y continuamos la conversación liviana. Hablamos de vinos, de recetas, de comidas hiper-calóricas ideales para el invierno y demás temas triviales. Por suerte los ánimos siguieron siendo amistosos y distendidos.

Como fuera, no quería ni me interesaba entender demasiado lo que estaba pasando. Simplemente éramos dos personas adultas que nos apreciábamos y respetábamos mutuamente y estábamos a punto de compartir una cena preparada por mí. Eso era todo. No había nada de lo que debía preocuparme. Todo lo que tenía que hacer era disponerme a disfrutar de nuestro reencuentro, nada más.

Por un lado reconocía que estaba muy contenta al poder compartir de nuevo un momento como éste con él, porque siempre me sentí muy cómoda con su compañía, porque su modo de ser tan amable y tranquilo me transmitía mucha calma y me relajaba tanto… Me alegraba que pudiéramos volver a hablar con la misma naturalidad de siempre. Sin dudas Zafiro era un chico encantador y adorable, muchas veces me demostró que era una excelente persona y un buen amigo. Yo lo apreciaba muchísimo y creía que ésta sería una buena oportunidad para que volviéramos a acercarnos, para que retomáramos nuestra amistad.

Pero por otro lado, aunque me resistiera a admitirlo, también me preguntaba: ¿En qué rayos estaba pensando? Esta situación no tenía nada de natural y distendida, sino todo lo contrario. Era de lo más insólita e incómoda que podría siquiera imaginar. Después de todo lo que pasó entre nosotros la última vez que nos vimos, ¿cómo era posible tratarnos como si nada hubiese sucedido? ¿Cómo fue capaz de aparecerse sin previo aviso y pasársela conversando de cualquier otra cosa de lo más relajado, como si nos hubiésemos visto ayer? ¿Cómo era posible que yo no cayera en cuenta de lo que pasaba y reaccionara con tanta soltura? Evidentemente estaba ocurriendo algo más y ambos sosteníamos esta actitud amistosa y amable para evadirnos de ello en un absurdo intento de evitar lo inevitable. Y justamente todo lo que sucedería a continuación lo confirmaba.

Regresé a la cocina, inspiré profundo y muy disimuladamente sacudí mi cabeza para dejar de pensar en tonterías y poder concentrarme en la salsa. Después de removerla un rato, noté que él se acercaba para alcanzarme más vino. Lo miré con mi mejor y más gentil sonrisa. —Muchas gracias —dije al recibirla y regresé mi atención a la comida.

—Huele bien —dijo al acercarse un poco más—, ¿puedo probar?

—¡Claro que no! —lo regañé y lo empujé para alejarlo—. No probarás ni una gota de esta salsa hasta que nos sentemos a la mesa y sirva la cena como corresponde.

Zafiro echó a reír y por supuesto no me hizo ni el menor caso. —Vamos, sólo déjame probar un poco —dijo mientras sumergía un trozo de pan en la cacerola.

—¡Oye! —quise detenerlo pero no lo logré.

Y rápidamente se llevó el pan a la boca. —¡Está delicioso! —dijo con exageración mientras saboreaba el bocado.

—Tampoco es para tanto —refunfuñé molesta haciéndolo reír otra vez y continué removiendo la salsa.

—Sí lo es, porque eres una excelente cocinera, ya te lo he dicho antes.

Lo miré con incredulidad. —Mejor cállate y déjame cocinar en paz, ¿quieres? —bromeé y también eché a reír. Era divertido volver a tener estos "pleitos" con él.

—Y me da gusto poder probar de nuevo uno de tus exquisitos manjares —continuó adulándome.

—Esto no es un manjar —me excusé—, es una simple salsa para acompañar una simple pasta que ni siquiera amasé yo misma.

—Pero es deliciosa —insistió—. No te menosprecies, cocinas muy bien. Y estoy seguro de que serás una gran esposa.

Solté una carcajada al oír semejante ocurrencia. —¿Yo? ¿Una gran esposa? Por favor, no seas ridículo.

—No estoy siendo ridículo, sólo te estoy haciendo un cumplido.

—A mí eso no me suena a cumplido, sino más bien me haces sentir insultada.

—¿Insultada?

—Sí, porque si piensas que ser una buena esposa significa que debo cocinar bien, estás siendo bastante machista al pensar así de una mujer —dije haciéndome la ofendida para continuar con nuestra "pelea"—. Además a mí me parece que…

—Eres increíble, Serena —me interrumpió sin poder contener más la risa—, te enojas con tanta facilidad…

—Por supuesto que me enojo si me dices esas estupideces —protesté también riendo—. ¿Tienes algún problema con eso? ¿Acaso mi mal carácter me excluye de la categoría de esposa ideal?

—No, no lo creo. Porque a mí no me molestaría tenerte como esposa.

Solté una nueva carcajada. —¡Por favor! ¿Crees que alguien como yo podría ser la esposa de alguien como tú? Eso sí que suena gracioso, tú siempre tan bromista —dije con sarcasmo.

—Pero no es una broma, lo estoy diciendo muy en serio.

Yo no podía dejar de reír, jamás creí que llevaría tan lejos nuestra "discusión". —¿Qué? ¿Lo dices en serio? No te hagas el chistoso.

—Sí, lo digo en serio —me respondió con una firmeza en su voz y en su actitud que me descolocó por completo, evidentemente ya no estaba bromeando—. Digo que en verdad me gustaría que algún día tú fueras mi esposa.

—Vamos —traté de seguirle el juego -como si lo fuera- aunque ya no me estaba causando gracia—, ya deja de bromear, me estás poniendo nerviosa.

Ciertamente al verlo tan serio y determinado empecé a sentirme muy nerviosa, nerviosísima. Los latidos de mi corazón se dispararon, se me subió un intenso calor a la cara, mis manos comenzaron a sudar y solté los utensilios con un torpe movimiento. Esto no estaba pasando, esto realmente no podía estar pasando.

—Es cierto que tienes mal carácter, que eres impaciente, intolerante, testaruda, irritable, caprichosa —ahora su tono de voz era suave y dulce, y se acercaba más a mí, lo cual me ponía aún más nerviosa—. Pero también eres graciosa, espontánea, sensible, inteligente y muy bonita… —sonrió con ternura—. Y me gustas mucho, tal y como eres.

—¿Qué… qué… —intenté modular alguna palabra, pero me costaba tanto…—. ¿Qué estás… insinuando? ¿Por qué me dices todo esto ahora? ¿Por qué…

—Porque estoy enamorado de ti, Serena —soltó semejante bomba como si nada y yo creí que iba a desmayarme. Ya no sentía mis piernas, esto era demasiado increíble para ser cierto—. Porque estoy fascinado contigo desde el primer momento que te vi. Porque siempre me sorprendes, me haces reír, me haces sentir tan… tan vivo, tan libre… —¿yo? ¿yo le hacía sentir todo eso?—. Y en este tiempo que dejamos de vernos, he pensado mucho en ti y me di cuenta de que te extraño, que te necesito, que quiero estar contigo.

—Pero… pero… pero… —volví a titubear—. Nosotros… Nosotros no… Nosotros habíamos decidido que…

—Lo sé, claro que lo sé. Pero no puedo aceptarlo, no quiero. Porque no he dejado de pensar en ti todo este tiempo. Porque mis sentimientos, los que alguna vez intenté transmitirte quizás sin ser lo suficientemente claro, han ido creciendo día a día. Porque jamás sentí por nadie lo que tú me hiciste sentir. Porque me enamoré de ti. Y por eso estoy aquí, por eso volví a buscarte.

Apoyé mis manos sobre la mesa para sostenerme, era tal la conmoción que tenía que estaba a punto de perder el equilibrio. —No sé… No sé qué decir, yo…

—Porque quiero casarme contigo, Serena.

¡Ay, dios mío! ¿Qué estaba pasando? Me iba a dar un ataque en cualquier momento, no podía creerlo, me estaba proponiendo matrimonio. ¡De verdad Zafiro me estaba proponiendo matrimonio!

Se arrodilló frente a mí y tomó mis manos entre las suyas sin dejar de mirarme a los ojos con determinación, con seguridad. Porque estaba hablando en serio, estaba hablando muy en serio y yo no podía creerlo. —Por favor, cásate conmigo, princesa.

"¡Oh, por dios!" pensé para mis adentros con un inmenso esfuerzo por disimularlo. "¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡Me dijo "Princesa"! ¡Quiero gritar! ¡No, quiero correr! ¡No, quiero abrazarlo y decirle que… ¡No, quiero huir! ¡No, quiero… ¡Dios mío, no tengo idea de lo que quiero! ¿Qué voy a hacer? ¿Qué le digo? ¿Qué le respondo? ¿Qué hago? ¡¿Qué hago?!"

—Yo… yo… —balbuceé como idiota con la voz entrecortada y me di cuenta de que estaba temblando como una hoja. Porque estaba muy nerviosa, muy confundida, no entendía nada. Porque aunque durante gran parte de mi vida había soñado con este momento, con comprometerme con alguien y comenzar a proyectar una vida juntos, ahora que estaba sucediendo me sentía completamente perdida y desorientada. Creía que lo había superado, que ya no esperaba ni deseaba esto para mí, que mi vida como era ahora era lo suficientemente buena para mí, que yo…

—Por favor, Serena, cásate conmigo —repitió y yo estaba congelada, paralizada, totalmente desconcertada.

¿Cómo llegamos a esto? ¿Cómo fue que cuando menos me lo imaginaba me vino a pasar algo como esto? ¿Cómo fue que mi vida tranquila y perfecta volvió a ponerse patas para arriba justo ahora?

No quería recordar. No quería remover el pasado ni volver atrás. No quería ceder. No quería volver a ser la que fui ni sentir lo que sentí. Pero no pude evitarlo, cientos de recuerdos y sentimientos que creía perdidos para siempre se impusieron de repente en mi mente y mi corazón.

Y volví a recordar. Todo empezó hacía exactamente un año atrás… Evoqué cada momento, cada detalle, cada palabra, cada sensación y cada herida de una manera tan vívida que era como volver a experimentarlo todo de nuevo. Sí, todo, absolutamente todo lo que ocurrió en los últimos días, los últimos meses, durante todo el año pasado hasta este preciso instante, todo se ordenó cronológicamente en mi cabeza en unos pocos segundos.

Después de tan detallada y reveladora recapitulación de los hechos y de tratar de ordenar un poco mis ideas, logré ubicarme en el tiempo y espacio reales, en el momento presente.

Y aquí estoy.

En este momento, en este lugar, aquí y ahora, ésta soy yo, Serena Tsukino, la cabeza hueca del siglo, de pie frente a Zafiro Black, este hombre increíble que acaba de proponerme matrimonio y me mira expectante arrodillado frente a mí.

Al caer en la cuenta de lo que está sucediendo, vuelvo a registrar la debilidad de mis piernas y ya no puedo mantenerme más en pie. Entonces me dejo caer de rodillas y él sostiene con más fuerza mis manos para ayudarme a no perder el equilibrio. —¿Estás bien? —me pregunta preocupado.

—Zafiro —logro articular con dificultad—, ¿eres consciente de lo que estás haciendo? Esto es una locura —digo negando con la cabeza.

—Sí, puede que lo sea —dice al llevar mis manos a su pecho—. Y te juro que tenía todas las intenciones de planteártelo de otra manera y no así. Pero no pude evitarlo, estar aquí contigo de nuevo y recordar todo lo que pasó la última vez que estuvimos juntos cuando hablamos tanto y nos besamos y estuvimos a punto de…

—Sí, sí, sí —digo un tanto molesta mientras suelto sus manos bruscamente—. Ya sé lo que pasó aquella vez, yo estuve aquí, no hace falta que me lo recuerdes.

—Tienes razón —dice disgustado y se pone de pie—. Esto es una locura, no debí hacerlo —y comienza a caminar alejándose de mí.

Inmediatamente recapacito y voy tras él. —No, espera —digo avergonzada al alcanzarlo, poco a poco voy recobrando algo de lucidez y trato de reflexionar con más serenidad y entereza sobre lo que está pasando—. Lo siento, no quise ser grosera. Es que estoy sorprendida, no entiendo cómo es que llegamos a esto.

—¿No lo entiendes? —ahora él se muestra molesto—. ¿En serio no lo entiendes? Acabo de decírtelo, estoy enamorado de ti, Serena. Y quizás proponerte matrimonio sea una locura, pero lo que siento por ti no lo es. Yo de verdad… —hace una pausa y suelta un pesado suspiro. Ahora su actitud es más calmada—. Yo… Yo te amo … —dice suavizando el tono de su voz y volviendo a tomar mis manos—. Te amo, Serena, y quiero que estemos juntos. Quiero comprometerme contigo.

—Por dios, Zafiro, es muy fuerte lo que me dices —él siempre fue muy discreto, respetuoso y atento conmigo. Por más que me dijo en más de una ocasión que yo le gusto, nunca volvió a insinuar nada ni apurarme de forma alguna, ni siquiera llegó a coquetearme. Por eso siempre me sentí muy tranquila y despreocupada al respecto. Jamás imaginé que llegaría a enamorarse de mí. Mucho menos a confesármelo con una propuesta de matrimonio.

—Pero es verdad, es lo que siento, y ya no puedo seguir callándolo ni un minuto más, no quiero.

—Pero yo… Yo soy un desastre, soy inmadura, inestable emocionalmente.

—No es cierto, tú no eres así, al menos yo no te veo de esa forma. Para mí eres una gran chica, eres muy sensible, entusiasta, graciosa —a medida que enumera todo lo que le gusta de mí, y que yo no puedo creer que sea capaz de verme de esa forma, su actitud es cada vez más cálida y una dulce sonrisa va dibujándose en su rostro—. Cuando estoy contigo siento que mis energías se renuevan, tienes una vitalidad tan contagiosa. Disfruto tanto de pasar tiempo contigo, cuando nos divertirnos juntos, cuando conversamos por horas de cientos de cosas, cuando cocinas para mí. Me siento tan pleno cuando estoy contigo, tan feliz…

Sus palabras y su forma tan tierna de hablarme me conmueve y me hace sonreír emocionada. —Yo también me siento muy bien contigo —admito y él aprieta con fuerza mis manos—. Siempre me escuchas, me tienes una paciencia infinita, me das consejos, me contienes y me comprendes. Me ayudas a entender mejor muchas cosas y logras que pueda sentirme en paz conmigo misma.

—¿Lo dices en serio? —pregunta asombrado.

—Sí —aunque más de una vez me lo haya planteado, nunca antes me atreví a decirle estas cosas—. Estar contigo me resulta tan fácil, me siento muy cómoda, no me cuesta. Porque tu modo de ser tan cálido y tranquilo me transmite mucha calma, me relaja tanto, siento que tenemos una conexión tan especial.

—Yo siento lo mismo.

—Y puedo percibir en nuestras charlas, nuestras bromas, nuestras risas, en todo lo que compartimos que ninguno de los dos necesita esforzarse ni fingir ser agradable con el otro, que no nos cuesta tratarnos así y sentirnos bien estando juntos de esta forma —estoy bastante convencida de que todo esto que digo es cierto, sin embargo una parte de mí se resiste a aceptarlo—. Pero yo creí que sólo éramos amigos.

—Es que es verdad, hemos sido amigos todo este tiempo. Incluso tú acabas de decirme que te alegra que volvamos a ser buenos amigos como antes. Pero en realidad yo ya no siento lo mismo después de lo que pasó entre nosotros la última vez que nos vimos. Porque me di cuenta de que ya no quiero más eso, no quiero volver a jugar el papel del amigo fiel e incondicional de antes, porque ya no es suficiente para mí. Y no puedo seguir así, no quiero.

—Zafiro… —su sinceridad cala hondo en mí, tanto que tengo ganas de llorar. Y en un inútil intento por contenerme, empiezo a temblar otra vez.

Él parece percibir mi conmoción y comienza a acariciar mi rostro con suavidad, provocando que un par de lágrimas se escapen de mis ojos. —Y aunque admito que estoy muerto de miedo, que me aterra la idea de que vuelvas a rechazarme como lo hiciste en otras ocasiones, necesito ser sincero contigo —dice con una nueva sonrisa—. Me enamoré de ti, Serena. Te amo de verdad, no por una idealización o por cómo me haces sentir conmigo mismo. Sino por ti, por quien realmente eres —repite las mismas palabras que dijimos la última vez que nos vimos, cuando yo le hablaba sobre lo que deseaba poder vivir alguna vez, que alguien sintiera todo eso por mí—. Y quiero compartir mi vida contigo.

—Es una locura…

—Tal vez —dice riendo.

—No sé… —yo también río—. No sé qué decirte…

—Mira, dentro de poco cumpliré 30 años y la verdad es que siempre fantaseé con llegar a esta edad con una familia constituida, un hogar, una vida afianzada —explicó—. Pero aunque también sé que hace tiempo que no quiero aspirar a tener una esposa ideal o una familia perfecta, ahora me doy cuenta de que tú eres con quien deseo construir un amor de verdad, un amor real. Quiero comprometerme contigo, Serena. Y que algún día, ya sea dentro de unos meses o unos años o cuando sea, te conviertas en mi esposa.

—¿Estás seguro de lo que me dices?

—Claro que estoy seguro —volvió a reír—. Pero si tú no lo estás, no quiero presionarte. Así que tómate todo el tiempo que necesites para pensarlo, yo estaré esperándote y sea lo que sea que decidas, lo aceptaré y todo estará bien, te lo prometo. Por favor, dime que lo pensarás.

Me tomo unos segundos, aunque no sean suficientes, para meditarlo. Él me observa impaciente. Y después de soltar un largo suspiro, le respondo. —Está bien, lo pensaré.

Zafiro suelta mis manos e inmediatamente toma mi rostro para besarme en los labios. Yo no dudo en corresponderle, pero no dejo que el beso dure demasiado para evitar que las cosas se salgan de control como la última vez.

Apenas nos separamos, nos miramos a los ojos en silencio por unos instantes. Su mirada es tan sincera y llena de determinación que casi llega a estremecerme. Examina una a una las facciones de mi rostro y después de acariciar mi cabello con los dedos, vuelve a sonreír. —¿Vamos a comer? —dice con calma.

Yo asiento y también sonrío. —Vamos.

Mientras entre los dos preparamos la mesa para cenar y luego empezar a servir la comida, yo trato de repasar en mi mente todo lo que acaba de suceder con algo de objetividad. Y vuelvo a recapacitar: Durante gran parte de mi vida la idea de casarme y formar una familia fue un valioso sueño para mí, pero con todo lo que me pasó últimamente reconozco que me siento bastante perdida y desorientada al respecto. Hasta hace solo un par de horas antes, llegué a considerar la posibilidad de superarlo, de dejar de esperar o desear algo semejante para mí, para encausar mi vida hacia otro rumbo, algo que en verdad tenga que ver conmigo y mis verdaderos deseos, aunque aún no los tenga del todo claros.

Y me pregunto: ¿será ésta una buena oportunidad para conseguirlo? ¿es Zafiro la persona con quien quiero comprometerme y proyectar un futuro juntos? ¿qué es lo que en realidad siento por él? ¿es amor? Y si no lo es, ¿puedo llegar a enamorarme de él algún día?

Ésta y cientos de preguntas más se imponen en mi cabeza y amenazan con volver a desestabilizarme. Pero recuerdo los consejos de Lita: no tengo que forzar las cosas. No tengo que precipitarme ni en tomar decisiones ni en sacar conclusiones apresuradas. Todo a su tiempo, todo a su ritmo, sin apurar ni interrumpir nada, y que sea lo que tenga que ser.

Así que inspiro hondo y trato de enfocarme de nuevo en la cena, en el momento que estamos compartiendo. Termino de servir y le entrego su plato a Zafiro. Me siento frente a él con el mío y antes de empezar a comer me detengo a observarlo un momento. Él examina el plato con mucha concentración. Se prepara muy minuciosamente un bocado con el tenedor y la cuchara y cuando se lo lleva a la boca, cierra los ojos. Se toma su tiempo para masticar y saborear la comida. Yo comienzo a impacientarme, me da mucha intriga saber cuál es su impresión. Cuando termina, abre los ojos, deja los cubiertos a un lado y me mira. —Serena —dice con calma y medita unos instantes antes de dar su veredicto—, esta pasta está… simplemente deliciosa —y echa a reír al ver mi expresión de pánico—. ¡Te felicito!

—¿En serio? —le pregunto también risueña—. Demoraste tanto que creí que estaba horrible.

No aguanto más y echo a reír a carcajadas. Él también se contagia de mi risa perdiendo cualquier tipo de control. Tratamos de contenernos tapándonos la boca con las manos, pero no podemos detenernos. Todo lo contrario, las risas se hacen cada vez más estridentes, estamos tentadísimos y casi nos quedamos sin aire de tanto reír. De una forma muy divertida lo que estamos haciendo es desahogarnos y soltar por fin la tensión que sostuvimos todo este tiempo.

Poco a poco nos vamos calmando y podemos volver a respirar con normalidad. Siento un inmenso alivio al notar que todo vuelve a ser distendido entre nosotros. Que nos tratamos con soltura, con confianza, que nos sentimos cómodos compartiendo esta cena, que todo va a estar bien, que nada puede salir mal.

Pero cuando veo que vuelve a servir un poco de vino y alza su copa para invitarme a brindar con una gran sonrisa en su rostro, siento inmediatamente como si el tiempo se detuviera. Estoy completamente absorta ante su sonrisa, tan tierna y hermosa. Estoy prendida de su mirada, paralizada, no puedo sacarle los ojos de encima, hacía mucho tiempo no me pasaba algo semejante. De golpe siento cómo un intenso y cálido regocijo inunda mi pecho, una emoción tan inmensa e indescriptible recorre mi cuerpo entero. Y casi mágicamente todo se acomoda en mi interior. Es como si de repente una apretada venda se me cayera de los ojos y pudiera ver todo con claridad al fin. Ya no tengo dudas, ya no me siento más insegura. Ya no hay más incertidumbres ni inquietudes que interrumpan mis verdaderos sentimientos. Ya sé cuál es mi respuesta.

—Zafiro —lo llamo con mucha firmeza en mi voz y él me mira serio—, ya tomé una decisión.


Y? Qué les pareció? Adivinaron que se trataba de Zafiro? O se imaginaron a alguien más? Qué creen que decidió Serena? Aceptará comprometerse con él o no? Ustedes qué piensan? Cuenten, cuenten!

Paso a responder sus reviews (unos por aquí, otros por privado):

-Guest1 (creo que eres tú, Mar): sobre cómo están las cosas entre la mugre Serena y el rogón de Darien (jaja) nos enteraremos más adelante..

-Gra: creo que hoy también amerita la expresión "Ay, Serena", jaja..

-Guest2: no sé si esta vez el capítulo quedó dulce o amargo, yo creo que más bien indefinido.. pero en el siguiente todo se aclarará..

Bueno gente beia del mio cuore, me despido hasta la próxima. Les mando muchos besos y abrazos y les pido, como siempre, que no olviden dejarme sus hermosos reviews. Porfis, porfis, porfis, no me claven el visto!

Se les quiere montones!

Besotototes per tutti,

Bell.-