Amour Sucré (c) Chinomiko


Agonizando vivo
y el mar está a mis pies
y el firmamento coronando mis sienes. —Teresa Wilms Montt


Capítulo II

Potesta


.

Castiel estaba intranquilo.

O más precisamente, Castiel estaba angustiado, pero aunque la última condición era la más acertada, a la vez resultaba ser una que él no podía permitirse sentir y mucho menos admitir bajo ninguna circunstancia. Sentirse angustiado era un síntoma de debilidad por donde se le mirara, demasiado patético

Cerró sus ojos con fuerza y dejó caer su cabeza hacia atrás. Silencio. Silencio. Necesitaba beber el silencio, hundirse y que este lo envolviera durante el tiempo necesario que le tomara a su espíritu el calmarse y aceptar su situación actual. Pero en el mientras tanto de sus deseos abortados de gritar y así apaciguar de momento sus llagas eternas; la frustración abyecta, la vergüenza y la impotencia se incrementaban.

demasiado humano.

No estaba seguro de cuánto tiempo llevaba ahí, en la soledad de la noche, abrazándose a sí mismo sobre un sofá en medio de una sala de estar en la que él era el único presente, donde la luz de la luna llena se deslizaba a través de la ventana y alcanzaba a iluminar en parte la piel expuesta de sus brazos. En un momento eventual él volvió a alzar su rostro, y al no abrir sus ojos, sólo su rostro fue el que encaró la oscuridad del apartamento a oscuras. Su expresión era sombría, y los mechones de cabello negro caían cubriendo todo desde su cabeza hasta casi llegar a su barbilla, adornando y enmarcando todo su lenguaje corporal en una misma imagen que irradiaba reticencia y por sobretodo odio.

Y de pronto las luces de toda la estancia se encendieron.

"Lamento si te hice esperar, querido."

El cuerpo de Castiel se erizó al sólo escucharla, y con eso abrió sus ojos. Esa, esa —esasiempreseguradesímisma— voz se sintió tan cercana, demasiado cercana.

Ni siquiera el estar en medio de una noche silenciosa, ni la posesión de sentidos ímprobos que había cultivado a lo largo de su existencia, nada. ABSOLUTAMENTE NADA, le permitió sentir esa presencia acercarse a él.

Pero a esas alturas ya no debería sorprenderse, a fin de cuentas, se trataba de ella.

Como siempre.

"Da igual," respondió seco, rozando lo apático; luchando internamente por sonar compuesto. Después, todavía indeciso, se reincorporó y dio media vuelta. Aquella voz venía desde sus espaldas.

Vistiendo un vaporoso vestido color rojo, se apoyaba en el respaldar del sofá la figura de una curvilínea mujer con cabellos del mismo tono; sus rizos sutiles caían en una ondulante cascada, piel tostada, mirada expectante y una insinuación de sonrisa sutil encajada en sus labios completaban el aire confiado de su persona.

"Sé que me retrasé un poco, ¡pero vamos…!" Habló entusiasta, posando ambas manos sobre sus caderas. "¡Esa no es forma de darle la bienvenida a tu madre, menos después de no vernos por tanto tiempo!"

El joven ni se inmutó por las palabras de su progenitora, por lo que hubo un silencio que se prolongó por varios, eternos, minutos en los que ambos se observaban fijamente a los ojos; silencio que sólo fue interrumpido por el campanario de alguna catedral cercana que hizo sonar los doce toques de medianoche.

"No creo que esto nos lleve a ningún sitio," habló ella en cuanto las campanadas terminaron de retumbar. Seguía sosteniéndole la mirada a su hijo— curiosa, siempre atenta a cualquier movimiento que este pudiera efectuar.

Como un animal observando su presa.

"Si me dijeras para qué me necesitabas aquí con tanta urgencia, quizás podría tener alguna idea de a dónde planeas llegar con todo esto."

"¡Agh, sigues igual de serio desde la última vez que nos vimos!" protestó con inmadurez. "Antes eras más divertido, ¿sabes? ¡Recuerdo que antes eras un niño tan alegre y tan entusiasta! ¡Me duele muchísimo verte actuar de esta manera ahora! Qué daría yo por volver a verte a ti, mi retoño, siendo aquel risueño pequeño que solías ser…"

"… Ya no sabes ni de lo que hablas," contestó casi en un murmullo, asteado hasta los huesos por la situación, y recordándose mentalmente su mantra de que no debía, ni podía, huir de allí. Optó por la opción más sana: dar media vuelta y separarse de ella unos cuantos metros.

Pero antes de que lograra alejarse, la mujer rodeó el sofá y se acercó vivamente hasta donde él estaba, no tardó en frenarle, cogiéndole veloz por el brazo. Antes de que Castiel pudiera zafarse, cayó en cuenta de que ella le abrazaba fuertemente.

"Ay mi pequeño, ¡pequeño hijo! ¿En qué momento cambiaron tanto las cosas entre nosotros?" exclamó con la nostalgia impregnada en su voz, hundiendo por algunos segundos su rostro en la espalda del joven. "¿En qué me equivoqué para que nuestra relación terminara así? ¡¿Acaso tan mala madre fui contigo?!" la voz de la mujer tembló de pronto, lanzando un entristecido gemido. A su actuar le siguieron una oleada de incontables sollozos.

Ante tal espectáculo Castiel sólo permaneció inmóvil (alerta) en cuanto sintió el tacto de esa mujer sobre su cuerpo, sin embargo su mente evitaba bajo cualquier costo poner atención a los dichos de esta; internamente viajaba entre pensamientos que sentía casi como gritos ensordecedores, con un constante SuéltameSUÉLTAME que sentía le cercenaría el espíritu en cualquier instante.

"Ya que estamos solos no necesitas actuar," pronunció Castiel entre dientes.

En cuanto terminó de decir eso pudo jurar que sintió el cuerpo de su madre sobresaltarse; ella entonces cortó el abrazo de golpe y tomó distancia. Cuando finalmente se volteó hacia ella, Castiel pudo verle el rostro desde ahí: este estaba serio y bañado en una inexorable frialdad, sin rastro alguno de la anterior actitud jovial e incluso infantil que mostró durante el minuto uno de su encuentro. La fachada había caído y su yo real hacía su entrada triunfal.

La verdadera, y más cruenta faceta de Afrodita.

"Créeme, esa apatía tuya no te sienta bien," replicó finalmente, ahora sonreía, sólo que en un gesto que no alcanzaba su mirada, la que seguía seca y muerta.

Una mujer más, una mujer poderosa y adinerada— A simple vista.

"Huh…, lo que digas..." siseó. "Podría decir lo mismo de ti de cualquier forma."

Hermosa, dicen los que son capaces de verla pasar. Pero ellos sólo veían las joyas, la actitud imponente que irradiaba a donde quiera que fuera, la cara jovial y la figura que sugerían sus ropas; lo mismo con sus miradas coquetas y las sonrisas que dedicaba. Nadie veía su podredumbre. Nadie excepto ella.

Nadie excepto ella, y Castiel.

La mujer chasqueó su lengua. "Si hay algo que me agrada de ti, es que me conoces tan bien que no es necesario que finja contigo, no tanto, por lo menos. Te doy créditos por eso," soltó una corta carcajada y luego caminó perezosamente hacia el sofá y se acomodó en este. "Pero ya que estamos en la hora de la sinceridad, podrías, no sé, ¿ser más cariñoso? En serio, me abruma tu falta de entusiasmo cuando estamos juntos. Te recuerdo que el que seas un bastardo no significa que tengas el derecho de actuar como tal, no frente a mis ojos."

Maldita perra viciosa.

Castiel tuvo que morderse la lengua para frenarse en replicarle, por lo que lo siguiente que dijo le salió en un forzado tono condescendiente: "Te recuerdo que… si me llamaste aquí fue porque querías que te hiciera un favor— a eso vine. Que eso no se te olvide."

"Touché, mi querido," la mujer suspiró y luego de darle un rápido vistazo a la sala, volvió formular su semblante decidido. "En cualquier caso, no te preocupes. En esta ocasión no te he citado con la animosidad de jugar contigo," explicó.

Una sonrisa ladina. Siempre una sonrisa ladina cuando ella hablaba sobre sus planes.

"Te escucho."

Ella le indicó con la mirada que se acomodara a su lado, a regañadientes Castiel cumplió. Ya estando sentado allí, la mujer no tardó en acurrucarse junto a él, una vez logró rodear sus brazos alrededor del cuello de este, comenzó a hablarle, con su voz sonando coqueta y holgazana a la vez: "Verás…, a veces, no siempre pero a veces, en serio que siento lástima por ti."

Las manos de Castiel se enterraron sobre el cuero del sofá, hormigueaban por poder alejarla de golpe. Y sin embargo su cuerpo sólo temblaba, y sus extremidades nada más respondían apenas en forma de inconclusos movimientos de lucha espasmódicos que no lo llevaban a ninguna parte, dando pocos indicios de querer seguir existiendo.

"Porque—," ella se aseguró de aferrar sus brazos con mayor fuerza; Castiel dejó de intentar resistirse. "—debe ser difícil ser tú en estos tiempos. Porque seamos honestos, para los humanos sólo eres una emoción de segundo grado, un extra en sus, ya de por sí, vidas insípidas; es casi como si sobraras a estas alturas…, con toda la situación actual del mundo entero desmoronándose, y tú, quien se supone es la máxima expresión de amor, sin poder hacer nada al respecto. Ciertamente patético."

Un ataque gratuito.

Castiel lo sabía, esa era la manera en que ella hacía las cosas. Tampoco tenía mucho sentido el defenderse al respecto, no al menos con algo que él no le hubiera dicho ya en el pasado. No era la primera vez que ella le hablaba así, y bien tenía claro que no sería la última.

Ya que con sólo verla, él podía saber cuánto le estaba divirtiendo.

"Suficiente."

"Supongo que no puedo tener altas expectativas contigo. A fin de cuentas, no eres tan bueno," la maldita lo estaba ignorando y ahora hablaba en ese tono de indulgencia fingida. "Pero no te preocupes… sé que no es enteramente tu culpa," era insoportable; ella, todo, el momento y el contexto, la cercanía y el roce de su piel sobre la suya, cómo se frotaba contra su brazo (grotesco); aquella pesada fragancia de almizcle que su cuerpo irradiaba y sentía le quemaba desde adentro. Y por supuesto su voz, esa voz y cómo le ronroneaba a la altura del oído y sus palabras— CÁLLATEMALDITAZORRAINFELIZporfavorcállate. "Bien entiendo que los humanos de por sí arruinan todo a su alrededor, como una plaga. Debe ser agotador para ti lidiar con ellos a diario, ¿cierto, mi querido…?"

"¡QUE TE CALLES!" Castiel gritó sin moverse ni un centímetro de su asiento, y en cuanto lo hizo un escalofrío recorrió su ser. Oh no. nonononononoNO. No debió hablarle así, eso era caer en su juego, lo que ella buscaba lograr con toda esa diatriba en su contra— la reacción más primaria por parte de Castiel con la que ella podría sacarle en cara irrefutablemente lo básico y miserable de su existencia.

Aquello que logró devolverlo a la realidad fue la melodía maldita de su madre riendo: "Te conozco lo suficiente como para saber que anhelas venganza," le susurró fugaz al oído, para luego (al fin) soltar de golpe el agarre que tenía sobre el cuello de Castiel, aunque todavía permaneciendo significativamente cerca de él.

Lentamente, Castiel se volteó hacia ella, algo reticente, aunque nada sorprendido. "Mejor, deja de hablar como si me conocieras," dijo serio. Calma. Conserva la calma. "No necesito la lástima de nadie, mucho menos la tuya."

"No me hables así," replicó secante, alzando la voz. "Agradece que por fortuna tienes a tu madre, quien te apoya. Porque dime, ¿quién más que yo te ha acompañado abnegadamente a pesar de todo?"

El joven empuñó ambas manos fuertemente, se mordió la lengua y agachó la mirada.

"Sólo imagínalo, imagínalo," ella continuó, como si lo anterior no hubiera sucedido. Sus ojos brillaban. "Destruirlos, masacrarlos. Ser capaz de presenciar de primera mano la delicadeza del último rastro de vida desvaneciéndose de sus ojos, el encanto de ver cómo tus víctimas suplican piedad de rodillas como animales de sacrificio, ser el testigo del sublime espectáculo de naciones enteras desmoronándose hasta sólo quedar en calidad de cenizas."

Si Castiel entraba a describir, podía admitir sin demasiadas vueltas que su madre actuaba como una maniática durante sus mejores momentos, y como una completa enferma con sed de ira durante los peores.

A pesar de todo, todavía está actuando con cierta cordura.

¿Ya llegaste al punto en que prefieres no recordar las veces en que la viste en sus 'peores momentos'?

¡Cállate!

"Tú serás la que disfrute esas cosas. Por mi parte, no soy un asesino."

Su madre chasqueó la lengua "Pero sí que no tienes problema en torturarlos con tus flechas todos los días... No creas que ese actuar tuyo pasa desapercibido— tu irresponsabilidad y falta de nociones mínimas de criterio ya son un secreto a voces para estas alturas…," se burló. Luego procedió a cambiar su expresión a una más suave, se acomodó a horcajadas sobre él, y con minucioso tacto, subió sus manos hacia el cuello de su hijo y comenzó a acariciarlo lentamente. "Por eso digo, una flecha más, una flecha menos… sólo intenta ser más cuidadoso. Ten en cuenta que te estoy ofreciendo la oportunidad de ejecutar tu venganza conscientemente, y a la vez, me estarías haciendo un favor. ¿No te parece una idea encantadora?"

Castiel le dirigió una mirada llena de rencor, la que sin embargo no pudo sostener por más de unos cortos segundos.

Pese a todo lo que ella había dicho, no fue capaz de responderle.

"Sólo tú conoces tus límites, hijo mío, pero ambos sabemos que no eres tan hábil como para actuar sin mi guía…"

Al principio, tiempo atrás —siglos, milenios—, esas palabras escasamente si llegaban a afectar su espíritu, sin embargo, con el paso de las épocas, y como su progenitora reiteraba y reiteraba su punto, él de a poco comenzó a sentir todas esas injurias como reales— herido, apuñalado.

Asqueado. Como un error. Lleno de ira.

Y por su parte, Afrodita sabía perfectamente cómo sacar provecho de eso.

"Hay un humano. Necesito que te encargues de él."

Castiel despertó; sin estar seguro de cuánto tiempo se mantuvo así de ensimismado. De pronto se vio procesando a gran velocidad lo que ella acababa de decir.

Un humano.

Sólo un miserable humano…

¿Es en serio?

Espera.

"¿Por qué sólo uno?"

"¿Acaso querías que fueran más?"

Castiel rodó los ojos, prefirió no contestar.

"Él no ha hecho nada…, por ahora," la mujer comentó calmada, así respondiendo la duda que ella sabía parpadeaba en la mente de su hijo. "Pero ten la seguridad de que lo hará."

"Suenas demasiado segura," más de lo normal, quiso agregar pero se contuvo. Y con eso otra conclusión apareció. "¿Acaso estuviste hablando con alguno de los oráculos?"

Ella asintió calmada, confirmando así sus sospechas. "Me agrada cuando ambos estamos en la misma señal; eso hace todo muchísimo más fácil."

Desconfiado, alzó la vista para verla sostenidamente. "Creo que te estás tomando demasiadas molestias si se trata de sólo un humano. Al menos si me dijeras qué es lo que hará, tal vez podría tener una ide—"

Antes de que él terminara su frase, la mujer inmediatamente formó una amplia sonrisa y llevó sus manos hasta los cabellos de la nuca de Castiel y haló fuertemente de ellos. "Lo que sea que él hará no es de tu incumbencia," habló de pronto, sonriendo abiertamente, mirándole directo a los ojos y con su rostros separados apenas por unos pocos centímetros. "Con que tengas claro que debes acabarlo, es más que suficiente."

Oh…, la nostalgia.

(la has visto peor.)

"No soy un asesino…," procuró recalcar, a la vez esforzándose por no gritarle a la cara.

Que no vea tu dolor.

Ella tiró con aun más fuerza mientras estallaba en risas.

"En ningún momento te pedí que lo mataras, hijo mío," soltó el agarre del cabello y, lentamente, bajó sus manos para así acariciar el rostro de Castiel. Al no recibir la reacción que quería por parte de este, ella continuó hablando luego de darle un par de besos en la frente: "Sólo te estoy pidiendo que hagas aquello para lo que eres bueno, aquello para lo que existes. Dudo mucho que un pequeño favor a tu madre desorganice tu rutina de actividades."

"Eres la misma persona que acaba de reprocharme 'lo problemático de mi comportamiento', y aun así me llamas para que haga estos trabajos sucios por ti."

Cínica.

"Sé lo que dije, y lo sigo sosteniendo," ella continuó con las caricias y los mimos en su cuello y hombros. Luego poco tardó en descender hasta el pecho del joven y a susurrarle palabras de afecto desde ahí.

Repugnante.

"¿Y cuál es tu punto?" Castiel preguntó manteniendo su gesto inexpresivo.

"Mi punto es que él es un humano, uno de los tantos, cientos, miles, millones que de alguna manera te han dañado y seguirán dañando. ¿Imagino que debes querer masacrarlos con tus propias manos, no es así? Pero tú mismo dices que no puedes, y porque no puedes es que por lo que has estado actuando como un bastardo irresponsable durante todo este tiempo," ella insistió. Su voz para esas alturas temblaba, un tono donde la euforia aumentaba y la cordura caía. Una vista familiarmente aterradora. "Tú no lo conoces y definitivamente él tampoco a ti, pero al igual que todos los humanos, él te desprecia, a ti y a todo el concepto que envuelve de tu existencia, porque así son ellos. Y lo que yo te estoy ofreciendo ahora es que descargues toda tu sed de venganza hacia la humanidad en este encargo, yo personalmente me encargaré de cubrir tus rastros en esta ocasión, por lo que siéntete libre de causar cuánto daño quieras~. Le hará bien a tu espíritu, no es algo muy difícil de comprender."

Castiel quería negarse, lo anhelaba desde el fondo de su ser.

Lo necesitaba.

"Porque para mí, tú eres mi mejor arma—," sus ojos brillaban pero seguían sintiéndose oscuros y vacíos. "Antes lo fuiste, lo sigues siendo, y siempre lo serás. ¿Acaso no deseas que me sienta orgullosa de ti?"

Maldita.

Castiel exhaló derrotado, luego finalmente contestó:

"Tienes— Debes… explicarme, qué es lo que quieres que haga."

¿Por qué?

Su madre sonrió satisfecha, había recuperado su templanza en un abrir y cerrar de ojos. En un movimiento ágil incluso se puso de pie y grácilmente comenzó a caminar a través del salón.

Tú fuiste quien me arruinó

"Partirás ahora mismo; los vientos del oeste te guiarán. Una vez ellos te indiquen donde está el humano y tú lo localices, ¡clava una de tus flechas en su corazón!" clamó nuevamente con el entusiasmo de una niña pequeña. "Es necesario que ese miserable se enamore perdidamente del último de los hombres— del más indigno, del más pobre, del más horroroso que encuentres. Debe ser alguien que sólo pueda arrastrarle hacia la ruina inevitable."

(Y a pesar de saber eso no puedes negarte…)

Nopuedesnopuedesjamáspodrás.

"Entendido."

Luego el sonido y la luz murieron, y sólo quedó el silencio.

A los pocos segundos las luces regresaron, pero para ese momento sólo Afrodita quedaba en la habitación.


Notas:

Acá yo de nuevo, ~me disculpo de antemano por la tardanza~

Ahora los comentarios:
A pesar de que Castiel se encuentra dentro de mi zona de confort en cuanto a escritura, este capítulo fue... extraño de escribir, por decir lo menos. Cuando dije que la historia subiría en algún momento a rating M, no me refería específicamente al (eventual) smut. Seguramente lo suba antes de que eso ocurra, según sea el caso; procuraré tener criterio.

Bueno, acá hace su primera aparición la gran antagonista de la historia, Afrodita aka. la madre de Castiel (sí, es la misma que aparece en el juego). Ya se van notando los cambios respecto al mito original, y queda más o menos claro que la relación de Castiel con su madre es bastante tóxica, él mismo deja entrever varias cosas acerca de ella; todo será explicado en capítulos futuros. Aclaro sí que la idea no es ni será excusar las acciones de Castiel (dígase por ejemplo lo que ocurre en el prólogo).

Otra cosa, nuestros dos protagonistas se encontrarán en el próximo capítulo ~

¡Gracias por las reviews, y hasta la próxima actualización!