Amour Sucré (c) Chinomiko


En todos los tiempos,
las guerras han sido declaradas en agosto,
la gente se ha casado los viernes,
y los suicidios han sido los domingos por la noche.
Hay momentos como estos,
en que están en la atmósfera ciertas decisiones. —Bertrand Poirot-Delpech


Capítulo III

Auguria


.

En algún momento antes o después de que el bus se estacionara afuera del instituto— Nathaniel no estaba seguro de aquello— el maestro Farrés mencionó algo acerca de un examen (o algo así) sobre lo aprendido durante el viaje. Así que por el bien de los alumnos, 'más le vale haber aprendido al menos un par de cosas durante la exposición,' dijo este.

Si bien la ida al museo no fue la gran cosa, Nathaniel tampoco se hizo mucho problema por ello. Pros de ser alumno modelo, así le dicen.

"¿Estarás bien?" Frunciendo ligeramente el ceño, Lysandro le preguntó una vez quedaron los dos solos, luego de que el resto de sus compañeros terminaran de desembarcar.

Lo que se hubiera escuchado como una pregunta ambigua para cualquier otro estudiante, Nathaniel supo que Lysandro se refería a las pesadillas que mantenía.

Él asintió. "Te preocupas demasiado por todos, Lysandro," dijo seguido de lo que fue una ligera sonrisa. "¿Cuándo me dirás quién se preocupa por ti?"

"Espero no verme en la obligación de decidir eso pronto," el otro contestó, ahora relajando un poco más su semblante. "Pero ya que tu sentido del humor regresó, puedo quedarme tranquilo."

Con el regreso a casa ya hecho una realidad, la conocida rutina que lo más de los días resultaba ser la vida de Nathaniel se sentía como si volviera a su lugar a una velocidad más rápida de la que él alcanzó a notar.

Se despidió de Lysandro, quien ahora parecía más conforme, y comenzó a caminar hacia la parada de autobuses; de pronto sintiendo como si le hubieran quitado pequeño un peso de encima.

Un peso inconsciente para él, pero que cuya ausencia no duró mucho.

"Hermano, espera."

Hace tiempo que no escuchaba que le llamaran así.

Al voltearse se encontró con Amber, ella estaba sola, arrastrando su gran maleta con ruedas con su mano izquierda y aferrando fuertemente su móvil con la derecha.

"Hay algo que debo hablar contigo," sus palabras salieron deprisa, casi con un tartamudeo entre medio, pero el tono decidido de estas no pasó desapercibido para su hermano.

Nathaniel la quedó viendo algo sorprendido antes de preguntarle si todo andaba bien.

Ella asintió sin pensarlo mucho, pero rápidamente cambió el tema. "No le has dado a papá tu nuevo número, ¿cierto?"

"Así es," él respondió, procurando no desviar la mirada. "No fue muy maduro de mi parte cambiarlo sin decirle nada, lo admito, pero preferiría no tener que escuchar su voz. Al menos por un tiempo."

(Cobarde.)

"Pensé que dirías algo así…"

"¿A qué viene esto?" Nathaniel rió nervioso al decir eso, aunque secamente.

Amber entonces prestó atención a su teléfono, como buscando algo que no tardó mucho en encontrar. Acto seguido le tendió el móvil a su hermano y el otro lo aceptó dubitativo.

"Papá me mandó a decirte que necesita hablar contigo, ahora, urgente, y dice también que te estará esperando ahí en donde estás viviendo."

Como Nathaniel miraba con silenciosa impotencia la pantalla del celular —comprobando así que en efecto la auto-invitación de su padre era algo real, y no una broma de pésimo gusto— ella aguardó de brazos cruzados y en silencio la réplica que este daría.

Y a pesar de saber no era una broma, él no pudo evitar reírse, nervioso otra vez.

Luego los ojos de Nathaniel se alzaron, encontrándose de frente con la expresión impaciente (y cansada) que los de Amber cargaban.

Su hermana…

Habían pasado casi tres semanas (o quizás un mes) desde la última vez en que ambos mantuvieron una conversación decente, intercambiando algo más de un par de incómodas frases sueltas en medio del pasillo, y justamente la primera interacción real que tenían era eso.

¿Y además, qué pensaba Amber de todo eso? ¿Acaso ella estaba al tanto de lo que sea su padre estaría planeando? (—¿qué tal si ella está de acuerdo con él?.)

No, no, eso es imposible. Amber no sería capaz.

Nathaniel no pudo evitar sentirse agotado.

"Creo que…, no hay nada que pueda responderte."

"Está bien, cumplo con avisarte."

Lo siguiente que Nathaniel supo fue que se estaba despidiendo de su hermana, sonriente, como si nada hubiese pasado.


Una tarde invernal inusualmente cálida, vientos huracanados que llegaban desde la montaña, un clima general que gritaba lluvia, y Nathaniel todavía estaba de pie a las afueras el edificio donde residía, debatiéndose acerca de cuál debía ser su actitud una vez hiciera ingreso— tras casi una hora sin atreverse a tomar acción alguna, y aun con equipaje en mano, al final optó por la actitud estoica y distante; la profesional.

(A ver cuánto te dura la compostura...)

Tragó saliva, ya no quería estar ahí. La angustia lo invadió.

Tú vives aquí, no puedes huir de él ahora. Tengo que hacerlo, se dijo, pretendiendo ignorar el hecho de que su cuerpo había comenzado a temblar. Tengo que.

Tragó aire una vez más antes de entrar al edificio, sintiéndose tal y como el visitante que, en ese momento, le hubiera gustado ser.


La vista perturbó a Nathaniel. Su padre, en efecto, estaba esperándole afuera de la puerta.

De pronto y brutalmente recordó cuánto dolía estar frente a la figura de su padre. Se mordió los labios y sin decir nada abrió la puerta con diligencia y lo invitó a pasar, empujando a un lado pensamientos intrusos de paso, deseando que la suerte le brindara o la fuerza necesaria para mantener la compostura en todo momento, o alas para huir lo más lejos posible.

"Te tardaste en llegar." Su padre habló una vez Nathaniel cerrara la puerta tras él. "¿Amber te dio el mensaje a tiempo?"

"Lo hizo," el otro se apresuró en responderle. "Pero me retrasé porque tuve que quedarme atendiendo unos asuntos del instituto," mintió.

"Ya veo." Su padre habló mientras hacía lo que parecía era inspeccionar las paredes del departamento. "¿Y cómo va la escuela?"

"Como siempre."

A pesar de la incomodidad que le creaba el hecho de tener a su padre a solas frente a él después de todo lo que pasó, Nathaniel alcanzó a percibir algo extraño en Francis, algo distinto— este seguía irradiando esa aura obsesa de control, pero ya no tanto sobre él, sino más bien lucía como si intentara aplicarla más sobre sí mismo.

Nathaniel podía ser joven todavía, pero él intentaba conocer sus limitaciones.

"Dime por qué estás aquí."

La sanidad era su meta a largo plazo. Para el corto se conformaba con cualquier cosa que mantuviera a su padre lejos.

"Sólo vine a hablar contigo."

"¿Sólo a hablar?"

Francis sonrió, sólo sonrió, sin ninguna pizca de simpatía. "Te crie para que fueras un chico listo. No seas estúpido. Si vine todo el camino de casa hasta aquí, mínimo confía en mí cuando te hablo."

Un montón de imágenes rotas.

¿Acaso no lo ves? ¿No lo imaginas? (no tienes idea.)

"Tienes razón. No soy estúpido. Yo no te agrado, así que no pretendas lo contrario, ¿de acuerdo?" Esa vieja, e internalizada rabia, había comenzado a filtrarse de nuevo por sus poros tras semanas— meses— sin haberla sentido en absoluto; un sentimiento a esas alturas no del todo indeseable. "Sólo…, déjame tranquilo, por favor."

Sudor helado. Un escalofrío. Culpa y angustia mezcladas cerraron la garganta de Nathaniel luego de que dijera eso.

Y Francis pareció notarlo.

"¿Y en qué minuto dije que me agradabas, mocoso insolente?" En tres largos pasos Francis acortó la distancia entre él y su hijo. Nathaniel tambaleó un poco. "Soy un hombre honesto, yo no hago de mentir y pretender un hábito; pero tú, niño, , no me hagas reír. No podrías agradarme ni aunque lo intentaras, porque no te conozco, y tampoco quiero conocerte."

Las palabras descendieron en su espalda como una placa de peso muerto. Nathaniel se forzó a sí mismo a respirar lentamente.

"Iré al grano. Últimamente a la compañía no le ha ido tan bien como me gustaría, y con tal de prevenir despidos masivos, la directiva—," su voz se volvió amarga al mencionarla, "—tomó la decisión de hacer recortes en los salarios de los trabajadores con los sueldos más altos; y eso me incluye."

"¿A dónde intentas llegar?"

Francis entonces retrocedió hasta volver a dejar una distancia prudente entre los dos. Otra vez, ese aire de autocontrol forzado que no se escapó del ojo escrutador de Nathaniel.

Eso no era bueno. Definitivamente, en absoluto.

"Para ahorrar gastos tendrás que volver a vivir a casa conmigo, tu madre y tu hermana."

Pasos.

Se escuchan más y más cercanos.

Otra pesadilla.

Nathaniel se detuvo de formular una pregunta ansiosa. Ya no importaba. Ya no quería saber nada más.

"No— no estás hablando en serio." Nathaniel susurró.

"No sé por cuanto tiempo será," Francis continuó, ignorándolo. Si bien le estaba dando la espalda a Nathaniel, él sabía que su padre sonreía a la idea destruirle su reciente estabilidad, podía oír al bastardo sonreír. "Por lo que mejor hazte a la idea que ya no volverás a vivir aquí en el futuro mediano."

"E—entiendo la situación pero… pero…" Demasiado tarde. Sus dientes chocaron apretados y sus nudillos se volvieron blancos de la empuñadura tan fuerte, tan dura, que formaron. Alzó la voz, encogiéndose, aunque involuntariamente. "¡A la mierda con tus palabras suaves! ¡Esto lo estás haciendo a propósito! ¡Lo estás disfrutando!"

Nathaniel se quedó inmóvil. Confundido, muy confundido, muy asustado; como si una ola de irrealidad hubiera caído sobre él dejándole aturdido. Nunca esperó reaccionar con tanta dureza, y la sensación posterior a su explosión no se sintió tan gratificante como en otro momento de su vida hubiera imaginado.

Francis se volteó con lentitud, alzó parcialmente las cejas como sorprendido, y luego casi inexpresivo le contestó: "¿Y qué te hace pensar que esto es siquiera respecto a ti?"

Nathaniel no supo qué contestar a eso.

Mierda.

"Sigues siendo un maleducado, madura de una vez. El tener que verte la cara todos los días no me hará más feliz que lo que te hará a ti, aprende a vivir con eso y punto." Francis le hablaba y le miraba con desprecio, y a pesar de eso ese monstruo no parecía perder la calma. "Ya que la verdad, si fuera por mí, te reventaría los dientes a golpes ahora mismo, pero ya no queremos más escándalos, ¿o me equivoco?"

La fuerza de su reacción, sin duda, cementó la potencia de los dichos de Francis. El sonrojo estampó las mejillas de Nathaniel; él conocía ese sentimiento de sonrojarse de pura y cruda vergüenza. Su mandíbula de aflojó y casi, casi, quedó sin aliento. Nunca esperó una observación tan directa, ¿…y aun así…? Todo lo que pudo hacer fue intentar controlarse para no deshacerse en disculpas para alguien que no las merecía.

"… ¿Cómo puedes hablar así… como si nada?"

Dolía. Dolía. Él no quería que nadie le recordara nada acerca de aquellos días, no quería oír de ello, ni quería actuar como si hubieran sucedido. La mera mención le hacía sentir sucio, lo ponía en sus nervios. Recuerdos horribles, horribles. Y estaban salpicados sobre él, en su cabeza, espalda y todo su cuerpo. Como grandes manchas que él gustosamente rasgaría de su piel si pudiera, pero nada podría limpiar esas manchas. Nada iba a limpiar esa suciedad. Nada. Jamás.

"Porque los años me han enseñado a no esperar nada de nadie, Nathaniel. Y los eventos recientes me dejaron en claro que eso aplica hasta para tu propia semilla."

Sí. Quería gritarle. Decirle a ese infeliz que arruinó su vida que se fuera a la mismísima mierda ya. Pero—

(pero.)

"Ya hablé con el casero del edificio. Tienes dos semanas para desalojar este lugar, antes de fin de mes debes estar fuera de aquí."

Las palabras quedaron atascadas en su garganta.


Se sintió un poco menos ahogado luego de que su padre se fuera del departamento, pero los recuerdos de la conversación regresaron sin hacerse esperar y el alivio no duró.

A modo de instinto reflejo Nathaniel se abrazó a sí mismo. Como si se estuviera protegiendo del frío. Como si así nadie pudiera ver cuán patético resultó todo.

(compostura. compostura. compostura.)

Sin darse cuenta del cuándo, lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas y su respiración se volvió errática— sentía que le faltaba el aire.

No lo pensó mucho y salió de ahí. Sin ser visto se dirigió con prisa hasta el último piso— la azotea. Una vez allá caminó directamente hasta el borde de la terraza y posó ambas manos sobre la barandilla.

Se encontró con el viento caliente golpeándolo de frente, y una vista bastante mediocre además, mediocre tal como lo era esa ciudad, mediocre tal y como lo era él mismo y su vida en general.

Nathaniel en ese momento, al igual como en otros tantos en el pasado, se sentía como si necesitara desgarrar su piel, como si así fuera a encontrar la razón de por qué se sentía así de vacío, o el instante en que su vida perdió el control.

No era un dolor avasallador en sí, simplemente él no sentía nada.

Recuerdos de pasos.

Se acerca.

(Nop. No ahora.)

Para ese punto de su existencia, Nathaniel creía firmemente que los mayores dolores en la vida eran aquellos que en su momento no dañaban, o quizás, instantáneamente no se lograba percibir cuánto afectaban, pero que sin más el tiempo pasa, y un día ocurre algo que desata todo y despiertas dándote cuenta que has estado arrastrando un dolor durante años que ha afectado tu vida, tus decisiones, y tu forma de ver el mundo.

En su mente se estaba instalado el debate de que si se atrevía o no a saltar desde la azotea del sexto piso. Aunque el lado juicioso y lógico del No llevaba ventaja.

Él no quería dejarse llevar por el instinto primitivo del miedo ni por la idea de acabar rápido con todo aquello que le atormentaba, incluyendo su propia vida; técnicamente él podía, estaba sólo y nadie lo detendría si es que lo intentaba, pero

(pero no sería lo correcto).

—pero al fin y al cabo él no sabía qué hacer. La indecisión había dado un salto mortal sobre sus nervios, lista para acabar con todo a su paso. A la mierda todo, ni siquiera tenía claro cómo afrontar lo que sería su vida de ahí en adelante.

Los deseos de gritar dejaron de ser sólo deseos. Se escucharon crudos y sin filtro, desgarrándole las cuerdas vocales en el proceso.

VoyamorirvoyamorirvoyamORIR.

Golpeó de puño la base de concreto del barandal de la azotea con todas sus fuerzas mientras liberaba otro profundo sollozo. Nathaniel alcanzó a inhalar una vez más hasta que, crack. Una descarga de dolor se disparó desde los nudillos por todo su brazo como un alambre de púas que le destrozaba los huesos. Comenzó a ver hilos de sangre que sin demora comenzaron a crecer, derramándose por su mano y la respiración se le fue nuevamente en un grito frenético de ira, indignación y pánico.

Todo tembló, su vista se sacudió con manchas oscuras, con la luz ambiental desvaneciéndose frente a sus ojos, el viento hirviente golpeando su rostro y goterones de lluvia empapándolo.

El agotamiento físico y mental, sumado al ataque de ansiedad lo llevaron al límite— Nathaniel perdió el conocimiento.

En ningún momento fue capaz de distinguir a aquella silueta que observó atento toda la escena, de principio a fin, desde la terraza del edificio de atrás.


Notas:

Qué tal festival. No sé si alguien volverá a leer esto he...heh no sé qué decir

Dentro de estos días subiré esta historia a ao3(ya es hora que le dé uso a esa cuenta). Iré actualizando a través de estas dos plataformas simultáneamente.

Yyyyyy, creo que eso es todo. Hasta la próxima!