Amour Sucré (c) Chinomiko
No podría explicarlo. (…) He aprendido a amar en secreto.
Creo que es la única cosa que pueda hacernos la vida moderna
misteriosa o maravillosa. —Oscar Wilde
Capítulo V
Celare
.
Después de la lluvia es cuando el cielo se ve más claro que nunca.
Recargó su espalda sobre la pared junto al marco de la ventana. La recamara estaba a oscuras y era solamente iluminada por el brillo de la luna y estrellas errantes que se resistían frente a la contaminación lumínica, sin embargo a pesar de eso, él podía ver todo lo que había en ella claramente.
Pero lo más importante, todavía era alguna hora perdida entre la medianoche y el amanecer, y a Nathaniel aún le faltaban varias horas para que fuera a despertar.
Y Castiel… Castiel. Teniendo ese sentimiento extraño dentro de él… o sea, ¿cómo? Bueno, no, tenía sentido… de la manera menos lógica y casi absurda posible…, pero lo tenía. La flecha le había rasgado la piel justo cuando estaba de frente a Nathaniel, y los efectos de esta por supuesto lo infectaron… por llamarlo de algún modo.
Las ironías son una total mierda, ciertamente.
Bueno… ¿y ahora qué?
El silencio se sentía pesado, sólo sutilmente pincelado por el sonido de la respiración de Nathaniel bajo las sábanas; pero en su mayoría nada más relleno con pensamientos no conectados entre sí—lo que tal vez era algo bueno, le estaban dando a Castiel una (quizás falsa) sensación de productividad.
Siendo honesto consigo mismo, los últimos sucesos lo traían aun inestable. Se sentía terrible porque él era consciente de que todo ese repentino interés era causado por sus propias flechas, pero al mismo tiempo se sentía tan bien, tan indescriptiblemente bien que en su mente no cabían planes como para intentar deshacer el efecto de su magia, y joder, se sentía tan primitivamente vivo. Tanto que llegaba a marearlo.
Era capaz de racionalizar lo ocurrido, pero aun así, aun así, aun así…
Le asaltó la duda de que si acaso todos a los que les ha disparado por casualidad han sentido lo mismo—
—No. No ahora, se dijo mientras se alejaba lentamente de la pared y se sentaba en el borde, al otro lado de la cama.
Porque sin necesidad de decirlo en voz alta, todo a su alrededor se sentía más amplio—en expansión, y el espacio entre los objetos era como si aumentara y disminuyera y se iluminara y avanzara cien veces más rápido, todo a la vez. Incluso con el pasar de las horas— es el miedo el que está actuando, se decía él. Debía ser el miedo. Todo era diferente. Todo se sentía Más.
Por el momento su concentración se intentaba alejar del deseo sin vergüenza que sentía hacia Nathaniel y en el hecho de que no podía apartar sus ojos de él, quien ahí durmiendo, ignoraba todos los imperios que se estaban derrumbando justo a sus pies.
Pensamientos intrusos de lado, Castiel escuchó cómo la respiración del otro se aceleraba.
Nathaniel abrió los ojos y en estos había desconcierto. Castiel por su parte se quedó quieto y sin aliento, con los ojos bien abiertos y con fuerza esta vez porque no se suponía que él despertara tan pronto.
Por varios segundos ninguno de ellos se movió.
Luego, lentamente, y todavía aletargado por la oscuridad y por lo que Castiel supuso también era el efecto todavía vigente del líquido con propósitos analgésicos que le hizo beber, Nathaniel se sentó en la cama.
Ni un poco más calmado que el otro, Castiel logró escuchar la respiración agitada de Nathaniel, y cómo este parecía estar dando todo de sí para mantenerse sereno a pesar de lo incierto de la situación en la que se encontraba.
"¿Quién eres tú?"
Pero él no contestó nada.
"Responde…" la voz de Nathaniel sonaba rasposa y pesada, como si estuviera ebrio— "¿Dónde estoy?" —de la clase de ebrio con poca paciencia, cambios de humor volátiles y que es propenso a enfurecer con facilidad, la clase que Castiel conocía de cerca. "¡Es a ti a quien le hablo…! Aun sin luz puedo notar que hay alguien aquí…"
Castiel contestó con un escueto "Te encontré.", que fue lo único que se le ocurrió, y también eso fue todo lo que pudo decir, porque las manos de Nathaniel repentinamente estaban empuñadas en sus muñecas, halándolo con fuerza hacia él. Castiel alcanzó a aspirar algo del aliento del otro desde su garganta, luego se encontró a sí mismo mirando a un jodidamente bello rostro que poco a poco se iba haciendo familiar, pero que en ese minuto tenía su mirada inyectada con rabia.
Aquello logró que olvidara por un segundo su desconcierto sobre cómo fue que Nathaniel pudo hacer eso con una mano rota. Le echó la culpa a la adrenalina y al colapso emocional que llevaba arrastrando desde quizás cuánto tiempo. Y claro, todo fue algo efímero. El miedo pronto volvió a reemplazar a la anterior explosión de ira en los ojos de Nathaniel, y otra vez esa emoción se cargó sobre su lenguaje corporal.
"Por favor, dime cómo fue que me encontraste…"
"Fui mandado a buscarte."
"Quién—no… no," otra pausa, una larga y sigilosa. "¿—…para qué alguien querría hacer eso?"
Una inhalación rápida. Aliento aspirado forzosamente a través de los dientes.
"Responde."
Y él podía. Pero su garganta parecía haberse contraído cual si alguien estuviera intentando aplastarle las cuerdas vocales. Con la cercanía todavía latente, en la mente de Castiel todo seguía brincando hacia atrás y hacia adelante entre movimientos de cámara lenta y cámara rápida, como si el universo no pudiera decidirse si quería correr una carrera o detenerse permanentemente. Fue ahí, en alguna fracción de segundo que él cayó en cuenta que mentirle a Nathaniel sería algo que posiblemente no terminaría del todo bien.
"Para nada bueno…," fue lo único que logró arrancar desde sus pulmones, y lo dijo en el tono más neutral que pudo. Dejó que sus palabras decantaran antes de continuar. "Pero, otras cosas pasaron—por lo mismo…, no pude hacer lo que me pidieron que hiciera."
No recibió ninguna clase de réplica, o al menos no inmediatamente. Sin embargo tras varios segundos, y de todas las reacciones posibles e imaginables ante tal tipo de revelación, Nathaniel sólo comenzó a reír.
Eran risas que paulatinamente se transformaron en erráticas y mal controladas, y entre esas Nathaniel soltó a Castiel y dejó caer su cuerpo sobre la cama sin delicadeza alguna. "Suficiente. Ya. La muerte puede llevarme cuando quiera. De hecho, podrías hacerlo tú mismo si así lo quieres. No intentaré defenderme, hablo en serio."
"Ya te dije la verdad. No voy a hacerte daño."
"La verdad…" Nathaniel suspiró, al tiempo que se cubría los ojos con su antebrazo y lo restregaba contra estos, limpiándose las lágrimas entre risas. "¿Y por qué debería creerte? Personas que he conocido durante toda una vida me han mentido y causado daño, ¿por qué debería esperar algo distinto de ti, alguien a quien apenas acabo de conocer? Tienes todo el derecho del mundo para mentirme si así lo deseas— adelante, si quieres matarme hazlo ahora y aquí mismo. Ya no me interesa nada."
"Espera, no estás hablando en serio, ¿… cierto?"
"Huh, ¿y por qué no? Estoy aquí, dios sabe dónde, en la habitación del asesino a sueldo al que por alguna razón que desconozco le ordenaron matarme pero se arrepintió a última hora. No necesitas ser un genio para saber que esto no terminará bien para mí." Para ese punto, Castiel veía a Nathaniel llorar en desesperación y sin saber qué hacer. "Mi vida era un asco desde antes que todo esto pasara. Y—y, como si ya no tuviera suficientes problemas…, ahora estoy en la mira de algún mafioso que me quiere muerto. Increíble. Maravilloso. Estupendo. Todo esto parece sacado de alguna novela muy mala que alguna vez leí."
"Las cosas no son así como dices…" él insistió, pero su tono seguro se rompió a media frase. Algo cercano a arrepentimiento le sacudió la espalda, haciéndolo sentir diminuto.
"¿Entonces dime cómo son?" Nathaniel atacó. De pronto se volvió a sentar en la cama y volvió a soltar una risa venenosa, ahogando sus lágrimas. "Hablo en serio, ahora quiero saber." Silencio. "¿Ves? No puedes. Nadie puede. Esta situación es patética, yo no tengo esperanzas, y tú no eres mucho mejor persona en todo esto."
Por un breve instante justo antes de que la expresión facial de Nathaniel colapsara, Castiel tuvo tiempo para pensar, 'oh, maldita sea, ¿ACASO PIENSA SEGUIR ASÍ TODA LA NOCHE?', y luego, efectivamente, Nathaniel continuó lamentándose, hundiéndose en dichos que lo auto denigraban como ser viviente, y lanzando reiteradas recriminaciones a la vida por ser tan injusta y hacia Castiel—su sicario, por ser pésimo en su trabajo. Y si bien todo aquello no alcanzó a seguir durante toda la noche, duró lo suficiente como para que Castiel llegara a sentirse hastiado.
"¡BIEN, PUES QUÉ PENA!" Castiel atacó de vuelta. "¡SI ASÍ TE SIENTES, PUES VETE A MORIR YA Y DAME UN POCO DE PAZ!"
La amargura que se asentó en su boca justo después de que dijera esas palabras fue real, podría jurarlo. Se sintió terrible. Ni siquiera esperó para ver qué expresión o gesto no verbal Nathaniel hizo ante eso. Castiel simplemente cerró los ojos y se volteó en dirección opuesta.
Bien pudo ser porque todo salió en forma de gritos, como pudo ser por el fondo de esas palabras que salieron sin filtro alguno, la cosa era que tras mucho, finalmente, Nathaniel se tranquilizó.
"Lo último que recuerdo es que estaba en la azotea…," su voz se escuchó débil. "Mi padre acababa de irse y me sentía mal…, muy mal. Yo estaba en el borde, la vista, la gente caminando por debajo, el viento—recuerdo todo eso. Y luego…, luego recuerdo que yo pensé en saltar—en serio que lo pensé y,… y no pude. No me atreví… Una vez más fui un cobarde." Castiel se giró lentamente hacia él y lo quedó viendo fijo. Él no pudo creer lo lúcido que Nathaniel se expresaba mientras decía todo eso, considerando que hace apenas unos momentos atrás este experimentó un colapso nervioso. Resultaba casi risible el deducir que Nathaniel había logrado, de algún modo, drenar vía catarsis gran parte de aquellas emociones extremas —odios, frustraciones y miedos lo más probable— que quizás lo han estado atormentado durante sólo él sabe cuánto tiempo. Claro, siempre estaba la pequeña posibilidad de que ese pudiera ser el caso. Pero la conclusión de Castiel se acercaba más a la idea de que Nathaniel había suprimido todos esos pensamientos dolorosos una vez más, enterrándolos en algún rincón abandonado de su subconsciente.
"Escucha… No debí decir eso— yo..."
"¿Quién fue la persona que te contrató?"
Nathaniel lo estaba mirando fijamente.
O, bueno, no lo estaba mirando, por supuesto. Pero Nathaniel tenía la vista fija en el punto perdido entre la oscuridad en que suponía él estaba. Gesto Serio. Por un largo tiempo.
"Alguien que no quieres conocer…" dijo al final, y su tono era bajo, como tanteando el terreno. "Es… una… persona peligrosa."
"¿Y qué hice yo para que esa persona peligrosa quisiera deshacerse de mí?"
"Ni siquiera yo lo tengo claro. No sé, ella está loca."
Nathaniel se vio algo sorprendido y profundizó parcialmente su ceño fruncido. Inclusive un enmudecido ¿ella? se escapó de sus labios, pero no pasó mucho para que otra pregunta más importante surgiera de él. "¿Y qué piensas hacer conmigo ahora?"
(—Buena pregunta, de hecho.)
"Nada malo," le aseguró. "Traerte acá es una señal clara de que estoy desobedeciendo órdenes. Te lo he dicho hasta el cansancio: no voy a hacerte daño."
"¿Y por qué te preocupas tanto por mí? ¿A qué viene tanta simpatía por un extraño?"
Porque no entiendo lo que estoy sintiendo por ti y actué sin pensar.
Porque en el fondo muero de miedo, pero teniéndote cerca por alguna razón siento que puedo actuar con más claridad.
Porque si te dejaba solo ahí corrías el peligro de que algo mucho peor pudiera pasarte y esa sola posibilidad me aterra como no te imaginas.
Cualquiera de esas respuestas hubiera contado como sincera, pero en lugar de eso, y yendo contra todo instinto básico de consciencia, Castiel contestó secamente:
"Porque me harté de esa mujer, y tú no tienes por qué verte relacionado en el último de sus caprichos."
"Ya veo…"
Castiel suspiró "Escucha, no lograré hacerte cambiar de opinión de un día para otro, pero en el mientras tanto no tengo problema en que te quedes hasta que las cosas se calmen un poco," —quédate cuanto quieras. "La situación en la que estás no es de las mejores, pero ya pasará."
"Gracias…, uhm…, supongo." Lentamente Nathaniel se dejó caer sobre la cama, ahora con la vista clavada en el techo. Poco a poco y aprovechándose del silencio, su respiración se volvió a un ritmo más pausado y sus párpados se movían como si comenzaran a pesarle. Ya sin los efectos de la adrenalina sobre su cuerpo, lentamente volvía a sucumbir ante el cansancio.
Sin embargo él habló una vez más, esta vez entre balbuceos y silabas mal pronunciadas. "No espero que me digas tu nombre real…, y apuesto que ya sabes el mío…, pero como sea…, soy Nathaniel..."
Durante todo ese día algo en Castiel cambió.
Algo se fue.
Algo distinto entró.
Algo cerró los ojos dentro de él y algo más procedió a despertar.
Un sentimiento inesperado e inexplorado—
Y Nathaniel estaba punto de volver a caer dormido.
"… soy Castiel," él no se daba cuenta el porqué, pero nuevamente estaba sonriendo.
—el sentimiento equivalente a la urgencia por proteger a alguien que te importa y que lo necesita.
.
Una imagen post ventisca. Los primeros rayos de sol aparecieron débiles cerca del mediodía, que fue más o menos la hora cercana en que él llegó a ese lugar.
Su vista viajó a los muros de la construcción, altos y empedrados en algunos sectores pocos, con vigas de madera de especie indescifrable, machacadas por el paso del tiempo. Castiel estaba justo en frente de lo que era la entrada a un olvidado granero ubicado en alguna zona perdida de la campiña francesa. Un lugar imposible de ser encontrado a no ser que quien lo busque posea algún grado de naturaleza inmortal.
Tomó aire antes de hacer ingreso y cerrar la puerta tras él. El cambio en la temperatura ambiental fue evidente y drástico. El invierno no se sentía como si existiera ahí adentro. Escapaba de cualquier lógica, una que por supuesto, a él tampoco le interesaba buscar.
Una vez en el interior se sintió observado.
Inmediatamente alzó la vista y quedó conforme, ya no debía buscar más.
Ella estaba sentada—casi recostada encima de la viga horizontal más cercana al techo, junto a un par de golondrinas adultas, un nido de estas y una cría entre sus manos.
"Castiel, Castiel. Tantas lunas sin verte…" una risa corta se escapó de sus labios, al tiempo en que se reacomodaba, grácilmente, de modo que quedaba en una posición más erguida.
"Llevo un rato buscándote," admitió sin más.
Tras hablar él se tomó un momento para pensar su siguiente elección de palabras. En eso estaba cuando aprovechó la oportunidad para examinar su entorno con un barrido visual. La habitación de un solo ambiente era el polo opuesto de su cubierta exterior. Era un lugar que se notaba diseñado con cuidado, superando incluso algunas de las alcobas más lujosas de su madre. Formas y patrones resaltaban cada rincón de la habitación; tomando vida con fina madera de caoba esculpida en estilo gótico. Por debajo de los segmentos pintados, cruces, arcos y líneas tanto de carácter horizontal y vertical daban énfasis a la altura de las paredes.
La habitación tenía un cierto aire al Viejo Mundo que Castiel no estaba seguro si extrañaba o no. Un suave aroma a anís, candelabros encendidos, varias jaulas de aves vacías, espejos de cuerpo entero revestidos en elegantes marcos tallados en plata con motivos de cisnes y pisos alfombrados. Al medio de todo había una gran cama elevada en una plataforma de no más de veinte centímetros; él se sentó a la orilla de esta y recargó parcialmente su peso hacia atrás.
"Este era el último lugar en que pensé te encontraría, yo te imaginaba en alguna isla del hemisferio sur escapando del frío."
"Bueno, ese era el plan inicial. Pero estas pequeñas nacieron a destiempo…" ella dijo simplemente mientras acercaba la cría de golondrina cerca de su madre, dentro del nido. "En cualquier caso, si hubiera sabido que requerías de mi presencia, me las habría ingeniado para esperar tan magna e ilustre visita en una zona menos… rústica."
"Tú, siempre tan considerada…" Castiel respondió por lo bajo, repentinamente irritado, a sabiendas que la otra le oiría sin problema. "Ya deja de hablar así. Actuar toda formal conmigo no te sienta bien, Cele—"
"Huh, uh~" la palma de ella en la boca de Castiel hizo que la frase quedara inconclusa en el aire.
Sonriendo de esa manera burlesca que nada más ella podía sonreír. En un abrir y cerrar de ojos ya estaba justo frente a él.
"Cuántas veces tengo que repetirte que si no quieres que te trate de Eros de arriba para abajo, tendrás que llamarme por el otro nombre, el humano. Y no te hagas el que puede fingir amnesia, ambos acordamos eso y tú mismo me lo asignaste."
Castiel tomó a la chica de la muñeca, de ese modo quedando libre para hablar. "Está bien, está bien," rodó los ojos como molesto—pero ahora sin ninguna malicia ni en estos ni en su voz y mucho más relajado que cuando llegó. "Debrah, Debrah. Ahí tienes tu nombre. ¿Feliz?"
Entre risas ella retrocedió dos largos pasos—así soltándose del agarre. "¡Mucho mejor!" dijo y luego suspiró. "Ahora sí, dime, ¿algún negocio interesante? ¿O acaso andabas nostálgico y sólo me buscaste para invitarme a salir y matar el tiempo?"
"Un poco de lo primero, nada de lo segundo," después Castiel aclaró su garganta, la tensión en sus hombros no tardó en regresar. "Tengo un problema."
De repente mucho más atenta que antes, Debrah le contestó, "Te escucho."
Castiel tragó saliva. En ese instante se maldijo a él, la maldijo a ella, maldijo a la vida la situación a su vergüenza y hasta al agobiante calor ambiental. Maldijo todo.
"Pasó algo malo—tú posiblemente lo considerarás terrible. La verdad no estoy seguro. Supongo que dependerá bajo qué lente lo mires…," Castiel se detuvo, se olvidó del calor, además. "…No sé hacia donde estoy yendo con esto."
"Si ese fue un intento tuyo para asustarme o jugarme una broma, o algo, bueno…, no es necesario decir que no lo lograste, para nada," Debrah dijo mientras se cruzaba de brazos frente a él, ceño fruncido, con la expresión más indolente que pudo lograr. "Conmigo no es necesario que actúes como si tuvieras objeciones morales en absoluto. Créeme, ya me lo has demostrado. Conozco tu peor faceta, y a pesar de todo no te temo. Así que adelante, continúa."
Castiel parpadeó lentamente. Lentamente. Luego, tras otro silencio, aceptó su realidad, y que podía vocalizarla. "Puede que a pesar de todo sí las tenga. Esto tiene que ver con humanos. Un humano."
Ella elevó su barbilla a escucharlo, dándole entonces una mirada llena de complicidad.
"¿Encaprichado ahora con humanos? Vaya, de todas la posibilidades, esa jamás me la esperé."
"¿Sabes? Justamente ahora no ando con mucho tiempo. Ni tiempo, ni paciencia, ni la energía sustancial. Si vine acá no fue para que me juzgaras."
"Entonces qué, ¿viniste para que te aconsejara?" preguntó ella, fingiendo incredulidad. "Por favor Castiel, ¡tú eres un dios! Si tanto te preocupa esto, pues vas, te plantas frente a él y le disparas una de las doradas. Listo. Problema resuelto."
"Pero—"
"Pero qué," ella lo interrumpió. "¿Acaso te preocupa pasar a llevar sus sentimientos?" Debrah dijo en una intencionalmente mala imitación suya. "Por favor, no me hagas reír."
Castiel sólo guardó silencio, y en ese momento ella notó que algo andaba mal.
"No me digas que…" él sabía que ella ya sabía. Ya podía imaginarla haciendo algún tipo de comentario condescendiente sobre el asunto—sarcástico, implicando que era un hipócrita o algo por el estilo, y aunque ese sólo pensamiento lo cabreara, al menos aceleraría las cosas. Pero en lugar de eso, Debrah sólo susurró: "¿…Es esto una broma?"
"¿Acaso luzco como si estuviera haciendo una broma?"
"¡Claro que no, pero quiero creer que sí!" exclamó y luego se mantuvo callada. La mirada de Debrah se perdió en algún detalle del diseño de las paredes. Eventualmente ella añadió,
"¿Cómo fue que pasó esto?"
"Otro capricho de esa mujer. Una cosa llevó a la otra, y al final… No sé, aquí estoy."
"Problemas así no se explican con una cosa llevó a la otra."
"¡Pero eso fue, UN ACCIDENTE!" él protestó a todo volumen y se puso de pie. "Me ordenaron hacer que él se enamorara de un ser terrible—el peor que pudiera encontrar, pero no sé, en un segundo me desconcentré y terminé hiriéndome a mí mismo. No se me ocurre qué más decirte. ¡Yo tampoco pedí esto!"
Lo que pasó después fue difícil de comprender, de cualquier manera, mecánica o directa. Lo fue para Castiel como lo habría sido para cualquier otra persona que hubiera atestiguado lo sucedido.
Debrah lo tomó de los hombros con fuerza, aparentemente sin importarle la diferencia de poder entre ambos, el estatus que los separaba, o la presión con la que le clavaba sus largas uñas en su carne. "Escúchame bien, Castiel, ¡escúchame bien! No te voy a soltar hasta que me que lo digas— hasta que lo grites y te recuerdes a ti mismo que existe un modo para deshacer este desastre."
"¡Que me lo digas!" ella insistió ante la aparente elección de Castiel de no decir nada.
"¡SI LO SÉ, maldita sea! Claro que lo sé—," lo que comenzaron como gritos terminaron en forma de murmullos. Castiel odiaba esa clase de acorralada honestidad, odiaba ser puesto en la primera línea de batalla. Una actitud que a él implícita (—y forzadamente) se le era obligado a aceptar y acatar. Recuerdos de ser ubicado en una situación vulnerable y aterradora, y él despreciaba todo eso. Toda esa situación lo llevaba a eso.
Sin embargo, la introducción de Nathaniel en su vida ya era una realidad, y no podía ignorarla. Era confuso, absurdo. Estúpido.
"—y porque lo sé, decidí no hacer uso de ella. No importa cuán desastroso pienses que esto sea."
Ella entrecerró los ojos y seguido lo miró de pies a cabeza. "Desastroso, en efecto," tras decir eso lo soltó de manera abrupta y retrocedió. "¿El humano ya te ha visto directamente?"
"No. Y no dejaré que eso ocurra."
"Ya veo," dijo y formó una delgada línea con sus labios. "Cuando llegaste insinuaste algo acerca de unos negocios. Dime, sin rodeos, a qué viniste."
"Quiero que hagas un trabajo para mí."
Debrah abrió la boca y luego la cerró, encogiéndose un poco, como si de pronto ella se volviera consciente de lo casi ridículo de la situación. "Prosigue…," dijo después de un minuto.
"Nathaniel es de la clase de persona que jamás en su vida ha hecho algo anormal…" una línea de sudor cayó por su sien. "… Por eso mismo necesito que investigues cuanto puedas sobre él. Infancia, familia, bisabuelos, tatarabuelos, cuantas generaciones existan— cualquier detalle que encuentres y que me ayude a averiguar por qué esa mujer de pronto se obsesionó con dañarlo. Sólo así podré tener una idea de cómo protegerlo."
"Nathaniel…" Debrah saboreó el nombre como se cruzaba de brazos, tras eso exhaló. "La conocemos bien, Castiel. Su personalidad no es de la clase que requiera algún motivo en específico para tener que odiar a alguien."
"Pero ahora sí los tiene, y eso me consta."
"Y me pides a mí que haga toda esta investigación porque a diferencia tuya, yo no luciría sospechosa en caso de que me descubrieran…" ella se lo quedó viendo con los ojos recelosos. "¿Te das cuenta que me estás lanzando a la boca de los leones con todo esto?"
"No me mires así. Bien sabes que jamás te descubrirían, eres demasiado astuta para eso," Castiel recalcó lo obvio en su voz. "En serio, no te lo pediría si no fuera necesario, eres la única a la que le puedo confiar esto."
"¿Confías en mí a pesar de mi abierta desaprobación a toda esta… situación… del flechazo?"
Él no tenía ninguna razón para confiar en ella además de la situación en la que lo pondría la falta de otras opciones. Pero para qué hacerse los tontos, si total, para tratos entre diablos mejor terreno tanteado.
"Sé que quizás no debería, pero elijo confiar en ti."
Ella pareció sorprenderse al escuchar la convicción en esa respuesta, pero si en serio llegó a causar sorpresa, todo indicio de esta pasó rápido. Pronto las manos de Debrah estaban sobre él y no tardaron en viajar hacia arriba, llegando a tocar las sienes de Castiel y quedándose ahí. Manos suaves, como si estuvieran hechas de plumas. Rostro relajado y él tenía la mirada fija en este.
En los ojos de Debrah se podía ver ese brillo ancestral; similar al que los suyos tenían. Era una mirada destacada por la inmortalidad y el paralizado paso del tiempo.
Y su poseedora, hace no tanto tiempo— apenas unos de siglos atrás, a él lo llevaba prendado por el mundo.
Pero ya no. Ya no más.
(Esos fueron otros tiempos.)
"Quizás no deberías," ella hizo burlas en voz baja, aprovechándose de la cercanía que no tardó en deshacer. "Pero está bien, acepto el desafío. Sólo espero encontrar algo interesante al menos."
Debrah era, en efecto, experimentada en cuanto a la cantidad apropiada de presión que debía aplicar según la situación en la que se encontrara, sin embargo— tal así, drástica y cómo las circunstancias estaban, ella miró a Castiel seriamente apenas instantes después.
"Nada más no actúes como si yo no necesitara respuestas. Sólo déjame poner esto en perspectiva una vez—sólo eso. Ya que llegas aquí de pronto pidiendo mi ayuda por causa de que… aparentemente, y por tu propia negligencia, quedaste prendado de un humano que tu madre te mandó a atacar. Ahora quieres que lo investigue porque sólo así podrías protegerlo. Protegerlo. Tú. El mismo Castiel que hasta donde yo recuerdo, su total nivel de indiferencia y desdén por asuntos humanos sólo compite con el mío," ella entonces lo apuntó con el dedo. No tan incriminatoriamente como él hubiera esperado, pero aun así. "No me pidas que asuma este cambio abrupto en ti con la mejor de las caras cuando los dos sabemos que bien puedes hacer como si todo esto nunca hubiera sucedido. Dame una razón de porqué insistes tanto en esto. Una razón. Nada más. Con eso me conformo."
Una razón.
Y aun así, Castiel no podía concentrarse en lograr ninguna. Cualquier borrador de idea sonaba más descabellado que el anterior. Sus oídos zumbaban y los pensamientos sin sentido corrían como en un motor, conduciéndolo hacia el cansancio.
Una serie de palabras sonaron juntas, en voz alta, rompiendo todos los otros pensamientos:
"Porque soy egoísta y no quiero perderlo—no así, no tan fácil," Castiel soltó abruptamente y desvió la mirada. Voz temblándole al final y su rostro de repente en un furioso sonrojo.
Una respuesta que ante todo salió simple y sin pensar.
Silencio fue todo lo que recibió en un principio.
"Está bien. No insistiré más," ella dijo con reserva, casi un suspiro; entonces, de la nada, el aura jovial y espontánea volvió, con algunas risas incluidas. "¡Claro que tienes razón, por supuesto que sí! ¿Quién quiere perder a un amor? Mucho menos ahora, cuando recién acabas de encontrarlo."
Cuando Castiel alzó la vista de vuelta hacia Debrah, el cansancio había desaparecido.
Él esperaba sentirlo, esperaba que lo noqueara, pero se había ido.
"Es curioso…," ella habló con total calma, lo que de cierto modo tomó a Castiel con sorpresa. "Te tengo aquí frente a mí, viéndote con mis propios ojos— esto definitivamente está pasando. Y aun así, no puedo evitar sentir que veo menos de Eros en ti con cada segundo que pasa…, y eso no deja de llamarme la atención."
Castiel frunció el ceño ante eso. "Explícate."
Debrah suspiró resignada y lentamente le dio la espalda para dirigirse hacia un espejo. "Mejor dejemos esa conversación para otro día. Si tú estás aquí ahora mismo es por un asunto puntual, intentemos no irnos por las ramas, ¿no te parece?"
Ella se veía en el espejo mientras hablaba, acomodando su cabello en una trenza suelta sobre su hombro, y Castiel mantenía vigilada su distante, y vaga mirada.
"Cambiando un poco de tema, ¿dónde es que lo tienes ahora? Sólo prométeme que no lo amordazaste en alguna bóveda sin registro. Miénteme si es necesario."
"¿Podrías callarte?" Castiel gruñó. "Ayer lo encontré inconsciente y lo llevé conmigo, está en un lugar seguro. Ahora se está recuperando."
"Oh, bueno. Entonces, dentro de todo, parece que no estás en una situación tanmala."
"Tú no entiendes nada."
Debrah se volteó sorprendida. Su rostro decía que no estaba segura si en serio oyó eso o si sólo fue su imaginación, pero en cuanto vio la expresión dolida en el rostro de Castiel, ella supo. "¿Y qué es lo que tengo que entender?"
"¿Que no sé qué hacer con él?" él contestó, quizás un poco forzado—pero con la cantidad justa de honestidad. "Todo esto es tan nuevo, sé que debo protegerlo, y quiero hacerlo, pero al mismo tiempo temo relacionarme con él porque siento que todo terminará en tragedia."
Ella no pudo contener una corta risa, y luego comenzó a caminar, con lentitud, hacia él.
"Para ser un prodigio, en serio puedes llegar a ser bastante lento cuando te lo propones…, lento, por no decir estúpido."
"Vigila lo que dices."
"¡Pero es verdad! Respóndeme, ¿qué sabes tú del amor?"
Qué sabes tú del amor…
Uhm.
"¿Qué clase de pregunta es esa?"
"Puedo reformularla, tranquilo," Debrah ya estaba a menos de un metro de él. Hablaba con esa entonación como si le estuviera explicando algo a un niño pequeño. "¿Qué tipo de amor es el que sientes por tu humano?"
"¡No sé, Debrah, no sé…! No me hagas estas preguntas. No vine para esto," el sonrojo incipiente en su rostro y el sentido común le dijeron que se detuviera ahí, pero la necesidad de tener la última palabra sumada a la insistente mirada de la joven lo impulsaron a continuar. "Es que, es extraño; al comienzo tenía mis dudas— pero supongo que es del… intenso—no creo que lo vayas a entender. Es del tipo que no puedes medir, que se siente completamente fuera de control."
"¿Del tipo 'haría cualquier cosa por ti'?"
"Es probable."
"¿Y por qué crees que es ese amor?"
"No lo sé, no tengo idea. Todo lo que sé es que lo creo."
"Me atrevo a decir entonces que no creo que tardes mucho en encontrar tu respuesta."
"Si tú lo dices…" Castiel dijo para nada convencido. "Ya tuve mi primera… 'interacción' con él, y fue, por decirlo de algún modo, extraña."
"¿Cómo? ¿Ya has hablado con él?" Castiel asintió. "Imagino te hizo preguntas, ¿qué le dijiste?"
"Le dije la verdad, más o menos— que me habían ordenado hacerle daño pero que no cumplí lo mandado. No estoy seguro si hice bien, la verdad no se me ocurrió nada mejor. No tengo experiencia en estas cosas."
"Y yo no puedo creer que vaya a hacer esto," Debrah dijo por lo bajo, bordando exasperación. Tomó aire, bastante, y mordió su labio inferior antes de hablar. "Okay. Primer y puede que único consejo: No seas estúpido y sigue así. No obtendrás nada duradero a base de mentiras. En una relación el respeto y la honestidad son fundamentales," ella sentenció. "Lo que te digo no es nada nuevo, en serio, diría que no es más que sentido común, pero parece que contigo es necesario."
"No sé qué clase de honestidad esperas que tenga con él. Él no es ni como tú ni como yo, Nathaniel es humano. ¿Lo olvidaste acaso?"
Debrah frunció el ceño y empuño ambas manos. Después, tras lo que pareció una eternidad, sonrió abiertamente.
"Tanto hemos hablado de él que me lo estoy imaginando como una criatura realmente hermosa. Digo, para que andes así de colgado por él…," llegó a dar un aplauso al decir eso. "Quizás hasta yo misma vaya a visitarlo para comprobar si está tan bueno como me lo pintas. ¡Posiblemente hasta nos hagamos buenos amigos!"
Pero al oír eso el semblante de Castiel pasó del molesto por sentirse ignorado a volverse frío. En serio frío. "Tendrás suficientes oportunidades para ver fotografías de él mientras lo estés investigando. Tú te le acercas y yo te quiebro la espalda."
"Ya, ya~" ella retrocedió un paso instantáneamente, aunque continuó hablando en un constante tono espontáneo. "No hay necesidad de ponerse hostiles. ¡Caray! ¿Acaso ya no puedo hacer bromas cerca de ti?"
"Ese no es el punto."
"Está bien," ella rodó los ojos. "Sólo toma esto como un indicio y recuerda ser fiel a lo que has hecho hasta ahora," ella de pronto lo miró como si de verdad le importara que todo aquello terminara bien. "Si bien no puedes decirle la verdad completa acerca de qué eres, sí puedes ser sincero con lo que estás sintiendo. Tú mismo lo dijiste, él no es como nosotros. El tiempo en tu humano—Nathaniel, pasa de manera distinta que para ti y para mí. Deja de preocuparte, para ya con eso de esperar que lo tuyo con él dure y comienza a sentirlo."
Él tocó su garganta con las yemas de sus dedos. Cuando Debrah lo quedó mirando, cuando Debrah esperó alguna reacción de su parte, Castiel sintió como si estuviera viendo más ahora que lo que posiblemente nunca había visto antes. Una, llámenle, revelación, y era una sensación inquietante.
"Suenas confiada. Haces que todo lo que dices se escuche fácil de hacer."
Debrah se encogió de hombros.
"Si el destino es amable, quizás este luche para que ustedes estén juntos."
"¿Y si no lo es?"
"Si no lo es, no pasará mucho hasta que llegue el momento en que te canses de andar jugando a las escondidas. Pero eso, como todo lo demás, sólo el tiempo lo dirá."
El aire cambió. Fue en un instante, y ninguno lo vio venir. Simplemente ya no hubieron más quejas ni protestas. Un entendimiento tácito, novelas escritas del silencio.
Mucho más relajado de lo que había estado en un largo tiempo, con lentitud Castiel se dejó caer sobre la cama, de espaldas contra sábanas suaves y con los brazos abiertos. Eventualmente cerró los ojos y esperó a que su respiración creara un ritmo inconsciente.
"Comenzaré lo antes posible con la investigación a Nathaniel," la voz de Debrah se escuchaba en movimiento, aproximándose a lo que era la otra esquina del granero "Pero antes de que me vaya, ¿puedo saber si al final decidiste qué harás?"
Por más que fuera consciente de la gravedad de los hechos, la verdad era una sola: La suerte estaba echada y él no podía —ni quería— cambiarla. Lo sabía, estaba condenado.
"Quizás tengas razón. Puede que improvisar no sea una idea tan mala."
Notas:
Capítulo extra largo tal y como prometí.
Gracias por los mensajes bonitos.
Hasta pronto!
