Amour Sucré (c) Chinomiko


Limpia tu cabeza de prejuicio y moral.
Y si queriendo alzarte nada has alcanzado,
déjate caer sin parar tu caída,
sin miedo al fondo de la sombra.
Sin miedo al enigma de ti mismo. —Vicente Huidobro


Capítulo VI

Lapsus


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Nathaniel estaba soñando.

Mechones rubios— que en mejores tiempos lucieron dorados como el oro, ahora reposaban delicados sobre la roca. Copos de nieve cayendo desde lo más alto del zenit. La luna escondida sin deseos de ser testigo de nada. Él se arrodilló en el suelo frío y tomó la mano de Nathaniel. Manchas de sangre, secas y congeladas pintarrajeaban el cuerpo caído y todo lo que le rodeaba.

¿Nathaniel?

Nathaniel estaba en el piso. Su propio cuerpo yacía frente a él.

Él estaba muerto.


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Nathaniel despertó.

Su respiración estaba agitada, y su cuello y hombros se sentían helados bajo el sudor frío. Entonces sus ojos se cerraron una vez más, instintivamente, y él se concentró en calmar el ritmo de su respiración y ritmo cardiaco, lo cual consiguió después de unos minutos—él jamás supo con precisión cuántos. Sólo una vez alcanzado ese punto fue que Nathaniel logró abrirlos nuevamente, esta vez con lentitud mientras abrazaba la realidad.

Por lo menos aquello que vio no lo decepcionó. La luz era hermosa. El techo absorbía el brillo del sol, el verdadero sol.

Y Nathaniel se preguntó, al menos por un segundo completo, porqué fue que llegó a tener la impresión de que había un sol falso existiendo en algún otro lugar. Pero eso probablemente era una de esas sensaciones persistentes pero carentes de significancia que están destinadas a hacerles la vista gorda, y él prefirió quedarse con esa idea.

Es hora de desayunar, pensó al tiempo que volvía a cerrar los ojos.

O almorzar, quizás. Él necesitaba comer, sólo eso sabía. Perezosamente Nathaniel se preguntó, además, por qué no estaba en el instituto a pesar de la hora. Tal vez es fin de semana— ¿Y si no lo era? Pues de todos modos él no se sentía con deseos de asistir a clases. La rutina le había enseñado que ya para el segundo periodo su jornada decantaría a lo mismo de todos los días.

Tampoco veía con muchas expectativas el tener que quedarse organizando papeleo a deshoras. Por esa vez, tomarse un día libre y quedarse en casa sonaba como una idea estupenda. ¿Y cómo que no escuché la alarma del teléfono? Lo buscó con rezonga debajo de la almohada, donde solía mantenerlo durante la noche, pero no lo encontró. Seguramente se cayó mientras dormía. Seguramente. O quizás este estaba perdido entre las sábanas. Como fuera…, tendría que buscarlo tan pronto se levantara… Suprimió entonces un bostezo y procedió a estirarse—una lástima tener que levantarse justo cuando la cama se siente tan bien y…

Cama.

Se siente amplia…, la idea se asomó en cautela, al principio.

Sólo al principio.

Su cama nunca ha sido tan amplia.

La recolección de información llegó como un golpe en la cabeza y Nathaniel se sentó de golpe, mirando a su regazo con los ojos muy abiertos, inhalando altas cantidades de aire a jadeos. Su padre. El maldito de su padre. Él recordó—de pronto recordó las lágrimas y los gritos, la hiperventilación y la azotea y su ritmo cardíaco acelerándose cual bomba de tiempo. Sus manos entonces cubrieron su pecho, cruzándolas como si esperara tener que proteger su corazón del daño de algún-

(Detente ahí.)

—manos.

(No. Singular.)

Su, a primera vista sin heridas, simple mano.

Las sábanas se dispersaron cuando él cayó de la cama, golpeándose el codo y el costado de su cuerpo con el piso de baldosas (baldosas negras, ¿o quizás piedra natural? Todo muy distinto a las tablas de su departamento o el cemento de la azotea del edificio). Nathaniel siseó al dolor, gruñendo y quejándose e ideando un modo de encontrar trazos de palabras coherentes para preguntarle a alguien—quien sea, qué mierda estaba pasando.

Y en ese instante recuerdos extraviados de haber despertado en medio de la noche le llegaron por partes y no necesariamente en orden. Nociones de cosas que él quizás dijo y que pudo o no haber escuchado. Pero de ahí a algo más claro, algo más conciso— no, definitivamente no. Lo cual era terrible y causó que soltara una línea de insultos en voz baja. Un limbo total, y así mismo algo que él no aceptaría así tan fácilmente. Nathaniel no permitiría que su memoria lo abandonara, no ahí, y por supuesto que no de nuevo.

Tras lo que fue un gran esfuerzo por concentrarse que se sintió eterno, un nombre logró salir a flote con la fuerza de una epifanía de medianoche:

Castiel.

CastielCastielCastiel, se lo repitió en la mente hasta que sintió que ya no fuera posible el que pudiera olvidarlo. Y ahora con esa pista de recuerdo agregada, el resto del rompecabezas de lo que sucedió la noche anterior no tardó en tomar forma. El llanto, las acusaciones, la sed de sangre de una mujer misteriosa, la palabra sicario absorbiéndose en su consciencia como agua de lluvia sobre olvidada tierra seca, seguido de promesas de seguridad que nadie le aseguraba si eran vacías o no, y luego el cansancio, haciendo sentido de sí mismo, poco a poco.

Fuertemente hizo presión sobre su sien derecha y con su otra mano se tapó la boca. Nathaniel perdió el apetito. Él sentía asco.

Con sus instintos más básicos ahora encendidos—respuestas fisiológicas ante la percepción de daño, ataque o amenaza a la supervivencia, la reacción de Nathaniel fue una sola, y la más básica de todas, en realidad.

Huir.


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La defensa natural de Nathaniel solía basarse en mantenerse al margen de situaciones arriesgadas. El mostrarse frío, calmado y compuesto en momentos cuando se le era requerida una alineación o compromiso emocional arriesgado. ¿La meta final? Impedir que el miedo pudiera filtrarse por su piel, que el pánico se le colara por los poros. Esa era su manera de hacer las cosas—la eficiente y distante, pero joder, qué agotadora que resultaba a veces.

(Ahora es cuando agregas una dosis de veneno en esa idea y un poco más de emociones maceradas, y tal vez ahí esta tendrá oportunidad de ser comparada con lo que eres en realidad.)

Sólo que en ese minuto nada de lo anterior tenía cabida. No cuando apenas acababa de superar (apenas) el pánico inicial y descendía por las escaleras de emergencia del edificio en que despertó. Porque el miedo de ser atrapado se sentía demasiado latente, y por lo mismo, usar el ascensor jamás fue una opción; por fortuna, una breve pincelada de suerte corrió de su lado por esa vez y no se topó con nadie en todo el trayecto.

Varios minutos después, cuando llegó al primer piso con el interior de su pecho ardiéndole y con estallidos de tos intermitentes que le contraían el abdomen, él procuró salir discretamente. Sin ningún rumbo en particular, sólo siguiendo la primera dirección que lo que quedaba de su instinto le indicó.

Lo que Nathaniel no esperaba era encontrarse a sí mismo contra un golpe de aire frío y un cielo de repente gris. En una ciudad la cual no lograba reconocerla en absoluto, ni recordarla del todo. De edificios enormes tal como del que acababa de salir, rodeando su panorámica y que creaban la ilusión claustrofóbica de que crecían y crecían con cada segundo que pasaba mirándolos. Numerosas decenas—o incluso cientos de personas yendo de un lugar a otro tanto a pie como en sus vehículos, que iban por sus vidas sin prestarle mayor atención al joven con expresión desalumbrada que buscaba un rayo de esperanza en un sitio donde bien jamás lo encontraría.

Nathaniel estaba solo en lo desconocido. Otra vez. En una posición dónde huir no le otorgaba ninguna salida real.

Y en el fondo, y quizás no tan en el fondo, Nathaniel sentía que se merecía tal desgracia. Toda. De principio a fin.

Fue en ese segundo, al tiempo que Nathaniel detenía bruscamente su andar, tragaba aire y buscaba soporte en el muro más cercano, que todo quedó atascado en su cabeza y algo más dentro de sí hizo clic.

El karma, el destino, el Dios de la religión de turno, o lo que fuera; todos juntos o cada uno por sí solo, habían actuado para que su existencia llegara a lo que era ese punto de callejón sin ruta de retorno. Ya que si bien era cierto que Nathaniel estaba harto de la vida y de estar vivo en general, y eso era un hecho—como un ideal de muero porque no muero escrito con su propia sangre—, la realidad iba mucho más allá de aquella melancolía cruda o de cualquier otro sentimiento distímico que su mente creara. Él, (por más que lo negase en voz alta y falseara respuestas que indicaran lo contrario,) ciertamente sabía que se había ganado todo lo que estaba viviendo y peor. Porque él era una persona horrible. Porque soy una persona horrible que no merece nada bueno ni el cariño de nadie.

Soy horrible y jamás debería haber nacido, se repitió en cuerpo temblando y con lágrimas que amenazaban con caer en cualquier momento.

Sin tener en mente un hogar al cual regresar, ni el deseo de buscar uno, mucho menos la idea de que él tuviera los méritos mínimos para aspirar a algo.

(—momentos en los que te das cuenta que hay heridas que sanan lento, pero también otras que no lo hacen nunca…)

Nathaniel descubrió que él no sabía cómo más reaccionar además de quedarse ahí y recaer en su viejo hábito de estancarse en pensamientos auto-degradantes, dar vueltas sin rumbo fijo, y ponderar de tanto en tanto si el hecho de estar perdido en otra ciudad sin ningún tipo de identificación le otorgaba, quizás, la tranquilidad final de que ningún conocido suyo podría verlo en tales circunstancias.

¿Era eso acaso un motivo de júbilo o de tristeza?

Ninguna, se dijo. Sólo acéptalo.

(—Acepta que la vida no es justa. Que el karma no existe. Que el malo no siempre obtiene lo que merece y que el bueno a veces sufre un destino peor que cualquier otro. La vida no es justa, y aprende a vivir con eso.)

Y yo soy una persona horrible

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¿En verdad lo soy?

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Claro que lo soy, y debo aceptarlo.

Y eso hizo.


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Un par de horas después Nathaniel se encontró a sí mismo a las puertas del mismo edificio en el cual despertó.

Esa vez y por alguna razón, el camino que debía seguir resultó mucho más claro de lo que jamás habría imaginado.


Notas:

(Que alguien le pague la terapia a Nathaniel porque yo no planeo hacerlo, ah.)

Actualización flash porque mi consciencia me aconsejó que es mejor subir un capítulo corto que no subir nada en absoluto.

Ah sí; y el Muero porque no muero es un extracto del poema 'Vivo sin vivir en Mí' de Teresa de Ávila.

Los kudos son amor. Saludos y xoxo.