Amour Sucré (c) Chinomiko


me quemas...

—Sappho


Capítulo IX

Tastare


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El ruido de algo rompiéndose contra el piso fue la primera señal de que alguien había llegado a casa, como también la primera señal de que algo no andaba bien.

Movido por sus instintos de caza y ataque, un niño que no lucía ni un día mayor de diez años, rápidamente al principio pero con cautela al final, agarró la daga que llevaba siempre consigo, alzó la vista en dirección al otro lado del salón y partió con rumbo a la entrada principal. Al llegar, encontró desparramados alrededor del piso los restos de lo que anteriormente fue un gran jarrón de cerámica, sin embargo, su mirada se suavizó al instante en que vio que era su madre quien acababa de llegar.

"Volviste tarde esta noche," dedicándole sin freno una cálida sonrisa a su madre, el pequeño dejó su daga encima del mueble más cercano. "No es normal que tus reuniones con los otros dioses se alarguen tanto."

Pero fue la falta de respuesta lo que volvió a alertarlo.

"Madre…, ¿te sientes bien?"

"Ir fue un error…"

El cabello le cubría el rostro; arrastraba las palabras; apestaba a alcohol.

Esa era la primera vez que la veía en ese estado.

"Que no soy buena madre, que Eros está incontrolable, que no debería permitirle disparar esas flechas malditas que él creó. Que le faltan límites y que si él sigue así, se convertirá en una amenaza para todos…" para esa altura, su madre ya había caído de rodillas sobre el mármol del piso. Entre lágrimas y totalmente deshecha. "Quejas, sólo escuché quejas y recriminaciones toda la noche. Ellos no entienden nada…"

Si bien él no entendía completamente bien lo que estaba pasando, se le rompía el corazón verla en ese estado, y mucho peor cuando escuchó que él era de algún modo responsable por lo que sea que a su madre la había dejado en tales condiciones. Su primer instinto fue acercarse, abrazarla, alejarla de la cerámica rota e intentar sacarle una sonrisa; sin embargo antes de que siquiera alcanzara a dar un paso, y para su sorpresa y subsecuente confusión, los sollozos poco a poco se transformaron en risas.

"Si supieran…, esos bastardos, ingenuos; les aterra que tenga tanto poder en mis manos…"

"¿Ma-Madre?" entre tartamudeos que él nunca antes había experimentado, el niño volvió a llamarlaalzando un poco la voz, ahora acercándose, tentativamente, con la intención de tranquilizarla…

Pero cuando ella elevó la vista, casi como un balde de agua fría de recordatorio de que no se encontraba sola, que él se arrepintió de haber dejado su daga atrás.

"Tú…" su madre lo agarró de la muñeca con una violencia nunca vista. "¡Tú eres el culpable de todo! Jamás—jamás, me sentí tan humillada como hoy."

Un rayo de sorpresa mezclada con miedo golpeó su rostro y todo su lenguaje corporal. "¿Qué? Pe-pero si—" mas, tan rápido y como todas esas emociones matizadas llegaron, estas fueron reemplazadas por otras mucho más crudas, y más honestas también: la rabia y la indignación. "¡Suéltame!" gritó y con un par de movimientos se soltó del agarre. "¿Por qué sales con esto ahora? Tú… ¡Tú nunca antes me habías dicho que limitara mis poderes! Tú siempre estuviste orgullosa de que yo fuera así. No te entiendo, ¿por qué de pronto ahora todo eso es un problema?"

Una bofetada en la boca y él se tuvo que tragar sus preguntas, su llanto y sus emociones junto con su propia sangre.

"No empujes tu suerte más allá del límite."

"…Pero si todo este tiempotú dijiste que"

"Dije eso como pude decir muchas cosas más. La verdad, poco me importa si cuando no estoy mirando matas a media provincia, incendias nueve reinos, o si por accidente haces que dos dioses hermanos terminen apareándose entre ellos. Nosotros los dioses podemos hacer lo que queramos, pero tú… tú sólo eres un mocoso y yo soy tu madre. Solo no olvides cumplir las órdenes que te doy. Haz eso y estaremos bien."

A la mañana siguiente esa mujer se comportó como si nada hubiera pasado.

Pero él jamás olvidó.


.

La mayoría de los días, Nathaniel olvidaba la gran vista que tenía sólo para él.

Edificios—rascacielos mejor dicho, que se levantaban en medio de las nubes y le entregaban el pequeño gran recordatorio de que sí, había más gente además de él viviendo en el universo, y que el tiempo para ellos y para todos seguía y seguía pasando. Nathaniel pensó en su infancia y en las noches que pasó contando desde la ventana de su habitación las luces encendidas en edificios no tan lejanos, y cómo podía pasar horas en lo mismo sin darse cuenta del paso del tiempo sino hasta cuando ya no quedaba ninguna luz a la vista que contar. De vuelta al presente, y con el cerebro casi como en piloto automático, su mirada se perdió a través de toda la muestra de ingeniería humana que ofrecía el otro lado de los ventanales. Muy parecido a cuando era niño; sólo que ahora él cargaba con más crueldad en el cuerpo y ya no eran horas las que pasaban frente a él, sino más bien estaciones completas—y si bien ningún cambio en el clima lo sintió brusco, el avance era real y visible. Como el invierno moría y se transformaba poco a poco en primavera, y como el frío se marchaba de mala gana para hacerle espacio a todo el esplendor del sol, Nathaniel se preguntó si es que ya había comenzado febrero, y también se preguntó, aunque fugazmente, cuándo dejó de contar esas luces.

Él negó con la cabeza y desechó esas ideas tan rápido y como llegaron. Nada de eso debería importarle menos.

No cuando su vida ya no estaba como para amarrarse a recuerdos neutrales de infancia. No cuando los recuerdos de todo lo que sucedió la noche anterior estaban todavía, tan frescos en su memoria.

Nathaniel necesitaba reubicar su mente y organizarse antes de que comenzara a volverse loco producto de la ansiedad, así que hizo lo que hacía cada vez que debía planear su semana llena de responsabilidades en el Instituto:

Hizo una lista; y al ordenarla de menor a mayor en cuanto a complejidad, esta quedó más o menos así:

i. Que Castiel sentía algo por él. Algo ubicado lo más lejos posible de la lástima y posicionado mucho más cercano a lo que es el afecto.

ii. Que aparentemente el concepto de 'afecto' no alcanzaba a cubrir todo lo que Castiel estaba sintiendo, y que además, este llevaba bastante tiempo sintiéndose así.

iii. Y que tras darle un millón de vueltas y después de analizar cada una de las reacciones físicas y emocionales que vivió la noche anterior, para su muy genuina sorpresa, el sentimiento era correspondido.

Todas las conclusiones posibles lo llevaban siempre al mismo concepto común final.

Amor.

El concepto de amor resultaba tan lejano para Nathaniel, pero no tan lejano como para que él no fuera capaz de reconocer los gestos tradicionales básicos que lo componen (—cumplidos, abrazos, caricias, después los besos y oh, cómo pude ser tan imbécil si las señales estuvieron ahí todo el tiempo). Ironías y todo en consideración, él no pudo evitar sentirse como el más obstinado de los ciegos ahora que contaba con la perspectiva que se gana al juzgar las acciones del pasado desde la distancia.

Un par de gotas de agua errante cayeron desde algunos de sus mechones de cabello húmedos más largos.

Todo esto abría un nuevo panorama, uno no necesariamente sencillo. De por sí, para Nathaniel relacionarse era una cuestión difícil, y si el abuso de su padre y el abandono emocional de su madre le enseñaron algo, fue que las relaciones de alta proximidad podían llegar a ser terribles; que estas podían causar nada más que dolor y hacer que todos sus implicados no conocieran nada más que nefastos resultados. Sin embargo, aun así…—

—aun así y por fortuna (si es que puede llamarse como tal), las necesidades de su cuerpo eran mucho más directas y ayudaban a simplificar bastante más las cosas…

Nathaniel se ha masturbado en el pasado, por supuesto—¿qué chico de diecisiete años no se ha masturbado alguna vez? (o, bueno, chica de diecisiete años, aunque, para todos los efectos, él no manejaba mayor información respecto a ese enfoque…) Un asunto simple, como un ritual esporádico y casi de rutina cuando se lavaba los dientes o tomaba un baño; en las horas brumosas de la mañana, o en momentos perdidos durante el crepúsculo justo antes del amanecer.

La inspiración para ello variaba de tanto en tanto, como también estaba el hecho de que hasta entonces había experimentado tanto con material de internet como con imágenes mentales; siendo estas últimas su catalizador de preferencia al hacer todo el proceso menos problemático. A veces con imágenes mentales de mujeres, y con más frecuencia en los últimos años, usando imágenes de hombres—pero estas siempre siendo sólo ideas (conceptos) de personas sin rostro ni identidad, nadie que él conociera, por miedo volver incómoda la relación con esa persona en la vida real.

¿Por qué estaba tan pensativo, recordando y dedicando tanto tiempo en analizar todo el proceso mental detrás de algo tan físico? Pues, porque ese mismo día, hace menos de una hora y mientras tomaba un baño, fue la primera vez desde que tiene uso de razón que él se tocó y le dio placer a su cuerpo, deliberadamente, mientras tenía en mente la imagen de una persona en particular.

O a falta de imágenes, porque la oscuridad es egoísta; la idea de una persona.

una idea, de su carácter y por supuesto su tacto, y todo lo que podría hacerle a tu cuerpo con esas manos, pero también su voz; especialmente su voz, susurrándote al oído, volviéndote loco y diciéndote toda clase de cosas que tú no te atreves a decir de pura y cruda vergüenza.

Castiel estaba provocándole una variedad de emociones, sensaciones y reacciones nuevas, y Nathaniel no tenía idea por dónde comenzar a explorarlas.

Segundos eternos pasaron y llegaron a transformarse en esos minutos engañosos que buscan parecer horas, y a como el peso de ideas repensadas se seguía acumulando y en aumento, poco a poco estas causaron que Nathaniel se sintiera cada vez más vigilado. Maldita, maldita paranoia. Él tomó aire, cerró los ojos y hundió su rostro en la toalla húmeda que hasta ese momento le rodeaba los hombros. Todo con tal de ocultar del resto del mundo el sonrojo pintarrajeando esparcido en su cara.

No pierdas el foco. Todavía no tienes una imagen completa de lo que está pasando.

Aire. Necesitaba aire. Necesitaba más aire y luz también, luz real del sol real que todavía estaba allá afuera—luz y aire y también perspectiva. Lo que él necesitaba era ponerse de pie y salir a donde sea que pueda recibir cualquier mensaje que el viento quisiera darle, y eso hizo.

En el instante en que Nathaniel salió al balcón, él cerró sus ojos y dejó que la luz de la puesta del sol lo cubriera. Su piel expuesta brilló bajo el encanto de la hora dorada, entregándole una calidez engañosa que aminoraba las dudas y que bien él sabía, no debieran durar por siempre.

Ahora más que nunca debía hablar con Castiel, exigir respuestas y no sucumbir en el intento.

Nathaniel jamás llegó a tener una idea de por cuánto tiempo él estuvo ahí, perdido en sí mismo. Lo único claro fue que para cuando volvió a abrir sus ojos, la ciudad ya se encontraba cubierta por el manto de la noche.

Ya era hora, él pensó, y como si de coincidencias crueles se tratara, en ese mismo segundo él escuchó el ruido de la puerta principal siendo abierta, luego el de pasos desde el interior, unos segundos de silencio contrarrestados por su corazón latiendo a mil por hora, seguido finalmente por el sonido de esos mismos pasos deteniéndose cerca a la salida al balcón.

Pasara lo que pasara, y tomara la decisión que tomara, Nathaniel entendió para ese punto lo único que importaba era que él quedara tranquilo, porque por una vez en su vida él haría lo que su corazón le dictara. Se abrazó a sí mismo, tomó aire por una última vez, y antes de que él pudiera escuchar o decir cualquier cosa, él regresó al interior del apartamento.

En cuanto entró Nathaniel ya no sintió más frío, y con la ausencia de frío también llegó la sensación de tener la mirada de Castiel sobre él.

Contó hasta diez y luego respiró profundo. Era ahora o nunca, y debía hacerlo antes de que su recién alcanzada claridad mental se le escapara irremediablemente.

"¿Desde cuándo?" él preguntó esperando ser obvio.

Y lo fue.

"Me creerías si te digo que desde que te conocí?"

"¿No me estás mintiendo?"

"No."

"¿Estás seguro de que no me estás mintiendo?"

"No, yo no miento. ¿Qué ganaría con mentirte ahora?"

"Todo, nada. No lo sé, la verdad," Nathaniel exhaló con fuerza, con el aire yéndose de sus pulmones con rastros de palabras viciadas. "Por favor no me odies, pero todavía hay una parte de mí en serio quiere y espera que estés mintiendo. Y quizás esta siempre estará ahí… según yo las mentiras son más fáciles de creer, incluso si fuiste criado por mentirosos y estás acostumbrado a ellas."

"Entonces tendrás que elegir si quieres confiar o no," Castiel dijo después de unos segundos de silencio. "Confiar ciegamente, quizás, y no te digo que vaya a ser fácil. Dudo que llegue a ser fácil."

"¿Tú crees?" él preguntó en una pregunta que no quería oír respuesta. "No quiero que esta conversación termine y nosotros quedemos igual; incapaces de llegar a alguna parte."

"Pues hagamos algo para que esto nos lleve a alguna parte."

Los dos se quedaron callados, quién sabe por cuánto tiempo. Nathaniel cerró los ojos con fuerza, avergonzado por su inhabilidad de tomar decisiones y de, en general, dar saltos de fe.

Por lo mismo, fue Castiel el primero en hablar.

"Más allá de lo que digas ahora, yo siento—no, estoy seguro, de que una parte de ti ya se decidió," Nathaniel abrió los ojos pero fue incapaz de alzar la vista. "Sería hipócrita de mi parte decirte que has elegido tener miedo; eso es algo que va más allá de lo que uno pueda controlar. Pero si esa parte en ti ya ha decidido, ahora tú dime, ¿qué te dice la otra parte de ti, la que sigue indecisa?"

Y tras esas palabras que en Nathaniel apareció un tipo distinto de miedo, un miedo mezclado con los colores de la curiosidad y los del valor y deseo de probarse a sí mismo. Fue en ese momento que él se dio cuenta que quizás las cosas todavía podían cambiar si lo quisiera—no sólo cambiar, sino también crecer y entender el poder que cargan las decisiones que uno toma.

"La otra sugiere que me calle de una vez y que me deje llevar."

"¿Y cuál va ganando?"

Nathaniel comenzó a levantar la vista poco a poco y luego, a pesar de la oscuridad de siempre, tomó la mano de Castiel, guiándolo así, con cierta timidez bien camuflada y sin resistencia por parte del otro, hasta la cama haciendo que este se sentara a su lado.

"Una a la que no escucho lo más del tiempo."

Los dos se quedaron ahí por un momento, Nathaniel mirando a Castiel sin poder hacerlo realmente pero eso sí percibiendo, ahora más que nunca, la conexión que estaban compartiendo.

Así fue como Castiel de nuevo fue el primero en volver a hablar.

"¿Qué sientes ahora? Con todo esto que está pasando, conmigo, nosotros, en general."

"Estoy muy nervioso. No sé, esto es nuevo y—espera, ¿cuántas veces puedo decir 'esto es nuevo para mí' antes de que la frase pierda su total significancia? Algo me dice que seguro ya pasé el límite hace mucho."

Nathaniel dijo eso y casi al instante pudo escuchar una risa corta de Castiel "Ya llegarás a un punto en que lo nuevo se haga costumbre."

"Porque no quiero sentirme así por siempre."

"Y a mí me alegra escucharte decir eso."

La primera reacción de Nathaniel fue sonreír, repitiéndose internamente las palabras no quiero sentirme así por siempre una y otra, y otra vez. Ese era un mensaje que él no se permitiría olvidar. No si podía evitarlo.

Soltó la mano de Castiel, para luego abrazarse a sí mismo y tomar aire.

(—tomar aire y aceptar verdades.)

"Voy a hacerte una pregunta y quisiera que me respondieras con la mayor honestidad que te sea posible."

"Te escucho."

"Primero prométeme que hablarás con la verdad."

Tras una pausa envolvente, una tal vez hasta un poco demasiado larga, Castiel finalmente le respondió con un: "Está bien."

"Apenas y cuando nos conocimos yo exigí verte a la cara. Me dijiste que no, porque según tú así debían ser las cosas y porque de ese modo yo estaría más seguro y blablablá," tomó aire, mentalizado en que debía aparecer confiado de sus palabras si es que esperaba una respuesta real. "No lo entiendo. Especialmente ahora… quiero saber por qué es tan peligroso que te vea."

"¿Dijiste que querías la verdad?"

"Lo dije y lo insisto."

"Pues… la verdad es que ni siquiera yo lo entiendo por completo, sólo sé que así es como funciona," ante eso Nathaniel no añadió nada. Él esperó, obstinadamente disfrazando sus dudas con un manto de paciencia, a que Castiel siguiera explicándose. "Escucha, y de verdad espero que me creas," Castiel le tomó las manos, entrelazando algunos dedos, y Nathaniel no pasó por alto el miedo implícito que cargaban cada una de esas acciones. "De niño, yo pasé mucho tiempo con los viejos amigos de mi madre, ellos me cuidaban cuando ella no estaba y siempre aprovechaban de enseñarme algunas de las cosas en las que eran buenos. Yo prácticamente crecí con ellos, escuchando las historias que me contaban, de las cosas que hicieron de jóvenes y de las todavía hacían en su tiempo libre."

"No entiendo hacia dónde vas con todo esto."

"Voy a que esos no eran tipos normales, Nathaniel," a pesar de su tono severo, al decir eso el agarre de Castiel bajó casi totalmente en fuerza; casi como un deseo de huida que el mismo Nathaniel no permitió que se concretara. "Esas… personas no sólo eran sus amigos. Eran colegas, algunos hasta familia; ellos se dedican a lo mismo que hace mi madre. Recuerda que crecí en ese ambiente, y antes de que siquiera me permitieran salir en misiones solo, ellos por mucho tiempo me estuvieron explicando cómo funciona esto. Y si de algo estoy seguro es que de todas las historias que me contaron, las que más se repetían eran las protagonizadas por personas como tú: normales, buenas, pero que de un minuto a otro se involucraron con gente como nosotros. Gente terrible."

Su ahora vacío estómago rodó en un tumulto.

"¿…cómo eran esas historias?"

"Al principio… todo iba bien, casi como un sueño. A pesar de las circunstancias todo estuvo bien, eso hasta que las dudas entre ellos terminaron por tomarse todo. Después no mucho tiempo tuvo que pasar para que las cosas terminaran muy mal. Lo que sea que seamos, ahora más que nunca necesito que confíes en mí, por favor. Sería peligroso y no quiero que te pase lo mismo—me aterra la idea de terminar como ellos."

Eso terminó por hacerle clic.

Después, a Nathaniel ya no le quedaron dudas.

"Lo que dijiste está tan mal que no sé ni por dónde comenzar a responderte."

En un evidente tono irritado que de algún modo logró imponerse a su sorpresa inicial, en una expresión casi cómica que Nathaniel por supuesto no pudo ver pero sí suponer, Castiel le contestó simplemente:

"Este es el momento en que tú eres el que se explica."

"No hay mucho que explicar, si la verdad es obvia," Nathaniel se encogió de hombros más tranquilo que nunca. "Ni yo soy tan bueno como piensas ni tú tan malo como te pintas."

"Para ti es fácil decirlo. Si yo fuera tú, no diría eso con tanta seguridad."

"Pero tú no eres yo, así que lo seguiré diciendo porque así es como yo siento que son las cosas y porque a esta altura ya no importa lo que sea que seamos o dejemos de ser. No nos pasará lo mismo que a las personas de esas historias porque si de algo yo estoy seguro es que tú no eres una persona terrible. Tú me salvaste, fuiste en contra de las órdenes de la psicótica que tienes por madre y me diste un techo y protección en un momento en que lo único que yo quería era morir. A lo que a mí respecta, tú no eres una persona terrible; me haces reír y eres paciente y preocupado, y atento e increíblemente detallista. Incluso si en el pasado has hecho cosas de las que ahora no estás orgulloso, conmigo has sido todo lo contrario y, pienso que eres, bueno… bueno. Podría seguir por horas agregando incluso las razones de por qué no deberías pensar de mí como alguien bueno, pero eso no viene al caso."

Por un momento completo pareció que Castiel no iba a responder.

Por un momento completo, Nathaniel pensó que todas sus palabras habían sido dichas en vano.

Por eso, el segundo en que volvió a escuchar la voz de Castiel él lo sintió como un pequeño rayo de esperanza.

"¿Qué quieres lograr con esto?"

"Quiero creer que podemos ser mejores y que no terminaremos igual que todas esas historias que escuchaste por tanto tiempo. Y quiero que tú también lo creas."

"Ahora dices eso, pero apenas si hace unos minutos tú estabas totalmente decidido en averiguar todas las cosas que no puedo decirte."

"Lo sé, pero aun así…"

"¿Aun así quisieras saber…?"

Nathaniel negó, entendiendo todo lenta y finalmente. Con Castiel y con consigo mismo. "Claro que quiero saber, pero me conozco y sé que con el tiempo me conformaré a que ese sea el modo en que serán las cosas—así es como soy al fin y al cabo. Mi único deseo sería que todo este proceso de aceptación pasara rápido y de una vez."

Castiel apoyó su frente contra la suya.

"Pasará antes de que te des cuenta."

Fue recién entonces, estando así tan cerca y luego de decirse todas las cosas que acababan de decirse, que Nathaniel se dio cuenta de cómo el latido de su corazón se aceleraba más y más con cada segundo que pasaba hasta llegar al punto de lo insostenible.

"A veces pienso que nada de esto es real."

"Pero esto es muy real."

"Tú me ofreces tanto y yo no tengo nada que darte a cambio…"

"Aceptaría todo lo que pudieras darme."

Nathaniel rodó los ojos, mas luego su sonrisa aumentó. Su mente todavía era incapaz de expresar respuestas maduras a cumplidos sinceros.

"¿Y ahora qué?" Nathaniel preguntó procurando no sonar agresivo ni demasiado ansioso, haciendo pequeños gestos con sus manos sin saber bien qué hacer con ellas.

Castiel se dio el tiempo de pensar su respuesta. "Supongo que debes decidir hasta donde quieres llegar."

"No lo sé," él respondió casi aguantándose la risa. "Tú dime hasta donde puedo llegar."

"¿Qué tal si probamos esto?"

Y sin decir nada más, Castiel tomó nuevamente las manos nerviosas de Nathaniel y las llevó hasta su rostro. Sin soltarlas en ningún instante, él apoyó parte del peso de su rostro en estas, en un gesto suave, que superaba cualquier tipo de intimidad física que Nathaniel hubiera experimentado antes.

"¿En serio puedo hacer esto?"

"Yo no le veo ningún problema."

"Literalmente ninguno de los dos puede ver nada."

Castiel rio, y esa risa Nathaniel podría jurar, se escuchó increíblemente satisfactoria.

"…al menos, si lo intentaras—," Castiel añadió tras otra pausa, "—no te detendría."

"No suenes todo confiado ahora…"

A Nathaniel la respuesta burlesca le nació casi como por reflejo, incluso si al mismo tiempo que decía eso le temblaba la barbilla y ambas manos. Pero se armó de fuerzas, al final; y con toda la convicción que logró juntar, dejó ir las manos de Castiel para, con todo el cuidado del mundo, comenzar a trazar lentamente las facciones de este, bajando desde sus mejillas hacia sus labios y terminando en la barbilla.

Los dedos de Nathaniel paseaban por el rostro de Castiel, trazando líneas existentes y creando otras completamente nuevas. Descubriendo facciones, atreviéndose en los relieves y probando algo distinto.

Siendo interrumpidos, eso sí, por un tacto de pulgar que pedía permiso sobre sus labios.

"¿Puedo sentir yo también?" Castiel preguntó.

Y no fue necesario añadir nada más para que Nathaniel asintiera.

Las manos de Castiel llegaron suavemente a sus mejillas, cargando el peso de su rostro en ellas como quien guarda alguno de los secretos del universo. De a poco este iba entrando en confianza, y no tardó mucho para que sus pulgares comenzaran a rozar las comisuras de sus labios.

Nathaniel disfrutó ese cambio de ritmo.

"Si estoy yendo demasiado rápido por favor dímelo."

"No estás yendo demasiado rápido. Estás bien."

"Nathaniel," dijo el otro pausadamente. "Esto es en serio, no estoy acostumbrado a—."

"Nate."

"¿Qué cosa?"

"Es que, ya hay cierto… algo entre nosotros, ¿no es así?" Nathaniel sonrió y sintió a Castiel asentir. "Por eso, que me llames 'Nathaniel' ahora se me hace como demasiado formal; y me gusta como suena Nate. Puedes llamarme así si quieres."

"Nate…," Castiel repitió en una voz que no se molestaba en esconder su sorpresa.

Había algo muy puro en ese preciso tono de voz, y Nathaniel por dentro se derritió al escucharlo.

(—culpa a la edad; culpa a las hormonas; culpa al aislamiento; culpa a el hambre de ganas por recibir afecto; culpa a los deseos tremendos que tienes por dar afecto también; culpa a que los dos se están acercando lentamente; culpa; culpa que eso es lo que te sobra y en abundancia; culpa a todo lo que se te pueda ocurrir, que a mí me vale poco y sólo quiero volver a sentir.)

Dedos enredados en sus cabellos, una sonrisa de medio lado—aventurera. Sus narices rozándose y ahogándose de la fragancia del otro.

Labios manteniéndose en un sutil ángulo entreabierto y luego, de pronto ya no quedaban distancias, ahí estaba el beso—suave y tentativo pero recíproco desde el principio, tierno y por un instante al menos, eterno.

Pero después este se volvió más fuerte.

Y al instante, feroz.

Y luego llegó la lujuria—una marea vertiginosa de lujuria. Intensa. Nathaniel no la esperaba, pero la conexión se había vuelto a activar; de un modo diferente ahora que antes, como una cuerda en llamas en medio de una tormenta eléctrica, uniendo sus mentes y brillando y brillando.

Nada de eso se sentía real, pero todo lo era. Los besos, las caricias, la cualidad íntima de los sonidos que cada uno emitía y recibía del otro. Una experiencia totalmente nueva para alguien como Nathaniel, quien jamás pensó que entregarse de esa manera a alguien más podría ser tan único.

Se besaban y se tocaban, y para ese punto resultaba evidente que ambos se estaban quedando sin aliento, pero estaba bien. Ninguno estaba particularmente apurado, y Nathaniel agradecía que, dentro de todo, la situación estuviera fluyendo con calma. Castiel, especialmente, quien de a poco dejaba ir los labios de Nathaniel para pasar a presionar besos suaves alrededor del cuello y las clavículas de este, mientras lo desvestía como con la misma clase de cuidado reservado para esos romances de la escuela secundaria que Nathaniel ha leído en unas cuantas historias; esos mismos que nacen y se encuentran el uno al otro en la juventud, para luego, y si son separados, nunca volver a amar a nadie más de la misma manera.

Quizás no estamos tan lejos de serlo…

Fue entonces que a Nathaniel una risa inesperada se le quedó atrapada en la garganta, tomando por sorpresa a ambos. Los dos se separaron un poco y Nathaniel aprovechó la oportunidad para volver a respirar pero por sobre todo continuar riendo, y riendo, no del todo apropiadamente.

Castiel no dijo nada y por ese segundo más que nunca, Nathaniel hubiera pagado lo que fuera por poder ver qué clase de expresión este cargaba en su rostro.

"Lo siento, lo siento—es que soy un enemigo del amor dulzón, y justo ahora me puse a pensar en cosas extremadamente cursis y," tomó aire, lo necesitaba, "todo esto es tan nuevo y… no tengo la menor idea de cómo logras hacerme esto."

"Lo haces sonar como que estoy haciendo algo bien."

"Estás disfrutando esto."

"Mucho."

"¿Cómo haces para sonar tan seguro?"

"Hace media hora yo era quien pudo haber hecho esa pregunta."

"Lo mío es un tipo de confianza que viene y va, ¿cuál es tu excusa?"

"Ninguna, sólo finjo hasta que resulte."

"Yo no sé lo que estoy haciendo el setenta por ciento del tiempo."

"Y eso es normal."

"En serio no quiero arruinar esto."

"Tú jamás podrías arruinarlo…"

"Y ahí lo haces de nuevo," Nathaniel luchaba por no estallar en risas, sólo que él no contaba con que lo que terminaría traicionándolo serían algunas lágrimas. "Ugh, odio que pase esto…"

"Ya, ya, no te preocupes," con su pulgar Castiel le limpió las lágrimas, y eso sorprendentemente bastó para lograr calmarlo.

"Es tu culpa. Siempre dices algo que logra ponerme así."

"Yo no lo veo como un problema."

Y tras decir eso, fue Nathaniel quien se apresuró en besar y con fuerza. Lo que él más quería era borrarle la sonrisa socarrona que sabía Castiel cargaba, y quería callarlo también, y disfrutaba tener el poder de conseguirlo. Como disfrutaba también el poder que significaba ser la única persona recibiendo las atenciones de Castiel en ese preciso segundo.

En sí, todo lo que estaba sintiendo podía considerarse como un gran y solo placer. A ratos era mucho, a ratos también demasiado, como si se estuviera ahogando.

Tal vez así era.

Las manos de Castiel se aferraron a su cintura y luego se deslizaron hacia arriba, firmes pero a la vez quizás demasiado gentiles, a como tocaban su piel desnuda, cual si él tuviera en su poder un objeto invaluable y tuviera miedo de que se lo arrebataran.

Alguien que haya matado jamás podría tener un tacto tan suave.

Inconscientemente, y ahora con esa nueva conclusión hundiéndose dentro suyo, Nathaniel alzó sus caderas para regresar la atención de Castiel en su totalidad hacia él. Por su parte, Castiel pareció entender el mensaje, pues poco a poco él comenzó a descender en el cuerpo de Nathaniel, dejando trazos de besos en el camino, hasta finalmente llegar a la parte más baja de su abdomen.

"¿Estás seguro de que quieres hacer esto?" la voz de Castiel se escuchó una última vez en ese tono de pregunta en particular.

"Ahora más que nunca."

Amando y listo para amar, como dispuesto a ser una fogata el corazón le latía rápido, a cómo su tacto estaba inquieto y su cuerpo le ardía.

Con el cuerpo de Castiel enredado con el suyo y en la oscuridad de una noche que él no quería que jamás acabara, Nathaniel concluyó que ya no extrañaba contar esas luces no tan lejanas.

Ahora él se sentía capaz de crear las propias.

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Notas:

:^)