Judy alzó su sierra en saltó y salió corriendo por las escaleras; trepó por las cajas y cayó sobre el enemigo que le esperaba detrás de las mismas. Cortó su rostro, lo hizo tambalear, y arremetió con una patada. El enloquecido animal quedó empalado contra la reja. Los pequeños mensajeros le ofrecieron un puñado de balas. Las tomó y recargo su arma, que estaba vacía.

Siguió bajando por las escaleras hasta encontrar a más enemigos, que tomó desprevenidos. Afianzando su sierra, pulsó el botón convirtiéndola en ese enorme machete y atacó con total decisión. Sus enemigos cayeron desprevenidos, y tomó el botín que los pequeños mensajeros le ofrecían.

Había otras escaleras, era ahora un lugar por donde no había bajado a la calle, pero era exactamente el mismo lugar. Vio una procesión de hienas caminar juntas, una con una antorcha, otra con un escudo de madera, una tercera con un hacha y una cuarta con las manos desnudas. No lo pensó demasiado y arrojó la bomba molotov en medio de ellas; todas ardieron gritando de forma bestial. Judy pasó entre los cuerpos y recogió más balas, un par de piedras y la antorcha que había dejado caer la hiena.

Por un lado, estaba la calle que ya había tomado. Por el otro, el enorme portón de metal que no había podido abrir al salir de la clínica; vio una palanca igual a la que le había permitido subir por las escaleras del edificio. Se acercó y activo la palanca, y el enorme portón se abrió con un sonido mecánico que la hizo retroceder impresionada. La tecnología de Zharnam era impresionante en todos sentidos. Volvió a escuchar los enormes pasos que había escuchado con anterioridad, en un callejón al lado del portón... pero decidió que no quería lidiar con aquello.

-Vamos...- dijo dando media vuelta y salió corriendo por la calle. Vio varias casas con lámparas. La curiosidad pudo más con ella y se acercó a revisarlas.

Solo entonces descubrió que no se trataban de simples lamparás, sino de inciensos. Todas las casas, todas las puertas, todas las ventanas tenían una de esas lamparás, más pequeñas o más grandes, con el incienso encendido. El olor era bastante ligero, apenas perceptible, y era pantanoso: agradable y agrio.

Tocó en la primera puerta y escuchó un grito de sorpresa que la sorprendió a ella misma; avanzó a la siguiente puerta y escuchó susurros asustados. Trato con la tercera puerta y alguien le gritó una serie de insultos apresurados, negando a abrirle. Con un suspiro, dejó las puertas y continuó avanzando por la calle. Llegó hasta la carroza donde descansaba el cuervo con el rifle, y le cortó la garganta con extrema facilidad antes que se pusiera de pie. El cuervo alcanzó a abrir los ojos y golpear el suelo en estertores de muerte, pero no hizo ningún ruido.

Judy volvió a presionar la palanca de su sierra, retrayéndola nuevamente y miró a lo alto de la calle, donde se alcanzaba a ver el tenue brillo de la hoguera.

Subió por la escalera lateral y corrió, alcanzando el lugar donde se escondió un viejo conocido. Rodó por el suelo justo en la orilla, y disparo al rostro de la hiena. Su enemigo se cubrió el rostro y entonces ella tomó su arma con ambas manos y cortó por la mitad a la hiena. La sierra atravesó el cuerpo con horrorosa facilidad y Judy aterrizo del otro lado, levantándose al tiempo que veía una pareja de más ciudadanos venir. Desenfundo nuevamente su pistola y disparo a uno, para cerrarle al otro el paso en las escaleras y darle tres arremetidas. Su enemigo cayó muerto, pero en esta ocasión su cálculo fue erróneo y golpeó la pared haciéndola tambalearse y caer al suelo. El otro enemigo, un zorro, sonrió con malicia y se arrojó hacia ella, pero Judy no titubeó para soltar su sierra y masacrar al enemigo a disparos.

El ruido atrajo la atención de los cinco enemigos restantes, incluyendo los dos con rifles que alzaron sus armas y apuntaron a Judy; ella recogió su sierra y en lugar de huir, corrió hacia ellos. Los disparos impactaron en los ciudadanos enloquecidos al tratar de ajustar la mira hacia Judy, que corría hacia ellos. La cabeza de una leona explotó, mientras que el jaguar cayó al suelo gimiendo. Judy cortó las piernas del cuervo, haciéndolo caer de rodillas, tras lo cual encajo su sierra en el pecho del mismo. Encaja dentro del cuerpo, activó la palanca y el cuervo fue destrozado en una lluvia de plumas. Se giró para rematar de un disparo al jaguar, mientras una pantera se corría hacia ella con una antorcha en alto. Tomó impulso y la pateó con fuerza, haciéndola caer dentro de la hoguera; no se dio tiempo de un respiro y regresó hasta el último enemigo, que alzó su rifle. Se deslizó esquivando el disparo y cortó los brazos del infeliz con tremenda facilidad, para meter su pistola en el hocico del mismo y disparar.

-Santas galletas...

Judy se dejó caer en el suelo, mirando al cielo, sin aliento. Sus manos temblaban, y su nariz se agitaba, mientras escuchaba con su oreja los gemidos agónicos de su enemigo rostizado. Sintió a los pequeños mensajeros pasar a su lado y reunirse en el cadáver de su ultimo enemigo, mientras ella estiraba las orejas tratando de volver su pulso a la normalidad.

Siempre había tenido buenos reflejos, y era buena en gimnasia. Su naturaleza de coneja la hacía rápida. Aun así, estaba sorprendida e intrigada por la facilidad que había tenido para adaptarse como cazadora... una vez que decidió serlo. Matar a todos esos locos infectados para proteger su vida... y la de los Zharnamitas. Lo había logrado.

Se puso de pie, acomodando su sombrero entre sus orejas, y pasó hasta los pequeños mensajeros. Estos le entregaron muchas balas y algunas otras cosas que pensó que después revisaría. Subió las escaleras y llegó a la plaza central. De nuevo escuchaba los golpes, y lo entendía. El tamaño del hipopótamo era demasiado para que cupiera por la pequeña puerta lateral. Ella bajo las escaleras y rodeo la fuente. Bajo el puente, el enorme animal golpeaba la puerta gimiendo y gritando con pesar; parecía desorientado y apenas era visible en esa oscuridad, pero Judy sabía bien lo peligroso que era.

Desenfundo su arma, poniéndola en forma de machete y saltó dando un golpe fuerte para cortar la columna de su enemigo. O esa era su intención. El arma resbaló por la piel del hipopótamo; no hubo resistencia, sino que causo una herida superficial y continuó hasta llegar al costado. Judy trastabillo al aterrizar de una forma que no esperaba que sucediera. El macho volteó a verla gritando furioso, bajo los brazos y embistió a Judy; no pudo esquivarlo, era engañosamente lento, pero rápido al embestir de frente. Recibió el golpe de lleno que la hizo rodar hacia la fuente, soltando su sierra. El enemigo se acercó con pasos lentos, alzando la piedra en su mano y apuntó a la cabeza de ella.

-¡Me lleva...!- exclamó aterrada arrastrándose en el suelo.

Ese movimiento hizo caer una botella al suelo. Judy volteó a verla. Era la otra bomba molotov que Octavia le había regalado. Se arrojó hacia la bomba, raspó el trapo en el suelo, el cual explotó en una suave llamarada. Alzó la botella y la arrojó en el rostro del hipopótamo, que se prendió en llamas; la explosión fue tan cercana que las llamas saltaron a Judy, que se cubrió el rostro con ambos brazos. El fuego la salpico, pero se extinguió rápidamente sobre su ropa.

Se arrastró en el suelo, aun de espaldas, y vio al animal arder hasta caer al suelo. Exhausta, se sentó en suelo y solo entonces sintió un dolor en su cabeza. Al frotarse, la sintió mojada; se miró la pata para encontrarla cubierta de sangre. Un solo golpe de la enorme bestia y había arruinado su racha.

-Estuvo cerca...- susurró respirando profundamente.

Se sentía cansada, agotada; tal vez había sido demasiado entusiasta y debió llevar las cosas con más calma. Se confió demasiado en la efectividad de sus armas cuando no había tomado en cuenta la escala de peligro de un animal a otro. Pensativa, se puso de pie, tambaleándose. Al recoger su sierra, sintió otra botella en su ropa y lo recordó.

Sacó la pequeña botella de su ropa, llena de sangre de bestia. Hasta ahora, no había comprobado realmente la eficacia de la curación con sangre ¿Pero podía dudar de ella? Después de todo, vio campanas mágicas, animales salvajes, los pequeños mensajeros. Aunque Octavia no menciono en lo más mínimo la sangre, no tenía motivos para dudar de Nick... más allá de que era un zorro, famosos por ser tramposos ¿Pero que ganaría él con ese chiste? Además, lo había visto beber la sangre... algo que difícilmente se haría por gusto. Excepto que Nick también fuera un poco salvaje ya.

Alzó la botella y la destapó.

-Salud...- susurró mirando el cadáver del hipopótamo.

Dio un tragó rápido, tratando de no degustar el líquido y simplemente ingresarlo en su sistema. Tan pronto y comenzó a beber la sangre, se sintió eufórica y fuerte. Se enderezó completamente y limpió su rostro con asco, pero todo dolor se había esfumado de su cuerpo. Palpó su cabeza y sorprendida se descubrió absolutamente sana, sin dolor ni herida.

Guardó la botella y miró hacia las otras escaleras, donde escuchaba rumores de animales caminando.

-Está condenada maldición...

Judy afianzó su sierra y contuvo el aliento.

-Vamos por ellos...- exclamó volteando a ver a los pequeños mensajeros. Su tono no mostraba entusiasmo ni tristeza. Solo una firme convicción. No volvería a ser una presa, ahora ella era la cazadora.


Core Notes:

Espero que hayas disfrutado de este escrito tanto como yo. Por favor, dejame un comentario con tu opinion, teorias, apoyo u observaciones. Eso me animaria mucho para continuar adelante con el proyecto. Incluso, de ser necesario, podria añadir una seccion de FAQS al inicio de los capitulos si algo no ha quedado claro durante los mismos. Esta es mi primera publicacion en esta pagina y estoy algo nervioso por la aceptacion. Gracias.