Ciudad Central, Amestris.
La alquimista y sus amigos, llevaban dos días de viaje y ya se sentía agotada, todo por la culpa del maldito transmutado de Edward Elric, como ella le decía.
-¡Vamos, monstruo! Camina más rápido ¿Quieres? Hasta yo, con una pierna de metal, puedo caminar más rápido que tu-
Ahí estaba de nuevo, ese maldito, a unos cuantos metros de distancia de ella, gritándole, como si tuviera el derecho de hacerlo.
-¡Déjame en paz, Ed! ¡Si no quieres que cierre tu maldita boca como la última vez!- anteriormente, lo había encerrado en una cúpula de alquimia, por unas cuantas horas por levantarle la voz -Deberías ser más considerado, teniendo en cuenta, que esté, es mi primer viaje y que no estoy acostumbrada a caminar con tanto equipaje-
-¡Me importan un comino tus patéticas excusas!- refuto exasperado, realmente, no la soportaba –¡Tú nos obligaste a ir contigo a ese estúpido festival! ¡Ahora, te aguantas!- no volteó en ningún momento, no quería ni verla -¡Y te sugiero, que camines más deprisa o el barco partirá sin nosotros en él!-
Presa de su furia, la muchacha, se abalanzo sobre el sujeto rubio con pierna de metal, para darle una buena lección, pero alguien muy fuerte la sujetó en el camino, para que no lo hiciera.
-¡Suéltame, Keilot! ¡Lo voy a transmutar hasta que se olvide de su nombre!-
Expreso colérica, señalando al alquimista que la miraba arrogante. La relación de ellos era así, se odiaban a muerte, incluso, se consideraban enemigos mortales, pero si uno necesitaba del otro, ahí estaban, sin importar nada. Eso era lo más extraño de todo, eran amigos y enemigos a la vez.
-¡Basta, Gaia! ¡Las personas nos están mirando!- intento calmarla, sosteniéndola entre sus brazos –Además, no le des el gusto de sacarte de quicio a ese enano malhumorado-
Mencionó el cazador, lanzando dagas por los ojos hacia el susodicho, que lo miraba de la misma manera.
-¿¡A quien le dices enano!? ¡Maldito cazador vagabundo!-
Se acercó furioso a ellos, pero el cazador, como buen caballero, jamás destiñe. Lo miró indiferente y sin una pizca de miedo, hacia su persona. Ese muchacho de ojos verdes, guardaba un gran secreto, ni siquiera la alquimista lo sabia, él no era un simple cazador, él era un alfa, algo muy extraño entre los cazadores.
-Pues, soy más alto que tú, así que creo que es a ti- explicó señalándolo –Y te advierto una cosa amigo, que si sigues perturbando la paz de todos nosotros en este viaje, vas a experimentar la furia de un cazador y no te gustara-
-¿No me digas?- respondió con su típico tono sarcástico –¡Quiero verte intentándolo! ¡¡A-MI-GO!!-
La situación, se estaba poniendo cada vez peor si nadie los detenía. En un momento y sin preverlo, Edward, termino en el suelo con su cabeza rota y Winry, mirándolo furiosa con una llave inglesa en su mano. Era un misterio para todos el no saber donde guardaba esa cosa.
-¡Hermano! ¡Tu alma!-
Exclamó preocupado, acercándose a su hermano e introduciendo el alma del mismo, otra vez en él. Eso fue muy extraño, todos vieron salir el alma de Ed de su cuerpo y ser introducida de nuevo a su lugar, por las manos de su hermano.
-¡¡Hasta aquí!! ¡¡Ya no los soporto más!!- grito al mundo, iracunda, la mecánica –¡Ed, compórtate, Gaia, ignóralo y Keilot, después te daré el gusto de que patees su lindo trasero amestrisano!- señalo a cada uno de ellos, nombrándolos –¡Ahora! ¡Sigamos caminando, que vamos a perder el barco!- ordenó a sus amigos que siguieron caminando –¡Ah! ¡Si! Se me olvidaba...Al, levanta a tu hermano-
Todos asintieron a la orden de la loca mecánica de automail, como si fuera un sargento militar y siguieron en paz, ya que el alquimista de acero era cargado inconsciente por su hermano.
Cerca de la ciudad de Totokanta.
El grupo de la hechicera, también llevaba dos días camino hacia Totokanta y ella sentía como si hubiera realizado una peregrinación por desierto por cuarenta años. Tenía calor, sed, hambre y las malditas túnicas de la Torre, no dejaban de darle comezón.
-¡Por favor, hechicero! ¿Podemos parar aquí a descansar?- suplicó, sedienta -Llevamos caminando horas y realmente, me siento exhausta-
Exclamó cansada, sentándose en una roca al costado del camino.
-¡¡Levántate!! Estamos a unos 5 kilometros de llegar y si nos detenemos, llegaremos a Totokanta al anochecer y no quiero eso-
Exigió, sin una pizca de paciencia y consideración el hechicero negro.
-Podemos acampar aquí- afirmó –Todos estamos cansados y queremos descansar ¿No es así, chicos?- preguntó al resto del grupo. Todos miraron hacia otras direcciones, silbando, para evitar su pregunta y la furia del hechicero -¿Ves? ¡Dijeron que si! ¡Todo está dicho, nos quedamos!- expresó con una gran sonrisa.
-Yo no escuche ningún tipo de respuesta- contestó mirándola irritado. Esa muchacha, siempre lo sacaba de quicio –Así que, levanta tu pequeño trasero manipulador de esa roca, si no quieres que yo lo haga por ti-
Advirtió acercándose a ella.
-¡Oh! ¡No!- se lamentó el pequeño aprendiz –Otra vez no, maestro. Recuerde como le dejo el rostro la última vez- mencionó el joven, pero el hechicero lo ignoró, para acercarse a la castaña –Bueno, yo se lo advertí-
Cubrió sus ojos para evitar la impresión del momento.
La relación que esos dos hechiceros tenían, dejaba a todos desconcertados. En momentos de crisis o de tensión, unían sus fuerzas para enfrentar juntos a los enemigos o incluso, para aprender magia el uno del otro, ya que ambos, eran brillantes y poseían un talento innato para la hechicería o la magia, llegando incluso, hasta tener conversaciones civilizadas y normales sobre el tema. Pero el resto del tiempo, se llevaban como perros y gatos, hasta el punto de declararse la guerra ante cualquier situación absurda como esa.
-¡Quiero ver que lo intentes! ¡Estúpido!-
Lo desafío mirándolo a los ojos. Así fue, como ella termino sobre el hombro de Orphen, con una soga apretando todo su cuerpo y con la boca amordazada por la cinta del hechicero. Pero él no salió invicto, en su enfrentamiento se llevó, un ojo morado, el labio partido, la nariz rota y magulladuras por todo el rostro. La parte buena de todo eso, es que la hechicera, no estaba caminando y que podía dormir libremente, si lo deseaba.
-¡¡DESPIERTA!!- gritó un maniático hechicero arrojándola al suelo de golpe -Llegamos, ya dejé mi paquete, así que...- sacudió sus manos, mirándola arrogante y con su cara magullada –¡Buenas noches!- se despidió dándole un beso fugaz a Cleo. Llevándose a Majic y Lai con él, pero regreso rápidamente hasta la muchacha -Esto es mío, demonio- dijo, tirando de la mordaza de su boca -Adiós-
-¡Maldito y estúpido hechicero! ¡Me vengaré! ¡Y juro que te va a doler!-
, sin ningún tipo de reparo. Su amiga se acercó a ella, riendo y ayudándola a desatar la cuerda.
-Creó que no es necesaria una venganza, amiga. Le diste una buena pelea, le arruinaste ese lindo rostro por unos días, otra vez-
-¡Si, tienes razón! ¡Soy la mejor! Además, me lo debía por lo del entrenamiento- quitó las sogas de su cuerpo –Sus disculpas no significan nada para mí- manifestó, inexplicablemente feliz.
-Si, eso es cierto. Bueno vamos a bañarnos, a comer un poco y a descansar, mañana seguiremos viajando-
Le dio la razón a su bella amiga con la cabeza y se adentraron juntas a la mansión Everlasting.
