Capítulo 2. Sospechas.

A Diego le costó levantarse por la mañana. Había tardado mucho tiempo en dormirse, tratando de buscar una solución a la situación que él mismo había creado. La máscara era cada vez más una prisión, estaba atrapado en su propia mentira.

Se afeitó y se puso uno de sus trajes más ligeros, el calor ya se podía sentir a esa hora de la mañana, iba a ser un día agobiante.

Se dirigió al comedor para desayunar. Su padre estaba leyendo un periódico de Monterrey.

"Buenos días, padre. ¿De cuándo es ese periódico?"

"Buenos días Diego. Tiene fecha de la semana pasada." dijo su padre sin alzar la vista del artículo que estaba leyendo. "Hoy has madrugado."

"Sí, es mejor aprovechar las horas de la mañana, cuando aún no hace tanto calor."

"Cierto. ¿Vas a ir a la oficina del periódico?"

"Sí, pensaba luego comer en la taberna."

"Tengo una reunión con don Aurelio, así que te veré allí a la 1."

"De acuerdo." dijo él acabándose su café.

Tras pasar una mañana revisando los artículos que quería publicar, Diego se dirigió a la taberna. El alcalde también estaba allí con Mendoza y unos soldados.

"Hola Victoria." dijo Diego cuando ella se acercó a su mesa. "Veo que casi toda la guarnición está aquí."

"Si, creo que no quieren encender el fuego en su cocina para que no se caliente esa zona del cuartel, así que han venido a comer aquí."

"Lo malo es que te dan más trabajo."

"Eso sí, pero nos las arreglaremos. ¿Quieres guiso de pollo?"

"Sí, gracias. ¿Es lo que te cuesta menos esfuerzo preparar?"

"La verdad es que sí, hemos preparado un buen perol y está ya listo, es sólo servirlo."

"Pues ponle también a mi padre, tiene que estar a punto de llegar."

Victoria sonrió. "Por supuesto, ahora los traigo."

Mientras ella se dirigía a la cocina, de Soto decidió acercarse a preguntar a Diego si sabía algo del nuevo gobernador que se suponía que tendría que llegar en unas semanas.

Don Alejandro entró por la puerta y al ver a Diego se dirigió hacia él. Ya empezaba a hacer calor dentro de la taberna, y Diego se frotó el cuello un poco incómodo. El movimiento llamó la atención del alcalde. "Vaya, don Diego, parece que ayer tuvo una noche interesante. ¿Estaba investigando para un artículo?"

"No entiendo a qué se refiere." respondió él con calma.

"Esa marca que tiene en el cuello." dijo el alcalde con una sonrisa de suficiencia.

Pilar, la ayudante de Victoria se acercaba con el pedido y dejó los platos sobre la mesa en silencio, aunque estaba escuchando cada palabra.

Don Alejandro se acercó a la mesa algo más rápido al ver al alcalde frente a Diego. La expresión de de Soto no le gustó nada. "Buenos días señor alcalde." dijo en tono seco.

"Buenos días don Alejandro." respondió el otro hombre volviéndose hacia él.

"¿Podemos mi hijo y yo ayudarle en algo?"

"No lo creo, don Diego y yo sólo estábamos charlando entre caballeros." dijo de Soto. "Aunque es posible que don Diego ayer no fuera muy caballeroso." dijo de Soto señalando el cuello de Diego.

"Hace un mundo de cualquier cosa." contestó Diego. "Será un picotazo de cualquier insecto, o una irritación de la piel por el calor."

"Ya, ahora lo llaman así. A mí me parece que por fin ha cometido usted una indiscreción a pesar de hasta ahora nos ha tenido a todos engañados." dijo el alcalde burlón. Luego se fijó un poco mejor y tiró del cuello de la camisa de Diego para descubrir un poco su hombro. "¿Tuvo un apasionado encuentro con un mosquito o era más bien una gata salvaje?" dijo señalando un pequeño arañazo.

Pilar se estaba entreteniendo un poco al recoger los platos de la mesa de al lado para poder seguir escuchando lo que decían. Disimuladamente miró el cuello de Diego y no pudo evitar una sonrisa. Tanto el alcalde como don Alejandro estaban mirando a Diego y quedaban de espaldas a Pilar, pero Diego sí vio la reacción de la chica y parecía incómodo, finalmente alzó los ojos hacia el alcalde. "Me habré arañado yo mismo al rascarme. ¿No tiene otra cosa que hacer que inventarse mi vida privada?"

"Claro, lo niega. Un caballero nunca descubre a su dama… o lo que sea ella. Aunque puede que haya más de una. Ahora entiendo su reticencia a casarse. ¿Para qué conformarse con una pudiendo tener muchas?"

"Si no tiene nada más que decirnos será mejor que nos deje comer tranquilos." dijo don Alejandro sentándose frente a su plato para dar por terminada la conversación.

"De acuerdo, que pasen ustedes una buena tarde." dijo de Soto.

"Lo mismo le digo." se despidió don Alejandro de mal humor.