Capítulo 9. Tercer acto.
Diego y don Alejandro llegaron por la mañana temprano a los Ángeles y se bajaron de sus caballos. Venían discutiendo. Diego observaba a su alrededor disimuladamente mientras ataban los caballos al poste frente a la taberna. Cuando vio que el alcalde se asomaba avisado por uno de sus soldados le hizo una seña a su padre.
"Me da igual quién sea. No tiene derecho a amenazarte así." dijo don Alejandro.
De Soto salió del cuartel fingiendo que se encontraba con ellos por casualidad.
"Bonito día, parece que será más fresco que ayer." dijo acercándose a los dos caballeros. Entonces lo vio. Diego tenía una Z en la chaqueta.
"¿No me digan que se han encontrado con la amenaza enmascarada?" dijo incrédulo.
"No voy a hablar de ello." respondió Diego malhumorado. En parte no fingía, le había resultado difícil tener que estropear una de sus chaquetas.
Don Alejandro estaba indignado, y siguió protestando dirigiéndose a su hijo. "Ya sabes que yo siempre he defendido a ese hombre, pero esta vez no tiene razón. Victoria es una mujer soltera, y no estaba comprometida con él. Si te prefiere a ti, cualquiera que sea el motivo, él no es quién para prohibírtelo."
"Por última vez, padre, tú también estabas ahí. No me ha prohibido casarme con Victoria. Me ha amenazado si no hago lo correcto con ella."
"O si le eres infiel, ha dicho que de una manera u otra ella será tu última conquista." añadió don Alejandro. "¿Quién es él para decidir lo que tienes que hacer una vez casado? Eso es algo entre tu esposa y tú."
"Así que eso de que no está dispuesto a matar no es más que una patraña, lo que sospechaba." dijo el alcalde satisfecho.
"Bueno…" dijo don Alejandro. "No ha hablado de matarlo."
"Cambiemos de tema de una vez. ¿Quieres?" dijo Diego exasperado.
"Entonces, si no ha amenazado con matarlo pero ella sería su última conquista quiere decir que…" dijo de Soto teniendo una inspiración súbita. "No puede ser. ¿Ha amenazado con mutilarlo?"
Diego se dio la vuelta y echó a andar hacia la taberna con largas zancadas. "Voy a buscar a Victoria." Por la reacción de Diego, de Soto supuso que había dado justo en el clavo, lo que le hizo sentirse exageradamente complacido consigo mismo.
"Voy contigo, no pienso dejaros a solas ni un momento." dijo don Alejandro.
Los de la Vega entraron en la taberna seguidos de cerca por el alcalde. Tanto las camareras como los clientes se quedaron mirando a los tres hombres. Victoria estaba en la sala y fue la primera en reaccionar. No pudo evitar que el rubor subiera a sus mejillas al mirar a los de la Vega, y le pareció que todo el mundo se dio cuenta, por lo que enrojeció aún más. Se aclaró la garganta y dijo en un tono un poco forzado "Buenos días. Si queréis un café o un zumo de naranja os lo podéis tomar mientras acabo de servir unos cuantos desayunos más."
Diego y su padre se sentaron en una de las mesas. El alcalde se acercó a ellos, pero don Alejandro lo miró malhumorado. "¿Quería algo, señor alcalde?"
"No," respondió de Soto. "Me sentaré en esa otra mesa."
Una de las chicas se acercó a preguntar qué quería tomar. Se oía cuchichear a los clientes de la taberna mientras algunos señalaban la chaqueta de Diego.
Don Alejandro miró alrededor y habló bajo para que sólo Diego pudiera oírle. "No me gusta que hayamos dicho que el Zorro te ha amenazado con… ya sabes. Me parece que no es propio de él."
Diego bebió de su zumo y respondió también discretamente. "Al alcalde le está gustando que tanto el Zorro como yo tengamos debilidades. Le ha divertido mucho y le mantendrá distraído de la verdad."
Pilar entró en la cocina llevando unos platos y miró a Victoria con los ojos muy abiertos.
"¿Por qué no me lo has contado?" dijo entusiasmada.
"¿El qué?" preguntó Alicia desde el fregadero.
"Va a casarse con don Diego."
Alicia se volvió hacia Victoria moviéndose de una manera un poco rara debido a su entusiasmo.
"¿De verdad?"
Victoria trató de mantener la calma, bastante nerviosas estaban las otras dos chicas.
"Ayer Diego me pidió que me casara con él y le acepté."
"Eso no es todo lo que pasó." dijo Pilar sonriente.
Victoria volvió a enrojecer. "Hay trabajo que hacer." dijo cogiendo una jarra de café y unos platos para volver a la sala principal.
"¿Entonces fuiste tú la que le dejó esa marca en el cuello?" preguntó Alicia muerta de curiosidad.
"Lo que haga con mi prometido no es asunto vuestro." dijo Victoria molesta. Inmediatamente salió por la puerta, dejando a las otras dos chicas tratando de contener la risa.
"¿Qué es lo que pasó?" preguntó Alicia a Pilar.
"Te contaré lo que me ha dicho Mendoza que le oyó al alcalde."
Victoria atendió a unos cuantos clientes más antes de acercarse a la mesa donde estaban padre e hijo. "Ya podemos ir."
"Bien." dijo don Alejandro dejando unas monedas sobre la mesa.
Cuando Diego se levantó Victoria vio su chaqueta.
"¿Os habéis encontrado con el Zorro?"
Diego evitó su mirada.
"Diego, dime qué ha pasado." dijo ella con tono firme.
"Me ha dicho que si queremos casarnos no lo va a impedir, pero que si te falto el respeto de alguna manera lo lamentaré." dijo él con tono de frustración.
Victoria se ofendió inmediatamente. "Pues qué amable por su parte, pero sé defenderme yo sola."
"Será mejor que vayamos a hablar con el padre Benítez." intervino don Alejandro.
Diego ofreció su brazo a Victoria y salieron los tres hacia la iglesia. Rodearon el edificio para llamar a la puerta del despacho parroquial.
"Buenos días. ¿Qué puedo hacer por vosotros?" preguntó el padre Benítez algo extrañado por una visita tan temprana.
Diego miró alrededor y vio que había varios curiosos mirando, por supuesto con el alcalde entre ellos.
"Padre, Victoria y yo hemos decidido casarnos, y queremos que se lean las amonestaciones cuanto antes."
El padre asintió, con mirada preocupada. "Por favor, pasad." indicó.
Don Alejandro entró con ellos, y el padre les hizo señas para que se sentaran.
"¿Tienes el certificado de soltería de tu parroquia en Madrid? (1)" preguntó el sacerdote a Diego.
"Si, dijo sacando un sobre de su bolsillo. Aquí tiene."
"¿Qué es ese papel?" preguntó Victoria.
"Mi párroco en Madrid firmó un certificado en el que indica que no me casé mientras estuve allí. Se hace para evitar casos de bigamia."
Victoria asintió.
"Sí, hay mucho sinvergüenza por ahí suelto." dijo don Alejandro sin pensar, pero luego se dio cuenta de la mirada que el padre Benítez le estaba dirigiendo a Diego.
El padre Benítez parecía preocupado. "El matrimonio es un sacramento que no se debe tomar a la ligera. Os tendréis que confesar el día antes de recibirlo."
"Habitualmente me confieso en Santa Paula." dijo Diego. "Conozco al párroco hace muchos años."
"Sí, lo sé, me lo dijiste una vez que lo hablé contigo porque pensé que nunca te confesabas, pero si voy a ser yo el que os case quiero asegurarme de que entráis en el matrimonio sabiendo lo que hacéis."
Diego estaba preocupado. No le gustaba mentir a un sacerdote. El párroco de Santa Paula no le conocía más que superficialmente, y sus confesiones eran lo bastante vagas como para no llegar a decir que casi todas las mentiras que contaba estaban relacionadas con una máscara, una capa y un caballo negro. Iba a ser mucho más difícil confesarse con el padre Benítez sin que supiera lo que pasaba realmente.
Nota (1): Desde el siglo XVI se produjeron en las Islas Canarias y los territorios españoles en América continuos movimientos de población que hicieron que los párrocos no conocieran la situación de muchas personas que querían contraer matrimonio. Para evitar la bigamia y todos los problemas que traía también en el terreno civil, incluyendo el estado jurídico de los hijos de la pareja, se solicitó a las personas que venían de otros territorios que aportaran un certificado para demostrar su soltería y libertad.
