Capítulo 11. Objeción.
Victoria se reunió con los de la Vega para entrar todos juntos en la iglesia. Era el tercer domingo que se leerían las amonestaciones, y de momento todo había ido bien. El alcalde seguía pensando que el Zorro y ella habían roto y que ella había aceptado casarse con Diego por despecho. También habían oído rumores acerca de que Diego no se mantendría fiel, pero ella sabía que no tenían ningún fundamento.
Durante la misa entró un numeroso grupo en la iglesia, compuesto por una pareja de mediana edad y una joven que vestían ropas elegantes, dos criadas, una de ellas también joven y con un bebé en brazos, y por último un hombre joven con aspecto de caballero y porte altivo al que seguían tres criados. Por indicación del caballero más joven todos se quedaron en uno de los bancos del fondo.
El padre Benítez terminó la misa, e iba a añadir algo más cuando el hombre mayor se levantó y habló con voz clara. "He visto que se han publicado las amonestaciones de don Diego de la Vega, y tengo una objeción."
No lo había dicho gritando, pero sí en un tono de voz lo suficientemente alto como para que todos lo oyeran. La iglesia quedó en silencio.
"¿Y cuál es esa objeción?" preguntó el sacerdote.
"Dio su palabra de matrimonio a mi sobrina, y la abandonó cuando esperaba un bebé."
Muchos se volvieron hacia Diego, entre ellos Victoria y su padre. Diego negó con la cabeza. "Os juro que no la conozco de nada." susurró tras echarle un vistazo al grupo.
El sacerdote se acercó a la muchacha.
"Hija mía, acércate. Necesito que me cuentes cuándo conociste a don Diego y qué te dijo."
La chica se ruborizó y caminó hacia la parte frontal de la iglesia, seguida por sus tíos. "Conocí a don Diego cuando él estaba de visita en San Rafael y yo me alojaba en casa de mis tíos. Dijo que quería cortejarme y yo acepté. Me visitó varias veces, y me dijo que nos casaríamos y nos iríamos a vivir a España cuando él tuviera suficiente dinero como para empezar una nueva vida allí, pero unas semanas después dejó de venir y ya no volví a verlo más." ella puso una mirada triste. "Se aprovechó de mí y me abandonó." añadió sacando un pañuelo de su bolsillo para secarse las lágrimas. "Nos dejó a mi pequeño y a mí." gimoteó.
"¿Y por qué no vinieron antes a exigir que cumpliera su promesa?"
"Porque no me dijo dónde vivía." Contestó con el mismo tono con que se explica algo a un niño pequeño.
"Pero usted sabía quién era. ¿No pudo averiguarlo?" Indicó el sacerdote con suma paciencia.
"Bueno, yo solo sabía su nombre, no me dio su apellido, y me dijo que no necesitaba que yo le diera el mío, porque así no seríamos un señor y una señorita, sino dos almas que se conocen sin las ataduras de las expectativas de la sociedad." dijo ella con un hondo suspiro. El tono con el que dijo la última frase denotaba lo profundo que habían calado en ella esas palabras.
El padre Benítez estaba sorprendido por una historia tan extraña. Mientras Victoria susurró. "Es tonta de remate." Diego y su padre asintieron.
"¿Aceptaste la palabra de un hombre que ni siquiera te dijo cómo se apellidaba?"
Ella parecía ofendida. "Se notaba que era todo un caballero. Era tan alto, con esa ropa tan elegante y su forma de hablar, como los señores que vienen de Madrid."
"¿Te abandonó sabiendo que esperabas un hijo?"
"En realidad no, eso lo supe más tarde. Mire qué bonito es. Tiene los ojos azules, como su padre." dijo señalando el bebé para luego volver a echarse a llorar.
Victoria miró a Diego con cara de furia. Él negó con la cabeza. "De verdad, no es mío."
"Y si no le dijo quién era. ¿Cómo sabe que es don Diego de la Vega?" siguió preguntando el sacerdote.
El tío de la chica intervino. "El nombre coincide, y nos han llegado rumores de que es un conocido seductor, así que hemos venido a reclamar que haga lo honorable y se case con ella."
Todas las miradas se volvieron hacia Diego, excepto la de la chica, que continuaba sollozando en su pañuelo bordado. Diego por su parte mantenía la calma. El padre Benítez lo miró directamente y él sostuvo la mirada, negando con la cabeza, lo que sorprendió al hombre mayor. Diego no parecía culpable en absoluto.
"¿Puede describir a ese hombre?" preguntó el sacerdote a la chica, tratando de llegar al fondo del asunto.
"Por supuesto, como ya he dicho es alto, con porte de caballero, los ojos azules y el cabello blanco, aunque no es un anciano. También luce una barba muy distinguida." dijo ella embelesada.
Las miradas que antes se habían dirigido a Diego se volvieron de forma unánime hacia el alcalde. Esta vez el movimiento no pasó desapercibido para la joven madre, que siguió la mirada de los demás y vio a de Soto que trataba de pasar inadvertido.
"¡Diego! ¡Por fin te encuentro! Mira a nuestro hijo. ¿No crees que es el niño más guapo del mundo?"
"Señora, creo que se equivoca. Yo no me llamo Diego."
Victoria tuvo que contener la risa. Diego le susurró. "Ya te lo dije, no la conozco."
Ella parecía confundida. "Estoy segura de que eres tú. Me dijiste que nos casaríamos y nos iríamos a vivir a Madrid, a la corte, donde tienes amigos influyentes." insistió ella.
"Si ese hombre no es don Diego de la Vega. ¿Quién es?" preguntó el tío de la chica.
"Es nuestro alcalde, don Ignacio de Soto." respondió Victoria sospechando lo que pasaba. "Un embaucador que parece que va por ahí haciendo promesas y seduciendo a jovencitas mientras utiliza el nombre de mi prometido."
La muchacha estaba desconcertada. "¿Te llamas Ignacio? Pero si ya hemos bautizado al niño, le hemos puesto Diego. ¿Qué hacemos ahora?" preguntó desconcertada, mirando alternativamente a de Soto, al sacerdote y a su tío, mientras retorcía el pañuelo entre sus manos.
"Señorita. ¿Está segura de que ese hombre es el padre de su hijo?" dijo el padre Benítez señalando al alcalde de nuevo.
"Por supuesto que estoy segura. ¿Por quién me toma?" dijo ella ofendida. Doña María, que se encontraba cerca de ella resopló de una manera poco elegante. Ella se volvió indignada. "¿Tiene algo que decir?" la espetó.
Doña María se irguió y negó con la cabeza, aunque sin cambiar su expresión de desdén.
"Señor de Soto. ¿Tiene usted intención de hacer lo correcto y cumplir su palabra?" preguntó el sacerdote muy serio.
"No conozco a esta mujer." dijo él con frialdad.
Ella empezó a sollozar de nuevo sobre el arrugado pañuelito. Su tío le puso una mano en el hombro tratando de consolarla y exclamó. "¡Exijo una satisfacción!"
"Señor alcalde, recapacite. Si es usted el responsable de este bebé debería darle su apellido." insistió el sacerdote.
"No haré tal cosa, y tampoco me batiré en duelo por algo así, solo tienen la palabra de una señorita que ni siquiera sabía cómo me llamo."
El bebé empezó a hacer pucheros. Diego se acercó a él y vio que efectivamente tenía los ojos azules. "La verdad es que el niño se le parece mucho." El comentario se oyó claramente en toda la iglesia.
Victoria también se acercó. "Y la madre sabía que el padre del bebé quería volver a Madrid a codearse con personas influyentes. Le ha descrito muy bien, señor de Soto."
"Ya es suficiente." dijo con tono autoritario el otro caballero que hasta entonces no había intervenido. "Señor de Soto, si es que ese es su verdadero nombre, soy el hermano de la señorita, y me gustaría hablar con usted en privado a ver si podemos arreglar este asunto como caballeros."
Mientras tanto la chica se volvió hacia su tío. "Si él no se hace cargo de nosotros. ¿Crees que Emiliano todavía querrá casarse conmigo? Quizá pueda convencerlo para que no envíe a mi Diego lejos."
"Claro que sí, mi niña. Con tu dote estará encantado de cuidaros a ti a al bebé."
La palabra dote despertó la curiosidad del alcalde, que pensó que sería mejor hablar con el caballero más joven antes de tomar una decisión definitiva.
"Estoy seguro de que hablando como personas civilizadas podremos resolver este malentendido." dijo de Soto señalando la puerta de la iglesia. "Si me acompaña a mi oficina podremos hablar allí. Por favor, sígame."
Ambos salieron, y al hacerlo de Soto se dio cuenta de que un hombre de pelo entrecano que se encontraba al fondo de la iglesia hacía una seña a otro más joven, que asintió y se quedó donde estaba, mientras que él y un tercer hombre de espaldas anchas salían detrás de ellos.
En la nave de la iglesia algunos de los asistentes se empezaron a girar hacia la salida, entonces Victoria intervino.
"Padre Benítez, nos tiene que leer las amonestaciones por tercera vez."
"Así es hija mía. Bien, si nadie tiene ninguna objeción al matrimonio entre don Diego de la Vega y la señorita Victoria Escalante puede decirlo ahora o comunicármelo en el despacho parroquial." dijo el padre mirando a su alrededor y deseando que no hubiera más sorpresas.
Todos miraron a la chica, que estaba con cara de no saber qué hacer junto a su bebé mientras la nodriza lo acunaba, pero cuando no dijo nada empezaron a salir mientras cuchicheaban entre ellos.
