Capítulo 12. Negociación.

El alcalde abrió la puerta de la oficina y le dio una orden al soldado de la puerta.

"No permita que entre nadie hasta nuevo aviso."

"Sí, señor alcalde."

El caballero se giró antes de entrar e hizo una seña al de más edad de los dos hombres que le seguían. Ese hombre asintió y ambos se dirigieron a un lado, donde estarían protegidos del fuerte sol por la sombra del techado. Luego el caballero entró y avanzó unos pasos dentro de la oficina esperando a que el alcalde pasara y cerrara la puerta.

De Soto se acercó a su mesa y le indicó que se sentara en una de las sillas que se encontraba frente a ella, sentándose él en su sillón. Estudió al recién llegado, juzgando su porte y sus ropas, que eran de una calidad excelente. Además se notaba que estaba acostumbrado a dar órdenes.

"¿Puedo ofrecerle alguna bebida, señor…"

"Me llamo Fadrique Ortiz de Casqueta, conde de Altamira de Puebla."

De Soto sonrió levemente, viendo que no había errado en su apreciación. "No estamos acostumbrados a tener invitados tan ilustres aquí."

"Ya me figuro, pero no tengo paciencia para conversaciones con tipos como usted. Mi hermana, o debería decir medio hermana, le ha reconocido como el padre de su hijo, y me interesa evitar un escándalo, así que es usted mi primera opción para casarse con ella."

El conde estaba tremendamente decepcionado con su hermana, no quería perjudicarla, pero ella había cometido un grave error y ahora debía pagar las consecuencias. La indiscreción de su hermana lo había puesto entre la espada y la pared, porque estaba convencido de que un hombre dispuesto a casarse con ella a pesar de haber tenido un hijo ilegítimo solo estaría interesado en su fortuna, y eso era precisamente lo que había tratado de evitar. Ahora tenía delante al mayor sinvergüenza de todos, que lo miraba con expresión calculadora.

"Quizá podamos llegar a un acuerdo razonable." dijo el alcalde

La mirada del conde era muy dura. "Verá, señor de Soto, no hay nada que ahora mismo me gustaría más que pedirle a mis tres criados que esperen al momento oportuno para encontrarse con usted a solas y romperle unos cuantos huesos, y créame cuando le digo que harían un buen trabajo, pero mi hermana, aunque es más tonta que una mata de habas, es un alma cándida, y quisiera que esta situación se resuelva de la mejor manera posible. Supongo que cuando usted la embaucó no sabía quién era ella."

"Debo reconocer que no."

"Claro. En parte eso es culpa mía. En Puebla tenía tantos pretendientes que la pobre ya no sabía qué hacer. Esos hombres la cortejaban con insistencia, y eran a cual más codicioso y estúpido, así que la envié con sus tíos maternos, concretamente con la hermana de su madre, la segunda esposa de mi padre. Afortunadamente esa mujer no tienen ningún parentesco conmigo, porque me aseguró que cuidaría de ella. El caso es que le dije a mi hermana que ocultara quién es mientras yo trataba de encontrar a un hombre menos avaricioso que todos los coyotes que la rondaban en Puebla. No esperaba que se encontrara con alguien como usted, interesado en pasar solo un buen rato, o que su tía no la vigilaría como es debido."

"Oiga, señor conde…" empezó a decir de Soto con aire ofendido.

"Haga el favor de no interrumpirme, y menos para contarme una mentira. Está claro que es usted el responsable de esta situación, así que le ofrezco una salida beneficiosa para todas las partes." Interrumpió el conde con un tono de voz que no admitía más réplicas.

"Le escucho."

El conde suspiró con resignación. "Ya me lo figuraba. Supongo que querrá saber a cuánto asciende la dote de mi hermana."

"Sería un buen comienzo para una negociación."

"Por supuesto." el caballero metió la mano en su chaqueta y sacó un sobre de uno de los bolsillos interiores. Se lo ofreció a de Soto, que se puso a abrirlo tratando de no mostrarse ansioso. "Es una cantidad impresionante." dijo después de leerlo.

"Así es, mi madrastra era una mujer acaudalada, y dejó casi todo el dinero a su única hija. Además hay tres propiedades en España: una finca en Segovia, una casa solariega en Cáceres y una casa más modesta en Madrid."

De Soto se mesó la barba tratando de disimular su sorpresa.

"Veo que su interés por mi hermana acaba de aumentar 225.000 pesos y tres propiedades."

"Yo no lo diría de esa manera."

El conde ignoró ese último comentario. "Voy a proponer a Marina que nos quedemos unos días en la taberna ya que no conocemos a nadie en la zona en cuya casa pudiéramos alojarnos. Espero que sea un establecimiento decente."

"Sí que lo es, la propietaria está prometida con uno de los caballeros locales."

"Le permitiré a usted cortejar a mi hermana, aunque ella siempre estará debidamente escoltada, y si en una semana ella consiente en ser su esposa ella se quedará hasta que se puedan casar. Ella no volverá a Puebla, así evitaremos aumentar el escándalo. Aprovecharé las cuatro semanas que tardarían en casarse para viajar a Monterrey y comprarle a usted una comisión para volver a Madrid, hacia donde partirán todos inmediatamente después de la boda, a menos que prefiera vivir en otra ciudad."

De Soto no podía creer su suerte. Tenía que esforzarse para no sonreír. "Me interesa una comisión en Madrid."

"Veré qué puedo hacer en tan poco tiempo. Una vez allí uno de mis hombres de confianza trabajará en su casa. Ese hombre está casado con una señora muy respetable que será la que asista a Marina. Mi criado enviará informes regularmente."

"Le aseguro que todos serán favorables."

"No se equivoque conmigo, señor de Soto. Conozco perfectamente a la gente de su calaña. Si trata bien a mi hermana y es lo bastante discreto como para no darle ningún disgusto tendrá usted una buena asignación y cierto control sobre su fortuna, aunque con supervisión para asegurarme de que no la derrocha. También contará con mi apoyo para ascender en su carrera. Si vuelve a hacerla llorar aparecerá muerto en una cuneta. ¿Está claro?"

"Meridiano" dijo de Soto "Creo que tenemos un trato." añadió, ofreciéndole la mano. El conde lo miró con frialdad y no la aceptó. Se levantó y se dirigió a la puerta que daba a la plaza.

El alcalde se levantó de su silla, se dirigió al aparador y se sirvió una copa para celebrar su buena fortuna.

She's dumber than a crate of turnips