Vamos de boda. Estamos todos invitados, don Alejandro paga la bebida y Victoria pone la comida.
Capítulo 19. Lo Sabía.
Llamaron a la puerta, y cuando Victoria respondió una voz femenina dijo: "El señor de la Vega está aquí. ¿Quiere que le diga que suba?"
Victoria respiró hondo para tranquilizarse. "No, ya bajamos, gracias."
Victoria irguió los hombros y se dirigió a la puerta. Bajó las escaleras, donde don Alejandro la esperaba sonriente. Él besó su mano con cariño.
"Estás aún más bonita que de costumbre."
"Gracias don Alejandro."
"Por favor, llámame Alejandro. Hoy nos convertimos en familia."
Victoria sonrió con calidez. "Claro, Alejandro, será un honor."
Mientas tanto Pilar había conseguido que todos entraran en la iglesia a esperar a la novia. Diego ya estaba frente al altar esperándola un poco serio.
Victoria seguía estando algo nerviosa, aunque cuando Diego le ofreció su mano y ella la cogió empezó a sentirse mejor.
Leyeron los votos del libro de oraciones, luego intercambiaron las arras y él le puso el anillo que el sacerdote acababa de bendecir, fue entonces cuando pasó lo que ella temía.
"¡Paren inmediatamente esta boda!" gritó un caballero irrumpiendo en la iglesia seguido de al menos una decena de hombres.
"¿Y ahora qué?" dijo Diego en voz baja.
"¡Lo sabía!" exclamó Victoria asiendo fuertemente la mano de Diego. Él la miró y ella supo que se enfrentarían juntos a lo que fuera.
"¡Qué significa este escándalo!" dijo el sacerdote en un tono mucho más autoritario de lo normal.
"Esta mujer no puede casarse con él." dijo el caballero al llegar junto a los novios, al ver a Victoria puso cara de extrañeza. "¿Quién es usted?" preguntó con brusquedad.
"Yo la novia, ¿Y USTED?" respondió ella en el mismo tono.
"¿No es ésta la boda de don Diego de la Vega?"
Diego se adelantó y se interpuso entre ese desconocido y Victoria, aunque no estaba claro a quién tenía que proteger de quién, porque Victoria parecía a punto de hacer algo realmente drástico. "Sí, yo soy Diego de la Vega, y ella es Victoria Escalante, mi… ¿prometida?" dijo terminando la frase en un tono de confusión y volviéndose hacia el padre Benítez.
El padre parpadeó, también atónito ante los acontecimientos, pero finalmente dijo tajante: "Yo os declaro marido y mujer."
Diego asintió y se volvió a dirigir al que había interrumpido su boda. "Victoria Escalante, mi esposa." (1)
El tono de Diego hizo que ella lo mirara un momento con una sonrisa radiante antes de volverse hacia el otro hombre y seguir fulminándolo con la mirada.
El hombre se giró para mirar a los asistentes a la boda, y finalmente encontró a la persona que estaba buscando.
"Doña Marina, me alegro de que no se esté usted casando con este hombre. Espero que eso signifique que ha decidido aceptar mi oferta. Para evitar más problemas deberíamos casarnos ahora mismo. Seguro que el padre está dispuesto a unirnos en matrimonio."
"¿Qué está diciendo?" dijo el alcalde levantándose del banco y dirigiéndose hacia el frente de la iglesia con zancadas furiosas. "La señorita se casará conmigo."
Marina los miraba atónita. "¿Pero qué significa esto? Parecen ustedes dos perros peleando por un hueso. No pienso casarme con ninguno de los dos. Prefiero irme a España con mi hijo y hacerme pasar por viuda."
El recién llegado se acercó a ella y la cogió del brazo con brusquedad. "Ni hablar. Vas a casarte conmigo inmediatamente y dejarte de tonterías."
Ella negó con la cabeza con los ojos muy abiertos.
"Padre, cásenos." ordenó el hombre al padre Benítez.
"No puedo hacer eso. No solo porque la iglesia exige que se cumplan los plazos de las amonestaciones para evitar problemas de compromisos anteriores. La señorita ha dicho que no desea casarse con usted."
"Le daré mil pesos."
"¡Quítele las manos de encima!" dijo de Soto acercándose al otro hombre. Él sacó una pistola y le apuntó. Al mismo tiempo varios de los hombres que habían entrado con él también sacaron sus armas. Victoria notó como Diego se tensaba a su lado y miraba a todos los hombres a su alrededor tratando de disimular.
El padre Benítez fue el primero en hablar. "Por mucho dinero que me ofrezca no puedo casarles a ustedes. Sin el consentimiento de la novia no hay boda."
Confiado al ver que sus hombres apuntaban a su rival, el hombre giró la pistola hacia el sacerdote. "He dicho que nos case. Diga las palabras."
El padre se irguió y lo miró con frialdad. "Eso no sería un matrimonio católico, sino una farsa. No mancillaré un sacramento. Haga lo que tenga que hacer, si debo enfrentarme hoy a mi hacedor será con la conciencia tranquila."
Victoria oyó a Diego decir en voz muy baja. "Caray." ella asintió levemente mostrando su conformidad con la opinión de Diego.
El hombre tiró de la chica hacia él. "Seguro que no tardaré mucho en encontrar a otro sacerdote más razonable." luego les dijo a sus hombres. "Nos vamos."
"¡Suéltame!" gritó la chica aterrada forcejeando.
"No se la llevará." dijo de Soto en un arrebato de heroicidad. El secuestrador dirigió su arma hacia él y disparó.
"¡Ignacio!" gritó ella tratando de soltarse una vez más. Su captor la abofeteó y se la llevó a rastras mientras el alcalde caía al suelo.
Diego corrió hacia el alcalde para tratar de ayudarlo. La bala le había impactado en el pecho, sobre el lado izquierdo. El doctor Hernández también se acercó corriendo desde el banco que ocupaba.
Mientras Diego empezaba a desabrochar la chaqueta del alcalde él comenzó a gemir.
"Se la ha llevado, y no he podido salvar a la única mujer a la que jamás le he importado. Lo he echado todo a perder por mi ambición. Ella vale mucho más que su dote." dijo con voz angustiada.
Diego y el doctor consiguieron quitarle la chaqueta y aflojarle el pañuelo que llevaba al cuello.
"Ahora voy a morir sin decirle que ella realmente me importa."
Diego resopló exasperado. "Vale ya, señor alcalde, no se va a morir."
"Me ha disparado en el corazón, sé lo que eso significa." dijo el alcalde con tono desesperado.
"Si le hubiera acertado en el corazón no le habría dado tiempo de dar un discurso." respondió Diego mientras el doctor y él por fin lograban desabrochar la camisa y ver la herida.
"Tiene razón, don Diego, la bala ha impactado en la segunda costilla y ha resbalado sobre ella. Está justo aquí." dijo señalando una zona abultada en el pecho del alcalde.
"¿No voy a morir?" dijo el alcalde atónito.
"Puedo extraer la bala con un simple cortaplumas. Si me ayudan a llevar al alcalde a mi consulta lo haré allí, que tengo mi equipo." dijo el doctor con calma.
"¿Cómo ha podido pasar?" preguntó el alcalde atónito.
"Yo diría que la pistola tenía poca pólvora, o quizá era de mala calidad, estaba algo húmeda o la pistola llevaba demasiado tiempo cargada." dijo don Alejandro con tono profesional recordando sus tiempos de soldado.
Tras resolver la emergencia más inmediata Diego empezó a pensar que necesitaba salir tras los secuestradores. Miró a Victoria, que se dio cuenta de lo que él estaba pensando. "Necesito volver a casa inmediatamente." le susurró él. Ella asintió levemente y alzó su vista hacia don Alejandro. La mayoría de los demás asistentes estaba mirando cómo los soldados ayudaban a de Soto a levantarse y lo llevaban hacia la salida, siguiendo al doctor. Solo el padre Benítez y Pilar se dieron cuenta de la comunicación entre los de la Vega.
"Don Diego, debería llevarse usted a su esposa a casa, esta situación no puede ser buena para ella." dijo el sacerdote.
Victoria lo miró extrañada, pero luego entendió lo que pretendía hacer.
"No podemos acudir a la celebración de la boda, hay que organizar una partida para ir a buscar a esa pobre mujer." Dijo don Alejandro. "Vamos a casa enseguida."
"Diego, voy a necesitar que te quedes conmigo, no me encuentro bien." dijo Victoria. Diego solo pudo asentir, asombrado por las reacciones de los demás, pero no fue nada comparado con lo que sintió cuando oyó hablar a Pilar.
"Sí, esos hombres se han llevado a una mujer por la fuerza. Son capaces de cualquier cosa. Yo pienso irme a casa y encerrarme allí. Todas las mujeres jóvenes deberíamos hacer lo mismo." dijo muy seria.
"Me parece una idea muy sensata." añadió el sacerdote.
"De acuerdo. Vámonos." dijo Diego cogiendo a Victoria de la mano. Sin embargo antes de irse miró al sacerdote y en voz baja le dijo con sinceridad: "Estoy orgulloso de que haya sido usted quien nos ha casado."
El sacerdote respondió con una leve sonrisa. "Viniendo de ti esa frase significa mucho, hijo mío. Ve y ten cuidado." A continuación volvió a imponer sus manos sobre ellos para bendecirlos.
Diego y Victoria caminaron a toda prisa hacia la puerta, ante la asombrada mirada de todos los asistentes.
"Los que quieran participar en la búsqueda que se reúnan conmigo y mis hombres en la plaza en quince minutos." dijo don Alejandro.
Diego ayudó a Victoria a subir al coche y subió tras ella mientras Felipe saltaba sobre el pescante y don Alejandro también subía por el otro lado. Felipe sacudió las riendas en cuanto todos se acabaron de sentar.
"¿Mis excusas siempre suenan tan estúpidas?" preguntó Diego.
"A veces son incluso peores." afirmó don Alejandro con convicción. Por su expresión Diego supo que Victoria estaba de acuerdo.
Nota:
(1) Ya he comentado en otras historias que en España, territorios españoles en América y los actuales países hispanoamericanos las mujeres no cambian de apellido al casarse ni lo hacían en la época. Se puede comprobar en los censos y registros parroquiales de bodas, bautizos y defunciones, así como en otros documentos como juicios y testamentos. Curiosamente, en algunas zonas de España durante ciertas épocas los varones heredaban el apellido de su padre y las mujeres el de su madre. A mediados del siglo XIX se instituyó por ley utilizar dos apellidos, el paterno y el materno, aunque ya era costumbre en muchos lugares desde principios del siglo anterior.
