Capítulo 21. Cooperación.

Afortunadamente el Zorro fue capaz de encontrar el rastro sin dificultad.

"Van hacia el sur." dijo señalando esa dirección.

"Nos llevan casi una hora de ventaja." dijo don Alejandro.

"Quizá ella consiga retrasarlos. Es difícil llevar a alguien en contra de su voluntad si no quieren hacerle daño."

El Zorro ralentizó un poco el galope de Tornado para permitir que el alcalde los alcanzara. "Ha mencionado usted que el hermano de la señorita es un conde. ¿Le han enviado un mensaje?"

El alcalde lo miró pensativo. "No, y sería buena idea." Se volvió y buscó con la vista a uno de los soldados. "Soldado Moreno, quiero que tome el camino de la costa y pregunte en Santa Paula si el conde de Altamira de Puebla está allí, o si saben qué dirección ha tomado. Dígale que su hermana ha sido secuestrada por un hombre que falsamente afirmaba ser su prometido, y que hemos iniciado su búsqueda. Cuando la encontremos volveremos a los Ángeles." dijo con tono autoritario.

"Sí señor." dijo el soldado haciendo dar la vuelta a su caballo inmediatamente.

El Zorro volvió a espolear a su caballo para retomar la cabeza de la columna de jinetes. Al hacerlo volvió a mirar el suelo y alzó la mano. "Alto, no estamos siguiendo a los fugitivos. Su rastro debe haberse desviado más atrás."

Todos se detuvieron ante la orden de el Zorro, lo que hizo que se sintiera un poco extraño. Tantos años corriendo delante de los soldados y ahora obedecían sin pestañear. Sin embargo no podía perder el tiempo, tenía que volver sobre sus pasos fijándose en los lados del camino. Decidió pedir la colaboración de alguien más para ganar tiempo.

"¿Alguno de los soldados tiene buena vista?" preguntó sin dejar de mirar el lateral del camino.

El sargento Mendoza respondió. "Yo diría que Ortega."

"Que recorra el otro lado del camino buscando huellas que salgan de él."

"Ortega, ya lo ha oído." dijo el alcalde inmediatamente.

Un par de minutos más tarde el soldado exclamó. "Creo que tengo algo."

El Zorro se dirigió hacia donde el otro hombre señalaba y vio huellas.

"¿Cuántos hombres eran los que se llevaron a la mujer?" preguntó recordando que se suponía que él no había estado allí.

"Eran once, señor, contando al jefe."

"Las huellas coinciden. Además…" dijo bajándose del caballo. "En este terreno se ve con más claridad. Este animal lleva bastante peso, es posible que cargue con uno de los hombres y la señorita. El hombre que se la llevó. ¿Es corpulento?"

El alcalde respondió afirmativamente.

"Si se empeña en llevarla él mismo todo el tiempo su caballo no podrá seguir el paso de los demás. Eso nos dará ventaja." dijo el Zorro, inmediatamente volvió a subir a su caballo y todos le siguieron.

El Zorro se volvió a detener más adelante. Don Alejandro se acercó a preguntarle "¿Ves algo más que nos pueda ayudar?"

"Sí, el caballo que llevaba a dos personas empezó a cojear más atrás y aquí se detuvieron. Creo que han abandonado a dos de los hombres, se fueron por ese lado." dijo señalando una cañada no transitable a caballo.

"¿Deberíamos ir a buscarlos?"

El Zorro alzó la vista. "¡Alcalde!" exclamó.

El alcalde se acercó con curiosidad.

"¿Por qué nos hemos detenido?"

"El grupo que perseguimos se ha dividido. Dos hombres viajan a pie por ese sendero, los demás han continuado hacia el sur."

"¿Seguro que son dos hombres los que se han separado?"

"Sí, eso son botas de hombre, y seguro que pesan más que la señorita."

"Entonces perseguiremos al grupo principal."

Casi una hora después el Zorro vio algo que no le gustó. Había trozos de tela enganchados en un arbusto, y al descender vio pequeñas manchas de sangre.

"¿Qué ha visto ahora?" preguntó el alcalde.

"Por las ramas rotas y los trozos de vestido creo que la señorita se cayó del caballo, o quizá saltó intentando escapar."

El alcalde no pudo evitar un gesto de preocupación. "¿Cree que ha resultado herida?"

"Hay restos de sangre, pero no mucha. Quizá algunos arañazos. Luego creo que se resistió. Aquí parece que la arrastraron."

El Zorro avanzó unos pasos. "Esto confirma lo que he dicho antes. Aquí se ve claramente que hay dos caballos muy juntos. Seguramente la llevan atada y alguien tira de sus riendas."

"¿Puede deducir todo eso de unas huellas?"

"Hay que saber qué mirar." respondió el hombre enmascarado.

"¿Y quién le enseñó a hacerlo?"

"No pretenderá que le cuente mis secretos. Será mejor que continuemos."

El Zorro de nuevo se había adelantado cuando le vieron bajar del caballo y acabar de subir una pequeña loma a pie. Hizo señas para que los demás se detuvieran. Don Alejandro desmontó y se acercó a él agachándose un poco, y el alcalde decidió imitarlo.

"Ahí están." dijo el Zorro señalando al grupo que venían persiguiendo.

"Creo que es el cañón del río Aliso. No podrán cruzar por aquí." dijo don Alejandro.

"Han enviado un hombre en cada dirección." dijo el Zorro señalando dos jinetes que se dirigían en direcciones opuestas a lo largo del cortado. "Seguramente estarán buscando por dónde cruzar."

La señorita estaba de pie un poco apartada de los caballos y a pesar de la distancia por su postura el Zorro pudo suponer que tenía las manos atadas. La mujer gritó al hombre que se encontraba junto a ella y el alcalde se tensó visiblemente. No se entendía bien lo que ella decía, pero el tono era bastante claro.

"Parece que la señorita tiene carácter." dijo el Zorro.

"No era así cuando la conocí. Quizá la señorita Escalante haya sido una mala influencia." reflexionó de Soto.

El Zorro y don Alejandro lo miraron con reproche.

"Si ha habido una mala influencia en su vida no creo que haya sido Victoria." dijo don Alejandro muy serio.

"Esos hombres están armados. Necesitamos una distracción." dijo el Zorro.

"Deberíamos rodearlos, ellos ahora mismo están al descubierto. Con los dos hombres que dejaron atrás y los que han enviado a explorar solo quedan siete. Si situamos dos hombres tras esas rocas y otros dos más a resguardo en ese grupo de árboles estarán en buena posición para disparar." dijo don Alejandro.

"Es buena idea. ¿Quiere añadir algo, Zorro?" dijo el alcalde.

"Me temo que no puedo aportar mucho alcalde, yo trabajo solo, pero si eligen a dos hombres puedo ayudarlos a llegar a esos árboles sin que nos vean."

El alcalde descendió de la loma seguido por los otros dos hombres. Tras una breve discusión entre don Alejandro y de Soto finalmente decidieron las posiciones que tomarían los soldados y los hombres del rancho de la Vega.

"Les superamos en número." dijo el alcalde tratando de ganar confianza.

Los dos hombres que acompañaron el el Zorro eran delgados y se movían con facilidad en el terreno irregular. Uno de ellos era un soldado y el otro un vaquero de la hacienda. Con cuidado se acercaron al grupo de árboles desde un ángulo que dificultaba la visión del grupo al que trataban de sorprender.

Desde esa posición el Zorro sí que pudo escuchar parte de la conversación.

"Puedes repetirlo mil veces si quieres, pero no me casaré contigo jamás."

"Aprenderás a obedecerme o sufrirás las consecuencias."

"Las consecuencias las sufrirás tú cuando mi hermano dé contigo. No puedes acceder a mi dinero y mis tierras sin su colaboración, y créeme, no colaborará contigo cuando sepas lo que has hecho."

"Te he sacado de un pueblo de mala muerte y te convertiré en mi esposa. Tendré los derechos sobre tu propiedad como marca la ley."

"Aunque consigas que un cura nos case lucharé por anular el matrimonio."

En ese momento sonó un disparo.

"Alto en nombre de la ley." dijo el alcalde.

"¡Ignacio! ¡Estás vivo!" exclamó Marina atónita.

"No puede ser, yo te disparé." dijo el secuestrador.

De Soto le apuntó con un arma, y detrás de él los soldados también apuntaban al grupo con sus rifles.

"Me temo que no nos han presentado, señor." dijo de Soto. "Me gustaría saber a quién estoy arrestando."

"Soy Emiliano Urquijo."

"Ignacio de Soto." dijo el alcalde sin bajar el arma. "Está usted arrestado por secuestro."

Los hombres de don Emiliano parecían indecisos, pero uno de ellos que estaba situado de manera que su caballo se encontraba entre los soldados y él trató de sacar su arma. Un disparo desde los árboles le hizo cambiar de idea.

"Están ustedes rodeados. Quiero que todos levanten las manos y se coloquen a la vista."

Los hombres seguían dudando. El alcalde decidió intervenir.

"Ustedes trabajan para don Emiliano." dijo dirigiéndose al de más edad. "¿Paga con puntualidad o ha tenido problemas con el dinero últimamente?"

"¿Qué insinúa con eso?" respondió el hombre con recelo.

"Que si tiene tanto interés en casarse con la señorita por su dinero, cuando está claro que no hay ningún afecto entre ellos, quizá sea porque está en la ruina."

Algunos de los hombres empezaron a murmurar entre ellos.

La siguiente en hablar fue Marina.

"No tendrás mi dinero. Ya te lo he dicho, mi hermano no te dará acceso a mis bienes. Y si muero debes saber que hice testamento y se lo quedará todo mi hijo, que está a salvo lejos de ti. Como además no hay padre reconocido, mi hermano sería su tutor hasta su mayoría de edad."

"¿Has hecho testamento?" dijo Emiliano furioso.

"Así es, lo escribí de mi puño y letra delante de cinco testigos, y lo envié con un mensajero al juez de Puebla. Ningún hombre tendrá acceso a mi fortuna casándose conmigo a la fuerza." (1)

El Zorro disfrutó enormemente de la cara de sorpresa del alcalde. También don Alejandro, que había sido uno de los testigos, sonrió levemente. Mientras se desarrollaba la conversación el Zorro había aprovechado para ir acercándose a ellos. Cuando el secuestrador, furioso por ver frustrados todos sus planes, sacó una pistola, el látigo de el Zorro la hizo caer inmediatamente. La muchacha aprovechó ese momento para liberarse de un tirón y correr hacia la persona que más confianza le inspiraba de todos los presentes: don Alejandro.

Emiliano sacó su espada y el Zorro hizo lo mismo con una pequeña reverencia burlona.

"No, Zorro." dijo el alcalde. "Es mío."

"Como quiera." dijo el Zorro dando un par de pasos atrás.

(1) En la época una mujer, tanto casada como soltera, podía hacer testamento sin que tuviera que intervenir ninguno de sus parientes. Se necesitaban un escribano (el equivalente al actual notario) y tres testigos o cinco testigos (todos hombres) si no había escribano. Curiosamente según las Leyes de Indias los nativos podían hacer testamento con menos testigos, que además podían ser mujeres, dado que muchos de ellos vivían en zonas muy apartadas.